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jueves, 11 de julio de 2024

Sherlock Holmes y la ciencia ficción: en Librería Vino a por Letras (Getafe, agosto de 2019)


10 de julio de 2024

El 30 de agosto de 2019, una parte importante de los miembros de la Tertulia Holmesiana o Sherlockiana de Madrid nos deplazamos hasta Getafe, a la maravillosa librería Vino a por Letras, que conduce Cristina: combinar libros y vinos de calidad es lo que yo considero "un buen maridaje".

El propósito era repetir la charla que ya habíamos realizado en Estudio en Escarlata (Madrid), el día 26 de julio, y de hecho, los ponentes éramos los mismos: Juan Carlos Monroy Gil, Andrés Peláez Paz, José Luis González Martín y servidor. Por supuesto, lo de "repetir" es una imposibilidad física en este tipo de conferencias y mesas redondas, pues no se trata de ensayos escritos e inamovibles, sino de pequeños esquemas con los que improvisamos. Esto se puede comprobar escuchando la charla en Estudio en Escarlata; o la versión posterior, realizada el mes de octubre de 2019 en Albacete. No es que me haya puesto a revisar estas grabaciones, pero el (gratísimo) recuerdo que tengo es que no pudieron ser más distintas. Y si repitiéramos mañana, por mucho que insistiéramos en Voronoff y sus trasplantes de genitales de mono en humanos, con total seguridad abordaríamos otras muchas cuestiones que, en su momento, quedaron en el tintero. (No se pierdan las disensiones con el doctor Peláez, pues no tienen desperdicio e ilustran muy bien la pasión sherlockiana).

Aquí tienen la charla, que pueden escuchar en línea o, creo, descargar. Y detrás, unas cuantas imágenes del evento: no sé a quién acreditar las fotografías, pero sea quien fuere, mi agradecimiento por inmortalizar aquel encuentro.

 

 
 

El carte de la charla, en la librería Vino a por Letras.


 
 

De izquierda a derecha: Andrés Peláez, José Luis González Martín, Alberto López Aroca y Juan Carlos Monroy Gil. Getafe, 2019.




 




 
 
 

lunes, 3 de junio de 2024

Ojos color de jade (Punto Rojo nº1121, 1983), de Curtis Garland: la Agencia Lane de San Francisco

1983, ilustración original de Sampere.

30 de mayo de 2024

Vanity Lane, una rubia explosiva, es capaz de atormentar a un asesino pervertido durante cuatro páginas de febril striptease y luego molerlo a golpes de karate y, por último, rematarlo de un tiro. Esta es la contundente presentación del personaje en las primeras páginas de Ojos color de jade (colección Punto Rojo nº1121, octubre de 1983) de Curtis Garland, en lo que promete va a ser el típico bolsilibro ochentero atípico. Típico, porque estamos en la Era de Charles Bronson, y los justicieros del corte de Harry el Sucio están omnipresentes en las novelas de a duro de la época. Atípico, porque el detective de gatillo fácil es una hembra alfa, debidamente educada y entrenada por su señor padre, el veterano detective privado de San Francisco, Desmond Lane, al que acaban de asesinar en el curso de una investigación.

El caso que llevaba Lane Sr. era la búsqueda del rebelde hijo homosexual de un millonario. Y la muerte del detective, puede o no tener con ese asunto.

En cualquier caso, Vanity Lane no se toma demasiado bien la muerte violenta de su padre y, a pesar de los reiterados avisos del teniente Kingsby de la Policía de San Francisco, la detective va a meterse en el ambiente gay de la ciudad y en los rincones más sórdidos de Chinatown, en donde más allá de los travestis de pechos falsos y sus proxenetas, las pechugonas punkies de corazón de oro, o las peligrosas bandas de moteros vestidos de cuero que se consideran tan hombres que son exclusivamente homosexuales (más machos que el más macho, como aquel tan chulo que se cortó la polla porque le tocaba los cojones), existen individuos poderosos (políticos, por ejemplo) que están metidos en la industria legal de la pornografía, y en la industria ilegal de la pornografía infantil. Siempre, claro, desde el estrado de los discursos sobre moralidad y tradición.

 

Bajos fondos (Flood, 1985), primera novela de la serie del detective Burke, creado por AndrewVachss.


Bonito argumento que no habría desagradado al difunto escritor Andrew Vachss (esta novela de Curtis es anterior a la excelente Bajos Fondos (Flood), que se publicó en 1985), en el que Garland desliza algunas "perlas de sabiduría" de la época por medio del chino Lin-Ho, "con gesto apacible en su cara de viejo pergamino amarillo". Lin-Ho, un simple secundario en la trama, es propietario de una tienda de antigüedades en el barrio Chino; lo cual nos lleva a pensar en el misterioso Tao Wang, que se dedicaba exactamente a lo mismo, en el mismo barrio de la misma ciudad (en la calle Dupont, por más señas), y que hubo de abandonar su negocio en la década de 1970, tal y como se recoge en Museo del Espacio (1962) de Johnny Garland. Del anticuario Tao Wang también dimos alguna noticia en la novela Los papeles póstumos (apocrypha deliramenta), obra de Juan Carlos Monroy y del que esto firma. Personalmente, tengo pocas dudas de que Lin-Ho fue el sucesor de Tao Wang, y que estamos hablando del mismo local, con distinto dueño.

 



Con respecto al asunto que lleva a Vanity Lane a visitar a Lin-Ho, este último afirma, con su proverbial prudencia oriental: "La ley de los hombres es incierta y ambigua a veces. Hay cosas legalizadas y en cambio otras son delito, cuando tanto se parecen entre sí. Tal vez unas sean siempre culpa de la permisividad de las otras". Es una postura más o menos reaccionaria, la de Lin-Ho, pues está hablando de los diversos tipos de pornografía que se producen en San Francisco. Pero el caso es que da en qué pensar.

Para completar el retablo, tenemos un villano con apodo, "Dorian", en honor al ambiguo Dorian Gray de Oscar Wilde, y al que se relaciona también con Jekyll y Hyde. Dorian es un especie de Kingpin de la comunidad homosexual (amén de tratante de niñas blancas para rodajes pornográficos ilegales), súper proxeneta, extorsionador, que se mantiene entre las sombras por mucho que luzca trajes de colores, como si fuera un malo de Batman.

En conclusión, Ojos color de jade es una divertida lectura garlandiana, oscura y poco o nada juguetona, con esa poderosa protagonista femenina que es la muy recuperable Vanity Lane.

Y para finalizar, queremos plantearnos un par de preguntas. El psicópata al que Lane ajusticia en las primera páginas responde al falso nombre de "John Lassiter", que se parece mucho al pseudónimo de "Jeff Lassiter", utilizado por el escritor Jesús Navarro Carrión en sus westerns y en sus escasas novelas de terror. Una de estas últimas es Los ojos de jade (Rollán, colección Terror nº23, 1973; reeditada en EASA-Andina en 1981). ¿Coincidencia? Muy posiblemente, pues Juan Gallardo era muy afecto a usar en sus títulos ese color de ojos: Clave: Ojos verdes (Punto Rojo nº42; 1963); La muerte tiene los ojos verdes (Agente Federal nº74; 1957); Verdes ojos de muerte (Búfalo Serie Roja nº1094; 1974); Operación Ojos Verdes (Carro Blindado nº3; 1960)...

 

La novela de Jeff Lassiter, en reedición de EASA-Andina. La ilustración de cubierta es la misma que en la edición de 1973.

También, parece procedente hacer una investigación, en clave de mitología creativa, sobre las novelitas policíacas de Juan Gallardo Muñoz que transcurran en la ciudad de San Francisco, y cuenten con un detective privado en cuyo despacho haya un calendario que "mostraba a un pin-up de los años cincuenta, exhibiendo pícaramente sus piernas y el nacimiento de sus abundantes senos. Entonces pudo resultar frívolo y atrevido. Ahora podía decorar la pared de un colegio de primera enseñanza, sin impresionar a nadie. Pero era el primer calendario que su padre colgó de su vieja y querida oficina, cuando la abrió en aquellos tiempos. Y allí había permanecido desde entonces". Con suerte, el detective responderá al nombre de Desmond Lane. El Curtisverso es tan, tan grande, que lo realmente difícil será no localizar a nuestro hombre.



1 de junio de 2024

No ha habido que buscar mucho para encontrar candidato: en la novela de Donald Curtis titulada ¡Bésame, muerte!, publicada hasta en cuatro ocasiones (la primera de ellas en Bruguera, colección Servicio Secreto nº392, febrero de 1958), tenemos como protagonista al boxeador Shelby Lane metido en una trama criminal que lo lleva a San Francisco, donde conocerá el amor, se comprometerá con una mujer, y renunciará al boxeo por una profesión "más duradera y fiel". Si hubiéramos de apostar nuestro dinero, diríamos que Desmond Shelby Lane consiguió su licencia de detective privado y montó su oficina con el calendario de la pin-up descrita más arriba; Desmond eliminó su segundo nombre de la placa, para evitar que lo relacionaran con su turbio pasado en el ring. Y, la verdad, no es de extrañar que un ex boxeador fuera capaz de entrenar a su hija en los pormenores de la lucha cuerpo a cuerpo...

 

La portada, donde conoceremos la primera aventura del padre de Vanity Lane, Desmond Shelby Lane (1958). Hay tres ediciones más.


lunes, 20 de mayo de 2024

Monstruos en el Oeste: los collages de Jorge Morón (2015)

En el año 2015, comenzamos a recuperar la obra de Juan Gallardo Muñoz (más conocido como Curtis Garland) en el volumen titulado Monstruos en el Oeste, que contiene novelas firmadas con el pseudónimo de Donald Curtis. El volumen fue un éxito, sigue disponible, y contó con una maravillosa ilustración de portada, obra de Sergio Bleda.

Para la realización del libro, hubimos de contar con la ayuda de muchos amigos que nos proporcionaron material original para extraer el texto (estoy pensando en algunas mañanas en casa del gran Juan Carlos Monroy, machacando novelitas en su escáner), y contamos, como en tantas otras ocasiones, con la colaboración desinteresada de Jorge Morón, un connoisseur de la literatura popular que no se prodiga demasiado por los universos públicos de las Redes Sociales.

Una de las muchas cosas que hizo Morón para ayudar a la promoción de este volumen fue la realización de un montón de collages que conformaban falsas cubiertas para nuestro libro, y que tenían la capacidad de hacer volar la imaginación de cualquiera que las contemplara.

Jorge tomó las imágenes de los clásicos ilustradores de los bolsibros (Desilo, Miguel García, Alberto Pujolar, Antonio Bernal, Ángel Badía Camps, y un largo etc.), y las remezcló y remontó para que encajaran con la idea que, hoy, tenemos de lo que es el género del weird western.

Obviamente, fue un divertimento de Jorge Morón que, con todo respeto, rehizo a su antojo algunas de esas pequeñas obras maestras que son las antiguas cubiertas de las novelas de a duro. Aquello fue un trabajo de amor y un homenaje a los autores originales, así como un guiño gigantesco a todo lo que pudo ser y no fue en la curiosa, taimada, ingenua, despiadada y fascinante Historia de los Bolsilibros Españoles.

Jorge hizo aquellos trabajos entre los meses de mayo y junio de 2015, en que estuvo abierta la suscripción de nuestro volumen de Donald Curtis. Los recuperamos aquí, con todo nuestro cariño para los autores de las ilustraciones originales, y nuestro reconocimiento a un importante diletante y amigo como es Jorge Morón, que siempre está ahí cuando lo necesitas.

 























lunes, 8 de abril de 2024

"Los papeles póstumos" de Alberto López Aroca y Juan Carlos Monroy Gil: prólogo y advertencia


Hoy es 8 de abril, y hace ya unos días que está a la venta la novela Los papeles póstumos (apocrypha deliramenta), que he pergeñado en colaboración con, y sobre todo gracias a, mi gran amigo y colega Juan Carlos Monroy Gil, sherlockiano, keeleriano, y gran amante de esos productos culturales que llevan el prefifo "sub-" delante, cuando no deberían llevar nada.

Entre ilustraciones y texto y notas al pie, han quedado 322 páginas que, para mí, han sido puro gozo y la salvación de unos esbozos de hace veinticuatro años, que ahora se han convertido en un obra con todas las de la ley. Está dedicada a cualquiera que sepa leer, tenga sentido del humor y busque eso que no encuentra: sorprenderse página tras página, hasta desembocar en un final que, de nuevo, es otra sopresa más, y bastante definitiva.

Alfredo Lara López, amigo y experto en nuestras cosas, nos regaló una preciosa presentación para el libro; Juan Carlos también escribió un par de parrafitos previos. Mi introducción al libro es la que sigue:


PRÓLOGO Y ADVERTENCIA

por Alberto López Aroca

La siguiente obra es el primer fruto de un proyecto que concebí en junio de 2023, después de acceder a mi antiguo ordenador de sobremesa, que sigue arrinconado en la vieja casa de mis padres. Del aparato extraje una cantidad en verdad sorprendente de archivos que contenían relatos, novelas, ideas, pasajes, fragmentos… todo ello escrito hace mucho tiempo y, por supuesto, inconcluso.
Lo normal es que las obras inacabadas, bien están como hayan quedado, pues si el autor las abandona, por algo será. Sin embargo, ese “por algo” a veces no significa una pérdida de interés en la historia, necesariamente; en ocasiones, muchas, lo que sucede es que surge de alguna parte la famosa “person from Porlock” (la persona que venía de Porlock, que es un lugar; o la persona que venía de parte de Porlock, que sería un hombre o una sombra) que interrumpe el trabajo. Eso es lo que le sucedió al poeta inglés Samuel Taylor Coleridge en 1797, cuando estaba escribiendo su poema Kubla Khan, que quedó truncado en el verso número 54. Las “persons from Porlock” se han convertido en un tópico literario muy extendido y del que yo mismo me he apropiado en alguna ocasión.
Como podrá imaginar el lector, también he sufrido el tópico en mis carnes, y no una, ni dos, ni tres veces. Los Porlocks pueden ser visitas inesperadas e indeseadas, pero también son enfermedades propias o ajenas, viajes, conflictos externos, y cualquier cosa que impida la concentración necesaria para realizar labores creativas. Si una novela queda truncada durante más de uno o dos años, se puede dar por perdida. Un Porlock se la ha tragado.


Lo que encontré en mi ordenador era sensiblemente más antiguo que uno o dos años.
Después de realizar un escrutinio, encontré una considerable cantidad de obras fragmentarias, de la más diversa extensión, que en verdad habrían merecido una segunda oportunidad o que el Porlock de turno se hubiera ido a incordiar a otro autor.
El problema de las obras que hallé estriba en que, de acuerdo con una antigua teoría que quizás sea falsa, quizás no, el cuerpo humano renueva todas sus células cada siete años, es decir: que cuando uno cumple 21 años, ya ha dejado atrás a tres personas completamente distintas; a cuatro cuando cumple 28; a cinco cuando cumple 35; y así sucesivamente. Esto significa, si es cierto, que aquellos fragmentos no los he escrito yo, sino mis yoes de otra época que, siguiendo el razonamiento, fueron personas distintas de la que soy ahora. Después de reflexionar mucho al respecto, he llegado a la conclusión de que esto, de un modo u otro, incluso si el asunto de la renovación celular es erróneo, el resto sí es cierto.
Dentro de un año y pico cumpliré 49; habré cerrado otro ciclo biológico y, posiblemente, mi nuevo yo sea algún tipo de trasgo vampírico, o puede que un tardío alpinista empeñado en coronar el Everest, o un mendigo condenado a vivir en una cama de cartones, o un enfermo psiquíatrico que requiera internamiento a perpetuidad, o…
La impresión que tuve sobre esos textos inconclusos es que, si mi espíritu fuera otro, quizá podría trabajar sobre ellos. Pero, por desgracia, mi momento para concluirlos ha pasado, y me lo ha robado el transcurso de la vida, mi propia indolencia, o alguno de esos Porlocks que andan por ahí sueltos.
Fue en ese momento, cuando me enfrenté a la imposibilidad de regresar a los fragmentos, que concebí una idea descabellada: mis yoes anteriores estaban muertos, lo cual convertía aquellos textos en obras póstumas. Así, puesto que el autor de esos esbozos ya no existía, ¿por qué no ofrecerlos a otros autores que pudieran estar interesados en usarlos, destrozarlos, remendarlos y, con suerte, concluirlos? A fin de cuentas, yo había sido capaz de hacerlo con un relato inconcluso de King Parker, que convertí en la novela corta “El ídolo de roca negra”, y la publiqué en el volumen Lugares peligrosos (2023). Y si yo puedo hacerlo, cualquiera puede.
Ni corto ni perezoso, como dicen en los cuentos infantiles, me puse en contacto con una legión de autores, que sobre todo son amigos, para proponerles este proyecto que ya está bautizado como “Cuentos póstumos”. A mi llamado respondió la mayoría de estos compañeros, a los que envié unas cuantas de estas historias sin final, o sin principio. En sus manos está que se completen y salgan a la luz.
El primero (y hasta hoy, único) de los amigos que realizó el colosal trabajo que supone este desafío fue Juan Carlos Monroy Gil, miembro fundador de la Tertulia Holmesiana (o Sherlockiana) de Madrid, autor de La Enciclopedia de Sherlock Holmes y de otras muchas obras, en su mayoría relatos. Lo que le envié a Juan Carlos el 19 de junio de 2023 eran dos fragmentos distintos, correspondientes a dos historias que nada tenían que ver entre sí. Juan Carlos las engarzó y, lo que eran poco más de 4.000 palabras, regresó a mis manos el 29 de agosto, convertido en unas 16.000: casi una novela breve, o un cuento episódico largo. El 6 diciembre, después de meses de silencio, escribí a Juan Carlos para decirle que pensaba publicar el texto, y el 3 de enero de 2024 volví a contactarlo para decirle que estaba “retocando cosas aquí y allá”.
A partir de ahí, y en cosa de una quincena, “retoqué” lo que me pareció oportuno, con permiso de Juan Carlos, y le pedí que él mismo diera detalles sobre personajes o situaciones, de manera que la obra se enriqueciera con las nuevas aportaciones de ambos. El resultado, que llega casi a 60.000 palabras (la extensión de El sabueso de los Baskerville), es el que el lector encontrará en las siguientes páginas.
Los papeles póstumos, subtitulado Apocrypha deliramenta, ya es una novela, pero no puedo dejar de pensar en esta obra en colaboración (y póstuma, con todas las de la ley… o casi) como en un juguete. No voy a hacer como Julio Cortázar en Rayuela y dejar aquí, al principio, un manual de instrucciones para leerla, porque no lo creo necesario. Lo único que me gustaría aconsejar al lector es que recuerde que, tras los índices onomásticos, hay un capítulo más, final y definitivo, y que dichos índices forman parte de la historia y no es aconsejable saltárselos. Es posible que esta novela se pueda comenzar por ese último capítulo para luego pasar a las primeras páginas, pero lo recomendable es leerla tal y como está publicada. Y no obstante, también se puede empezar por la mitad, o ir consultando los índices según se avanza, o dejar que pasen las páginas y la vista caiga, azarosa, sobre un nombre o una fecha, y entonces…
Todo esto queda en manos del lector, pues la novela, el juguete, la obra, tras un periplo de veinticuatro años, ya es suya.

21 de enero de 2024

 

PUEDE ADQUIRIR ESTA NOVELA ESCRIBIENDO A

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sábado, 28 de octubre de 2023

Sherlock Holmes y la Ciencia Ficción: en Estudio en Escarlata (2019)

Por fin, disponible el audio de la charla sobre "Sherlock Holmes y la Ciencia Ficción", celebrada en la librería Estudio en Escarlata (Madrid), el 26 de julio de 2019. Con la presencia de José Luis González Martín, Andrés P. Paz y Juan Carlos Monroy Gil.

 





sábado, 21 de octubre de 2023

El asesino de la carretera, de James Ellroy


20 de abril de 2023

James Ellroy tiene obras buenas, muy buenas y alguna que otra obra maestra. El asesino de la carretera pertenece a la tercera categoría.

Es obra maestra sin paliativos. (O eso, o que a mí me ha pillado de buenas).

Publicada en octubre de 1986, directamente para el mercado como paperback y bajo el título de Silent Terror (en ediciones posteriores, sería Killer on the Road), es una grandísima novela de asesinos en serie, relatada en primera persona por el criminal. Y... ya vamos con las odiosas comparaciones. Que en esta ocasión, no son gratuitas, como verá el lector:

 

La historia está inspirada, según Ellroy, en los crímenes reales de los "Asesinos de la Caja de Herramientas", Lawrence Bittaker y Roy Norris, que violaron, torturaron y mataron a cinco muchachas en California allá por 1979. (Ambos están muertos, y bien muertos). Joyride, de Jack Ketchum, que he leído hace unos días, está inspirada por los asesinatos de Howard Unruh, que mató a trece personas en doce minutos, allá por 1949. También está muerto, y bien muerto.

Joyride se publicó originalmente con el título de Road Kill. Silent Terror, ya lo hemos dicho, se convirtió en Killer on the Road. Ambas historias tienen, como es obvio, algo de road movies. Ambas historias se adentran en los entresijos psicológicos del criminal psicópata.

Las diferencias entre ambas novelas son muchas, muchísimas; ante todo, hay diferencias de estilo (que no de intencionalidad). Ketchum trabaja en tercera persona, lo cual siempre consigue cierta distancia y objetividad sobre el texto. Ellroy nos brinda una primera persona parcialísima y, no obstante, sincera hasta el vómito. Pero desde mi punto de vista, lo que hace que el lector se acerque a estas obras con diferentes expectativas es que Jack Ketchum es un escritor de terror y James Ellroy es un escritor de serie negra.

Mi primera aproximación a El asesino de la carretera cuando lo conseguí de segunda mano o de saldo en Madrid, en alguna parte, hace años, resultó en fracaso. Aguanté veinte o treinta páginas, o menos, y me fui a otro libro. Esto sucedió porque yo esperaba encontrarme una vilenta historia de gángsters y corrupción, como las que ya había disfrutado en El gran desierto, América, La Dalia Negra, Seis de los Grandes, Jazz Blanco, etc., y me encontré con el retrato de un puto chalado que veía cosas raras a su alrededor, colorines y yo qué sé qué. Me dio náuseas, porque en aquel momento me sentía demasiado sensible a la casquería de primer orden, y abandoné. Recuerdo hablar del tema con mi amigo Juan Carlos Monroy Gil, gran lector de novela negra (y de las otras también), quien me mencionó de pasada en una conversación El asesino de la carretera como si fuera una novela más de Ellroy. O esa impresión tuve yo. Me parece que a Juan Carlos también le pilló desprevenido la hostia que supone esta obra de Ellroy.

Y ha sido la grata lectura (con sus vaivenes, pros y contras) de Joyride la que me ha llevado a enfrentarme de nuevo con el psicópata de las narices. (Con el personaje de Ellroy, no con Ellroy. Que también). La lectura tiene estas cosas: es un viaje de asociación de ideas comandado por las apetencias intelectuales de cada momento. Un libro te lleva a otro y, si uno observa con atención, si lee como se debe leer, se encuentra sumido en un pozo de círculos concéntricos y tentáculos resbaladizos que son caminos... o carreteras a otros autores, otros libros.

Una de las primeras cosas que he hecho al terminar de leer El asesino de la carretera ha sido ficharla en La Tercera Fundación bajo los epígrafes "Terror, misterio..." y "Asesinos en serie". Tiene poco de policial, de investigación, de Comisaría 87. Ni siquiera se parece remotamente a la serie de Hannibal Lecter de Thomas Harris, por mucho que también aparezca en LTF bajo las mismas etiquetas. Estamos, más bien, ante un "manuscrito encontrado", de manera que podríamos etiquetar a Martin Michael Plunkett, narrador de la historia, dentro de los autores de nuestra particular Biblioteca de Babel.

La he devorado, la he gozado, me he descojonado vivo con la aparición estelar de ese tío mierda que se llamaba Charles Manson (pues Ellroy sí que tiene sentido de humor)... y me han quedado muy pocas ganas de releerla alguna vez. Vaya, las mismas que de hacer un nuevo visionado de Saló de Passolini. Ya lo he pasado bastante mal, gracias. Y bastante bien, gracias.

La versión española, publicada en tapa dura, con buena tipografía, en la colección La Trama de Ediciones B, corrió a cargo de los difuntos Hernán Sabaté y Montserrat Gurguí, que hicieron un trabajo excelente. (Si ha leído usted en español La tienda o La mitad oscura de Stephen King, Koko de Peter Straub, o Cavadores de Terry Pratchett, en realidad ha leído a Hernán Sabaté).

Y no voy a contar nada más. Ellroy es un maestro y un cabrón. No importa si eres lector de terror, de serie negra, de ciencia ficción, de realismo mágico, de Pele, de Mele o de Panzapelá... Si eres lector, dale una oportunidad a Ellroy. Que la vida son dos días.

 

martes, 17 de febrero de 2015

Anuario de la Tertulia Sherlockiana (o Holmesiana) de Madrid - 2014



Esta imagen que el lector puede ver aquí arriba es un claro ejemplo de lo que sucede cuando juntas a más de tres o cuatro sherlockianos en la misma habitación y les das un poco de cuerda, cerveza y tapas: te sacan un libraco de trescientas y pico páginas que sirve como homenaje a la primera edición de A Study in Scarlet en el Beeton’s Christmas Annual, a Sherlock Holmes y todo su universo (que ya es omniverso, pues abarca mucho más allá de Baker Street y las nieblas londinenses).

El volumen se titula A su salud, Mr. Holmes, y es el anuario de la informal Tertulia Sherlockiana (o Holmesiana) de Madrid para el año 2014. Recoge veintitantas piezas de literatura sherlockiana, que incluyen pastiches, sesudos ensayos, poemas, ilustraciones y un inventario (o bibliografía, si lo queremos) de todos los ítems relacionados con Holmes y que han aparecido en castellano a lo largo del año. El artista Luis Miguez es el artífice de esta portada que es una actualización, revisión y puesta a punto del Beeton’s ya mencionado, donde incluye elementos contemporáneos y que guardan relación con el carácter eminentemente etílico de la Tertulia de Madrid. Miguez también ha aportado una serie de ilustraciones que se reproducen en el interior, y hasta hemos guardado algunas para futuras entregas.

Para este antológico anuario, se han recuperado algunas piezas desperdigadas o perdidas, como es el caso de “El problema final o las confesiones del doctor Watson” de Andrés Peláez Paz, que se había publicado originalmente en un volumen universitario del año 1983; “El problema irresoluble” de Javier Jiménez Barco (extraordinario traductor y editor de Los Libros de Barsoom, que en breve publicará la esperada antología El otro Canon de Sherlock Holmes), que es una antigua aproximación pastichera española al crossover entre Holmes y los Mitos de Cthulhu, pues se publicó hacia 2003 en la extinta web Nueva Logia del Tentáculo; o “La carta de Sussex” de Jesús Urceloy, que vio la luz como complemento a la novela de Edgar Wallace El Círculo Carmesí (Tus Libros Selección nº35, Anaya, 2002).

Por supuesto, también hay nuevas aportaciones debidas a las plumas de los tertulianos:

José Goás Jul, autor de las novelas holmesianas El retorno del cazador y La sangre del Transvaal, nos sirve en bandeja el pastiche “El caso de la chica que no comía” y un imprescindible artículo bibliográfico con más de cien ejemplos sobre el “ineludible duelo eludido” entre Holmes y Jack el Destripador.

Miguel Ángel Villalobos (conocido por su espacio virtual El carnaval del señor Wolfville, dedicado a las delicatessen literarias más extrañas; y también responsable de GasMask Ediciones que en breve publicará un imprescindible inédito de Arthur Conan Doyle) presenta el sorprendente “Lost Boys o el problema de los albaceas”, un relato protagonizado por August Derleth, L. Sprague de Camp y un misterioso agente libre llamado “Mr. H”.

José Luis González Martín, veterano editor del mítico fanzine Los Diletantes de Lovecraft, abre la sección dicksoniana de este anuario tertuliano con un artículo sobre la relación entre el Maestro de Baker Street y Harry Dickson, el Sherlock Holmes americano cuyas crónicas llegaron a nosotros gracias a Jean Ray (y en España, por medio de aquellas ediciones de portadas pseudoeróticas realizadas por Randi Ziener y Enrique Banet para Ediciones Júcar a principios de la década de 1970). Servidor ha aprovechado la circunstancia para recuperar un viejo ensayo sobre el mismo tema, aunque centrado en uno de los casos de Dickson que posee reminiscencias de El sabueso de los Baskerville. No hay duda de que el habitante del 92b de Baker Street volverá a asomarse por las páginas de futuras publicaciones tertulianas.
Ya que he aparecido por aquí, diré que también he contribuido con otros dos ensayos: uno dedicado a las apariciones y menciones de España en el Canon Holmesiano, y otro dedicado a la figura del "danés Anderson" y su peculiar visión de lo que he venido en llamar "el Sherlock Holmes omniversal" (y el que quiera entender, que entienda...)
Juan Carlos Monroy Gil, connoisseur que acaba de publicar la maravillosa Enciclopedia de Sherlock Holmes, hace sendos repasos a toda la mitología del célebre Sabueso y a la vasta presencia musical en el Canon; Manuel Aguilar, que acaba de publicar en la revista Barsoom el pastiche fantástico "Regreso a Baskerville", nos regala aquí "A la manera de Sherlock Holmes". Y por si el lector no tiene suficientes sabuesos, aún hay más: El doctor Efrén Comín nos cuenta los entresijos médicos del llamado "Efecto Baskerville"; y Jaime González García presenta en exclusiva su novela corta "Tor Baskerville", secuela de la novela holmesiana que se engarza con las memorias de cierto fraile franciscano de hace varios siglos y un dios mencionado por Clark Ashton Smith...
Y hay más pastiches, más artículos (Pedro Angosto, que no necesita presentación, da un repaso a la presencia del Maestro en el Universo de DC Comics), poemas de Moriarty ("traducidos" por Jesús Urceloy), de Carmen Herrero, José Goás y Javier Jiménez Barco... pero no vamos a dejar aquí constancia de todo. Será mejor que el lector se dirija, raudo y veloz, a la mítica librería Opar de Alfredo Lara (calle Alcalá 94, 2º piso, Madrid; email: oparlibreria@yahoo.es), donde se sirve en exclusiva este anuario de cortísima tirada, y pida su ejemplar ANTES DE QUE SE AGOTE. Cuesta 18 euros (318 páginas, cubierta a color con solapas).