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martes, 3 de septiembre de 2024

Audio: Código Pulp de Hernán Migoya: El Coyote de José Mallorquí

 



Hace unos días, tuve el inmenso placer y honor de participar en Código Pulp, el podcast realizado por mi amigo y colega, el escritor Hernán Migoya. A Hernán lo conozco, como mínimo, desde 1995 o 1996, año en que mi hermano Sergio Bleda me llevó de la mano a visitarlo en el stand de Ediciones La Cúpula del Saló del Cómic de Barcelona para presentarle proyectos y, sobre todo, muestras de ilustraciones de amigos dibujantes de Albacete. Desde entonces hemos coincido un montón de veces; lo volví a visitar en Barcelona con Sergio, esta vez en la redacción de La Cúpula (recuerdo que me enseñó el tomito recopilatorio en inglés de City of Glass, adaptación de la novela de Paul Auster que había realizado David Mazzuchelli, que iban a publicar en tres números de la colección Brut Cómics); y luego nos hemos encontrado en saraos diversos en Albacete y Madrid. Siempre nos saludamos con un abrazo. (Se lo doy yo, que soy muy de contacto físico).

Hernán es el creador de un personaje literario, Manu Williams, que por desgracia, me temo, está olvidado y va pidiendo rescate inmediato. También es autor de un montón de tebeos, novelas y libros de relatos; tiene narices que fuera por uno de estos últimos que Hernán se hiciera famoso a lo bestia: Todas putas (2003) desencadenó un escándalo censor, caza de brujas en toda regla, como no habíamos visto en España desde tiempos de Franco, posiblemente. Todo en ese asunto es lamentable, salvo el libro de Hernán, y lo peor es que muchos escritores profesionales, supuestos compañeros, se posicionaron frontalmente en favor de la censura y del linchamiento público. Esto es algo que, desde una perspectiva ética, me parece horrible, y sólo se explica por una cuestión de filiaciones políticas, oportunismo y uno de los pecados capitales más odiosos de mi lista personal: la falta de elegancia, que es casi peor que tirar piedras contra tu propio gremio, un gremio frágil como las vanidades de los autores, ignorado por el público, y cada vez más irrelevante, como indicó en su día Alan Moore. Hoy, los que favorecen la censura son legión.




Se diría que todo esto ya es agua pasada, pero lo cierto es que Hernán ya no vive en su país natal, sino en Perú. Podría contar más batallas (que no batallitas) de Hernán, como su paso por el fangoso mundo del cine y otras sordideces; o la aventura que vivió cuando se fue a Estados Unidos en busca de Charles Williams (del espíritu de Williams, en realidad; Williams se suicidó en 1975, como tantos otros escritores a lo largo del tiempo) para escribir la enorme biografía titulada La tormenta y la calma (2001).

 


 

Además de todas estas anécdotas, Hernán es un riguroso fanático de la cultura popular en todas sus manifestaciones, y como tal, reivindica lo improbable y, en ocasiones, lo imposible. En el apartado de la literatura popular, es un enamorado de los viejos autores españoles de bolsilibros, así como de sus inmediatos predecesores, surgidos de las cenizas de la guerra civil. Una de sus principales obsesiones es El Coyote de José Mallorquí, y para hablar de don César de Echagüe, de la obra de Mallorquí, y de lo humano y lo divino, me invitó Hernán a su podcast Código Pulp.

Aquí tienen el resultado, por si gustan escucharlo. (Y en este enlace, el resto de episodios).

 

sábado, 31 de agosto de 2024

Resumen de la segunda quincena de agosto de 2024

 


 Por fin, por fin, por fin termina el malhadado mes de agosto, epígono de los hornos infernales de julio y discreto anunciador de futuras temperaturas más bajas y dichosas. Durante esta última quincena, la tripulación del Matilda Briggs no se ha tomado días libres ni vacaciones, pues ha tenido tiempo de ahondar en la obra de Juan Gallardo Muñoz e incluso especular sobre un título que no hemos leído. Hemos tenido que lamentar, demasiado tarde, el fallecimiento de uno de los pilares del bolsilibro español, tal y como lo conocemos: el gran Lou Carrigan, uno de los grandes maestros. Hemos echado un vistazo a ciertos avistamientos diabólicos en el siglo XIX; James Ellroy nos ha contado una tierna historia de amor repleta de perversiones criminales; Frank de Felitta nos ha regalado su homenaje a Alfred Hitchcock, en forma de novela de a duro hipertrofiada; y también hemos vuelto con John Grisham, que cada día nos cae mejor, y no sólo por su capacidad de supervivencia en el mundo editorial de las últimas décadas, sino porque es un narrador nato, como lo es Stephen King, Curtis Garland, Arthur Conan Doyle o Henry Rider Haggard. Con éste último hemos hecho una visita a Zululandia, nada más y nada menos.

Aquí tienen todo este material inflamable, al alcance de la punta de los dedos. Sean bienvenidos.
 



jueves, 29 de agosto de 2024

El intermediario (2005), de John Grisham

 

Cubierta de Alejandro Colucci (2005)

23 de agosto de 2024

Lo prometido es deuda: hemos vuelto con John Grisham —de quien hablábamos hace apenas unos días—, y con una novela que forma tándem con La Hermandad: El intermediario (The Broker, 2005) es, de nuevo, una obra que se salta el argumento favorito de Grisham para presentarnos una trama de espionaje internacional, ingenio, la CIA, la presidencia de los Estados Unidos de América, y un criminal tan simpático, tan cínico y tan bastardo que nos cae bien desde su primera aparición en la historia.

 

La primera edición de The Broker (2005), de John Grisham.


El criminal en cuestión es Joel Backman, de profesión, broker. En castellano, estamos familiarizados con este término cuando nos referimos a un agente o corredor de bolsa, pero también se utiliza en el sentido de intermediario (que se parece bastante a agente, pero no es lo mismo). En este caso, Backman es intermediario, en efecto, y de la peor calaña imaginable: es mediador político, económico, financiero... Para entendernos: Backman es un abogado de Washington que practica cualquier oficio menos la abogacía. Se dedica al tráfico de influencias, a la creación y manipulación de grupos de presión; a los grandes negocios, a las grandes transacciones de dinero, al "hoy por mí, mañana por ti", pero sin la parte de "mañana por ti". Backman es un individuo temido, odiado y necesitado tanto por políticos como por empresarios de todo el mundo: es el tipo al que recurrir si tienes un problema, si quieres financiación, si quieres mover cierta mercancía especial sin que nadie lo sepa y obtener el máximo de beneficio. Backman es un triunfador, un mujeriego, un mentiroso, un vendedor de humo, una criatura abominable que no sabe lo que es un arma de fuego pero maneja los hilos del poder como si fueran pistolas. A Backman no se le dice "no". A Backman hay que invitarlo a las cenas importantes, incluso en la Casa Blanca. Los diversos lobbies lo escuchan, lo toman en cuenta e incluso le obedecen.

Backman es un monstruo humano, y que me maten si Grisham no logra que estemos de su parte todo el tiempo.

Y es que Joel Backman está condenado a prisión, incomunicado y muy jodido. Se declaró culpable de un delito relacionado con espionaje y con planos y documentos del Pentágono, y lo hizo para salvarle el culo al resto de sus compañeros del bufette y a su hijo Neal, un recién llegado al mundo de los negocios extraordinarios. Sobre Backman pesa una condena de 20 años, de los cuales ha cumplido seis. Seis años de encierro que le han permitido seguir con vida, pues su última hazaña, la que lo llevó a la cárcel, estaba relacionada con un secreto militar y científico robado por un grupo de cerebritos informáticos de Pakistán (nada menos), mejorado por dichos cerebritos, y que Backman y un senador o congresista amigo suyo habían medio vendido a los israelíes, los árabes, los chinos, los rusos y los Estados Unidos. Mil milloncejos de dólares tenían la culpa. Millones que, o bien se han perdido para siempre jamás, o bien Backman tiene guardados bajo un colchón que está dentro de una cámara acorazada enterrada en el centro de algún planeta muy lejano. Todo es posible.

Nuestra historia da comienzo cuando el saliente presidente de los Estados Unidos y su vicepresidente, socio y amigo de toda la vida, andan dándole vueltas a la posibilidad de vender indultos. Así, como suena. Y no es que Bakman haya tenido la posibilidad de intentar comprar a un presidente; pero resulta que la CIA, encabezada por Teddy Maynard —al que conocimos en La Hermandad—, pide o casi ordena al hombre más poderoso del mundo (ejem, ejem) que indulte a Joel Backman. ¿Para qué? Ah, amigos: ese es el quid de la cuestión.

Con este planteamiento, viajaremos con un Backman bastante arrepentido de su pasado —por las consecuencias que ha tenido para él, no porque piense que haya actuado mal en ningún momento— hasta Italia, donde vivirá para aprender el idioma nacional a toda velocidad, bajo la estrecha vigilancia de sus únicos "amigos", y amenazado por la sombra del asesinato en cada esquina.

Y es que todos sus enemigos lo buscan para torturarlo y matarlo... y esto incluye a sus misteriosos benefactores.

***

El intermediario no es una novela de acción (aunque haberla, hayla) ni de misterio (aunque algún secreto sí que se nos desvela), ni tampoco un thriller vibrante. Es, simplemente, una buena historia bien escrita, a la que podemos poner los calificativos que nos dé la gana, aun sabiendo que no vamos a catalagarla correctamente: serie negra, espionaje... ¿aventuras? Yo me decantaría por este último género. Aventuras, sí, sin duda... pero muy, muy grishamianas.

(NOTA: Ya lo he hecho. Ya he escrito grishamiano. Ya no hay vuelta atrás. Ya he reconocido el estilo de este autor, que me va a resultar muy difícil comparar con otros. Mucho me temo que Grisham marcó un antes y un después. Quizá me equivoque, pues aún tengo mucho que leer de nuestro abogado escritor y de sus contemporáneos. Pero me da en la nariz que, a pesar de la antiquísima existencia del Perry Mason de Erle Stanley Gardner, Grisham creó escuela. Ya veremos...)

(NOTA 2: Hasta donde he podido averiguar, Teddy Maynard sólo aparece en las dos novelas mencionadas. Topármelo en la segunda, que es la que nos trae aquí, ha sido un sorpresón y una alegría. Me temo que Grisham decidió jubilar a este personaje. Ojalá me equivoque).

miércoles, 28 de agosto de 2024

Marcha fúnebre de las marionetas (1990), de Frank de Felitta

 


 

27 de agosto de 2024

Al neoyorquino Frank de Felitta (1921-2016) le estaré eternamente agradecido por dirigir un vulgar telefilme que, hoy, recordamos todos los aficionados al terror. (Todos lo que brincamos de los cuarenta años, quiero decir). Se trata de La oscura noche del espantapájaros (1981) protagonizada por un odioso Charles Durning, a quien todos amamos odiar por su papel en El golpe (1973). La peli del espantapájaros, que yo recuerde, se distribuyó en España en vídeo, e imagino que la emitieron en el canal UHF (se pronuncia "eluachefe") en algún momento a principios de la década de 1980. (Consejo gratis para plataformas de televisión en línea: cread un canal que se llame UHF y que emita cosas de los tiempos del UHF, incluida la carta de ajuste y anuncios ochenteros. Para empezar, todos los Documentos TV en la época en que el programa abría con la sintonía de Ry Cooder para la película Paris-Texas). Como bien indican las reseñas de acá y allá, esta película inauguró el subgénero de "espantapájaros asesinos", que con el tiempo ha crecido. Aún hoy tenemos obras de autores que, con esa idea, acaban de inventar la rueda para los nuevos públicos. Cualquier día de estos inventarán el vampiro y el hombre lobo.




Las otras obras literarias más o menos célebres de De Felitta son El exorcismo de Audrey Rose y El ente, dos películas basadas en novelas de este autor nada prolífico. No las he leído y, a pesar de los pesares, probablemente lo haga en algún momento, en el futuro. Pero no mañana ni pasado.

 



 ***

Ahora, vamos con la parte dura: hablar de esta novela que me ha generado sentimientos encontrados. Por una parte, es un relato correcto. Por otro, es una historia que ya he leído mil veces. Se denomina detective, chica y asesino en serie con truco.

En este caso, el truco es Hitchcock.

Con estos datos, ya tiene usted la novela completa. Sí, es exactamente como se la imagina. No hay sorpresa. Me remito a la

SINOPSIS

Un asesino comete varios crímenes que, de alguna manera, imitan los asesinatos que aparecen en películas de Alfred Hitchcock. El detective Santomassimo se encarga del caso y recurre a la ayuda de la joven y guapa profesora Kay Quinn de la universidad. El detective y la profesora se lían. Al asesino le da igual, él va a lo suyo. Todo el rato revolotea la sombra de las películas de Hitchcock. El asesino silba en una ocasión la melodía de introducción de la serie de televisión Alfred Hitchcock Presents. El libro titula mal la pieza musical de Gounod, que en realidad es Marcha fúnebre para una marioneta, no "de las marionetas". A nadie le importa. El final es el que pueda imaginar el lector.




***

Edición original en tapa dura, 1990. Lo que el halcón sostiene en el pico no es un pedazo de masa encefálica, sino una palomita de maíz ensangrentada.



Lo lamentable es que Frank de Felitta haya ejecutado como novela larga (casi 350 páginas) una historia que Curtis Garland habría despachado en 96. Y eso es lo que pedía esta historia, que me extraña no se convirtiera en un telefilme: 96 páginas y ni una más.

El lector sabe, o debería saber, que no soy afecto a las malas críticas, y esta no pretende serlo. Ahora bien, lo que digo en el párrafo anterior, sin que vaya en detrimento (todo lo contrario) de Juan Gallardo Muñoz, es cierto: Marcha fúnebre de las marionetas podría haber sido un bolsilibro publicado en Selección Terror o en Punto Rojo, y habría resultado dignísimo, incluso es posible que muy bueno. Toda la parafernalia relacionada con Hitchcock es interesante, y Curtis Garland la habría aprovechado tan bien o mejor que De Felitta. El problema es que De Felitta tiene que meter un buen puñado de sentimentaloides escenas de cama que son relleno al 100%. Muchas, demasiadas partes del libro, las dedicadas al coleccionismo de mobiliario, o incluso las partes policiales, resultan huecas y falsas. Estamos ante un decorado de cartón piedra.

En 1991, cuando Ediciones B trajo a España Funeral March of the Marionettes en buena traducción de Antonia Kerrigan, Curtis Garland ya no publicaba nuevas novelas policíacas. Por entonces, Curtis había escrito cientos de historias con el detective, la chica y el asesino serial con truco, y ya no frecuentaba el género. Para mí, el problema es que la parte procedimental de nuestra novela recrea un tópico que nunca ha existido más que en la ficción, y que ya estaba obsoleto cuando De Felitta escribió y publicó su novela. En 1988, Thomas Harris había publicado El silencio de los corderos, que es una perversa versión del tópico "detective, chica, asesino serial con truco", en el que Harris invirtió los roles de los protagonistas (y, de acuerdo, aquí no tenemos detectives, sino agentes del FBI); y unos años antes, también nos había iluminado con El dragón rojo, del que podemos decir tres cuartos de lo mismo.



 

Pero esto no es lo más grave. Lo gordo es que el detective Fred Santomassimo (que yo he leído todo el tiempo como "Santomassino") es miembro de Los Angeles Police Department, y el escritor James Ellroy ya llevaba un buen puñado de años contándonos su versión hiperrealista del LAPD. En 1990, cuando apareció la novela de De Felitta, también se publicó L. A. Confidential de Ellroy, la tercera entrega del "cuarteto de Los Ángeles". En 1990, quien más, quien menos, sabía que el LAPD tenía a sus espaldas una larguísima historia de corrupción policial, una historia que, lejos de terminar, estaba a punto de convertirse en el escándalo Rampart. (Es el caso en que se inspira libremente esa obra maestra televisiva que es The Shield).

¿Cómo podía competir De Felitta con la frescura, la modernidad, el descaro, la crudeza, las palabrotas de Ellroy? ¿Qué pudo decir cuando, en 1991, se estrenó la adaptación cinematográfica de The Silence of the Lambs? ¿Qué iba a hacer con su novela-guión sobre "el asesino Hitchcock", sino guardarlo en un cajón e intentar no volver a pensar en él?

Es más, ¿qué pensaría De Felitta cuando, en 1992, cayó en sus manos El eco negro de Michael Connelly? Después de leer la primera entrega de la biografía de Harry Bosch, detective del LAPD, ¿qué pensaría de su Fred Santomassimo, intrépido e impoluto detective descendiente de anticuarios italianos?

 


 

Además, ¿es que De Felitta no se había leído ninguna novela de Ed McBain y el Distrito 87 de Isola? ¿No había visto Hill Street Blues? Está claro que el autor no realizó el trabajo de documentación que sí hizo Arthur Hailey cuando publicó Detective en 1997.

Todo esto me ha rondado la cabeza durante la lectura de esta Marcha fúnebre. Mi conclusión es evidente: si se hubiera publicado en 1980, año en que falleció Alfred Hitchcock, habría tenido sentido. Habría sido un bonito homenaje. Se habría leído con interés e incluso con cariño. Publicarla y ambientarla en 1990... es, sencillamente, anacrónico.


Frank de Felitta.

viernes, 16 de agosto de 2024

Comisión ejecutora (2004), de Gregg Hurwitz

Portada de Alejandro Colucci.


8 de agosto de 2024

Pues ya estamos de nuevo con Gregg Hurwitz, del que hablábamos por aquí hace unos días. Y esta vez no nos traemos entre manos un relato de aventuras fantásticas con monstruos sin apenas un disparo, sino una auténtica NOVELACA de, ¡sí!, tiros, tiros y más tiros. Y explosiones. Y estrangulamientos. Y acuchillamientos. Y malos perversos. Y malos aún más perversos. Y...

 

Portada de la edición original, 2004.


Contracubierta de la edición original. Todo lo que dicen ahí es poco. Andrew Klavan y Joe R. Lansdale están ahí, comentando lo buena que es esta novela.



Comisión ejecutora (The Kill Clause, agosto de 2004) me ha sorprendido muy gratamente y me ha ganado como incondicional de Hurwitz. Si Cuenta atrás (2001) me pareció una buena novela, homenaje a la larga tradición de aventuras, terror y monstruos que se remonta a Viaje al centro de la Tierra (1864) de Verne, Comisión ejecutora es un grandísimo policial que arranca como un procedimental emparentado con las novelas de asesinos seriales, pasa por el thriller legal de John Grisham, se mete en el suspense a lo Robert Bloch, se convierte en ficción de justicieros a lo Mack Bolan y, repentinamente, resulta que es novela criminal. O no. Y después... después riza el rizo.

El argumento

Tim Rackley es el eje en torno al cual gira toda la novela. Y resulta sorprendente que un protagonista tan obvio (pues la historia se relata en 3ª persona, pero siempre desde la perspectiva de Rackley), nos encontremos con un vagón de poderosos, atractivos (o despreciables, en ocasiones) personajes que no merecen el calificativo de "secundarios", pues absolutamente todo lo que hacen acaba influyendo de forma directa en la vida de "Rack", como lo llaman algunos de sus compañeros.

Tanto Rackley como su poderosa esposa son Agentes Judiciales Federales; en concreto, Rackley pertenece a la unidad de captura e intervención inmediata, una fuerza de choque que, como los bomberos, debe estar de guardia las 24 horas del día, pues no es un grupo de polis convencionales, sino los tipos a los que mandan cuando saben que se está cometiendo un delito, y existe una orden judicial de por medio. Por ejemplo, una transacción ilegal de estupefacientes. Por ejemplo, un asesinato. Estos agentes no son el FBI ni ningún cuerpo de policía convencional.

El relato arranca con la noticia de que la hija de cuatro o cinco años de los Rackley ha muerto. Un pederasta la ha violado, torturado y descuartizado. Además, los compañeros de Andrea Rackley han localizado al criminal, e invitan a Tim a que le eche un vistazo en la mismísima casa del asesino. Y ya puestos, le facilitan una pistola para ajusticiarlo y evitar a los contribuyentes los gastos del juicio.

Peeeeeero... el pederasta, aún cubierto con la sangre de la niña, dice o insinúa algo sobre alguien más. Tim escucha y deduce que, por mucho que el bastardo lo niegue después, cabe la posibilidad de una segunda persona estuviera implicada en el crimen. Y abandona la idea de matar al monstruo. Cosa que no resulta ser tan sencillo, pues no sólo fastidia a los compañeros de su mujer, envueltos directamente en el fallido ajusticiamiento, sino que tiene como resultado una serie de errores formales que habrán de desembocar en un juicio desestimado precisamente por eso: por errores de forma.

Ésto, claro está, no es la novela, sino el comienzo de una emocionante y fantástica aventura, pues Tim va a recibir una interesantísima invitación de un grupo de personas que, como él, ha sufrido el agravio de una ley que no es justicia. Y lo que Tim Rackley tiene por delante es una auténtica odisea inimaginable en la que la sangre no salpica, sino que brota a chorros.

 

***

Sólo me resta añadir (qué paradoja, que añadir te reste) que sólo conozco un relato remotamente semejante a este, pues aborda un tema parecido: se trata del tebeo Equipo Rojo (Red Team, 2013) de Garth Ennis con dibujos de Craig Cermak, cuya premisa, según el guionista irlandés, consiste en "¿cómo sería The Punisher si fuera realidad?" Y el resultado es una maravilla de la que han aparecido dos volúmenes. (El segundo es bastante más flojo que el primero, en mi opinión. Pero el primero es una obra maestra indiscutible).

 


Y para finalizar, una anécdota: Tim Rackley volvió a aparecer en otras tres novelas de Hurwitz: The Program (2005), Troubleshooter (2006) y Last Shot (2007). Según Wikipedia, The Program se tradujo y editó en castellano como Instinto primario. Maravilloso, ¿verdad?

 


 

Pues no. Me he comprado Instinto primario y es traducción de Don't Look Back (2014), otra novela de Hurwitz que nada tiene que ver con Rackley. No obstante, la leeré con gusto, pero seguiré maldiciendo al redactor de Wikipedia que metió la pata. Y no seré yo quien se ponga a corregir cosas en Wikipedia, que por menos de nada, te mandan a los municipales...

 

miércoles, 14 de agosto de 2024

La hermandad (The Brethren, 2000), de John Grisham

Primera edición en castellano, en tapa dura.


 

12 de agosto de 2024

¿Me creerá alguien si digo que, a mi provecta edad, he leído por primera vez a John Grisham? Y lo que es más, ¿es posible que me haya gustado tanto como para querer repetir?

Eso es lo que me ha sucedido con La Hermandad (The Brethren, 2000), una muy buena novela negra. Y sí, digo "novela negra", y no "thriller legal", porque no es eso. Al parecer, según dicen los críticos, La Hermandad es una rara avis dentro de la amplia producción de Grisham, que desde sus inicios ha contado una y otra vez la historia de un personaje (un abogado de algún tipo) que se ve metido en un lío de mil demonios, corre muchos peligros, y termina triunfante, millonario y con la chica.

 

La primera edición en inglés, año 2000. Como en España.


Bueno, pues La Hermandad no es eso ni por casualidad. Lo que relata Grisham son dos historias paralelas, a cual más apasionante: la primera historia es la de tres jueces que cumplen sus respectivas condenas en el penal de Trumble, una cárcel de mínima seguridad para gente pacífica. Estos tres jueces, ya entrados en edad, están allí por delitos muy distintos: desde el atropello mortal de dos viandantes (con alcohol y una chica desnuda como copiloto), al robo de los beneficios de un bingo solidario. Estos tres caballeros, tristes, se han montado en Trumble un curioso tinglado, por medio del cual dirimen disputas entre los presos, o bien estudian y revisan casos de sus correligionarios para presentar recursos (a cambio de un estipendio ilegal, por supuesto). Todo eso está muy bien, pero es que además se dedican a la extorsión por correo, en busca de homosexuales ricos que no han salido del armario. Y, con la ayuda de Trevor, un abogado de mierda que es el enlace de la Hermandad con el mundo exterior, la cosa les funciona bien.

Por otra parte está Aaron Lake, un político de Washington bastante limpio, al que la CIA le hace una oferta que no puede rechazar: renunciar a cualquier cosa que haya dicho en público en favor del recorte presupuestario de armamento, a cambio de la Presidencia de los Estados Unidos de América. Y para conseguir esto, dispondrá de fondos económicos ilimitados. El director de la CIA es un anciano en silla de ruedas, Teddy Maynard, con un historial que hace que James Bond parezca un oso amoroso. Teddy afirma que la macdonalización (esta es la palabra que emplea) de Rusia durante los años tras la caída de la URSS no ha funcionado, y que hay un ruso, un tipo muy chungo, que está reconstruyendo el ejército, las fábricas de armamento, e incluso los misiles nucleares. En las últimas legislaturas, Estados Unidos ha reducido cada vez más el presupuesto de armamento, y esto es intolerable ante el inminente peligro que supone una Rusia en la que el capitalismo no ha funcionado como debería. De ahí que Teddy, siempre mirando por el bien de su país, haya decidido intervenir directamente en las próximas elecciones, y garantizarse un candidato perfecto que, con un mensaje apocalíptico, haga que el pueblo estadounidense se cague encima y le vote quiera o no quiera.

Aaron Lake, un progresista convencido y un don nadie, acepta encantado el trato con la CIA. Apretón de manos. Carrera meteórica en ascenso, calculada al milímetro por el maquiavélico, agotado, Teddy Maynard, que sabe que con dinero se puede comprar a los medios de comunicación, a senadores, a congresistas y a quien haga falta. Tan sólo un pequeño detalle sin importancia le ha pasado desapercibido a los impecables agentes de la Compañía, detalle que el lector habrá adivinado nada más arrancar nuestra historia...


Contraportada de la primera edición española.


***

He empezado y terminado esta novela con la sensación de estar leyendo la última novela sobre la CIA (o casi) que se escribió en el siglo XX, entendiendo a la CIA como lo hacíamos por aquel lejano año 2000: una agencia de espionaje de los Estados Unidos que se preocupaba, sobre todo, por los intereses de las empresas de su nación en los países extranjeros, y que no dudaba en asesinar reyes y presidentes, torturar, cometer masacres, negociar con el Diablo... A partir del 11 de septiembre de 2001, día recordado porque A) la CIA cometió un histórico autoatentado en los USA o B) la CIA cometió el pecado mortal de la negligencia absoluta cuando no pudo detener el mayor atentado perpetrado en territorio nacional, la Compañía pasó a un discreto segundo plano: en la ficción, los agentes de la CIA luchaban heróicamente contra los integristas islámicos por todo el mundo y, en menor medida, contra narcos mexicanos, colombianos, etc; en la realidad, la CIA apuntaba a la existencia de armas de destrucción masiva donde no las había, o buscaba la pista de terroristas internacionales que ellos mismos habían fabricado, o "no sabe, no contesta", porque ya no existe, puesto que nadie habla de ellos. O de ella. De la Compañía.

(De todo esto ya hablamos en nuestra reseña de una novela de a duro de los años 50 escrita por Pedro Víctor Debrigode).

 

El escudo, sello o emblema de la CIA.


Tengo la escalofriante sensación de que si La Hermandad de Grisham cae en manos de un lector nacido en el año 2000 o después (y no creo que los lectores nacidos en esas fechas sean criaturas mitológicas como el grifo, el centauro o la sirena, aunque tampoco puedo asegurar lo contrario), no va a terminar de entender el contexto real, o las referencias a la Guerra del Golfo de 1991. No sé si los nacidos en esas fechas sabrán que Vladimir Putin fue primer ministro de la Federación Rusa en 1999, presidente interino en 2000 tras la renuncia de Boris Yeltsin, y... bueno, pues hasta ahora, ahí está este caballero criado en y por la KGB, que fue como la CIA, pero en Rusia. (Desde entonces, la KGB ha cambiado de siglas, hábilmente, como si fuera la personificación de un súper agente secreto que cambia de nombre y de piel en cada nueva misión. Yo me he perdido ya con los cambios de nombre, pero está claro que sigue existiendo el mismo perro con distinto collar).

 

El escudo, sello o emblema de la KGB.



En La Hermandad no se menciona a Putin, sino a un ruso ficticio; pero Grisham demuestra que se veía venir muchos eventos futuros en Rusia y en el resto del mundo. Y además, no peca de ingenuo al mostrar una conspiración de la CIA, conspiración en toda regla, para poner a un presidente de los USA que sirva de marioneta a la industria armamentística no sólo norteamericana, sino de todo el planeta. Grisham también es lo bastante inteligente como para mostrar que, en el fondo, la CIA sigue siendo una chapuza y sus agentes y directores, unos chapuceros que se pueden caer con todo el equipo y terminar en manos de... bueno, ya se imaginará el lector.

La Hermandad es un tónico rejuvenecedor (no hay modo de sentirse viejo leyendo esta historia), un memento mori político que proporciona perspectiva ante la apocalíptica actualidad, un relato negrísimo... y por encima de todas estas consideraciones, es una diversión de mil demonios con mucha mala leche.


John Grisham, hace veinticuatro años, luciendo palmito en la contraportada de The Brethren.