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viernes, 12 de julio de 2024

Los Nueve Desconocidos (Enviado Secreto nº103; noviembre de 1969), de Silver Kane


 

22 de enero de 2024

Eterna introducción

La publicación en 1960 de Le Matin des Magiciens: introduction au réalisme fantastique, de Louis Pauwels y Jacques Bergier, supuso un regreso popular a las ideas ocultistas decimonónicas que, en muchos ámbitos, como el científico o el literario, aún seguían vigentes. (Nota: Si no me creen, echen un vistazo a la biografía del ingeniero de cohetes Jack Parsons, o a las obras literarias de Colin Wilson y las de Richard Shaver). Pauwels y Bergier se ocuparon de difundir no sólo las ancestrales ideas de diversos continentes y civilizaciones desaparecidas, o los contactos con extraterrestres (asuntos de los que se había ocupado, por ejemplo, Madame Blavatsky casi un siglo atrás), sino que actualizaron estos temas con la inclusión del concepto del esoterismo nazi, esto es, los empeños de Hitler y sus adláteres por utilizar medios mágicos para llevar a cabo sus planes de conquista. (Sobre esto se puede hablar, y mucho. Lo que sí es innegable es que, a pesar de la consecución de un sacrificio humano genocida en los campos de exterminio, supongamos que consagrado a complacer a algún dios lovecraftiano o al mismísimo Satanás, todo ese esfuerzo no sirvió para nada. La magia no era el punto fuerte de los nazis).

 

El retorno de los brujos (Plaza y Janés, 1961).




Una de las ideas que retomaron los autores del libro que, en castellano, se tituló El retorno de los brujos (traducción de J. Ferrer Aleu para Plaza y Janés, agosto de 1961), fue la que había planteado el polígrafo, viajero, metomentodo, y muy probable caradura y estafador francés Louis Jacolliot (1837-1890) en alguno de sus muchísimos libros, esto es: la existencia de la sociedad secreta de los Nueve Desconocidos, que se remonta a la leyenda precristiana de Ashoka el Grande, emperador de Maurya, la primera gran unificación de la India allá por los siglos IV y III a. C. La historia de Ashoka y los Nueve Desconocidos guarda ciertos paralelismos (si se nos permite la licencia) con la de Alfred Nobel y los premios que llevan su nombre: el éxito rotundo por la capacidad destructiva, el arrepentimiento posterior, y la creación de una institución que salvaguarde los conocimientos más importantes para la Humanidad. En el caso de Nobel, hablamos de la dinamita; en el del emperador Ashoka, la visión de sus rotundas y sangrientas victorias en las guerras, y la invención del llamado "Infierno de Ashoka", un palacio de torturas refinadas e indecibles del que no se podía salir, en cuyo interior se produjo un milagro que convirtió al emperador al budismo y a la paz fraternal. Si Alfred Nobel decidió legar su inmensa fortuna, amasada a base de explosivos (que provocaron innumerables muertes), a una academia que nombrara y galardonara a los individuos más destacados en las artes y las ciencias, Ashoka conformó la sociedad secreta de los Nueve Hombres Desconocidos, encargados de compilar los conocimientos del ser humano y ocultar aquellos que pudieran ser peligrosos, por nuestro bien y por la paz. (Nota: No deja de ser irónico e incluso de tener su gracia que torturadores psicópatas e inventores de armas terminen "redimidos" y convertidos en vigilantes del saber, en busca de un mundo mejor. A mí, la verdad, no me inspiran ninguna confianza este tipo de individuos).

 

Uno de los muchos títulos de Jacolliot, éste publicado por Bartolomé Bauzá en 1926. Por cierto, que también publicó novelas de misterio, más o menos policíacas. Habrá que leerlas, a ver qué tal están.


Si esta leyenda se la inventó Jacolliot o la escuchó en alguno de sus viajes, no lo sabemos; pero el caso es que el francés aseguraba creer en los Nueve Desconocidos.

El escritor inglés Talbot Mundy, gran creador en el terreno de la aventura exótica, publicó en 1923 la novela The Nine Unknown, que presentaba a los Nueve como una benévola organización secreta, la cual guardaba los secretos de la telepatía y otras muchas zarandajas. Pero esta obra y este asunto cayó en el olvido hasta que Pauwels y Bergier lo rescataron en El retorno de los brujos. Con la aparición y éxito internacional de este volumen, al menos tres autores de tres países distintos se hicieron eco de los Nueve Desconocidos, de forma simultánea: fueron el argentino Juan Jacobo Bajarlía, el norteamericano Philip José Farmer, y el español Francisco González Ledesma, también conocido como Silver Kane.

 

The Nine Unknown (1923), de Talbot Mundy.

 

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La aportación de Bajarlía, un breve artículo de ficción titulado "Los nueve desconocidos", recogido en el volumen Historias de monstruos (1969), abundaría en la leyenda de Ashoka y en las conexiones de los Nueve con los poderes paranormales, con algunos personajes históricos como Dante Alighieri, y con "La casa espectral" (1964), un relato de nuestra Biblioteca de Babel, escrito por el ficticio John Batharly (evidente sosias de Bajarlía que, curiosamente, sí publicaría algunas obras en nuestro plano de realidad).

 

Historias de monstruos (1969), de Bajarlía.

 

Por su parte, Farmer, padre de la Mitología Creativa woldnewtoniana, publicó en 1969 A Feast Unknown, una de sus obras maestras, en la que abordaría los problemas reales del súper hombre, en este caso encarnado por dos sus máximos y primordiales exponentes: el individuo en que Edgar Rice Burroughs se basó para crear a Tarzán de los Monos, y el hombre que inspiró a Lester Dent la creación de Doc Savage. Héroes de este calibre, tratados desde una perspectiva realista y materialista que explora las súper sexualidades de estos caballeros, merecían unos antagonistas a su altura: los Nueve Desconocidos que, al contrario que en la novela de Mundy, son los amos secretos del mundo, y su existencia se remontaría mucho más atrás en el tiempo que la leyenda de Ashoka.

Está claro que la fuente de Bajarlía y Farmer es la misma (el libro de Pauwels y Bergier), y de forma idéntica sucede con Silver Kane y su versión de los Nueve.

 

A Feast Unknown (1969), de Farmer. Ilustración de cubierta de Richard Corben.

Una edición en rústica de la novela de Farmer sobre los Nueve Desconocidos.

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La reseña de nuestra novela de a duro

Silver Kane.

 

La colección Enviado Secreto (también conocida como DANS, siglas del Departamento Atómico Nacional de Seguridad) es una de esas raras avis de los bolsilibros de Bruguera que, por los más diversos motivos, resulta inclasificable. Para empezar, se publicó casi íntegramente (salvo los últimos números) en el formato "deluxe", es decir, un poco más alto que los bolsilibros convencionales. Nunca he sabido el porqué de la existencia de este formato más o menos experimental, aunque está claro que, a pesar de su longevidad (134 números entre 1967 y 1970), las ventas no debieron acompañarla en los últimos números que, como decíamos, aparecieron en el tradicional formato de 10,5 cm x 15 cm. La serie recayó en manos de cuatro autores "de la casa", todos ellos viejos conocidos de los lectores de novelas de a duro: Clark Carrados, Frank Caudett, Burton Hare y Silver Kane. Cada uno de ellos narraba las aventuras de un agente del DANS; Silver Kane se encargó de Johnny Klem, que "en cualquier momento podía abandonar los brazos de una mujer para caer en los brazos de la muerte", según rezaba la publicidad de contraportada.

 




Obviamente, estamos ante una serie de episodios completos e independientes, relacionados por la organización y algunos personajes secundarios, donde se emula la moda de las ficciones de espionaje al estilo del James Bond de Ian Fleming y su legión de imitadores y descendientes, como el maravilloso Brian Kervin (agente M-31) de Curtis Garland. Como buena serie de espionaje de su tiempo, muchas de las aventuras de los agentes del DANS colindaban con otros géneros, sobre todo con la fantaciencia exótica, el problema-enigma bizarro, e incluso el ocultismo traído por los pelos.

"Los Nueve Desconocidos" de Silver Kane es una aventura de Johnny Klem, con un planteamiento que es lo mejor de la novela, por improbable y delirante: Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos, alcanza un acuerdo secreto con la URSS y con la China comunista para hacer realidad la vieja leyenda de Asoka: conformar un consejo de nueve sabios escogidos en todo el mundo para que supervisen y tomen decisiones sobre los adelantos atómicos que va produciendo la ciencia. "Hasta Mao Tse Tung se ha avenido a razones", confiesa un sorprendido Nixon.

 

Mao Tse Tung y Richard Nixon en 1972, tres años después del asunto de los Nueve Desconocidos.

 

Pero claro: hay fuerzas externas que están interesadas en que dicho pacto no se lleve a cabo, y existen dudas acerca de las verdaderas identidades de estos Nueve Desconocidos. Aquí es donde entran Johnny Klem y el DANS, que deben evitar lo inevitable: el fracaso de este proyecto internacional.

La novela es divertida y correcta, pero nada del otro mundo. Las expectativas que despierta el título son demasiado altas, pues habría sido hermoso ver a Klem enfrentado a los agentes de los inmortales Nueve que ya retrató Farmer; pero en lugar de esta gran aventura, tenemos el típico correcalles (correpaíses) con bellas agentes secretas metidas en la cama del maestro de espías, crótalos venenosos, traiciones, los esperables giros inesperados, y una sencilla aventura más que apuntar en el currículum de Klem y de González Ledesma. Lo que podría haber sido muy grande se queda en anecdótico; pero no quiero restarle el mérito a Silver Kane por ser el primero en usar el concepto de los Nueve Desconocidos en una ficción española, ni negarle la originalidad, por disparatada, de esta "triple alianza contranatura" que tenía por objetivo fomentar la paz en nuestro planeta.

Quizá lo más fantástico sea que todo fuera idea de Richard Nixon. Aunque bien pensado, quizá, detrás de estos Nueve Desconocidos estuviera Henry Kissinger. Sí, eso tendría más sentido... sobre todo, visto en qué quedó el acuerdo de colaboración al final de la novela...

 

Henry Kissinger y Mao Tse Tung, viejos amigos (desde 1971, extraoficialmente), reunidos en público, en contra de sus costumbres...

martes, 9 de julio de 2024

Mágico, sombrío, impenetrable (2014), de Joyce Carol Oates

Edición de Alfaguara, 2015.

8 de julio de 2024

Es casi un delito que, hasta ahora, no me hubiera acercado a la obra de la estadounidense Joyce Carol Oates (nacida en 1938), veteranísima artesana de la narrativa que ha pasado por todos los géneros imaginables, al parecer, con gran éxito. La coletilla habitual es la de "firme candidata al Nobel", pero eso es cosa que a mí ni me compete, ni conozco, ni me afecta. Esto me recuerda al caso de Stephen King, para quien se reclama el Nobel de Literatura cada vez desde más redes sociales, pero sospecho que a la Academia (la sueca y las demás) le importa un bledo las votaciones populares. Bien, pues a fin de cuentas, el Nobel no es un premio a la popularidad —si así fuera, se haría una votación más o menos pública con los activistas de turno llevándose el gato al agua—, sino un reconocimiento político internacional en el que juega cada vez más la bajada de pantalones y ropa interior ante la demanda de tal o cual país cabizbajo, minorías y micromayorías, deudas históricas, y un montón de cosas que parecen concebidas en una reunión secreta de dones calabreses. Además, también es cierto que la concesión del Nobel de Literatura no parece que sea una garantía de inmortalidad: de los cinco españoles galardonados, dos han caído en el olvido editorial y de los lectores, José Echegaray y Jacinto Benavente; y los otros tres, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre y Camilo José Cela, con el tiempo probablemente sigan el camino de sus ilustres predecesores.

Sea como fuere, Stephen King no necesita un Nobel para nada. Y Joyce Carol Oates tampoco. Puestos a pedir justicia, a cubrir necesidades y a echar una mano económica y un empujón de popularidad, yo lo necesito mucho más que esos dos.

Pero no estamos aquí para hablar de mí y del Nobel, sino de oscuridades internas y externas, y cómo escribirlas.


Joyce Carol Oates.

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Oates se inventa a Roland Marks, un Nobel de Literatura (novelista) perteneciente a nuestra Biblioteca de Babel, en la novela corta Parricidio, que cierra el volumen. La historia está narrada por la sufrida hija de Marks; su padre es un insoportable, mujeriego y ególatra escritor. Parricidio es la última de las cuatro partes en que está dividido el volumen, y resulta una lectura interesante y, como el resto de las historias de Oates, es ambigua y bastante "impenetrable" (no diré "incomprensible", porque no se trata de eso). Con esto quiero decir que Parricidio es una exposición subjetiva de una serie de hechos que conducen a la muerte del autor (esto no es un spoiler, se cuenta en la primera página) y un poquito más allá. No es, en absoluto, un relato de género, sino una historia de relaciones humanas, de seducciones, de imposiciones, de sumisiones y, en última instancia, de masoquismo: una hija que se convierte en la sirvienta (poco menos que esclava) del padre, en pleno siglo XXI, en un contexto educado y civilizado. Y lo de "impenetrable" es porque uno puede pasarse meses dándole vueltas al "final" de la narración y no llegar a ninguna parte, o más bien, llegar a cincuenta conclusiones distintas. En mi opinión, esta novelita es ideal para un club de lectura que no esté interesado en la literatura de imaginación, sino en el realismo contemporáneo, en la psicología y en las personas con trastornos emocionales en general.

Primera edición en inglés, 2014.


Los otros bloques de este volumen están compuestos por relatos de extensión mediana, y la división entre unos y otros, creo, resulta un tanto caprichosa; no obstante, seguro que en la cabeza de Oates la cosa tiene sentido y los textos están relacionados de alguna forma que a mí se me escapa... salvo en lo que se refiere a la tercera parte. Y ni siquiera del todo.

El primer bloque está conformado por cinco relatos sobre asuntos más o menos cotidianos que se inclinan hacia lo extraño y lo siniestro de forma levísima, casi imperceptible: un muchacho que acompaña a su abuela al hospital ("Sexo con una camella", ¡menudo título!); un intento de pareja que, de paseo por el bosque, sufre el asalto de un perrazo ("Mastín"); las contradicciones de una mujer en todo lo que se refiere a su amante (este es bastante inquietante, y se hubiera podido titular "El que espera, desespera", en lugar de "Distancias"); otra pareja irregular o improvisada que se dirige a un estado de los USA donde se pueda abortar para hacer lo propio ("Un libro de mártires); las neurosis (en plural) de la esposa de un profesor de una pequeña universidad, provocadas por la quimioterapia (un cáncer secreto que la protagonista lleva a rastras con resignación y amargura) y el repentino fallecimiento de un prohombre de la institución ("Se ha muerto Stephanos")...

Sin duda, Oates debe conocer de primera mano el ambiente de esas "pequeñas universidades", pues la segunda parte del libro, con tres relatos, se abre de nuevo con esa misma ambientación: el viciado aire de las comunidades académicas en ciudades pequeñas. "El cazador" está narrado por V*** N*** (Violet), una poeta premiada con una estancia en una de esas universidades de medio pelo, justo cuando su padre está ingresado en un hospital, en cuidados paliativos, a la espera de una anunciada e inminente muerte. La historia gira en torno a los remordimientos frente a la responsabilidad por no estar con el padre, al tiempo que Violet comienza una relación improbable (por no decir imposible) con el cazador que da título al cuento: el presidente de la universidad, es decir, un depredador que genera falsas ilusiones en mujeres inocentes como la poeta. (Lo de las "falsas ilusiones" dice mucho más del personaje femenino que del masculino). "Desapariciones" vuelve al tema de la esposa que siente que su marido se le escapa entre los dedos y, de nuevo, tenemos cierta presencia hospitalaria e insinuaciones cancerígenas. "Cosas que quedan atrás, de camino hacia el olvido", título tomado de una fotografía de Paul Strand, está estructurado en capitulillos desordenados cronológicamente, en los cuales se recogen los hechos que llevan a la muerte de la joven Leanda, de veintisiete años, una asiática americana (o filipina americana, como descubrimos en el texto), hija adoptiva de un excéntrico y anciano fotógrafo de éxito, ninguneada por el resto de sus hermanos. Aquí tenemos la figura de la hija convertida en esclava de su padre, incapaz de escapar de él. Es decir: exactamente lo mismo que veremos en la cuarta parte del libro, en Parricidio. Aquí, además del padre, los hermanos y la madre también son responsables del delito de... bueno, de "no amar". (Confieso que, en mi lectura caótica, es el último de los textos que he leído, y a pesar de que Oates fluye bien, me ha costado cierta disciplina terminar de una vez con ese libro. Este relato, además, contiene el novedoso concepto de mirada masculina, según el cual, creo entender, las mujer viven subyugadas por el modo en que los hombres las miran, o bien, el modo en que pasan por encima de algunas de ellas —con la vista— como si no existieran: muy interesante e innovadora idea que bien puede ser como base para un relato distópico o para un cuento de terror de asesino psicópata).

Con permiso, corro un tupido velo en torno a esta sección.

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La tercera parte, definitivamente, es my cup of tea, con cuatro historias que se adentran en el terreno del horror sobrenatural, el Twilight Zone, y el misterio sin resolver. No los he leído en orden, porque tras zamparme las dos o tres primeras historias del primer bloque, decidí picotear adelante y hacia atrás para ver qué más tenía que ofrecernos Oates en este libro. Estos cuentos eran lo que yo estaba buscando; el resto, ciertamente, están muy bien escritos, pero su interés es, para mí, relativo: como diría Garth Ennis, esos relatos no tienen suficientes helicópteros de combate.

"Santuario al borde la carretera de Forked River, Jersey del Sur" es una revisitación del tópico de la historia del muerto contada por él mismo (más que un tópico, es un subgénero, o incluso una de esas entidades inorgánicas que se auto replican a través de nosotros, y que se empeñan en persistir desde tiempos remotos), aunque con cierto aire lírico que casi, casi, casi entronca con el paganismo y las ecoreligiones que pretenden reivindicar la "adoración de la naturaleza", o de la Madre Tierra, o lo que sea que crean esos visionarios.

 

The Virginia Quarterly Review, volumen 89, nº3, verano de 2013. Incluye el magnífico relato "The Jesters" ("Los payasos") de Joyce Carol Oates.

 

"Los payasos" ("The Jesters", publicado en The Virginia Quarterly Review en el número de verano de 2013) es, con mucho, mi cuento favorito de esta colección. No diré de esta historia más que cumple con varios requisitos, como por ejemplo, la de seguir el consejo de M. R. James de "dar al lector siempre un punto de agarre" que le permita dudar de la naturaleza (o sobrenaturaleza) de lo que te han contado; también es una historia de terror realista moderno, del tipo que Bioy Casares, en 1940, ya despreciaba por predecible en su prólogo a la célebre Antología de la literatura fantástica que perpetró junto a Borges y Silvina Ocampo: estamos hablando del retrato de vida normal en el que irrumpe, como diría Bioy, "el fantasma". (En el prólogo a la edición de 1965, Bioy afirmaba estar avergonzado por muchas de las afirmaciones que vertía en su  introducción previa. De sabios es rectificar; de astutos y ladinos decir que rectificas, pero no el qué exactamente). Esta fórmula, hallada en un libro con una mayoría de relatos sin componente fantástico, funciona aquí espléndidamente y produce el estupor deseado por la autora y, en mi caso, por el lector. (Añadiré que, por motivos personales y vivenciales, esta historia me afecta de un modo muy directo. El lector nunca es imparcial u objetivo, gracias, una vez más, a Paik-Bhutan, Cthulhu y Uly'qmoos).

"Traición" es mi segundo cuento favorito del libro. De nuevo, tenemos un retrato contemporáneo, en este caso, el de un joven y sus dificultades para encontrar trabajo después de los estudios. Pero... las cosas se ponen interesantes para el protagonista, para su familia (y por suerte, para el lector), gracias al interés del joven en los bonobos, esos humanos en miniatura que siguen siendo un tanto misteriosos y siniestros, sin duda por su cercanía con nuestra especie. (Lo último que me esperab encontrar en este libro es un cuento con monos. Todo un hallazgo que recomiendo fervorosamente).

 

Número de Harper's Magazine donde apareció el relato "Lovely, Dark, Deep".

 

El último relato de este bloque es el que da título a la antología: "Magico, sombrío, impenetrable", traducción de José Luis López Muñoz de "Lovely, Dark, Deep", publicado originalmente en el número de noviembre de 2013 de Harper's Magazine. El título es parte del verso de un poema de 1923 de Robert Frost (1874-1963), "Stopping by Woods on a Snowy Evening", y el poeta es personaje y objeto absoluto de la mirada crítica, cáustica, destructiva de Oates. A través de la entrevista de una jovencita al veteranísimo poeta en 1951, la autora machaca la figura del poeta por medio de una serie de preguntas comprometidas de una entrevistadora que, vista con la perspectiva adecuada, es una especie de entidad sobrenatural que posee conocimientos imposibles de la vida íntima de Frost: un poco como si el Diablo que te acusa de soberbia, además, rebusca en la basura y encuentra un buen puñado de nuevos cargos con los que mandarte al Infierno.

Es un cuento muy interesante, sobre todo para los aficionados a la poesía norteamericana; pero mucho me temo que, en España, nos trae al pairo la fama de Robert Frost y sus versos, que sin duda son excelentes. Con la publicación de este relato, Oates se ganó un montón de enemigos, entre ellos los herederos del poeta, y le tiraron piedras por todas partes, por mucho que Oates avisara que "este es un trabajo de ficción basado en investigaciones biográficas y bla bla bla". La verdad es que me importan un bledo todas las acusaciones de racismo, machismo, violencia, etc., que recaen sobre Frost en esta historia, porque a Frost no lo he leído ni lo tengo puesto en ningún altar, ni he puesto su retrato en una diana. Lo que sí destaca con claridad es la inquina que siente Oates por el ilustre poeta, y ella sabrá si hace bien en meterle una paliza a una vaca sagrada literaria de su país. A mí, personalmente, esa parte me resbala; el relato en sí es correcto y me agrada su mala leche. Creo que, en sentido estrictamente de calidad literaria, no habría cambiado nada —salvo la notoriedad del cuento debida a la polémica que generó— si hubiera puesto "Richard Warm" en lugar de "Robert Frost".

 

El poeta norteamericano Robert Frost.



Y, claro: el cuento sobre Frost sirve como enlace para el cuarto y último bloque del volumen, la novela corta Parricidio, sobre el Nobel ficticio Roland Marks, que es una especie de versión ligera del Frost dibujado por Oates: todos malos padres, malos maridos, malos amantes, malos hombres que no roban ni matan.

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Mi impresión general es que Joyce Carol Oates es una autora que conoce su oficio y, a estas alturas de la vida, se puede permitir el lujo de escribir sobre o contra quien le dé la gana; por ejemplo, contra los poderosos intelectuales varones de la sociedad estadounidense. Siento curiosidad por saber si, en sus novelas, es tan poco sutil a la hora de mostrar sus fobias como aquí. En cualquier caso, me quedo con sus relatos que se aproximan al terror y a la fantasía, pues me parecen más efectivos, mejor acabados, menos ambiguos (y eso que Oates parece tener una fijación con los finales abiertos) y, sencillamente, más de mi gusto. Desapruebo las "venganzas personales" en literatura, aunque seguro que no estoy autorizado moralmente para arrojar esa pedrada ética. Es sorprendente lo infantiles (en el peor sentido de la palabra) podemos llegar a ser las personas, y eso incluye a los escritores. Y es curioso que los éxitos puedan generar tanta o más mezquindad que los fracasos. Está claro que la humildad no es un don característico de los Premios Nobel de Literatura... pero tampoco de los eternos candidatos al premio.

En fin: demasiadas oscuridades con demasiado trasfondo ideológico (sin rozar lo panfletario, creo) para tan poco sentido del humor. Todo lo demás me da igual, en el fondo; pero esto último, la carencia de  humor, es lo que, personalmente, rara vez perdono en literatura. Si Primo Levi es capaz de arrancarme una sonrisa, no sé muy bien qué hace nadie contándome el infierno en vida que es el mundo académico o los hipócritas, mediocres, infinitesimales dramas de las familias de clase media alta.