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viernes, 23 de agosto de 2024

Lou Carrigan ha muerto, pero ya es inmortal

 

Lou Carrigan (1934-2024)


22 de agosto de 2024

Me acabo de enterar del fallecimiento de Lou Carrigan, el más célebre nombre de guerra de este oficial (creo que llegó a general) del Ejército de las Novelas de a Duro: Antonio Vera Ramírez (2 de julio de 1934-29 de julio de 2024).

Siempre que sale a colación el tema de "los mejores autores de bolsilibros", e incluso "los mejores autores de novela popular española", el nombre de Carrigan está en las quinielas y en los listados. Es uno de los favoritos de casi todos los lectores, un peso pesado. Creo recordar que, de niño, era vecino de escalera de Rafael Barberán (Ralph Barby, otro peso pesado), y su hermano Francisco, fallecido en 2019, también ocupa un lugar destacado en el rankin bolsilibresco (coronel, por lo menos) bajo el pseudónimo de Mortimer Cody, entre otros.

 



 

Con su aire a caballo entre Sancho Gracia y Tom Jones, corpulento y seguro de sí mismo, Lou Carrigan tenía el aspecto que imaginamos en muchos de sus personajes masculinos: un tipo duro capaz de imponer la ley a golpe de puñetazos. Curioso es, pues, que su personaje más conocido a nivel internacional sea una heroína de armas tomar: la espía Brigitte "Baby" Montfort, publicada con gran éxito en Brasil, y a la que Carrigan dedicó unas 500 novelas cortas.

 

Una de las centenares de aventuras de Baby Montfort, el personaje más longevo de Lou Carrigan, y estandarte de las heroínas de la novela popular española.

 

Desde su primera novela, el western Un hombre busca a otro hombre (Salvaje Oeste nº43, Ferma, 20 de marzo de 1959), Carrigan pasó por todos los géneros de la novela popular con éxito, aunque está claro que su tendencia natural era la del suspense, la serie negra y la aventura de espionaje. Unas 1000 novelas llegó a firmar Antonio Vera Ramírez como Carrigan o con cualquier otro de sus muchos pseudónimos. Y su ingente trabajo, como sucede con nuestra literatura para el gran público, todavía está por reivindicar, por releer, por valorar.

Descanse en paz.

 

Salvaje Oeste nº43, Ferma, 20 de marzo de 1959: la primera novela de Lou Carrigan.

***

Es una tristeza y una falta negligente que admitimos el no haber traído a bordo del Matilda Briggs a Lou Carrigan hasta ahora. No tenemos excusa, y entonamos un mea culpa junto a nuestro pésame a los familiares del autor.

Lo que sí podemos hacer, a modo de homenaje y recuerdo, es recuperar un par de reseñas que, hace años, dedicamos a algunas de las más sobresalientes, extraordinarias obras de Lou Carrigan. Ambas están recomendadas por el que esto firma, pues son carne de inmortalidad literaria... si es que el atento lector se decide a hincarles el diente (son fácilmente conseguibles; palabra de honor). Cada vez que alguien lee una de sus obras, Lou Carrigan (es decir: sus pensamientos trasladados al papel, sus tramas sádicas, directas, violentas, apasionantes, divertidísimas) vivirá de nuevo. Y en eso consiste la inmortalidad, por ahora. La resurrección de los muertos se la dejamos a la religión católica y a los doctores Victor Frankenstein y Herbert West. Y casi mejor a estos dos últimos, que inspiran mayor confianza. A fin de cuenta, son científicos...

***

En la boca del lobo (1973)

Reseña publicada originalmente en el blog Novelas de a duro, el 25 de julio de 2013.

 

 

En la boca del lobo, de Lou Carrigan (Antonio Vera Ramírez; Terror nº36, Rollán, 1973. Hay ediciones en Selección Terror nº183, Bruguera, agosto de 1976, portada de Desilo —sin acreditar—; Selección Terror nº465, Bruguera, 1982, no sabemos de quién es la portada; y Selección Terror nº43, Ediciones B, 1993, portada de Alberto Pujolar reciclada de Selección Terror nº130).

No todos los bolsilibros de Bruguera eran originales realizados ex-profeso por los diversos autores para las diversas colecciones, sino que de cuando en cuando —y al igual que hizo la colección Galaxia 2001 de Andina/EASA hasta la saciedad— se colaba alguna novelita que ya se había publicado en otra editorial. Por ejemplo, este En la boca del lobo, que Antonio Vera escribió para Rollán en 1973.


Melville Roark es un hombre hecho a sí mismo, posee una mina de carbón en Alaska, un socio joven y de confianza, y una esposa bella, deseable y mucho más joven que él.
Y mucho dinero.
Así que no es de extrañar que la buena de Mae Roark y el joven Gordon Owells hayan decidido que, antes de tomar la avioneta que los llevará a Anchorage, tienen que matar a Melville y deshacerse de su cadáver. Después, podrán gastarse su dinero en algún lugar paradisíaco.
Pensado y hecho.
Sólo que...
Bien, en la avioneta, además de Charlie, el amabilísimo y simpático (y pintoresco) piloto pelirrojo pecoso que siempre dice "¡Caracoles!", viajan una par de mineros sin suerte que también van a Anchorage. Y en mitad de vuelo, Mae se da cuenta de que, tras haber descuartizado el cadáver de Melville y haberlo convertido en cenizas (con carbón, claro), no limpió el hacha que Gordon utilizó para acabar con Roark. Hay que dar media vuelta. Pero...
Pero los dos mineros sin trabajo saben quién es Mae Roark y, a punta de pistola, anuncian que nada de media vuelta, que el avión irá adonde ellos quieran, y que Melville Roark tendrá que pagar 200.000 dólares por recuperar entera a su mujercita. Pero...
Pero cuando ya está claro que aquello es un secuestro, los motores de la avioneta dejan de funcionar. Y lo que a este grupo de majísimos exponentes del género humano les espera abajo, son los abetos, la nieve... y los lobos.
Y esto no es más que el comienzo...
Una novela estupenda, un thriller que parece una historia de los hermanos Cohen (concretamente de los primeros hermanos Cohen, los de Sangre fácil), y que resulta muy satisfactoria a cualquier nivel.
La recomiendo mucho, mucho, mucho.


(Otra reseña de esta novela, en este caso realizada por el amigo Francesc Barceló, se puede encontrar en su blog EL QUIOSCO DE LA RAMBLA).


SOBRE LAS PORTADAS:
Merece la pena echar un vistazo al historial portadístico de esta novela que cuenta, como ya han visto ustedes, con cuatro ediciones distintas.
No hemos podido averiguar quién es el autor de la cubierta para la edición original en Rollán (es la imagen que abre esta entrada) y tampoco hemos conseguido dicha cubierta en una resolución mayor.
 

Selección Terror nº183, 1976. Portada de Desilo. Atentos a la errata en SELEOCIÓN; una cosa bastante rara, puesto que estas cubiertas se maquetaban con plantilla... ¿O estoy equivocado?


La portada de Desilo para la edición de 1976 se recicló para una novela de Curtis Garland publicada en Selección Terror nº515, y que ya hemos reseñado en este blog.


Selección Terror nº515, 1983. Portada de Desilo (reciclada del nº183)

Otra edición de En la boca del lobo apareción en Selección Terror nº465, y tampoco hemos podido averiguar quién es el portadista.


Reedición en Selección Terror nº465. ¿Quién será el portadista? 



Selección Terror nº43, Ediciones B, 1993. Portada de Alberto Pujolar (un reciclaje)

 
La cuarta edición de "En la boca del lobo" corresponde a Selección Terror nº43, de Ediciones B. En este caso, se recicló una portada del gran Alberto Pujolar, correspondiente a Selección Terror nº130 de Bruguera.
 

Selección Terror nº130, Bruguera, 1975. Cubierta de Alberto Pujolar.



ÍTEM MÁS:
Como curiosidad animal, les dejamos aquí un par de portadas de bolsilibros que también se titulan En la boca del lobo y que nada tienen que ver con la novela de Lou Carrigan. (Hay montones de tebeos con ese título: números de The Phantom, Jabato, El Corsario de Hierro, Jorge y Fernando y otros muchos, alguna película, e incluso una novela de Karl May. Y más, claro).



Hazañas Bélicas nº441, Toray



Colección Pistolero nº82, Astri


***
 
 
Los pajaritos ciegos, de Lou Carrigan (Antonio Vera Ramírez; La Huella nº81, Bruguera, Barcelona, mayo de 1976. Portada de Salvador Fabá. Reedición en Servicio Secreto nº1716, Bruguera,. 1983; y en Punto Rojo nº50, Ediciones B, 1994).
 
 

Servicio Secreto nº1716, Bruguera, 1983

 
El psiquíatra Amos Grant decide prestar sus servicios a la policía de Nueva York. Y llega en buen momento, pues hay un par de asesinatos aislados que presentan puntos en común: cuerpos cosidos a puñaladas y, detalle macabro, los ojos pinchados repetidamente con agujas (post-mortem, por suerte). Para llevar a cabo la investigación, Grant contará con la ayuda (o viceversa) del sargento de detectives Kester Hyde, que es un poli de los buenos, de los duros, de esos que molan.
El caso los llevará por lugares sórdidos, como una agencia de actores porno, discotecas con muchas luces (recordemos que estamos en los 70) ambientadas por grupos musicales compuestos no se sabe si por hombres o mujeres (porque ¡llevan el pelo muy largo!), la casa donde viven dos simpáticas ancianas —un poco raritas ellas— y otros lugares divertidísimos... Y por supuesto, los héroes tendrán que vérselas con asesinos a sueldo y con guapas mozas retozonas deseosas de echarse novio. Todo esto, con el trasfondo de una serie de crímenes que, al parecer, tiene su origen en los viejos buenos tiempos de un grupo de amigos, que cuando eran niños hicieron algunas cosas de las que quizá no estuvieran demasiado orgullosos...
Nuestro amigo, el escritor Carlos Díaz Maroto, tiene en altísima estima este thriller psicológico y bastante bestia del maestro Lou Carrigan, y no seré yo quien le lleve la contraria, pues me lo he pasado bien. Yo diría que la historia debe mucho a las muchas secuelas, imitaciones y knock-offs realizados sobre el clásico Psicosis de Hitchcock (ni me molesto en mencionar la novela original de Robert Bloch, eclipsada por el filme), y quizá con cierta terrorífica película que no voy a mencionar aquí para no dar más pistas... Todo esto, aderezado con una pareja de polis que, para variar, no son "el poli bueno y el poli malo", ni "los dos polis opuestos", pues en realidad, aunque uno sea un veterano y el otro un psiquiatra, ambos son muy buenos a la hora de repartir estopa.
Que sí, que está muy bien la novelita, y cuenta con detalles tan jodidamente escabrosos que, lo confieso, me revolvió las tripas. Muy recomendable.


(Otra reseña de esta misma novela, en Bolsilibros Bruguera, por Antonio Guerrero).
 

Punto Rojo nº50, Ediciones B, 1994.

 

jueves, 22 de agosto de 2024

Dragones del karate (La Huella nº25; abril de 1974), de Curtis Garland

 

La Huella nº25, abril de 1974. Portada de Enrique Martín.


 

20 de agosto de 2024

Si algo me queda claro después de leer Dragones del karate (publicada en la curiosa colección La Huella de Bruguera, en su nº25, de abril de 1974) es que a Juan Gallardo Muñoz le encantaba llamar a sus villanos misteriosos "El Dragón". Así, de memorieta y sin consultar nada, recuerdo un "Dragón de Oro" villano (no confundir con los Tres Dragones de Oro, el grupo de héroes de las artes marciales cuyas aventuras recogió Curtis Garland en la colección ¡Kiai! de Bruguera) en la novela El templo de los siete ídolos, una de las que publicó en la tardía colección Tam-Tam; y otro "Dragón", también jefe de un grupo de bandidos o de una sociedad secreta, o lo que prefiera el lector, en el western En el Oeste hay dragones (Bisonte nº1263, marzo de 1972), de Donald Curtis.


Tam-Tam nº88, agosto de 1984.


Bisonte nº1263, marzo de 1972.



Esto es casi un vicio de Gallardo, y me temo que podría explotarse en términos mitográfico creativos. A fin de cuentas, hablamos de un mismo esquema: un malvado que se oculta bajo un apodo de reminiscencias orientales, que posee unos recursos dignos de Fu Manchú (aunque luego no sea para tanto), y cuya identidad secreta es la de... bueno, un individuo distinto en cada historia. Creo recordar que en La flor alucinante de Donald Curtis (Agente Federal nº96; 1968) también había un villano de estas características; lo que no sé en estos momentos es si se hacía llamar "El Dragón".

 

Agente Federal nº96; 1968.


 

En esta rutinaria Dragones del karate, Curtis Garland utiliza la consabida trama de "búsqueda de un McGuffin desconocido" mezclada con la investigación de una serie de extraños asesinatos, en apariencia inconexos, pero relacionados por la parafernalia samurai del criminal. La gracia de esta novelita estriba en que transcurre en Japón de forma casi íntegra, y su protagonista es una especie de "asesor e informador de empresas" norteamericano que forma equipo con su colega japonés: Norman Robbins y Kodaya So. Por supuesto, tal como se dice explícitamente en la historia, el oficio de estos dos (eso de "asesores") es otro nombre para decir "detectives privados" especializados en casos de mucha, mucha pasta. El otro punto de interés se encuentra en que Curtis utiliza lo que ha leído sobre artes marciales, y nos cuenta los orígenes chinos de este tipo de lucha (o filosofía, o lo que sea), los nombres y versiones de dichas modalidades de disciplinas y, de paso, se marca un par de escenas de lucha karateca al estilo Curtis: poniendo nombre a los movimientos, a las katas, o como se quiera llamar eso que hacen los que practican estos... deportes. (De rollos técnicos karatecas, judocas y kungfutecas nos hincharíamos tres años más tarde en la ya citada serie de los Tres Dragones de Oro, que no por la pesada descripción de los tipos de golpes y fintas, alienígenas para los profanos como servidor, es menos disfrutable).

Curtis nos habla del Japón de mediados de los 70 como un lugar claramente mediatizado por las empresas europeas y norteamericanas, en donde los ejecutivos nacionales conducen vehículos europeos de primera, en lugar de sus Toyotas y Hondas. Es un país avanzado e idealizado, y Curtis nos da un paseo por barrios y avenidas de Tokyo y Kyoto, tirando, sin duda, de mapas y guías.

Lo que, a título personal, ha llamado mi atención, es lo siguiente: Curtis debió de escribir esta novela con su habitual apresuramiento (en el mes de abril de 1974, tengo contabilizadas hasta siete novelas publicadas por Juan Gallardo), que sorprendentemente no daba lugar a errores, confusiones y cabos sueltos. Pero creo que esta vez lo hizo tan rápido que la novela, por una vez, se le quedó corta: la historia queda cerrada y bien cerrada en torno a la página 88 u 89; el resto, hasta la 96, es relleno puro y duro. Éste es un hecho insólito, tal y como sabrán los lectores de bolsilibros, pues lo normal es lo contrario: un final de dos párrafos que se notan recortados para cuadrar la paginación. Sin embargo, aquí es al revés, y Curtis no nos relató el banquete de bodas y los momentos íntimos en el tálamo nupcial por pudor, supongo. Pero si hubiera querido, lo habría podido hacer.

***

En realidad, poco más se puede decir de esta entretenida (y ya) novelita de a duro, salvo que es la segunda (o la tercera, si contamos En el Oeste hay dragones) en la que utilizó como tema y trasfondo las artes marciales: la primera (o segunda) fue Kárate contra Kung-Fu, publicada en Servicio Secreto nº1275, cuatro meses antes de que apareciera nuestro Dragones del karate; hay reseña del amigo Carlos Díaz Maroto, que nos indica que aquella novela es mejor que la presente. Luego vendrían los Tres Dragones de Oro (1977-1978), policiales como La noche del samurai y fantacientíficos como Samurai, siglo XXI... Pero esas son otras historias, de las que daremos cuenta en el momento oportuno.

Mientras tanto, seguiremos meneando el cedazo en busca de las pepitas de oro y procuraremos no olvidar por completo el material menos extraordinario.