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martes, 11 de junio de 2024

El hielo en el fin del mundo (1990), de Mark Richard

Primera edición en castellano, mayo de 2016


10 de junio de 2024

Esto igual suena un poco feo, pero quizá lo que más me gusta de los libros que publica Dirty Works sea la página negra inicial, con una esbozo biográfico del autor impreso en letras blancas. Esos textos son minicuentos en sí mismos, y los haga quien los haga (¿Javier Lucini?) se merecen una recopilación aparte, a manera de diccionario de autores.

El relato biográfico de Mark Richard (Louisiana, 1955) es una genialidad, y cuenta incluso con la aparición especial de Larry Brown, otro miembro de la Casa Dirty, del que ya hemos hablado por aquí.



Para variar, The Ice at the Bottom of the World (El hielo en el fin del mundo), no es una novela, sino un libro de relatos (diez), traducido maravillosamente por Tomás Cobos -insisto en que, a los buenos traductores, hay que seguirles la pista tanto o más que los propios autores originales-, que pudo pasar sin pena ni gloria en 1990 si no hubiera sido porque recibió un importante galardón, respaldado por el mismísimo Norman Mailer: el premio PEN/Hemingway, que se supone que es para "primera novela", pero en realidad premia "primeros libros", sean relatos, novelas cortas, novelas o vestiglos literarios.

Merecido y agradecido premio, sin duda, pues de no haberlo obtenido, probablemente nunca hubiéramos visto el trabajo de Richard en castellano. Y, por su brevedad (que en este caso es una virtud) y su intensidad (que genera una incomodísima tensión en cada página), merece muchísimo la pena.

En mi opinión, Richard pertenece a la "escuela Cormac McCarthy" (como William Gay) por su descaro a la hora de redactar diálogos sin puntuación ni indicaciones, y por hacer con la gramática lo que le da la gana, sea ilegal, reprobable o (como es el caso) tremendamente complicado. (Complicado de ejecutar, pero pefectamente legible para un lector capaz de concentrarse en la lectura más allá de 60 caracteres). En un mismo relato de Mark Richard nos podemos encontrar una narración en tercera, primera y segunda persona, en pasado y en presente y casi que también en futuro, todo a la vez o variaciones y permutaciones: es como si a este tipo lo hubieran soltado en una barca con una red y unas botas de agua en una pestilente marisma y le hubieran ordenado: "Anda, ve a ver qué pescas por ahí, gilipollas. Y si no regresas con algo, lo que sea, aunque se trate de una bici vieja o un caballo muerto o un viejo loco cubierto de barro seco o un chiquillo con branquias, te vamos a dar una buena paliza".

Al parecer, esto le ha pasado al pobre Mark, que nació con cadera deforme, al menos otras tres veces, de donde han surgido otro libro de relatos y dos novelas, todas publicadas ya por Dirty en español, si no me equivoco.



 

Si hemos querido destacar lo jodido que es el estilo del autor y las libertades que se toma, en realidad lo que prima por encima de todo esto son las historias que nos cuenta y el vocabulario sencillo que utiliza para construir frases complejísimas, pero con mucho sentido. Lo que realmente me extraña (y me alegra, confieso) es que no le haya dado por escribir poesía. Yo, personalmente, se lo agradecería con un abrazo si tuviera ocasión de conocerlo, pues seguro que se sintió tentado de meter saltos de párrafo aleatorios en mitad de las frases que resuenan en esa fantasía tremebunda y oscura que es "Niño Pez" (¿la novela del mismo título, también de Richard, será continuación del cuento, o bien una expansión? No lo sé, ya lo averiguaré cuando llegue el momento).

 


 

Sus cuentos, además de relatar anécdotas insólitas de horror, miseria, y aviadores que, en pleno vuelo, le hacen un calvo al conductor de un tren, están repletas de sentencias y ocurrencias tan citables como "Por eso nuestros perros no muerden a no ser que seas un ladrón o tengas pensado serlo...", o arranques de relato que te ponen sobre aviso de que vas camino de contemplar burradas, como "Me sentí fatal por lo que tuvimos que acabar haciedo con Buster, el caballo de Vic...". A esas alturas de libro, ya sabes que lo del caballo Buster va a ser un horror innominable digno de Lovecraft.

A lo escritores más noveles, les recomiendo que NO LEAN este libro con ánimo de aprender cómo se debe escribir, sino qué se puede llegar a escribir cuando dominas la técnica y decides saltarte las normas. Si estos relatos los intentara llevar a cabo alguien sin oficio, se habría metido una hostia de primera categoría, tal y como se temían los editores originales del libro, justo antes de que Mailer le diera el ya citado premio. Con honestidad, creo que Richard no sólo es bueno, sino que además tuvo suerte. (Esto último se reparte en el mundo incluso con menos prolijidad que el talento).

 

Mark Richard, cuando era joven.


Si el cabrón de Richard no lograra efectos tan jodidamente poéticos con personajes memorables como el Tío Basuras ("¡Y ojito no vayáis a quemar la casa!") o ese viejo comedor de arcilla y chupador de paredes que es el señor León ("El chocho chisporrotea con el calor, cabronazos"), compararía estos relatos, así, por mis santas narices, con la novela corta de Alfonso Sastre Las noches del Espíritu Santo (en Las noches lúgubres, 1964), una sucia fantasía que transcurre en Madrid, junto al arroyo del Abroñigal, un lugar tan séptico y apestoso en la posguerra como los rincones de Louisiana por los que nos obliga a transitar Richard. De hecho, el niño hidrocéfalo de Sastre (hijo de la vampira Amalia y de su marido Zarco) me da tanto miedo o más que el Niño Pez de Richard: infancias paralelas en lugares muy distantes. (Este tipo de comparaciones y asociaciones de ideas son las que surgen cuando uno lee y relee sin solución de continuidad: ves fantasmas donde no los hay, o bien descubres una misteriosa verdad oculta a todo el mundo y sólo tú la puedes percibir Sólo me falta invocar aquí al espíritu del famoso Anfibio de Liérganes, sobre el cual, de acuerdo con Juan Carlos Monroy, Verne llegó a escribir un breve relato).

En cualquier caso: si se dispone usted a leer este volumen, compruebe que tenga al día su cartilla de vacunación, porque es posible que pille el tifus, la tiña, botulismo, la malaria, el dengue o la fiebre amarilla. Allá usted si no me hace caso y se mete a chapotear por los pantanos infestados de serpientes o a jugar a hacer castillos con tierras arcillosas.

 

El collage de Emma Cohen, portada para la edición de Biblioteca del Terror de Fórum de Las noches lúgubres de Alfonso Sastre.


En resumen: ¿ante qué y quién estamos? Pues ante un auténtico y purísimo seguidor de la narración estadounidense, con toda su crueldad viciosa, sus visos autobiográficos, la marca de fábrica de la conversación escuchada en la mesa de al lado del bar, la confidencia inconcebible de un desconocido borracho, y los hedores y perfumes que marcan a cualquiera, americano o chino o africano o español, desde la infancia en adelante.

Muy recomendable este libro de cuentos, zona de confort de algunos lectores y, sin duda, un mundo ajeno y alienígena para otros (el título ya sugiere, a partes iguales, viajes decimonónicos estilo Disney, y también la Antártida de Poe y Lovecraft). Pero ya conocen mi opinión: en la variedad está el gusto.

¿Quieren probarlo, por cierto? Inténtenlo con "En la cuerda", que son 4 páginas de perfección en un hervidero de cadáveres. Y ya me contarán...

 

 

***

Por cierto: ¡feliz 10º aniversario a la familia Dirty! ¡A por otros diez a la voz de "ar"!

 

jueves, 19 de octubre de 2023

Joyride, de Jack Ketchum

 

 

15 de abril de 2023

Una interesante y buena novela de terror realista, thriller criminal, o como nos dé la gana llamarlo.
Por un lado, tenemos un clásico argumento a lo James M. Cain y El cartero siempre llama dos veces; pero hete aquí que al señor Ketchum se le ocurrió incluir una trama paralela que, obviamente, se entrecruza con esta casi desde las primeras páginas: la de un psicópata en vías de convertirse en asesino de masas. Así, Ketchum aprovecha para mostrarnos las más diversas bajezas humanas, sin demasiada casquería y mucha acción en la carretera, pues esto no deja de ser una road movie. ¡Ah!, también tenemos a un poli bueno que intenta atar cabos del follón que le ha tocado en suerte.



En resumidas cuentas, estamos ante un Fargo (1994) o un Sangre fácil (1984) sin un ápice de humor, cosa que a servidor le parece un defecto de este tipo de realismo: el humor existe incluso en las situaciones más horribles y desesperadas. Suele ser de color negro, y a veces no tiene ni puta gracia. Pero está ahí, en la vida real, como las risas de la familia durante un velatorio. Es lo mismo que echo de menos en Cormac McCarthy: un viso, un guiño, un pequeño comentario, un detallito que me indique que los personajes (y el autor) tienen sentido del humor y, por tanto, son humanos y no sólo monstruos de pesadilla. (Curiosamente, Joyride se abre con una cita de Meridiano de sangre, de McCarthy, así que esto me tendría que haber puesto en guardia). En fin: me ha gustado, pero ni siquiera es tan bestia como me esperaba.


Ketchum tiene mucha clase, y me agrada leerlo. Es (era) un gran escritor con un enorme talento para retratar en blanco y negro y rojo esas monstruosidades cotidianas de las que hablaba más arriba. Pero, y aquí entramos en el inevitable, odioso terreno de las comparaciones, no me parece ni remotamente tan divertido como Richard Laymon, quien (no me cansaré de decirlo) está subestimado. O quizá es que yo soy imbécil, que también es probable.
Es obvio, por otra parte, que Ketchum no tenía las mismas intenciones que Laymon cuando escribía: Laymon quería divertir y divertirse; Ketchum estaba recogiendo historias que pretenden ser retratos psicológicos (incompletos, en mi opinión). Ketchum es (era) mucho más ambicioso en el terreno literario. En el epílogo a la novela, que es una especie de "cómo se hizo", Ketchum confiesa que se inspiró abiertamente en La bestia humana de Emile Zola, concretamente en la escena inicial. Palabras mayores, pues hace falta mucho valor para partir de ahí y decirlo abiertamente. (Laymon, a todo esto, era más aficionado a Hemingway que a los naturalistas franceses).
Joyride se publicó originalmente como Road Kill en 1994; sobre el cambio de título, no sé nada. La edición de Biblioteca de Carfax respeta el título original y es excelente, igual que la traducción de María Pérez de San Román o la portada de Rafael Martín.

 

jueves, 12 de octubre de 2023

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy

 

10 de marzo de 2023

A la tercera va la vencida. Pues tres han sido los viajes, tomado de la manita por Cormac McCarthy, los que me han costado leer de una puñetera vez este libro que, hoy, se encuentra ya en el terreno de los clásicos meridianamente malditos (o de culto). La primera vez que lo intenté debió ser allá por 2008, año más o menos, pues me lo prestó mi gran amigo, el periodista y escritor Marcelo Ortega Picazo, con mucha ilusión; y Marcelo es un excelente lector y encima de Villalgordo (provincia de Albacete).

Por supuesto, no pude soportar durante mucho tiempo la ausencia de puntuación en los diálogos de McCarthy, y tuve que abandonarlo tras el magistral capítulo del vampiro, que se encuentra en las cincuenta primeras páginas o así. Porque una cosa es que la prosa sea realmente buena y la narración recoja acontecimientos de sumo interés para el lector y los personajes sean odiosamente apreciables; y otra cosa es que te pierdas cada dos o tres páginas por el capricho estilístico de un autor. Servidor, bregado en textos castellanos del siglo XV y XVI en sus versiones originales, no debería tirarme tanto de los pelos por esto, pero en pleno siglo XXI (o incluso en el siglo XX), pues mire usted... no lo veo claro. Vale que es la voluntad del escritor, de acuerdo, y que sin duda esto tiene un motivo artístico; pero me siento más cómodo con Jim Thompson, que es definitivamente mejor que McCarthy, juega en su misma liga (o en su mismo paradigma) y no se ríe de la ortografía, así, por sus santas narices. Tome el lector La sangre de los King (King Blood, 1973), una de las mejores y más violentas novelas jamás escritas, y luego hablamos.

Pero no quiero entrar en comparaciones, pues ese es un terreno deleznable e injusto en el que siempre, siempre, siempre sale perjudicado alguien. El primero, el opinador de turno. Corramos un tupido velo...

Volví al juego de "¿quién puede más, tú o yo, maldito McCarthy?" una década más tarde, con el mismo éxito (es decir: me quedé en el vampiro, o poco más adelante. Sigo pensando que esa secuencia del vampiro nocturno se la robó el autor a Goya, y nadie me va sacar de ahí). Y ahora, por fin, con sangre, sudor y lágrimas, lo he logrado. Me he leído de cabo a rabo Meridiano de sangre. Y el tortuoso viaje ha merecido la pena, claro que sí. Pero que no me inviten otra vez, por favor.


Han sido diez días de lectura discontinua y esforzada. La preparación previa consistió en la trepidante Al otro lado del río de Jack Ketchum y la gozosa, por su aparente sencillez, Mr. Paradise de Elmore Leonard. La primera, porque está relacionada temáticamente con Meridiano de sangre, y transcurre incluso en la misma época y casi en el mismo territorio; y la segunda, porque con Leonard uno se siente como en casa (eso, suponiendo que tu casa esté repleta de gentuza y de criminales gilipollas) y sus prodigiosos diálogos están muy, muy bien escritos... y puntuados. Sólo un traductor atroz, o un editor-rata (de los de publicar libros con tipografías ínfimas o con espaciado automático entre párrafos), pueden cargarse un libro de Leonard.

Blood Meridian se publicó originalmente en 1985, y no he hecho un seguimiento de cómo le fue en Estados Unidos ni la repercusión que tuvo. Llegó a España en 2001, en edición de Debate, y es bastante probable que hacia 2002 o 2003, mi amigo Luis Escribano me hablara de esta novela, pues Luis siempre ha estado al día de los títulos y autores más interesantes, sobre todo de los norteamericanos. (Quiero recordar una conversación con Luis en el bar Triana de Albacete, en la que apareció McCarthy y su Meridiano de sangre, posiblemente porque estuviéramos hablando de Apocalypse Now, de Joseph Conrad, de la brutalidad en la literatura o de westerns. O de fanzines. O de... quién sabe).

Pero en realidad, empecé a tener conciencia de la existencia de McCarthy cuando, en 2007, se adaptó al cine No es país para viejos (No Country for Old Men, 2005), dirigida por los Cohen y con un papel oscarizado de Javier Bardem. Nunca he llegado a ver la película, aunque sí leí la novela por recomendación del inspector jefe de la Policía Nacional de Albacete, que por entonces era alumno de servidor en la Universidad Popular, en el curso de escritura creativa. Y, como ya he dicho, me pareció que era una historia que podría haber firmado Jim Thompson, pero sin puntuación en los diálogos (cosa muy poco útil en un curso de escritura donde, entre otras cosas, se enseñaba la importancia de la ortografía y la gramática para el escritor). Me gustó, pero también me molestó.
Por cierto: La carretera (The Road, 2006) no la he leído. Y tampoco he visto la peli.

En fin. El libro:

McCarthy conforma una novela larga sobre el infame Grupo Glanton, una banda de hijos de puta, algunos de ellos veteranos de la guerra de México y Estados Unidos, que se dedicaban a la caza de cabelleras de indios entre 1849 y 1850, a sueldo de los mexicanos. Al parecer, el negocio era bueno, pero Glanton y los suyos consideraron que era difícil distinguir la cabellera de un indio de la un mexicano: a más cabelleras, más oro.

Unos hijos de puta sádicos, como digo. Y por desgracia, reales como la vida misma, si no nos engañan las crónicas y diversos testimonios de la época.

Hay un personaje de dudosa historicidad, conocido como "el Juez Holden" según la autobiográfica My Confession de un tal Samuel Chamberlain, que formó parte del grupo. Chamberlain afirmaba que nadie sabía "quién o qué era Holden". Hay subrayar ese "qué", pues es el que le permite a McCarthy dar la vuelta al marcador del western para introducirnos en una historia no sólo de terror y salvajismo y crueldad y bellos paisajes y muerte y tortura y desesperación, sino también de horror sobrenatural fantástico. Pues el Juez Holden bien pudo existir, pero si era tal y como aparece en Meridiano de sangre, también podríamos rescatarlo como enemigo de la Patrulla X. Metidos a especular y a decir disparates, casi lo podríamos comparar con el Conde Drácula, epítome de los malvados sobrenaturales. Holden, en esta novela, tiene esa talla de villanía y monstruosidad, y ese aire outré, contra todo pronóstico creíble, que lo hace aún más grande. Sin duda, Holden es el logro definitivo de McCarthy. Porque es esta pieza, este personaje salido de otro mundo, de otro planeta o del puto infierno, el que hace que la ambientación y la sucesión de hechos, peripecias, masacres y barbarie encajen a la perfección, hasta el punto de que uno termina pensado aquello de "esto tuvo que ser así y no de otro modo", como nos sucede cuando leemos From Hell de Alan Moore.

¿La recomiendo? Sí, claro que sí, cómo no, faltaría más; y esto, a pesar de que McCarthy no nos ayude en absoluto con su falta de puntuación. Eso sí: vocabulario tiene como para aburrir.

En el terreno más o menos extraliterario, debo mencionar mis dudas de si la traducción al castellano es mala o regular. Espero no olvidarme nunca (y por eso escribo para mí estas reseñas) de que el traductor, Luis Murillo Fort, el mismo caballero que ha vertido al castellano con éxito casi todas las novelas de Barry Gifford, utilizó “venablo” como sinónimo de “jabalina” (la hembra del jabalí), para no repetir la palabra en el mismo párrafo. Me temo que ahí, el diccionario de sinónimos no estuvo a la altura de las circunstancias.

Oh, Cthulhu... me estoy dando cuenta de que, en algún momento de mi vida, tendré que leer la versión original en inglés de esta pesadilla. Joder, esta novela es como una maldición...

***

Post Scriptum: Le he dicho a Marcelo que ya le puedo devolver el libro. Marcelo dice que ya se lo devolví hace años. Que tiene su ejemplar en Villalgordo. Yo SÉ que no se lo devolví nunca, y que jamás he comprado un ejemplar de Meridiano de sangre. ¿Qué cojones pasa con este libro? ¿Está de verdad maldito, o qué?


lunes, 9 de octubre de 2023

La chica del columpio, de Eloy M. Cebrián

 


8 de octubre de 2023

Eloy M. Cebrián (Albacete, 1963; en adelante: Eloy) demuestra una vez más que, en el año de su jubilación laboral como docente, sigue siendo una joven promesa. Y eso es bueno.

Me explico. El escritor (no Eloy, sino "el escritor", en general, como especie que se ha convertido en plaga planetaria) es una criatura vil, envidiosa y vanidosa; un chiquillo malcriado y respondón. Cuando pierde esos defectos porque ha comprendido de una vez por todas las verdades de la vida, el significado profundo del Bien y del Mal, y siente el memento mori del dolor de espalda diario, deja de ser escritor para convertirse en yo qué sé qué... ¿Alguna especie de quimera monstruosa, pero tranquila, paciente, de vida rutinaria y placentera? ¿Una estatua en cuyo pecho late un corazón débil que, o lo ha perdido todo, o lo ha ganado todo? ¿Un adorno en su propio salón? ¿Una persona que ha alcanzado el nirvana y ya no necesita compartir sus importantísimos, más íntimos pensamientos con el resto del universo y más allá? Quién sabe.

Así, la vida útil del escritor de narrativa (mientras sigue siendo escritor) se divide en dos fases, cuyas demarcaciones son tan difusas como un espejismo chino en el cielo o la foto de un OVNI de 1968: joven promesa y vieja gloria. No hay término medio.

Ambas fases son indistinguibles para el propio escritor, que pasa de la una a la otra sin percibir el más mínimo cambio en su realidad: sigue peleando, sigue maldiciendo, sigue buscando que lo lean y, sobre todo, sigue escribiendo como si aquello fuera lo más importante del mundo. Porque esas fases (que existen, si lo sabré yo) se encuentran en la mirada del observador, es decir, en el lector. Y es que los lectores tienen su lenguaje en clave, sus códigos, sus saludos secretos francmasónicos, carbonarios y rosacrucianos que no comparten con los autores. "He leído XXX de Fulato de Tal", dice un lector a otro. "¿Y qué tal?" "Tira que te va. Promete, habrá que ver cómo evoluciona..." "Ah, vale". Y también: "Uf, me he terminado YYY de Zutano de Cual". "¿Y qué, mantiene el nivel o ya está acabado?" "Uf. Uf. Uf. La verdad, tira que te va, porque se le ve el oficio hasta en la encuadernación. Pero no se puede comparar con lo que escribía hace 5X8IZ años. Se nota que se le han acabado las ideas y se ha acomodado". "Ah, vale".

Y así todo el rato.

Bueno, pues según este rollo mariano que acabo de soltar, Eloy es joven promesa, a pesar de que lleva ya, no sé, ¿veinticinco años? escribiendo y publicando y ganando premios y etc. Y sus lectores, me parece, siguen observando "a ver cómo evoluciona". O sea: "a ver qué se inventa ahora".

 

Lo que nuestro autor se ha sacado de la manga es una novela corta americana que casi cuadraría con la etiqueta de "gótico sureño" si no fuera porque está escrita por un tío de Albacete. Admito que La chica del columpio no llega a ser tan americana como las obras que publican los amigos y colegas de Dirty Works, porque eso ya sería pasarse de rosca y tendríamos que buscar a Eloy para eutanasiarlo, pero sí que suena tan americana como, pongamos, Stephen King o una hamburguesa del McDonald's o el Air Force One.

La chica del columpio es una historia de terror que, en la contraportada del libro, el mismo Eloy relaciona con Cormac McCarthy, con Donald Ray Pollock... y con James M. Cain. Servidor ve en esta novelita sobre todo al último, pues al igual que Eloy, Cain sabía puntuar los diálogos y utilizaba y reutilizaba un argumento archiconocido: el tipo que cae al abismo por culpa de una mujer fatal. (Cain escribió esta historia tres o cuatro veces, por lo menos). De este modo, que me disculpe Eloy, pero La chica del columpio es un clarísimo pastiche de Cain, ejecutado con la soltura, fiabilidad y legibilidad que caracterizan al autor, y con una enorme dosis de mala baba y semen desparramado o proyectado con potencia adolescente.

 

La "América profunda" de Eloy es genérica (el Medio Oeste) y no se moja con localizaciones reales, ni falta que le hace. La historia es intensa, un pasapáginas y, por extensión (e incluso por la estructura), es algo así como un bolsilibro moderno, con toda la incorrección política que era de esperar y de desear en Eloy. (También diré que, en realidad, la historia es políticamente incorrecta para los cánones actuales, pero hace diez años no habría tenido nada de particular en ese terreno, ni habría resultado provocadora, ni leches en vinagre. Es una historia negra, y punto).

¿Por qué el relato sobre un chaval que se tuerce y al que mandan a la granja de sus tíos (a ver si lo enderezan) resulta que es una narración terrorífica? Porque da mucho miedo. Porque suena a auténtica. Porque es prima hermana de los infames hechos reales sobre los que Jack Ketchum construyó su más famosa novela. Porque cosas así suceden con mucha frecuencia, y no obstante nos preguntamos, con Ambrose Bierce: Can Such Things Be? Es decir, ¿esto puede ser? (Nota: debería resultar obvio, pero lo voy a subrayar: "Bitter" Bierce es el abuelo incontestable de esta clase de crónicas oscuras americanas. Sin Bierce no tendríamos a Cain, ni a McCarthy, ni a Ketchum. Ni a Eloy M. Cebrián, me temo).


Puaf, vaya si no. Esto, amigos, es todo lo contrario del realismo mágico, en que los hechos anormales, fantásticos, improbables, se presentan y aprecian en un contexto más o menos real como habituales y perfectamente aceptables en el orden de las cosas. La chica del columpio de Eloy M. Cebrián, como las obras de la rama realista del terror, ofrece una serie de hechos factibles, que no son tan extraordinarios; de hecho, se diría que son hasta comunes, dentro su aparente extrañeza. Pero no nos parecen aceptables y cada vez que nos los cuentan, nos echamos las manos a la cabeza en plan grito de Munch y decimos lo de Bierce: "Joder, ¿cómo pueden pasar estas cosas?"

***

Más información: Ayer, 7 de octubre, Eloy me dio un ejemplar firmado de la edición no venal de treinta ejemplares  (se equivocó en la fecha de la firma y puso el 6; necesita un corrector, este muchacho), y lo he terminado de leer esta tarde, después de la siesta. Vamos, que ha caído en dos sentadas. O tumbadas

Por mi parte, Eloy puede seguir siendo una joven promesa hasta el día en que cumpla 100 años o más, siempre y cuando me dé más guarradas y cabronadas de éstas. Me importa un carajo cómo evolucione. Y a ver si escribe un weird western de una puta vez; seguro que lo borda.