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martes, 11 de junio de 2024

El hielo en el fin del mundo (1990), de Mark Richard

Primera edición en castellano, mayo de 2016


10 de junio de 2024

Esto igual suena un poco feo, pero quizá lo que más me gusta de los libros que publica Dirty Works sea la página negra inicial, con una esbozo biográfico del autor impreso en letras blancas. Esos textos son minicuentos en sí mismos, y los haga quien los haga (¿Javier Lucini?) se merecen una recopilación aparte, a manera de diccionario de autores.

El relato biográfico de Mark Richard (Louisiana, 1955) es una genialidad, y cuenta incluso con la aparición especial de Larry Brown, otro miembro de la Casa Dirty, del que ya hemos hablado por aquí.



Para variar, The Ice at the Bottom of the World (El hielo en el fin del mundo), no es una novela, sino un libro de relatos (diez), traducido maravillosamente por Tomás Cobos -insisto en que, a los buenos traductores, hay que seguirles la pista tanto o más que los propios autores originales-, que pudo pasar sin pena ni gloria en 1990 si no hubiera sido porque recibió un importante galardón, respaldado por el mismísimo Norman Mailer: el premio PEN/Hemingway, que se supone que es para "primera novela", pero en realidad premia "primeros libros", sean relatos, novelas cortas, novelas o vestiglos literarios.

Merecido y agradecido premio, sin duda, pues de no haberlo obtenido, probablemente nunca hubiéramos visto el trabajo de Richard en castellano. Y, por su brevedad (que en este caso es una virtud) y su intensidad (que genera una incomodísima tensión en cada página), merece muchísimo la pena.

En mi opinión, Richard pertenece a la "escuela Cormac McCarthy" (como William Gay) por su descaro a la hora de redactar diálogos sin puntuación ni indicaciones, y por hacer con la gramática lo que le da la gana, sea ilegal, reprobable o (como es el caso) tremendamente complicado. (Complicado de ejecutar, pero pefectamente legible para un lector capaz de concentrarse en la lectura más allá de 60 caracteres). En un mismo relato de Mark Richard nos podemos encontrar una narración en tercera, primera y segunda persona, en pasado y en presente y casi que también en futuro, todo a la vez o variaciones y permutaciones: es como si a este tipo lo hubieran soltado en una barca con una red y unas botas de agua en una pestilente marisma y le hubieran ordenado: "Anda, ve a ver qué pescas por ahí, gilipollas. Y si no regresas con algo, lo que sea, aunque se trate de una bici vieja o un caballo muerto o un viejo loco cubierto de barro seco o un chiquillo con branquias, te vamos a dar una buena paliza".

Al parecer, esto le ha pasado al pobre Mark, que nació con cadera deforme, al menos otras tres veces, de donde han surgido otro libro de relatos y dos novelas, todas publicadas ya por Dirty en español, si no me equivoco.



 

Si hemos querido destacar lo jodido que es el estilo del autor y las libertades que se toma, en realidad lo que prima por encima de todo esto son las historias que nos cuenta y el vocabulario sencillo que utiliza para construir frases complejísimas, pero con mucho sentido. Lo que realmente me extraña (y me alegra, confieso) es que no le haya dado por escribir poesía. Yo, personalmente, se lo agradecería con un abrazo si tuviera ocasión de conocerlo, pues seguro que se sintió tentado de meter saltos de párrafo aleatorios en mitad de las frases que resuenan en esa fantasía tremebunda y oscura que es "Niño Pez" (¿la novela del mismo título, también de Richard, será continuación del cuento, o bien una expansión? No lo sé, ya lo averiguaré cuando llegue el momento).

 


 

Sus cuentos, además de relatar anécdotas insólitas de horror, miseria, y aviadores que, en pleno vuelo, le hacen un calvo al conductor de un tren, están repletas de sentencias y ocurrencias tan citables como "Por eso nuestros perros no muerden a no ser que seas un ladrón o tengas pensado serlo...", o arranques de relato que te ponen sobre aviso de que vas camino de contemplar burradas, como "Me sentí fatal por lo que tuvimos que acabar haciedo con Buster, el caballo de Vic...". A esas alturas de libro, ya sabes que lo del caballo Buster va a ser un horror innominable digno de Lovecraft.

A lo escritores más noveles, les recomiendo que NO LEAN este libro con ánimo de aprender cómo se debe escribir, sino qué se puede llegar a escribir cuando dominas la técnica y decides saltarte las normas. Si estos relatos los intentara llevar a cabo alguien sin oficio, se habría metido una hostia de primera categoría, tal y como se temían los editores originales del libro, justo antes de que Mailer le diera el ya citado premio. Con honestidad, creo que Richard no sólo es bueno, sino que además tuvo suerte. (Esto último se reparte en el mundo incluso con menos prolijidad que el talento).

 

Mark Richard, cuando era joven.


Si el cabrón de Richard no lograra efectos tan jodidamente poéticos con personajes memorables como el Tío Basuras ("¡Y ojito no vayáis a quemar la casa!") o ese viejo comedor de arcilla y chupador de paredes que es el señor León ("El chocho chisporrotea con el calor, cabronazos"), compararía estos relatos, así, por mis santas narices, con la novela corta de Alfonso Sastre Las noches del Espíritu Santo (en Las noches lúgubres, 1964), una sucia fantasía que transcurre en Madrid, junto al arroyo del Abroñigal, un lugar tan séptico y apestoso en la posguerra como los rincones de Louisiana por los que nos obliga a transitar Richard. De hecho, el niño hidrocéfalo de Sastre (hijo de la vampira Amalia y de su marido Zarco) me da tanto miedo o más que el Niño Pez de Richard: infancias paralelas en lugares muy distantes. (Este tipo de comparaciones y asociaciones de ideas son las que surgen cuando uno lee y relee sin solución de continuidad: ves fantasmas donde no los hay, o bien descubres una misteriosa verdad oculta a todo el mundo y sólo tú la puedes percibir Sólo me falta invocar aquí al espíritu del famoso Anfibio de Liérganes, sobre el cual, de acuerdo con Juan Carlos Monroy, Verne llegó a escribir un breve relato).

En cualquier caso: si se dispone usted a leer este volumen, compruebe que tenga al día su cartilla de vacunación, porque es posible que pille el tifus, la tiña, botulismo, la malaria, el dengue o la fiebre amarilla. Allá usted si no me hace caso y se mete a chapotear por los pantanos infestados de serpientes o a jugar a hacer castillos con tierras arcillosas.

 

El collage de Emma Cohen, portada para la edición de Biblioteca del Terror de Fórum de Las noches lúgubres de Alfonso Sastre.


En resumen: ¿ante qué y quién estamos? Pues ante un auténtico y purísimo seguidor de la narración estadounidense, con toda su crueldad viciosa, sus visos autobiográficos, la marca de fábrica de la conversación escuchada en la mesa de al lado del bar, la confidencia inconcebible de un desconocido borracho, y los hedores y perfumes que marcan a cualquiera, americano o chino o africano o español, desde la infancia en adelante.

Muy recomendable este libro de cuentos, zona de confort de algunos lectores y, sin duda, un mundo ajeno y alienígena para otros (el título ya sugiere, a partes iguales, viajes decimonónicos estilo Disney, y también la Antártida de Poe y Lovecraft). Pero ya conocen mi opinión: en la variedad está el gusto.

¿Quieren probarlo, por cierto? Inténtenlo con "En la cuerda", que son 4 páginas de perfección en un hervidero de cadáveres. Y ya me contarán...

 

 

***

Por cierto: ¡feliz 10º aniversario a la familia Dirty! ¡A por otros diez a la voz de "ar"!

 

martes, 21 de mayo de 2024

Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955), de Flannery O'Connor

Ed. Lumen, 1973. Traducción de Marcelo Covián.

Empecemos por las artimañas de lector: sí, me he leído el libro que aparece en la fotografía de arriba, que es un ejemplar de la vieja edición de Lumen de 1973. Pero no lo he leído en esa edición ni sé si existe otra traducción en castellano. Tampoco me lo he bajado de internet para leerlo en modo Long John Silver, el capitán Carlos Lezama o Sandokán. ¿Qué significa este pequeño galimatías?

Solución: me compré un ejemplar de los cuentos completos de Flannery O'Connor (más de 800 páginas en formato bolsillo, con buena letra y buen interlineado), y he leído los textos que corresponden al volumen original Un hombre bueno es difícil de encontrar (A Good Man is Hard to Find, publicado en tapa dura en 1955), y además lo he hecho en el orden en que aparecen en el libro original.

¡Tachaaaaaaán!

La edición original de 1955.

 

***

Hay algo en las antologías de cuentos de autor que sugiere un orden implícito que no es necesariamente el de la escritura o publicación original cronológica (pues estos cuentos aparecieron antes en revistas o en antologías de varios autores). Sé que, en la mayoría de los casos, el orden de cualquier antología (de un autor o de muchos) procede de imperativos o caprichos del editor, ya que al autor, en fin, le suele dar un poco igual. (A mí me pasa: salvo en casos raros como cuentos que van por parejas, tienen secuelas o están relacionados, me importa un bledo el orden en un libro de cuentos míos. Se puede abrir al azar y leer lo que sea. No es imposible que también suceda esto con alguna de mis novelas. Una vez más, recuerdo al lector aquello que soy el tío que empezó a leer Watchmen por el nº6).

Pero, me pregunto, ¿y si en este caso concreto fue Flannery O'Connor la que decidió el orden de los relatos? Una corazonada, lo admito.

Y así es como he leído el libro, empezando por el cuento número 1 y terminando por el número 10.

No sé si será cosa de la autora o del editor, pero este orden tiene cierto sentido. Al menos, para mí lo tiene. (No es que lo vaya a explicar más adelante: con lo que he leído, me basta).

Por cierto que, casualmente, Julián Díez ha escrito hace nada (el 6 de mayo) un artículo sobre "ediciones de cuentos completos" en el ámbito de la ciencia ficción, que es muy interesante.

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El cuento de apertura y que da título al libro es una obra maestra del terror. No es una narración sobrenatural, pero da mucho miedo. También hay elementos de la literatura criminal, pero esto no es detectivesco, policial o de serie negra.

Esto es terror, sin más. Como aquel cuento de Raymond Carver, "Diles a las mujeres que nos vamos", que había olvidado, y que mi hermano Daniel llevó hace poco a la Tertulia de Albacete. (Creo que lo he dicho en alguna otra parte, pero si hace falta, lo repito aquí: me trae al pairo la supuesta diferencia infinitesimal o gargantuesca entre "terror" y "horror" en castellano. Esas diatribas, por favor, que se queden en el bar, que es adonde pertenecen).

Es tan de terror como Drácula de Stoker, El color que cayó del cielo de Lovecraft o El asesino de la carretera de James Ellroy. Tan de miedo y mal rollo como Noche infinita de Richard Laymon o Misery de Stephen King. No me extraña que, a una escritora como la que firmó esta historia, se la haya apropiado la Academia de la Literatura Seria, y se la haya arrebatado a nuestro negociado del escalofrío y la subliteratura. (Voy a empezar a utilizar el término, creo que de nuevo cuño, infraliteratura: me parece más humillante que el otro, pero tiene algo que evoca naves espaciales y monstruos con ojos de insecto). Es como lo que sucede con Primo Levi y sus libros de cuentos: que no pueden ser más fantásticos, terroríficos y de ciencia ficción, pero en el ámbito de los aficionados a los géneros y subgéneros, no se le conoce más que de nombre y por su triste fama como veterano reo de Auschwitz. (Nota al pie: Flannery O'Connor estaba familiarizada con eso de los campos de exterminio, y en época bien temprana, pues habla de los refugiados polacos que terminaron en Georgia, en calidad de mano de trabaja esclaa, un peldaño por debajo de los negros en la socidad. Se ve en varios de sus relatos, y de un modo que, al menos yo, nunca antes había visto o me había planteado. Léase "La Persona Desplazada", por ejemplo, casi novela corta y broche final del libro).

El muy turístico museo de Auschwitz, antes Konzentrationslager Auschwitz, visita obligada en Polonia para muchos entre 1940 y 1945.

Que la Academia y los editores de Auténtica Literatura se apropien de tu obra probablemente sea cojonudo, pero yo no lo tengo tan claro: ¿se multiplican las ventas exponencialmente cuando te consagran? Es posible. Si es así (y, repito: lo dudo), la pena es que probablemente haya varios grupos de lectores que te habrían devorado hasta la última línea, pero ya no se acercarán a ti porque te falta la etiqueta correspondiente. (Sí, sé que normalmente se esgrime y argumenta como queja el caso inverso: el del autor encasillado en tal o cual género que, por tanto, no llega al "lector generalista". Es cierto, sí. Pero ¿alguien, ahí fuera, sabe qué demonios es un "lector generalista", y en caso de que conozca alguno, me lo puede presentar para que yo lo vea y lo registre para comprobar si va armado?).

Pero volvamos a la literatura. "Un hombre bueno es difícil de encontrar" se publicó en 1953 en la antología de Avon Modern Writing I, antes de pasar a su primer libro de relatos. La autora tenía 28 años, pues había nacido en 1925. Por lo que he leído por ahí, esta amiga de los pájaros (tengo entendido que criaba pavos reales, algo que aparece de forma no casual en el relato "La Persona Desplazada", que cierra esta antología) publicó el cuento un año después de que le diagnosticaran la misma enfermedad autoinmune que se llevó a su padre a la tumba, lupus eritematoso sistémico. La criadora de pavos se vio afectada en las piernas y hubo de ayudarse de muletas el resto de su corta vida. Alguna autora más reciente asegura que Flannery fue la escritora que fue gracias a su enfermedad...

Flannery O'Connor y sus pavos reales, como la vida misma.

Pues vaya unos cojones. Es como si yo digo que Primo Levi fue el autor que fue "gracias a su estancia en el campo de concentración de Auschwitz". Esto es tan necio como decir que "si Paul Auster no hubiera fumado, habría tenido tiempo para escribir más obras". Tócate las narices. Ahora vamos a descubrir que las experiencias vitales de los autores, ya sean desgracias o vicios o que les toque la lotería, los condiciona. ¡Toma ya! Joder, ¿y a quién no? Y ¿qué pasa, que los autores tienen la obligación moral de cuidar su salud para poder escribir sus mierdas hasta en el lecho de muerte? ¿Deben "ganar la lucha contra el cáncer" o "tener experiencias horripilantes, pero instructivas", como es pasar por un campo de concentración o sufrir una enfermedad crónica? Claro que, esta obligación está destinada a los escritores Tocados por los Dioses durante su vida o tras su muerte. Qué desconsiderados, los autores. Qué desconsiderada Flannery O'Connor, que murió en 1964, con apenas 39 años, víctima de una cirugía para extirparle un mioma uterino (un tumor benigno, en castellano) que se complicó por culpa del lupus. Si no se hubiera operado, a lo mejor habría vivido para ver publicado su siguiente libro de cuentos (que apareció en 1965, de forma póstuma), y a lo mejor ¡hasta habría escrito mucho más!

Y Paul Auster tendría que haber dejado de fumar hace años.

Y Raymond Carver no tendría que haber bebido alcohol. Y John Cheever tampoco. Ni Edgar Allan Poe (aaaay, la absenta, la absenta...)

Los escritores tienen que pasarlas canutas para escribir una línea memorable. Como los súper héroes y sus orígenes secretos, ha de haber una explicación para el genio (o los súper poderes), y esa explicación tiene que ser dramática, horrible...

Insisto: ¡Tócate los huevos!

***

Flannery, con su primera novela en las rodillas.


Tras estos innecesarios excursos y viajes por los Cerros de Úbeda, procede comentar que los relatos de Flannery O'Connor me han gustado mucho, y no me extraña que en los blurbs que aparecen en los libros de los amigos de Dirty Works, O'Connor esté presente. Está claro que es una influencia para toda esa oleada de autores sureños y un poco góticos, narradores de la cultura redneck de la América profunda, pero también es hija de Antón Chéjov y madre (o madrastra) de los citados Carver y Cheever. Sobre todo del primero. El subastador de Joan Samson me parece una consecuencia directa de la existencia de Flannery O'Connor.

Joan Samson, otra autora que nos dejó siendo muy, muy joven.


"El río" (1953) también es terror en estado puro, y tiene un par detalles que me hacen pensar en la divina ("si encubriera más lo humano") Daphne du Maurier y su extrañísimo cuento "The Pool" (1959; en castellano, "El estanque", incluido en Los lentes azules). En "El río" hay un niño pequeño y un río, pero no hay evocación nostálgica alguna, sino tristeza infinita y miedo para el lector. O'Connor nunca siente nostalgia. Como murió tan joven, no creo que le diera tiempo a sentir nostalgia por nada. Para ella, todo era nuevo cada día, y sus "viejos tiempos" no eran "buenos viejos tiempos", sino recuerdos de la miseria y el Mal que acecha el corazón de los hombres y que sólo conoce... ¡La Sombra!

Daphne du Maurier, que llegó a vieja a pesar de ser fumadora.

 

El único cuento del libro que podríamos interpretar como "fábula", porque tiene algo parecido a una moraleja, es "La buena gente del campo", que por momentos parece como si Jim Thompson se hubiera ido de borrachera con J. G. Ballard y juntos hubieran parido una obscenidad sobre una chica mutilada y con prótesis.

De "El negro artificial" ("The Artificial Nigger", 1955) dicen los expertos que es una parábola, pero lo que es, es una cabronada: una road movie sin road, un viaje iniciático que es más bien viaje final, la gran aventura de un abuelo y su nieto en la ciudad, donde el peligro acecha en cadas esquina. Pobre buena gente del campo, que se pierde en el barrio de los negros...

 

"Un encuentro tardío con el enemigo" ("A Late Encounter with the Enemy", 1953) es el único relato en el que podemos apreciar un mínimo de sentido del humor explícito en esta autora que, para que me entiendan los aficionados a la infraliteratura, tiene más que ver con Jack Ketchum que con Richard Laymon (que SÍ tenía sentido del humor, y a raudales. Ketchum, definitivamente, NO). Es un cuento triste sobre la senilidad, pero el caso es que la tragedia tiene gracia, siempre y cuando se mire desde la perspectiva adecuada. Menos mal.

"Un círculo en el fuego" ("A Circle in the Fire", escrito en 1954 y publicado un año después) es, como el primero de los relatos, un cuento muy inquietante que roza el terror, y casi podría haberse convertido en un episodio de la serie de TV Alfred Hitchcock presenta..., si hubiera tenido algún giro final imprevisto. Pero, claro: que lo veas venir, no quiere decir que no lo sufras. Para eso lo escribió la señorita Mary Flannery O'Connor (1925-1964).

Y obvio el resto de relatos para que el lector los disfrute por su cuenta, sin más pistas que las siguientes: Primero, la fama de la autora es merecida. Segundo, si no la ha leído usted, se está perdiendo algo bueno.

Yo voy a dejar que Flannery descanse un poco de mí, pero volveré con ella en breve. Me ha caído muy bien. Es de los nuestros.

(Y, para los que quieran ir directamente a la caza y captura de un ejemplar de la edición de Lumen de 1973, les puedo decir esto: Un hombre bueno es difícil de encontrar es difícil de encontrar. Chim-pún).

Vale.

Edición en paperback, con una portada que se ajusta bastante al relato que da título a esta antología.

jueves, 2 de mayo de 2024

Hermana Muerte (2015), de William Gay

 


30 de abril de 2024

Por esta bitácora ha pasado un buen número de casas encantadas, de las reales y de las otras (aunque no termino de ver claro la distinción entre estas y aquellas). Hermana Muerte (Little Sister Death, 2015), del difunto William Gay, es una de esas pequeñas grandes obras que pasan desapercibidas al público especializado en terror y géneros afines, porque la publica una editorial tan particular e indefinible como Dirty Works de Javier Lucini (que a la sazón, es el traductor de esta novela y de muchas otras).

El  argumento de Hermana Muerte es idéntico al de muchas historias que ya hemos leído: el escritor David Binder (otro para el saco de nuestra Biblioteca de Babel) tiene una crisis creativa, y se lleva a su familia a vivir una temporada a un lugar que tiene mucho de malo, porque está embrujado. Al contrario que los Torrance de El resplandor de Stephen King, los Binder se van a gastar la poca pasta que tienen en su "aventura", que es más bien desventura.

La gracia y la virtud de la novela de William Gay estriba en que no nos relata lo de siempre (ese "lo de siempre" lo podemos encontrar en La casa de campo mágica del británico James Herbert o en Ceremonias macabras de T. E. D. Klein), sino que por el contrario, esquiva hábilmente los antecedentes sobrenaturales, que no se van contando para crear ambiente, sino que se dan por sentados, porque van a ser los habituales en esta clase de relatos. Cuando Gay decide contarlos, recurre al "fragmento del libro" La maldición de la casa Beale de J. R. Lipscomb (otro para nuestro Babel), o a sencillas narraciones situadas en el pasado. Flashbacks, vamos.

 

Esto, y que la novela es muy breve, me ha parecido estupendo, mejor que la citada novela de Herbert o que Los elementales de Michael McDowell (que también es muy buena).

El estilo de Gay toma prestado de su amigo Cormac McCarthy el recurso de no señalar ortográficamente los diálogos; y me temo que lo hace mejor que el mismo McCarthy, pues consigue que no te pierdas. O a lo mejor el mérito es de Lucini, quién sabe.

En cualquier caso, estamos ante un auténtico gotico sureño sobrenatural, con todas las atrocidades, excesos y burradas habituales en los fantásticos libros de Dirty Works: predicadores con serpientes, bebé arrojados al fuego, paletos de Tennessee en acción, sexo explícito y de mal gusto (es decir, tratado por los personajes como si el sexo fuera algo malo), fratricidios, cotilleos pueblerinos, y una anexo final que nos hace dudar de la veracidad de lo que nos han contado.

El prólogo que le dedica Tom Franklin a su amigo William Gay es magnífico, muy emotivo e informativo, y nos hace pensar en una larga lista de autores estadounidenses de "segunda fila" que pasan por la "literatura seria" (odio todas y cada una de estas comillas) con tan sólo un buen puñado de seguidores. Franklin dice que, en no sé qué ocasion, Stephen King aseguró que iba a llamar por teléfono a Gay para felicitarlo por algo. Se supone que King llamó, pero que Gay no contestó porque estaba trabajando en su huerto.

Gay nació en 1941 y murió en 2012. Hermana Muerte se encontró entre sus papeles personales. Era un inédito de este fan irredento de William Faulkner y Flannery O'Connor. Me alegro mucho de esta recuperación, tanto como me inquieta el extraño perro negro que deambula por la novela, de aquí para allá, sin hacer daño a nadie, salvo unos cuantos sustos.

William Gay