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jueves, 8 de agosto de 2024

La espada del samurai (Yuma nº2; mayo de 1943), por Rafael Molinero

Cubierta original de mi ejemplar, mayo de 1943.

 


29 de enero de 2024

La historia de la colección Hombres Audaces (HA, en adelante), de Editorial Molino, debería ser una vieja conocida de los lectores de esta bitácora. No es que aquí estemos todos los días refiriéndonos a ella, pero sí que lo hemos hecho en otros lugares, publicados en papel. En resumen muy sintetizado, HA fue la colección donde Molino agrupó el material de diversas series de revistas pulp de Estados Unidos, protagonizadas por algunos de los más célebres e influyentes personajes de la época: Doc Savage, La Sombra, el pistolero Pete Rice, el aviador Bill Barnes, El Vengador, y unos cuantos más. Debido a la Guerra Civil Española y al corte de comunicaciones con el exterior, Molino, por una parte, continuó su trabajo desde Argentina; por otra parte, en España, recurrió a sus traductores de plantilla para crear personajes y series propias que imitaran las novelas norteamericanas. A estos nuevos personajes se los englobó en la serie Hombres Audaces: Nuevos Héroes (en adelante, NH).

La serie de Yuma, justiciero al estilo de La Sombra, fue una de las nuevas sagas aventureras de cuño netamente español. Tengo entendido que existe cierto desbarajuste en la publicación de los textos originales de Rafael Molinero (pseudónimo del gran Guillermo López Hipkiss), que al parecer se debían a la sospecha de que Hipkiss, de ascendencia británica, estuviera pasando mensajes a los Aliados por medio de sus novelitas. La forma de que esos mensajes en clave, transmitidos de novela a novela, se confundiera, consistía publicar en desorden los títulos originales. Ea, cosas del régimen franquista, cosas de la II Guerra Mundial. Pues de esos años estamos hablando. (Nota: esta información la estoy citando de memoria, de manera que puede ser errónea. Imagino que leí sobre esto en la antiquísima Página de los Pulps, ya extinta, y que los datos provendrían, quizá, de mi buen amigo Javier Jiménez Barco).

Concretamente, el nº2 de Yuma (nº10 de NH) apareció en mayo de 1943, un momento delicado para España, ausente del conflicto internacional que estaba teniendo lugar en el mundo, por ser un país recién salido de su propia guerra, y por haberse convertido en un "aliado neutral" de las fuerzas totalitarias del Eje.

Aquella España medio destruida, sumida en la miseria, algo más que "reñida consigo misma", plagada de venganzas de posguerra y odios fraternos, íntimos, ¿estaba en situación de tener sus propios superhéroes que compitieran con los estadounidenses? ¡Cómo no! Hércules Elizondo, el ingeniero vasco, émulo de Doc Savage, era uno de ellos. Otro, el español de origen americano Ramón Trévelez, que era, de acuerdo con La espada del samurai,

"un hombre de treinta a cuarenta años de edad, negra cabellera, seco rostro, tostado cutis, nariz aguileña y ojos en el fondo de cuyas pupilas se adivinaba un fuego latente presto a estallar en llama. El rostro parecía tallado en piedra y tenía cierta semejanza con el de algunas esculturas halladas en los templos mayas del Yucatán. Decíase que sus antepasados eran oriundos del Nuevo Mundo, cosa a la que el conjunto de sus facciones daba ciertos visos de verosimilitud. Directos del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas de Barcelona, poseía una cuantiosa fortuna y dedicaba la vida al estudio y al fomento de las ciencias, siendo conocidísimo por sus descubrimientos, su inventiva y su privilegiada inteligencia".
A esto hay que añadir que, bajo el apodo de "Yuma", Trévelez era un justiciero internacional que contaba con una red de colaboradores y montones de adminículos que habrían dejado con la boca abierta a James Bond. Por tener, tenía hasta una capa de invisibilidad, muy parecida a la de Harry Potter o al mítico Anillo de Giges.
 
 

Una comedia de José de Cañizares dedicada al Anillo de Giges (siglo XVIII). Como todos sabemos, en España nunca hemos tenido literatura fantástica. (Guiño, guiño; codazo, codazo...)

 

Pero al contrario que Giges o que el malvado Griffin de H. G. Wells, Yuma utiliza su invisibilidad, su fortuna, su inteligencia y sus muchos agentes para resolver problemas desde el Tibidabo barcelonés, donde se encuentra el Intituto de Inventores y, debajo, la guarida secreta de Yuma, que está a caballo entre la Batcueva y las Fortalezas de la Soledad (las de Doc Savage y Superman, respectivamente). También como Doc Savage, Yuma contaba con un procedimiento para borrar la memoria a los malvados y reconvertirlos en personas honradas y útiles para la sociedad: esta idea, digna de Goebbels y que tiene sus contrapartidas en la realidad, quizá la aprendió Trévelez de sus antepasados precolombinos, que realizaban trepanaciones para curar a los enfermos de la presencia de espíritus malignos y maldiciones...

 

La Fortaleza de la Soledad de Doc Savage.

La Fortaleza de la Soledad de Superman.

  

La espada del samurai: el argumento

Como indica el título de esta novelita, la trama gira en torno a una antigua katana medieval que, en caracteres japoneses, reproduce unos versos que hablan de ¡una leyenda china!, cosa que nos desvela Ramón Trévelez, que no sólo sabe japonés, sino que conoce la historia nipona de cabo a rabo, como si fuera un moderno otaku.

La espada, que se encuentra en manos de un español, parece despertar diversos intereses en hombres misteriosos: intentos de robo, eruditos desaparecidos, profecías, guardianes sobrenaturales, viajes a través del mundo, piratas, secuestros... Ciertamente, tengo la impresión de haber leído una aventura de Indiana Jones en la que los malos no son los nazis, pues no aparecen por ninguna parte. a pesar de las fechas de redacción (y probablemente, por la germanofilia reinante en el Gobierno de España en 1943; recordemos que el Pacto de Hendaya se había firmado en octubre de 1940).

No pienso dar muchos más detalles sobre esta historia que es un carrusel de idas y venidas, golpes de mano, disfraces imposibles, y un toque fantástico que se refleja tanto en las habilidades tecnológicas de Yuma, como en los secretos que alberga la espada samurai.

Lo más impresionante, aparte del disfrute intrínseco de la aventura por la aventura (por demás imposible, pues estamos en una Barcelona salida de alguna tierra alternativa en la que nunca tuvimos una guerra civil entre 1936 y 1939), son los enciclopédicos conocimientos del autor sobre geografía y costumbres japonesas, cosa insólita en la novela popular española, circunscrita normalmente a los ambientes anglosajones. (Pero claro: hay excepciones, y siempre proceden de autores excepcionales, como es el caso de Hipkiss, o como sucede con Pedro Víctor Debrigode, que hasta se permitió el lujo de escribir un haiku en su novela Huracán sobre Asia, protagonizada por El Fantasma, personaje que guarda muchas, muchísimas semejanzas con Yuma).

***

No hay necesidad de explayarse mucho más. Eso sí: recomiendo con fervor un artículo del siglo pasado, escrito por amigo y colega, Armando Boix, y publicado originalmente en el fanzine digital Ad Astra nº6 (1996). Se titula "Yuma, un superhéroe en la posguerra española", y se puede leer en línea. No me lo agradezcan a mí, sino a Armando.

jueves, 20 de junio de 2024

Relatos satánicos (Biblioteca Oro Terror nº40). Recopilación de Kurt Singer


30 de marzo de 2024

Cualquier lector más o menos constante reconocerá que las antologías de cuentos, como género, obtienen casi siempre el mismo calificativo: irregulares. Da igual que sean antologías temáticas de varios autores, antologías de la obra cuentística de un solo autor, antologías "representativas" de una generación o grupo de autores, antologías "históricas" de recorrido a través del tiempo de un género...

Irregulares. Unos cuentos gustan más, otros menos. Tal cuento es obra maestra, aquel otro resulta ilegible y es basura de relleno.

El austríaco Kurt Singer (y si no recuerdo mal, también su esposa) vivía de esto de las antologías. En La Tercera Fundación tenemos fichadas hasta 21 antologías, 4 introducciones, y 5 relatos suyos (dos en colaboración con su mujer, Jane Sherrod Singer). ¿Qué tal es como autor? No me acuerdo, pero seguro que he leído alguno de sus cuentos. ¿Y como antólogo? Pues lo esperable: irregular, como sus antologías o las de cualquier otro antólogo profesional o aficionado.

 

Satanic Omnibus (1973); recopilación original de Kurt Singer.


Por ejemplo: Relatos satánicos, publicada por Molino en 1975, en traducción de Ramón Margalef (que también es bastante irregular, con permiso y con perdón), es la mitad del volumen original en inglés Satanic Omnibus (1973), que Molino dividió entre nuestro librito y otro titulado Historias infernales (1975). La mayoría de los relatos incluidos en el original inglés procedían de la vieja revista Weird Tales (en adelante, WT) que todos conocemos al dedillo, ¿verdad? En Historias infernales están Lovecraft, Seabury Quinn (con un relato del doctor de lo oculto Jules de Grandin), G. G. Pendarves (una autora de WT a la que deberíamos conocer mejor), Thorp McClusky (qué buen nombre para un villano de novela negra o de un western), y algunos más. Seguro que la media de esa antología es tirando a alta (aunque el cuento de Lovecraft es "The Shunned House", que está lejos de ser lo mejor de su producción).

 

Historias infernales (1975), Molino. La otra parte de nuestra antología.


La media de Relatos Satánicos, pues... en fin, veamos: vengo de haber leído durante un mes varias novelas de Jíbaro Vargas de Mallorquí, El Aguilucho de Debrigode, Una puerta al río de Barry Gifford, diversas novelas de (otra vez) Peter Debry, y hasta he realizado una relectura de Ciudad salvaje, una de las mejores novelas de Elmore Leonard.

Difícil ser piadoso con estos cuentos "satánicos", ¿verdad...? Lo intentaremos...

***

El "Prefacio" de Singer, cuatro paginitas, es un tostón que recoge anécdotas variopintas sobre el Demonio bíblico, cocodrilos, Ralph Waldo Emerson, y las experiencias ("mencionadas pero no contadas", como muchos casos de Holmes) del mismo Singer "en sus viajes por el mundo". Como mínimo, viajó a Laguna Beach (California), que es donde escribió el prólogo. Sin demasiado interés. Lo siento, Herr Singer.

"El vampiro de mi padre", de Alvin Taylor y Len J. Moffat (célebres por su nula popularidad) es, quizá, el más interesante de los cuentos del libro. No porque sea una excelencia, sino porque es lo bastante inteligente como para no tomarse en serio a sí mismo: el padre del narrador es coleccionista de objetos raros, y en el sótano tiene un vampiro en su ataúd. El argumento se parece un poco a la novela (muy posterior) La estaca, de Richard Laymon (la mejor de su producción, diría yo), y se regodea en la mala leche del narrador y en algún que otro invento tontucio. Pero al menos es original y tiene su gracia.

"La invasión verde" de Denis Plimmer es una tontuna tan desquiciadamente bizarra que merece la pena leerla: la invasión es la del mundo de los muertos, que desde otra dimensión (la novena), piensan conquistar la Tierra con ¡sus aeronaves espaciales!, comandados por el Hermano Carolous Pius, muerto en la hoguera en 1526. Cosa que a Carolous no le impidió inventar una especie de radiotransmisor que le permitía contactar con el mundo de los vivos. (En serio: esto tiene mejor pinta de lo que resulta al final: flojo, flojo, flojo...)

"La vampiro española" de E. Hoffmann Price tiene cierto encato, pero no deja de ser una comedia de vampirismo. Por hacerme odioso, la compararé con "El juez Ibáñez" de José Mallorquí (de comedia no tiene nada, este relato), que le da cien vueltas. (Y, ojo, que Hoffmann Price tiene todos mis respetos como mito de la Era de los Pulps, y por su relación de Lovecraft).

"Las gafas" de Robert Bloch es un cuento tangencialmente relacionado con los Mitos de Cthulhu (por la vía de Ludvig Prinn, el autor de De Vermis Mysteriis), y recoge el tópico del objeto maldito que va de mano en mano, como la falsa moneda. No es nada del otro mundo, y las varias primeras personas que relatan los hechos están conseguidas, pues Bloch es un escritor competente. Pero la verdad es que este relato poco aporta al lector curtido. Lástima no haberlo leído hace treinta o cuarenta años...

"El duende" de Malcolm M. Ferguson es una aproximación a los fenómenos parapsicológicos, situada en los años 40. Hay un doctor de lo oculto (o algo así) poco conocido, Thomas Chadwick, que aparece en un relato previo del autor; y la descripción de ciertas manifestaciones fantasmagóricas tradicionales (lluvia de piedras, por ejemplo) es correcta. Pero la historia se queda en nada o casi nada. Otro bluf, me temo. O eso, o lo he leído con muy pocas ganas, que también es posible. El autor no es siempre culpable. Los lectores también debemos aprender a hacernos responsables de lo que leemos y cómo lo leemos. Esto último es algo que sólo aprenden los grandes lectores, los lectores con oficio. Para ganarse el título de "lector de oficio" hay, primero, que leer mucho; y segundo, tener la humildad de rechazar el nombramiento de oficial.

"El libro de los muertos" de Frank Gruber es otro dislate, pero de los gordos. Sólo diré que es de 1941, y que se trata de un texto patriótico sobre la entrada de los USA en la guerra... De algún modo, se parece a "La invasión verde", también en este volumen, pero esta vez tenemos una momia viviente, en vez de un monje brujo del siglo XVI. Personalmente, me ha parecido una tontería, pero tiene el mérito, una vez más, de la osadía de plasmar un idea casi idiótica en un texto legible. Y después de todo, el cuento no deja de ser una revisitación de la vieja leyenda de los Ángeles de Mons, inventada por Arthur Machen. (Gruber escribió serie negra y aventuras, además de un puñado de relatos fantásticos).

"El diablo de Maniara" del británico Douglas Leach (de quien no sabemos nada, salvo que quizá se trate de este caballero) es un relato de aventura y terror en ambiente exótico (Papúa), con cocodrilos y brujería. Sin ser nada del otro mundo (guiño, guiño; codazo, codazo), quizá sea lo mejor del volumen junto al primer relato. Pero tampoco mata, pues la historia (publicada originalmente en 1933 y rescatada en WT en 1952) se parece mucho, por no decir demasiado, a algunos de los cuentos italianos y franceses que aparecían en las clásicas revistas de viajes y aventuras, y que se publicaban desde finales del siglo XIX hasta la primera mitad del XX. Vamos: que este cuento no aporta nada nuevo.

 


Mi propia reedición de un cuento francés, obra de Francis Mury, publicado originalmente en la revista francesa que aparece arriba, aparecida en 1924. Guarda semejanzas con el texto de Douglas Leach, fuera quien fuese.


En resumidas cuentas, es una antología de la flojas flojas, sin nada destacable, por desgracia; apta para cualquiera y obligatoria para nadie, ni siquiera para el investigador meticuloso. Ni la presencia de Bloch y sus "gafas de Ludwig Prinn" la levantan más allá de la pura anécdota.

Quizá otros lectores con mejor disposición o estado de ánimo le puedan sacar mayor disfrute. Ese es mi deseo, sinceramente.