Mostrando entradas con la etiqueta detectives. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta detectives. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de agosto de 2024

Marcha fúnebre de las marionetas (1990), de Frank de Felitta

 


 

27 de agosto de 2024

Al neoyorquino Frank de Felitta (1921-2016) le estaré eternamente agradecido por dirigir un vulgar telefilme que, hoy, recordamos todos los aficionados al terror. (Todos lo que brincamos de los cuarenta años, quiero decir). Se trata de La oscura noche del espantapájaros (1981) protagonizada por un odioso Charles Durning, a quien todos amamos odiar por su papel en El golpe (1973). La peli del espantapájaros, que yo recuerde, se distribuyó en España en vídeo, e imagino que la emitieron en el canal UHF (se pronuncia "eluachefe") en algún momento a principios de la década de 1980. (Consejo gratis para plataformas de televisión en línea: cread un canal que se llame UHF y que emita cosas de los tiempos del UHF, incluida la carta de ajuste y anuncios ochenteros. Para empezar, todos los Documentos TV en la época en que el programa abría con la sintonía de Ry Cooder para la película Paris-Texas). Como bien indican las reseñas de acá y allá, esta película inauguró el subgénero de "espantapájaros asesinos", que con el tiempo ha crecido. Aún hoy tenemos obras de autores que, con esa idea, acaban de inventar la rueda para los nuevos públicos. Cualquier día de estos inventarán el vampiro y el hombre lobo.




Las otras obras literarias más o menos célebres de De Felitta son El exorcismo de Audrey Rose y El ente, dos películas basadas en novelas de este autor nada prolífico. No las he leído y, a pesar de los pesares, probablemente lo haga en algún momento, en el futuro. Pero no mañana ni pasado.

 



 ***

Ahora, vamos con la parte dura: hablar de esta novela que me ha generado sentimientos encontrados. Por una parte, es un relato correcto. Por otro, es una historia que ya he leído mil veces. Se denomina detective, chica y asesino en serie con truco.

En este caso, el truco es Hitchcock.

Con estos datos, ya tiene usted la novela completa. Sí, es exactamente como se la imagina. No hay sorpresa. Me remito a la

SINOPSIS

Un asesino comete varios crímenes que, de alguna manera, imitan los asesinatos que aparecen en películas de Alfred Hitchcock. El detective Santomassimo se encarga del caso y recurre a la ayuda de la joven y guapa profesora Kay Quinn de la universidad. El detective y la profesora se lían. Al asesino le da igual, él va a lo suyo. Todo el rato revolotea la sombra de las películas de Hitchcock. El asesino silba en una ocasión la melodía de introducción de la serie de televisión Alfred Hitchcock Presents. El libro titula mal la pieza musical de Gounod, que en realidad es Marcha fúnebre para una marioneta, no "de las marionetas". A nadie le importa. El final es el que pueda imaginar el lector.




***

Edición original en tapa dura, 1990. Lo que el halcón sostiene en el pico no es un pedazo de masa encefálica, sino una palomita de maíz ensangrentada.



Lo lamentable es que Frank de Felitta haya ejecutado como novela larga (casi 350 páginas) una historia que Curtis Garland habría despachado en 96. Y eso es lo que pedía esta historia, que me extraña no se convirtiera en un telefilme: 96 páginas y ni una más.

El lector sabe, o debería saber, que no soy afecto a las malas críticas, y esta no pretende serlo. Ahora bien, lo que digo en el párrafo anterior, sin que vaya en detrimento (todo lo contrario) de Juan Gallardo Muñoz, es cierto: Marcha fúnebre de las marionetas podría haber sido un bolsilibro publicado en Selección Terror o en Punto Rojo, y habría resultado dignísimo, incluso es posible que muy bueno. Toda la parafernalia relacionada con Hitchcock es interesante, y Curtis Garland la habría aprovechado tan bien o mejor que De Felitta. El problema es que De Felitta tiene que meter un buen puñado de sentimentaloides escenas de cama que son relleno al 100%. Muchas, demasiadas partes del libro, las dedicadas al coleccionismo de mobiliario, o incluso las partes policiales, resultan huecas y falsas. Estamos ante un decorado de cartón piedra.

En 1991, cuando Ediciones B trajo a España Funeral March of the Marionettes en buena traducción de Antonia Kerrigan, Curtis Garland ya no publicaba nuevas novelas policíacas. Por entonces, Curtis había escrito cientos de historias con el detective, la chica y el asesino serial con truco, y ya no frecuentaba el género. Para mí, el problema es que la parte procedimental de nuestra novela recrea un tópico que nunca ha existido más que en la ficción, y que ya estaba obsoleto cuando De Felitta escribió y publicó su novela. En 1988, Thomas Harris había publicado El silencio de los corderos, que es una perversa versión del tópico "detective, chica, asesino serial con truco", en el que Harris invirtió los roles de los protagonistas (y, de acuerdo, aquí no tenemos detectives, sino agentes del FBI); y unos años antes, también nos había iluminado con El dragón rojo, del que podemos decir tres cuartos de lo mismo.



 

Pero esto no es lo más grave. Lo gordo es que el detective Fred Santomassimo (que yo he leído todo el tiempo como "Santomassino") es miembro de Los Angeles Police Department, y el escritor James Ellroy ya llevaba un buen puñado de años contándonos su versión hiperrealista del LAPD. En 1990, cuando apareció la novela de De Felitta, también se publicó L. A. Confidential de Ellroy, la tercera entrega del "cuarteto de Los Ángeles". En 1990, quien más, quien menos, sabía que el LAPD tenía a sus espaldas una larguísima historia de corrupción policial, una historia que, lejos de terminar, estaba a punto de convertirse en el escándalo Rampart. (Es el caso en que se inspira libremente esa obra maestra televisiva que es The Shield).

¿Cómo podía competir De Felitta con la frescura, la modernidad, el descaro, la crudeza, las palabrotas de Ellroy? ¿Qué pudo decir cuando, en 1991, se estrenó la adaptación cinematográfica de The Silence of the Lambs? ¿Qué iba a hacer con su novela-guión sobre "el asesino Hitchcock", sino guardarlo en un cajón e intentar no volver a pensar en él?

Es más, ¿qué pensaría De Felitta cuando, en 1992, cayó en sus manos El eco negro de Michael Connelly? Después de leer la primera entrega de la biografía de Harry Bosch, detective del LAPD, ¿qué pensaría de su Fred Santomassimo, intrépido e impoluto detective descendiente de anticuarios italianos?

 


 

Además, ¿es que De Felitta no se había leído ninguna novela de Ed McBain y el Distrito 87 de Isola? ¿No había visto Hill Street Blues? Está claro que el autor no realizó el trabajo de documentación que sí hizo Arthur Hailey cuando publicó Detective en 1997.

Todo esto me ha rondado la cabeza durante la lectura de esta Marcha fúnebre. Mi conclusión es evidente: si se hubiera publicado en 1980, año en que falleció Alfred Hitchcock, habría tenido sentido. Habría sido un bonito homenaje. Se habría leído con interés e incluso con cariño. Publicarla y ambientarla en 1990... es, sencillamente, anacrónico.


Frank de Felitta.

jueves, 22 de agosto de 2024

Dragones del karate (La Huella nº25; abril de 1974), de Curtis Garland

 

La Huella nº25, abril de 1974. Portada de Enrique Martín.


 

20 de agosto de 2024

Si algo me queda claro después de leer Dragones del karate (publicada en la curiosa colección La Huella de Bruguera, en su nº25, de abril de 1974) es que a Juan Gallardo Muñoz le encantaba llamar a sus villanos misteriosos "El Dragón". Así, de memorieta y sin consultar nada, recuerdo un "Dragón de Oro" villano (no confundir con los Tres Dragones de Oro, el grupo de héroes de las artes marciales cuyas aventuras recogió Curtis Garland en la colección ¡Kiai! de Bruguera) en la novela El templo de los siete ídolos, una de las que publicó en la tardía colección Tam-Tam; y otro "Dragón", también jefe de un grupo de bandidos o de una sociedad secreta, o lo que prefiera el lector, en el western En el Oeste hay dragones (Bisonte nº1263, marzo de 1972), de Donald Curtis.


Tam-Tam nº88, agosto de 1984.


Bisonte nº1263, marzo de 1972.



Esto es casi un vicio de Gallardo, y me temo que podría explotarse en términos mitográfico creativos. A fin de cuentas, hablamos de un mismo esquema: un malvado que se oculta bajo un apodo de reminiscencias orientales, que posee unos recursos dignos de Fu Manchú (aunque luego no sea para tanto), y cuya identidad secreta es la de... bueno, un individuo distinto en cada historia. Creo recordar que en La flor alucinante de Donald Curtis (Agente Federal nº96; 1968) también había un villano de estas características; lo que no sé en estos momentos es si se hacía llamar "El Dragón".

 

Agente Federal nº96; 1968.


 

En esta rutinaria Dragones del karate, Curtis Garland utiliza la consabida trama de "búsqueda de un McGuffin desconocido" mezclada con la investigación de una serie de extraños asesinatos, en apariencia inconexos, pero relacionados por la parafernalia samurai del criminal. La gracia de esta novelita estriba en que transcurre en Japón de forma casi íntegra, y su protagonista es una especie de "asesor e informador de empresas" norteamericano que forma equipo con su colega japonés: Norman Robbins y Kodaya So. Por supuesto, tal como se dice explícitamente en la historia, el oficio de estos dos (eso de "asesores") es otro nombre para decir "detectives privados" especializados en casos de mucha, mucha pasta. El otro punto de interés se encuentra en que Curtis utiliza lo que ha leído sobre artes marciales, y nos cuenta los orígenes chinos de este tipo de lucha (o filosofía, o lo que sea), los nombres y versiones de dichas modalidades de disciplinas y, de paso, se marca un par de escenas de lucha karateca al estilo Curtis: poniendo nombre a los movimientos, a las katas, o como se quiera llamar eso que hacen los que practican estos... deportes. (De rollos técnicos karatecas, judocas y kungfutecas nos hincharíamos tres años más tarde en la ya citada serie de los Tres Dragones de Oro, que no por la pesada descripción de los tipos de golpes y fintas, alienígenas para los profanos como servidor, es menos disfrutable).

Curtis nos habla del Japón de mediados de los 70 como un lugar claramente mediatizado por las empresas europeas y norteamericanas, en donde los ejecutivos nacionales conducen vehículos europeos de primera, en lugar de sus Toyotas y Hondas. Es un país avanzado e idealizado, y Curtis nos da un paseo por barrios y avenidas de Tokyo y Kyoto, tirando, sin duda, de mapas y guías.

Lo que, a título personal, ha llamado mi atención, es lo siguiente: Curtis debió de escribir esta novela con su habitual apresuramiento (en el mes de abril de 1974, tengo contabilizadas hasta siete novelas publicadas por Juan Gallardo), que sorprendentemente no daba lugar a errores, confusiones y cabos sueltos. Pero creo que esta vez lo hizo tan rápido que la novela, por una vez, se le quedó corta: la historia queda cerrada y bien cerrada en torno a la página 88 u 89; el resto, hasta la 96, es relleno puro y duro. Éste es un hecho insólito, tal y como sabrán los lectores de bolsilibros, pues lo normal es lo contrario: un final de dos párrafos que se notan recortados para cuadrar la paginación. Sin embargo, aquí es al revés, y Curtis no nos relató el banquete de bodas y los momentos íntimos en el tálamo nupcial por pudor, supongo. Pero si hubiera querido, lo habría podido hacer.

***

En realidad, poco más se puede decir de esta entretenida (y ya) novelita de a duro, salvo que es la segunda (o la tercera, si contamos En el Oeste hay dragones) en la que utilizó como tema y trasfondo las artes marciales: la primera (o segunda) fue Kárate contra Kung-Fu, publicada en Servicio Secreto nº1275, cuatro meses antes de que apareciera nuestro Dragones del karate; hay reseña del amigo Carlos Díaz Maroto, que nos indica que aquella novela es mejor que la presente. Luego vendrían los Tres Dragones de Oro (1977-1978), policiales como La noche del samurai y fantacientíficos como Samurai, siglo XXI... Pero esas son otras historias, de las que daremos cuenta en el momento oportuno.

Mientras tanto, seguiremos meneando el cedazo en busca de las pepitas de oro y procuraremos no olvidar por completo el material menos extraordinario.

 



lunes, 5 de agosto de 2024

Personal (Jack Reacher nº19; 2014), de Lee Child

La entrega nº19 de la serie de novelas de Jack Reacher, también conocido como "Sherlock Homeless".


 

2 de agosto de 2024

Debo ser el último mono que se ha enterado de la existencia de Jack Reacher, el ex policía militar creado por Lee Child (pseudónimo del británico James Dover Grant). O al menos, el último mono que se ha leído alguna de las novelas de la serie. En mi línea, he empezado con la entrega nº19, Personal (2014), que fue "galardonada" —permítanme que me ría— con el VIII Premio RBA de Novela Negra en España. Lo que quiere decir que RBA decidió apostar por esta novela para publicitarla a lo bestia. No sé muy bien cómo les salió la jugada, imagino que bien, pues no he hecho un seguimiento del tema. Me da igual. Yo tengo la primera edición en castellano, publicada en octubre de 2014 (por RBA, por si alguien tiene dudas), y la pillé de segunda mano en alguna parte, quién sabe dónde. Tiene buen tamaño de tipografía y la traducción de V. M. García de Isusi está muy bien. Alguien puede decir: "Pues qué menos, joder". Pero no; resulta que es importante señalarlo. Este libro tiene diez años, y para cuando se publicó ya se empezaban a encontrar muchas tropelías "modernas" en las primeras ediciones de tapa dura de las publicaciones de grandes editoriales. Y no estamos hablando aquí de traducciones con inteligencias artificiales, precisamente, sino de ausencia de corrección, tipografías minúsculas (prácticamente ilegibles), y otras lindezas.

Hace unos días, leyendo una reseña del Paperback Warrior (un veterano blog en inglés que recomiendo a todos los amantes de nuestros diversos negociados), el amigo Warrior señalaba que la novela que iba a reseñar "estaba escrita en pasado y en tercera persona. Parece una tontería, pero ya hemos visto que hoy en día es importante señalarlo". Aquí, el Paperback Warrior se refería al fenómeno de las novelas supuestamente bestesellerescas escritas en presente (¡y hasta en segunda persona!), cosa que ya hemos mencionado y explicado por aquí en alguna ocasión. Y sin duda volveremos sobre el tema en el futuro, porque esto no ha hecho más que empezar.

Pues bien: las novelas de Reacher no están escritas en presente. Por lo que he leído, se clasifican en A) las narradas en primera persona por el protagonista y B) las narradas en tercera persona. En pasado. Y punto. Personal es un relato contado por Reacher, que se maneja con frases cortas, casi al estilo de Joseph Berna o, mejor, mi querido y admirado Adam Surray (José López García). Y lo hace muy, muy bien.

Si todas las historias de esta serie están a la altura de Personal, que me ha parecido buena y entretenida, entonces estamos ante un escritor que ha recogido el testigo de su compatriota Jack Higgins y sus diversas sagas, entre las que cabe destacar obligatoriamente las de Liam Devlin y la de su sucesor, Sean Dillon. (Por si alguien se siente perdido: ¿recuerda usted la película bélica Ha llegado el águila? Pues el papel de Liam Devlin lo interpretó el grandísimo y llorado Donald Sutherland. Ahí es nada).

 

Cartel original de la adaptación cinematográfica de Ha llegado el águila.



Lo curioso del caso de Lee Child es que, siendo británico, de forma premeditada ha tomado como protagonista a un norteamericano de pura cepa (por mucho que Reacher se pasee por Europa en Personal o haya nacido en Berlín); además se dice de Child que "está usando la fórmula de la serie negra americana". En mi opinión, esto si no es falso, al menos sí que es muy, muy, muy discutible. Encuentro mucha más relación entre Reacher y el Sean Dillon de Higgins que entre Reacher y el Jack Ryan de Tom Clancy (un escritor estadounidense de los de sacar a relucir las barras y las estrellas en cuanto tiene ocasión).

Jack Reacher, apodado por algunos de sus discutibles amigos "Sherlock Homeless" (en cristiano, "Sherlock Vagabundo" o "Sherlock Persona En Situación De Calle", que dirían ahora cuatro imbéciles que jamás se han visto "en situación de calle"), es un héroe de corte muy tradicional: violento, duro y puro de corazón, con menos contradicciones internas que, volvemos a la carga, Liam Devlin o Sean Dillon, es decir, dos ex terroristas del IRA que terminan colaborando con los servicios secretos británicos. Si los personajes de Jack Higgins cambian de actitud y de perspectiva moral y política a lo largo de sus respectivas series y por diversas conveniencias, Jack Reacher abandona su trabajo en el Ejército de los USA como policía militar por motivos que desconozco (seguro que esto se narra en alguna novela de la serie), y se convierte en el clásico "hombre libre" (un auténtico "homeless") que vaga por el mundo desfaciendo entuertos y enderezando cojos. Esto es algo que hemos visto un millón de veces en televisión, con aquel Renegado encarnado por Lorenzo Lamas, con la versión de Bill Bixby y Lou Ferrigno de La Masa (el increíble Hulk para los más jovenes), o simplemente con El Equipo-A.

 

Lorenzo Lamas, el Renegado, un éxito televisivo de los primeros 90s.

 

Bill Bixby y Lou Ferrigno, las dos caras de La Masa en la TV de 1980. El doctor Banner (Bixby) era el eterno autoespista.


 

Reacher no es un justiciero solitario implacable, no es ni Mack Bolan ni Frank Castle: no es "un hombre con una misión en la vida". Si hubiéramos de emparentarlo con alguien, sería quizás con el pobre John Rambo, esto es, el personaje literario protagonista de First Blood de David Morrell... aunque Reacher no es un veterano desgraciado, anulado y sin un lugar adonde regresar, como lo es Rambo, sino un tipo con la sesera intacta y un modus vivendi nómada que él mismo ha decidido. Y una de esas cosas que ha decidido Reacher se la dijo su madre: "Intenta hacer las cosas bien". (De hecho, creo que la idea que surgió en la mente de Lee Child para crear a Jack Reacher debió ser algo como esto: "Hum, ¿y si Rambo tuviera una capacidad deductiva como la de Sherlock Holmes y se metiera a detective itinerante? Hum..."

 

Primera sangre de David Morrell, con ilustración de portada de Isidre Monés Pons.



Hay algo en Jack Reacher que me ha hecho pensar en la palabra "anticuado", y no en un sentido despectivo. Tras leer Personal y reflexionar, me he dado cuenta de lo que estaba sucediendo aquí: en la historia hay elementos de serie negra y de literatura detectivesca, y por supuesto, del thriller tradicional (de la aventura)... Pero en el fondo, tras las conspiraciones internacionales, el espionaje, los francotiradores solitarios metidos a terroristas y las reuniones secretas de agencias gubernamentales, resulta que lo que tenemos es a un protagonista extraído del género del western: el vaquero solitario de toda la santa vida, sobre el cual se han filmado miles de películas y escrito miles de bolsilibros españoles. Un ejemplo tan sencillo como próximo es la novelita El exterminador (1989) de Donald Curtis, a la que me referí en este mismo espacio hace muchos años. El protagonista de la historia de Juan Gallardo Muñoz no es ni más ni menos que un antecesor de Jack Reacher (aunque en su momento, también me pareció que era un antepasado directo de Doc Savage... al menos en el aspecto puramente físico). Al igual que aquellos pistoleros trashumantes (Sabata, Django, Trinidad, etc.), uno no siente en ningún momento que Reacher esté realmente en peligro alguno, no importa si su rival lo tiene rodeado, o es un gigantesco gángster de Londres, o lo están encañonando con una pistola en la cabeza. Esto es algo que no sucede, por ejemplo, con el bueno de Harry Bosch, el policía y detective de Los Ángeles creado por Michael Connelly, que siempre sale vivo a duras penas. Ni siquiera nos sucede con el mismísimo Sherlock Holmes, al que toda una generación vio morir despeñado junto al profesor Moriarty en las cataratas de Reichenbach (Sherlock Holmes puede ser muchas cosas, pero no intocable y, sin duda, tampoco infalible). Reacher es invulnerable, y no creo que vaya a tener su propio Reichenbach en los próximos años (cosa que sí tuvo el agente Pendergast del FBI, creado al alimón por Lincoln Child y Douglas Preston, pareja de herederos de Michael Crichton).

 

El exterminador (1989), un western de Donald Curtis.

El eco negro, la primera novela del detective Harry Bosch.


El ídolo perdido, primera novela del agante especial Pendergast, del FBI.


Así que, al final tenemos la siguiente idea que se le ocurrió a Lee Child, ligera variación de la que proponíamos arriba: "Hum. ¿Y si John Rambo fuera un vaquero bienhechor solitario que tuviera los poderes y experiencia de Sherlock Holmes? Hum". Y aquí, sí que hemos obtenido al indestructible Jack Reacher.


La edición original en inglés.

 

El argumento

Un oscuro general norteamericano se las arregla para que Reacher entre en contacto con él: el presidente francés ha sufrido un atentado del que ha salido vivo de milagro; el responsable es un francotirador de élite que podría ser o no ser un antiguo militar de los USA al que Reacher encarceló quince años atrás por cometer un asesinato. La cosa se complica, pues el general teme que el francotirador vaya a atentar en la inminente reunión del G-8 en Londres. Y aquí tenemos a Reacher devolviendo un viejo favor al lameculos predilecto del general O'Day, presto a cazar a un tipo peligroso que se la tiene jurada. Como es de esperar (y de desear), hay acción, violencia, deducciones al puro estilo Sherlock Homeless, varias conferencias sobre balística, tiro de precisión y armas de fuego de largo alcance (una de esas cosas en las que un escritor, según el compañero Gregg Hurwitz, afirma que "no se puede cometer errores"), así como diálogos muy bien escritos, duelos de testosterona bien dosificada, alguna que otra retrospectiva sobre Reacher y su familia, y un escenario cambiante en el que, también lo esperábamos y deseábamos, nada es lo que parece. FIN.

 

Aunque todo esto parezca muy trillado (y lo está), lo cierto es que la serie es un soplo de aire fresco en el enrarecido ambiente de los presuntos bestsellers modernos. Sin necesidad de escribir sus novelas en presente, Lee Child ha logrado que varias de sus novelas se adapten al cine y a la televisión: no ha necesitado echarle una mano preventiva a los guionistas cinematográficos ni a los productores analfabetos de nuevo cuño y signo de los tiempos. Ciertamente, Personal es una novela que no innova, y quizás no sorprenda demasiado... salvo por el hecho de que esté publicada en 2014.

Vamos: que darse un paseo con Jack Reacher para ver mundo es, en realidad, como volver a casa, a ese lugar cínico en el que los buenos saben que son los malos, los malos saben que son los buenos, y todo el sistema político internacional es un chiringuito que se han montado un puñado de listillos hijos de perra depravados capaces de cualquier mierda abominable y aberrante con tal de salirse con la suya, con tal de ganar pasta, con tal de estirar un poco el cuello más que su vecino.

Y, como bien sabe Reacher, lo mejor que puede hacer uno en la vida es permanecer por debajo del radar.

 

Lee Child, un tipo muy, muy listo e ingenioso. Me cae bien.

 

jueves, 27 de junio de 2024

Los cerros de la muerte (Mick Hardin nº1), de Chris Offutt


14 de junio de 2024

Cuando uno es "hijo de", lo más fácil es que te cuelguen un sambenito. Chris Offutt (n. 1954) es hijo de Andrew J. Offutt (1934-2013), un escritor de ciencia ficción, fantasía y pastiches de Robert E. Howard, cuyo grueso de producción literaria tuvo lugar entre las décadas de 1960 y 1980. El nombre de Andrew Offutt se codeaba en antologías con Harlan Ellison, R. A. Lafferty, Brian Aldiss, Damon Knight, Joe Haldeman, y otros muchos autores considerados clásicos del género. Además, Offutt también era John Cleve, autor de más de 400 obras de literatura pornográfica, entre el hardcore más explícito y diversos hibridajes softcore con la ci-fi y las historias de mundos fantásticos.

 

The Sexorcit (1974), una novela fantaporno de John Cleve, pseudónimo (o heterónimo, según Chris) de Andrew J. Offutt.

Un pastiche howardiano de Offutt padre.


Esta curiosa situación la narró el hijo de Andrew en su memoria biográfica My Father, the Pornographer (2016), que la editorial Malas Tierras publicó en castellano en 2019, y que es la obra por la que yo tendría que haber comenzado a leer a Chris Offutt.

Había oído hablar muy bien, y he leído muchas cosas buenas, sobre Offutt hijo. Me he lanzado con The Killing Hills (2021), traducido al castellano por el amigo Javier Lucini como Los cerros de la muerte, y publicado por Sajalín, porque en algún lugar anglosajón leí que "Mick Hardin es lo que Jack Reacher querría ser de mayor". Jack Reacher es el protagonista de una serie larguísima de novelas del británico Lee Child (n. 1954), de serie negra y acción, con adaptaciones al cine y televisión que me han recomendado varios amigos. Yo mismo, conociendo los gustos de mi suegrastro (una caballero sueco que hizo el servicio militar en un tanque), le recomendé a Lee Child en plan tramposo, porque yo no lo había leído (y todavía no lo he hecho). Mi suegrastro se leyó un par de Reachers que yo tenía en inglés y se los regalé; se compró por su cuenta toda la serie para que se la enviaran a su casa en mitad de un bosque lejos de la civilización, en algún rincón de Suecia, y se la zampó enterita. Como comparto gustos con él, tomé nota y ahí estoy, apilando Reachers en inglés o en castellano, para cuando llegue el momento de hincarle el diente.

 


 

La cosa es que el comentario inglés que citaba más arriba me había creado una espectativa falsa: esperaba un thriller de acción con rednecks de Kentucky y mucho bourbon y muchos tacos y muchos muertos, y lo que me he encontrado es una novela detectivesca del tipo whodunnit ambientada, sí, en el mundo de los paletos de Kentucky.

Chris Offutt me ha caído simpático, considero que es un buen estilista, y me pregunto cuánto habrá desechado de la herencia literaria de su padre, y en ese caso, cuánto de eso habrá intercambiado por las enseñanzas que recibió en el Taller de Escritores de Iowa, con James Salter como uno de los profesores. Imagino que la respuesta a esta pregunta está en la memoria Mi padre, el pornógrafo.

El protagonista de Los cerros de la muerte es Mick Hardin, veterano de Irak, Afganistán, etc., y actual miembro de la División de Investigación Criminal del ejército en Alemania; así que, algo tiene de Jack Reacher (ex miembro de la Policía Militar de los USA). Vamos, que estamos ante un súper detective con experiencias pasadas a lo John Rambo (otro clásico literario que se ha convertido en arquetipo), invencible, imparable, etc.

El problema, o la decepción, en mi caso, procede de mi confusión y mis falsas espectativas: yo quería acción a raudales y un protagonista macarra y sentencioso (o al menos, silencioso, como el Parker de Richard Stark) o, puestos a pedir, esperaba un Raylan Givens del gran Elmore Leonard (algo de esto hay en Los cerros de la muerte, pero poco, muy poco); y lo que me he encontrado es una buena novela al estilo de las series de policías indios de Tony Hillerman, pero sin indios y con paletos sureños. Eso sin más que añadir al cóctel, pues esta historia de Mick Hardin, como en las de Hillerman, se plantean las cuestiones personales vitales y problemillas cotidianos de los protagonistas con la pura investigación criminal, en un entorno más o menos costumbrista y pintoresco. Si digo que Los cerros de la muerte comienza con el descubrimiento del cadáver de una mujer, y que la sheriff del pueblo es la hermana de Hardin, tendremos una primera impresión. Si añado que Offutt es prolijo (pero no pesado) en las descripciones de la flora y fauna extraterrestre de Kentucky (animalitos y florecillas de nombres marcianos que no existen en España), creo que el lector se hará una idea de qué va esta novela y qué va a encontrar en ella. Y que no se olvide de Tony Hillerman (uno de los autores predilectos de Ronald Reagan, por cierto) y sus divertidísimos indios americanos, pues si le gusta Chris Offutt, con Hillerman va a disfrutar cual proverbial gorrino en la charca de mierda.

La serie de Mick Hardin es una trilogía (la tercera novela ya está publicada en castellano desde enero de este mismo año) y, personalmente, no me voy a poner a buscarlas como loco. Pero si encuentro esas novelas por ahí y me dicen "cómprame", lo haré. Y si eso no sucede nunca, me temo tampoco me va a pasar nada malo.

 

Cubierta de la edición original, 2021.

 ***

He leído por ahí sobre Kentucky seco, el primer libro de Chris Offutt, que es de relatos. Lo comparan con el primer libro de Donald Ray Pollock (n. 1954), Knockemstiff, también de relatos... pero resulta que el de Offutt es de 1992, y el de Pollock, de 2008. (Esto lo dejo caer por aquí, sibilinamente).

 



Creo que la próxima vez que tenga que encontrarme con el hijo de Andrew J. Offutt será, o bien en la obra sobre su padre, o bien en sus cuentos. Me gusta la forma en que escribe, y espero hallar algo más que un buen relato detectivesco (que no es poco, si es lo que esperas, ni es fácil de ejecutar con éxito; por eso no todas las historias de Sherlock Holmes son igual de buenas).

Todo esto me ha dejado una sensación extraña, y pensamientos sobre mi propio padre, de profesión albañil y aficionado a las películas de tiros, a las de espionaje ("esas complicadas, esas me gustan a mí", decía mi padre), a los bolsilibros... Si eres hijo de un pornógrafo con una cantidad de obra inabarcable (un destajista de las letras, como tantos ha habido en el mundo), deberías aprovechar las cosas que te ha enseñado tu padre, por mucho que prefieras labrarte una reputación propia y deslindarte de su sombra.

Digo yo.

P. D. de 15 de junio: Un ejemplo que invalida mi comentario es la existencia de Joe Hill, hijo de Stephen King, continuista del estilo de su señor Padre. King es un hito en la Historia de la Literatura, independientemente de lo que escriba hoy o mañana, pues la importancia de su aportación está más que demostrada; Joe Hill, sin embargo, lleva camino de ser eternamente el "hijo de".

En fin, qué complicado es todo esto... Me alegro de que mi padre fuera albañil.

 

Edición española (2019), publicada por Malas Tierras.


 

martes, 25 de junio de 2024

Corrupción en la Policía (1984), de William J. Caunitz

 


 

24 de diciembre de 2023

William J. Caunitz, oficial y detective del New York Police Department (NYPD), vivió lo suficiente (desde 1933 hasta 1996) como para escribir seis novelas policíacas y media (la última la concluyó a título póstumo Christopher Newman en 1999), pertenecientes (o más bien, como explicaré después, emparentadas) con el subgénero procedimental. Su primera novela apareció en 1984 y se tituló One Police Plaza; en español apareció con el título de Corrupción en la Policía (Emecé, 1986), en correctísima traducción (no del título, sino del contenido) de Magdalena Senestrari de Salvi. Yo he leído la edición de Plaza y Janés de 1989, y la he disfrutado como un enano, pues me ha sorprendido en muchos aspectos. Y ya anticipo al lector que encontrar esta novela por uno o dos euros es fácil y una auténtica ganga.

 

Como la novela está catalogada (con bastante justicia) como procedimental, me adentré en ella con Ed McBain y los muchachos de la Comisaría 87 de Isola en la cabeza, que son mi admiración y mi solaz policial cuando quiero pensar que el mundo no es tan horripilante como parece (y con esto me refiero a que la violencia es, legalmente, un monopolio del estado en cualquier país civilizado. La civilización es eso). Y algo de eso hay en la obra de Caunitz, que cuenta con la ventaja de escribir "desde dentro del asunto": en una entrevista de 1984, el poli veterano, por entonces jefe de una escuadra de detectives, aseguraba estar harto de su trabajo después de 29 años de servicio.

 


 

El tono de Caunitz se aproxima mucho al de la serie de McBain y utiliza los mismos trucos: hay muchos personajes que pululan y tienen cierto peso, claro; pero se centra en uno o dos, que son los que llevarán las riendas de la historia. No obstante Caunitz, al contrario que McBain, no tiene ninguna cortapisa a la hora de soltar tacos y burradas, a mostrar las partes más escatológicas y cotidianas de una comisaría (la del Distrito 5º de New York, en este caso). Y a eso hay que sumar el tema de su primera novela: el de la corrupción policial, que presenta de un modo tan disparatado e irracional que hace que los polis de Los Ángeles de la maravillosa serie televisiva The Shield (2002-2008) sean unos santurrones pisaverdes. Si lo que cuenta Caunitz en esta novela de ficción tiene algún viso de verdad, entonces resulta que la distopía que vivimos se remonta a varias décadas antes de lo que yo pensaba.

En ese punto difiere de cualquiera de las tramas del Distrito 87 (delitos más o menos convencionales, salvo excepiones honrosas, y perfectamente creíbles), pues lo que es un horripilante caso de asesinato, tiene derivaciones insospechadas en el mundo del terrorismo organizado e implica a los servicios secretos del país, y hasta el Mossad está en el ajo.

 


 

En realidad, todo esto lo podría haber pergeñado un McBain pasado de vueltas y con alguna información comprometedora y radiactiva entre las manos; lo que no se le habría pasado por la cabeza al cronista del detective Carella y sus compañeros es convertir el relato de procedimiento policial en un thriller de acción desaforada que desemboca en un gran "¡boooooooooooooooom!", algo digno de Hollywood y las producciones que empezaban a calar en aquella época, con héroes duros y solitarios (y a veces hasta simpáticos), interpretados por Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, y un largo etcétera.

 

La edición de Círculo de Lectores. Te apuesto diez contra uno a que, si vas a cualquier tienda de libros de segunda mano de tamaño medio como mínimo, lo encuentras por menos de tres euros.


Esta, digamos, "combinación de subgéneros", resulta que funciona muy bien, por mucho que resulte exagerado imaginar una batalla campal en el centro de New York con armas militares de gran calibre, tanquetas y muertos a cascoporro. Los malos de la historia también funcionan bastante bien y, sin meterse en entresijos psicológicos que no aportarían gran cosa a esta novelaca de tiros, Caunitz logra que casi todo sea creíble... al menos, en el plano hipotético. Que para eso está la literatura; no sólo para hacer el retrato fiel de la sociedad, sino para especular sobre lo que podría llegar a suceder según tal o cual premisa. Y la premisa de Caunitz, poli de New York en 1984, es que tenía compañeros que iban mucho más allá de la sobornable rata con patas, sino auténticos criminales profesionales experimentados y muy bien entrenados. (Algo me dice que el irlandés Garth Ennis posiblemente haya leído a Caunitz, puede que con cierta atención).


Caunitz en 1984, en la contraportada de One Police Plaza. Luego se afeitó el bigote.


En lo que a mí respecta, el siguiente paso consiste en hacerme con el resto de la, por desgracia, cortísima bibliografía de este poli que se las sabía todas, e ir dosificándomela en vena, como un yonqui. En castellano hay, por lo menos, otros tres títulos de Caunitz. Los otros tres que no se tradujeron los pillaremos en inglés, qué remedio... Pero volveremos con este señor "escritor aficionado" (manda huevos) más pronto que tarde.