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viernes, 23 de agosto de 2024

Lou Carrigan ha muerto, pero ya es inmortal

 

Lou Carrigan (1934-2024)


22 de agosto de 2024

Me acabo de enterar del fallecimiento de Lou Carrigan, el más célebre nombre de guerra de este oficial (creo que llegó a general) del Ejército de las Novelas de a Duro: Antonio Vera Ramírez (2 de julio de 1934-29 de julio de 2024).

Siempre que sale a colación el tema de "los mejores autores de bolsilibros", e incluso "los mejores autores de novela popular española", el nombre de Carrigan está en las quinielas y en los listados. Es uno de los favoritos de casi todos los lectores, un peso pesado. Creo recordar que, de niño, era vecino de escalera de Rafael Barberán (Ralph Barby, otro peso pesado), y su hermano Francisco, fallecido en 2019, también ocupa un lugar destacado en el rankin bolsilibresco (coronel, por lo menos) bajo el pseudónimo de Mortimer Cody, entre otros.

 



 

Con su aire a caballo entre Sancho Gracia y Tom Jones, corpulento y seguro de sí mismo, Lou Carrigan tenía el aspecto que imaginamos en muchos de sus personajes masculinos: un tipo duro capaz de imponer la ley a golpe de puñetazos. Curioso es, pues, que su personaje más conocido a nivel internacional sea una heroína de armas tomar: la espía Brigitte "Baby" Montfort, publicada con gran éxito en Brasil, y a la que Carrigan dedicó unas 500 novelas cortas.

 

Una de las centenares de aventuras de Baby Montfort, el personaje más longevo de Lou Carrigan, y estandarte de las heroínas de la novela popular española.

 

Desde su primera novela, el western Un hombre busca a otro hombre (Salvaje Oeste nº43, Ferma, 20 de marzo de 1959), Carrigan pasó por todos los géneros de la novela popular con éxito, aunque está claro que su tendencia natural era la del suspense, la serie negra y la aventura de espionaje. Unas 1000 novelas llegó a firmar Antonio Vera Ramírez como Carrigan o con cualquier otro de sus muchos pseudónimos. Y su ingente trabajo, como sucede con nuestra literatura para el gran público, todavía está por reivindicar, por releer, por valorar.

Descanse en paz.

 

Salvaje Oeste nº43, Ferma, 20 de marzo de 1959: la primera novela de Lou Carrigan.

***

Es una tristeza y una falta negligente que admitimos el no haber traído a bordo del Matilda Briggs a Lou Carrigan hasta ahora. No tenemos excusa, y entonamos un mea culpa junto a nuestro pésame a los familiares del autor.

Lo que sí podemos hacer, a modo de homenaje y recuerdo, es recuperar un par de reseñas que, hace años, dedicamos a algunas de las más sobresalientes, extraordinarias obras de Lou Carrigan. Ambas están recomendadas por el que esto firma, pues son carne de inmortalidad literaria... si es que el atento lector se decide a hincarles el diente (son fácilmente conseguibles; palabra de honor). Cada vez que alguien lee una de sus obras, Lou Carrigan (es decir: sus pensamientos trasladados al papel, sus tramas sádicas, directas, violentas, apasionantes, divertidísimas) vivirá de nuevo. Y en eso consiste la inmortalidad, por ahora. La resurrección de los muertos se la dejamos a la religión católica y a los doctores Victor Frankenstein y Herbert West. Y casi mejor a estos dos últimos, que inspiran mayor confianza. A fin de cuenta, son científicos...

***

En la boca del lobo (1973)

Reseña publicada originalmente en el blog Novelas de a duro, el 25 de julio de 2013.

 

 

En la boca del lobo, de Lou Carrigan (Antonio Vera Ramírez; Terror nº36, Rollán, 1973. Hay ediciones en Selección Terror nº183, Bruguera, agosto de 1976, portada de Desilo —sin acreditar—; Selección Terror nº465, Bruguera, 1982, no sabemos de quién es la portada; y Selección Terror nº43, Ediciones B, 1993, portada de Alberto Pujolar reciclada de Selección Terror nº130).

No todos los bolsilibros de Bruguera eran originales realizados ex-profeso por los diversos autores para las diversas colecciones, sino que de cuando en cuando —y al igual que hizo la colección Galaxia 2001 de Andina/EASA hasta la saciedad— se colaba alguna novelita que ya se había publicado en otra editorial. Por ejemplo, este En la boca del lobo, que Antonio Vera escribió para Rollán en 1973.


Melville Roark es un hombre hecho a sí mismo, posee una mina de carbón en Alaska, un socio joven y de confianza, y una esposa bella, deseable y mucho más joven que él.
Y mucho dinero.
Así que no es de extrañar que la buena de Mae Roark y el joven Gordon Owells hayan decidido que, antes de tomar la avioneta que los llevará a Anchorage, tienen que matar a Melville y deshacerse de su cadáver. Después, podrán gastarse su dinero en algún lugar paradisíaco.
Pensado y hecho.
Sólo que...
Bien, en la avioneta, además de Charlie, el amabilísimo y simpático (y pintoresco) piloto pelirrojo pecoso que siempre dice "¡Caracoles!", viajan una par de mineros sin suerte que también van a Anchorage. Y en mitad de vuelo, Mae se da cuenta de que, tras haber descuartizado el cadáver de Melville y haberlo convertido en cenizas (con carbón, claro), no limpió el hacha que Gordon utilizó para acabar con Roark. Hay que dar media vuelta. Pero...
Pero los dos mineros sin trabajo saben quién es Mae Roark y, a punta de pistola, anuncian que nada de media vuelta, que el avión irá adonde ellos quieran, y que Melville Roark tendrá que pagar 200.000 dólares por recuperar entera a su mujercita. Pero...
Pero cuando ya está claro que aquello es un secuestro, los motores de la avioneta dejan de funcionar. Y lo que a este grupo de majísimos exponentes del género humano les espera abajo, son los abetos, la nieve... y los lobos.
Y esto no es más que el comienzo...
Una novela estupenda, un thriller que parece una historia de los hermanos Cohen (concretamente de los primeros hermanos Cohen, los de Sangre fácil), y que resulta muy satisfactoria a cualquier nivel.
La recomiendo mucho, mucho, mucho.


(Otra reseña de esta novela, en este caso realizada por el amigo Francesc Barceló, se puede encontrar en su blog EL QUIOSCO DE LA RAMBLA).


SOBRE LAS PORTADAS:
Merece la pena echar un vistazo al historial portadístico de esta novela que cuenta, como ya han visto ustedes, con cuatro ediciones distintas.
No hemos podido averiguar quién es el autor de la cubierta para la edición original en Rollán (es la imagen que abre esta entrada) y tampoco hemos conseguido dicha cubierta en una resolución mayor.
 

Selección Terror nº183, 1976. Portada de Desilo. Atentos a la errata en SELEOCIÓN; una cosa bastante rara, puesto que estas cubiertas se maquetaban con plantilla... ¿O estoy equivocado?


La portada de Desilo para la edición de 1976 se recicló para una novela de Curtis Garland publicada en Selección Terror nº515, y que ya hemos reseñado en este blog.


Selección Terror nº515, 1983. Portada de Desilo (reciclada del nº183)

Otra edición de En la boca del lobo apareción en Selección Terror nº465, y tampoco hemos podido averiguar quién es el portadista.


Reedición en Selección Terror nº465. ¿Quién será el portadista? 



Selección Terror nº43, Ediciones B, 1993. Portada de Alberto Pujolar (un reciclaje)

 
La cuarta edición de "En la boca del lobo" corresponde a Selección Terror nº43, de Ediciones B. En este caso, se recicló una portada del gran Alberto Pujolar, correspondiente a Selección Terror nº130 de Bruguera.
 

Selección Terror nº130, Bruguera, 1975. Cubierta de Alberto Pujolar.



ÍTEM MÁS:
Como curiosidad animal, les dejamos aquí un par de portadas de bolsilibros que también se titulan En la boca del lobo y que nada tienen que ver con la novela de Lou Carrigan. (Hay montones de tebeos con ese título: números de The Phantom, Jabato, El Corsario de Hierro, Jorge y Fernando y otros muchos, alguna película, e incluso una novela de Karl May. Y más, claro).



Hazañas Bélicas nº441, Toray



Colección Pistolero nº82, Astri


***
 
 
Los pajaritos ciegos, de Lou Carrigan (Antonio Vera Ramírez; La Huella nº81, Bruguera, Barcelona, mayo de 1976. Portada de Salvador Fabá. Reedición en Servicio Secreto nº1716, Bruguera,. 1983; y en Punto Rojo nº50, Ediciones B, 1994).
 
 

Servicio Secreto nº1716, Bruguera, 1983

 
El psiquíatra Amos Grant decide prestar sus servicios a la policía de Nueva York. Y llega en buen momento, pues hay un par de asesinatos aislados que presentan puntos en común: cuerpos cosidos a puñaladas y, detalle macabro, los ojos pinchados repetidamente con agujas (post-mortem, por suerte). Para llevar a cabo la investigación, Grant contará con la ayuda (o viceversa) del sargento de detectives Kester Hyde, que es un poli de los buenos, de los duros, de esos que molan.
El caso los llevará por lugares sórdidos, como una agencia de actores porno, discotecas con muchas luces (recordemos que estamos en los 70) ambientadas por grupos musicales compuestos no se sabe si por hombres o mujeres (porque ¡llevan el pelo muy largo!), la casa donde viven dos simpáticas ancianas —un poco raritas ellas— y otros lugares divertidísimos... Y por supuesto, los héroes tendrán que vérselas con asesinos a sueldo y con guapas mozas retozonas deseosas de echarse novio. Todo esto, con el trasfondo de una serie de crímenes que, al parecer, tiene su origen en los viejos buenos tiempos de un grupo de amigos, que cuando eran niños hicieron algunas cosas de las que quizá no estuvieran demasiado orgullosos...
Nuestro amigo, el escritor Carlos Díaz Maroto, tiene en altísima estima este thriller psicológico y bastante bestia del maestro Lou Carrigan, y no seré yo quien le lleve la contraria, pues me lo he pasado bien. Yo diría que la historia debe mucho a las muchas secuelas, imitaciones y knock-offs realizados sobre el clásico Psicosis de Hitchcock (ni me molesto en mencionar la novela original de Robert Bloch, eclipsada por el filme), y quizá con cierta terrorífica película que no voy a mencionar aquí para no dar más pistas... Todo esto, aderezado con una pareja de polis que, para variar, no son "el poli bueno y el poli malo", ni "los dos polis opuestos", pues en realidad, aunque uno sea un veterano y el otro un psiquiatra, ambos son muy buenos a la hora de repartir estopa.
Que sí, que está muy bien la novelita, y cuenta con detalles tan jodidamente escabrosos que, lo confieso, me revolvió las tripas. Muy recomendable.


(Otra reseña de esta misma novela, en Bolsilibros Bruguera, por Antonio Guerrero).
 

Punto Rojo nº50, Ediciones B, 1994.

 

viernes, 16 de agosto de 2024

Comisión ejecutora (2004), de Gregg Hurwitz

Portada de Alejandro Colucci.


8 de agosto de 2024

Pues ya estamos de nuevo con Gregg Hurwitz, del que hablábamos por aquí hace unos días. Y esta vez no nos traemos entre manos un relato de aventuras fantásticas con monstruos sin apenas un disparo, sino una auténtica NOVELACA de, ¡sí!, tiros, tiros y más tiros. Y explosiones. Y estrangulamientos. Y acuchillamientos. Y malos perversos. Y malos aún más perversos. Y...

 

Portada de la edición original, 2004.


Contracubierta de la edición original. Todo lo que dicen ahí es poco. Andrew Klavan y Joe R. Lansdale están ahí, comentando lo buena que es esta novela.



Comisión ejecutora (The Kill Clause, agosto de 2004) me ha sorprendido muy gratamente y me ha ganado como incondicional de Hurwitz. Si Cuenta atrás (2001) me pareció una buena novela, homenaje a la larga tradición de aventuras, terror y monstruos que se remonta a Viaje al centro de la Tierra (1864) de Verne, Comisión ejecutora es un grandísimo policial que arranca como un procedimental emparentado con las novelas de asesinos seriales, pasa por el thriller legal de John Grisham, se mete en el suspense a lo Robert Bloch, se convierte en ficción de justicieros a lo Mack Bolan y, repentinamente, resulta que es novela criminal. O no. Y después... después riza el rizo.

El argumento

Tim Rackley es el eje en torno al cual gira toda la novela. Y resulta sorprendente que un protagonista tan obvio (pues la historia se relata en 3ª persona, pero siempre desde la perspectiva de Rackley), nos encontremos con un vagón de poderosos, atractivos (o despreciables, en ocasiones) personajes que no merecen el calificativo de "secundarios", pues absolutamente todo lo que hacen acaba influyendo de forma directa en la vida de "Rack", como lo llaman algunos de sus compañeros.

Tanto Rackley como su poderosa esposa son Agentes Judiciales Federales; en concreto, Rackley pertenece a la unidad de captura e intervención inmediata, una fuerza de choque que, como los bomberos, debe estar de guardia las 24 horas del día, pues no es un grupo de polis convencionales, sino los tipos a los que mandan cuando saben que se está cometiendo un delito, y existe una orden judicial de por medio. Por ejemplo, una transacción ilegal de estupefacientes. Por ejemplo, un asesinato. Estos agentes no son el FBI ni ningún cuerpo de policía convencional.

El relato arranca con la noticia de que la hija de cuatro o cinco años de los Rackley ha muerto. Un pederasta la ha violado, torturado y descuartizado. Además, los compañeros de Andrea Rackley han localizado al criminal, e invitan a Tim a que le eche un vistazo en la mismísima casa del asesino. Y ya puestos, le facilitan una pistola para ajusticiarlo y evitar a los contribuyentes los gastos del juicio.

Peeeeeero... el pederasta, aún cubierto con la sangre de la niña, dice o insinúa algo sobre alguien más. Tim escucha y deduce que, por mucho que el bastardo lo niegue después, cabe la posibilidad de una segunda persona estuviera implicada en el crimen. Y abandona la idea de matar al monstruo. Cosa que no resulta ser tan sencillo, pues no sólo fastidia a los compañeros de su mujer, envueltos directamente en el fallido ajusticiamiento, sino que tiene como resultado una serie de errores formales que habrán de desembocar en un juicio desestimado precisamente por eso: por errores de forma.

Ésto, claro está, no es la novela, sino el comienzo de una emocionante y fantástica aventura, pues Tim va a recibir una interesantísima invitación de un grupo de personas que, como él, ha sufrido el agravio de una ley que no es justicia. Y lo que Tim Rackley tiene por delante es una auténtica odisea inimaginable en la que la sangre no salpica, sino que brota a chorros.

 

***

Sólo me resta añadir (qué paradoja, que añadir te reste) que sólo conozco un relato remotamente semejante a este, pues aborda un tema parecido: se trata del tebeo Equipo Rojo (Red Team, 2013) de Garth Ennis con dibujos de Craig Cermak, cuya premisa, según el guionista irlandés, consiste en "¿cómo sería The Punisher si fuera realidad?" Y el resultado es una maravilla de la que han aparecido dos volúmenes. (El segundo es bastante más flojo que el primero, en mi opinión. Pero el primero es una obra maestra indiscutible).

 


Y para finalizar, una anécdota: Tim Rackley volvió a aparecer en otras tres novelas de Hurwitz: The Program (2005), Troubleshooter (2006) y Last Shot (2007). Según Wikipedia, The Program se tradujo y editó en castellano como Instinto primario. Maravilloso, ¿verdad?

 


 

Pues no. Me he comprado Instinto primario y es traducción de Don't Look Back (2014), otra novela de Hurwitz que nada tiene que ver con Rackley. No obstante, la leeré con gusto, pero seguiré maldiciendo al redactor de Wikipedia que metió la pata. Y no seré yo quien se ponga a corregir cosas en Wikipedia, que por menos de nada, te mandan a los municipales...

 

lunes, 15 de julio de 2024

El hombre divergente (2008), de Marc R. Soto

 

Edición de marzo de 2008.


12 de julio de 2024

Que yo sepa o recuerde, nunca he coincidido en el espaciotiempo con el santanderino Marc R. Soto (la R. es de Rodríguez). Y eso es curioso, porque no sólo somos coetáneos (nació en 1976, como servidor), sino que también ha frecuentado muchas de las amistades que compartimos. Yo conocí su obra a través de la antología Aquelarre (2010), de la que ya hemos hablado aquí en otras ocasiones, y me pareció que su relato, "Gatomaquia", era uno de los mejores del volumen antológico que realizaron Pablo Mazo y Antonio Rómar para Salto de Página. Javier Vidiella, del Consejo de Redacción de Ulthar, siempre me ha hablado muy, muy bien de Soto, y esta curiosa antología publicada por AJEC en marzo de 2008, e hilvanada a la manera de lo que llaman fix-up a falta de una palabra equivalente en castellano (cuentos entrelazados por un hilo argumental, por débil que sea, a la manera de las antologías orientales clásicas, El Conde Lucanor, el Sendebar, Calila e Dimna, Cuentos de Canterbury, la Primera Parte de Don Quijote de la Mancha, El Decamerón, etc., etc.), me la he zampado enterita en un par de días. Es breve pero intensa, y recoge diez relatos y una novela corta, Mosquitos, que nos dan una idea de cómo estaba el panorama fantaterrorífico en España hace quince años, pues Soto me parece un autor realmente representativo de "tirador solitario" bastante apartado de asociaciones y agrupaciones. Pero esto último es una consideración personal; tampoco conozco tanto su trayectoria.

 

Aquelarre (2010), de nuevo por el Matilda Briggs.


Soto se ha ocupado de hacer que mi lectura quede obsoleta, pues en ediciones posteriores de El hombre divergente, ha ampliado con cinco cuentos más su volumen, y me temo que será capaz de repetir la jugada dentro de unos años.

En algún momento entre 2008 (año en que se publicó el volumen del que hablamos) y 2012, Soto decidió que su camino literario pasaría por la autogestión de su obra, sin intermediarios y, actualmente, sus nuevas publicaciones y las reediciones de obras antiguas pasan por Amazon. Sabia y más que respetable decisión la del autor, aunque es una pena que el mundo en que vivimos sea el que es, y Soto no haya tenido la oportunidad (todavía) de alcanzar la notoriedad que merece: estamos ante el autor que logró publicar dos historias (una de ellas fue "El hombre divergente") en la prestigiosa Ellery Queen's Mystery Magazine, y recabó sólo Cthulhu sabe cuantos premios durante la primera década del siglo XXI.

 

Este número doble, de 2010, contiene "The Divergent Man" de Marc R. Soto. (Atención a la compañía que tuvo Soto en este número: Bill Pronzini y Joyce Carol Oates, entre otros muchos autores).

 

***

Algunos de los relatos de Soto son piezas que encajan perfectamente en el concepto de "terror no sobrenatural", y se solapan sibilinamente con el "relato criminal", que está emparentado con la serie negra. Ahí entramos en el terreno del thriller, aunque ese término rara vez se aplica al cuento corto, pues parece que es más propio de la novela o del cine. En ese caso, estaríamos hablando de "suspense", es decir: el amplio abanico de las películas de Alfred Hitchcock y de las obras de Robert Bloch, pasando por el Pisuerga hasta las sutiles burradas grandguignolescas de Roald Dahl. "Gatomaquia" ronda por estos andurriales, igual que "Bella y tierna historia de amor", "Regreso al bosque" y "Sushi", un brevísimo relato casi costumbrista, psicológico y realista... hasta cierto punto. Estas cuatro historias son realmente buenas e inquietantes, y hay que leerlas como cuentos de terror criminal del mejor tipo.

Y, ya de pleno en el mundo del terror fantástico, tenemos el resto del libro, incluido la mencionada Mosquitos, una curiosísima version de un tema clásico e inevitable de la ficción de horror (es la obra en la que más se nota la influencia de Stephen King en Soto), que pasaremos por alto para no destripar la historia. "El hombre divergente" es una narración pesadillesca de mundos alternativos que sirve de nexo para el resto de los cuentos. "Permutación", "37 arañas" y "Volverás" son relatos de apenas dos páginas cada uno, pequeños aguijonazos muy efectivos y malintencionados, pequeñas joyitas. Por último, hay dos cuentos de extensión media, "Ratas" y "Los muertos no caminan". "Ratas" es un osado ejercicio de estilo con un narrador que es segunda y primera persona a la vez, en presente: un diálogo interior de un hijo de puta consigo mismo; "Los muertos no caminan" es, quizá, el más "convencional" de los cuentos, y eso se debe al aire clásico que lo rodea y que lo distingue de sus compañeros de volumen: una historia de fantasmas, o de zombis, cuyo origen se remonta a la literatura de viajes exóticos y finaliza entre el barro.

***

En contra de lo que afirma la gran Elia Barceló en su prólogo al libro, y con permiso del lector, diré que Marc R. Soto no es un discípulo directo de Stephen King, sino el fruto de su tiempo: una generación que conoció el boom de la literatura de terror de los años 80, que se empeñó en trasplantar la acción y los monstruos a España (en eso sí incide Barceló, con acierto), y que sin duda ha bebido de otras muchas fuentes que no son las del Maestro del Terror de Maine. Sus cuentos brevísimos pertenecen a una estirpe distinta que recuerda más bien al realismo mágico de Latinoamérica (otra forma de definir el fantástico), y así sucede con el magnífico "37 arañas". Pero en realidad, son marca de fábrica de Soto.

La verdad, me encantaría publicar a Marc en Ulthar, aunque no creo que se deje. Todo es hablarlo, supongo.

Y a los aficionados al terror fantástico, les sugiero que se pasen por la página de Amazon del autor y empiecen a comprar y a leer por donde prefieran. Esta antología, sin duda, es un muy buen comienzo.

 

Contraportada (ed. de 2008).


jueves, 20 de junio de 2024

Relatos satánicos (Biblioteca Oro Terror nº40). Recopilación de Kurt Singer


30 de marzo de 2024

Cualquier lector más o menos constante reconocerá que las antologías de cuentos, como género, obtienen casi siempre el mismo calificativo: irregulares. Da igual que sean antologías temáticas de varios autores, antologías de la obra cuentística de un solo autor, antologías "representativas" de una generación o grupo de autores, antologías "históricas" de recorrido a través del tiempo de un género...

Irregulares. Unos cuentos gustan más, otros menos. Tal cuento es obra maestra, aquel otro resulta ilegible y es basura de relleno.

El austríaco Kurt Singer (y si no recuerdo mal, también su esposa) vivía de esto de las antologías. En La Tercera Fundación tenemos fichadas hasta 21 antologías, 4 introducciones, y 5 relatos suyos (dos en colaboración con su mujer, Jane Sherrod Singer). ¿Qué tal es como autor? No me acuerdo, pero seguro que he leído alguno de sus cuentos. ¿Y como antólogo? Pues lo esperable: irregular, como sus antologías o las de cualquier otro antólogo profesional o aficionado.

 

Satanic Omnibus (1973); recopilación original de Kurt Singer.


Por ejemplo: Relatos satánicos, publicada por Molino en 1975, en traducción de Ramón Margalef (que también es bastante irregular, con permiso y con perdón), es la mitad del volumen original en inglés Satanic Omnibus (1973), que Molino dividió entre nuestro librito y otro titulado Historias infernales (1975). La mayoría de los relatos incluidos en el original inglés procedían de la vieja revista Weird Tales (en adelante, WT) que todos conocemos al dedillo, ¿verdad? En Historias infernales están Lovecraft, Seabury Quinn (con un relato del doctor de lo oculto Jules de Grandin), G. G. Pendarves (una autora de WT a la que deberíamos conocer mejor), Thorp McClusky (qué buen nombre para un villano de novela negra o de un western), y algunos más. Seguro que la media de esa antología es tirando a alta (aunque el cuento de Lovecraft es "The Shunned House", que está lejos de ser lo mejor de su producción).

 

Historias infernales (1975), Molino. La otra parte de nuestra antología.


La media de Relatos Satánicos, pues... en fin, veamos: vengo de haber leído durante un mes varias novelas de Jíbaro Vargas de Mallorquí, El Aguilucho de Debrigode, Una puerta al río de Barry Gifford, diversas novelas de (otra vez) Peter Debry, y hasta he realizado una relectura de Ciudad salvaje, una de las mejores novelas de Elmore Leonard.

Difícil ser piadoso con estos cuentos "satánicos", ¿verdad...? Lo intentaremos...

***

El "Prefacio" de Singer, cuatro paginitas, es un tostón que recoge anécdotas variopintas sobre el Demonio bíblico, cocodrilos, Ralph Waldo Emerson, y las experiencias ("mencionadas pero no contadas", como muchos casos de Holmes) del mismo Singer "en sus viajes por el mundo". Como mínimo, viajó a Laguna Beach (California), que es donde escribió el prólogo. Sin demasiado interés. Lo siento, Herr Singer.

"El vampiro de mi padre", de Alvin Taylor y Len J. Moffat (célebres por su nula popularidad) es, quizá, el más interesante de los cuentos del libro. No porque sea una excelencia, sino porque es lo bastante inteligente como para no tomarse en serio a sí mismo: el padre del narrador es coleccionista de objetos raros, y en el sótano tiene un vampiro en su ataúd. El argumento se parece un poco a la novela (muy posterior) La estaca, de Richard Laymon (la mejor de su producción, diría yo), y se regodea en la mala leche del narrador y en algún que otro invento tontucio. Pero al menos es original y tiene su gracia.

"La invasión verde" de Denis Plimmer es una tontuna tan desquiciadamente bizarra que merece la pena leerla: la invasión es la del mundo de los muertos, que desde otra dimensión (la novena), piensan conquistar la Tierra con ¡sus aeronaves espaciales!, comandados por el Hermano Carolous Pius, muerto en la hoguera en 1526. Cosa que a Carolous no le impidió inventar una especie de radiotransmisor que le permitía contactar con el mundo de los vivos. (En serio: esto tiene mejor pinta de lo que resulta al final: flojo, flojo, flojo...)

"La vampiro española" de E. Hoffmann Price tiene cierto encato, pero no deja de ser una comedia de vampirismo. Por hacerme odioso, la compararé con "El juez Ibáñez" de José Mallorquí (de comedia no tiene nada, este relato), que le da cien vueltas. (Y, ojo, que Hoffmann Price tiene todos mis respetos como mito de la Era de los Pulps, y por su relación de Lovecraft).

"Las gafas" de Robert Bloch es un cuento tangencialmente relacionado con los Mitos de Cthulhu (por la vía de Ludvig Prinn, el autor de De Vermis Mysteriis), y recoge el tópico del objeto maldito que va de mano en mano, como la falsa moneda. No es nada del otro mundo, y las varias primeras personas que relatan los hechos están conseguidas, pues Bloch es un escritor competente. Pero la verdad es que este relato poco aporta al lector curtido. Lástima no haberlo leído hace treinta o cuarenta años...

"El duende" de Malcolm M. Ferguson es una aproximación a los fenómenos parapsicológicos, situada en los años 40. Hay un doctor de lo oculto (o algo así) poco conocido, Thomas Chadwick, que aparece en un relato previo del autor; y la descripción de ciertas manifestaciones fantasmagóricas tradicionales (lluvia de piedras, por ejemplo) es correcta. Pero la historia se queda en nada o casi nada. Otro bluf, me temo. O eso, o lo he leído con muy pocas ganas, que también es posible. El autor no es siempre culpable. Los lectores también debemos aprender a hacernos responsables de lo que leemos y cómo lo leemos. Esto último es algo que sólo aprenden los grandes lectores, los lectores con oficio. Para ganarse el título de "lector de oficio" hay, primero, que leer mucho; y segundo, tener la humildad de rechazar el nombramiento de oficial.

"El libro de los muertos" de Frank Gruber es otro dislate, pero de los gordos. Sólo diré que es de 1941, y que se trata de un texto patriótico sobre la entrada de los USA en la guerra... De algún modo, se parece a "La invasión verde", también en este volumen, pero esta vez tenemos una momia viviente, en vez de un monje brujo del siglo XVI. Personalmente, me ha parecido una tontería, pero tiene el mérito, una vez más, de la osadía de plasmar un idea casi idiótica en un texto legible. Y después de todo, el cuento no deja de ser una revisitación de la vieja leyenda de los Ángeles de Mons, inventada por Arthur Machen. (Gruber escribió serie negra y aventuras, además de un puñado de relatos fantásticos).

"El diablo de Maniara" del británico Douglas Leach (de quien no sabemos nada, salvo que quizá se trate de este caballero) es un relato de aventura y terror en ambiente exótico (Papúa), con cocodrilos y brujería. Sin ser nada del otro mundo (guiño, guiño; codazo, codazo), quizá sea lo mejor del volumen junto al primer relato. Pero tampoco mata, pues la historia (publicada originalmente en 1933 y rescatada en WT en 1952) se parece mucho, por no decir demasiado, a algunos de los cuentos italianos y franceses que aparecían en las clásicas revistas de viajes y aventuras, y que se publicaban desde finales del siglo XIX hasta la primera mitad del XX. Vamos: que este cuento no aporta nada nuevo.

 


Mi propia reedición de un cuento francés, obra de Francis Mury, publicado originalmente en la revista francesa que aparece arriba, aparecida en 1924. Guarda semejanzas con el texto de Douglas Leach, fuera quien fuese.


En resumidas cuentas, es una antología de la flojas flojas, sin nada destacable, por desgracia; apta para cualquiera y obligatoria para nadie, ni siquiera para el investigador meticuloso. Ni la presencia de Bloch y sus "gafas de Ludwig Prinn" la levantan más allá de la pura anécdota.

Quizá otros lectores con mejor disposición o estado de ánimo le puedan sacar mayor disfrute. Ese es mi deseo, sinceramente.

lunes, 22 de abril de 2024

Esperando a que se invente la rueda

Ayer, domingo 21 de abril, di por concluidas mis sesiones de firmas con motivo del Día del Libro, esa discutible fecha en que se concentra un alto porcentaje de las ventas de libros anuales, junto con la fiestas navideñas. Las cifras son apabullantes (no las voy a mencionar), e indican que, en lugar de comprar libros a lo largo del años, se adquieren en determinado momento por determinados motivos. Lo posiblemente diga algo acerca de los hábitos de lectura en España.

Eduardo Moreno Alarcón y Alberto López Aroca, Plaza del Altozano (Albacete), 21 de abril de 2024. Fotografía del escritor Carlos Walter Martínez.

No fue de este complejo y espinoso tema de lo que estuvimos hablando Eduardo Moreno Alarcón y servidor durante los ratitos en que no estábamos firmando y atendiendo las demandas de los lectores, exigentes, y con razón: los lectores no exigentes son más bien compradores o regaladores de libros (y brindo por su existencia; al párrafo anterior me remito).

De lo que hablamos Eduardo y yo fue de la literatura que nos gusta, de autores a los que admiramos, y de lo curioso que es el mundo de la industria editorial y lo azaroso que es el oficio de escritor. Desde la última vez que me había sentado en una mesa con Eduardo, ya habían transcurrido casi doce años. Fue el 21 de julio de 2012, durante la celebración del primer (y único, por ahora) Sábado Negro de Albacete, un festival de un día que ha quedado en el recuerdo de los asistentes, y en el olvido voluntario de posteriores organizadores de eventos en mi ciudad. (Esto de los olvidos voluntarios forma parte intrínseca de la industria literaria y del mundillo: nadie sabe dónde nació Cristóbal Colón, pero, salvo un día en concreto al año, todo el mundo se lo quiere adjudicar. También sucede algo parecido con la rueda: año tras año leo declaraciones de personas que aseguran haberla inventado recientemente...).

 

 

Cuando conocí a Eduardo tan sólo había publicado un libro, Lo que vino de las profundidades (2010), que es un satisfactorio y breve volumen de relatos fantásticos y de terror, con una ilustración de cubierta maravillosa. Sobre ese libro hablé, en directo, durante el Sábado Negro, con Eduardo. Fueron veinte minutillos de presentación. Hoy, Eduardo tiene en su haber un catálogo de títulos mucho más extenso (novelas, relatos, teatro...); también se ha convertido en actor (algo que a mí me parece casi sobrenatural) y se mueve con soltura por entre los vericuetos locales y nacionales sin hacer demasiado ruido y siempre de un modo amable y humilde, como es él. Tan amable y humilde que casi no parece escritor de oficio, pues a los autores "normales", el ego no se nos puede extirpar quirúrgicamente, sino a base de palos gordos. Palos quirúrgicos, como el que usaba Sherlock Holmes en Estudio en escarlata para comprobar la posibilidad de generar hematomas post-mortem en un cadáver.

Le dimos un repaso a Robert Bloch, a Richard Matheson, a Philip K. Dick, a Ramsey Campbell; recordamos la antología de los Mitos de Cthulhu de Llopis, y pasamos del frío al calor abrasador en cosa de minutos.

 


Me llevé (firmadas) dos obras de Eduardo: la novela corta Ojos de vidrio (2023) y un relato escrito en colaboración con Pedro Pastor, Visionarios (2024), sobre el viaje a la Luna. Eduardo Moreno es confeso ejecutor de novelas cortas (a veces tan cortas que se quedan en cuentos), y da tanto gusto charlar con él que me apena profundamente que viva en su localidad de nacimiento, Almansa, a unas 18 horas a pie desde Albacete. Si estuviera más cerca, estoy seguro de que podríamos vernos con frecuencia y hablar de nuestros héroes. Además, nos interrumpieron justo cuando empecé a soltarle a Eduardo mi rollo macabeo sobre la larga tradición de novela corta española en el terreno de la literatura popular y los bolsilibros. En fin, en otra ocasión...

 


De momento, Eduardo y yo tendremos que esperar a que alguien invente la rueda de una buena vez para que el trayecto se pueda realizar en menos tiempo, porque caminar 18 horas seguidas para hablar de libros son demasiadas horas, incluso para nosotros, que amamos la literatura. Pero hasta entonces, habremos de conformarnos con estos encuentros formales en días señalados por las leyes del comercio. Y leernos, de vez en cuando.