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miércoles, 28 de agosto de 2024

Marcha fúnebre de las marionetas (1990), de Frank de Felitta

 


 

27 de agosto de 2024

Al neoyorquino Frank de Felitta (1921-2016) le estaré eternamente agradecido por dirigir un vulgar telefilme que, hoy, recordamos todos los aficionados al terror. (Todos lo que brincamos de los cuarenta años, quiero decir). Se trata de La oscura noche del espantapájaros (1981) protagonizada por un odioso Charles Durning, a quien todos amamos odiar por su papel en El golpe (1973). La peli del espantapájaros, que yo recuerde, se distribuyó en España en vídeo, e imagino que la emitieron en el canal UHF (se pronuncia "eluachefe") en algún momento a principios de la década de 1980. (Consejo gratis para plataformas de televisión en línea: cread un canal que se llame UHF y que emita cosas de los tiempos del UHF, incluida la carta de ajuste y anuncios ochenteros. Para empezar, todos los Documentos TV en la época en que el programa abría con la sintonía de Ry Cooder para la película Paris-Texas). Como bien indican las reseñas de acá y allá, esta película inauguró el subgénero de "espantapájaros asesinos", que con el tiempo ha crecido. Aún hoy tenemos obras de autores que, con esa idea, acaban de inventar la rueda para los nuevos públicos. Cualquier día de estos inventarán el vampiro y el hombre lobo.




Las otras obras literarias más o menos célebres de De Felitta son El exorcismo de Audrey Rose y El ente, dos películas basadas en novelas de este autor nada prolífico. No las he leído y, a pesar de los pesares, probablemente lo haga en algún momento, en el futuro. Pero no mañana ni pasado.

 



 ***

Ahora, vamos con la parte dura: hablar de esta novela que me ha generado sentimientos encontrados. Por una parte, es un relato correcto. Por otro, es una historia que ya he leído mil veces. Se denomina detective, chica y asesino en serie con truco.

En este caso, el truco es Hitchcock.

Con estos datos, ya tiene usted la novela completa. Sí, es exactamente como se la imagina. No hay sorpresa. Me remito a la

SINOPSIS

Un asesino comete varios crímenes que, de alguna manera, imitan los asesinatos que aparecen en películas de Alfred Hitchcock. El detective Santomassimo se encarga del caso y recurre a la ayuda de la joven y guapa profesora Kay Quinn de la universidad. El detective y la profesora se lían. Al asesino le da igual, él va a lo suyo. Todo el rato revolotea la sombra de las películas de Hitchcock. El asesino silba en una ocasión la melodía de introducción de la serie de televisión Alfred Hitchcock Presents. El libro titula mal la pieza musical de Gounod, que en realidad es Marcha fúnebre para una marioneta, no "de las marionetas". A nadie le importa. El final es el que pueda imaginar el lector.




***

Edición original en tapa dura, 1990. Lo que el halcón sostiene en el pico no es un pedazo de masa encefálica, sino una palomita de maíz ensangrentada.



Lo lamentable es que Frank de Felitta haya ejecutado como novela larga (casi 350 páginas) una historia que Curtis Garland habría despachado en 96. Y eso es lo que pedía esta historia, que me extraña no se convirtiera en un telefilme: 96 páginas y ni una más.

El lector sabe, o debería saber, que no soy afecto a las malas críticas, y esta no pretende serlo. Ahora bien, lo que digo en el párrafo anterior, sin que vaya en detrimento (todo lo contrario) de Juan Gallardo Muñoz, es cierto: Marcha fúnebre de las marionetas podría haber sido un bolsilibro publicado en Selección Terror o en Punto Rojo, y habría resultado dignísimo, incluso es posible que muy bueno. Toda la parafernalia relacionada con Hitchcock es interesante, y Curtis Garland la habría aprovechado tan bien o mejor que De Felitta. El problema es que De Felitta tiene que meter un buen puñado de sentimentaloides escenas de cama que son relleno al 100%. Muchas, demasiadas partes del libro, las dedicadas al coleccionismo de mobiliario, o incluso las partes policiales, resultan huecas y falsas. Estamos ante un decorado de cartón piedra.

En 1991, cuando Ediciones B trajo a España Funeral March of the Marionettes en buena traducción de Antonia Kerrigan, Curtis Garland ya no publicaba nuevas novelas policíacas. Por entonces, Curtis había escrito cientos de historias con el detective, la chica y el asesino serial con truco, y ya no frecuentaba el género. Para mí, el problema es que la parte procedimental de nuestra novela recrea un tópico que nunca ha existido más que en la ficción, y que ya estaba obsoleto cuando De Felitta escribió y publicó su novela. En 1988, Thomas Harris había publicado El silencio de los corderos, que es una perversa versión del tópico "detective, chica, asesino serial con truco", en el que Harris invirtió los roles de los protagonistas (y, de acuerdo, aquí no tenemos detectives, sino agentes del FBI); y unos años antes, también nos había iluminado con El dragón rojo, del que podemos decir tres cuartos de lo mismo.



 

Pero esto no es lo más grave. Lo gordo es que el detective Fred Santomassimo (que yo he leído todo el tiempo como "Santomassino") es miembro de Los Angeles Police Department, y el escritor James Ellroy ya llevaba un buen puñado de años contándonos su versión hiperrealista del LAPD. En 1990, cuando apareció la novela de De Felitta, también se publicó L. A. Confidential de Ellroy, la tercera entrega del "cuarteto de Los Ángeles". En 1990, quien más, quien menos, sabía que el LAPD tenía a sus espaldas una larguísima historia de corrupción policial, una historia que, lejos de terminar, estaba a punto de convertirse en el escándalo Rampart. (Es el caso en que se inspira libremente esa obra maestra televisiva que es The Shield).

¿Cómo podía competir De Felitta con la frescura, la modernidad, el descaro, la crudeza, las palabrotas de Ellroy? ¿Qué pudo decir cuando, en 1991, se estrenó la adaptación cinematográfica de The Silence of the Lambs? ¿Qué iba a hacer con su novela-guión sobre "el asesino Hitchcock", sino guardarlo en un cajón e intentar no volver a pensar en él?

Es más, ¿qué pensaría De Felitta cuando, en 1992, cayó en sus manos El eco negro de Michael Connelly? Después de leer la primera entrega de la biografía de Harry Bosch, detective del LAPD, ¿qué pensaría de su Fred Santomassimo, intrépido e impoluto detective descendiente de anticuarios italianos?

 


 

Además, ¿es que De Felitta no se había leído ninguna novela de Ed McBain y el Distrito 87 de Isola? ¿No había visto Hill Street Blues? Está claro que el autor no realizó el trabajo de documentación que sí hizo Arthur Hailey cuando publicó Detective en 1997.

Todo esto me ha rondado la cabeza durante la lectura de esta Marcha fúnebre. Mi conclusión es evidente: si se hubiera publicado en 1980, año en que falleció Alfred Hitchcock, habría tenido sentido. Habría sido un bonito homenaje. Se habría leído con interés e incluso con cariño. Publicarla y ambientarla en 1990... es, sencillamente, anacrónico.


Frank de Felitta.

martes, 20 de agosto de 2024

Loco por Donna (2004), de James Ellroy

 

Edición española, 2005.


16 de agosto de 2024

Volver a James Ellroy es como volver a casa, siempre y cuando tu casa esté iluminada como un puticlub de carretera y en las paredes cuelguen fotografías de asesinos y asesinatos célebres, algún retrato de algún olvidado oficial del LAPD (Los Angeles Police Department), un estante con cientos de cintas porno en VHS de los primeros 80's (sin discriminacion por motivos de género, raza u orientación sexual), un falso fondo de armario con el porno de verdad, una apestosa alfombra por la que circulan cucarachas tan adaptadas al entorno que se beben tu bourbon en diminutos vasos de cristal (¡y sin hielo!) mientras leen la revista Hush-Hush en edición para cucarachas (idéntica la edición para humanos, pero en pequeñito), la peste del retrete eternamente lodado junto a un cubo de orines, un fiel perro grande que roe huesos sospechosos en algún rincón y, en fin, todas las comodidades que uno pueda imaginar cuando se encuentra tan sólo un peldaño por encima de la vida en el arroyo. Casi "persona en situación de calle". Sí, claro. "Persona en situación de mierda", más bien.


James Ellroy y su perro.



Ese es el James Ellroy que vamos a encontrar en Loco por Donna, una novela que son tres novelas cortas (casi tres novelas de a duro, en mi opinión), encadenadas por sus protagonistas, que son el narrador (Rick) y Donna. Una historia de amor y sexo y crimen, que convierte al Wild At Heart (Corazón salvaje) de Barry Gifford (y la adaptación cinematográfica de David Lynch) en Los puentes de Madison (la novela Robert James Waller y la película de Clint Eastwood). Y no es que Gifford sea ajeno a la descripción de la violencia, pero es que comparado con Ellroy, en ese territorio, Gifford parece un epígono de Walt Disney. La sordidez de Ellroy está más allá del más allá del realismo, mientras que la sordidez de Gifford te transporta más bien a un mundo onírico en el que todo es posible: Gifford tiene un pie metido en la Saga de Oz de L. Frank Baum; Ellroy tiene metida la polla en revistas como Barely Legal y las imitaciones más rijosas de los productos Private. Y sin embargo, en Ellroy, no es que todo sea posible, es que todo es. Y todo tiende a peor, se mire como se mire: en grado de suciedad, en grado de violencia, en grado de incorrección política, en grado de locura terrenal... ¡Ah, y lo peor de todo, o lo mejor de todo, es que el muy hijo de puta tiene un sentido del humor negro, cerdo, descacharrante!

Pero eso ya lo hemos contado antes por aquí...

 

La novela de Barry Gifford, comienzo de la saga de Sailor y Lula.

***

Loco por Donna es traducción de Rick Loves Donna, la segunda parte del volumen original Destination: Morgue! (2004), que aquí Ediciones B partió en dos: nuestro libro y Destino: La Morgue (2005), imagino que para amortizar mejor la adquisición de los derechos y sacarle pasta gansa a los muchos incondicionales de Ellroy en España. Hay que se cabrón para hacer eso, pero bueno... (Para compensar, tenemos un prólogo de Enrique de Hériz que, ¡oh, vaya!, me he saltado olímpicamente, estilo Fosbury, para ir al grano; y cuando he terminado el libro y lo he archivado... ¡oh, vaya!, se me ha olvidado echar un ojo a lo que este caballero tuviera que decir. Damn!).

 

Paperback de 2004.


 

El trabajo titánico que hicieron aquí Hernán Sabaté y Montserrat Gurguí no es de 10, como en otras ocasiones. Y esto se debe a que estas tres novelas cortas son un puto ejercicio de estilo de Ellroy, que juega a imitar el alegre estilo aliterativo, alambicado, alternativo, alucinógeno y altanero de la revista Hush-Hush, la perversa publicación priápica que es protagonista absoluta, testigo, narrador, sujeto y objeto de casi toda la obra de ficción de nuestro afamado y antisocial autor. Trasladar la aliteración del inglés al español es pedir demasiado (y el caso es que los traductores, héroes herméticos y heréticos en algunas ocasiones, aquí lo logran de vez en cuando); pero hubiera preferido que frases hechas como aquello de que tal o cual cosa has gone south (ha salido mal, se ha torcido, se ha ido a la mierda, se ha jodido, se ha fastidiado, se ha ido al carajo) se traduzca de forma literal como se ha ido al sur. Las armas de fuego no se van al sur, salvo que pasen de estrangis por la aduana. Vamos: que es una expresión que hasta yo conozco, y si yo me la sé, los traductores también deberían sabérsela. Así que, no quiero imaginar la de barrabasadas que habrá insertadas en estos textos, de difícil lectura (hasta cierto punto), pero también de infinito goce en el instante en que se les coge el tranquillo: en 20 páginas, te acostumbras al idioma en que habla Rino-Rick, o como cojones quiera llamarse el poli del LAPD que relata estas apocalípticas, sicalípticas y antididácticas andanzas, que no tendrían cabida en los anales de las criminalística, sino en la páginas interiores de una revista para hombres absolutamente prohibida.

Dicho esto: no estamos ante lecturas como las obras de Gregg Hurwitz, John Grisham o Ed McBain, recientemente reseñadas por aquí, sino que estamos jugando en otra liga distinta: la del lenguaje y su riqueza, junto a la pericia de un autor que se salta las reglas cuando le da la gana para decir la mayor burrada que se le haya pasado por la cabeza. Así que, jóvenes escritores: no lo hagáis en casa. No lo imitéis. Aprended a ser originales por vosotros mismos; lo que hace aquí Ellroy, es de Ellroy y sólo de Ellroy y no se puede repetir, porque cantaría muchísimo. (Este aviso ya lo puse en Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino, si mal no recuerdo. Y creo que dicho aviso se lo deberían aplicar los imitadores de Cormac McCarthy, por mucho que lo de no puntuar los diálogos sea "una cuestión artística que llevo en mi interior y exteriorizo por medio de la ausencia de signos ortográficos y gramaticales". Lo siento, tío, pero vete a escribir thrillers tochos inclusivos en primera persona y en presente, que seguro que los colocas en alguna editorial gorda. Y el que quiera, que los compre y los lea. Que cojan su regalo de bodas y se vayan todos a la mierda).

***

Loco por Donna es novela romántica (rosa, de amor) como sólo James Ellroy podría contarla. Hemos sacado a colación a Barry Gifford con buen criterio, pues Rick y Donna son los Sailor y Lula de Ellroy. De hecho, si uno se quiere meter en berenjenales, puede encontrar más paralelismos; pero nosotros nos vamos a quedar en que ambas sagas tratan sobre un hombre y una mujer que se aman en un mundo terrorífico de crimen azaroso y, de vez en cuando, polvos mágicos.


La peli de David Lynch, sobre la novela de Gifford.


Las tres novelas cortas de Rick y Donna transcurren en tres momentos distintos de las vidas de estos personajes, y coinciden con casos especialmente truculentos del LAPD: no nos ahorramos merodeadores, violadores, pederastas, yihadistas, la corrupción policial vista como una de las bellas artes, asesinos seriales y hasta cintas snuff. En este mundo, cuando mueres, el paraíso está dirigido por perros. Rick es poli. Donna es actriz. Rick tiene un rollo raro con los rinocerontes. Donna tiene un rollo raro con Rick. Y cada vez que estos dos se juntan, en Los Ángeles muere un buen puñado de bastardos.

Lástima que esto sólo haya sucedido tres veces.

martes, 21 de mayo de 2024

Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955), de Flannery O'Connor

Ed. Lumen, 1973. Traducción de Marcelo Covián.

Empecemos por las artimañas de lector: sí, me he leído el libro que aparece en la fotografía de arriba, que es un ejemplar de la vieja edición de Lumen de 1973. Pero no lo he leído en esa edición ni sé si existe otra traducción en castellano. Tampoco me lo he bajado de internet para leerlo en modo Long John Silver, el capitán Carlos Lezama o Sandokán. ¿Qué significa este pequeño galimatías?

Solución: me compré un ejemplar de los cuentos completos de Flannery O'Connor (más de 800 páginas en formato bolsillo, con buena letra y buen interlineado), y he leído los textos que corresponden al volumen original Un hombre bueno es difícil de encontrar (A Good Man is Hard to Find, publicado en tapa dura en 1955), y además lo he hecho en el orden en que aparecen en el libro original.

¡Tachaaaaaaán!

La edición original de 1955.

 

***

Hay algo en las antologías de cuentos de autor que sugiere un orden implícito que no es necesariamente el de la escritura o publicación original cronológica (pues estos cuentos aparecieron antes en revistas o en antologías de varios autores). Sé que, en la mayoría de los casos, el orden de cualquier antología (de un autor o de muchos) procede de imperativos o caprichos del editor, ya que al autor, en fin, le suele dar un poco igual. (A mí me pasa: salvo en casos raros como cuentos que van por parejas, tienen secuelas o están relacionados, me importa un bledo el orden en un libro de cuentos míos. Se puede abrir al azar y leer lo que sea. No es imposible que también suceda esto con alguna de mis novelas. Una vez más, recuerdo al lector aquello que soy el tío que empezó a leer Watchmen por el nº6).

Pero, me pregunto, ¿y si en este caso concreto fue Flannery O'Connor la que decidió el orden de los relatos? Una corazonada, lo admito.

Y así es como he leído el libro, empezando por el cuento número 1 y terminando por el número 10.

No sé si será cosa de la autora o del editor, pero este orden tiene cierto sentido. Al menos, para mí lo tiene. (No es que lo vaya a explicar más adelante: con lo que he leído, me basta).

Por cierto que, casualmente, Julián Díez ha escrito hace nada (el 6 de mayo) un artículo sobre "ediciones de cuentos completos" en el ámbito de la ciencia ficción, que es muy interesante.

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El cuento de apertura y que da título al libro es una obra maestra del terror. No es una narración sobrenatural, pero da mucho miedo. También hay elementos de la literatura criminal, pero esto no es detectivesco, policial o de serie negra.

Esto es terror, sin más. Como aquel cuento de Raymond Carver, "Diles a las mujeres que nos vamos", que había olvidado, y que mi hermano Daniel llevó hace poco a la Tertulia de Albacete. (Creo que lo he dicho en alguna otra parte, pero si hace falta, lo repito aquí: me trae al pairo la supuesta diferencia infinitesimal o gargantuesca entre "terror" y "horror" en castellano. Esas diatribas, por favor, que se queden en el bar, que es adonde pertenecen).

Es tan de terror como Drácula de Stoker, El color que cayó del cielo de Lovecraft o El asesino de la carretera de James Ellroy. Tan de miedo y mal rollo como Noche infinita de Richard Laymon o Misery de Stephen King. No me extraña que, a una escritora como la que firmó esta historia, se la haya apropiado la Academia de la Literatura Seria, y se la haya arrebatado a nuestro negociado del escalofrío y la subliteratura. (Voy a empezar a utilizar el término, creo que de nuevo cuño, infraliteratura: me parece más humillante que el otro, pero tiene algo que evoca naves espaciales y monstruos con ojos de insecto). Es como lo que sucede con Primo Levi y sus libros de cuentos: que no pueden ser más fantásticos, terroríficos y de ciencia ficción, pero en el ámbito de los aficionados a los géneros y subgéneros, no se le conoce más que de nombre y por su triste fama como veterano reo de Auschwitz. (Nota al pie: Flannery O'Connor estaba familiarizada con eso de los campos de exterminio, y en época bien temprana, pues habla de los refugiados polacos que terminaron en Georgia, en calidad de mano de trabaja esclaa, un peldaño por debajo de los negros en la socidad. Se ve en varios de sus relatos, y de un modo que, al menos yo, nunca antes había visto o me había planteado. Léase "La Persona Desplazada", por ejemplo, casi novela corta y broche final del libro).

El muy turístico museo de Auschwitz, antes Konzentrationslager Auschwitz, visita obligada en Polonia para muchos entre 1940 y 1945.

Que la Academia y los editores de Auténtica Literatura se apropien de tu obra probablemente sea cojonudo, pero yo no lo tengo tan claro: ¿se multiplican las ventas exponencialmente cuando te consagran? Es posible. Si es así (y, repito: lo dudo), la pena es que probablemente haya varios grupos de lectores que te habrían devorado hasta la última línea, pero ya no se acercarán a ti porque te falta la etiqueta correspondiente. (Sí, sé que normalmente se esgrime y argumenta como queja el caso inverso: el del autor encasillado en tal o cual género que, por tanto, no llega al "lector generalista". Es cierto, sí. Pero ¿alguien, ahí fuera, sabe qué demonios es un "lector generalista", y en caso de que conozca alguno, me lo puede presentar para que yo lo vea y lo registre para comprobar si va armado?).

Pero volvamos a la literatura. "Un hombre bueno es difícil de encontrar" se publicó en 1953 en la antología de Avon Modern Writing I, antes de pasar a su primer libro de relatos. La autora tenía 28 años, pues había nacido en 1925. Por lo que he leído por ahí, esta amiga de los pájaros (tengo entendido que criaba pavos reales, algo que aparece de forma no casual en el relato "La Persona Desplazada", que cierra esta antología) publicó el cuento un año después de que le diagnosticaran la misma enfermedad autoinmune que se llevó a su padre a la tumba, lupus eritematoso sistémico. La criadora de pavos se vio afectada en las piernas y hubo de ayudarse de muletas el resto de su corta vida. Alguna autora más reciente asegura que Flannery fue la escritora que fue gracias a su enfermedad...

Flannery O'Connor y sus pavos reales, como la vida misma.

Pues vaya unos cojones. Es como si yo digo que Primo Levi fue el autor que fue "gracias a su estancia en el campo de concentración de Auschwitz". Esto es tan necio como decir que "si Paul Auster no hubiera fumado, habría tenido tiempo para escribir más obras". Tócate las narices. Ahora vamos a descubrir que las experiencias vitales de los autores, ya sean desgracias o vicios o que les toque la lotería, los condiciona. ¡Toma ya! Joder, ¿y a quién no? Y ¿qué pasa, que los autores tienen la obligación moral de cuidar su salud para poder escribir sus mierdas hasta en el lecho de muerte? ¿Deben "ganar la lucha contra el cáncer" o "tener experiencias horripilantes, pero instructivas", como es pasar por un campo de concentración o sufrir una enfermedad crónica? Claro que, esta obligación está destinada a los escritores Tocados por los Dioses durante su vida o tras su muerte. Qué desconsiderados, los autores. Qué desconsiderada Flannery O'Connor, que murió en 1964, con apenas 39 años, víctima de una cirugía para extirparle un mioma uterino (un tumor benigno, en castellano) que se complicó por culpa del lupus. Si no se hubiera operado, a lo mejor habría vivido para ver publicado su siguiente libro de cuentos (que apareció en 1965, de forma póstuma), y a lo mejor ¡hasta habría escrito mucho más!

Y Paul Auster tendría que haber dejado de fumar hace años.

Y Raymond Carver no tendría que haber bebido alcohol. Y John Cheever tampoco. Ni Edgar Allan Poe (aaaay, la absenta, la absenta...)

Los escritores tienen que pasarlas canutas para escribir una línea memorable. Como los súper héroes y sus orígenes secretos, ha de haber una explicación para el genio (o los súper poderes), y esa explicación tiene que ser dramática, horrible...

Insisto: ¡Tócate los huevos!

***

Flannery, con su primera novela en las rodillas.


Tras estos innecesarios excursos y viajes por los Cerros de Úbeda, procede comentar que los relatos de Flannery O'Connor me han gustado mucho, y no me extraña que en los blurbs que aparecen en los libros de los amigos de Dirty Works, O'Connor esté presente. Está claro que es una influencia para toda esa oleada de autores sureños y un poco góticos, narradores de la cultura redneck de la América profunda, pero también es hija de Antón Chéjov y madre (o madrastra) de los citados Carver y Cheever. Sobre todo del primero. El subastador de Joan Samson me parece una consecuencia directa de la existencia de Flannery O'Connor.

Joan Samson, otra autora que nos dejó siendo muy, muy joven.


"El río" (1953) también es terror en estado puro, y tiene un par detalles que me hacen pensar en la divina ("si encubriera más lo humano") Daphne du Maurier y su extrañísimo cuento "The Pool" (1959; en castellano, "El estanque", incluido en Los lentes azules). En "El río" hay un niño pequeño y un río, pero no hay evocación nostálgica alguna, sino tristeza infinita y miedo para el lector. O'Connor nunca siente nostalgia. Como murió tan joven, no creo que le diera tiempo a sentir nostalgia por nada. Para ella, todo era nuevo cada día, y sus "viejos tiempos" no eran "buenos viejos tiempos", sino recuerdos de la miseria y el Mal que acecha el corazón de los hombres y que sólo conoce... ¡La Sombra!

Daphne du Maurier, que llegó a vieja a pesar de ser fumadora.

 

El único cuento del libro que podríamos interpretar como "fábula", porque tiene algo parecido a una moraleja, es "La buena gente del campo", que por momentos parece como si Jim Thompson se hubiera ido de borrachera con J. G. Ballard y juntos hubieran parido una obscenidad sobre una chica mutilada y con prótesis.

De "El negro artificial" ("The Artificial Nigger", 1955) dicen los expertos que es una parábola, pero lo que es, es una cabronada: una road movie sin road, un viaje iniciático que es más bien viaje final, la gran aventura de un abuelo y su nieto en la ciudad, donde el peligro acecha en cadas esquina. Pobre buena gente del campo, que se pierde en el barrio de los negros...

 

"Un encuentro tardío con el enemigo" ("A Late Encounter with the Enemy", 1953) es el único relato en el que podemos apreciar un mínimo de sentido del humor explícito en esta autora que, para que me entiendan los aficionados a la infraliteratura, tiene más que ver con Jack Ketchum que con Richard Laymon (que SÍ tenía sentido del humor, y a raudales. Ketchum, definitivamente, NO). Es un cuento triste sobre la senilidad, pero el caso es que la tragedia tiene gracia, siempre y cuando se mire desde la perspectiva adecuada. Menos mal.

"Un círculo en el fuego" ("A Circle in the Fire", escrito en 1954 y publicado un año después) es, como el primero de los relatos, un cuento muy inquietante que roza el terror, y casi podría haberse convertido en un episodio de la serie de TV Alfred Hitchcock presenta..., si hubiera tenido algún giro final imprevisto. Pero, claro: que lo veas venir, no quiere decir que no lo sufras. Para eso lo escribió la señorita Mary Flannery O'Connor (1925-1964).

Y obvio el resto de relatos para que el lector los disfrute por su cuenta, sin más pistas que las siguientes: Primero, la fama de la autora es merecida. Segundo, si no la ha leído usted, se está perdiendo algo bueno.

Yo voy a dejar que Flannery descanse un poco de mí, pero volveré con ella en breve. Me ha caído muy bien. Es de los nuestros.

(Y, para los que quieran ir directamente a la caza y captura de un ejemplar de la edición de Lumen de 1973, les puedo decir esto: Un hombre bueno es difícil de encontrar es difícil de encontrar. Chim-pún).

Vale.

Edición en paperback, con una portada que se ajusta bastante al relato que da título a esta antología.

sábado, 21 de octubre de 2023

El asesino de la carretera, de James Ellroy


20 de abril de 2023

James Ellroy tiene obras buenas, muy buenas y alguna que otra obra maestra. El asesino de la carretera pertenece a la tercera categoría.

Es obra maestra sin paliativos. (O eso, o que a mí me ha pillado de buenas).

Publicada en octubre de 1986, directamente para el mercado como paperback y bajo el título de Silent Terror (en ediciones posteriores, sería Killer on the Road), es una grandísima novela de asesinos en serie, relatada en primera persona por el criminal. Y... ya vamos con las odiosas comparaciones. Que en esta ocasión, no son gratuitas, como verá el lector:

 

La historia está inspirada, según Ellroy, en los crímenes reales de los "Asesinos de la Caja de Herramientas", Lawrence Bittaker y Roy Norris, que violaron, torturaron y mataron a cinco muchachas en California allá por 1979. (Ambos están muertos, y bien muertos). Joyride, de Jack Ketchum, que he leído hace unos días, está inspirada por los asesinatos de Howard Unruh, que mató a trece personas en doce minutos, allá por 1949. También está muerto, y bien muerto.

Joyride se publicó originalmente con el título de Road Kill. Silent Terror, ya lo hemos dicho, se convirtió en Killer on the Road. Ambas historias tienen, como es obvio, algo de road movies. Ambas historias se adentran en los entresijos psicológicos del criminal psicópata.

Las diferencias entre ambas novelas son muchas, muchísimas; ante todo, hay diferencias de estilo (que no de intencionalidad). Ketchum trabaja en tercera persona, lo cual siempre consigue cierta distancia y objetividad sobre el texto. Ellroy nos brinda una primera persona parcialísima y, no obstante, sincera hasta el vómito. Pero desde mi punto de vista, lo que hace que el lector se acerque a estas obras con diferentes expectativas es que Jack Ketchum es un escritor de terror y James Ellroy es un escritor de serie negra.

Mi primera aproximación a El asesino de la carretera cuando lo conseguí de segunda mano o de saldo en Madrid, en alguna parte, hace años, resultó en fracaso. Aguanté veinte o treinta páginas, o menos, y me fui a otro libro. Esto sucedió porque yo esperaba encontrarme una vilenta historia de gángsters y corrupción, como las que ya había disfrutado en El gran desierto, América, La Dalia Negra, Seis de los Grandes, Jazz Blanco, etc., y me encontré con el retrato de un puto chalado que veía cosas raras a su alrededor, colorines y yo qué sé qué. Me dio náuseas, porque en aquel momento me sentía demasiado sensible a la casquería de primer orden, y abandoné. Recuerdo hablar del tema con mi amigo Juan Carlos Monroy Gil, gran lector de novela negra (y de las otras también), quien me mencionó de pasada en una conversación El asesino de la carretera como si fuera una novela más de Ellroy. O esa impresión tuve yo. Me parece que a Juan Carlos también le pilló desprevenido la hostia que supone esta obra de Ellroy.

Y ha sido la grata lectura (con sus vaivenes, pros y contras) de Joyride la que me ha llevado a enfrentarme de nuevo con el psicópata de las narices. (Con el personaje de Ellroy, no con Ellroy. Que también). La lectura tiene estas cosas: es un viaje de asociación de ideas comandado por las apetencias intelectuales de cada momento. Un libro te lleva a otro y, si uno observa con atención, si lee como se debe leer, se encuentra sumido en un pozo de círculos concéntricos y tentáculos resbaladizos que son caminos... o carreteras a otros autores, otros libros.

Una de las primeras cosas que he hecho al terminar de leer El asesino de la carretera ha sido ficharla en La Tercera Fundación bajo los epígrafes "Terror, misterio..." y "Asesinos en serie". Tiene poco de policial, de investigación, de Comisaría 87. Ni siquiera se parece remotamente a la serie de Hannibal Lecter de Thomas Harris, por mucho que también aparezca en LTF bajo las mismas etiquetas. Estamos, más bien, ante un "manuscrito encontrado", de manera que podríamos etiquetar a Martin Michael Plunkett, narrador de la historia, dentro de los autores de nuestra particular Biblioteca de Babel.

La he devorado, la he gozado, me he descojonado vivo con la aparición estelar de ese tío mierda que se llamaba Charles Manson (pues Ellroy sí que tiene sentido de humor)... y me han quedado muy pocas ganas de releerla alguna vez. Vaya, las mismas que de hacer un nuevo visionado de Saló de Passolini. Ya lo he pasado bastante mal, gracias. Y bastante bien, gracias.

La versión española, publicada en tapa dura, con buena tipografía, en la colección La Trama de Ediciones B, corrió a cargo de los difuntos Hernán Sabaté y Montserrat Gurguí, que hicieron un trabajo excelente. (Si ha leído usted en español La tienda o La mitad oscura de Stephen King, Koko de Peter Straub, o Cavadores de Terry Pratchett, en realidad ha leído a Hernán Sabaté).

Y no voy a contar nada más. Ellroy es un maestro y un cabrón. No importa si eres lector de terror, de serie negra, de ciencia ficción, de realismo mágico, de Pele, de Mele o de Panzapelá... Si eres lector, dale una oportunidad a Ellroy. Que la vida son dos días.