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lunes, 27 de noviembre de 2023

Fantasmas (Phantoms, 1983), de Dean R. Koontz

Mi ejemplar de Fantasmas de Koontz.



16 de noviembre de 2023

Koontz otra vez. "El Stephen King para pobres", "mediocre autor de historias de miedo", "el mismo esquema, otra vez", "novela entretenida sin más", "miedo, lo que es miedo, no da", "muy irregular", "nada del otro mundo", "lo mejor es el comienzo", "yo al libro le pondría un 6 o un 7"... Así opinan muchos, muchísimos de los lectores de Koontz, una y otra y otra y otra vez. No entiendo cómo es que vuelven a él. Como decía Richard Laymon: si no te gustan las espinacas, no comas espinacas.

Confieso que a mí, cómo no, Koontz me ha decepcionado en más de una ocasión. Pero también me decepciona Stephen King ("el Dean Koontz para ricos", supongo), y no por eso dejo de desearle cada año que le den un puto Nobel de Literatura que no necesita para absolutamente nada.

Phantoms (marzo de 1983), que aquí tradujo el difunto Hernán Sabaté como Fantasmas en 1988 para la archiconocida y recordada Gran Súper Terror de Martínez Roca, es tan buena, tan brillante, tan redonda, tan divertida, tan terrorífica, tan imprescindible, tan imprevisible, tan original y a la vez tan clásica, tan revisitable, como la mejor de las novelas de (no voy a decir King porque no me da la gana) cualquier otro escritor consagrado al género.

 

La portada original, gestaltista, de Phantoms. No es gran cosa, y recuerda al logotipo de la célebre franquicia de discotecas de los años 80, Penélope.


El 20 de octubre de 2014, la librería Cyberdark, con motivo de los días previos a la festividad de Todos los Santos (y el Día de Difuntos, y la Noche de Halloween y el cumpleaños de Jason Voorhees y lo que sea necesario, oiga, compre, compre, que me los quitan de las manos) me pidió una de esas listas, mutables con el tiempo, que en este caso era la de mis diez libros favoritos de terror, y la publicó en redes "sociales". Se trataba de los siguientes títulos:

—El exorcista, William Peter Blatty
—Fantasmas, Dean R. Koontz
—Cementerio de animales, Stephen King
—El caso de Charles Dexter Ward, H.P. Lovecraft
—La investigación, Stanislaw Lem
—Las noches lúgubres, Alfonso Sastre
—Libros sangrientos, Clive Barker
—El circo de la familia Pilo, Will Elliot

Entre los comentarios que suscitó esta lista, que mi buen amigo y gran colega Óscar Mariscal aplaudió a rabiar para mi sonrojo (porque a Óscar lo quiero tanto como lo respeto y admiro), destacó la sorpresa y gozo de algunos compañeros por la presencia de Las noches lúgubres de Sastre, desconcierto por la inclusión de La investigación de Lem, el confeso desconocimiento más o menos mayoritario de la obra maestra de Will Elliot, que me descubrió (como tantas otras cosas) mi hermano Daniel... y el desacuerdo de otros colegas, como Carlos Díaz Maroto, que no compartían mi gusto por Koontz, ni siquiera en esta novela, que acaso sea la más comentada y mejor valorada de su producción. Y mira que Koontz tiene carretadas de libros...

 

 

 

***

Y ahora, amigos, toca viaje en el tiempo. La próxima parada: cuando los tatanka dominaban la llanura, antes de la llegada del hombre blanco y su palo-que-escupe-fuego, la Edad en que los pacíficos nativos de Al-Basit sólo guerreábamos entre nosotros por naderías gramaticales, literarias, de pinceles de trazo fino y un quíteme usted allá esas comas entre el sujeto y el verbo o saco la siete muelles.

Verán ustedes:

Paquete vacío del extinto tabaco Bisonte, en cajetilla blanda.

Leí Fantasmas, según mis notas privadas, entre el 23 y el 28 de febrero de 1999, en un ejemplar que saqué de la Biblioteca Pública del Estado en Albacete, que imagino ya estará debidamente expurgado y destruido, o bien en manos de algún perverso coleccionista que habrá emigrado de la ciudad para nunca volver a pisarla. Creo que la paseé por el Campus Universitario y por diversas salas de estudio, pero tengo el cristalino recuerdo de leer páginas y páginas mientras tomaba café solo largo y fumaba Bisonte, uno tras otro, en la cafetería Galas (que aún existe, pero ya no tiene mesa de billar y los extractores de humo están apagados, aunque sigue siendo un rincón pintoresco), en el nº15 de la calle Marqués de Villores, a una manzana de donde vivo actualmente. Venía de un radiante principio de año, dos meses de una racha de lecturas excelentes y que me marcaron (esto lo sé porque hoy podría hablar de ellas como si las hubiera leído ayer), entre las que se encontraban el díptico escocés formado por Secuestrado y Catriona de Robert Louis Stevenson; Sherlock Holmes contra Fu Manchú de Cay Van Ash; los tres últimos volúmenes de la serie del Mundo del Río de Philip José Farmer; una relectura de El sabueso de los Baskerville; y dos obras teatrales: la divertidísima e irreverente Óscar y Sherlock de Santiago Moncada, y El cuervo, de Alfonso Sastre, que es una pieza magistral de la fantasía y el terror. (También leí en ese lapso el primer volumen de la serie de capa y espada de Arturo Pérez-Reverte, El capitán Alatriste, que estaba firmada por el escritor y su hija Carlota. Nunca volví con Diego Alatriste. Quizá lo haga algún día. Pero si me das a elegir entre una espada y una Desert Eagle, me quedo con la última... salvo que se trate de la espada de Alan Breck).

 

El Galas, cuando aún tenía billar. Esta imagen no puede ser demasiado antigua...


El cuervo de Alfonso Sastre, en la edición de Escelicer.


Sherlock Holmes contra Fu Manchú, de Cay Van Ash: objeto de coleccionistas, muy codiciado.


Acababa de terminar la obra teatral de Sastre, de escalofrío y extrañas distorsiones temporales, cuando me puse con Fantasmas. Entré a pelo, con un único aviso previo que consistía en haber leído, años atrás, un par de novelas de Koontz: Susurros (Whispers, 1980) y La visión (The Vision, 1977), ambas muy entretenidas, la primera bastante terrorífica y por encima de la media de cualquier escritor, Koontz incluido.
Y Fantasmas me sorbió la sangre y el seso desde las primeras páginas.
 

Susurros: candidata a relectura dentro de un tiempo...


La Visión: un excelente thriller sobrenatural.


La sinopsis es muy sencilla: la población de Snowfield, un pequeño pueblo de montaña, ha desaparecido de la noche a la mañana. Como la tripulación del Mary Celeste en diciembre de 1872, por ejemplo. Y lo que encuentran los primeros visitantes es una sucesión de horrores inexplicables en un repentino pueblo fantasma. (Donde digo "horrores inexplicables", quiero decir "cosas que dan MIEDO". En serio).

Éste es un argumento que está basado en muchos casos reales y todavía sin resolver, como los del del bergantín citado, o los de la famosa colonia americana de Roanoke y la misteriosa palabra CROATOAN que apareció grabada en un árbol. (Sobre Roanoke, Farmer escribió una curiosa novela titulada Dare, de 1974; y el mismo autor afirmaba, en otra obra, que Tarzán estuvo a bordo del Mary Celeste el día en que sucedió lo que sucediera allí. Y si no recuerdo mal, Phileas Fogg y el Capitán Nemo también tuvieron algo que ver con los marineros esfumados, siempre de acuerdo con el mitógrafo creativo de Peoria. Pero otro día hablaremos de estas cosas farmerianas y woldnewtonianas...).

 

Croatoan: la palabra misteriosa es lo único que quedó de la colonia de Roanoke


Dare, de Farmer, en castellano. Una explicación a lo que sucedió en Roanoke.



En el caso de Snowfield, lo que se encuentra escrito (en un espejo) no es la palabra croatoan, sino lo siguiente:

Una pintada que, parafraseando a Sherlock Holmes, "no es el nombre de un célebre criminal, Watson, sino el de un escritor y el título de su libro, el cual está íntimamente relacionado con el caso de la desaparición masiva de Snowfield, un asunto para el que el mundo aún no está preparado".

Cuando pasé la última página y cerré el volumen resobado de la biblioteca, supe que se acababa de leer una de mis novelas favoritas de terror.

 

La edición de Círculo de Lectores de Fantasmas. Es fácilmente encontrable y contiene la traducción de Sabaté. Yo la he regalado unas cuantas veces. Si veo un ejemplar, lo compro, lo guardo, y le doy a alguien una grata sorpresa.

 

***

Fantasmas de Koontz es una gran obra, abiertamente lovecraftiana; pero al mismo tiempo, prescinde de las típicas referencias canónicas a las que recurrimos los continuadores de la obra de Lovecraft: en esta novela no tenemos a Cthulhu ni la ciudad sumergida de R'Lyeh, ni existen invocaciones extractadas del Necronomicón de Abdul Al-Hazred, ni andan por ahí los Marsh de Innsmouth. Sin embargo, Koontz juega en el terreno del horror cósmico, ese que muestra al ser humano como una cagadita de ratón frente a todas las cosas aberrantes e inconcebibles que existen en el infinito cosmos y más allá del tiempo y el espacio, ese tipo de horror que surge cuando se nos enseña que las leyes que conocemos (físicas, matemáticas, biológicas) no valen un pimiento en cuanto las sacas del planeta Tierra... y a veces, ni aquí funcionan como deberían cuando intervienen fuerzas extrañas. Y ese pedazo de cabrón que es Koontz se las arregla para que pasemos mucho tiempo considerando si ese "Ancient Enemy", el Enemigo Ancestral, es el mismísimo Diablo, Satanás, El De Los Cuernos, un Pazuzu salido de El exorcista de Blatty, cuando en realidad se trata de una de esas cabronadas que decíamos arriba, un horror cósmico. (De hecho, uno de los detalles que recuerdo con mayor agrado y sorpresa fue el guiño que Koontz hacía a la novela de Blatty, ¡una maravilla!).

Pero es que, por si esto fuera poco, Koontz, joder, se las arregla para explicarnos (de forma que lo entendamos perfectamente) la naturaleza de ese horror y, puesto en harina, nos lo muestra en todo su esplendor, es decir: hace algo que para Lovecraft era inconcebible.

En lugar de susurrarnos al oído la existencia de unos cultistas siniestros que adoran a una deidad maligna e innombrable (por impronunciable), lo que aquí tenemos es a una banda de delincuentes en motocicleta, auténticos psicópatas asesinos en serie y torturadores, cuya principal afición consiste en secuestrar chicas y hacerles eso de "follar y lo que sigue", siendo "lo que sigue" no apto para estómagos como el mío. Así que, sí: aquí sí que vamos a ver la influencia de la entidad demoníaca, con toda la sangre y alambres para atar manos y demás parafernalia. Porque el horror cósmico también puede ser un poco gore.

No voy a seguir más adelante, porque acabaría destripando con mi entusiasmo una novela que merece leerse sin introducciones. De hecho, es una pena que su adaptación cinematográfica, pobre para lo que es el texto original, tuviera tanta difusión y la haya visto hasta el gato. Pero eso es un mal necesario, al parecer.

De Fantasmas, reclutamos para nuestra Biblioteca de Babel a Timothy Flyte y su The Ancient Enemy, un ensayo forteano sobre las desapariciones masivas a lo largo de la historia, que debería penetrar en nuestro plano de realidad YA.

 

Peter O'Toole encarnó a Timothy Flyte en la versión cinematográfica de Fantasmas. Él hizo bien su papel, pero el guión se quedaba corto...


***

¿Les importa si hago una pequeña confesión? No he releído Fantasmas desde aquella vez, en 1999. Pero tan sólo de escribir toda esta recensión realizada de pura memorieta, me entran unas ganas locas de volver a las calles vacías, o casi vacías, de Snowfield.

A ver si son tal y como las recuerdo...


domingo, 29 de octubre de 2023

La crueldad de la bestia (serie Sean Doyle nº1), de Shaun Hutson

 

22 de octubre de 2023

No todo son grandes triunfos y lecturas maravillosas. En este caso, la traducción de Marco Aurelio Galmarini -que utiliza giros incompresibles para servidor, como el de las constantes heridas "interesadas" (en el sentido de "producir daño en un órgano", acepción que yo desconocía)- y las muchas erratas ortotipográficas de la única edición en castellano de La crueldad de la bestia de Shaun Hutson han convertido una lectura que, quiero pensar, deseo, debía ser mucho más fluida en el texto inglés. Esto, independientemente del argumento, hace que este sea un título fallido de la colección Gran Súper Terror de Martínez Roca, que tantos gozos y alegrías nos dio en su momento.

Renegades (1991) es el nombre original de esta novela británica que mezcla el thriller de acción con el horror sobrenatural, producida por un autor especialista en splatterpunk que, en esta ocasión, limita el derramamiento de sangre y la descripción de heridas y muertes explícitas, híbridos arrancados de placentas, vómitos y chorlitazos de tripas, a una ensalada de tiroteos y persecuciones en automóvil. Ciertamente, esas escenas de violencia (repito: de acción) no son precisamente lo mejor del relato, ni mucho menos, pero esto quizá sea una apreciación personal del que suscribe: entiendo que la diferencia entre unas y otras armas y municiones da como resultado heridas más o menos espectaculares; pero que se me informe del modelo, marca, calibre y número de serie de todas y cada una de las pistolas, revólveres y ametralladoras que utilizan los personajes, sobre si todo si me lo cuentan cada puñetera vez que alguien desenfunda el arma, pues... me aburre soberanamente, y me produce la sensación de que, aquí, alguien ha pasado mucho tiempo charlando largo y tendido con tiradores profesionales o aficionados, tomando notas, consultando manuales de armamento, y metiendo todo el batiburrillo con calzador en la historia. Que sí, que aporta credibilidad a la narración... pero a mí lo que me da es ganas de saltarme páginas (cosa que no hago nunca jamás, palabrita del niño Whateley).

 

La prometedora trama no está nada mal: en la Provenza (Bretaña francesa), un tipo investiga en una iglesia abandonada y encuentra una vidriera que representa a varios monstruitos comeniños, y que claramente está relacionada con el histórico mariscal Gilles de Rais, cuyas atrocidades brujeriles están recogidas en las páginas de la Historia del Crimen. Paralelamente, un grupo armado y desconocido revienta a tiros una de las más trascendentes conversaciones de paz en el Ulster. Y entra en escena Sean Doyle, agente antiterrorista británico que, a todo esto, es más irlandés que los leprechauns. También es un sociópata suicida desde que lo pilló de lleno una bomba del IRA y lo dejó marcado para siempre. El tercer argumento en discordia sa llama David Callahan (y su esposa Laura): David ha sido un exitoso delincuente, especialista en todo tipo de contrabando y tráfico internacional, incluido el de armas. Cuando las cosas se pusieron peligrosas en Londres los Callahan, David decidió retirarse con su señora a una fortaleza perdida en Irlanda. David y Laura, nos explica Hutson, son un par de chalados sádicos que andan en busca de alguna experiencia definitiva en el terreno de hacer el hijo de puta. Pero Hutson nos ahorra los detalles escabrosos, cosa que me parece insólita: es como si el caballero que escribió Némesis se estuviera conteniendo las ganas de relatar un banquete de carne humana o los detalles de una suculenta cámara de torturas. Increíble pero cierto.

 

En lugar de las burradas aberrantes de Hutson, nos encontramos con una historia que parece deudora directísima del gran Jack Higgins y sus muy disfrutables thrillers protagonizados por terroristas del IRA o por militares británicos. Y, de vez en cuando, un leve aviso de "que viene el Coco" con el rollo de la vidriera de las narices, y capitulillos en cursiva que describen las actividades, en otra dimensión, de algún fantasma, algún demonio, algún monstruo, o a saber qué. (Esto es lo que interpreto yo).

Para ser sincero, y como sabrá cualquiera que me conozca o me haya leído, me encanta el hibridaje de géneros y, cuando me encontré con que en esta historia de antiguas brujerías había elementos de terrorismo y tiros, me las prometí muy felices. En ese sentido, creo que he tenido todo el tiempo en mente esa disparatada novelaca de terror que es Sepulcro (Sepulchre, 1987) de nuestro querido y llorado James Herbert, compatriota de Hutson, en la que el protagonista, Halloran, también es un veterano de las incursiones militares británicas en Belfast, un tipo durísimo, héroe de acción con pasado dramático, etc., que ve enfrentado a las triquiñuelas de, ¡sí!, un súpervillano de tipo sobrenatural, adorador del malvado dios Marduk (un primo sumerio de Pazuzu), rodeado de serviciales psychokillers sadomasoquistas y que por tener, tiene hasta un monstruo tentaculado en un lago. O eso creo recordar. (Me consta que Sepulcro no tiene muchos fanes a lo largo y ancho del mundo. Bueno, pues yo soy uno de esos pocos, a mucha honra. Y aprovecho para darle las gracias a Emilio Carrión, que me la recomendó hará unos veintitantos años).

 

Para rematar el asunto, resulta que el ya mencionado Jack Higgins publicó en 1992 (casi un año después de la aparición de Renegades de Hutson) El ojo del huracán (Eye of the Storm; no confundir con Storm Warning (1976), también de Higgins, y que en España se tradujo de idéntica manera: El ojo del huracán), la primera novela de la serie de Sean Dillon, súper terrorista del IRA que terminará trabajando por los Servicios de Inteligencia Británicos. Ciertamente, Sean Doyle y Sean Dillon son nombres muy, muy, muy parecidos, y ambos tienen más puntos en común que diferencias. (Aprovecho para recomendar Eye of the Storm a los lectores de Higgins, pues sirve de puente puente entre las aventuras de Liam Devlin -el irlandés de Ha llegado el águila (1975), por ejemplo, a quien encarnó Donald Sutherland en la versión cinematográfica- y su sucesor y discípulo, el brutal, sangriento y simpatiquísimo Sean Dillon).


He averiguado, por medio de un elemental sondeo en la Red de Redes, que Hutson recuperó a Sean Doyle en dos novelas más, en las que, de acuerdo con los argumentos, lo sobrenatural brillaba por su ausencia. Se trata de White Ghost (1994, sobre el IRA y las triadas chinas en Gran Bretaña) y Knife Edge (1997, sobre la paz en el Ulster y algún ingles experto en bombas que no está contento con perder su trabajo), donde continuarían las hazañas del indestructible Doyle.

Por supuesto, ninguna de estas dos secuelas está publicada en castellano. Pero visto el resultado de La crueldad de la bestia, casi lo prefiero: odio llevarme una mala impresión de un autor por culpa de la traducción. Y me niego a tomarle manía a Shaun Hutson. Me cae bien este tío.

 

 

martes, 8 de agosto de 2023

El elixir negro, de Elizabeth Engstrom

 

(De Facebook)

12 de julio de 2023

Una vez desvirgado de Daphne du Maurier (quien, tal y como me decíais, es una impresionante e imprescindible autora de primera, y predecesora directísima de la gran Patricia Highsmith), he empezado con otro de esos Paperbacks From Hell que recomiendan y reeditan (en USA y en UK, ojo) Grady Hendrix y su colega Will Errickson. En este caso se trata de Elixir negro (Black Ambrosia, 1988), de Elizabeth Engstrom, que en España apareció en la mítica y muy querida colección Gran Súper Terror de Martínez Roca (dirigida por Alejo Cuervo). A Engstrom sólo le conozco en castellano esta novela y otro Paperback From Hell, que rescataron en 2021 las compañeras y colegas de la Biblioteca de Carfax: "Cuando la oscuridad nos ama". Elixir negro es novela más bien cortita y arranca bien, de modo que por unas horas se ha adelantado a mi plan de leer Señor, apiádate de mí de Leo Perutz y Carta de Patricia Foster (tercera entrega de la violenta serie de Jíbaro Vargas, de José Mallorquí).
Todo llegará.
(Por cierto, gracias a todos los suscriptores de Ulthar que estáis contactando conmigo en fabulasext@hotmail.com; Sergio Bleda está ya trabajando en la portada).
 

martes, 14 de octubre de 2014

Gran Súper Terror: una colección mítica

A mi hermano Daniel y a Juan Carlos Pérez Flores,
porque también les gusta
 
 


En 1986 apareció en España el primer volumen de Horror, una serie de antologías de relatos de miedo. Con este título, Editorial Martínez Roca inauguró una de las colecciones más conocidas y recordadas del género: Gran Súper Terror. La portada mostraba a Oliver Reed en su papel del hombre lobo de la Hammer, en versión de Alberto Pujolar, un gran ilustrador que durante años realizó las portadas de Selección Terror, la célebre colección de novelas donde publicaron autores como Curtis Garland, Ralph Barby, Adam Surray, Lem Ryan, Lou Carrigan, Burton Hare, Ada Coretti y otros muchos.

Recuerdo perfectamente ver este volumen —que ahora mismo tengo al alcance de la mano— en el escaparate de la desaparecida Librería Alonso de Albacete (en la calle de la Caba), junto con algunos títulos de Stephen King de Grijalbo (la portada de La expedición me parecía especialmente inquietante y Verano de corrupción era un título que se prestaba a cachondeo: las calle repletas de bolsas de basura durante el mes de julio). Me consta que el dueño de la librería, Juan Carlos (que falleció prematuramente hace unos años y ha dejado en muchos albaceteños el recuerdo de un librerio serio y “de los de antes”), era lector de de novelas de miedo y estoy seguro de que conocía muy bien esta colección.

 


También recuerdo el trasiego de ejemplares de Gran Súper Terror en casa de mis padres, cuando mi hermano Daniel aparecía con algún ejemplar sacado de la biblioteca (ahí leyó mi hermano El hijo de la noche infinita de John Farris, por ejemplo, y me cantó las alabanzas de esa buena versión de El exorcista pero con juicios), cuando se compró Ceremonias macabras de T. E. D. Klein (que es una muy buena novela de terror) o cuando me contó que Los engendros de L.J. Key era un coñazo (aún no le he hincado el diente a esa novela, precisamente por el juicio negativo de mi hermano).

 

 

Debió ser en 1994 o 1995 cuando un buen puñado de títulos de la colección acabaron saldados —sobre todo los de la serie Horror, que son muy irregulares— y llegaron a un recién abierto centro comercial de Albacete a un precio ridículo, creo que a tres libros por mil pesetas o algo por el estilo. Fui testigo de cómo mi amigo Juan Carlos Pérez Flores compraba un puñado de esos títulos, y cómo mi hermano Daniel se los llevaba TODOS. Creo que puedo recitarlos de memoria: los Horror del 1 al 6 (el volumen séptimo es de los inencontrables); El hijo de las tinieblas de John Coyne (en cuya portada aparece un ghoulie de la saga cinematográfica de serie Z); La luz al final del túnel de John Skipp y Craig Spector (con cubierta de Josep María Beroy, nada menos); la macarrada de Ray Garton titulada Crucifax; La crueldad de la bestia de Shaun Hutson (un viejo amigo de Richard Laymon); la antología El legado de Lovecraft (el único que pude llevarme a casa); y La tumba de Lucifer de Daniel Rhodes (con una cubierta que me hace pensar en “El modelo de Pickman”). Quizás hubiera algún título más. Quizá estuvieran los dos volúmenes de Sangre de Clive Barker. De ser así, mi hermano también se llevó un ejemplar de cada uno. Y Pérez también. Yo no. No tenía ni un duro.
 

 
 
 

Nuestra reseña de La crueldad de la bestia, en enlace.

 
 

Gran Súper Terror fue una colección de las que entran por los ojos, con un diseño uniforme (salvo en su última etapa) pero abierto. Por ejemplo, entre estos libros se encuentran dos grimorios necronómicos que yo vi por primera vez en la Biblioteca Pública de Albacete: se trata de El Gran Libro del Terror y el Segundo Gran Libro del Terror, dos gruesos tomos negros con letras plateadas o doradas en el título. Estos dos también son joyas de la corona, buscados por los coleccionistas.
 
 

 

En general y salvo excepciones (como el demoníaco ghoulie que mencionábamos más arriba), Gran Súper Terror contaba con ilustraciones de verdad, realizadas por encargo o compradas a una agencia, pero realizadas por ilustradores profesionales. No se trataba de los libros que vemos hoy, día sí y día también, cuyas cubiertas son fotografías licenciadas en Getty Images o agencias semejantes (mi docta opinión es que estas portadas modernas son una puta mierda).
 
 
 


Todas esa cubiertas, mejores o peores, resultaban muy, muy, muy atractivas. Tanto como para realizar esa práctica impía que es la de comprarse un libro no por el autor o por la sinopsis o por el título, sino por la puñetera portada. Eso es algo que los editores profesionales han olvidado hoy, quizá porque han aprendido que al ilustrador hay que pagarle y bien pagado, y que resulta mucho más barato licenciar (suponiendo que el editor tenga escrúpulos para hacerlo y no se limite a fusilarla de alguna parte) una fotografía genérica igual a tantas otras.
 
 
 
 
 
 
 
 
Gran Súper Terror acogió a algunos de los más conocidos autores y a otros que nunca más hemos visto en castellano:

Ramsey Campbell, uno de los clásicos actuales por excelencia, que empezó trabajando para la Arkham House de August Derleth, tuvo dos títulos en esta colección.
 
 
 

Dean R. Koontz, “el Stephen King para pobres”, vio publicadas aquí dos títulos, La visión y el imprescindible Fantasmas, cuya ilustración de cubierta se ha reciclado infinidad de veces, tal y como se muestra en este artículo.

La ilustración de cubierta para el Fantasmas de Koontz se ha reutilizado infinidad de veces.

 

Robert Holdstock, conocido en España por su novela fantástica Bosque Mitago, tuvo aquí presencia con una obra de terror muy poco conocida.
 
 
 
Whitley Strieber, conocido sobre todo por El ansia (y por la adaptación cinematográfica de dicha historia de vampiros), realizó una aportación que el escritor gaditano Rafael Marín tradujo al castellano.
 
 
 
Quizá el título más buscado (o al menos, el más cotizado) de toda la serie sea el thriller post-apocalíptico El canto del cisne de Robert McCammon, un autor que sí se ha traducido al español, pero del que rara vez se habla. Yo no he leído esta novela y la portada me parece horrenda... pero me encantaría tenerla.
 

Poppy Z. Brite no es una perfecta desconocida para el lector de habla hispana, pero casi. Su novela La música de los vampiros, publicada por primera vez en Gran Súper Terror, volvió a salir bajo el título de El alma del vampiro en una colección de La Factoría de Ideas (y también formato bolsillo).
 

Un autor salido del ámbito televisivo y conocido hoy por sus guiones de tebeos es J. Michel Straczynski. Antes de todo esto, en España se publicó su novela Mensajes del Infierno, uno de los últimos títulos de Gran Súper Terror, sin el diseño original y que la convierte en una novela difícilmente reconocible como parte de la serie. Pero lo es.
 

Dos autores de los que poco o nada sabemos tuvieron presencia en esta colección con sendas novelas premiadas con galardones literarios internacionales: Los amos de la noche de Brian Hodge y El elixir negro de Elizabeth Engstrom.
 

Reseña de El elixir negro, en este mismo blog.



Además de las antologías de Horror y los "grandes libros del terror", la colección introdujo otras dos series de relatos; la de las Máscaras (cuyo primer volumen es en realidad Horror 7) y la de las Visiones.
 




Y claro, el omnipresente Stephen King, que escribió montones de las frases laudotarias que aparecen en las cubiertas de esta colección, tuvo dos títulos en Gran Súper Terror, concretamente dos de sus novelas firmadas como Richard Bachman. (Martínez Roca publicó en otra colección El fugitivo y La larga marcha, otros dos Bachman stephenkingianos).
 
 
 
Aunque no tenemos del todo claro el orden de aparición de todos estos títulos, el listado que aparece en uno de los volúmenes indica que el último de los títulos de Gran Súper Terror fue La sangre del cordero de Thomas F. Monteleone (con ilustración de cubierta de Jordi García), con fecha de 1993. (La base de datos Tercera Fundación indica que La música de los vampiros apareció en 1994, así que quizá sea la novela de Poppy Brite y no ésta de Monteleone el último título. O quizás sea alguna otra. Quién sabe...) 
En cualquier caso, el diseño ya no era el mismo, y el libro, a primera vista, se puede confundir con cualquier bestseller de Planeta o de Ediciones B publicado en la época. Es un triste final para una colección mítica. Aunque la novela probablemente sea buena.
 
 
Nuestra pequeña aportación u homenaje es la reedición de mi primera novela publicada como libro, El placer según Mateo (que ya se puede reservar previo pago de 18 euros, información en el enlace). La ilustración es del enormísimo Sergio Bleda, y el diseño está basado, obviamente, en el original de Geest/Hoverstad. Sirva este trabajo como recuerdo de esta gran fábrica de escalofríos de horror que fue Gran Súper Terror.


http://albertolopezaroca.blogspot.com.es/2014/10/nuevo-el-placer-segun-mateo-18-euros.html
Ya a la venta.


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COMPRE OBRAS DE ALBERTO LÓPEZ AROCA

http://albertolopezaroca.blogspot.com.es/