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miércoles, 12 de junio de 2024

Misión en la India (CIA nº207), de Peter Briggs (h. 1955)


 

5 de marzo de 2024

"Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan"

escribió Jorge Luis Borges en su poema dedicado al detective consultor del 221 de Baker Street. Por supuesto, estoy de acuerdo con él. Borges añadía, tras punto y seguido,

"La muerte y la siesta son otras"

pero esta parte no se suele citar, quizá porque Borges era aficionado a morirse (cosa que demostró el 14 de junio de 1986) y, el resto de los mortales, aunque a veces tenemos ganas de morirnos, al final optamos por pensar en Sherlock Holmes o por la siesta, actividades más saludables que la muerte.

 

Noticia sobre el sepelio de Borges.


A lo que yo iba con esta cita (que me pierdo en mi ombligo) es que una de las buenas costumbres que teníamos hace algún tiempo, y que parece que hemos desechado, es la de "pensar de tarde en tarde en la CIA". Definitivamente, se ha pasado definitivamente de moda eso de darle vueltas a lo que estarán tramando los de la CIA en tal país africano: si la explosión de no sé qué oleoducto o gaseoducto submarino que obliga a Europa a renunciar al combustible ruso y a comprar el americano no será cosa de la CIA; si las armas de la organización terrorista MICHIS no se las habrá pasado la CIA, etc., etc., etc. Calculo que eso de no pensar en la CIA empezó a suceder con la entrada de España en la Unión Europea, aunque ya antes, cuando hicimos lo propio con la OTAN, lo de pensar en la CIA era cosa casi exclusivamente de rojos peligrosos, que veían infiltrados por todas partes. Ahora, pensar en la CIA es, como mínimo, de conspiranoicos fantasiosos, porque como todos sabemos, después haber traficado con droga en Vietnam y en Colombia, después de haber financiado y entrenado guerrillas en Centroamérica, después de haber tenido en nómina a dictadores como el general Manuel Noriega, la CIA se disolvió y Estados Unidos de América dejó de tener agentes de inteligencia en países extranjeros, salvo quizá en algunos países del Medio Oriente, y sólo para garantizar que no nos invadan los integristas musulmanes y empiecen a cortar cabezas, a taparle el rostro a las mujeres y a prohibirnos el vino y la cerveza. Impensable todo esto, en España.

 

Águilas negras (1993), una novela de Larry Collins sobre la llegada de Noriega al poder en Panamá, con una ayudita de la CIA.


Esa es la impresión que ha logrado dar la CIA en los últimos años, y ese ha sido su gran triunfo. Una buena aproximación a la historia poco secreta de la Compañía es el cómic de Alan Moore y Bill Sienkiewicz Shadowplay: The Secret Team, incluido en el volumen unitario Brought to Light (diciembre de 1988). Es una pena que nunca se haya publicado en castellano. También es muy recomendable la larguísima novela El fantasma de Harlot (1991), de Norman Mailer, que combina hechos reales con personajes ficticios (o más o menos ficticios).

 

Alan Moore y Bill Sienkiewicz cuentan aquí muchas de las operaciones "secretas" de la CIA.


Me explico: por definición, en cualquier país del mundo, las agencias gubernamentales de información y espionaje en el exterior realizan labores secretas que, por regla general, son ilegales en el país "espiado". Las agencias más cacareadas durante el siglo XX han sido, sin duda, la CIA, el KGB, el MI6 británico y el Mossad israelí. Todo el mundo, o casi todo el mundo, sabe lo que son (o lo que fueron, en el caso del KGB), y también se conocen muchas de las actividades, operaciones y acciones que han realizado. De todas, la CIA se lleva la palma, el primer premio, la Orden del Toisón de Oro, la ensaladera de plata y lo que haga falta.

Ahora bien: en mi opinión, una agencia de servicios secretos en el exterior que sea famosa es una contradicción. Los espías deben ser discretos, y sus actos de espionaje deberían permanecer en secreto antes, durante y, de ser posible, después de su actividad. Dicho de otro modo: una agencia de espionaje "famosa" es como Al Capone, o como el ficticio Joey Zasa (interpretado por Joe Mantegna en El Padrino III), que con su actitud, estaba haciendo muy populares las actividades de los gángsters. Esto, obviamente, es "malo para el negocio".

 

Joey Zasa (interpretado por Joe Mantegna), un gángster mediático, el más elegante de América.


Lo cual me ha llevado a pensar que la actuación de las citadas agencias secretas debió ser muy, muy, muy chapucera, si en su momento (y sobre todo hoy) conocemos al dedillo sus grandes triunfos y fracasos. Así, los que han pasado por ser grandes ases del espionaje, resulta que no han sido más que unos pazguatos a los que se les veía el plumero desde kilómetros de distancia, cuyas guerras secretas y operaciones negras se han aireado a los cuatros vientos, y que si han logrado alguna fama merecida, es la de corruptos y criminales. El MI6, por ejemplo, tiene una gran reputación, pero casos como el de Kim Philby nos hacen pensar que si James Bond hubiera existido, habría sido David Niven en Casino Royale (la película de los 60). A Philby, por cierto, casi lo pillaron en España en 1937, durante una corrida de toros en Córdoba. Se libró por los pelos. Pero el caso es que consiguió informes detallados sobre el cuartel general de Franco (hablamos de 1937), informes que pasó a sus jefes británicos... y a los rusos.

En el caso concreto de la CIA, me atrevería a decir que sus mayores éxitos han sido aquellas ocasiones en que han logrado que el pueblo de los Estados Unidos de América se haya tragado una sarta de mentiras (un buen ejemplo sería el asunto del Golfo de Tonkin que desencadenó la Guerra de Vietnam, pero ahí la labor de desinformación la llevó a cabo la NSA, agencia prima hermana de la CIA). Posiblemente, algunas de estas mentiras estén todavía por desvelar, y lo que hoy "damos por sabido y cierto", en el futuro se considerará una engañifa de proporciones gargantuescas. Vivimos en una época en que las revelaciones del ex agente de la NSA, Edward Snowden, caen en saco roto y no impresionan ni importan demasiado a nadie. A fin de cuentas, ¿qué más da si un gobierno vigila, clasifica y matricula a sus propios ciudadanos como si fueran vulgares criminales en potencia? ¿Cuál es el problema? ¡Si lo hacen por nuestro bien...!

La CIA, autorizada en julio de 1947, aunque ya funcionaba desde enero de 1946, fue fruto de la reorganización de la recién extinta Office of Strategic Services (OSS, coordinadora del espionaje e inteligencia militar entre las diversas Fuerzas Armadas del país), la cual se creó en julio de 1942, por orden del presidente Roosevelt, con la entrada de Estados Unidos en la guerra mundial, y tomó como modelo el MI6 de los ingleses. (Qué ganas me dan de mencionar Pearl Harbor y el hecho de que el ataque japonés se podría haber afrontado de un modo distinto, pues el gobierno de los USA lo conocía de antemano). De hecho, para la formación y entrenamiento de los nuevos agentes se consultó a la agencia británica y estos fueron los principales artífices y grandes maestros de sus primos americanos. La disolución de la OSS y reconversión en la CIA fue cosa del presidente Truman (el mismo que ordenó el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki).

Qué estupendo y prometedor todo, ¿verdad?

Obviamente, en sus primeros años, la CIA creció en torno a las redes, encrucijadas e infraestructuras que ya había creado la OSS durante la guerra: la zona del Pacífico y el Sureste asiático por una parte, y la Alemania Federal (y por ende, el resto de Europa) por otra, fueron sus principales (que no únicos) lugares de acción. El objetivo fundamental de la Compañía era evitar la expansión del comunismo de la URSS en las regiones de sus aliados tradicionales y en las proximidades de la China de Mao Tse Tung. Calculo que tuvieron una buena década desde 1947 hasta 1958. Pero en 1959 triunfó la revolución cubana, y quedó en evidencia que los esfuerzos de la CIA por proteger los "intereses de su país" resultaban vanos si el enemigo se había instalado cómodamente a un pasito de Miami. El desastre de Bahía de Cochinos en 1961 dio una muestra realista de lo que era realmente la CIA: una banda paramilitar de chapuceros reclutados entre chalados, fanáticos y mercenarios de serie Z. Y del asesinato de JFK mejor no hablar, pues si la CIA no estuvo implicada en el magnicidio, como mínimo actuó con la mayor de las ineptitudes. (Y ambas opciones pueden ser ciertas).

 

Otra buena novela, de mil y pico páginas, sobre la historia (negra y poco secreta) de la CIA (1991). A Norman Mailer lo conocemos todos, ¿verdad?

Fue durante este corto período de tiempo (1947-1958, más o menos) que la CIA se presentó ante el mundo, y ante los ojos de los españoles, no como una repugnante organización criminal de conspiradores políticos, traficantes de drogas y de armas, y asesinos profesionales que actuaban con impunidad, sino como la versión internacional del (también idealizado) FBI de John Edgar Hoover, esto es: una heroica institución que luchaba contra el crimen internacional y los enemigos de América, derrocaba tiranos, y no temía adentrarse en los rincones más profundos y peligrosos de Asia, de África o de cualquier lugar del planeta para impartir justicia y hacer del mundo un lugar mejor. Vamos: algo semejante, aunque un pelín más ingenuo, a las novelas del escritor Tom Clancy y su serie de Jack Ryan (iniciada con The Hunt of the Red October, 1984), la respuesta definitiva (¿?) de los USA al estirado James Bond del MI6. (No voy a decir que la serie de Jack Ryan, quien llega a la presidencia de los USA en sus aventuras, sea pura propaganda, pero es demasiado aventuresca y parcial, por mucho que las novelas y las adaptaciones cinematográficas resulten disfrutables y divertidas. Para eso, prefiero a Jack Higgins, que tuvo las santas pelotas de convertir en agentes secretos de Whitehall y héroes protagonistas de grandes y violentas aventuras a varios terroristas del IRA, como sucede en la serie de Sean Dillon. Quien, por cierto, en las últimas novelas, inéditas en castellano, colabora también con la CIA, de buen rollo. Qué cosas...).

 

Primera novela de la serie de Jack Ryan, agente de la CIA y presidente de los USA (1984).

Es precisamente en los años en que la reciente Compañía gozaba de buena prensa (por lo menos en Europa) que la madrileña Editorial Dólar lanza su colección de novelas de a duro dedicada a la CIA (250 números más un número 0, entre 1951 y 1956), como respuesta a la exitosa colección FBI de Rollán: lo mismo, pero más internacional. Aventura, tiros, malos malísimos extranjeros (extranjeros respecto a Estados Unidos), y agentes de la CIA sufridos, patrióticos y tocados por el dedo de la divinidad. Sobre esta colección, recomiendo fervorosamente el revelador e informadísimo artículo de Magda Revetllat Barba, sobrina del escritor Alfred Revetllat Fosch (1917-2000), uno de los principales artífices de estas novelas; y también "La Editorial Dólar", otro artículo, esta vez de Alberto Sánchez Chaves, alojado en su blog La memoria del bolsilibro.

Y he contado todo este rollo para justificar la existencia de Misión en la India, novela firmada por Peter Briggs, también conocido como Pedro Víctor Debrigode Dugi.

Pedro Víctor Debrigode Dugi.

 

***

Arte de Luis Bermejo en esta novela, reproducido por medio de una fotografía chapucera.


Se puede calcular que esta novela de Debrigode apareció publicada entre 1954 y 1955, a pesar de que no tiene fecha. La ilustración de portada no tiene firma, pero las ilustraciones interiores, muy bonitas, son obra del madrileño (y albaceteño adoptivo) Luis Bermejo, uno de los clásicos del tebeo español, con gran presencia en el cómic de terror anglosajón, como demuestran sus muchas historietas realizadas para Warren Publishing. Para mí, Bermejo siempre será el dibujante de la primera parte de la serie de tebeos Apache, que heredé de mi padre, y conseguí que Bermejo firmara para mi progenitor.

 



La acción da comienzo en la primavera de 1947 (recordemos que la CIA sólo obtuvo carácter oficial en julio de 1947), en Washington, en un edificio donde está camuflada la sección local de la Compañía. Roy Kennedy (curioso apellido para un agente de campo de la CIA), veintiseis años, guapo y atlético, reclamado por la Compañía de entre las huestes de funcionarios federales, acaba de regresar de "una peligrosa excursión por tierras de Alaska", y el jefe de la CIA le habla de Edgar Trevor, un cerebro privilegiado del Servicio de Inteligencia Británico (MI6), que ha desaparecido en el Estado de Jongka, una región ignota de la India colidante con Nepal y el Tíbet. La misión de Trevor consistía en lograr aproximarse al majarajá de Jongka para aconsejarle "en el sentido de adquirir conservas, gramófonos, muebles, licores y hasta ventiladores. ¿Comprende?", explica el jefe de la CIA. "Le haré un breve resumen de lo que deseaba conseguir Edgar Trevor para su patria, y que... es lo que ahora deseamos consiga usted para nosotros. Se ha propagado hasta la saturación la importancia vital y estratégica de la India, que antes era británica. [Aquí, merece la pena recordar que la independencia de la India sólo se hizo efectiva el 15 de agosto de 1947]. Nuestra Patria es joven en política exterior, pero ha ido asimilando duros golpes. Hoy, gracias a nuestro Departamento, que es quien ha puesto las bases, sostenemos relaciones comerciales como muchos Estados, en apariencia, poco importantes. Nuestros cheques y nuestra maquinaria, al igual que nuestros productos, van actuando como los mejores embajadores privados. Surgen pocas dificultades... pero si hay algo endiabladamente difícil, es sembrar la primera semilla en el diminuto Estado de Jongka".

No se puede ser más sincero, ¿verdad? ¿Para qué iba a servir la CIA, de qué iban a servir todos esos agentes del OSS representados ahora bajo nuevas siglas y situados estratégicamente en muchos lugares del mundo, sino para facilitarle el trabajo a la empresa privada de Estados Unidos? ¿Qué mejor modo de servir a la Patria (así, con mayúscula) que estar al servicio del Gran Capital?

Obviamente, Roy Kennedy viajará a Jongka para cumplir su misión... pero llevará el lastre de la gélida Clara Trevor, hermana del agente inglés desaparecido, empeñada en conocer de primera mano el paradero de Edgar. Y por si esto fuera poco (que no lo es), el majarajá de Jongka ha caído bajo la influencia del misterioso Gorza Khan, una suerte de Rasputín de piel cetrina que dirige de facto el Estado con mano de hierro y no permite la más mínima injerencia extranjera. Y los castigos que recibien los visitantes no invitados son dignos de los mejores tiempos de la Inquisición, o de las infame cárceles chinas de principios del siglo XX.

Con estos ingredientes, lo que construye Debrigode es pura aventura tradicional en un contexto contemporáneo. Si en lugar de Roy Kennedy hubiéramos tenido a Ricardo "Dick" Mendoza (por citar a uno de los grandes héroes de Debrigode-Visconti cuyas aventuras se desarrollan en la India), y a la Compañía de Indias en lugar de a la Compañía a secas, probablemente el relato habría funcionado igual de bien.

De hecho, entre peripecias, bromas, gentuza de la peor calaña, aliados inesperados, acabamos con la sensación de que Debrigode acababa de leer El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, y había decidido hacer una versión "para todos los públicos".

Es una obrita de excelente factura, con una mala leche completamente disimulada... o casi completamente. Lo comento por las sabias palabras del joven pero experimentado Roy Kennedy: "¿Vamos al Roxy, princesa? Echan Las tragedias del Pato Donald. Es la viva caricatura del occidental, este eterno descontento".

Dio usted en el clavo, señor Debrigode: seguimos siendo el rabioso Pato Donald.

 

Más arte de Bermejo para esta novela. Perdón por la calidad de la foto.

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Los nuevos héroes: el tipo de gente que USTED nunca querría ser (2005)

Ínsula (suplemento cultural del diario El Pueblo de Albacete) nº20, 30 de junio de 2005.

 

Este pequeño artículo de divulgación se publicó en el número 20 del suplemento cultural Ínsula (dentro del diario El Pueblo de Albacete), el 30 de junio del  año 2005, cosa que lo convierte prácticamente en una de nuestras noticias de ayer. Lo hemos extraído del original impreso.

El texto volvió a tener vida en mi extinta página web albertolopezaroca.tk, que desapareció. Y años más tarde, lo publiqué de nuevo en el antiguo emplazamiento de esta bitácora, el 13 de abril de 2011 (al final del artículo, reproduzco los comentarios de lectores que se publicaron en aquella fecha). Se diría que este reportaje tiene la mala costumbre de esfumarse y reaparecer cada cierto tiempo, como si fuera un yeti, un esquivo monstruo de lago o uno de nuestros grandes felinos ibéricos.

En su momento consideré actualizarlo y añadirle alguna que otra nota al pie, pues en algunos puntos la información está desfasada. Garth Ennis continuó su larga y gloriosa etapa en la serie de The Punisher (y es posible que siga habiendo nuevas entregas). Ahora no sólo existe una novela más (y también una triste película más) sobre Hannibal Lecter, sino también una serie de televisión y algún spin-off. Donald Westlake ha muerto y con él también Richard Stark (que nos ha dejado con la apabullante cifra de veinticuatro novelas de Parker). John Constantine sigue haciendo de las suyas, aunque cada vez más alejado de la semilla original sembrada por Alan Moore; ya no sólo tiene una película, sino serie de televisión, y en los tebeos se ha convertido en un superhéroe más. Cualquier día lo veremos embutido en unas mallas ajustadas.

En este artículo no mencioné el verdadero origen literario de Frank Castle, que no es tanto Harry el Sucio como Mack Bolan (The Executioner, creado por Don Pendleton). Para aquellos que tengan curiosidad sobre este particular, les sugiero que lean mi viejo ensayito mitográfico creativo de febrero de 2010 que se tituló "Mack Bolan y Sherlock Holmes: The Executioner en el mundo de Baker Street". De este texto sobre Bolan estoy bastante orgulloso, pues el personaje apenas es conocido en España, y creo que en su día sirvió para darle algo de difusión. De hecho, en Ínsula apareció un refrito recortadísimo del texto, eliminadas las referencias holmesianas, el 29 de julio de 2010, bajo el epígrafe "The Executioner, el padre de todos los justicieros".

Personalmente, me pareció una hazaña personal el conseguir que en un diario local de Albacete se pudiera escribir largo y tendido sobre todos estos personajes. De hecho, en Ínsula hicimos mucho más que eso, y llegamos a publicar entrevistas con el Capitán Nemo, reseñas de libros inexistentes, relatos y folletines. Entre otras cosas. No obstante, ese espíritu extravagante del suplemento se perdió cuando me echaron a la puta calle de cualquier manera y sin previo aviso.

Pero esa es otra historia... 

***

 




 






jueves, 12 de octubre de 2023

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy

 

10 de marzo de 2023

A la tercera va la vencida. Pues tres han sido los viajes, tomado de la manita por Cormac McCarthy, los que me han costado leer de una puñetera vez este libro que, hoy, se encuentra ya en el terreno de los clásicos meridianamente malditos (o de culto). La primera vez que lo intenté debió ser allá por 2008, año más o menos, pues me lo prestó mi gran amigo, el periodista y escritor Marcelo Ortega Picazo, con mucha ilusión; y Marcelo es un excelente lector y encima de Villalgordo (provincia de Albacete).

Por supuesto, no pude soportar durante mucho tiempo la ausencia de puntuación en los diálogos de McCarthy, y tuve que abandonarlo tras el magistral capítulo del vampiro, que se encuentra en las cincuenta primeras páginas o así. Porque una cosa es que la prosa sea realmente buena y la narración recoja acontecimientos de sumo interés para el lector y los personajes sean odiosamente apreciables; y otra cosa es que te pierdas cada dos o tres páginas por el capricho estilístico de un autor. Servidor, bregado en textos castellanos del siglo XV y XVI en sus versiones originales, no debería tirarme tanto de los pelos por esto, pero en pleno siglo XXI (o incluso en el siglo XX), pues mire usted... no lo veo claro. Vale que es la voluntad del escritor, de acuerdo, y que sin duda esto tiene un motivo artístico; pero me siento más cómodo con Jim Thompson, que es definitivamente mejor que McCarthy, juega en su misma liga (o en su mismo paradigma) y no se ríe de la ortografía, así, por sus santas narices. Tome el lector La sangre de los King (King Blood, 1973), una de las mejores y más violentas novelas jamás escritas, y luego hablamos.

Pero no quiero entrar en comparaciones, pues ese es un terreno deleznable e injusto en el que siempre, siempre, siempre sale perjudicado alguien. El primero, el opinador de turno. Corramos un tupido velo...

Volví al juego de "¿quién puede más, tú o yo, maldito McCarthy?" una década más tarde, con el mismo éxito (es decir: me quedé en el vampiro, o poco más adelante. Sigo pensando que esa secuencia del vampiro nocturno se la robó el autor a Goya, y nadie me va sacar de ahí). Y ahora, por fin, con sangre, sudor y lágrimas, lo he logrado. Me he leído de cabo a rabo Meridiano de sangre. Y el tortuoso viaje ha merecido la pena, claro que sí. Pero que no me inviten otra vez, por favor.


Han sido diez días de lectura discontinua y esforzada. La preparación previa consistió en la trepidante Al otro lado del río de Jack Ketchum y la gozosa, por su aparente sencillez, Mr. Paradise de Elmore Leonard. La primera, porque está relacionada temáticamente con Meridiano de sangre, y transcurre incluso en la misma época y casi en el mismo territorio; y la segunda, porque con Leonard uno se siente como en casa (eso, suponiendo que tu casa esté repleta de gentuza y de criminales gilipollas) y sus prodigiosos diálogos están muy, muy bien escritos... y puntuados. Sólo un traductor atroz, o un editor-rata (de los de publicar libros con tipografías ínfimas o con espaciado automático entre párrafos), pueden cargarse un libro de Leonard.

Blood Meridian se publicó originalmente en 1985, y no he hecho un seguimiento de cómo le fue en Estados Unidos ni la repercusión que tuvo. Llegó a España en 2001, en edición de Debate, y es bastante probable que hacia 2002 o 2003, mi amigo Luis Escribano me hablara de esta novela, pues Luis siempre ha estado al día de los títulos y autores más interesantes, sobre todo de los norteamericanos. (Quiero recordar una conversación con Luis en el bar Triana de Albacete, en la que apareció McCarthy y su Meridiano de sangre, posiblemente porque estuviéramos hablando de Apocalypse Now, de Joseph Conrad, de la brutalidad en la literatura o de westerns. O de fanzines. O de... quién sabe).

Pero en realidad, empecé a tener conciencia de la existencia de McCarthy cuando, en 2007, se adaptó al cine No es país para viejos (No Country for Old Men, 2005), dirigida por los Cohen y con un papel oscarizado de Javier Bardem. Nunca he llegado a ver la película, aunque sí leí la novela por recomendación del inspector jefe de la Policía Nacional de Albacete, que por entonces era alumno de servidor en la Universidad Popular, en el curso de escritura creativa. Y, como ya he dicho, me pareció que era una historia que podría haber firmado Jim Thompson, pero sin puntuación en los diálogos (cosa muy poco útil en un curso de escritura donde, entre otras cosas, se enseñaba la importancia de la ortografía y la gramática para el escritor). Me gustó, pero también me molestó.
Por cierto: La carretera (The Road, 2006) no la he leído. Y tampoco he visto la peli.

En fin. El libro:

McCarthy conforma una novela larga sobre el infame Grupo Glanton, una banda de hijos de puta, algunos de ellos veteranos de la guerra de México y Estados Unidos, que se dedicaban a la caza de cabelleras de indios entre 1849 y 1850, a sueldo de los mexicanos. Al parecer, el negocio era bueno, pero Glanton y los suyos consideraron que era difícil distinguir la cabellera de un indio de la un mexicano: a más cabelleras, más oro.

Unos hijos de puta sádicos, como digo. Y por desgracia, reales como la vida misma, si no nos engañan las crónicas y diversos testimonios de la época.

Hay un personaje de dudosa historicidad, conocido como "el Juez Holden" según la autobiográfica My Confession de un tal Samuel Chamberlain, que formó parte del grupo. Chamberlain afirmaba que nadie sabía "quién o qué era Holden". Hay subrayar ese "qué", pues es el que le permite a McCarthy dar la vuelta al marcador del western para introducirnos en una historia no sólo de terror y salvajismo y crueldad y bellos paisajes y muerte y tortura y desesperación, sino también de horror sobrenatural fantástico. Pues el Juez Holden bien pudo existir, pero si era tal y como aparece en Meridiano de sangre, también podríamos rescatarlo como enemigo de la Patrulla X. Metidos a especular y a decir disparates, casi lo podríamos comparar con el Conde Drácula, epítome de los malvados sobrenaturales. Holden, en esta novela, tiene esa talla de villanía y monstruosidad, y ese aire outré, contra todo pronóstico creíble, que lo hace aún más grande. Sin duda, Holden es el logro definitivo de McCarthy. Porque es esta pieza, este personaje salido de otro mundo, de otro planeta o del puto infierno, el que hace que la ambientación y la sucesión de hechos, peripecias, masacres y barbarie encajen a la perfección, hasta el punto de que uno termina pensado aquello de "esto tuvo que ser así y no de otro modo", como nos sucede cuando leemos From Hell de Alan Moore.

¿La recomiendo? Sí, claro que sí, cómo no, faltaría más; y esto, a pesar de que McCarthy no nos ayude en absoluto con su falta de puntuación. Eso sí: vocabulario tiene como para aburrir.

En el terreno más o menos extraliterario, debo mencionar mis dudas de si la traducción al castellano es mala o regular. Espero no olvidarme nunca (y por eso escribo para mí estas reseñas) de que el traductor, Luis Murillo Fort, el mismo caballero que ha vertido al castellano con éxito casi todas las novelas de Barry Gifford, utilizó “venablo” como sinónimo de “jabalina” (la hembra del jabalí), para no repetir la palabra en el mismo párrafo. Me temo que ahí, el diccionario de sinónimos no estuvo a la altura de las circunstancias.

Oh, Cthulhu... me estoy dando cuenta de que, en algún momento de mi vida, tendré que leer la versión original en inglés de esta pesadilla. Joder, esta novela es como una maldición...

***

Post Scriptum: Le he dicho a Marcelo que ya le puedo devolver el libro. Marcelo dice que ya se lo devolví hace años. Que tiene su ejemplar en Villalgordo. Yo SÉ que no se lo devolví nunca, y que jamás he comprado un ejemplar de Meridiano de sangre. ¿Qué cojones pasa con este libro? ¿Está de verdad maldito, o qué?


miércoles, 11 de octubre de 2023

Ritual de la sangre (87th Precinct nº14), de Ed McBain

 


27 de septiembre de 2023

Sí: sigo leyendo a Ed McBain como si no hubiera un mañana. Y en total y absoluto desorden cronológico, pues recordemos: servidor es el tipo que empezó a leerse Watchmen, allá por el verano de 1987, por el número 6 (sí, el de Rorschach y el perro y el psiquíatra y "yo no estoy encerrado aquí con vosotros; vosotros estáis encerrados aquí conmigo").


Lady, Lady, I Did It es la novela número 14 de la Comisaría 87 de Isola, y se publicó en 1960. Si tenemos en cuenta que la primera de la serie (yo aún no la he leído, ¿ven lo que quería decir más arriba?) apareció en 1956, concluiremos que McBain era un tipo prolífico y que su idea de relatar el día a día de los dieciséis detectives y ciento ochenta y siete patrulleros del distrito no sólo estaba funcionando bien (hablando en términos comerciales), sino que él mismo se sentía cómodo mientras la escribía.

Esto último lo pienso por la indiscutible calidad de las novelas y la cantidad de recursos que utiliza en ellas de forma impecable. No me refiero a las diversas tramas entrecruzadas y a la cercanía (y por tanto, realidad) de sus personajes, sino técnicas literarias más o menos caprichosas con las que McBain nos lleva de la mano adonde le sale de las narices, sin que le tiemble el pulso. Sí, hay informes policiales, periciales, fichas de delincuentes, notas de periódicos... pero la canónica narración en tercera persona y pasado se va a paseo de vez en cuando, y el autor le habla en segunda persona a USTED, el lector que, por ejemplo, de repente es un cadáver y, por tanto, NO TIENE DERECHOS. O cuando narra en presente los días o las horas o la estación del año en La Ciudad. O ese momento en que un personaje rememora mejores tiempos, y McBain se marca un corta y pega de alguna novela anterior, y nosotros lo leemos con total naturalidad y pensamos: "Es verdad, esto le sucedió así a Bert Kling, sin duda... ¿Es que lo habré leído en alguna parte?"


El título original de esta novela hace referencia a una especie de broma infantil que aparece en la novela, y que quizá aún sea popular en los Estados Unidos; por lo demás, el título en castellano de la edición que he leído, Ritual de la sangre, en traducción de 1989  del escritor argentino Elvio Gandolfo, también viene al caso y es uno de los temas o ideas o imágenes recurrentes de esta emocionante, trágica, tristísima obra, en la que tenemos pocas posibilidades de echarnos unas risas.

¿De qué va la novela? De un único caso: el de un asesinato en masa cometido en una librería. Cuatro cadáveres y un único criminal. Y por desgracia, una de las víctimas es la prometida de un detective de la 87. Lo cual significa, como bien explica McBain, que desde ese momento todos los agentes, hasta el último patrullero, siguen haciendo su trabajo con la efectividad de siempre, como en cualquier otro momento... pero en realidad, todos ellos lo hacen de forma automática, sin demasiado interés, porque en realidad están centrados en escuchar, olizquear, registrar, remover, y sacudir lo que haga falta para encontrar al culpable.

Todos.

Y los principales detectives encargados del caso tendrán que abrir muchos "armarios", como siempre hacen durante los casos de homicidio, y en esos "armarios" siempre hay esqueletos. Incluso en el "armario" de la joven e intachable novia de un poli, a la que conocemos desde hace ¿doce, trece novelas? Uf...


El escritor Miguel Agustí, el hombre que inventó la palabra "pitufos" para referirse a los "schtroumpfs" de Peyo, escribe un prólogo que, lo confieso, me he saltado para evitar que me destripe la historia. Hice lo mismo con los prólogos de Andreu Martín, y no iba a hacer menos con esta (más o menos) cuidada edición de B, en la colección Biblioteca Ed McBain, con cubierta de Chichoni. Agustí empieza el prólogo dándole una buena paliza a Hill Street Blues y a la televisión en general. Y por mi parte, a la tele le pueden prender fuego, pero por favor, no me toquen Hill Street, que me cabreo. Con todo mi cariño hacia Agustí, que me parece un profesional como la copa de un pino, y que merecería mayor reconocimiento del que tiene.

Qué tipografía enorme, maravillosa, se utilizó para esta edición, y qué birria minúscula que era, es y será siempre la tipografía utilizada por los responsables de la mexicana Editorial Diana, que publicó a McBain en castellano antes que nadie. Hoy, precisamente, me ha llegado por correo un ejemplar del nº232 de la colección Caimán de Diana, titulado Yo soy el culpable, y que es la primera traducción de Lady, Lady, I Did It, realizada en 1962 por René Cárdenas B.


Con todo y con eso, las portadas de Caimán le dan cien vueltas a las de las ediciones españolas, posiblemente por su proximidad en el tiempo con las ediciones originales: ilustraciones de cubierta pintadas a mano y con el aire de las célebres Gold Medal y otras colecciones de paperbacks (libros de bolsillo), herederas de los primitivos pulp magazines. Las prefiero un millón de veces a las cubiertas con una fotografía de agencia, o a ciertos disparates artificiales (y poco inteligentes) que se están perpetrando hoy.

Pero ese es otro jardín bien distinto, y lo dejaremos para otra ocasión. O para nunca. Es mejor no perder el tiempo.