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miércoles, 28 de agosto de 2024

Marcha fúnebre de las marionetas (1990), de Frank de Felitta

 


 

27 de agosto de 2024

Al neoyorquino Frank de Felitta (1921-2016) le estaré eternamente agradecido por dirigir un vulgar telefilme que, hoy, recordamos todos los aficionados al terror. (Todos lo que brincamos de los cuarenta años, quiero decir). Se trata de La oscura noche del espantapájaros (1981) protagonizada por un odioso Charles Durning, a quien todos amamos odiar por su papel en El golpe (1973). La peli del espantapájaros, que yo recuerde, se distribuyó en España en vídeo, e imagino que la emitieron en el canal UHF (se pronuncia "eluachefe") en algún momento a principios de la década de 1980. (Consejo gratis para plataformas de televisión en línea: cread un canal que se llame UHF y que emita cosas de los tiempos del UHF, incluida la carta de ajuste y anuncios ochenteros. Para empezar, todos los Documentos TV en la época en que el programa abría con la sintonía de Ry Cooder para la película Paris-Texas). Como bien indican las reseñas de acá y allá, esta película inauguró el subgénero de "espantapájaros asesinos", que con el tiempo ha crecido. Aún hoy tenemos obras de autores que, con esa idea, acaban de inventar la rueda para los nuevos públicos. Cualquier día de estos inventarán el vampiro y el hombre lobo.




Las otras obras literarias más o menos célebres de De Felitta son El exorcismo de Audrey Rose y El ente, dos películas basadas en novelas de este autor nada prolífico. No las he leído y, a pesar de los pesares, probablemente lo haga en algún momento, en el futuro. Pero no mañana ni pasado.

 



 ***

Ahora, vamos con la parte dura: hablar de esta novela que me ha generado sentimientos encontrados. Por una parte, es un relato correcto. Por otro, es una historia que ya he leído mil veces. Se denomina detective, chica y asesino en serie con truco.

En este caso, el truco es Hitchcock.

Con estos datos, ya tiene usted la novela completa. Sí, es exactamente como se la imagina. No hay sorpresa. Me remito a la

SINOPSIS

Un asesino comete varios crímenes que, de alguna manera, imitan los asesinatos que aparecen en películas de Alfred Hitchcock. El detective Santomassimo se encarga del caso y recurre a la ayuda de la joven y guapa profesora Kay Quinn de la universidad. El detective y la profesora se lían. Al asesino le da igual, él va a lo suyo. Todo el rato revolotea la sombra de las películas de Hitchcock. El asesino silba en una ocasión la melodía de introducción de la serie de televisión Alfred Hitchcock Presents. El libro titula mal la pieza musical de Gounod, que en realidad es Marcha fúnebre para una marioneta, no "de las marionetas". A nadie le importa. El final es el que pueda imaginar el lector.




***

Edición original en tapa dura, 1990. Lo que el halcón sostiene en el pico no es un pedazo de masa encefálica, sino una palomita de maíz ensangrentada.



Lo lamentable es que Frank de Felitta haya ejecutado como novela larga (casi 350 páginas) una historia que Curtis Garland habría despachado en 96. Y eso es lo que pedía esta historia, que me extraña no se convirtiera en un telefilme: 96 páginas y ni una más.

El lector sabe, o debería saber, que no soy afecto a las malas críticas, y esta no pretende serlo. Ahora bien, lo que digo en el párrafo anterior, sin que vaya en detrimento (todo lo contrario) de Juan Gallardo Muñoz, es cierto: Marcha fúnebre de las marionetas podría haber sido un bolsilibro publicado en Selección Terror o en Punto Rojo, y habría resultado dignísimo, incluso es posible que muy bueno. Toda la parafernalia relacionada con Hitchcock es interesante, y Curtis Garland la habría aprovechado tan bien o mejor que De Felitta. El problema es que De Felitta tiene que meter un buen puñado de sentimentaloides escenas de cama que son relleno al 100%. Muchas, demasiadas partes del libro, las dedicadas al coleccionismo de mobiliario, o incluso las partes policiales, resultan huecas y falsas. Estamos ante un decorado de cartón piedra.

En 1991, cuando Ediciones B trajo a España Funeral March of the Marionettes en buena traducción de Antonia Kerrigan, Curtis Garland ya no publicaba nuevas novelas policíacas. Por entonces, Curtis había escrito cientos de historias con el detective, la chica y el asesino serial con truco, y ya no frecuentaba el género. Para mí, el problema es que la parte procedimental de nuestra novela recrea un tópico que nunca ha existido más que en la ficción, y que ya estaba obsoleto cuando De Felitta escribió y publicó su novela. En 1988, Thomas Harris había publicado El silencio de los corderos, que es una perversa versión del tópico "detective, chica, asesino serial con truco", en el que Harris invirtió los roles de los protagonistas (y, de acuerdo, aquí no tenemos detectives, sino agentes del FBI); y unos años antes, también nos había iluminado con El dragón rojo, del que podemos decir tres cuartos de lo mismo.



 

Pero esto no es lo más grave. Lo gordo es que el detective Fred Santomassimo (que yo he leído todo el tiempo como "Santomassino") es miembro de Los Angeles Police Department, y el escritor James Ellroy ya llevaba un buen puñado de años contándonos su versión hiperrealista del LAPD. En 1990, cuando apareció la novela de De Felitta, también se publicó L. A. Confidential de Ellroy, la tercera entrega del "cuarteto de Los Ángeles". En 1990, quien más, quien menos, sabía que el LAPD tenía a sus espaldas una larguísima historia de corrupción policial, una historia que, lejos de terminar, estaba a punto de convertirse en el escándalo Rampart. (Es el caso en que se inspira libremente esa obra maestra televisiva que es The Shield).

¿Cómo podía competir De Felitta con la frescura, la modernidad, el descaro, la crudeza, las palabrotas de Ellroy? ¿Qué pudo decir cuando, en 1991, se estrenó la adaptación cinematográfica de The Silence of the Lambs? ¿Qué iba a hacer con su novela-guión sobre "el asesino Hitchcock", sino guardarlo en un cajón e intentar no volver a pensar en él?

Es más, ¿qué pensaría De Felitta cuando, en 1992, cayó en sus manos El eco negro de Michael Connelly? Después de leer la primera entrega de la biografía de Harry Bosch, detective del LAPD, ¿qué pensaría de su Fred Santomassimo, intrépido e impoluto detective descendiente de anticuarios italianos?

 


 

Además, ¿es que De Felitta no se había leído ninguna novela de Ed McBain y el Distrito 87 de Isola? ¿No había visto Hill Street Blues? Está claro que el autor no realizó el trabajo de documentación que sí hizo Arthur Hailey cuando publicó Detective en 1997.

Todo esto me ha rondado la cabeza durante la lectura de esta Marcha fúnebre. Mi conclusión es evidente: si se hubiera publicado en 1980, año en que falleció Alfred Hitchcock, habría tenido sentido. Habría sido un bonito homenaje. Se habría leído con interés e incluso con cariño. Publicarla y ambientarla en 1990... es, sencillamente, anacrónico.


Frank de Felitta.

jueves, 22 de agosto de 2024

Dragones del karate (La Huella nº25; abril de 1974), de Curtis Garland

 

La Huella nº25, abril de 1974. Portada de Enrique Martín.


 

20 de agosto de 2024

Si algo me queda claro después de leer Dragones del karate (publicada en la curiosa colección La Huella de Bruguera, en su nº25, de abril de 1974) es que a Juan Gallardo Muñoz le encantaba llamar a sus villanos misteriosos "El Dragón". Así, de memorieta y sin consultar nada, recuerdo un "Dragón de Oro" villano (no confundir con los Tres Dragones de Oro, el grupo de héroes de las artes marciales cuyas aventuras recogió Curtis Garland en la colección ¡Kiai! de Bruguera) en la novela El templo de los siete ídolos, una de las que publicó en la tardía colección Tam-Tam; y otro "Dragón", también jefe de un grupo de bandidos o de una sociedad secreta, o lo que prefiera el lector, en el western En el Oeste hay dragones (Bisonte nº1263, marzo de 1972), de Donald Curtis.


Tam-Tam nº88, agosto de 1984.


Bisonte nº1263, marzo de 1972.



Esto es casi un vicio de Gallardo, y me temo que podría explotarse en términos mitográfico creativos. A fin de cuentas, hablamos de un mismo esquema: un malvado que se oculta bajo un apodo de reminiscencias orientales, que posee unos recursos dignos de Fu Manchú (aunque luego no sea para tanto), y cuya identidad secreta es la de... bueno, un individuo distinto en cada historia. Creo recordar que en La flor alucinante de Donald Curtis (Agente Federal nº96; 1968) también había un villano de estas características; lo que no sé en estos momentos es si se hacía llamar "El Dragón".

 

Agente Federal nº96; 1968.


 

En esta rutinaria Dragones del karate, Curtis Garland utiliza la consabida trama de "búsqueda de un McGuffin desconocido" mezclada con la investigación de una serie de extraños asesinatos, en apariencia inconexos, pero relacionados por la parafernalia samurai del criminal. La gracia de esta novelita estriba en que transcurre en Japón de forma casi íntegra, y su protagonista es una especie de "asesor e informador de empresas" norteamericano que forma equipo con su colega japonés: Norman Robbins y Kodaya So. Por supuesto, tal como se dice explícitamente en la historia, el oficio de estos dos (eso de "asesores") es otro nombre para decir "detectives privados" especializados en casos de mucha, mucha pasta. El otro punto de interés se encuentra en que Curtis utiliza lo que ha leído sobre artes marciales, y nos cuenta los orígenes chinos de este tipo de lucha (o filosofía, o lo que sea), los nombres y versiones de dichas modalidades de disciplinas y, de paso, se marca un par de escenas de lucha karateca al estilo Curtis: poniendo nombre a los movimientos, a las katas, o como se quiera llamar eso que hacen los que practican estos... deportes. (De rollos técnicos karatecas, judocas y kungfutecas nos hincharíamos tres años más tarde en la ya citada serie de los Tres Dragones de Oro, que no por la pesada descripción de los tipos de golpes y fintas, alienígenas para los profanos como servidor, es menos disfrutable).

Curtis nos habla del Japón de mediados de los 70 como un lugar claramente mediatizado por las empresas europeas y norteamericanas, en donde los ejecutivos nacionales conducen vehículos europeos de primera, en lugar de sus Toyotas y Hondas. Es un país avanzado e idealizado, y Curtis nos da un paseo por barrios y avenidas de Tokyo y Kyoto, tirando, sin duda, de mapas y guías.

Lo que, a título personal, ha llamado mi atención, es lo siguiente: Curtis debió de escribir esta novela con su habitual apresuramiento (en el mes de abril de 1974, tengo contabilizadas hasta siete novelas publicadas por Juan Gallardo), que sorprendentemente no daba lugar a errores, confusiones y cabos sueltos. Pero creo que esta vez lo hizo tan rápido que la novela, por una vez, se le quedó corta: la historia queda cerrada y bien cerrada en torno a la página 88 u 89; el resto, hasta la 96, es relleno puro y duro. Éste es un hecho insólito, tal y como sabrán los lectores de bolsilibros, pues lo normal es lo contrario: un final de dos párrafos que se notan recortados para cuadrar la paginación. Sin embargo, aquí es al revés, y Curtis no nos relató el banquete de bodas y los momentos íntimos en el tálamo nupcial por pudor, supongo. Pero si hubiera querido, lo habría podido hacer.

***

En realidad, poco más se puede decir de esta entretenida (y ya) novelita de a duro, salvo que es la segunda (o la tercera, si contamos En el Oeste hay dragones) en la que utilizó como tema y trasfondo las artes marciales: la primera (o segunda) fue Kárate contra Kung-Fu, publicada en Servicio Secreto nº1275, cuatro meses antes de que apareciera nuestro Dragones del karate; hay reseña del amigo Carlos Díaz Maroto, que nos indica que aquella novela es mejor que la presente. Luego vendrían los Tres Dragones de Oro (1977-1978), policiales como La noche del samurai y fantacientíficos como Samurai, siglo XXI... Pero esas son otras historias, de las que daremos cuenta en el momento oportuno.

Mientras tanto, seguiremos meneando el cedazo en busca de las pepitas de oro y procuraremos no olvidar por completo el material menos extraordinario.

 



lunes, 19 de agosto de 2024

La fría piel de la muerte (Punto Rojo nº1007, 1981), de Donald Curtis

Punto Rojo nº1007, agosto de 1981. Ilustración de Miguel García.

 

18 de agosto de 2024

 

Parte I: Un fárrago bibliográfico

Un pequeño misterio para empezar: ¿Por qué La fría piel de la muerte (Punto Rojo nº1.007, agosto de 1981) apareció firmada por Donald Curtis, y no por Curtis Garland? La pregunta no es baladí, pues desde el nº70 de esta colección, Trópico ardiente (1963) Donald Curtis no había asomado la nariz. De hecho, Juan Gallardo Muñoz (que como todos deberíamos saber es Donald Curtis y Curtis Garland, entre otros muchos autores) sólo reapareció, ya como Curtis Garland, en el nº461, Trampa para un muerto (febrero de 1971). Transcurrieron otras 61 novelitas de Curtis Garland hasta que se publicó este La fría piel de la muerte, que nos trae aquí de vuelta a Donald Curtis en el contexto del relato criminal. ¿Fue un capricho del autor, del editor...? Sin duda, no es un error de la imprenta (aunque esta novela está plagada de erratas, como veremos después). ¿Cuál puede ser la explicación a este enigma? Se nos ocurren algunas, pero ninguna definitiva: quizá era una novela antigua (inédita, pues no la hemos encontrado en otra parte) traspapelada y perdida, que Juan Gallardo presentó con su viejo alias, el primero que utilizó en el mundo de los bolsilibros. No obstante, por la forma y el estilo en que Curtis se adentra en esta novela, así como algunos detalles más o menos lúbricos, no diríamos que es una novela en verdad "vieja". Más bien, tenemos la sensación de que algo o alguien sugirió a Gallardo que sería buena idea dejar descansar a Curtis Garland y dejarle hueco a Donald Curtis. Quizá fuera el editor, quizá el mismo Juan Gallardo. En fin, mantengamos en mente la fecha de agosto de 1981 y veamos algunos de los áridos pormenores de tipo editorial:

Durante la larguísima etapa de Juan Gallardo en Bruguera, el pseudónimo de Donald Curtis, que es con el que publicó por primera vez una novela en 1953 (La muerte elije [sic], en la colección Detective, precisamente de Bruguera), y con el que firmó durante sus primeros años profesionales historias de todo tipo (sobre todo novela negra y del Oeste), quedó relegado a los muchos westerns que escribió para las diversas colecciones de la editorial bacelonesa... salvo unas pocas excepciones. Donald Curtis había publicado un montón de novelas negras en la colección Servicio Secreto durante la década de 1950 y los primeros años de 1960, así como una legión de westerns. Al mismo tiempo, con el nombre de Johnny Garland, trabajaba para Toray escribiendo ciencia ficción e historias bélicas. Donald Curtis llegó a aparecer en los albores de la colección Punto Rojo de Bruguera, con apenas cinco o seis novelas. Desde 1961 hasta 1970, Juan Gallardo trabajaría casi en exclusiva para Toray y Rollán; sus colaboraciones de ese período con Bruguera son puramente testimoniales.

Por lo que hemos podido deducir de nuestros listados, cronologías y bibliografía, Juan Gallardo creó a Curtis Garland en 1964 para la prestigiosa colección de novelas largas Murder Club, de Rollán, y la primera aparición de esta firma fue con Blues en negro (Murder Club nº3)... aunque cabe la posibilidad de que esta novela negra apareciera al mismo tiempo que Gatillo, publicada en el nº3 de Western Club, colección gemela de la citadas Murder Club, pero dedicada al Oeste. No dispongo de los meses de publicación, que seguramente estén consignados en las páginas de créditos, pues no tengo ejemplares de estas obras. Una de esas dos, o ambas, es la primera novela de Curtis Garland.

 

Murder Club nº3, Ed. Rollán, 1964.



El pseudónimo de Curtis Garland apareció exclusivamente en la madrileña Rollán hasta 1969, y colaboró en las colecciones citadas, y también en las dos colecciones de bolsilibros y libros dedicados al FBI (la veteranísima FBI; FBI Club, de novelas largas; y Los Federales, que se convertiría en Agente Federal), y en la magnífica Los Intocables, dedicada a la guerra contra el hampa en los Estados Unidos durante el período de la Ley Seca. Fue durante este tiempo que Curtis Garland creó al personaje de Brian Kervin, agente M-31, una suerte de súper James Bond al que Juan Gallardo pasearía por diversas editoriales en una relativamente extensa serie que incluía novelas largas, novelas cortas e incluso relatos breves.

En 1970, Curtis Garland desaparece por completo del panorama editorial: Juan Gallardo publica alrededor de 57 títulos ese año, incluidas sus tres colaboraciones como Lester Maddox en la serie Bang: Agente 000, de Editorial Ferma, y cinco novelas más bien largas, en la colección de ciencia ficción Nova Club, de Rollán, firmadas por Addison Starr.

En enero de 1971, con la publicación de la novela Yo, Lázaro en La Conquista del Espacio de Editorial Bruguera, Curtis Garland regresa para quedarse, y marca el inicio de la etapa más conocida del trabajo de Juan Gallardo. En ese año de 1971, Gallardo publicaría 96 novelas, a caballo entre Bruguera y Rollán: mantuvo tan ocupados a Donald Curtis y a Curtis Garland, que incluso tuvo que firmar un puñado de obras con los pseudónimos de Glenn Forrester, Kent Davis y Walt Sheridan.

 

La obra que marcó la llegada de Curtis Garland a Bruguera, en enero de 1971.


 

Desde entonces, y hasta el cierre de Bruguera, Curtis Garland escribió cientos de buenas historias de terror, ciencia ficción, serie negra y aventuras para la editorial, mientras que, como decíamos más arriba, Donald Curtis se consagraba al western.

Y es aquí cuando regresamos a agosto de 1981, y a las excepciones. Si en la fecha indicada publicó La fría piel de la muerte en Punto Rojo, encontramos también que Asesinatos en el Soho de Donald Curtis aparece en Selección Terror nº451 (octubre de 1981), seguidos en la colección por Hollywood, Horror Show (nº460; diciembre de 1981) y El ritual de la sangre (nº466; febrero de 1982), todos de Donald Curtis. Regreso a Nova se publica en La Conquista del Espacio nº595 (enero de 1982), y es la única novela de Donald Curtis publicada en la mítica colección de ciencia ficción. Por último, La novia en el ataúd, bolsilibro doble, aparece en Selección Terror Extra nº1 (junio de 1982), y es una novela de Donald Curtis.

 






 

En mi opinión, en la segunda mitad de 1981, tuvo lugar el "experimento" (por llamarlo de algún modo) de introducir a Donald Curtis fuera del territorio western. Es probable que no se produjera cambio alguno en las ventas, si es que eso es lo que perseguía Juan Gallardo. La novia en el ataúd debía estar escrita ya en 1981, pues es de suponer que el proyecto de Selección Terror Extra, con bolsilibros de doble extensión, estuviera planeado por Bruguera desde entonces.

Todo este fárrago bibliográfico, admitámoslo, no nos lleva a ninguna parte, pero a mí me divierte especular sobre datos fidedignos, por mucho que no tengan que ver con La fría piel de la muerte más que de una manera circunstancial.

Y una nota más, para los expertos: Donald Curtis tuvo dos apariciones estelares finales después del "experimento": se trata de dos reediciones de novelas aparecidas en Servicio Secreto, en 1958. Una de ellas es ¡Bésame, muerte!, en Servicio Secreto nº1787, febrero de 1985; la otra, Siniestra espiral, en Punto Rojo nº1183, de mayo de 1985. Eran los estertores de Bruguera, que había cambiado levemente el formato de bolsilibro por el de "bolsilibro alargado" (más alto que el bolsilibro estándar), y ya no podía pagar a sus colaboradores, a los que adeudaba una pastizal... de modo que, sibilinamente, tiró de fondo antiguo.

 

Una reedición de febrero de 1985. Es el último título de Juan Gallardo en la colección Servicio Secreto.


 

Otra reedición, de mayo de 1985, que concluye la colaboración de Juan Gallardo en Punto Rojo.


El canto de cisne de Donald Curtis en Bruguera fueron esas dos reediciones, y cuatro o cinco novelas del Oeste que aparecieron entre 1985 y 1986.

Por entonces, el futuro era el final, y se llamaba Editorial Astri. Y esa, amigos, es otra historia... de terror.

***

Parte II: Sobre La fría piel de la muerte

Es ésta una novela correcta, tirando a floja, del maestro Juan Gallardo, en la que no ayuda en absoluto el cúmulo de erratas tipográficas: se diría que el cajista de la imprenta de Bruguera se quedó sin letras "e" minúsculas, y se dedicó a sustituirlas por letras "a". Hay incluso un par de páginas con la tinta desvaída, y la penúltima página está en blanco... aunque la última contiene el final de la historia. (No faltan páginas; es que la edición fue una chapuza. Al menos, en mi ejemplar).

El argumento gira en torno a Ross Garfield, autodefinido como "self-made man" americano, que entra a trabajar como jefe de ventas, por todo lo alto, en la empresa Bacharah and Bacharah, dedicada nada menos que a la gestión de pompas fúnebres de lujo. Una de las características de esta empresa es que la mayor parte de su plantilla, al menos la que se encuentra cara al público, está conformada por rubias platino exhuberantes, ataviadas como azafatas aéreas (en Latinoamérica se usa el término "aeromozas", que en España no se conoce, y que es especialmente brillante), hasta el punto de que Garfield piensa que las fabrican allí mismo. Los Bacharah son dos hermanos; uno de ellos, el cerebro, está condenado a vivir en una silla de ruedas; el otro es el que pasa por la oficina para ejercer como director. Como es lógico, el hermano lisiado tiene una jovencísima y bellísima esposa, Sharon, que si el lector conoce las descripciones de Garland, reconocerá inmediatamente como la gran belleza insuperable, turgente, etc.

Hasta aquí, todo bien.

El asunto es que, en el primer día de trabajo de Garfield, llega de visita una señora que desea ver a su hijo. Y su hijo... bueno está muerto, pero no. Pero sí. Pero quién sabe. Porque Bacharah and Bacharah presta un servicio de crionización (que yo siempre he llamado criogenización, y la RAE me da la razón por una vez), y los parientes pueden visitar a sus no-muertos un par de veces al año. Y la señora esta, por alguna loca razón, se echa sobre el tubo abierto donde se encuentra el cuerpo congelado, envuelto en "papel metálico" (¡es papel Albal, nada menos!), y resulta que bajo esa capa no está su hijo, sino una mujer de enormes pechos... también no-cadáver, por supuesto. Se organiza un escándalo, la señora sale a la calle huyendo y gritando sapos, culebras y demandas judiciales por la boca... con tan mala suerte que uno de los furgones de Bacharah and Bacharah la atropella a base de bien, para que no haya duda de que la señora ha muerto.

Todo esto, claro, mosquea mucho a Ross Garfield. ¿Qué clase de empresa es esta, que confunde a dos no-muertos? Y ¿no es demasiado conveniente que muera la mujer que iba a destapar un escándalo? Y ¿no es un poco raro que la turgente esposa del jefazo en silla de ruedas se presente en casa de Garfield, en mitad de la noche, para pedirle, no, para rogarle que le haga el amor?

Bien, pues ni con estos elementos consigue Donald Curtis ofrecernos el ritmo frenético que merece la historia, la risotada ante tal incorrección política, o hacernos dudar de si el villano de la historia es este o aquel... porque no importa un carajo.

Cabe la posibilidad de que la lectura de la novelita me haya pillado en mal momento, pero en lo que a mí respecta, resulta fallida. Y no porque todo esté cogido por los pelos, sino por lo que apunto arriba: cierta falta de ritmo impropia de Juan Gallardo.

En fin: está claro que, al que cuece y amasa, de todo le pasa. Y un autor con casi dos mil obras, bien puede tener alguna que nos parezca floja. No todo va a ser clásicos inmortales, qué demonios.

(Ahora bien: de lo que no hay duda es de que, por flojo que resulte en alguna obra, Curtis es adictivo. Voy a por otra suya de cabeza. Pero ya).

sábado, 17 de agosto de 2024

Resumen de la primera quincena de agosto de 2024

 

 

...quincena que ha durado más de quince días, pues julio, como es habitual, se pasó de largo, pesado y caluroso.
En estas semanas hemos viajado por el mundo con Gregg Hurwitz (en dos ocasiones), John Grisham, José Francés, Lee Child, Curtis Garland, Guillermo López Hipkiss, y muchos otros anónimos compañeros de aventuras. Hemos tenido santas matadoras de tarascas, una apología de la serpiente de mar y algo más sobre los monos; hemos liberado un cuento en línea (y descargable: un homenaje a Ursula K. Le Guin) y tenemos otro audiodramatizado desde México. Y por supuesto, hemos reincidido en el fascinante e inagotable mundo de los bolsilibros. Literatura popular y de la otra, antropología, criptozoología, hagiografía, folklore, política (y poética)... y más. Echen un ojo a estos enlaces, pues entre tanta variedad, algo habrá que les guste...
 

 

Martes, 13 de agosto

Noticias de ayer: Cómo los dragones voladores y los ogros de los cuentos infantiles tienen un origen real (1927)

 

Miércoles, 14 de agosto

La hermandad (The Brethren, 2000), de John Grisham

 

Jueves, 15 de agosto

Relato: "Dos versiones de Omelas" (2022), de Alberto López Aroca

 

Viernes, 16 de agosto

Comisión ejecutora (2004), de Gregg Hurwitz

 

  


martes, 6 de agosto de 2024

Curtis Garland, Donald Curtis, Kent Davis, Johnny Garland, Addison Starr...: algunos casos de homonimia

Rosas negras para morir: mismo título, distintas novelas del gran Curtis Garland.


Suponga el lector por un momento que no es lector, sino autor. (Esto, hoy en día, es extremadamente sencillo, pues hay más autores que lectores. Otro cantar es la intersección que exista entre ambos. La figura del "autor que no es lector", que parece salida de algún bestiario medieval, de Las Mil y Una Noches o de un relato de Sin Plumas de Woody Allen, empezó a existir en algún momento del siglo XX, y en el XXI se ha extendido hasta convertirse en pura cotidianeidad y, en números, quizá supere ya al antaño vulgar "autor que lee todo lo que puede y un poquito más"). Suponga, además, el lector, que escribir es su oficio y su forma de ganarse la vida. Puestos a suponer (que es gratis, así que no racanee con su imaginación, ¡haga el puñetero esfuerzo!), imagine el lector que es capaz de producir, digamos, tres novelas de a duro a la semana, trabajando duro todas las noches hasta el alba. Arañándole horas al sueño. Con la espalda bien fastidiada por los vicios posturales. El cenicero, lleno. El vaso de un licor con hielo, caliente y a la mitad, porque ya ha olvidado que lo tenía ahí para "inspirarse".

Suponga que, como autor, tiene dignidad y autoestima. De modo que, desde que empezó su carrera profesional hasta sus últimos días, no trabaja con una serie de esquemas argumentales, guías o guiones, consignados en una libreta junto a un listado alfabético de nombres o apellidos de posibles personajes para intercambiar en cada nueva obra: usted no trabaja con plantilla, como hacen algunos de sus más exitosos colegas (algunos le han pasado el testigo a sus hijos), sino que es lo que en tiempos modernos llaman "escritor de brújula", es decir: que empieza a escribir y no sabe con certeza adónde va a terminar... aunque sabe que no se puede pasar de los cien folios mecanografiados que conforman una novela de a duro. Ese es el límite. Ahí tiene que estar la historia completa. Ya se encargarán los personajes de hacer lo suyo. Usted se limita a teclear y teclear y teclear, como si un duendecillo le estuviera dictando al oído. Es por eso que sus obras, si no son las de mayor éxito entre el gran público, sí que cuentan con un abultado grupo de seguidores incondicionales que reconocen y admiran su estilo. O eso le gustaría pensar a usted.

Suponga el lector, además, que ejerce durante casi toda su vida ese trabajo de jornalero destajista, y que llega a producir casi 2.000 obras distintas, la mayoría de ellas en el formato de novela corta que hemos mencionado.

Ahora que ya lo hemos puesto en situación, tenemos una pregunta para usted: ¿Cuántos de los títulos de sus muchas obras recuerda...? Ajá... sí... por supuesto... Ajá... Hum... Ejem... Sí, sí...  Veamos cuántos ha citado de carrerilla, ¿diez, doce? Los últimos que ha enviado a la editorial, ¿cierto? Y alguna de sus más viejas y queridas obras, a las que guarda un especial cariño por motivos personales. Esas son pocas; tan sólo cuatro o cinco. Ya, ya: para escribir nuevas obras, necesita olvidar las anteriores. Es una necesidad del cerebro, de la mente, como el dormir, como el divagar. El olvido es una herramienta de su trabajo; sin el olvido, no podría seguir adelante. Perfecto. Entendido.

Y a continuación, la pregunta importante: ¿ha repetido usted alguno de los títulos? No, ¿verdad? ¿Está seguro? ¿Sí? Ah, ya, ya; hay muchos títulos parecidos, eso sin duda: La muerte no sé qué, El asesino no sé cuántos, Crimen en quién sabe dónde, El lo que sea del terror, etc., etc.

Pues bien, querido lector que se ha convertido en autor, aunque no sea más que en una fantasía que le he propuesto: póngase como le dé la gana, pero ¡ha repetido algunos títulos! Y no, no son reediciones de la misma obra. Y sí, ya sé que lo habitual entre sus compañeros de profesión es lo contrario: cambiar el título de una novela para venderla dos veces. O tres. Una trampichuela sin importancia y que, por supuesto, usted no comparte, porque no lo necesita. Lo sé de buena tinta. Y lo sé porque resulta que usted ha escrito varias obras completamente distintas con el mismo título. Que es justamente lo contrario de lo que hacen los autores destajistas. ¿Sabe usted que ha escrito dos novelas que se titulan El Sheriff de la Muerte, una en 1983 y otra en 1989? ¿No lo sabía? Pues es cierto. Yo las tengo y las atesoro. Mismo título, novelas completamente distintas. Menuda coincidencia, ¿verdad?

Sí, en serio. Ya sé que usted no guarda todas sus novelas publicadas (¿dónde meterlas, entre tanto libro de consulta y textos clásicos y modernos que usted utiliza y lee y relee para su trabajo?). Pero yo sí que las guardo, porque soy lector y coleccionista. Soy uno de esos que reconocen su estilo y lo admiran. Sé más sobre sus obras que usted mismo. Le voy a poner algunos ejemplos. Atención:


Ojos de hielo (1964), de Donald Curtis.


Ojos de hielo (1989), de Donald Curtis.

 

Ojos de hielo, de Donald Curtis (este es uno de sus muchos pseudónimos), son dos novelas de a duro completamente distintas. La primera se publicó en 1964, en el número 171 de la colección Gángsters, de Editorial Rollán. Es una historia de serie negra, y la tengo aquí, en mis manos. La segunda novela con ese título es un western, y apareció en Astri-Oeste nº187 (Ediciones Astri, 1989), y fíjese, se reeditó hasta tres veces, lo que suma cuatro ediciones distintas para esa misma novelita del Oeste. Ya, ya: hay veinticinco años entre esas dos novelas, una generación completa. Además, la primera Ojos de hielo ya había caído en el olvido desde el lejano día en que se publicó. Y el título, sí, de acuerdo: tampoco es que sea demasiado original. Hay otras novelas de otros autores que se titulan así, sin duda.

Veamos el siguiente caso:

 

Un millón de dólares (1966), de Donald Curtis.


Un millón de dólares (1969), de Johnny Garland.


Un millón de dólares, de Donald Curtis, apareció en el nº804 de la colección FBI de Editorial Rollán, en 1966. Es una novela policíaca. Un millón de dólares, de Johnny Garland, se publicó en Espuela nº53, de Editorial Toray, en 1969. Es, evidentemente, un western, así que se trata de dos novelas distintas. Escritas y publicadas con tan sólo tres años de diferencia. Un desliz, ¿verdad? Y ese título tan obvio... ¿un homenaje a Por un puñado de dólares (1964) de Sergio Leone, tal vez? Sí, se puede entender. Además, con dos pseudónimos distintos... Y ¿cuántas novelas dice usted que escribió entre esas dos? ¿Unas 150? ¿50 novelas cortas al año? Ufff... cualquiera se olvidaría de los títulos, sin duda... Ya, ya, y eso que no se encontraba usted entonces en la cima de su capacidad de producción: tres, cuatro novelas en una semana...


Agente, Muerte (1971), de Donald Curtis. La portada corresponde a la primera y única reedición en Selecciones Policíacas FBI nº637 (Rollán, 1974)


Agente Muerte (1984), de Curtis Garland.


A ver, éste es bien curioso: tenemos Agente, Muerte de Donald Curtis, que se publicó por primera vez en Agente Federal nº223 (1971, con una reedición en 1974); y Agente Muerte de Curtis Garland, que apareció en Servicio Secreto nº1.748 (Bruguera, 1984). Sí, hay casi tres lustros de diferencia y una coma, ¡nada menos que una coma!, que hace que ambos títulos sean distintos, de acuerdo. Luego dicen que las comas no cambian nada y que no son necesarias... Ah, la ortografía, ¿qué haríamos sin ella? ¡Por cierto, esto me recuerda a:


Duelo (1966), de Kent Davis.


¡Duelo! (julio de 1986), de Kent Davis.


Qué pequeña diferencia, ¿verdad? Duelo, de Kent Davis, es una novela larga publicada en la colección Western Club de Rollán, en su número 27 (1966); mientras que ¡Duelo!, de Kent Davis, es un bolsilibro que apareción en Astri-Oeste nº90, en julio de 1986, y se reeditó en una ocasión. No podemos decir que se trata exactamente del mismo título, ¿no? Pero ¿qué pensamos de...?


Neurosis (1969), de Donald Curtis.


Neurosis (1974), de Curtis Garland.


Dos novelas tituladas Neurosis, y ambas de temática policíaca o criminal, publicadas en un lapso de cinco años. La más antigua, firmada por Donald Curtis, apareció en 1969, en el nº140 de Agente Federal (y la reeditó EASA en 1988); y en febrero de 1974, la más reciente, de Curtis Garland, publicada en la famosa colección Punto Rojo de Bruguera en el número 615. ¿Tenemos alguna explicación para esto? Ah, claro: más de 300 novelas escritas y publicadas entre la una y la otra... Supongo que eso también explica el siguiente caso:

 

Crónicas galácticas (enero de 1976), de Curtis Garland.


Crónicas galácticas (abril de 1985), de Curtis Garland.


Crónicas galácticas, ambas firmadas por Curtis Garland. La primera apareció en enero de 1976, en la colección La Conquista del Espacio de Bruguera, nº283; la segunda apareció en abril de 1985 en Galaxia 2000, de Ediciones Forum. El contenido ni se parece, ¿verdad? Demasiados años entre una y otra... un título demasiado genérico, sí; tanto que sirvió para dos obras firmadas por el mismo autor. Lógico. Hay un caso mucho menos extravagante, también en el terreno de la ciencia ficción:


Los extraños (1969), de Addison Starr.


Los extraños (mayo de 1980), de Curtis Garland.


¡Addison Starr!, ese viejo y olvidado pseudónimo, autor de la novela Los extraños (Nova Club nº4, Rollán, 1969; lo reeditó EASA en 1975). Y Curtis Garland, que nada tiene que ver con Addison Starr (salvo que detrás de esos nombres se encuentra el mismo escritor), publica Los extraños en Héroes del Espacio nº6 (Bruguera-Ceres, mayo de 1980), que nunca volvió a ver la luz. Un título demasiado vulgar, ese. A saber cuántas novelas habrá que se llamen igual que estas dos...

***

Hay que confesarle al lector, reconvertido en autor durante un ratito, que hemos encontrado otros muchos casos de homonimia en su obra. No vamos a abundar mucho más, ni a citar esas variantes que consisten en un sustantivo, con o sin artículo; otros casos en que el título aparece entre admiraciones o sin ellas... Pero el siguiente resulta extraordinario. Porque ¿cómo se puede olvidar un título que reza Rosas negras para morir?


Rosas negras para morir (julio de 1976), de Curtis Garland.


Rosas negras para morir (abril de 1978), de Curtis Garland.


De acuerdo, de acuerdo: entre el uno y el otro van unas cien novelas escritas y publicadas, quizá alguna más, pero ¿cómo puede suceder esto? Quizá la respuesta sea que es un título demasiado bueno para utilizarlo tan sólo una vez.

El primer Rosas negras para morir de Curtis Garland se publicó en Servicio Secreto de Bruguera nº1.352 (julio de 1976); el segundo, en la mítica colección ¡Kiai! de Bruguera, nº70, de abril de 1978. Ni dos años transcurrieron entre las dos obras, completamente distintas, aunque ambas concebidas como thrillers cercanos.

Tenemos, pues, una última pregunta para el lector (perdón, para el autor): Sabiendo lo que ahora sabe, pues nos hemos ocupado de señalárselo, ¿escribiría usted una tercera novela titulada Rosas negras para morir? Porque, sabiendo lo que sabemos de usted, no nos importaría. Nos encanta que juegue limpio y que su capacidad creativa llegue a los extremos que hemos expuesto, desnudos, aquí. ¿Quién más, en el mundo, es capaz de repetir títulos sin repetir obras?

Increíble. Fascinante. Admirable. Inigualable. Ese era, es y será Curtis Garland, Donald Curtis, Kent Davis, Addison Starr, Johnny Garland y otros muchos nombres agrupados bajo la sempiterna gorra de visera, el bigote de galán cinematográfico anticuado, de Juan Gallardo Muñoz.

Alberto López Aroca, 5 de agosto de 2024 

 

Juan Gallardo Muñoz (28 de octubre de 1929-5 de febrero de 2013).