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lunes, 5 de agosto de 2024

Personal (Jack Reacher nº19; 2014), de Lee Child

La entrega nº19 de la serie de novelas de Jack Reacher, también conocido como "Sherlock Homeless".


 

2 de agosto de 2024

Debo ser el último mono que se ha enterado de la existencia de Jack Reacher, el ex policía militar creado por Lee Child (pseudónimo del británico James Dover Grant). O al menos, el último mono que se ha leído alguna de las novelas de la serie. En mi línea, he empezado con la entrega nº19, Personal (2014), que fue "galardonada" —permítanme que me ría— con el VIII Premio RBA de Novela Negra en España. Lo que quiere decir que RBA decidió apostar por esta novela para publicitarla a lo bestia. No sé muy bien cómo les salió la jugada, imagino que bien, pues no he hecho un seguimiento del tema. Me da igual. Yo tengo la primera edición en castellano, publicada en octubre de 2014 (por RBA, por si alguien tiene dudas), y la pillé de segunda mano en alguna parte, quién sabe dónde. Tiene buen tamaño de tipografía y la traducción de V. M. García de Isusi está muy bien. Alguien puede decir: "Pues qué menos, joder". Pero no; resulta que es importante señalarlo. Este libro tiene diez años, y para cuando se publicó ya se empezaban a encontrar muchas tropelías "modernas" en las primeras ediciones de tapa dura de las publicaciones de grandes editoriales. Y no estamos hablando aquí de traducciones con inteligencias artificiales, precisamente, sino de ausencia de corrección, tipografías minúsculas (prácticamente ilegibles), y otras lindezas.

Hace unos días, leyendo una reseña del Paperback Warrior (un veterano blog en inglés que recomiendo a todos los amantes de nuestros diversos negociados), el amigo Warrior señalaba que la novela que iba a reseñar "estaba escrita en pasado y en tercera persona. Parece una tontería, pero ya hemos visto que hoy en día es importante señalarlo". Aquí, el Paperback Warrior se refería al fenómeno de las novelas supuestamente bestesellerescas escritas en presente (¡y hasta en segunda persona!), cosa que ya hemos mencionado y explicado por aquí en alguna ocasión. Y sin duda volveremos sobre el tema en el futuro, porque esto no ha hecho más que empezar.

Pues bien: las novelas de Reacher no están escritas en presente. Por lo que he leído, se clasifican en A) las narradas en primera persona por el protagonista y B) las narradas en tercera persona. En pasado. Y punto. Personal es un relato contado por Reacher, que se maneja con frases cortas, casi al estilo de Joseph Berna o, mejor, mi querido y admirado Adam Surray (José López García). Y lo hace muy, muy bien.

Si todas las historias de esta serie están a la altura de Personal, que me ha parecido buena y entretenida, entonces estamos ante un escritor que ha recogido el testigo de su compatriota Jack Higgins y sus diversas sagas, entre las que cabe destacar obligatoriamente las de Liam Devlin y la de su sucesor, Sean Dillon. (Por si alguien se siente perdido: ¿recuerda usted la película bélica Ha llegado el águila? Pues el papel de Liam Devlin lo interpretó el grandísimo y llorado Donald Sutherland. Ahí es nada).

 

Cartel original de la adaptación cinematográfica de Ha llegado el águila.



Lo curioso del caso de Lee Child es que, siendo británico, de forma premeditada ha tomado como protagonista a un norteamericano de pura cepa (por mucho que Reacher se pasee por Europa en Personal o haya nacido en Berlín); además se dice de Child que "está usando la fórmula de la serie negra americana". En mi opinión, esto si no es falso, al menos sí que es muy, muy, muy discutible. Encuentro mucha más relación entre Reacher y el Sean Dillon de Higgins que entre Reacher y el Jack Ryan de Tom Clancy (un escritor estadounidense de los de sacar a relucir las barras y las estrellas en cuanto tiene ocasión).

Jack Reacher, apodado por algunos de sus discutibles amigos "Sherlock Homeless" (en cristiano, "Sherlock Vagabundo" o "Sherlock Persona En Situación De Calle", que dirían ahora cuatro imbéciles que jamás se han visto "en situación de calle"), es un héroe de corte muy tradicional: violento, duro y puro de corazón, con menos contradicciones internas que, volvemos a la carga, Liam Devlin o Sean Dillon, es decir, dos ex terroristas del IRA que terminan colaborando con los servicios secretos británicos. Si los personajes de Jack Higgins cambian de actitud y de perspectiva moral y política a lo largo de sus respectivas series y por diversas conveniencias, Jack Reacher abandona su trabajo en el Ejército de los USA como policía militar por motivos que desconozco (seguro que esto se narra en alguna novela de la serie), y se convierte en el clásico "hombre libre" (un auténtico "homeless") que vaga por el mundo desfaciendo entuertos y enderezando cojos. Esto es algo que hemos visto un millón de veces en televisión, con aquel Renegado encarnado por Lorenzo Lamas, con la versión de Bill Bixby y Lou Ferrigno de La Masa (el increíble Hulk para los más jovenes), o simplemente con El Equipo-A.

 

Lorenzo Lamas, el Renegado, un éxito televisivo de los primeros 90s.

 

Bill Bixby y Lou Ferrigno, las dos caras de La Masa en la TV de 1980. El doctor Banner (Bixby) era el eterno autoespista.


 

Reacher no es un justiciero solitario implacable, no es ni Mack Bolan ni Frank Castle: no es "un hombre con una misión en la vida". Si hubiéramos de emparentarlo con alguien, sería quizás con el pobre John Rambo, esto es, el personaje literario protagonista de First Blood de David Morrell... aunque Reacher no es un veterano desgraciado, anulado y sin un lugar adonde regresar, como lo es Rambo, sino un tipo con la sesera intacta y un modus vivendi nómada que él mismo ha decidido. Y una de esas cosas que ha decidido Reacher se la dijo su madre: "Intenta hacer las cosas bien". (De hecho, creo que la idea que surgió en la mente de Lee Child para crear a Jack Reacher debió ser algo como esto: "Hum, ¿y si Rambo tuviera una capacidad deductiva como la de Sherlock Holmes y se metiera a detective itinerante? Hum..."

 

Primera sangre de David Morrell, con ilustración de portada de Isidre Monés Pons.



Hay algo en Jack Reacher que me ha hecho pensar en la palabra "anticuado", y no en un sentido despectivo. Tras leer Personal y reflexionar, me he dado cuenta de lo que estaba sucediendo aquí: en la historia hay elementos de serie negra y de literatura detectivesca, y por supuesto, del thriller tradicional (de la aventura)... Pero en el fondo, tras las conspiraciones internacionales, el espionaje, los francotiradores solitarios metidos a terroristas y las reuniones secretas de agencias gubernamentales, resulta que lo que tenemos es a un protagonista extraído del género del western: el vaquero solitario de toda la santa vida, sobre el cual se han filmado miles de películas y escrito miles de bolsilibros españoles. Un ejemplo tan sencillo como próximo es la novelita El exterminador (1989) de Donald Curtis, a la que me referí en este mismo espacio hace muchos años. El protagonista de la historia de Juan Gallardo Muñoz no es ni más ni menos que un antecesor de Jack Reacher (aunque en su momento, también me pareció que era un antepasado directo de Doc Savage... al menos en el aspecto puramente físico). Al igual que aquellos pistoleros trashumantes (Sabata, Django, Trinidad, etc.), uno no siente en ningún momento que Reacher esté realmente en peligro alguno, no importa si su rival lo tiene rodeado, o es un gigantesco gángster de Londres, o lo están encañonando con una pistola en la cabeza. Esto es algo que no sucede, por ejemplo, con el bueno de Harry Bosch, el policía y detective de Los Ángeles creado por Michael Connelly, que siempre sale vivo a duras penas. Ni siquiera nos sucede con el mismísimo Sherlock Holmes, al que toda una generación vio morir despeñado junto al profesor Moriarty en las cataratas de Reichenbach (Sherlock Holmes puede ser muchas cosas, pero no intocable y, sin duda, tampoco infalible). Reacher es invulnerable, y no creo que vaya a tener su propio Reichenbach en los próximos años (cosa que sí tuvo el agente Pendergast del FBI, creado al alimón por Lincoln Child y Douglas Preston, pareja de herederos de Michael Crichton).

 

El exterminador (1989), un western de Donald Curtis.

El eco negro, la primera novela del detective Harry Bosch.


El ídolo perdido, primera novela del agante especial Pendergast, del FBI.


Así que, al final tenemos la siguiente idea que se le ocurrió a Lee Child, ligera variación de la que proponíamos arriba: "Hum. ¿Y si John Rambo fuera un vaquero bienhechor solitario que tuviera los poderes y experiencia de Sherlock Holmes? Hum". Y aquí, sí que hemos obtenido al indestructible Jack Reacher.


La edición original en inglés.

 

El argumento

Un oscuro general norteamericano se las arregla para que Reacher entre en contacto con él: el presidente francés ha sufrido un atentado del que ha salido vivo de milagro; el responsable es un francotirador de élite que podría ser o no ser un antiguo militar de los USA al que Reacher encarceló quince años atrás por cometer un asesinato. La cosa se complica, pues el general teme que el francotirador vaya a atentar en la inminente reunión del G-8 en Londres. Y aquí tenemos a Reacher devolviendo un viejo favor al lameculos predilecto del general O'Day, presto a cazar a un tipo peligroso que se la tiene jurada. Como es de esperar (y de desear), hay acción, violencia, deducciones al puro estilo Sherlock Homeless, varias conferencias sobre balística, tiro de precisión y armas de fuego de largo alcance (una de esas cosas en las que un escritor, según el compañero Gregg Hurwitz, afirma que "no se puede cometer errores"), así como diálogos muy bien escritos, duelos de testosterona bien dosificada, alguna que otra retrospectiva sobre Reacher y su familia, y un escenario cambiante en el que, también lo esperábamos y deseábamos, nada es lo que parece. FIN.

 

Aunque todo esto parezca muy trillado (y lo está), lo cierto es que la serie es un soplo de aire fresco en el enrarecido ambiente de los presuntos bestsellers modernos. Sin necesidad de escribir sus novelas en presente, Lee Child ha logrado que varias de sus novelas se adapten al cine y a la televisión: no ha necesitado echarle una mano preventiva a los guionistas cinematográficos ni a los productores analfabetos de nuevo cuño y signo de los tiempos. Ciertamente, Personal es una novela que no innova, y quizás no sorprenda demasiado... salvo por el hecho de que esté publicada en 2014.

Vamos: que darse un paseo con Jack Reacher para ver mundo es, en realidad, como volver a casa, a ese lugar cínico en el que los buenos saben que son los malos, los malos saben que son los buenos, y todo el sistema político internacional es un chiringuito que se han montado un puñado de listillos hijos de perra depravados capaces de cualquier mierda abominable y aberrante con tal de salirse con la suya, con tal de ganar pasta, con tal de estirar un poco el cuello más que su vecino.

Y, como bien sabe Reacher, lo mejor que puede hacer uno en la vida es permanecer por debajo del radar.

 

Lee Child, un tipo muy, muy listo e ingenioso. Me cae bien.

 

viernes, 26 de julio de 2024

Con respecto a las “tres reglas del pastiche holmesiano” propuestas por Luis Emilio Reñé (septiembre de 2014)



 

El día 14 de septiembre de 2014, mi colega sherlockiano Luis Emilio Reñé compartió en el grupo de Facebook del Círculo Holmes una imagen con texto que recogía las que Reñé consideraba "tres reglas del pastiche holmesiano". La imagen era la siguiente:

 

Las tres reglas, según Luis Emilio Reñé.


La propuesta del amigo Reñé resulta muy interesante, sobre todo hoy día, en que los pastiches de Sherlock Holmes han proliferado de forma exponencial, y cada vez resultan más y más bizarros. Vean unas cuantas cubiertas, la mayoría de 2024, que tomamos del blog de nuestro queridísimo amigo Juan Carlos Fernández Aller, que se molestar en consignar TODO lo que aparece sobre Sherlock Holmes (imprescindible para estar al día o, más bien, perderse en los dislates que se publican continuamente). Las siguientes portadas NO SON FALSAS:

 













(Nota: no he tenido oportunidad de aproximarme a ninguno de los productos cuyas portadas recopilamos arriba. Esta selección es aleatoria).

No obstante, y con el espíritu holmesiano a cuestas (esto es, la necesidad de cuestionar absolutamente todo lo que no sea empírico), me tomé la molestia de escribir un pequeño texto en el que ponía en duda las reglas de Reñé. Lo curioso del asunto es que lo redacté en un archivo de Word, lo guardé, lo olvidé por completo y quedó sepultado en algún rincón del ordenador.

Visto con perspectiva, las tres reglas de Reñé no son descabelladas, y mis objeciones resultan un tanto ingenuas. Pero también es cierto que, en 2014, servidor no esperaba que Holmes fuera a sufrir un nuevo boom pastichero que convertiría a los anteriores en meras anécdotas.

Este es el texto, redactado el día 16 de septiembre de 2014:


Con respecto a las “tres reglas del pastiche holmesiano” propuestas por Luis Emilio Reñé:

 

La 1ª: En esencia, es correcta. No obstante, tiene ciertas fallas. Para empezar, implica que Holmes debe aparecer en un pastiche holmesiano, y esto es falso. Hay pastiches protagonizados por personajes del entorno de Holmes, y los consideramos igualmente sherlockianos (por ejemplo, muchos pastiches perfectamente válidos en torno a Moriarty, Watson, Lestrade, etc). Por otra parte, son cientos los pastiches de Sherlock Holmes que han prescindido de esta regla y se han limitado a tomar el nombre de Holmes en vano (por ejemplo, la larga serie —más de 200 títulos— de pastiches alemanes publicados a principios del siglo XX en los países de habla no inglesa, serie que propició la aparición de muchos derivados escénicos). Sin embargo, estoy de acuerdo en que Holmes no sólo tiene que llamarse Sherlock Holmes, sino que además tiene que parecer Sherlock Holmes. En caso contrario, se convierte tan sólo en un tipo con una pistola y un deerstalker que de vez en cuando dice “Elemental, querido Watson”. Y aunque esto lo haga reconocible como Sherlock Holmes (para el imaginario contemporáneo), no significa que lo sea. Holmes debe ser reconocible aunque no se mencione su nombre (Asimov decía que a veces, para evocar al Maestro, bastaba con decir “un hombre alto”...). Y lo mismo vale para cualquier otro personaje, sea del Canon o de la obra de otros autores.

La 2ª: Esta regla es pura arbitrariedad o el deseo fantástico de un lector. Nadie que se dedique a escribir (pastiches sherlockianos o novela rosa o cuentos para niños) elabora diez tramas y elige “la mejor”. De hecho, en el proceso creativo, lo normal es elaborar (imaginar) diez tramas o más, y no escribir ninguna de ellas, sino otra cosa distinta.

La 3ª: Existe lo que llamamos “el pastiche revisionista”, que abunda precisamente en este punto: enmendarle la plana al Canon con nuevas y sorpresivas revelaciones (véase The Seven-Per-Cent Solution de Meyer, que generó en los 70 todo un aluvión de nuevos pastiches —algunos tan buenos como Exit Sherlock Holmes de Robert Lee Hall— y un auténtico boom comercial). Es decir, ¿tenemos que establecer que el Canon transcurre en un mundo alternativo donde los fabricantes de cartuchos Eley también producen revólveres como el modelo Eley nº2 de Watson, o podemos asumir que se trata de un error y que el doctor tenía un Webley, aunque esto contradiga de algún modo el Canon? Por otro lado, ¿es deseable que se respete el Canon en un pastiche? Sí, porque hace que “todo encaje”. El problema que tiene este punto es que Conan Doyle se habría reído de él. Pero claro, Doyle no era precisamente un estudioso sherlockiano obsesionado con la coherencia y la continuidad, sino un profesional que escribía historias a cambio de dinero... El Canon es consistente, pero contradictorio. De modo que un pastiche, para respetar el Canon, podría contradecirlo pero tendría que ser consistente con las Sagradas Escrituras. ¿Esto es deseable? Sí, pero no es óbice en absoluto.

La “regla no imprescindible” es tan prescindible que, si la aplicamos al Canon, tendremos que eliminar “The Adventure of the Creeping Man”, por ejemplo. A esto hay que añadir lo que podemos llamar “El Problema de las Creencias del doctor Doyle” y su fe en el espiritismo, un hecho que muchos pasticheros han utilizado para desvirtuar el célebre “No Ghosts Need Apply” (SUSS) de Holmes. La idea es vieja y sigue siendo tan atractiva como la de mezclar al Gran Detective con asuntos de ciencia-ficción. A muchos no les gustan los pastiches holmesianos fantásticos. Sin embargo, centenares de autores consagrados a meter a Holmes con marcianos, vampiros y viajes a otros mundos parecen resueltos a demostrar que sí es una opción viable y válida.

 


martes, 9 de julio de 2024

Mágico, sombrío, impenetrable (2014), de Joyce Carol Oates

Edición de Alfaguara, 2015.

8 de julio de 2024

Es casi un delito que, hasta ahora, no me hubiera acercado a la obra de la estadounidense Joyce Carol Oates (nacida en 1938), veteranísima artesana de la narrativa que ha pasado por todos los géneros imaginables, al parecer, con gran éxito. La coletilla habitual es la de "firme candidata al Nobel", pero eso es cosa que a mí ni me compete, ni conozco, ni me afecta. Esto me recuerda al caso de Stephen King, para quien se reclama el Nobel de Literatura cada vez desde más redes sociales, pero sospecho que a la Academia (la sueca y las demás) le importa un bledo las votaciones populares. Bien, pues a fin de cuentas, el Nobel no es un premio a la popularidad —si así fuera, se haría una votación más o menos pública con los activistas de turno llevándose el gato al agua—, sino un reconocimiento político internacional en el que juega cada vez más la bajada de pantalones y ropa interior ante la demanda de tal o cual país cabizbajo, minorías y micromayorías, deudas históricas, y un montón de cosas que parecen concebidas en una reunión secreta de dones calabreses. Además, también es cierto que la concesión del Nobel de Literatura no parece que sea una garantía de inmortalidad: de los cinco españoles galardonados, dos han caído en el olvido editorial y de los lectores, José Echegaray y Jacinto Benavente; y los otros tres, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre y Camilo José Cela, con el tiempo probablemente sigan el camino de sus ilustres predecesores.

Sea como fuere, Stephen King no necesita un Nobel para nada. Y Joyce Carol Oates tampoco. Puestos a pedir justicia, a cubrir necesidades y a echar una mano económica y un empujón de popularidad, yo lo necesito mucho más que esos dos.

Pero no estamos aquí para hablar de mí y del Nobel, sino de oscuridades internas y externas, y cómo escribirlas.


Joyce Carol Oates.

***

Oates se inventa a Roland Marks, un Nobel de Literatura (novelista) perteneciente a nuestra Biblioteca de Babel, en la novela corta Parricidio, que cierra el volumen. La historia está narrada por la sufrida hija de Marks; su padre es un insoportable, mujeriego y ególatra escritor. Parricidio es la última de las cuatro partes en que está dividido el volumen, y resulta una lectura interesante y, como el resto de las historias de Oates, es ambigua y bastante "impenetrable" (no diré "incomprensible", porque no se trata de eso). Con esto quiero decir que Parricidio es una exposición subjetiva de una serie de hechos que conducen a la muerte del autor (esto no es un spoiler, se cuenta en la primera página) y un poquito más allá. No es, en absoluto, un relato de género, sino una historia de relaciones humanas, de seducciones, de imposiciones, de sumisiones y, en última instancia, de masoquismo: una hija que se convierte en la sirvienta (poco menos que esclava) del padre, en pleno siglo XXI, en un contexto educado y civilizado. Y lo de "impenetrable" es porque uno puede pasarse meses dándole vueltas al "final" de la narración y no llegar a ninguna parte, o más bien, llegar a cincuenta conclusiones distintas. En mi opinión, esta novelita es ideal para un club de lectura que no esté interesado en la literatura de imaginación, sino en el realismo contemporáneo, en la psicología y en las personas con trastornos emocionales en general.

Primera edición en inglés, 2014.


Los otros bloques de este volumen están compuestos por relatos de extensión mediana, y la división entre unos y otros, creo, resulta un tanto caprichosa; no obstante, seguro que en la cabeza de Oates la cosa tiene sentido y los textos están relacionados de alguna forma que a mí se me escapa... salvo en lo que se refiere a la tercera parte. Y ni siquiera del todo.

El primer bloque está conformado por cinco relatos sobre asuntos más o menos cotidianos que se inclinan hacia lo extraño y lo siniestro de forma levísima, casi imperceptible: un muchacho que acompaña a su abuela al hospital ("Sexo con una camella", ¡menudo título!); un intento de pareja que, de paseo por el bosque, sufre el asalto de un perrazo ("Mastín"); las contradicciones de una mujer en todo lo que se refiere a su amante (este es bastante inquietante, y se hubiera podido titular "El que espera, desespera", en lugar de "Distancias"); otra pareja irregular o improvisada que se dirige a un estado de los USA donde se pueda abortar para hacer lo propio ("Un libro de mártires); las neurosis (en plural) de la esposa de un profesor de una pequeña universidad, provocadas por la quimioterapia (un cáncer secreto que la protagonista lleva a rastras con resignación y amargura) y el repentino fallecimiento de un prohombre de la institución ("Se ha muerto Stephanos")...

Sin duda, Oates debe conocer de primera mano el ambiente de esas "pequeñas universidades", pues la segunda parte del libro, con tres relatos, se abre de nuevo con esa misma ambientación: el viciado aire de las comunidades académicas en ciudades pequeñas. "El cazador" está narrado por V*** N*** (Violet), una poeta premiada con una estancia en una de esas universidades de medio pelo, justo cuando su padre está ingresado en un hospital, en cuidados paliativos, a la espera de una anunciada e inminente muerte. La historia gira en torno a los remordimientos frente a la responsabilidad por no estar con el padre, al tiempo que Violet comienza una relación improbable (por no decir imposible) con el cazador que da título al cuento: el presidente de la universidad, es decir, un depredador que genera falsas ilusiones en mujeres inocentes como la poeta. (Lo de las "falsas ilusiones" dice mucho más del personaje femenino que del masculino). "Desapariciones" vuelve al tema de la esposa que siente que su marido se le escapa entre los dedos y, de nuevo, tenemos cierta presencia hospitalaria e insinuaciones cancerígenas. "Cosas que quedan atrás, de camino hacia el olvido", título tomado de una fotografía de Paul Strand, está estructurado en capitulillos desordenados cronológicamente, en los cuales se recogen los hechos que llevan a la muerte de la joven Leanda, de veintisiete años, una asiática americana (o filipina americana, como descubrimos en el texto), hija adoptiva de un excéntrico y anciano fotógrafo de éxito, ninguneada por el resto de sus hermanos. Aquí tenemos la figura de la hija convertida en esclava de su padre, incapaz de escapar de él. Es decir: exactamente lo mismo que veremos en la cuarta parte del libro, en Parricidio. Aquí, además del padre, los hermanos y la madre también son responsables del delito de... bueno, de "no amar". (Confieso que, en mi lectura caótica, es el último de los textos que he leído, y a pesar de que Oates fluye bien, me ha costado cierta disciplina terminar de una vez con ese libro. Este relato, además, contiene el novedoso concepto de mirada masculina, según el cual, creo entender, las mujer viven subyugadas por el modo en que los hombres las miran, o bien, el modo en que pasan por encima de algunas de ellas —con la vista— como si no existieran: muy interesante e innovadora idea que bien puede ser como base para un relato distópico o para un cuento de terror de asesino psicópata).

Con permiso, corro un tupido velo en torno a esta sección.

***

La tercera parte, definitivamente, es my cup of tea, con cuatro historias que se adentran en el terreno del horror sobrenatural, el Twilight Zone, y el misterio sin resolver. No los he leído en orden, porque tras zamparme las dos o tres primeras historias del primer bloque, decidí picotear adelante y hacia atrás para ver qué más tenía que ofrecernos Oates en este libro. Estos cuentos eran lo que yo estaba buscando; el resto, ciertamente, están muy bien escritos, pero su interés es, para mí, relativo: como diría Garth Ennis, esos relatos no tienen suficientes helicópteros de combate.

"Santuario al borde la carretera de Forked River, Jersey del Sur" es una revisitación del tópico de la historia del muerto contada por él mismo (más que un tópico, es un subgénero, o incluso una de esas entidades inorgánicas que se auto replican a través de nosotros, y que se empeñan en persistir desde tiempos remotos), aunque con cierto aire lírico que casi, casi, casi entronca con el paganismo y las ecoreligiones que pretenden reivindicar la "adoración de la naturaleza", o de la Madre Tierra, o lo que sea que crean esos visionarios.

 

The Virginia Quarterly Review, volumen 89, nº3, verano de 2013. Incluye el magnífico relato "The Jesters" ("Los payasos") de Joyce Carol Oates.

 

"Los payasos" ("The Jesters", publicado en The Virginia Quarterly Review en el número de verano de 2013) es, con mucho, mi cuento favorito de esta colección. No diré de esta historia más que cumple con varios requisitos, como por ejemplo, la de seguir el consejo de M. R. James de "dar al lector siempre un punto de agarre" que le permita dudar de la naturaleza (o sobrenaturaleza) de lo que te han contado; también es una historia de terror realista moderno, del tipo que Bioy Casares, en 1940, ya despreciaba por predecible en su prólogo a la célebre Antología de la literatura fantástica que perpetró junto a Borges y Silvina Ocampo: estamos hablando del retrato de vida normal en el que irrumpe, como diría Bioy, "el fantasma". (En el prólogo a la edición de 1965, Bioy afirmaba estar avergonzado por muchas de las afirmaciones que vertía en su  introducción previa. De sabios es rectificar; de astutos y ladinos decir que rectificas, pero no el qué exactamente). Esta fórmula, hallada en un libro con una mayoría de relatos sin componente fantástico, funciona aquí espléndidamente y produce el estupor deseado por la autora y, en mi caso, por el lector. (Añadiré que, por motivos personales y vivenciales, esta historia me afecta de un modo muy directo. El lector nunca es imparcial u objetivo, gracias, una vez más, a Paik-Bhutan, Cthulhu y Uly'qmoos).

"Traición" es mi segundo cuento favorito del libro. De nuevo, tenemos un retrato contemporáneo, en este caso, el de un joven y sus dificultades para encontrar trabajo después de los estudios. Pero... las cosas se ponen interesantes para el protagonista, para su familia (y por suerte, para el lector), gracias al interés del joven en los bonobos, esos humanos en miniatura que siguen siendo un tanto misteriosos y siniestros, sin duda por su cercanía con nuestra especie. (Lo último que me esperab encontrar en este libro es un cuento con monos. Todo un hallazgo que recomiendo fervorosamente).

 

Número de Harper's Magazine donde apareció el relato "Lovely, Dark, Deep".

 

El último relato de este bloque es el que da título a la antología: "Magico, sombrío, impenetrable", traducción de José Luis López Muñoz de "Lovely, Dark, Deep", publicado originalmente en el número de noviembre de 2013 de Harper's Magazine. El título es parte del verso de un poema de 1923 de Robert Frost (1874-1963), "Stopping by Woods on a Snowy Evening", y el poeta es personaje y objeto absoluto de la mirada crítica, cáustica, destructiva de Oates. A través de la entrevista de una jovencita al veteranísimo poeta en 1951, la autora machaca la figura del poeta por medio de una serie de preguntas comprometidas de una entrevistadora que, vista con la perspectiva adecuada, es una especie de entidad sobrenatural que posee conocimientos imposibles de la vida íntima de Frost: un poco como si el Diablo que te acusa de soberbia, además, rebusca en la basura y encuentra un buen puñado de nuevos cargos con los que mandarte al Infierno.

Es un cuento muy interesante, sobre todo para los aficionados a la poesía norteamericana; pero mucho me temo que, en España, nos trae al pairo la fama de Robert Frost y sus versos, que sin duda son excelentes. Con la publicación de este relato, Oates se ganó un montón de enemigos, entre ellos los herederos del poeta, y le tiraron piedras por todas partes, por mucho que Oates avisara que "este es un trabajo de ficción basado en investigaciones biográficas y bla bla bla". La verdad es que me importan un bledo todas las acusaciones de racismo, machismo, violencia, etc., que recaen sobre Frost en esta historia, porque a Frost no lo he leído ni lo tengo puesto en ningún altar, ni he puesto su retrato en una diana. Lo que sí destaca con claridad es la inquina que siente Oates por el ilustre poeta, y ella sabrá si hace bien en meterle una paliza a una vaca sagrada literaria de su país. A mí, personalmente, esa parte me resbala; el relato en sí es correcto y me agrada su mala leche. Creo que, en sentido estrictamente de calidad literaria, no habría cambiado nada —salvo la notoriedad del cuento debida a la polémica que generó— si hubiera puesto "Richard Warm" en lugar de "Robert Frost".

 

El poeta norteamericano Robert Frost.



Y, claro: el cuento sobre Frost sirve como enlace para el cuarto y último bloque del volumen, la novela corta Parricidio, sobre el Nobel ficticio Roland Marks, que es una especie de versión ligera del Frost dibujado por Oates: todos malos padres, malos maridos, malos amantes, malos hombres que no roban ni matan.

***

Mi impresión general es que Joyce Carol Oates es una autora que conoce su oficio y, a estas alturas de la vida, se puede permitir el lujo de escribir sobre o contra quien le dé la gana; por ejemplo, contra los poderosos intelectuales varones de la sociedad estadounidense. Siento curiosidad por saber si, en sus novelas, es tan poco sutil a la hora de mostrar sus fobias como aquí. En cualquier caso, me quedo con sus relatos que se aproximan al terror y a la fantasía, pues me parecen más efectivos, mejor acabados, menos ambiguos (y eso que Oates parece tener una fijación con los finales abiertos) y, sencillamente, más de mi gusto. Desapruebo las "venganzas personales" en literatura, aunque seguro que no estoy autorizado moralmente para arrojar esa pedrada ética. Es sorprendente lo infantiles (en el peor sentido de la palabra) podemos llegar a ser las personas, y eso incluye a los escritores. Y es curioso que los éxitos puedan generar tanta o más mezquindad que los fracasos. Está claro que la humildad no es un don característico de los Premios Nobel de Literatura... pero tampoco de los eternos candidatos al premio.

En fin: demasiadas oscuridades con demasiado trasfondo ideológico (sin rozar lo panfletario, creo) para tan poco sentido del humor. Todo lo demás me da igual, en el fondo; pero esto último, la carencia de  humor, es lo que, personalmente, rara vez perdono en literatura. Si Primo Levi es capaz de arrancarme una sonrisa, no sé muy bien qué hace nadie contándome el infierno en vida que es el mundo académico o los hipócritas, mediocres, infinitesimales dramas de las familias de clase media alta.