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martes, 3 de septiembre de 2024

Audio: Código Pulp de Hernán Migoya: El Coyote de José Mallorquí

 



Hace unos días, tuve el inmenso placer y honor de participar en Código Pulp, el podcast realizado por mi amigo y colega, el escritor Hernán Migoya. A Hernán lo conozco, como mínimo, desde 1995 o 1996, año en que mi hermano Sergio Bleda me llevó de la mano a visitarlo en el stand de Ediciones La Cúpula del Saló del Cómic de Barcelona para presentarle proyectos y, sobre todo, muestras de ilustraciones de amigos dibujantes de Albacete. Desde entonces hemos coincido un montón de veces; lo volví a visitar en Barcelona con Sergio, esta vez en la redacción de La Cúpula (recuerdo que me enseñó el tomito recopilatorio en inglés de City of Glass, adaptación de la novela de Paul Auster que había realizado David Mazzuchelli, que iban a publicar en tres números de la colección Brut Cómics); y luego nos hemos encontrado en saraos diversos en Albacete y Madrid. Siempre nos saludamos con un abrazo. (Se lo doy yo, que soy muy de contacto físico).

Hernán es el creador de un personaje literario, Manu Williams, que por desgracia, me temo, está olvidado y va pidiendo rescate inmediato. También es autor de un montón de tebeos, novelas y libros de relatos; tiene narices que fuera por uno de estos últimos que Hernán se hiciera famoso a lo bestia: Todas putas (2003) desencadenó un escándalo censor, caza de brujas en toda regla, como no habíamos visto en España desde tiempos de Franco, posiblemente. Todo en ese asunto es lamentable, salvo el libro de Hernán, y lo peor es que muchos escritores profesionales, supuestos compañeros, se posicionaron frontalmente en favor de la censura y del linchamiento público. Esto es algo que, desde una perspectiva ética, me parece horrible, y sólo se explica por una cuestión de filiaciones políticas, oportunismo y uno de los pecados capitales más odiosos de mi lista personal: la falta de elegancia, que es casi peor que tirar piedras contra tu propio gremio, un gremio frágil como las vanidades de los autores, ignorado por el público, y cada vez más irrelevante, como indicó en su día Alan Moore. Hoy, los que favorecen la censura son legión.




Se diría que todo esto ya es agua pasada, pero lo cierto es que Hernán ya no vive en su país natal, sino en Perú. Podría contar más batallas (que no batallitas) de Hernán, como su paso por el fangoso mundo del cine y otras sordideces; o la aventura que vivió cuando se fue a Estados Unidos en busca de Charles Williams (del espíritu de Williams, en realidad; Williams se suicidó en 1975, como tantos otros escritores a lo largo del tiempo) para escribir la enorme biografía titulada La tormenta y la calma (2001).

 


 

Además de todas estas anécdotas, Hernán es un riguroso fanático de la cultura popular en todas sus manifestaciones, y como tal, reivindica lo improbable y, en ocasiones, lo imposible. En el apartado de la literatura popular, es un enamorado de los viejos autores españoles de bolsilibros, así como de sus inmediatos predecesores, surgidos de las cenizas de la guerra civil. Una de sus principales obsesiones es El Coyote de José Mallorquí, y para hablar de don César de Echagüe, de la obra de Mallorquí, y de lo humano y lo divino, me invitó Hernán a su podcast Código Pulp.

Aquí tienen el resultado, por si gustan escucharlo. (Y en este enlace, el resto de episodios).

 

sábado, 24 de agosto de 2024

Edición de muerte (Agente Federal nº241; 1971), de Donald Curtis: una especulación bien fundada

Edición de muerte (1971): ¿una aventura hasta ahora desconocida de Brian Kervin?


 

24 de agosto de 2024

La investigación de la obra de Juan Gallardo Muñoz no deja de depararnos nuevas informaciones y sorpresas, incluso cuando la realizamos de forma superficial.

Tomemos, como ejemplo, la cubierta que reproducimos arriba: la he visto por primera vez hace apenas una hora, en la web de ventas Todocoleccion.net, la he examinado mínimamente, y me he percatado al instante de la frase en inglés, entrecortada, que aparece en portada: "M-31 and the Monster from Prehistory". Especulemos:

Sospecho que ese era el título que Juan Gallardo propuso inicialmente para Edición de muerte (Agente Federal nº241; 1971; hay reedición FBI Selecciones nº642; Rollán, 1974): M-31 y el monstruo prehistórico.

Para empezar, estamos casi con total seguridad ante una historia de Brian Kervin, Agente M-31, que no figura en nuestros listados de aventuras del James Bond de Juan Gallardo, un personaje sobre el que escribió no menos de 22 historias, entre novelas largas, cortas y relatos. Su primera aparición tuvo lugar en la novela Dedos de plata (FBI Club nº1, Rollán, 1965) de Curtis Garland; la última documentada fue la tardía La isla de los espías (Servicio Secreto nº1754; Bruguera, abril de 1984), también de Curtis Garland. Tan tardía que no se puede descartar que este finale de Kervin no sea, en realidad, una reedición de alguna de las viejas aventuras de M-31.

 



 

Digo que "no se puede descartar" porque, en el "apartado M-31" de los estudios curtisianos, no tengo noticia fehaciente de nadie que se haya leído todas las aventuras conocidas de Brian Kervin. Yo no lo he hecho y, por supuesto, ni tengo ni he leído Edición de muerte, que habremos de sumar a la serie, repetimos, casi con total seguridad.

Los listados de la serie los van haciendo los aficionados curtisólogos a golpe de lectura, y la información pasa de unos a otros por vasos comunicantes virtuales. Ahora mismo, en línea, encontramos el listado que realizó Alberto Sánchez Chaves en abril de 2016, en La Memoria del Bolsilibro; y el de Carlos Díaz Maroto, en diciembre de 2016, en Universo Bolsilibro. (Al margen, están los títulos de la serie fichados en La Tercera Fundación, que toma como fuentes los listados anteriores y las aportaciones más actuales).

Emprender una reedición cronológica de las aventuras del súper agente Brian Kervin constituye un riesgo claro de no hacer un buen trabajo, de dejar algún título fuera de esta hipotética nueva edición.

Al margen, me había planteado al comenzar estas líneas la posibilidad de especular sobre el sugerente contenido de esta novela: M-31 y un monstruo prehistórico sugiere un Scooby Doo del tamaño de MechaGodzilla, pero también un viaje en el tiempo, experimentos nucleares en el fondo de los océanos, el Lago Ness, "La sirena del faro" de Ray Bradbury, o cualquier cosa imaginable. Pero finalmente, optaré por tener paciencia hasta que Edición de muerte (¿una trama sobre un libro maldito o prohibido... pero con monstruos prehistóricos? ¡Qué disparate tan maravilloso!) caiga en mis manos y pueda leerla y saber y opinar de primera mano.

Y un último pensamiento: James Bond, que yo sepa, nunca se enfrentó a un dinosaurio. Brian Kervin, al parecer, sí. Qué grande era Curtis, y cuántas alegrías nos da a sus lectores.

 

"La sirena del faro" de Ray Bradbury (1951).

viernes, 23 de agosto de 2024

Lou Carrigan ha muerto, pero ya es inmortal

 

Lou Carrigan (1934-2024)


22 de agosto de 2024

Me acabo de enterar del fallecimiento de Lou Carrigan, el más célebre nombre de guerra de este oficial (creo que llegó a general) del Ejército de las Novelas de a Duro: Antonio Vera Ramírez (2 de julio de 1934-29 de julio de 2024).

Siempre que sale a colación el tema de "los mejores autores de bolsilibros", e incluso "los mejores autores de novela popular española", el nombre de Carrigan está en las quinielas y en los listados. Es uno de los favoritos de casi todos los lectores, un peso pesado. Creo recordar que, de niño, era vecino de escalera de Rafael Barberán (Ralph Barby, otro peso pesado), y su hermano Francisco, fallecido en 2019, también ocupa un lugar destacado en el rankin bolsilibresco (coronel, por lo menos) bajo el pseudónimo de Mortimer Cody, entre otros.

 



 

Con su aire a caballo entre Sancho Gracia y Tom Jones, corpulento y seguro de sí mismo, Lou Carrigan tenía el aspecto que imaginamos en muchos de sus personajes masculinos: un tipo duro capaz de imponer la ley a golpe de puñetazos. Curioso es, pues, que su personaje más conocido a nivel internacional sea una heroína de armas tomar: la espía Brigitte "Baby" Montfort, publicada con gran éxito en Brasil, y a la que Carrigan dedicó unas 500 novelas cortas.

 

Una de las centenares de aventuras de Baby Montfort, el personaje más longevo de Lou Carrigan, y estandarte de las heroínas de la novela popular española.

 

Desde su primera novela, el western Un hombre busca a otro hombre (Salvaje Oeste nº43, Ferma, 20 de marzo de 1959), Carrigan pasó por todos los géneros de la novela popular con éxito, aunque está claro que su tendencia natural era la del suspense, la serie negra y la aventura de espionaje. Unas 1000 novelas llegó a firmar Antonio Vera Ramírez como Carrigan o con cualquier otro de sus muchos pseudónimos. Y su ingente trabajo, como sucede con nuestra literatura para el gran público, todavía está por reivindicar, por releer, por valorar.

Descanse en paz.

 

Salvaje Oeste nº43, Ferma, 20 de marzo de 1959: la primera novela de Lou Carrigan.

***

Es una tristeza y una falta negligente que admitimos el no haber traído a bordo del Matilda Briggs a Lou Carrigan hasta ahora. No tenemos excusa, y entonamos un mea culpa junto a nuestro pésame a los familiares del autor.

Lo que sí podemos hacer, a modo de homenaje y recuerdo, es recuperar un par de reseñas que, hace años, dedicamos a algunas de las más sobresalientes, extraordinarias obras de Lou Carrigan. Ambas están recomendadas por el que esto firma, pues son carne de inmortalidad literaria... si es que el atento lector se decide a hincarles el diente (son fácilmente conseguibles; palabra de honor). Cada vez que alguien lee una de sus obras, Lou Carrigan (es decir: sus pensamientos trasladados al papel, sus tramas sádicas, directas, violentas, apasionantes, divertidísimas) vivirá de nuevo. Y en eso consiste la inmortalidad, por ahora. La resurrección de los muertos se la dejamos a la religión católica y a los doctores Victor Frankenstein y Herbert West. Y casi mejor a estos dos últimos, que inspiran mayor confianza. A fin de cuenta, son científicos...

***

En la boca del lobo (1973)

Reseña publicada originalmente en el blog Novelas de a duro, el 25 de julio de 2013.

 

 

En la boca del lobo, de Lou Carrigan (Antonio Vera Ramírez; Terror nº36, Rollán, 1973. Hay ediciones en Selección Terror nº183, Bruguera, agosto de 1976, portada de Desilo —sin acreditar—; Selección Terror nº465, Bruguera, 1982, no sabemos de quién es la portada; y Selección Terror nº43, Ediciones B, 1993, portada de Alberto Pujolar reciclada de Selección Terror nº130).

No todos los bolsilibros de Bruguera eran originales realizados ex-profeso por los diversos autores para las diversas colecciones, sino que de cuando en cuando —y al igual que hizo la colección Galaxia 2001 de Andina/EASA hasta la saciedad— se colaba alguna novelita que ya se había publicado en otra editorial. Por ejemplo, este En la boca del lobo, que Antonio Vera escribió para Rollán en 1973.


Melville Roark es un hombre hecho a sí mismo, posee una mina de carbón en Alaska, un socio joven y de confianza, y una esposa bella, deseable y mucho más joven que él.
Y mucho dinero.
Así que no es de extrañar que la buena de Mae Roark y el joven Gordon Owells hayan decidido que, antes de tomar la avioneta que los llevará a Anchorage, tienen que matar a Melville y deshacerse de su cadáver. Después, podrán gastarse su dinero en algún lugar paradisíaco.
Pensado y hecho.
Sólo que...
Bien, en la avioneta, además de Charlie, el amabilísimo y simpático (y pintoresco) piloto pelirrojo pecoso que siempre dice "¡Caracoles!", viajan una par de mineros sin suerte que también van a Anchorage. Y en mitad de vuelo, Mae se da cuenta de que, tras haber descuartizado el cadáver de Melville y haberlo convertido en cenizas (con carbón, claro), no limpió el hacha que Gordon utilizó para acabar con Roark. Hay que dar media vuelta. Pero...
Pero los dos mineros sin trabajo saben quién es Mae Roark y, a punta de pistola, anuncian que nada de media vuelta, que el avión irá adonde ellos quieran, y que Melville Roark tendrá que pagar 200.000 dólares por recuperar entera a su mujercita. Pero...
Pero cuando ya está claro que aquello es un secuestro, los motores de la avioneta dejan de funcionar. Y lo que a este grupo de majísimos exponentes del género humano les espera abajo, son los abetos, la nieve... y los lobos.
Y esto no es más que el comienzo...
Una novela estupenda, un thriller que parece una historia de los hermanos Cohen (concretamente de los primeros hermanos Cohen, los de Sangre fácil), y que resulta muy satisfactoria a cualquier nivel.
La recomiendo mucho, mucho, mucho.


(Otra reseña de esta novela, en este caso realizada por el amigo Francesc Barceló, se puede encontrar en su blog EL QUIOSCO DE LA RAMBLA).


SOBRE LAS PORTADAS:
Merece la pena echar un vistazo al historial portadístico de esta novela que cuenta, como ya han visto ustedes, con cuatro ediciones distintas.
No hemos podido averiguar quién es el autor de la cubierta para la edición original en Rollán (es la imagen que abre esta entrada) y tampoco hemos conseguido dicha cubierta en una resolución mayor.
 

Selección Terror nº183, 1976. Portada de Desilo. Atentos a la errata en SELEOCIÓN; una cosa bastante rara, puesto que estas cubiertas se maquetaban con plantilla... ¿O estoy equivocado?


La portada de Desilo para la edición de 1976 se recicló para una novela de Curtis Garland publicada en Selección Terror nº515, y que ya hemos reseñado en este blog.


Selección Terror nº515, 1983. Portada de Desilo (reciclada del nº183)

Otra edición de En la boca del lobo apareción en Selección Terror nº465, y tampoco hemos podido averiguar quién es el portadista.


Reedición en Selección Terror nº465. ¿Quién será el portadista? 



Selección Terror nº43, Ediciones B, 1993. Portada de Alberto Pujolar (un reciclaje)

 
La cuarta edición de "En la boca del lobo" corresponde a Selección Terror nº43, de Ediciones B. En este caso, se recicló una portada del gran Alberto Pujolar, correspondiente a Selección Terror nº130 de Bruguera.
 

Selección Terror nº130, Bruguera, 1975. Cubierta de Alberto Pujolar.



ÍTEM MÁS:
Como curiosidad animal, les dejamos aquí un par de portadas de bolsilibros que también se titulan En la boca del lobo y que nada tienen que ver con la novela de Lou Carrigan. (Hay montones de tebeos con ese título: números de The Phantom, Jabato, El Corsario de Hierro, Jorge y Fernando y otros muchos, alguna película, e incluso una novela de Karl May. Y más, claro).



Hazañas Bélicas nº441, Toray



Colección Pistolero nº82, Astri


***
 
 
Los pajaritos ciegos, de Lou Carrigan (Antonio Vera Ramírez; La Huella nº81, Bruguera, Barcelona, mayo de 1976. Portada de Salvador Fabá. Reedición en Servicio Secreto nº1716, Bruguera,. 1983; y en Punto Rojo nº50, Ediciones B, 1994).
 
 

Servicio Secreto nº1716, Bruguera, 1983

 
El psiquíatra Amos Grant decide prestar sus servicios a la policía de Nueva York. Y llega en buen momento, pues hay un par de asesinatos aislados que presentan puntos en común: cuerpos cosidos a puñaladas y, detalle macabro, los ojos pinchados repetidamente con agujas (post-mortem, por suerte). Para llevar a cabo la investigación, Grant contará con la ayuda (o viceversa) del sargento de detectives Kester Hyde, que es un poli de los buenos, de los duros, de esos que molan.
El caso los llevará por lugares sórdidos, como una agencia de actores porno, discotecas con muchas luces (recordemos que estamos en los 70) ambientadas por grupos musicales compuestos no se sabe si por hombres o mujeres (porque ¡llevan el pelo muy largo!), la casa donde viven dos simpáticas ancianas —un poco raritas ellas— y otros lugares divertidísimos... Y por supuesto, los héroes tendrán que vérselas con asesinos a sueldo y con guapas mozas retozonas deseosas de echarse novio. Todo esto, con el trasfondo de una serie de crímenes que, al parecer, tiene su origen en los viejos buenos tiempos de un grupo de amigos, que cuando eran niños hicieron algunas cosas de las que quizá no estuvieran demasiado orgullosos...
Nuestro amigo, el escritor Carlos Díaz Maroto, tiene en altísima estima este thriller psicológico y bastante bestia del maestro Lou Carrigan, y no seré yo quien le lleve la contraria, pues me lo he pasado bien. Yo diría que la historia debe mucho a las muchas secuelas, imitaciones y knock-offs realizados sobre el clásico Psicosis de Hitchcock (ni me molesto en mencionar la novela original de Robert Bloch, eclipsada por el filme), y quizá con cierta terrorífica película que no voy a mencionar aquí para no dar más pistas... Todo esto, aderezado con una pareja de polis que, para variar, no son "el poli bueno y el poli malo", ni "los dos polis opuestos", pues en realidad, aunque uno sea un veterano y el otro un psiquiatra, ambos son muy buenos a la hora de repartir estopa.
Que sí, que está muy bien la novelita, y cuenta con detalles tan jodidamente escabrosos que, lo confieso, me revolvió las tripas. Muy recomendable.


(Otra reseña de esta misma novela, en Bolsilibros Bruguera, por Antonio Guerrero).
 

Punto Rojo nº50, Ediciones B, 1994.

 

jueves, 22 de agosto de 2024

Dragones del karate (La Huella nº25; abril de 1974), de Curtis Garland

 

La Huella nº25, abril de 1974. Portada de Enrique Martín.


 

20 de agosto de 2024

Si algo me queda claro después de leer Dragones del karate (publicada en la curiosa colección La Huella de Bruguera, en su nº25, de abril de 1974) es que a Juan Gallardo Muñoz le encantaba llamar a sus villanos misteriosos "El Dragón". Así, de memorieta y sin consultar nada, recuerdo un "Dragón de Oro" villano (no confundir con los Tres Dragones de Oro, el grupo de héroes de las artes marciales cuyas aventuras recogió Curtis Garland en la colección ¡Kiai! de Bruguera) en la novela El templo de los siete ídolos, una de las que publicó en la tardía colección Tam-Tam; y otro "Dragón", también jefe de un grupo de bandidos o de una sociedad secreta, o lo que prefiera el lector, en el western En el Oeste hay dragones (Bisonte nº1263, marzo de 1972), de Donald Curtis.


Tam-Tam nº88, agosto de 1984.


Bisonte nº1263, marzo de 1972.



Esto es casi un vicio de Gallardo, y me temo que podría explotarse en términos mitográfico creativos. A fin de cuentas, hablamos de un mismo esquema: un malvado que se oculta bajo un apodo de reminiscencias orientales, que posee unos recursos dignos de Fu Manchú (aunque luego no sea para tanto), y cuya identidad secreta es la de... bueno, un individuo distinto en cada historia. Creo recordar que en La flor alucinante de Donald Curtis (Agente Federal nº96; 1968) también había un villano de estas características; lo que no sé en estos momentos es si se hacía llamar "El Dragón".

 

Agente Federal nº96; 1968.


 

En esta rutinaria Dragones del karate, Curtis Garland utiliza la consabida trama de "búsqueda de un McGuffin desconocido" mezclada con la investigación de una serie de extraños asesinatos, en apariencia inconexos, pero relacionados por la parafernalia samurai del criminal. La gracia de esta novelita estriba en que transcurre en Japón de forma casi íntegra, y su protagonista es una especie de "asesor e informador de empresas" norteamericano que forma equipo con su colega japonés: Norman Robbins y Kodaya So. Por supuesto, tal como se dice explícitamente en la historia, el oficio de estos dos (eso de "asesores") es otro nombre para decir "detectives privados" especializados en casos de mucha, mucha pasta. El otro punto de interés se encuentra en que Curtis utiliza lo que ha leído sobre artes marciales, y nos cuenta los orígenes chinos de este tipo de lucha (o filosofía, o lo que sea), los nombres y versiones de dichas modalidades de disciplinas y, de paso, se marca un par de escenas de lucha karateca al estilo Curtis: poniendo nombre a los movimientos, a las katas, o como se quiera llamar eso que hacen los que practican estos... deportes. (De rollos técnicos karatecas, judocas y kungfutecas nos hincharíamos tres años más tarde en la ya citada serie de los Tres Dragones de Oro, que no por la pesada descripción de los tipos de golpes y fintas, alienígenas para los profanos como servidor, es menos disfrutable).

Curtis nos habla del Japón de mediados de los 70 como un lugar claramente mediatizado por las empresas europeas y norteamericanas, en donde los ejecutivos nacionales conducen vehículos europeos de primera, en lugar de sus Toyotas y Hondas. Es un país avanzado e idealizado, y Curtis nos da un paseo por barrios y avenidas de Tokyo y Kyoto, tirando, sin duda, de mapas y guías.

Lo que, a título personal, ha llamado mi atención, es lo siguiente: Curtis debió de escribir esta novela con su habitual apresuramiento (en el mes de abril de 1974, tengo contabilizadas hasta siete novelas publicadas por Juan Gallardo), que sorprendentemente no daba lugar a errores, confusiones y cabos sueltos. Pero creo que esta vez lo hizo tan rápido que la novela, por una vez, se le quedó corta: la historia queda cerrada y bien cerrada en torno a la página 88 u 89; el resto, hasta la 96, es relleno puro y duro. Éste es un hecho insólito, tal y como sabrán los lectores de bolsilibros, pues lo normal es lo contrario: un final de dos párrafos que se notan recortados para cuadrar la paginación. Sin embargo, aquí es al revés, y Curtis no nos relató el banquete de bodas y los momentos íntimos en el tálamo nupcial por pudor, supongo. Pero si hubiera querido, lo habría podido hacer.

***

En realidad, poco más se puede decir de esta entretenida (y ya) novelita de a duro, salvo que es la segunda (o la tercera, si contamos En el Oeste hay dragones) en la que utilizó como tema y trasfondo las artes marciales: la primera (o segunda) fue Kárate contra Kung-Fu, publicada en Servicio Secreto nº1275, cuatro meses antes de que apareciera nuestro Dragones del karate; hay reseña del amigo Carlos Díaz Maroto, que nos indica que aquella novela es mejor que la presente. Luego vendrían los Tres Dragones de Oro (1977-1978), policiales como La noche del samurai y fantacientíficos como Samurai, siglo XXI... Pero esas son otras historias, de las que daremos cuenta en el momento oportuno.

Mientras tanto, seguiremos meneando el cedazo en busca de las pepitas de oro y procuraremos no olvidar por completo el material menos extraordinario.

 



lunes, 19 de agosto de 2024

La fría piel de la muerte (Punto Rojo nº1007, 1981), de Donald Curtis

Punto Rojo nº1007, agosto de 1981. Ilustración de Miguel García.

 

18 de agosto de 2024

 

Parte I: Un fárrago bibliográfico

Un pequeño misterio para empezar: ¿Por qué La fría piel de la muerte (Punto Rojo nº1.007, agosto de 1981) apareció firmada por Donald Curtis, y no por Curtis Garland? La pregunta no es baladí, pues desde el nº70 de esta colección, Trópico ardiente (1963) Donald Curtis no había asomado la nariz. De hecho, Juan Gallardo Muñoz (que como todos deberíamos saber es Donald Curtis y Curtis Garland, entre otros muchos autores) sólo reapareció, ya como Curtis Garland, en el nº461, Trampa para un muerto (febrero de 1971). Transcurrieron otras 61 novelitas de Curtis Garland hasta que se publicó este La fría piel de la muerte, que nos trae aquí de vuelta a Donald Curtis en el contexto del relato criminal. ¿Fue un capricho del autor, del editor...? Sin duda, no es un error de la imprenta (aunque esta novela está plagada de erratas, como veremos después). ¿Cuál puede ser la explicación a este enigma? Se nos ocurren algunas, pero ninguna definitiva: quizá era una novela antigua (inédita, pues no la hemos encontrado en otra parte) traspapelada y perdida, que Juan Gallardo presentó con su viejo alias, el primero que utilizó en el mundo de los bolsilibros. No obstante, por la forma y el estilo en que Curtis se adentra en esta novela, así como algunos detalles más o menos lúbricos, no diríamos que es una novela en verdad "vieja". Más bien, tenemos la sensación de que algo o alguien sugirió a Gallardo que sería buena idea dejar descansar a Curtis Garland y dejarle hueco a Donald Curtis. Quizá fuera el editor, quizá el mismo Juan Gallardo. En fin, mantengamos en mente la fecha de agosto de 1981 y veamos algunos de los áridos pormenores de tipo editorial:

Durante la larguísima etapa de Juan Gallardo en Bruguera, el pseudónimo de Donald Curtis, que es con el que publicó por primera vez una novela en 1953 (La muerte elije [sic], en la colección Detective, precisamente de Bruguera), y con el que firmó durante sus primeros años profesionales historias de todo tipo (sobre todo novela negra y del Oeste), quedó relegado a los muchos westerns que escribió para las diversas colecciones de la editorial bacelonesa... salvo unas pocas excepciones. Donald Curtis había publicado un montón de novelas negras en la colección Servicio Secreto durante la década de 1950 y los primeros años de 1960, así como una legión de westerns. Al mismo tiempo, con el nombre de Johnny Garland, trabajaba para Toray escribiendo ciencia ficción e historias bélicas. Donald Curtis llegó a aparecer en los albores de la colección Punto Rojo de Bruguera, con apenas cinco o seis novelas. Desde 1961 hasta 1970, Juan Gallardo trabajaría casi en exclusiva para Toray y Rollán; sus colaboraciones de ese período con Bruguera son puramente testimoniales.

Por lo que hemos podido deducir de nuestros listados, cronologías y bibliografía, Juan Gallardo creó a Curtis Garland en 1964 para la prestigiosa colección de novelas largas Murder Club, de Rollán, y la primera aparición de esta firma fue con Blues en negro (Murder Club nº3)... aunque cabe la posibilidad de que esta novela negra apareciera al mismo tiempo que Gatillo, publicada en el nº3 de Western Club, colección gemela de la citadas Murder Club, pero dedicada al Oeste. No dispongo de los meses de publicación, que seguramente estén consignados en las páginas de créditos, pues no tengo ejemplares de estas obras. Una de esas dos, o ambas, es la primera novela de Curtis Garland.

 

Murder Club nº3, Ed. Rollán, 1964.



El pseudónimo de Curtis Garland apareció exclusivamente en la madrileña Rollán hasta 1969, y colaboró en las colecciones citadas, y también en las dos colecciones de bolsilibros y libros dedicados al FBI (la veteranísima FBI; FBI Club, de novelas largas; y Los Federales, que se convertiría en Agente Federal), y en la magnífica Los Intocables, dedicada a la guerra contra el hampa en los Estados Unidos durante el período de la Ley Seca. Fue durante este tiempo que Curtis Garland creó al personaje de Brian Kervin, agente M-31, una suerte de súper James Bond al que Juan Gallardo pasearía por diversas editoriales en una relativamente extensa serie que incluía novelas largas, novelas cortas e incluso relatos breves.

En 1970, Curtis Garland desaparece por completo del panorama editorial: Juan Gallardo publica alrededor de 57 títulos ese año, incluidas sus tres colaboraciones como Lester Maddox en la serie Bang: Agente 000, de Editorial Ferma, y cinco novelas más bien largas, en la colección de ciencia ficción Nova Club, de Rollán, firmadas por Addison Starr.

En enero de 1971, con la publicación de la novela Yo, Lázaro en La Conquista del Espacio de Editorial Bruguera, Curtis Garland regresa para quedarse, y marca el inicio de la etapa más conocida del trabajo de Juan Gallardo. En ese año de 1971, Gallardo publicaría 96 novelas, a caballo entre Bruguera y Rollán: mantuvo tan ocupados a Donald Curtis y a Curtis Garland, que incluso tuvo que firmar un puñado de obras con los pseudónimos de Glenn Forrester, Kent Davis y Walt Sheridan.

 

La obra que marcó la llegada de Curtis Garland a Bruguera, en enero de 1971.


 

Desde entonces, y hasta el cierre de Bruguera, Curtis Garland escribió cientos de buenas historias de terror, ciencia ficción, serie negra y aventuras para la editorial, mientras que, como decíamos más arriba, Donald Curtis se consagraba al western.

Y es aquí cuando regresamos a agosto de 1981, y a las excepciones. Si en la fecha indicada publicó La fría piel de la muerte en Punto Rojo, encontramos también que Asesinatos en el Soho de Donald Curtis aparece en Selección Terror nº451 (octubre de 1981), seguidos en la colección por Hollywood, Horror Show (nº460; diciembre de 1981) y El ritual de la sangre (nº466; febrero de 1982), todos de Donald Curtis. Regreso a Nova se publica en La Conquista del Espacio nº595 (enero de 1982), y es la única novela de Donald Curtis publicada en la mítica colección de ciencia ficción. Por último, La novia en el ataúd, bolsilibro doble, aparece en Selección Terror Extra nº1 (junio de 1982), y es una novela de Donald Curtis.

 






 

En mi opinión, en la segunda mitad de 1981, tuvo lugar el "experimento" (por llamarlo de algún modo) de introducir a Donald Curtis fuera del territorio western. Es probable que no se produjera cambio alguno en las ventas, si es que eso es lo que perseguía Juan Gallardo. La novia en el ataúd debía estar escrita ya en 1981, pues es de suponer que el proyecto de Selección Terror Extra, con bolsilibros de doble extensión, estuviera planeado por Bruguera desde entonces.

Todo este fárrago bibliográfico, admitámoslo, no nos lleva a ninguna parte, pero a mí me divierte especular sobre datos fidedignos, por mucho que no tengan que ver con La fría piel de la muerte más que de una manera circunstancial.

Y una nota más, para los expertos: Donald Curtis tuvo dos apariciones estelares finales después del "experimento": se trata de dos reediciones de novelas aparecidas en Servicio Secreto, en 1958. Una de ellas es ¡Bésame, muerte!, en Servicio Secreto nº1787, febrero de 1985; la otra, Siniestra espiral, en Punto Rojo nº1183, de mayo de 1985. Eran los estertores de Bruguera, que había cambiado levemente el formato de bolsilibro por el de "bolsilibro alargado" (más alto que el bolsilibro estándar), y ya no podía pagar a sus colaboradores, a los que adeudaba una pastizal... de modo que, sibilinamente, tiró de fondo antiguo.

 

Una reedición de febrero de 1985. Es el último título de Juan Gallardo en la colección Servicio Secreto.


 

Otra reedición, de mayo de 1985, que concluye la colaboración de Juan Gallardo en Punto Rojo.


El canto de cisne de Donald Curtis en Bruguera fueron esas dos reediciones, y cuatro o cinco novelas del Oeste que aparecieron entre 1985 y 1986.

Por entonces, el futuro era el final, y se llamaba Editorial Astri. Y esa, amigos, es otra historia... de terror.

***

Parte II: Sobre La fría piel de la muerte

Es ésta una novela correcta, tirando a floja, del maestro Juan Gallardo, en la que no ayuda en absoluto el cúmulo de erratas tipográficas: se diría que el cajista de la imprenta de Bruguera se quedó sin letras "e" minúsculas, y se dedicó a sustituirlas por letras "a". Hay incluso un par de páginas con la tinta desvaída, y la penúltima página está en blanco... aunque la última contiene el final de la historia. (No faltan páginas; es que la edición fue una chapuza. Al menos, en mi ejemplar).

El argumento gira en torno a Ross Garfield, autodefinido como "self-made man" americano, que entra a trabajar como jefe de ventas, por todo lo alto, en la empresa Bacharah and Bacharah, dedicada nada menos que a la gestión de pompas fúnebres de lujo. Una de las características de esta empresa es que la mayor parte de su plantilla, al menos la que se encuentra cara al público, está conformada por rubias platino exhuberantes, ataviadas como azafatas aéreas (en Latinoamérica se usa el término "aeromozas", que en España no se conoce, y que es especialmente brillante), hasta el punto de que Garfield piensa que las fabrican allí mismo. Los Bacharah son dos hermanos; uno de ellos, el cerebro, está condenado a vivir en una silla de ruedas; el otro es el que pasa por la oficina para ejercer como director. Como es lógico, el hermano lisiado tiene una jovencísima y bellísima esposa, Sharon, que si el lector conoce las descripciones de Garland, reconocerá inmediatamente como la gran belleza insuperable, turgente, etc.

Hasta aquí, todo bien.

El asunto es que, en el primer día de trabajo de Garfield, llega de visita una señora que desea ver a su hijo. Y su hijo... bueno está muerto, pero no. Pero sí. Pero quién sabe. Porque Bacharah and Bacharah presta un servicio de crionización (que yo siempre he llamado criogenización, y la RAE me da la razón por una vez), y los parientes pueden visitar a sus no-muertos un par de veces al año. Y la señora esta, por alguna loca razón, se echa sobre el tubo abierto donde se encuentra el cuerpo congelado, envuelto en "papel metálico" (¡es papel Albal, nada menos!), y resulta que bajo esa capa no está su hijo, sino una mujer de enormes pechos... también no-cadáver, por supuesto. Se organiza un escándalo, la señora sale a la calle huyendo y gritando sapos, culebras y demandas judiciales por la boca... con tan mala suerte que uno de los furgones de Bacharah and Bacharah la atropella a base de bien, para que no haya duda de que la señora ha muerto.

Todo esto, claro, mosquea mucho a Ross Garfield. ¿Qué clase de empresa es esta, que confunde a dos no-muertos? Y ¿no es demasiado conveniente que muera la mujer que iba a destapar un escándalo? Y ¿no es un poco raro que la turgente esposa del jefazo en silla de ruedas se presente en casa de Garfield, en mitad de la noche, para pedirle, no, para rogarle que le haga el amor?

Bien, pues ni con estos elementos consigue Donald Curtis ofrecernos el ritmo frenético que merece la historia, la risotada ante tal incorrección política, o hacernos dudar de si el villano de la historia es este o aquel... porque no importa un carajo.

Cabe la posibilidad de que la lectura de la novelita me haya pillado en mal momento, pero en lo que a mí respecta, resulta fallida. Y no porque todo esté cogido por los pelos, sino por lo que apunto arriba: cierta falta de ritmo impropia de Juan Gallardo.

En fin: está claro que, al que cuece y amasa, de todo le pasa. Y un autor con casi dos mil obras, bien puede tener alguna que nos parezca floja. No todo va a ser clásicos inmortales, qué demonios.

(Ahora bien: de lo que no hay duda es de que, por flojo que resulte en alguna obra, Curtis es adictivo. Voy a por otra suya de cabeza. Pero ya).