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jueves, 29 de agosto de 2024

El intermediario (2005), de John Grisham

 

Cubierta de Alejandro Colucci (2005)

23 de agosto de 2024

Lo prometido es deuda: hemos vuelto con John Grisham —de quien hablábamos hace apenas unos días—, y con una novela que forma tándem con La Hermandad: El intermediario (The Broker, 2005) es, de nuevo, una obra que se salta el argumento favorito de Grisham para presentarnos una trama de espionaje internacional, ingenio, la CIA, la presidencia de los Estados Unidos de América, y un criminal tan simpático, tan cínico y tan bastardo que nos cae bien desde su primera aparición en la historia.

 

La primera edición de The Broker (2005), de John Grisham.


El criminal en cuestión es Joel Backman, de profesión, broker. En castellano, estamos familiarizados con este término cuando nos referimos a un agente o corredor de bolsa, pero también se utiliza en el sentido de intermediario (que se parece bastante a agente, pero no es lo mismo). En este caso, Backman es intermediario, en efecto, y de la peor calaña imaginable: es mediador político, económico, financiero... Para entendernos: Backman es un abogado de Washington que practica cualquier oficio menos la abogacía. Se dedica al tráfico de influencias, a la creación y manipulación de grupos de presión; a los grandes negocios, a las grandes transacciones de dinero, al "hoy por mí, mañana por ti", pero sin la parte de "mañana por ti". Backman es un individuo temido, odiado y necesitado tanto por políticos como por empresarios de todo el mundo: es el tipo al que recurrir si tienes un problema, si quieres financiación, si quieres mover cierta mercancía especial sin que nadie lo sepa y obtener el máximo de beneficio. Backman es un triunfador, un mujeriego, un mentiroso, un vendedor de humo, una criatura abominable que no sabe lo que es un arma de fuego pero maneja los hilos del poder como si fueran pistolas. A Backman no se le dice "no". A Backman hay que invitarlo a las cenas importantes, incluso en la Casa Blanca. Los diversos lobbies lo escuchan, lo toman en cuenta e incluso le obedecen.

Backman es un monstruo humano, y que me maten si Grisham no logra que estemos de su parte todo el tiempo.

Y es que Joel Backman está condenado a prisión, incomunicado y muy jodido. Se declaró culpable de un delito relacionado con espionaje y con planos y documentos del Pentágono, y lo hizo para salvarle el culo al resto de sus compañeros del bufette y a su hijo Neal, un recién llegado al mundo de los negocios extraordinarios. Sobre Backman pesa una condena de 20 años, de los cuales ha cumplido seis. Seis años de encierro que le han permitido seguir con vida, pues su última hazaña, la que lo llevó a la cárcel, estaba relacionada con un secreto militar y científico robado por un grupo de cerebritos informáticos de Pakistán (nada menos), mejorado por dichos cerebritos, y que Backman y un senador o congresista amigo suyo habían medio vendido a los israelíes, los árabes, los chinos, los rusos y los Estados Unidos. Mil milloncejos de dólares tenían la culpa. Millones que, o bien se han perdido para siempre jamás, o bien Backman tiene guardados bajo un colchón que está dentro de una cámara acorazada enterrada en el centro de algún planeta muy lejano. Todo es posible.

Nuestra historia da comienzo cuando el saliente presidente de los Estados Unidos y su vicepresidente, socio y amigo de toda la vida, andan dándole vueltas a la posibilidad de vender indultos. Así, como suena. Y no es que Bakman haya tenido la posibilidad de intentar comprar a un presidente; pero resulta que la CIA, encabezada por Teddy Maynard —al que conocimos en La Hermandad—, pide o casi ordena al hombre más poderoso del mundo (ejem, ejem) que indulte a Joel Backman. ¿Para qué? Ah, amigos: ese es el quid de la cuestión.

Con este planteamiento, viajaremos con un Backman bastante arrepentido de su pasado —por las consecuencias que ha tenido para él, no porque piense que haya actuado mal en ningún momento— hasta Italia, donde vivirá para aprender el idioma nacional a toda velocidad, bajo la estrecha vigilancia de sus únicos "amigos", y amenazado por la sombra del asesinato en cada esquina.

Y es que todos sus enemigos lo buscan para torturarlo y matarlo... y esto incluye a sus misteriosos benefactores.

***

El intermediario no es una novela de acción (aunque haberla, hayla) ni de misterio (aunque algún secreto sí que se nos desvela), ni tampoco un thriller vibrante. Es, simplemente, una buena historia bien escrita, a la que podemos poner los calificativos que nos dé la gana, aun sabiendo que no vamos a catalagarla correctamente: serie negra, espionaje... ¿aventuras? Yo me decantaría por este último género. Aventuras, sí, sin duda... pero muy, muy grishamianas.

(NOTA: Ya lo he hecho. Ya he escrito grishamiano. Ya no hay vuelta atrás. Ya he reconocido el estilo de este autor, que me va a resultar muy difícil comparar con otros. Mucho me temo que Grisham marcó un antes y un después. Quizá me equivoque, pues aún tengo mucho que leer de nuestro abogado escritor y de sus contemporáneos. Pero me da en la nariz que, a pesar de la antiquísima existencia del Perry Mason de Erle Stanley Gardner, Grisham creó escuela. Ya veremos...)

(NOTA 2: Hasta donde he podido averiguar, Teddy Maynard sólo aparece en las dos novelas mencionadas. Topármelo en la segunda, que es la que nos trae aquí, ha sido un sorpresón y una alegría. Me temo que Grisham decidió jubilar a este personaje. Ojalá me equivoque).

miércoles, 14 de agosto de 2024

La hermandad (The Brethren, 2000), de John Grisham

Primera edición en castellano, en tapa dura.


 

12 de agosto de 2024

¿Me creerá alguien si digo que, a mi provecta edad, he leído por primera vez a John Grisham? Y lo que es más, ¿es posible que me haya gustado tanto como para querer repetir?

Eso es lo que me ha sucedido con La Hermandad (The Brethren, 2000), una muy buena novela negra. Y sí, digo "novela negra", y no "thriller legal", porque no es eso. Al parecer, según dicen los críticos, La Hermandad es una rara avis dentro de la amplia producción de Grisham, que desde sus inicios ha contado una y otra vez la historia de un personaje (un abogado de algún tipo) que se ve metido en un lío de mil demonios, corre muchos peligros, y termina triunfante, millonario y con la chica.

 

La primera edición en inglés, año 2000. Como en España.


Bueno, pues La Hermandad no es eso ni por casualidad. Lo que relata Grisham son dos historias paralelas, a cual más apasionante: la primera historia es la de tres jueces que cumplen sus respectivas condenas en el penal de Trumble, una cárcel de mínima seguridad para gente pacífica. Estos tres jueces, ya entrados en edad, están allí por delitos muy distintos: desde el atropello mortal de dos viandantes (con alcohol y una chica desnuda como copiloto), al robo de los beneficios de un bingo solidario. Estos tres caballeros, tristes, se han montado en Trumble un curioso tinglado, por medio del cual dirimen disputas entre los presos, o bien estudian y revisan casos de sus correligionarios para presentar recursos (a cambio de un estipendio ilegal, por supuesto). Todo eso está muy bien, pero es que además se dedican a la extorsión por correo, en busca de homosexuales ricos que no han salido del armario. Y, con la ayuda de Trevor, un abogado de mierda que es el enlace de la Hermandad con el mundo exterior, la cosa les funciona bien.

Por otra parte está Aaron Lake, un político de Washington bastante limpio, al que la CIA le hace una oferta que no puede rechazar: renunciar a cualquier cosa que haya dicho en público en favor del recorte presupuestario de armamento, a cambio de la Presidencia de los Estados Unidos de América. Y para conseguir esto, dispondrá de fondos económicos ilimitados. El director de la CIA es un anciano en silla de ruedas, Teddy Maynard, con un historial que hace que James Bond parezca un oso amoroso. Teddy afirma que la macdonalización (esta es la palabra que emplea) de Rusia durante los años tras la caída de la URSS no ha funcionado, y que hay un ruso, un tipo muy chungo, que está reconstruyendo el ejército, las fábricas de armamento, e incluso los misiles nucleares. En las últimas legislaturas, Estados Unidos ha reducido cada vez más el presupuesto de armamento, y esto es intolerable ante el inminente peligro que supone una Rusia en la que el capitalismo no ha funcionado como debería. De ahí que Teddy, siempre mirando por el bien de su país, haya decidido intervenir directamente en las próximas elecciones, y garantizarse un candidato perfecto que, con un mensaje apocalíptico, haga que el pueblo estadounidense se cague encima y le vote quiera o no quiera.

Aaron Lake, un progresista convencido y un don nadie, acepta encantado el trato con la CIA. Apretón de manos. Carrera meteórica en ascenso, calculada al milímetro por el maquiavélico, agotado, Teddy Maynard, que sabe que con dinero se puede comprar a los medios de comunicación, a senadores, a congresistas y a quien haga falta. Tan sólo un pequeño detalle sin importancia le ha pasado desapercibido a los impecables agentes de la Compañía, detalle que el lector habrá adivinado nada más arrancar nuestra historia...


Contraportada de la primera edición española.


***

He empezado y terminado esta novela con la sensación de estar leyendo la última novela sobre la CIA (o casi) que se escribió en el siglo XX, entendiendo a la CIA como lo hacíamos por aquel lejano año 2000: una agencia de espionaje de los Estados Unidos que se preocupaba, sobre todo, por los intereses de las empresas de su nación en los países extranjeros, y que no dudaba en asesinar reyes y presidentes, torturar, cometer masacres, negociar con el Diablo... A partir del 11 de septiembre de 2001, día recordado porque A) la CIA cometió un histórico autoatentado en los USA o B) la CIA cometió el pecado mortal de la negligencia absoluta cuando no pudo detener el mayor atentado perpetrado en territorio nacional, la Compañía pasó a un discreto segundo plano: en la ficción, los agentes de la CIA luchaban heróicamente contra los integristas islámicos por todo el mundo y, en menor medida, contra narcos mexicanos, colombianos, etc; en la realidad, la CIA apuntaba a la existencia de armas de destrucción masiva donde no las había, o buscaba la pista de terroristas internacionales que ellos mismos habían fabricado, o "no sabe, no contesta", porque ya no existe, puesto que nadie habla de ellos. O de ella. De la Compañía.

(De todo esto ya hablamos en nuestra reseña de una novela de a duro de los años 50 escrita por Pedro Víctor Debrigode).

 

El escudo, sello o emblema de la CIA.


Tengo la escalofriante sensación de que si La Hermandad de Grisham cae en manos de un lector nacido en el año 2000 o después (y no creo que los lectores nacidos en esas fechas sean criaturas mitológicas como el grifo, el centauro o la sirena, aunque tampoco puedo asegurar lo contrario), no va a terminar de entender el contexto real, o las referencias a la Guerra del Golfo de 1991. No sé si los nacidos en esas fechas sabrán que Vladimir Putin fue primer ministro de la Federación Rusa en 1999, presidente interino en 2000 tras la renuncia de Boris Yeltsin, y... bueno, pues hasta ahora, ahí está este caballero criado en y por la KGB, que fue como la CIA, pero en Rusia. (Desde entonces, la KGB ha cambiado de siglas, hábilmente, como si fuera la personificación de un súper agente secreto que cambia de nombre y de piel en cada nueva misión. Yo me he perdido ya con los cambios de nombre, pero está claro que sigue existiendo el mismo perro con distinto collar).

 

El escudo, sello o emblema de la KGB.



En La Hermandad no se menciona a Putin, sino a un ruso ficticio; pero Grisham demuestra que se veía venir muchos eventos futuros en Rusia y en el resto del mundo. Y además, no peca de ingenuo al mostrar una conspiración de la CIA, conspiración en toda regla, para poner a un presidente de los USA que sirva de marioneta a la industria armamentística no sólo norteamericana, sino de todo el planeta. Grisham también es lo bastante inteligente como para mostrar que, en el fondo, la CIA sigue siendo una chapuza y sus agentes y directores, unos chapuceros que se pueden caer con todo el equipo y terminar en manos de... bueno, ya se imaginará el lector.

La Hermandad es un tónico rejuvenecedor (no hay modo de sentirse viejo leyendo esta historia), un memento mori político que proporciona perspectiva ante la apocalíptica actualidad, un relato negrísimo... y por encima de todas estas consideraciones, es una diversión de mil demonios con mucha mala leche.


John Grisham, hace veinticuatro años, luciendo palmito en la contraportada de The Brethren.

 

miércoles, 12 de junio de 2024

Misión en la India (CIA nº207), de Peter Briggs (h. 1955)


 

5 de marzo de 2024

"Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan"

escribió Jorge Luis Borges en su poema dedicado al detective consultor del 221 de Baker Street. Por supuesto, estoy de acuerdo con él. Borges añadía, tras punto y seguido,

"La muerte y la siesta son otras"

pero esta parte no se suele citar, quizá porque Borges era aficionado a morirse (cosa que demostró el 14 de junio de 1986) y, el resto de los mortales, aunque a veces tenemos ganas de morirnos, al final optamos por pensar en Sherlock Holmes o por la siesta, actividades más saludables que la muerte.

 

Noticia sobre el sepelio de Borges.


A lo que yo iba con esta cita (que me pierdo en mi ombligo) es que una de las buenas costumbres que teníamos hace algún tiempo, y que parece que hemos desechado, es la de "pensar de tarde en tarde en la CIA". Definitivamente, se ha pasado definitivamente de moda eso de darle vueltas a lo que estarán tramando los de la CIA en tal país africano: si la explosión de no sé qué oleoducto o gaseoducto submarino que obliga a Europa a renunciar al combustible ruso y a comprar el americano no será cosa de la CIA; si las armas de la organización terrorista MICHIS no se las habrá pasado la CIA, etc., etc., etc. Calculo que eso de no pensar en la CIA empezó a suceder con la entrada de España en la Unión Europea, aunque ya antes, cuando hicimos lo propio con la OTAN, lo de pensar en la CIA era cosa casi exclusivamente de rojos peligrosos, que veían infiltrados por todas partes. Ahora, pensar en la CIA es, como mínimo, de conspiranoicos fantasiosos, porque como todos sabemos, después haber traficado con droga en Vietnam y en Colombia, después de haber financiado y entrenado guerrillas en Centroamérica, después de haber tenido en nómina a dictadores como el general Manuel Noriega, la CIA se disolvió y Estados Unidos de América dejó de tener agentes de inteligencia en países extranjeros, salvo quizá en algunos países del Medio Oriente, y sólo para garantizar que no nos invadan los integristas musulmanes y empiecen a cortar cabezas, a taparle el rostro a las mujeres y a prohibirnos el vino y la cerveza. Impensable todo esto, en España.

 

Águilas negras (1993), una novela de Larry Collins sobre la llegada de Noriega al poder en Panamá, con una ayudita de la CIA.


Esa es la impresión que ha logrado dar la CIA en los últimos años, y ese ha sido su gran triunfo. Una buena aproximación a la historia poco secreta de la Compañía es el cómic de Alan Moore y Bill Sienkiewicz Shadowplay: The Secret Team, incluido en el volumen unitario Brought to Light (diciembre de 1988). Es una pena que nunca se haya publicado en castellano. También es muy recomendable la larguísima novela El fantasma de Harlot (1991), de Norman Mailer, que combina hechos reales con personajes ficticios (o más o menos ficticios).

 

Alan Moore y Bill Sienkiewicz cuentan aquí muchas de las operaciones "secretas" de la CIA.


Me explico: por definición, en cualquier país del mundo, las agencias gubernamentales de información y espionaje en el exterior realizan labores secretas que, por regla general, son ilegales en el país "espiado". Las agencias más cacareadas durante el siglo XX han sido, sin duda, la CIA, el KGB, el MI6 británico y el Mossad israelí. Todo el mundo, o casi todo el mundo, sabe lo que son (o lo que fueron, en el caso del KGB), y también se conocen muchas de las actividades, operaciones y acciones que han realizado. De todas, la CIA se lleva la palma, el primer premio, la Orden del Toisón de Oro, la ensaladera de plata y lo que haga falta.

Ahora bien: en mi opinión, una agencia de servicios secretos en el exterior que sea famosa es una contradicción. Los espías deben ser discretos, y sus actos de espionaje deberían permanecer en secreto antes, durante y, de ser posible, después de su actividad. Dicho de otro modo: una agencia de espionaje "famosa" es como Al Capone, o como el ficticio Joey Zasa (interpretado por Joe Mantegna en El Padrino III), que con su actitud, estaba haciendo muy populares las actividades de los gángsters. Esto, obviamente, es "malo para el negocio".

 

Joey Zasa (interpretado por Joe Mantegna), un gángster mediático, el más elegante de América.


Lo cual me ha llevado a pensar que la actuación de las citadas agencias secretas debió ser muy, muy, muy chapucera, si en su momento (y sobre todo hoy) conocemos al dedillo sus grandes triunfos y fracasos. Así, los que han pasado por ser grandes ases del espionaje, resulta que no han sido más que unos pazguatos a los que se les veía el plumero desde kilómetros de distancia, cuyas guerras secretas y operaciones negras se han aireado a los cuatros vientos, y que si han logrado alguna fama merecida, es la de corruptos y criminales. El MI6, por ejemplo, tiene una gran reputación, pero casos como el de Kim Philby nos hacen pensar que si James Bond hubiera existido, habría sido David Niven en Casino Royale (la película de los 60). A Philby, por cierto, casi lo pillaron en España en 1937, durante una corrida de toros en Córdoba. Se libró por los pelos. Pero el caso es que consiguió informes detallados sobre el cuartel general de Franco (hablamos de 1937), informes que pasó a sus jefes británicos... y a los rusos.

En el caso concreto de la CIA, me atrevería a decir que sus mayores éxitos han sido aquellas ocasiones en que han logrado que el pueblo de los Estados Unidos de América se haya tragado una sarta de mentiras (un buen ejemplo sería el asunto del Golfo de Tonkin que desencadenó la Guerra de Vietnam, pero ahí la labor de desinformación la llevó a cabo la NSA, agencia prima hermana de la CIA). Posiblemente, algunas de estas mentiras estén todavía por desvelar, y lo que hoy "damos por sabido y cierto", en el futuro se considerará una engañifa de proporciones gargantuescas. Vivimos en una época en que las revelaciones del ex agente de la NSA, Edward Snowden, caen en saco roto y no impresionan ni importan demasiado a nadie. A fin de cuentas, ¿qué más da si un gobierno vigila, clasifica y matricula a sus propios ciudadanos como si fueran vulgares criminales en potencia? ¿Cuál es el problema? ¡Si lo hacen por nuestro bien...!

La CIA, autorizada en julio de 1947, aunque ya funcionaba desde enero de 1946, fue fruto de la reorganización de la recién extinta Office of Strategic Services (OSS, coordinadora del espionaje e inteligencia militar entre las diversas Fuerzas Armadas del país), la cual se creó en julio de 1942, por orden del presidente Roosevelt, con la entrada de Estados Unidos en la guerra mundial, y tomó como modelo el MI6 de los ingleses. (Qué ganas me dan de mencionar Pearl Harbor y el hecho de que el ataque japonés se podría haber afrontado de un modo distinto, pues el gobierno de los USA lo conocía de antemano). De hecho, para la formación y entrenamiento de los nuevos agentes se consultó a la agencia británica y estos fueron los principales artífices y grandes maestros de sus primos americanos. La disolución de la OSS y reconversión en la CIA fue cosa del presidente Truman (el mismo que ordenó el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki).

Qué estupendo y prometedor todo, ¿verdad?

Obviamente, en sus primeros años, la CIA creció en torno a las redes, encrucijadas e infraestructuras que ya había creado la OSS durante la guerra: la zona del Pacífico y el Sureste asiático por una parte, y la Alemania Federal (y por ende, el resto de Europa) por otra, fueron sus principales (que no únicos) lugares de acción. El objetivo fundamental de la Compañía era evitar la expansión del comunismo de la URSS en las regiones de sus aliados tradicionales y en las proximidades de la China de Mao Tse Tung. Calculo que tuvieron una buena década desde 1947 hasta 1958. Pero en 1959 triunfó la revolución cubana, y quedó en evidencia que los esfuerzos de la CIA por proteger los "intereses de su país" resultaban vanos si el enemigo se había instalado cómodamente a un pasito de Miami. El desastre de Bahía de Cochinos en 1961 dio una muestra realista de lo que era realmente la CIA: una banda paramilitar de chapuceros reclutados entre chalados, fanáticos y mercenarios de serie Z. Y del asesinato de JFK mejor no hablar, pues si la CIA no estuvo implicada en el magnicidio, como mínimo actuó con la mayor de las ineptitudes. (Y ambas opciones pueden ser ciertas).

 

Otra buena novela, de mil y pico páginas, sobre la historia (negra y poco secreta) de la CIA (1991). A Norman Mailer lo conocemos todos, ¿verdad?

Fue durante este corto período de tiempo (1947-1958, más o menos) que la CIA se presentó ante el mundo, y ante los ojos de los españoles, no como una repugnante organización criminal de conspiradores políticos, traficantes de drogas y de armas, y asesinos profesionales que actuaban con impunidad, sino como la versión internacional del (también idealizado) FBI de John Edgar Hoover, esto es: una heroica institución que luchaba contra el crimen internacional y los enemigos de América, derrocaba tiranos, y no temía adentrarse en los rincones más profundos y peligrosos de Asia, de África o de cualquier lugar del planeta para impartir justicia y hacer del mundo un lugar mejor. Vamos: algo semejante, aunque un pelín más ingenuo, a las novelas del escritor Tom Clancy y su serie de Jack Ryan (iniciada con The Hunt of the Red October, 1984), la respuesta definitiva (¿?) de los USA al estirado James Bond del MI6. (No voy a decir que la serie de Jack Ryan, quien llega a la presidencia de los USA en sus aventuras, sea pura propaganda, pero es demasiado aventuresca y parcial, por mucho que las novelas y las adaptaciones cinematográficas resulten disfrutables y divertidas. Para eso, prefiero a Jack Higgins, que tuvo las santas pelotas de convertir en agentes secretos de Whitehall y héroes protagonistas de grandes y violentas aventuras a varios terroristas del IRA, como sucede en la serie de Sean Dillon. Quien, por cierto, en las últimas novelas, inéditas en castellano, colabora también con la CIA, de buen rollo. Qué cosas...).

 

Primera novela de la serie de Jack Ryan, agente de la CIA y presidente de los USA (1984).

Es precisamente en los años en que la reciente Compañía gozaba de buena prensa (por lo menos en Europa) que la madrileña Editorial Dólar lanza su colección de novelas de a duro dedicada a la CIA (250 números más un número 0, entre 1951 y 1956), como respuesta a la exitosa colección FBI de Rollán: lo mismo, pero más internacional. Aventura, tiros, malos malísimos extranjeros (extranjeros respecto a Estados Unidos), y agentes de la CIA sufridos, patrióticos y tocados por el dedo de la divinidad. Sobre esta colección, recomiendo fervorosamente el revelador e informadísimo artículo de Magda Revetllat Barba, sobrina del escritor Alfred Revetllat Fosch (1917-2000), uno de los principales artífices de estas novelas; y también "La Editorial Dólar", otro artículo, esta vez de Alberto Sánchez Chaves, alojado en su blog La memoria del bolsilibro.

Y he contado todo este rollo para justificar la existencia de Misión en la India, novela firmada por Peter Briggs, también conocido como Pedro Víctor Debrigode Dugi.

Pedro Víctor Debrigode Dugi.

 

***

Arte de Luis Bermejo en esta novela, reproducido por medio de una fotografía chapucera.


Se puede calcular que esta novela de Debrigode apareció publicada entre 1954 y 1955, a pesar de que no tiene fecha. La ilustración de portada no tiene firma, pero las ilustraciones interiores, muy bonitas, son obra del madrileño (y albaceteño adoptivo) Luis Bermejo, uno de los clásicos del tebeo español, con gran presencia en el cómic de terror anglosajón, como demuestran sus muchas historietas realizadas para Warren Publishing. Para mí, Bermejo siempre será el dibujante de la primera parte de la serie de tebeos Apache, que heredé de mi padre, y conseguí que Bermejo firmara para mi progenitor.

 



La acción da comienzo en la primavera de 1947 (recordemos que la CIA sólo obtuvo carácter oficial en julio de 1947), en Washington, en un edificio donde está camuflada la sección local de la Compañía. Roy Kennedy (curioso apellido para un agente de campo de la CIA), veintiseis años, guapo y atlético, reclamado por la Compañía de entre las huestes de funcionarios federales, acaba de regresar de "una peligrosa excursión por tierras de Alaska", y el jefe de la CIA le habla de Edgar Trevor, un cerebro privilegiado del Servicio de Inteligencia Británico (MI6), que ha desaparecido en el Estado de Jongka, una región ignota de la India colidante con Nepal y el Tíbet. La misión de Trevor consistía en lograr aproximarse al majarajá de Jongka para aconsejarle "en el sentido de adquirir conservas, gramófonos, muebles, licores y hasta ventiladores. ¿Comprende?", explica el jefe de la CIA. "Le haré un breve resumen de lo que deseaba conseguir Edgar Trevor para su patria, y que... es lo que ahora deseamos consiga usted para nosotros. Se ha propagado hasta la saturación la importancia vital y estratégica de la India, que antes era británica. [Aquí, merece la pena recordar que la independencia de la India sólo se hizo efectiva el 15 de agosto de 1947]. Nuestra Patria es joven en política exterior, pero ha ido asimilando duros golpes. Hoy, gracias a nuestro Departamento, que es quien ha puesto las bases, sostenemos relaciones comerciales como muchos Estados, en apariencia, poco importantes. Nuestros cheques y nuestra maquinaria, al igual que nuestros productos, van actuando como los mejores embajadores privados. Surgen pocas dificultades... pero si hay algo endiabladamente difícil, es sembrar la primera semilla en el diminuto Estado de Jongka".

No se puede ser más sincero, ¿verdad? ¿Para qué iba a servir la CIA, de qué iban a servir todos esos agentes del OSS representados ahora bajo nuevas siglas y situados estratégicamente en muchos lugares del mundo, sino para facilitarle el trabajo a la empresa privada de Estados Unidos? ¿Qué mejor modo de servir a la Patria (así, con mayúscula) que estar al servicio del Gran Capital?

Obviamente, Roy Kennedy viajará a Jongka para cumplir su misión... pero llevará el lastre de la gélida Clara Trevor, hermana del agente inglés desaparecido, empeñada en conocer de primera mano el paradero de Edgar. Y por si esto fuera poco (que no lo es), el majarajá de Jongka ha caído bajo la influencia del misterioso Gorza Khan, una suerte de Rasputín de piel cetrina que dirige de facto el Estado con mano de hierro y no permite la más mínima injerencia extranjera. Y los castigos que recibien los visitantes no invitados son dignos de los mejores tiempos de la Inquisición, o de las infame cárceles chinas de principios del siglo XX.

Con estos ingredientes, lo que construye Debrigode es pura aventura tradicional en un contexto contemporáneo. Si en lugar de Roy Kennedy hubiéramos tenido a Ricardo "Dick" Mendoza (por citar a uno de los grandes héroes de Debrigode-Visconti cuyas aventuras se desarrollan en la India), y a la Compañía de Indias en lugar de a la Compañía a secas, probablemente el relato habría funcionado igual de bien.

De hecho, entre peripecias, bromas, gentuza de la peor calaña, aliados inesperados, acabamos con la sensación de que Debrigode acababa de leer El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, y había decidido hacer una versión "para todos los públicos".

Es una obrita de excelente factura, con una mala leche completamente disimulada... o casi completamente. Lo comento por las sabias palabras del joven pero experimentado Roy Kennedy: "¿Vamos al Roxy, princesa? Echan Las tragedias del Pato Donald. Es la viva caricatura del occidental, este eterno descontento".

Dio usted en el clavo, señor Debrigode: seguimos siendo el rabioso Pato Donald.

 

Más arte de Bermejo para esta novela. Perdón por la calidad de la foto.