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sábado, 24 de agosto de 2024

Edición de muerte (Agente Federal nº241; 1971), de Donald Curtis: una especulación bien fundada

Edición de muerte (1971): ¿una aventura hasta ahora desconocida de Brian Kervin?


 

24 de agosto de 2024

La investigación de la obra de Juan Gallardo Muñoz no deja de depararnos nuevas informaciones y sorpresas, incluso cuando la realizamos de forma superficial.

Tomemos, como ejemplo, la cubierta que reproducimos arriba: la he visto por primera vez hace apenas una hora, en la web de ventas Todocoleccion.net, la he examinado mínimamente, y me he percatado al instante de la frase en inglés, entrecortada, que aparece en portada: "M-31 and the Monster from Prehistory". Especulemos:

Sospecho que ese era el título que Juan Gallardo propuso inicialmente para Edición de muerte (Agente Federal nº241; 1971; hay reedición FBI Selecciones nº642; Rollán, 1974): M-31 y el monstruo prehistórico.

Para empezar, estamos casi con total seguridad ante una historia de Brian Kervin, Agente M-31, que no figura en nuestros listados de aventuras del James Bond de Juan Gallardo, un personaje sobre el que escribió no menos de 22 historias, entre novelas largas, cortas y relatos. Su primera aparición tuvo lugar en la novela Dedos de plata (FBI Club nº1, Rollán, 1965) de Curtis Garland; la última documentada fue la tardía La isla de los espías (Servicio Secreto nº1754; Bruguera, abril de 1984), también de Curtis Garland. Tan tardía que no se puede descartar que este finale de Kervin no sea, en realidad, una reedición de alguna de las viejas aventuras de M-31.

 



 

Digo que "no se puede descartar" porque, en el "apartado M-31" de los estudios curtisianos, no tengo noticia fehaciente de nadie que se haya leído todas las aventuras conocidas de Brian Kervin. Yo no lo he hecho y, por supuesto, ni tengo ni he leído Edición de muerte, que habremos de sumar a la serie, repetimos, casi con total seguridad.

Los listados de la serie los van haciendo los aficionados curtisólogos a golpe de lectura, y la información pasa de unos a otros por vasos comunicantes virtuales. Ahora mismo, en línea, encontramos el listado que realizó Alberto Sánchez Chaves en abril de 2016, en La Memoria del Bolsilibro; y el de Carlos Díaz Maroto, en diciembre de 2016, en Universo Bolsilibro. (Al margen, están los títulos de la serie fichados en La Tercera Fundación, que toma como fuentes los listados anteriores y las aportaciones más actuales).

Emprender una reedición cronológica de las aventuras del súper agente Brian Kervin constituye un riesgo claro de no hacer un buen trabajo, de dejar algún título fuera de esta hipotética nueva edición.

Al margen, me había planteado al comenzar estas líneas la posibilidad de especular sobre el sugerente contenido de esta novela: M-31 y un monstruo prehistórico sugiere un Scooby Doo del tamaño de MechaGodzilla, pero también un viaje en el tiempo, experimentos nucleares en el fondo de los océanos, el Lago Ness, "La sirena del faro" de Ray Bradbury, o cualquier cosa imaginable. Pero finalmente, optaré por tener paciencia hasta que Edición de muerte (¿una trama sobre un libro maldito o prohibido... pero con monstruos prehistóricos? ¡Qué disparate tan maravilloso!) caiga en mis manos y pueda leerla y saber y opinar de primera mano.

Y un último pensamiento: James Bond, que yo sepa, nunca se enfrentó a un dinosaurio. Brian Kervin, al parecer, sí. Qué grande era Curtis, y cuántas alegrías nos da a sus lectores.

 

"La sirena del faro" de Ray Bradbury (1951).

lunes, 19 de agosto de 2024

La fría piel de la muerte (Punto Rojo nº1007, 1981), de Donald Curtis

Punto Rojo nº1007, agosto de 1981. Ilustración de Miguel García.

 

18 de agosto de 2024

 

Parte I: Un fárrago bibliográfico

Un pequeño misterio para empezar: ¿Por qué La fría piel de la muerte (Punto Rojo nº1.007, agosto de 1981) apareció firmada por Donald Curtis, y no por Curtis Garland? La pregunta no es baladí, pues desde el nº70 de esta colección, Trópico ardiente (1963) Donald Curtis no había asomado la nariz. De hecho, Juan Gallardo Muñoz (que como todos deberíamos saber es Donald Curtis y Curtis Garland, entre otros muchos autores) sólo reapareció, ya como Curtis Garland, en el nº461, Trampa para un muerto (febrero de 1971). Transcurrieron otras 61 novelitas de Curtis Garland hasta que se publicó este La fría piel de la muerte, que nos trae aquí de vuelta a Donald Curtis en el contexto del relato criminal. ¿Fue un capricho del autor, del editor...? Sin duda, no es un error de la imprenta (aunque esta novela está plagada de erratas, como veremos después). ¿Cuál puede ser la explicación a este enigma? Se nos ocurren algunas, pero ninguna definitiva: quizá era una novela antigua (inédita, pues no la hemos encontrado en otra parte) traspapelada y perdida, que Juan Gallardo presentó con su viejo alias, el primero que utilizó en el mundo de los bolsilibros. No obstante, por la forma y el estilo en que Curtis se adentra en esta novela, así como algunos detalles más o menos lúbricos, no diríamos que es una novela en verdad "vieja". Más bien, tenemos la sensación de que algo o alguien sugirió a Gallardo que sería buena idea dejar descansar a Curtis Garland y dejarle hueco a Donald Curtis. Quizá fuera el editor, quizá el mismo Juan Gallardo. En fin, mantengamos en mente la fecha de agosto de 1981 y veamos algunos de los áridos pormenores de tipo editorial:

Durante la larguísima etapa de Juan Gallardo en Bruguera, el pseudónimo de Donald Curtis, que es con el que publicó por primera vez una novela en 1953 (La muerte elije [sic], en la colección Detective, precisamente de Bruguera), y con el que firmó durante sus primeros años profesionales historias de todo tipo (sobre todo novela negra y del Oeste), quedó relegado a los muchos westerns que escribió para las diversas colecciones de la editorial bacelonesa... salvo unas pocas excepciones. Donald Curtis había publicado un montón de novelas negras en la colección Servicio Secreto durante la década de 1950 y los primeros años de 1960, así como una legión de westerns. Al mismo tiempo, con el nombre de Johnny Garland, trabajaba para Toray escribiendo ciencia ficción e historias bélicas. Donald Curtis llegó a aparecer en los albores de la colección Punto Rojo de Bruguera, con apenas cinco o seis novelas. Desde 1961 hasta 1970, Juan Gallardo trabajaría casi en exclusiva para Toray y Rollán; sus colaboraciones de ese período con Bruguera son puramente testimoniales.

Por lo que hemos podido deducir de nuestros listados, cronologías y bibliografía, Juan Gallardo creó a Curtis Garland en 1964 para la prestigiosa colección de novelas largas Murder Club, de Rollán, y la primera aparición de esta firma fue con Blues en negro (Murder Club nº3)... aunque cabe la posibilidad de que esta novela negra apareciera al mismo tiempo que Gatillo, publicada en el nº3 de Western Club, colección gemela de la citadas Murder Club, pero dedicada al Oeste. No dispongo de los meses de publicación, que seguramente estén consignados en las páginas de créditos, pues no tengo ejemplares de estas obras. Una de esas dos, o ambas, es la primera novela de Curtis Garland.

 

Murder Club nº3, Ed. Rollán, 1964.



El pseudónimo de Curtis Garland apareció exclusivamente en la madrileña Rollán hasta 1969, y colaboró en las colecciones citadas, y también en las dos colecciones de bolsilibros y libros dedicados al FBI (la veteranísima FBI; FBI Club, de novelas largas; y Los Federales, que se convertiría en Agente Federal), y en la magnífica Los Intocables, dedicada a la guerra contra el hampa en los Estados Unidos durante el período de la Ley Seca. Fue durante este tiempo que Curtis Garland creó al personaje de Brian Kervin, agente M-31, una suerte de súper James Bond al que Juan Gallardo pasearía por diversas editoriales en una relativamente extensa serie que incluía novelas largas, novelas cortas e incluso relatos breves.

En 1970, Curtis Garland desaparece por completo del panorama editorial: Juan Gallardo publica alrededor de 57 títulos ese año, incluidas sus tres colaboraciones como Lester Maddox en la serie Bang: Agente 000, de Editorial Ferma, y cinco novelas más bien largas, en la colección de ciencia ficción Nova Club, de Rollán, firmadas por Addison Starr.

En enero de 1971, con la publicación de la novela Yo, Lázaro en La Conquista del Espacio de Editorial Bruguera, Curtis Garland regresa para quedarse, y marca el inicio de la etapa más conocida del trabajo de Juan Gallardo. En ese año de 1971, Gallardo publicaría 96 novelas, a caballo entre Bruguera y Rollán: mantuvo tan ocupados a Donald Curtis y a Curtis Garland, que incluso tuvo que firmar un puñado de obras con los pseudónimos de Glenn Forrester, Kent Davis y Walt Sheridan.

 

La obra que marcó la llegada de Curtis Garland a Bruguera, en enero de 1971.


 

Desde entonces, y hasta el cierre de Bruguera, Curtis Garland escribió cientos de buenas historias de terror, ciencia ficción, serie negra y aventuras para la editorial, mientras que, como decíamos más arriba, Donald Curtis se consagraba al western.

Y es aquí cuando regresamos a agosto de 1981, y a las excepciones. Si en la fecha indicada publicó La fría piel de la muerte en Punto Rojo, encontramos también que Asesinatos en el Soho de Donald Curtis aparece en Selección Terror nº451 (octubre de 1981), seguidos en la colección por Hollywood, Horror Show (nº460; diciembre de 1981) y El ritual de la sangre (nº466; febrero de 1982), todos de Donald Curtis. Regreso a Nova se publica en La Conquista del Espacio nº595 (enero de 1982), y es la única novela de Donald Curtis publicada en la mítica colección de ciencia ficción. Por último, La novia en el ataúd, bolsilibro doble, aparece en Selección Terror Extra nº1 (junio de 1982), y es una novela de Donald Curtis.

 






 

En mi opinión, en la segunda mitad de 1981, tuvo lugar el "experimento" (por llamarlo de algún modo) de introducir a Donald Curtis fuera del territorio western. Es probable que no se produjera cambio alguno en las ventas, si es que eso es lo que perseguía Juan Gallardo. La novia en el ataúd debía estar escrita ya en 1981, pues es de suponer que el proyecto de Selección Terror Extra, con bolsilibros de doble extensión, estuviera planeado por Bruguera desde entonces.

Todo este fárrago bibliográfico, admitámoslo, no nos lleva a ninguna parte, pero a mí me divierte especular sobre datos fidedignos, por mucho que no tengan que ver con La fría piel de la muerte más que de una manera circunstancial.

Y una nota más, para los expertos: Donald Curtis tuvo dos apariciones estelares finales después del "experimento": se trata de dos reediciones de novelas aparecidas en Servicio Secreto, en 1958. Una de ellas es ¡Bésame, muerte!, en Servicio Secreto nº1787, febrero de 1985; la otra, Siniestra espiral, en Punto Rojo nº1183, de mayo de 1985. Eran los estertores de Bruguera, que había cambiado levemente el formato de bolsilibro por el de "bolsilibro alargado" (más alto que el bolsilibro estándar), y ya no podía pagar a sus colaboradores, a los que adeudaba una pastizal... de modo que, sibilinamente, tiró de fondo antiguo.

 

Una reedición de febrero de 1985. Es el último título de Juan Gallardo en la colección Servicio Secreto.


 

Otra reedición, de mayo de 1985, que concluye la colaboración de Juan Gallardo en Punto Rojo.


El canto de cisne de Donald Curtis en Bruguera fueron esas dos reediciones, y cuatro o cinco novelas del Oeste que aparecieron entre 1985 y 1986.

Por entonces, el futuro era el final, y se llamaba Editorial Astri. Y esa, amigos, es otra historia... de terror.

***

Parte II: Sobre La fría piel de la muerte

Es ésta una novela correcta, tirando a floja, del maestro Juan Gallardo, en la que no ayuda en absoluto el cúmulo de erratas tipográficas: se diría que el cajista de la imprenta de Bruguera se quedó sin letras "e" minúsculas, y se dedicó a sustituirlas por letras "a". Hay incluso un par de páginas con la tinta desvaída, y la penúltima página está en blanco... aunque la última contiene el final de la historia. (No faltan páginas; es que la edición fue una chapuza. Al menos, en mi ejemplar).

El argumento gira en torno a Ross Garfield, autodefinido como "self-made man" americano, que entra a trabajar como jefe de ventas, por todo lo alto, en la empresa Bacharah and Bacharah, dedicada nada menos que a la gestión de pompas fúnebres de lujo. Una de las características de esta empresa es que la mayor parte de su plantilla, al menos la que se encuentra cara al público, está conformada por rubias platino exhuberantes, ataviadas como azafatas aéreas (en Latinoamérica se usa el término "aeromozas", que en España no se conoce, y que es especialmente brillante), hasta el punto de que Garfield piensa que las fabrican allí mismo. Los Bacharah son dos hermanos; uno de ellos, el cerebro, está condenado a vivir en una silla de ruedas; el otro es el que pasa por la oficina para ejercer como director. Como es lógico, el hermano lisiado tiene una jovencísima y bellísima esposa, Sharon, que si el lector conoce las descripciones de Garland, reconocerá inmediatamente como la gran belleza insuperable, turgente, etc.

Hasta aquí, todo bien.

El asunto es que, en el primer día de trabajo de Garfield, llega de visita una señora que desea ver a su hijo. Y su hijo... bueno está muerto, pero no. Pero sí. Pero quién sabe. Porque Bacharah and Bacharah presta un servicio de crionización (que yo siempre he llamado criogenización, y la RAE me da la razón por una vez), y los parientes pueden visitar a sus no-muertos un par de veces al año. Y la señora esta, por alguna loca razón, se echa sobre el tubo abierto donde se encuentra el cuerpo congelado, envuelto en "papel metálico" (¡es papel Albal, nada menos!), y resulta que bajo esa capa no está su hijo, sino una mujer de enormes pechos... también no-cadáver, por supuesto. Se organiza un escándalo, la señora sale a la calle huyendo y gritando sapos, culebras y demandas judiciales por la boca... con tan mala suerte que uno de los furgones de Bacharah and Bacharah la atropella a base de bien, para que no haya duda de que la señora ha muerto.

Todo esto, claro, mosquea mucho a Ross Garfield. ¿Qué clase de empresa es esta, que confunde a dos no-muertos? Y ¿no es demasiado conveniente que muera la mujer que iba a destapar un escándalo? Y ¿no es un poco raro que la turgente esposa del jefazo en silla de ruedas se presente en casa de Garfield, en mitad de la noche, para pedirle, no, para rogarle que le haga el amor?

Bien, pues ni con estos elementos consigue Donald Curtis ofrecernos el ritmo frenético que merece la historia, la risotada ante tal incorrección política, o hacernos dudar de si el villano de la historia es este o aquel... porque no importa un carajo.

Cabe la posibilidad de que la lectura de la novelita me haya pillado en mal momento, pero en lo que a mí respecta, resulta fallida. Y no porque todo esté cogido por los pelos, sino por lo que apunto arriba: cierta falta de ritmo impropia de Juan Gallardo.

En fin: está claro que, al que cuece y amasa, de todo le pasa. Y un autor con casi dos mil obras, bien puede tener alguna que nos parezca floja. No todo va a ser clásicos inmortales, qué demonios.

(Ahora bien: de lo que no hay duda es de que, por flojo que resulte en alguna obra, Curtis es adictivo. Voy a por otra suya de cabeza. Pero ya).

miércoles, 31 de julio de 2024

El exquisito placer de leer una novela de a duro


 

29 de mayo de 2024

Son pequeñas, pero no tanto como los minilibros de la vieja colección Pulga o los famosos "crisolines" de Aguilar. Tienen un tamaño menor que los Bruguera Libro Amigo o las viejas ediciones en rústica de Alianza Editorial, con maravillosas cubiertas de Daniel Gil.

 

Ejemplares de la colección Pulga.


Crisolines de diversos tamaños. Los normales son los grandotes.

Bruguera Libro Amigo.


Una cubierta de Daniel Gil para Alianza, perfectamente distinguible del resto de portadas de la época.


El formato es de 15 centímetros de altura por unos 10,5 de anchura, aproximadamente. Tienen, por regla general, entre 96 y 128 páginas, aunque hay excepciones. Están encuadernados en rústica, pegados a la americana, si bien en sus primeros tiempos estaban formados por cuadernillos cosidos y luego encolados a una cubierta impresa a todo color en un papel mucho más frágil y quebradizo que las gruesas páginas de papel reciclado, de pulpa, en donde a veces encontramos una virutilla de madera que, debidamente extirpada con la uña del dedo índice, se lleva consigo una o dos letras del texto.

 


 

Aunque no es una norma fija, lo habitual es que estas novelitas estén repletas de huellas; tantas que, en manos de Sherlock Holmes, obtendríamos información sobre docenas de personas distintas que, como los cavernícolas de antaño o los grafiteros de hoy, han querido dejar su firma para la posteridad. Esa firma puede ser un nombre o un apellido, pero también un símbolo o una marca personal (como la Z del Zorro), e infinidad de involuntarias y descuidadas manchas de aceite, grasa, margarina, aceite, sangre y otras secreciones, e incluso fragmentos de pan, de algún embutido, de chocolate. Está la lista de la compra, la suma de una serie de gastos previstos y presupuestos varios (reparación de coche, lavadora, televisión...), números de teléfono sin prefijo ("Anselmo aparejador" seguido de seis números), críticas del lector ("el autor es un enfermo", "muy buena", "repugnante", "mala", etc.), mensajes obscenos y chistes gráficos improvisados. Muchas veces encontraremos objetos que han servido como marcapáginas: un billete de metro o de autobús, un pedazo de periódico, un cordelito, ¡una fotografía de carné!... Y luego están los sellos en tinta azul, roja, negra, verde, de los establecimientos por donde han pasado y se han intercambiado por otros ejemplares a cambio de una minucia sólo expresable en pesetas: desde la tienda de ultramarinos del más humilde pueblo de Extremadura al kiosco de la Ramblas de Barcelona, papelerías de Madrid, Murcia y Alicante... hasta podemos encontrar sellos modernos, del siglo XXI, correspondientes a librerías "solidarias" que recuperan y "liberan" viejos libros a cambio de "una mísera donación".

 


 

Encontrar una novela de a duro que esté como nueva "no es imposible, sólo muy difícil", que dijo el Dr. Clark Savage, Jr. en cierta ocasión. Lo normal es que, junto a las huellas citadas, hallemos mutilaciones internas y externas: las páginas de título de colección y cortesía se solían reciclar para arreglar ejemplares muy estropeados, reencuadernados artesanalmente por papeleros y libreros ociosos, armados con grapadora y celofán (esa ácida bestia negra de los restauradores de libros). Quizá los peores ejemplares sean los que se han restaurado con pegamento Supergén, esa corrosiva pasta marrón, incómoda, que con el paso de  los años se fragmenta y se desprende, llevándose consigo pedazos de papel.

 

Uno de los principales asesinos de bolsilibros: el Supergén.


¡Qué frustrante puede ser el pasar la página 57 y ver que, tras la 58, va la 61! Y el mayor de los traumas: ¡la mutilación de la página final, donde se resolvía en conflicto en apenas unas líneas apresuradas! En cuanto a las mutilaciones externas, obviamente, estamos hablando de las cubiertas, que en ocasiones brillan por su ausencia. Y mejor no hablar demasiado de la solución de algunos a este problema: sustituir las tapas ausentes por las de otra novela cualesquiera que haya perdido la tripa. Eso sucede con "mi ejemplar" (por llamarlo de algún modo) de la mítica Rancho Drácula (1960) de Silver Kane, que heredé de mi padre: la cubierta está ahí, perfectamente visible, pero en el interior hay un viejo western del gran Keith Luger. Bien... pero no es lo mismo que tener Rancho Drácula en su edición original.

 

Mi pobre ejemplar de Rancho Drácula.

Estas publicaciones han tenido varias denominaciones y, hoy, la más extendida es la de "bolsilibro". Personalmente, yo siempre he preferido "novela de a duro", pues el término "bolsilibro" se presta a confusión con cualquier otro tipo de libro en (supuesto) formato de bolsillo. La novela de a duro, que tan sólo durante un corto espacio de tiempo costó un duro (es decir, una moneda de cinco pesetas), se convirtió en una institución y en una forma de entender la edición y el consumo de la literatura popular en España. El formato de novela de a duro sustituyó al anterior formato de revista pequeña, que no era otro sino el de las revistas pulp de Estados Unidos, quizá un poco reducido. La extensión de aquel antiguo formato, donde vieron la luz personajes como El Coyote de José Mallorquí, El Pirata Negro de Arnaldo Visconti, El Encapuchado de Guillermo López Hipkiss, El Corsario Azul de J. León, los españolísimos Nuevos Héroes de Hombres Audades de Editorial Molino, y tantos y tantos otros, era prácticamente la misma que las de las posteriores novelas de a duro. (Salvando, repito, excepciones): algo más de 25.000 palabras.

¿Qué interés pueden tener para el lector del siglo XXI estas obras calificadas como subliteratura por varias generaciones de investigadores académicos? ¿Cómo puede aproximarse alguien hoy a estas noveluchas infraliterarias sin ponerse guantes de látex y una mascarilla? ¿No sería conveniente rociarlas con gel hidroalcohólico? ¿Cuántos gérmenes, cuántos bacilos inmundos han vivido y crecido entre sus polvorientas páginas? Y ¿quedará vivo alguno de esos peligrosos bichos mutantes, pervivientes cual medusa inmortal o monstruo lovecraftiano? ¿Qué atención merecen historias que llevan títulos como Un hombre llamado samurai, Un camión lleno de calamares, La succión de las mujeres-vampiro, El asesino toca la zambomba, El secreto de los yetis, El tanque fantasma, Idilio al anochecer, Diablos en la ionosfera, De soldado a general, Hombres de goma, ¡Mata, espíritu de muerte!, Toque de degüello, Vampiros en Tolar, Medio kilo y una pipa...? Por necesidad, tienen que ser y son historias escritas a toda velocidad, sin más corrección posterior que la del linotipista de la imprenta. Y por si esto fuera poco, por si la limitación de espacio no fuera suficiente, las novelas de a duro estaban fuertemente condicionadas por la censura y por las líneas editoriales, que exigían matrimonios para el héroe y finales felices.

 

No nos la hemos inventado. Existe. Y una especie de Ernest Borgnine está en la portada.


¿A quién le puede interesar esto, cuando cada semana tenemos flamantes novedades editoriales salidas de plumas insignes, avaladas por sellos veteranísimos, junto a miríadas de libros autoeditados, coeditados, subeditados, infraeditados por profesionales y aficionados (indistinguibles por sus nombres, todo sea dicho de paso)? ¿Por qué mancharse los dedos de polvo y forzar la vista con una novela de a duro cuando tenemos a nuestro alcance, y a precios muy competitivos, tantísimas nuevas obras de todo género y condición imaginable, e incluso versiones debidamente expurgadas para evitar que nos sintamos ofendidos? (Porque, y de eso hemos preferido no hablar, la censura de las novelas de a duro no es la misma que la censura de hoy: si antes los protagonistas estaban condenados al matrimonio, también es verdad que las mujeres eran víctimas propiciatorias también condenadas al matrimonio; las personas de otras nacionalidades y razas podían recibir un trato humillante; y las identidades sexuales diversas, cuando hacían su aparición, no recibían demasiada comprensión, pues los personajes heterosexuales pertenecían a un colectivo mayoritario que detestaba las sexualidades e identidades distintas).

 




***

La primera aproximación es, inevitablemente, visual y táctil: ya sean los lomos con sus títulos (algunos ilegibles, desgastados o arrancados), o las portadas (algunas brillantes óleos ejecutados por maestros; otras, toscas y kitsch, como dibujadas mal a conciencia o quizá por un niño; muchas, robadas de fotogramas de películas, con actores y monstruos célebres reinterpretados y recontextualizados para la ocasión; técnicas mixtas que mezclan acrílico y collage; trabajos rápidos y mal pagados). Sobre unos y otras se deslizan los ojos y los dedos con cierta suavidad y, a veces, un poco de aprensión por el inmediato pensamiento de las otras muchas manos que habrán hecho exactamente lo mismo: tocar. Manos sucias de albañil que lee mientras defeca en un rincón de la obra; manos de un niño de doce años que, una tarde de verano, pasa las páginas mientras se rasca el cerebro a través de la nariz; manos de portero que acaba de orinar y se ha olvidado de lavarse porque quiere regresar a la historia y llegar al final antes de que termine su turno; manos de soldado en su garita; manos de carpintero, de fontanero, de escayolista, de acerero, de pescador, de frutero, de abogado, de funcionario de prisiones, de preso, de ladrón de baja estofa, de yonqui, de secretaria, de ama de casa, de maestro que ha sustraido la novela a un alumno, de dama de la calle que gusta de leer finales felices y muy románticos...

 



Luego están los autores, o más bien, los nombres falsos con que publicaban los autores, nombres que, en algunos casos, se convertían en personajes y, en otras ocasiones, en personas de carne y hueso. Muchos de los que conocieron a Juan Gallardo Muñoz en persona, en realidad estuvieron con Curtis Garland. Silver Kane, pseudónimo de Francisco González Ledesma, protagonizó un buen puñado de novelas. H. S. Thels y Law Space conversaban en algunos prólogos para recriminarse ideas sobre la robótica, el futuro de la humanidad o el pesimismo... pero detrás sólo se encontraba la pluma y la mente de Enrique Sánchez Pascual.

 


 

La novela de a duro será infraliteratura, pero también alcanza los estratos de la metaliteratura, de la referencialidad y la auto referencialidad, y siempre está a un paso del pastiche y mete las narices en la mitología creativa, voluntaria o involuntaria.

 



Hay más novelas de a duro que años de vida para leerlas, y hay que elegir. El lector conoce la infinita variedad de géneros y subgéneros que los autores trataron en estas miles de obras, y sabe que, aunque opte por uno (western, por ejemplo) puede toparse, en realidad, con otro (detectivesco, por ejemplo). Pongamos por caso la novela El diablo con fusil, de Clark Carrados, que además de bélica, también es una historia de gángsters y de pactos con el Diablo, todo en una sola obra.




Los ojos y las manos recorren los diversos ejemplares en la estantería, en una cajón, en una caja de cartón, en una pila en precario equilibrio... y la intuición y el capricho lo llevan hasta un título determinado de un autor determinado.

El placer comienza si no ahí, tan sólo un poco antes, con la anticipación. El lector querrá, como buen lector realista, lo imposible: repetir las mejores experiencias ya vividas y, al mismo tiempo, que lo sorprendan de nuevo.



No es importante que la novela sea una variación sobre el tópico de los polimorfos o el de los ultracuerpos si al final resulta que detrás de toda la aventura se encuentra ¡una banda de vampiros espaciales! Tampoco es baladí dar con una historia criminal (es decir, protagonizada por criminales) que en realidad es una narración de viajes en el tiempo; o la novela del Oeste en la que encontramos un caso de posesión diabólica; o sencillamente, una buena trama policíaca con detective hard-boiled cortado por el patrón de los clásicos y el transfondo del mundo del jazz, del blues... todo, ejecutado a la velocidad del rayo en una Olivetti por un escritor de oficio en tres o cuatro sentadas, sin detenerse a corregir, y obteniendo un resultado óptimo y digno de figurar en cualquier antología de textos clásicos.

***

Que el lector no se lleve una idea equivocada: nuestra exposición del tema de las novelas de a duro es sentimental, pero también intenta ser objetiva. Hablamos aquí de amor por la literatura desconocida, no catalogada, no clasificada, limpia de mácula y producida a destajo. Hablamos de historias en estado puro. Cada uno de esos miles y miles de diminutos libritos puede guardar en su interior una sorpresa, un hallazgo, un descubrimiento trascendental, un divertido relato... un placer reservado, hoy, para los paladares más exquisitos.

Que nadie le diga lo contrario.


lunes, 13 de mayo de 2024

Prohibido leer

Un lector adicto y demente, a comienzos del siglo XVII. Es un retrato triste que, por desgracia, se sigue dando en nuestros días. NO A LA LECTURA.

Después de tantos años como lector casi profesional (muchos, pues fui precoz), he llegado a la conclusión de que la única manera de "animar a la lectura" a aquellos que no tienen el hábito de leer es prohibírselo. Esto, claro, tendría un efecto secundario no deseado: si prohibimos leer, eso incluirá a los niños, de modo que sólo aprenderían aquello de "la b con la a, ba" en el entorno familiar, y siempre de forma clandestina.

Por lo demás, no creo que hubiera problema y, además, aumentarían las ventas del libro en progresión geométrica. Porque una cosa es prohibir la lectura, y otra cosa es prohibir la escritura, la edición y la venta de libros. La tenencia de libros "para consumo propio" también tendría que estar prohibida o, al menos, regulada al estilo minimalista japonés, o incluso por gramos, como se hace con cualquier producto estupefaciente. Las sanciones por leer en público deberían estar limitadas a multas económicas de cierta cuantía, pues estaríamos hablando de un delito menor, incluso de una falta durante las primeras infracciones. La cárcel debería estar reservada para grandes lectores reincidentes, empedernidos y degenerados.

 

Por suerte, este tipo de adminículos para la enseñanza de la lectura van cayendo en desuso.

Para conseguir el efecto deseado, y antes de ilegalizar por completo la lectura, lo lógico sería limitar el número de libros leídos por año. Digamos que sean doce (uno por mes), con multa para aquellas personas que sobrepasen esa cifra.

Simplemente con esta última medida, el número de lectores aumentaría de modo estratosférico. De hecho, entre los dos habituales bandos políticos de cualquier nación o federación del siglo XXI, tendría que existir un acuerdo tácito en la ampliación de estas limitaciones, conforme fueran pasando las legislaturas. Si el partido A limita las lecturas a 12, el partido B, cuando gane las elecciones, las limitará a 10. Y así sucesivamente hasta que lleguemos a la prohibición absoluta deseada, en apenas seis administraciones.

Adolf Hitler, leyendo un libro. ¿Qué, si no?


Benito Mussolini, que se permitía retratarse mientras leía. Atroz.


¿Qué se debería aducir y argumentar en contra de la lectura? Pues evidentemente, toda su parte negativa. Para empezar, está demostrado que la guerra, tal y como la entendemos, sólo se da entre el ser humano desde que existe la lectura. No hay constancia de guerras anteriores a la invención de la lectura, salvo dudosos restos arqueológicos de cierta antigüedad, que si bien parecen apuntar a la existencia de fenómenos violentos, lo que no demuestran es que no se debiera a algún tipo rudimentario de lectura. Esto resulta difícilmente discutible, y a los peligrosos textos más ancestrales que se conservan habremos de referir a aquellos que pongan en duda nuestra afirmación. Lo mismo podemos decir de la violencia y, si me apuran, de las enfermedades.

 

La guerra, invención humana y consecuencia directa de la lectura. Los mismísimos libros de Historia nos dan la razón. En la imagen, un soldado leyendo.

 

También me gustaría llamar a los diversos movimientos feministas y sociointegradores de la actualidad (hoy, desgraciadamente, demasiado divididos por desacuerdos menores) a que proclamen con claridad lo que es un hecho: que la lectura es una invención patriarcal y heteronormativa. A fin de cuentas, no existen textos originales que recojan la Edad Dorada de los matriarcados prehistóricos, lo cual se debe, primero, a que la lectura era absolutamente innecesaria en aquellas sociedades perfectas; y segundo, a la injerencia patriarcal, con sus viles invenciones y registros históricos, concebidos se diría que exclusivamente para eliminar cualquier tipo de referencia al tiempo en que las pacíficas y primitivas sociedades analfabetas eran comandadas por mujeres. Nos atrevemos a afirmar que la prueba de lo que decimos se encuentra, precisamente, en la ausencia de la prueba. De hecho, las únicas pruebas "tangibles" que el patriarcado ha consentido son las leyendas de transmisión oral que hablan de matriarcados, como si fueran simples mitos. La lectura es un invento patriarcal de opresión. (Otra cosa distinta es que el patriarcado haya caído en su propia trampa lectora y ahora no encuentre modo de deshacer el mal. Quizá los nuevos movimientos antipatriarcales logren dar con la obvia solución de la simple y llana prohibición).

Ranavalona I (1782-1861), reina de Madagascar, ejemplar monarca femenina que no dudó en eliminar influencias procedentes de lecturas inapropiadas, de prohibirlas, proscribirlas y castigarlas. Por supuesto, el patriarcado ha interpretado por escrito sus acciones como negativas, y retrata a la legítima reina como un monstruo de maldad.

Incluso las mejores y más poderosas mujeres sucumben ante la lectura. En la imagen, Margaret Thatcher leyendo, sumisa a la imposición del patriarcado.

Otra obviedad, tan preocupante desde hace ya años, es la del cambio climático antropocéntrico debido al calentamiento global. Si la lectura hubiera estado prohibida y proscrita desde sus inicios, jamás habríamos podido desarrollar todas las tecnologías -y los malos hábitos y caprichos a los que sirven-, que son responsables de esta inminente catástrofe planetaria. Sin la lectura no habríamos tenido la ciencia y la investigación que nos ha llevado a la sobreexplotación de los recursos naturales, a la contaminación atmosférica, y a una indeseada, intolerable superpoblación. Estaríamos, de una vez por todas, a expensas de los elementos extremos, el frío y el calor, tal y como se supone que siempre debió ser o, al menos, como fue durante la mayor parte del tiempo en que el ser humano ha existido. Recordemos que la lectura y la escritura, como tecnologías, son relativamente jóvenes y, por tanto, aún podemos echar marcha atrás y regresar adonde nos corresponde.

Esto deberíamos estar haciendo ahora mismo, en lugar de leer sandeces.

Si la lectura ha dado pie a la existencia de males humanos como la guerra, ¿cómo es que no ha habido ninguna civilización que haya pensado antes en deshacerse de ella? ¿Por qué el ser humano insiste en leer, desde el momento en que alguien apunta sobre la pared de la caverna varios palitos junto al trazado en carbón de una rudimentaria cabeza de cabra, hace como poco unos 10.000 años? ¿Por qué hemos permitido que algunas lecturas reciban el calificativo de "sagradas", e incluso se hayan convertido en piedra angular de ese otro fenómeno (¿quizá una consecuencia de la lectura?) que denominamos "religión"?

La respuesta es tan evidente que me avergüenza apuntarla: la lectura es adictiva.

Joseph Stalin, otro adicto a la lectura.

 

Saddam Hussein, leyendo incluso mientras lo estaban juzgando. Hasta ese punto llega la adicción.

Como con todas las drogas duras y blandas, esto sucede cuando se consume en grandes dosis. Unas pocas lecturas, en principio, no dañan a nadie de forma irreparable; pero en el momento en que se abre la compuerta de la compulsión humana, la lectura es peor que el tabaco, que la cocaína, que el opio, que la heroína, que el juego e incluso que el sexo, pues posee la capacidad de convertir en yonquis a personas de cualquier edad, género y condición. Las bibliotecas públicas, por poner un ejemplo ampliamente conocido, demuestran con claridad lo que aquí exponemos: su público mayoritario se centra en los rangos de edad inferiores y superiores de la población, esto es, los que tienen menos poder adquisitivo para conseguir sus "chutes" diarios. Los niños con sus libros infantiles de letras enormes (¡conducidos allí por sus propios padres!), los ancianos con sus periódicos y, también, qué coincidencia, ¡con libros de letras enormes! A cualquiera le resultará evidente que aquí existe un patrón de comportamiento, que ajusta el tipo y la forma de la lectura a las necesidades de cada consumidor atrapado.

Triste imagen de niños enganchados a una adicción milenaria. La sonrisa en sus rostros es la del heroinómano que se acaba de meter un pico en vena.

Esta adicción, esta droga que se extendió por todo el mundo y de la que muchos empresarios multimillonarios se han aprovechado (estamos pensando, por ejemplo, en Randolph Hearst, que concibió la siniestra idea de publicar tiras cómicas con dibujitos para que los inmigrantes aprendieran a leer inglés y, por tanto, consumieran los productos de Hearst, esto es, la prensa), habrá que extirparla poco a poco, pues sin duda, encontraremos muchos focos de resistencia, de signos distintos pero igualmente integristas y radicales: ultra islamistas y ultra cristianos con sus "textos sagrados"; fascistas y extremistas de izquierda con sus adoctrinamientos; los risibles extremocentristas que abogarán por la "justicia" por medio de "leyes escritas y fijadas"... ¡Como si existiera algo más mutable que la ley...! Pues ¿no son distintas las leyes en cada país, e incluso en cada región? ¿No se fijan penas distintas para un mismo delito, según el lugar en que se cometa?

Leyes grabadas en piedra, con caracteres concebidos para que pudieran ser leídos por cualquier persona alfabetizada (h. 1750 a.C.). Pero ¿qué fue de Mesopotamia y sus gentes? ¿Queda alguno por ahí? La respuesta es un rotundo "NO". Y esto sucede porque la lectura conduce a la destrucción de las más gloriosas civilizaciones.

Lo que los políticos deberán ofrecer, y la sociedad deberá exigir, es una cultura basada en la imagen y el sonido, sin la representación abstracta de este último: la escritura. Para ello, disponemos de tecnologías que ya han avanzado mucho en este siglo, y que nos llevan por el buen camino: la de la informática unida a la telefonía portátil. Falta poco, o eso deseo, para que se eliminen definitivamente los teclados de los terminales que usamos a diario (aún hay que descartar definitivamente los inútiles, fallidos, poco fiables teclados virtuales), pues ¿no es mejor, más cómodo, más rápido, más eficiente, más directo, hacer una pregunta en voz alta que escribirla? Y ¿no es preferible escuchar una respuesta de viva voz e ilustrada con imágenes, que leer dicha respuesta por medio del fatigoso -pero, insistimos, peligrosamente adictivo- proceso de leer? ¿No resulta mucho más sencillo para el cerebro procesar imagen y sonido, que procesar una serie de caracteres y gusarapines arbitrarios que se traducen en sonido y luego en ideas y sólo entonces, por fin, en imágenes? Es evidente que el esfuerzo de leer es muy superior al admisible. E incluso así, los intentos por erradicar la lectura son, hoy por hoy, insuficientes. Y parece que poco le importa a nuestros mandatarios esta "dictadura de las letras".

 

Imagen alegórica de Satanás entregándole la lectura al ser humano.

Si prohibimos la lectura, recuperaremos nuestra capacidad de comunicarnos con el prójimo a diario en la cola de la panadería, en la sala de espera del hospital, en la cola del cajero automático (que, ¡por favor, debería funcionar por medio de la voz y la imagen del usuario!). Las relaciones humanas se intensificarán, la comprensión mutua se hará más factible y no se prestará a malas interpretaciones, con lo que descenderá el nivel de violencia que cada sociedad afronta. ¿Qué necesidad hay, en realidad, de leer? ¿Qué puede aportar alguien que murió hace diez, cien, mil años, a nuestro mundo? ¿A quién le importa cómo vivían los griegos, los romanos, o los ingleses de la Era Victoriana? Y por supuesto, ¿cuáles son los beneficios objetivos y cuantificables de "leer ficción"?

Bucólica imagen familiar, previa a la invención de la lectura. A esto deberíamos aspirar.

En definitiva, ¿cuáles son los oscuros placeres que proporciona la lectura, si tanto se ha extendido desde su invención hasta nuestros días? Son placeres, afirmo, muy personales y muy censurables e insolidarios. Es terrible que la batalla contra la lectura se centre tan sólo en algunos títulos, en algunos autores, en algunos temas recogidos en libros y que merecen censura, y que esto no se haga extensivo a cualquier texto escrito.

La lectura es uno de los males surgidos acaso de la proverbial caja de Pandora, y está en nuestras manos el prohibirla, desterrarla y olvidarla. A nadie le interesa saber quién era Pandora ni qué contenía su caja. De ahí sólo salieron calamidades. No necesitamos saberlo, no queremos saberlo.

Apliquemos este principio de una buena vez, y quizá, sólo quizá, consigamos el efecto contrario al deseado.

En realidad, ¿a quién le importa que se lea o no?

Alberto López Aroca, 12 de mayo de 2024