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viernes, 2 de agosto de 2024

"Voces oscuras" (2022), de Alberto López Aroca: versión dramatizada por Fantasmas entre las sombras

El aviso de la dramatización: yo le habría añadido una triple X y me habría quedado más ancho que largo.


Desde México, el Narrador Fantasma recoge y dramatiza historias de miedo, y las pone a disposición del público en su canal de Youtube. Hace unos meses hizo lo propio con un antiguo relato de servidor, "La mercancía" (2002), tal y como recogimos aquí en su momento.

Ahora, el Narrador Fantasma tiene una nueva plataforma o canal, Fantasmas entre las sombras, y ahí está subiendo, por entregas, "Voces oscuras" (2022), un cuento que recogí en el volumen Lugares peligrosos (2023), y que en su adaptación radioteatral ha merecido el aviso de "¡NO APTO PARA SENSIBLES!", y requiere acceder con una cuenta de Google, o de Youtube, o de Gmail, o lo que sea, para verificar que se tienen más de 18 años. Así que, niños, al patio, que hay ropa tendida.

 

A la venta.

No me parece mal en absoluto, pues ciertamente, esta historia no es para todos los públicos y contiene violencia extrema, sexo explícito, lenguaje ofensivo a cualquier nivel imaginable, y todas esas cosas que tanto gustan cuanto más prohibidas estén. Bien.

 

La microedición original de "Voces oscuras", realizada para la Tertulia de Albacete en 2022.


 

Dejo por aquí las dos primeras entregas de la dramatización; imagino que falta al menos otra parte más, que compartiré con gusto en cuanto aparezca.

Felices escuchas. Y no olviden supervitaminarse y mineralizarse...






OTRO AUDIOS EN ESTE BLOG


viernes, 3 de mayo de 2024

Amor y muerte en la tercera fase, por Adam Surray (diciembre de 1979)


24 de marzo de 2024

Éste era el bolsilibro favorito de mi difunto padre, Miguel López García. Recuerdo que tras su primera lectura, nos lo contó a la hora de la comida. Al parecer, algún detalle le había impresionado o le había parecido "muy realista", teniendo en cuenta que es una historia de extraterrestres (concretamente, de "primer contacto").

Imagino que lo que le pareció más "realista" a mi padre era el hecho de que la protagonista de la novela fuera una bellísima joven, disminuída intelectual, de la que todos los hombres se quieren aprovechar. Eso incluye, claro, a un ricachón seboso y sin escrúpulos que se lleva a la ingenua Janis a su pedazo de mansión junto al mar para jugar a los médicos y las enfermeras. Pero resulta que, nada más empezar con los viles toqueteos, suena la alarma del chalé, el gordo sale a ver qué sucede, ve una ovni, y cuando regresa a la casa para ejecutar su abuso sexual... la chica ha desaparecido.

Estamos en el lejano futuro de 1995 (la novela se publicó en diciembre de 1979, nº487 de La Conquista del Espacio, de Bruguera), y la verdad es que no se nota demasiado ese futuro: nombres de tejidos raros, la fusión de las fuerzas del orden de los USA en el CSC (Control de Seguridad Ciudadana, un nombre que atufa a distopía), y una Fundación Montgomery que ofrece no sé cuántos millones de dólares por la demostración irrefutable de la existencia de seres alienígenas. (La mafia intentó timar a la Montgomery con un ovni prefabricado. Eso, en sí, ya es una historia por contar; seguro que el mafioso de turno se llamaba Gary Salkow). Por lo demás, seguimos en nuestro mundo, los hombres se comportan como cerdos, y las mujeres también (salvo la pobre Janis, que es una santa).

Lo que empieza siendo una historia fuertecilla, por lo de los abusos sexuales, se va oscureciendo cada vez más con la aparición de personajes perfectamente odiables (como el padre de Janis, y luego, sus compinches, que parecen salidos de "La banda de los horripilantes" de Peter Debry), las rutinarias desapariciones de Janis, que afirma tener una sólida relación de "amistad" con alguien llamado Fishman, y el protagonismo de un héroe fornido, duro e imbatible, agente del CSC, abofeteador de damas descaradas y de fanegosos ricachones debiluchos. Cuando nos queremos dar cuenta, nos hemos metido en un precedente de la recordada película británica Xtro (1982), que como en los viejos relatos de Philip José Farmer, trata el tema de las relaciones sexuales entre humanos y extraterrestres. Y Surray no nos ahorra detalles desagradables, como el parto contranatura (voy a tener pesadillas con la trituradora del desagüe) o la sangrienta venganza de esta particular "criatura de la laguna negra que vino del espacio exterior".


Un disparate de cabo a rabo -clara respuesta del escritor a Encuentros en la tercera fase (1977) de Steven Spielberg, como se deduce por el título de Amor y muerte en la tercera fase- donde el final feliz de los bolsilibros, ese donde el chico y la chica se casan, se parece más al comienzo tradicional de una guerra termonuclear.

Es increíble que la obra de José López García (sin relación con mi padre), alias Adam Surray, no tenga más predicamento en los viscerales círculos de estudiosos y aficionados al splatterpunk, el tripeo y la serie Z, que nos ha regalado piezas irrepetibles en cualquier ámbito artístico.

Y ustedes se preguntarán: ¿qué clase de padre cuenta a la hora de la comida una novela como esta? Pues la clase de padre que ha educado a hijos como yo.

"Dichoso aquel que a los suyos sale", dice el refrán. Pues eso.

 

Para consultar opiniones sobre otros bolsilibros, puede visitar mi blog NOVELAS DE A DURO, con más de un centenar de micro reseñas. 

martes, 31 de octubre de 2023

Cari Mora, de Thomas Harris


30 de octubre de 2023

Cuanto más viejo soy, más ganas me dan de echarle una mano a un viejo amigo cuando le hace falta. Pues esa es la relación que los lectores llegamos a tener con algunos autores, aunque dicha relación sea, en apariencia, unilateral: al menos, nos consideramos sus amigos. Pero la cosa va más allá, en realidad.

Un ejemplo muy claro de esto que afirmo sucede con Stephen King. Muchos, muchísimos lectores se consideran amigos suyos. Pues no. No es que "se consideren", es que realmente son sus amigos, aunque Stephen King no los conozca por nombre, apellidos, apodo... ni de vista, vamos. Sin embargo, King sabe que los "fieles lectores" están ahí, y los valora mucho, vaya si no. ¿O acaso King no es consciente de que su fortuna se la han brindado sus lectores? ¿No sabe que escribe lo que le da la gana cuando le da la gana, única y exclusivamente por obra y gracia de sus lectores? Coño, ¡pues claro que son sus amigos! ¡Y claro que lo sabe! Y sin duda, lo aprecia.

Stephen King

Esta curiosa amistad aparentemente unilateral, que se parece mucho al amor imposible del fan consagrado a una estrella de cine, tiene además la característica de que trasciende el tiempo y el espacio, y vence a la mismísima Muerte. Y esto se debe al carácter de la literatura, que sobrevive al autor. Pienso que Lovecraft, que no anduvo corto de amistades durante su vida (por mucho que algún que otro biógrafo diga lo contrario), ha tenido muchos, muchísimos más amigos después de muerto. Por ejemplo, servidor. Cuando alguien se mete con Lovecraft, algo en mis tripas, algo puramente emocional, me impele a defenderlo. A él y a su obra. Considero que Lovecraft es uno de esos viejos amigos y lo frecuento una y otra vez, siempre a través del mismo cauce: sus historias.

Lovecraft

Este fenómeno de la amistad unilateral no sucede con todos los autores, ni muchísimo menos. Por algún motivo, no me siento amigo de Arthur Conan Doyle, pues lo siento algo más lejano que algunas de sus creaciones, como Sherlock Holmes, Watson y el profesor Challenger. Pero, claro está, no me puedo considerar "amigo" de esos personajes. Estoy como una cabra, pero tampoco nos pasemos.

Soy amigo de Stephen King (aunque llevo un tiempo bastante enfadado con él; en fin: los amigos también discuten y se distancian) y de Lovecraft, y también soy amigo de Juan Perucho, de Richard Laymon, de Philip José Farmer, de Richard Stark (me resulta difícil llamarlo "Donald" o "Don"), de Raphael Aloysius Lafferty, de Jean Ray, de Alan Moore, de Garth Ennis, de Curtis Garland... Soy amigo de autores sobre los que he escrito nota necrológica, y aun así siguen vivos para mí. Soy amigo de escritores que murieron mucho antes de que yo naciera. Soy amigo de gente a la que no voy a conocer nunca jamás, con la que nunca me tomaré una cerveza, con la que no compartiré confidencias.

Soy amigo de Thomas Harris.

Thomas Harris

Harris, nacido en Tennessee en 1940, es uno de esos raros individuos que andan por ahí medio escondidos, temerosos de que sus seguidores lo reconozcan y lo asalten con preguntas, apretones de manos, besos, abrazos y una pila (pequeña) de libros para firmar. Al parecer, su trayectoria vital consiste en: un montón de años dedicado al periodismo de sucesos en Texas, y luego una etapa neoyorquina en una agencia de noticias. Justo entonces vendrían los libros, las adaptaciones al cine, las regalías, la creación de una franquicia que se llama "Hannibal Lecter"... Pero todo eso no ha sido más que un paréntesis entre lo que realmente hace Harris, que es vivir y curiosear aquí y allá, en centros de rehabilitación de aves o quién sabe dónde más. Él asegura en alguna de las escasas entrevistas que ha concedido que tiene una oficina adonde va "a que le llegue la inspiracion"... pero estoy bastante seguro de que pasa allí poco tiempo. Porque lo que es escribir, escribe poco. (Quizá sea un gran lector, y eso es lo que acaba haciendo en el sofá cama de su oficina).

Como gran parte del resto de la humanidad viviente, conocí a Harris a través de la oscarizada película El silencio de los corderos (1991) de Jonathan Demme, que resultó ser A) ¡una novela de 1988! y B) ¡la secuela de una novela de 1981!

¡Había Hannibal Lecter antes de Clarice Starling!

El cartel de la película, en versión española.

Leí los libros, me fascinaron, y lloré unos años porque no había más secuelas. (Recuerdo esos llantos y el crujir de dientes, en compañía de mi gran amigo lecterólogo, Miguel Ángel Aguilar Avilés). Me compré la primera novela de Harris, Black Sunday (Domingo Negro, 1975), pero por pura rabia no la leí. Sigo sin haberla leído. Tengo una edición cochambrosa en rústica y reencuadernada en plan casero en tapa dura por alguien, y en algún momento sacaré tiempo y entraré al trapo y me la zamparé. A fin de cuentas, Harris es un amigo.

En 1999 tuvo a bien complacer a los lectores con Hannibal, la secuela de la secuela... La espera había merecido la pena, y todas las críticas negativas se convirtieron en una afrenta personal contra mí, porque apuntaban directamente a Harris. Y fue entonces cuando me di cuenta de que Harris era mi amigo. Y con los amigos voy a muerte, tú, sí, te estoy hablando a ti, que mi infancia es barrio y campo y la sangre es roja y si hay que llegar a las manos, ahí estaremos. Otro de mis amigos, Stephen King, declaró que el personaje de Hannibal Lecter era "el Drácula del siglo XX", o algo así, y luego, en alguno de sus libros de ensayo o en algún artículo, llamó a Harris gandul egoísta que nos estaba privando de su talento. Esa es la crítica propia de un amigo, por cierto.

A todo esto, la película de Ridley Scott basada en la nueva novela de Harris también estaba bien; muy bien, de hecho. Hay a quien no le gusta nada. Bah, ¿a quién le importa?

La primera edición en castellano de Hannibal.
 

Y llegó 2006 y Hannibal Rising (en España: Hannibal: el origen del mal), que parecía más una novelización de la película de Peter Webber de 2007 que otra cosa. La novela era muy corta, y sí, era mucho mejor que la película, pero... daba la impresión de algo forzado, con un punto de auto reciclaje bastante obvio, vamos: un escritor que se quiere quitar de encima una obligación que le ha llovido del cielo y le produce pereza, aburrimiento y mucha rabia. Y con razón, pues al parecer, Harris la escribió bajo la presión de Dino DeLaurentis, que lo amenazó con proseguir la franquicia Lecter sin su creador. 

Lo incomprensible en este caso es que a Harris le importaran dos pimientos lo que hicieran los mamones del cine de Hollywood (los desgraciados a los que Mario Puzo retrata en su magistral El último Don) con su personaje. Lo mismo habría dado que Harris se hubiera quedado al margen, cobrando regalías, pues al fin y a la postre, Hannibal Lecter ha seguido con su vida al margen del tipo ese de Tennessee, el que se va a cuidar ibis y patos y garzas en Florida y a curar zarigüeyas gigantes de Sumatra. Hasta la buena de la agente Starling del FBI, la prima de pueblo de la agente Dana Scully, se le ha emancipado a Harris.

Edición de bolsillo de Hannibal: el origen del mal

Confieso que no sé gran cosa sobre estos más o menos recientes productos televisivos, pero miedo me da que se parezcan al Manhunter (1986) de Michael Mann, que adaptaba Red Dragon (1981) de Harris. Que sí, que la película tiene sus defensores, pero yo no me encuentro entre ellos. (La novela, eso sí, me parece una obra maestra del thriller de terror).

El dragón rojo, en tapa dura de Bruguera.

¿Qué más puedo añadir sobre mi amigo Thomas Harris? Poco. Acerca del doctor Lecter ya escribí algo en su día, en un reportaje titulado "Los nuevos héroes: el tipo de gente que USTED nunca querría ser", publicado en el suplemento cultural Ínsula el 20 de junio de 2005, y en el que postulaba la metamorfosis de algunos arquetipos clásicos y sus modernas encarnaciones. Además de Lecter, ahí estaban Frank Castle (y por defecto, Mack Bolan), John Costantine y el ladrón Parker. Cualquier día de estos lo recuperaré en este blog, pues ahora que caigo, redacté aquello antes de que existiera Hannibal Rising.

En fin: Thomas Harris es un curioso peso pesado del bestseller de calidad, y no debería necesitar ayuda ni publicidad extra o gratuita.

O eso creía yo.

Portada de Ínsula nº20

Primera página de mi reportaje sobre "Los nuevos héroes".

***

El 15 de julio de 2019, mi amigo Francisco Javier Lara de la Flor, irredento sherlockiano y perteneciente a la secta del Ka-Tet, posteó en Facebook la noticia de la inminente aparición de una nueva novela de Harris, titulada Cari Mora. El post obtuvo tres "me gusta" (uno de ellos del enormísimo Manuel Berlanga, tristemente desaparecido), y el único comentario que obtuvo el enlace de Javi era mío. Dije: "Esto SÍ es una buena noticia. No tenía ni idea."

Y después de aquello, no volví a saber absolutamente nada de Cari Mora. No me tropecé con la novela en comentarios de redes sociales, ni una mención en tertulias, ni una reseña que me saltara al cuello desde algún grupo de Facebook, ni en un periódico, una revista, un blog. No la vi en los anaqueles de las librerías tradicionales de fondo, ni tampoco me tropecé con el título en el millón de librerías de segunda mano que he visitado desde entonces. Nada de nada. Hasta el punto que olvidé aquella noticia, que para mí era tan importante como el anuncio oficial de Twin Peaks: 25 años después, o como cojones se llame esa puta obra maestra de David Lynch (otro amiguete, por si alguien se lo pregunta).

Para mí, es un misterio que la novela me pasara desapercibida. También es cierto que, tras su aparición en España en octubre de 2019, es posible que se diluyera entre las miles de novedades editoriales de la campaña navideña, y después... ya saben: la Plaga.

Ahora, me entero, John Connolly, escritor irlandés, puso a caldo Cari Mora en cuanto salió. He leído su respetable y llorona reseña ("cómo me hubiera gustado hablar bien de Harris, pero mi honradez me lo impide", viene a decir), y lo que yo lamento son los muchos spoilers que mete: se podría haber cortado un pelo, el compañero y colega Connolly. En cualquier caso, que alguien del nivel del creador de la saga del detective Charlie Parker te ponga la novela a caer de un burro, no creo que ayude mucho a la popularidad de tu trabajo. (Sigo sin haber leído a Connolly, a pesar de la insistencia de Alfredo Lara. Todo llegará).

No se trata de la mejor novela de Harris; e incluso puedo decir, ahora que la he leído, que quizá sea la menos buena (a falta de Domingo negro, que sigue pendiente, como ya he dicho). Pero también es cierto que lo peor que escriba Harris es mejor que... bien, digamos "mejor que una patada en los huevos", para no herir sensibilidades. Porque al menos servidor, no está aquí para hablar mal de los colegas del gremio.

Domingo Negro, edición de Bruguera.

Cari Mora es un interesante híbrido, fruto de nuestros tiempos. Para empezar, es una novela de aventuras pura y dura, como aquellas de las que hablaba Luis Ardila en 1931: trata de la búsqueda de un tesoro oculto, desconocido y sobre el cual pesa la maldición de que, cualquiera que intente obtenerlo, morirá. Además, hay un monstruo que guarda el tesoro. También hay barcos, o sea, mucho ambiente marítimo; y por supuesto, varios grupos en discordia que desean hacerse con el peligroso cofre.

Aventuras, ¿verdad? Sin duda. De manual. Hay mil historias con este mismo argumento, idéntico, punto por punto. Y todos sabemos que si hay un tesoro, un dragón, un monstruo, un fantasma lo guarda. Y habrá que descifrar una clave que permita acceder a bla bla bla. El escarabajo de oro de Poe. El pozo de la muerte de Preston y Child. ¡La isla del tesoro de Stevenson! Algunas de las de Tarzán, algunas de las de Doc Savage... Si quieren, hacemos un concurso, a ver cuántas historias nos salen.

Pero... resulta que el tesoro consiste en un montón de lingotes de oro (25 millones de dólares, más o menos) que pertenecían al narcotraficante colombiano Pablo Escobar, y están ocultos bajo una de sus casas de Miami, conectados a tropecientos kilos de semtex, que es un potente explosivo capaz de mandarte a la puñetera Luna.

Y si tenemos el tesoro de un narco de altísimo nivel, lo que procede es que también haya piratas, que aquí están representados por una asociación de marinos criminales de Barranquilla, conocidos por conformar la sociedad secreta de Las Diez Campanas (pocas bromas con estos cabrones). Y luego, tipos aún peores que los piratas ladrones asesinos criminales sin escrúpulos, etc.

 

Y por último, está Caridad Mora, que fue secuestrada por las FARC cuando era niña (una infancia que no habría envidiado ni Hannibal Lecter, oiga), y logró escapar y llegar a los Estados Unidos con una maleta cargada de amargura, conocimientos letales sobre cualquier tipo de acción terrorista, guerra de guerrillas, secuestros, ejecuciones, uso de armas blancas y de fuego pesadas y ligeras... y un gran amor por los animales y por su libertad, es decir, su derecho a que la dejen en paz por siempre jamás.

La especialidad de Thomas Harris es la de crear villanos sin paliativos, indudables, odiosos hasta desearles una muerte lenta. Después de los terroristas de Black Sunday, se inventó al "Hada de los Dientes" de Red Dragon, y de ahí escaló para utilizar al verdadero villano de su anterior novela, Hannibal Lecter, convertido en supremo protagonista de The Silence of the Lambs, donde eclipsaba a ese pobre bastardo desgraciado al que llamaban Buffalo Bill. En Hannibal le dio la vuelta al marcador, y aquí el doctor Lecter ya era un malvadísimo súper héroe que se enfrentaba al millonario depravado Mason Verger y a sus sicarios, extraídos de la mafia italiana. Y en Hannibal Rising, el joven y heróico y taradísimo y un poco despistado Hannibal se las veía, en sus tiempos mozos, con una banda de criminales que igual practicaban el canibalismo que la trata de blancas y lo que hiciera falta: cuanto más chungo, mejor. Criminales que, por cierto, eran responsables de la peculiar actitud de Hannibal hacia la vida humana.

Gary Oldman, en el papel de Mason Verger

En Cari Mora repite su exitoso (aunque ya un tanto agotado) esquema: gente muy muy muy mala (los ladrones, nuestros viejos piratas) contra gente que, ahora sí, por fin, no es que sea peor, es que son putos diablos encarnados hiperpoderosos e intocables. Para que el lector se haga una idea de qué niveles de maldad estamos hablando: eche un vistazo (o lea de una vez por todas) a Al otro lado del río de Jack Ketchum y tome nota de las prácticas de los malos y sus jefas, y multiplíquelo por un número al azar, uno alto. O bien, si ha leído Torso de Edward Lee (cosa que yo no me atrevo a hacer de momento, porque mi sensibilidad tiene un límite), piense en lo que sucede en esa historia, pero aplíquelo al poder político absoluto que otorga el dinero (con muuuuuchos ceros) en un país africano de los más problemáticos y jodidos. Por ejemplo.

Tenemos a un súper villano personal e intransferible en la figura del psicópata (por llamarlo de alguna manera, pues como sucede con Lecter, "no tienen un nombre para lo que es") Hans-Peter Schnider, cuya descripción -un hombre alto, corpulento, completamente calvo, sin pestañas, de febril imaginación, gran dibujante, y demencialmente cruel- es clavada, clavadita a la de ese otro súper villano de la literatura moderna: el juez Holden, misterioso personaje pseudohistórico que maneja los hilos en Meridiano de sangre de Cormac McCarthy. Si Schnider no es un descendiente directo de Holden, entregaré a mis superiores el arma reglamentaria y mi carné de mitógrafo creativo.

Mis impresiones sobre este batiburrillo argumental: si partimos de la base de que la traducción de Jesús de la Torre es correcta, hay unos cuantos pasajes en los que el uso del tiempo presente es absolutamente prescindible y sólo sirve para que cansinos y puretas como yo se quejen. Por lo demás, es puro Harris (como dijo King de esta misma novela), con esos destellantes detallitos que suele introducir, como la cacatúa que perteneció a Pablo Escobar y los monstruos de Hollywood que se guardan en la casa del tesoro, la escena en que el detective de policía (porque también hay polis en la historia) visita a su mujer en una residencia para enfermos muy fastidiados, la filosofía de la escuela de ladrones, la conservera de caracoles fabricados con carne de rata... en fin, toques de genio. Luego, en el terreno del gore, me ha ganado por goleada, pues ha conseguido darme náuseas sin mostrarme un carajo: ya sólo las ideas que insinúa, a mí me trastornan, literalmente, y me llevan al terreno de Ambrose Bierce y a gritar "pero ¡cómo pueden pasar esas cosas!" Así de increíble es lo que cuenta en esta historia.

Así que, resulta que lo menos bueno que ha escrito Thomas Harris es una novela de aventuras casi splatterpunk, que también es un thriller de terror realista que estira el horror hacia límites intolerables. Es corta. Y a estas alturas de la vida, tampoco te sientes engañado por que no se trate de un nuevo El silencio de los corderos. O porque la tipografía de le edición española es, en contra de lo acostumbrado, tan enorme que dan ganas de pegarle una paliza a la Editorial Suma de Letras, que ha vendido el libro al peso. Pero eso sí: la edición, en general, es una preciosidad. Me quito el sombrero y las innecesarias gafas de la presbicia.

Por lo que a mí respecta, mi amigo ha cumplido. Y espero con ansia (y un poco de miedo, a decir verdad) averiguar qué nuevas burradas inhumanas se le ocurren para la próxima novela.

Ave atque vale.


domingo, 29 de octubre de 2023

La crueldad de la bestia (serie Sean Doyle nº1), de Shaun Hutson

 

22 de octubre de 2023

No todo son grandes triunfos y lecturas maravillosas. En este caso, la traducción de Marco Aurelio Galmarini -que utiliza giros incompresibles para servidor, como el de las constantes heridas "interesadas" (en el sentido de "producir daño en un órgano", acepción que yo desconocía)- y las muchas erratas ortotipográficas de la única edición en castellano de La crueldad de la bestia de Shaun Hutson han convertido una lectura que, quiero pensar, deseo, debía ser mucho más fluida en el texto inglés. Esto, independientemente del argumento, hace que este sea un título fallido de la colección Gran Súper Terror de Martínez Roca, que tantos gozos y alegrías nos dio en su momento.

Renegades (1991) es el nombre original de esta novela británica que mezcla el thriller de acción con el horror sobrenatural, producida por un autor especialista en splatterpunk que, en esta ocasión, limita el derramamiento de sangre y la descripción de heridas y muertes explícitas, híbridos arrancados de placentas, vómitos y chorlitazos de tripas, a una ensalada de tiroteos y persecuciones en automóvil. Ciertamente, esas escenas de violencia (repito: de acción) no son precisamente lo mejor del relato, ni mucho menos, pero esto quizá sea una apreciación personal del que suscribe: entiendo que la diferencia entre unas y otras armas y municiones da como resultado heridas más o menos espectaculares; pero que se me informe del modelo, marca, calibre y número de serie de todas y cada una de las pistolas, revólveres y ametralladoras que utilizan los personajes, sobre si todo si me lo cuentan cada puñetera vez que alguien desenfunda el arma, pues... me aburre soberanamente, y me produce la sensación de que, aquí, alguien ha pasado mucho tiempo charlando largo y tendido con tiradores profesionales o aficionados, tomando notas, consultando manuales de armamento, y metiendo todo el batiburrillo con calzador en la historia. Que sí, que aporta credibilidad a la narración... pero a mí lo que me da es ganas de saltarme páginas (cosa que no hago nunca jamás, palabrita del niño Whateley).

 

La prometedora trama no está nada mal: en la Provenza (Bretaña francesa), un tipo investiga en una iglesia abandonada y encuentra una vidriera que representa a varios monstruitos comeniños, y que claramente está relacionada con el histórico mariscal Gilles de Rais, cuyas atrocidades brujeriles están recogidas en las páginas de la Historia del Crimen. Paralelamente, un grupo armado y desconocido revienta a tiros una de las más trascendentes conversaciones de paz en el Ulster. Y entra en escena Sean Doyle, agente antiterrorista británico que, a todo esto, es más irlandés que los leprechauns. También es un sociópata suicida desde que lo pilló de lleno una bomba del IRA y lo dejó marcado para siempre. El tercer argumento en discordia sa llama David Callahan (y su esposa Laura): David ha sido un exitoso delincuente, especialista en todo tipo de contrabando y tráfico internacional, incluido el de armas. Cuando las cosas se pusieron peligrosas en Londres los Callahan, David decidió retirarse con su señora a una fortaleza perdida en Irlanda. David y Laura, nos explica Hutson, son un par de chalados sádicos que andan en busca de alguna experiencia definitiva en el terreno de hacer el hijo de puta. Pero Hutson nos ahorra los detalles escabrosos, cosa que me parece insólita: es como si el caballero que escribió Némesis se estuviera conteniendo las ganas de relatar un banquete de carne humana o los detalles de una suculenta cámara de torturas. Increíble pero cierto.

 

En lugar de las burradas aberrantes de Hutson, nos encontramos con una historia que parece deudora directísima del gran Jack Higgins y sus muy disfrutables thrillers protagonizados por terroristas del IRA o por militares británicos. Y, de vez en cuando, un leve aviso de "que viene el Coco" con el rollo de la vidriera de las narices, y capitulillos en cursiva que describen las actividades, en otra dimensión, de algún fantasma, algún demonio, algún monstruo, o a saber qué. (Esto es lo que interpreto yo).

Para ser sincero, y como sabrá cualquiera que me conozca o me haya leído, me encanta el hibridaje de géneros y, cuando me encontré con que en esta historia de antiguas brujerías había elementos de terrorismo y tiros, me las prometí muy felices. En ese sentido, creo que he tenido todo el tiempo en mente esa disparatada novelaca de terror que es Sepulcro (Sepulchre, 1987) de nuestro querido y llorado James Herbert, compatriota de Hutson, en la que el protagonista, Halloran, también es un veterano de las incursiones militares británicas en Belfast, un tipo durísimo, héroe de acción con pasado dramático, etc., que ve enfrentado a las triquiñuelas de, ¡sí!, un súpervillano de tipo sobrenatural, adorador del malvado dios Marduk (un primo sumerio de Pazuzu), rodeado de serviciales psychokillers sadomasoquistas y que por tener, tiene hasta un monstruo tentaculado en un lago. O eso creo recordar. (Me consta que Sepulcro no tiene muchos fanes a lo largo y ancho del mundo. Bueno, pues yo soy uno de esos pocos, a mucha honra. Y aprovecho para darle las gracias a Emilio Carrión, que me la recomendó hará unos veintitantos años).

 

Para rematar el asunto, resulta que el ya mencionado Jack Higgins publicó en 1992 (casi un año después de la aparición de Renegades de Hutson) El ojo del huracán (Eye of the Storm; no confundir con Storm Warning (1976), también de Higgins, y que en España se tradujo de idéntica manera: El ojo del huracán), la primera novela de la serie de Sean Dillon, súper terrorista del IRA que terminará trabajando por los Servicios de Inteligencia Británicos. Ciertamente, Sean Doyle y Sean Dillon son nombres muy, muy, muy parecidos, y ambos tienen más puntos en común que diferencias. (Aprovecho para recomendar Eye of the Storm a los lectores de Higgins, pues sirve de puente puente entre las aventuras de Liam Devlin -el irlandés de Ha llegado el águila (1975), por ejemplo, a quien encarnó Donald Sutherland en la versión cinematográfica- y su sucesor y discípulo, el brutal, sangriento y simpatiquísimo Sean Dillon).


He averiguado, por medio de un elemental sondeo en la Red de Redes, que Hutson recuperó a Sean Doyle en dos novelas más, en las que, de acuerdo con los argumentos, lo sobrenatural brillaba por su ausencia. Se trata de White Ghost (1994, sobre el IRA y las triadas chinas en Gran Bretaña) y Knife Edge (1997, sobre la paz en el Ulster y algún ingles experto en bombas que no está contento con perder su trabajo), donde continuarían las hazañas del indestructible Doyle.

Por supuesto, ninguna de estas dos secuelas está publicada en castellano. Pero visto el resultado de La crueldad de la bestia, casi lo prefiero: odio llevarme una mala impresión de un autor por culpa de la traducción. Y me niego a tomarle manía a Shaun Hutson. Me cae bien este tío.

 

 

martes, 24 de octubre de 2023

Némesis, de Shaun Hutson

 

16 de octubre de 2023

El británico Shaun Hutson es uno de esos tipos a los que conoces de vista y poco más. Te sabes su nombre y sus obras y aventuras, pero nunca has terminado de decidirte a meterle mano como Cthulhu manda. Más de una vez he cogido mi ejemplar de La crueldad de la bestia, que apareció en la colección Gran Súper Terror de Martínez Roca, y lo he vuelto a dejar en la estantería. No sé de dónde saqué mi ejemplar de Némesis, en la edición de 1992 de Grijalbo, colección La Puerta Oscura (como nuevo, hasta que lo he sobado y resobado y paseado por bares), supongo que lo encontré en Madrid en alguna parte o me lo regaló algún amigo, pero ha estado criando polvo hasta hace un par de días. Eso sí; no debe hacer más de dos meses que encontré, en Albacete, un ejemplar de Las babosas, en la versión de Ediciones B. Y ahí está, esperando turno.

Porque después de haber leído Némesis, le llegará.

Némesis se publicó originalmente en 1989, y es una novela splatterpunk sin pretensión de ser ninguna otra cosa. No profundiza en lo más oscuro del alma humana, ni en los orígenes de la maldad, ni en la gozosa pero funesta naturaleza del sadismo. Ni siquiera es una narración que pida un bol de palomitas. En serio, es más simple que el mecanismo de un chupete, y carece de la más mínima sutileza estilística, literaria o artística. Si es arte (que yo pienso que lo es, a su manera), es arte rupestre, de una prehistoria en la que no existía la censura, el qué dirán, la inclusividad, o el más elemental recato tardovictoriano. ¿Se ahonda en algo, entonces? Sí, por supuesto: en las diversas cavidades corporales del ser humano, a lo que hay que añadir las más diversas nuevas aberturas realizadas con cuchillos de los que siempre acabamos conociendo la medida exacta y la calidad de su filo: 21 centímetros, 25 centímetros... ¡Ah!, y los estiletes que, como cualquier objeto punzante, van directamente a los ojos.

Encantador, ¿verdad?


El punto de partida del relato también es encantador: 1940, bajo un Londres bombardeado, un científico británico trabaja en el secretísimo "Proyecto Génesis" para el gobierno, con la venia del mismísimo Winston Churchill. Elipsis temporal. Estamos en la actualidad (finales de los 80) y a un chaval con la moto averiada lo asesina alguien muy grande y muy fuerte de un modo bastante gráfico y violento. Elipsis. Pareja de clase media con hija pequeña en Londres. Él tiene una amante jovencita, ella tiene un padre enfermo terminal en el hospital. Un par de psicópatas se cuelan en la casa de la pareja, donde se encuentran a una jovencísima canguro y a la niña. Lo que hacen los hijos de puta con las pobres crías es inenarrable (aunque Hutson sí que lo narra, más o menos, sin economizar en detalles).

Todo esto es para abrir boca. Luego nos meteremos en el desagradable terreno de los partos del "Proyecto Génesis" y sus consecuencias. (Lo de los partos en el terror splatter, y en el cine gore, tiene su significado freudiano, sin duda. Lo comento porque, utilizados como elemento de horror asqueroso, funcionan una y otra vez. Recordemos la novela Manitú del gran Graham Masterton, o cierta escena de la película Gomia: Terror el mar Egeo). Y luego, más psicopatadas para todas las edades. Venga burradas, venga sangre, venga canibalismo, venga violencia gratuita...

 


Y mejor que ahora vayamos directamente a la valoración del libro, y la sempiterna comparación con el maestro Richard Laymon: Hutson no es tan divertido ni tiene el sentido del humor del escritor californiano; de hecho, como Jack Ketchum, se diría que Hutson carece de sentido del humor. Pero claro: no hay punto de comparación entre Ketchum y Hutson. Ketchum te toca las narices y te constriñe a los límites de la realidad; Hutson se va de paseo por la Zona del Crepúsculo, muy serio él, cargado con un saco de tripas de cerdo y sangre de mentirijillas y la envidiable idea de que "todo vale".

El autor cumple su cometido puntualmente, como un reloj suizo, como un profesional. No hay muchas pegas que ponerle, ni tampoco motivos para llevarlo a hombros. No es tan horriblemente malo como dicen algunas reseñas, ni tan bueno como para reivindicarlo y subirlo al altar de  los grandes.

De cualquier modo, han sido casi 500 páginas, traducidas al castellano de forma no ideal por María Vidal (tiene sus defectos, la traducción), con buena tipografía y un puñado de erratas. Y he empezado a leer La crueldad de la bestia. ¿Por qué? No lo sé.

Uno, que es masoca. Supongo.

Shaun Hutson, 1989.

sábado, 12 de agosto de 2023

Friday Night in Beast House, de Richard Laymon


 

(De Facebook)

26 de julio de 2023

“Somos escritores de terror. Somos mierda de perro en los zapatos de la literatura. Nuestros familiares y amigos se avergüenzan de nosotros. ‘¿Por qué no escribes algo bonito?’, dicen. Los lectores en general se apartan con tal de evitar la adquisición de cualquier libro identificable como ‘de terror’. La mayoría de la gente de la industria editorial apenas nos tolera. Dudo que exista un escritor de terror al que sus agentes y editores no lo hayan urgido a que abandone el género e intente escribir alguna otra clase de ficción. Saben que el terror ‘no vende’. La gente no quiere leer terror.
Pero el caso es que lo leen, ¿verdad?”
Richard Laymon, "A Writer's Tale", 1998
Una vez finalizado el extrañísimo, retorcido, surrealista "Los cristales soñadores" de Sturgeon, una obra que podría convertirse en libro de cabecera de muchos colectivos (si la leyeran, cosa que no va a suceder; pues sólo las personas leen, no los colectivos), regresamos de nuevo con el maestro Laymon en su última entrega de las "Crónicas de la Casa de la Bestia", que se titula "Friday Night in Beast House" (agosto de 2001). Es una novela cortísima que apareció meses después del fallecimiento del autor, y que cierra la serie que comenzó con "The Cellar" (1980; en castellano, "El sótano"), una obra polémica y divertidísima que no gusta a los actuales "popes" del terror en USA. A Laymon se le acusa de ser un "mal escritor", desde el punto de vista estilístico, y que eso hace que sus novelas sean fallidas, aburridas, etc.; que el problema no es la violencia explícita, pues existen autores que recogen más y mejor violencia de ese tipo, y son buenos escritores. Por otra parte, también se le acusa de tratar temas "intolerables".
 

 
Personalmente, pienso que tendría que ser una cosa o la otra: o te parece un pésimo escritor y su triperío y burradas te dan igual (que es lo que argumentas cuando eres un crítico o un lector del género), o bien, que te parece excesivo, desde una perspectiva moral.
 

 
 
La verdad es que Laymon tiene obras extremas, con las que, definitivamente, te coge por la garganta y te obliga a mirar lo que no quieres ver. Y eso es un logro. Para mí, es uno de los pocos autores a los que leo con precaución, pues ya me ha volado los sesos en alguna que otra ocasión.
En fin, vamos con la última entrega de "La Casa de la Bestia". Una pena que ni esta cuarta parte, ni las dos anteriores, existan en castellano.
 


 

miércoles, 9 de agosto de 2023

Funland, de Richard Laymon

 


 (De Facebook)

16 de julio de 2023

 
Terminada la excelente novela El elixir negro de Elizabeth Engstrom, que da más de lo que yo pedía (esto es un halago), me voy a revisitar a uno de mis autores de cabecera, uno de los más odiados. En A Writer's Tale (1998) dice, entre otras muchas cosas:

"Pongamos a esas personas que se meten por casualidad en un libro mío porque no se han fiado de la portada o simplemente por curiosidad o por lo que sea... y de repente se encuentran con una situación que los conmociona y ofende profundamente.
Quizá, en ese punto, deberían dejar el libro. Desecharlo y coger, por ejemplo, uno de Tom Clancy. O de Mary Higgins Clark. O de Franklin W. Dixon.
Si no dejan de leer mi libro, entonces se merecen lo que les pase.
¿Qué clase de estúpidos son? Si no te gustan las espinacas, no comas espinacas. Y en concreto, no te las comas y luego te pongas a llorar. “¡Tío, odio las espinacas! ¡Son una mierda! ¡Son VERDES!”
Pues come maíz, idota.
Y déjame en paz."

Yo soy de los que "se meten en un libro suyo" a sabiendas y perfectamente motivado, y la experiencia me dice que Laymon nunca te lleva a engaño, y rara vez te decepciona. Lástima que perdiéramos a Richard Laymon hace ya veintidós años, que se dice pronto.
Hoy toca Funland (1988), que no existe en español.