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jueves, 1 de agosto de 2024

Noticias de ayer: "La chica de al lado" (1881), seguido de "La ronda de Tarrés" (1908)

No vamos a hablar aquí de esta novela. No nos hemos atrevido a leerla... todavía.


La siguiente nota, aparecida en El Fígaro (Madrid) el 23 de mayo de 1881, relata un caso horripilante de crueldad y maldad que nos ha hecho pensar en la novela La chica de al lado de Jack Ketchum, basada en un hecho real, como el que aquí se recoge:



Además del caso de la terrible muerte de la niña, se arroja aquí una pista sobre otro sórdido asunto: ¿Quién era el "célebre Tarrés"? En la revista El Cuento y la Historia (Barcelona), en su nº8 (de 1908), nos da respuesta en un artículo firmado por "Hurtado", sea quien fuere. Lo exponemos a continuación:













Si hemos de extraer alguna conclusión de estos casos, es que no necesitamos marcharnos a los Estados Unidos de América para recoger sucesos que entran en el terreno del gore y el splatterpunk. En España tenemos ejemplos como para aburrir y horrorizar al más pintado.


La novela de Jack Ketchum, que publicó originalmente en 1989.

lunes, 22 de julio de 2024

La hora animal (1992), de Andrew Klavan

 

Edición de 1994 de nuestra novela.


21 de julio de 2024

A finales del año pasado me prometí a mí mismo regresar a Andrew Klavan en cuanto estuviera necesitado de una lectura sin tropiezos, y a eso me he dedicado los últimos días: a leer La hora animal (The Animal Hour, 1992), otro thriller del autor de No digas nada, entretenidísima novela que disfruté de forma desconsiderada y salvaje.

De nuevo tenemos a Víctor Pozanco en la traducción, que esta vez se ha dejado llevar por las prisas y no nos ha regalado su versión del apodo "Shithead" (que ostenta uno de los personajes de la historia), amén de otras faltas igualmente menores. Tanto da. La novela se lee como un tiro.

Klavan abre fuego con un tema clásico (por no decir sobado hasta el infinito): la persona que, un día cualquiera, llega al trabajo y nadie la reconoce. Esto lo hemos visto muchas veces (el gran John Franklin Bardin, autor, entre otras, de la novela El percherón mortal, de 1946, era un experto en este tópico), y aquí, la variación del tema estriba en que esta trama, protagonizada por un muchacha llamada Nancy Kincaid, corre paralela a los problemas del poeta Oliver Perkins, autor, por cierto, de un libro de poemas titulado... ¿lo adivinan? ¡Premio! ¡La hora animal!, volumen y autor que, de cabeza, entran en nuestra Biblioteca de Babel.

 

Una obra maestra de 1946.


El problema de Oli Perkins es su anciana abuela y, sobre todo, los quebraderos de cabeza que le produce Zach, su hermano pequeño. Perkins, avatar viviente del poeta bohemio del Village, guaperas grandote de largo pelazo que se pasa por la piedra a todo bicho viviente sin importarle género o edad, tiene que echar un vistazo de cuando en cuando a Zach y a la novia del hermanito, Tiffany: dos chalados drogadictos y fanáticos religiosos que, por comparación, hacen que el comportamiento asilvestrado, excéntrico, descarado y poco higiénico de Oliver parezca el algún inglés recién desembarcado del Mayflower. (Y esto, sin exagerar un ápice).

Así que, mientras Nancy Kincaid anda suelta o en manos de la policía o de camino al manicomio de Bellevue intentando demostrar que es quien dice ser (cosa que, llegado el momento, ella misma pone en duda), Oliver Perkins tiene que hacer una visita al viejo chalé de su abuela, que Zach usa para sus diversiones estupefacientes, religiosas y pseudoartísticas, y en donde Oli encuentra el cadáver violado, horriblemente torturado, mutilado y decapitado de una chica atada a la cama de la abuela. Y como guinda del pastel, la cabeza de la víctima en la taza del váter.

De este modo comienza este relato, ambientado en la víspera de Halloween en New York, entre locos reales y locos ficticios que circulan por calles atestadas de vampiros, momias, hombres lobo, zombis, Frankensteins, calaveras, murciélagos y montones de policías que acordonan las avenidas, todos ellos bastante hastiados de una puñetera fiesta que dominan las masas de monstruos tan borrachos como guiris adolescentes en playas levantinas españolas.

***

Durante la lectura de La hora animal me he estado acordando todo el tiempo del gran Curtis Garland, que muy bien podría haber pergeñado el disparatado argumento de esta historia (pues lo que he contado no es más que el punto de partida), relato que, no obstante, tiene un buen cerrojazo final. Por supuesto, Curtis la habría contado en 96 páginas, y no habría sido tan explícito en cuanto a los vómitos, pedos, diarreas, babas y automeadas que salpican de gorrinería el texto: esto es algo que a Klavan le encanta y, a qué negarlo, ayuda a que la trama sea más creíble, sobre todo si esas guarradas aparecen en el momento oportuno y no para hacer alguna gracieta. (La mierda y los pedos no siempre dan risa. Me estoy acordando ahora mismo de "Ratas" de Marc R. Soto, donde se demuestra que alguien que se ha cagado encima no tiene por qué dar risa).

 

 

Mis conclusiones: que ojalá Ediciones B hubiera publicado más obras de Andrew Klavan (la tercera que existe, y ya mencionamos el año pasado, es Ejecución inminente, en la que se basó la película de Clint Eastwood); y también, que un buen autor no debe dejar que un buen pedo o un buen eructo caiga en saco roto. Eso sí: sin abusar. Que la verosimilitud y la escatología son cosas muy, muy distintas.

 

Un ejemplar de la única edición de The Animal Hour (1990), libro de poemas de Oliver Perkins.

jueves, 30 de noviembre de 2023

SNUFF 1901

Se considera que las películas snuff son filmaciones de asesinatos, torturas y muertes reales, realizadas con un propósito comercial. Al parecer, la idea del "propósito comercial" es un absurdo, puesto que una cinta donde se grabe un asesinato contendría pruebas más que suficientes para permitir que la ley atrapara al criminal o criminales, lo cual no deja de tener su lógica. Sin embargo, existe otro tipo de grabaciones, concretamente las realizadas por pederastas pedófilos, que indudablemente existen (en contra de todo sentido común y de la más mínima decencia), a las que se puede aplicar el mismo razonamiento lógico. Así que, la inexistencia taxativa de dichos filmes me parece, cuando menos, cuestionable. No me parece que sean como el monstruo del Lago Ness, que si no lo atrapamos o fotografiamos y exhibimos, es porque no existe. Si no hay auténticas cintas snuff, si no se ha encontrado nunca una verdadera, no será por falta de psicópatas dispuestos a rodarlas y de monstruos con dinero suficiente para pagarlas.

Mi intención no es redundar aquí en ejemplos de snuff movies salidos de la ficción, ni hacer un ejercicio de investigación, ni me voy a meter en camisa de once varas sobre este asunto que me repugna especialmente, y que hasta me quita el sueño. No obstante, por poner al lector en el contexto histórico adecuado, es interesante señalar que algunos consideran material snuff dos tempranas filmaciones atribuidas (ojo a la cursiva) al inventor y salvajísimo empresario sin escrúpulos llamado Thomas Alva Edison, la Ejecución de un ahorcado y la Electrocución de un elefante (al parecer, el animal había matado a tres personas), que se remontan a 1903. El verbo inglés snuff significa "apagar una vela de un soplido", y de acuerdo con diversas informaciones de Internet, se puede encontrar el uso figurado de snuff, en el sentido de "matar", en tiempos tan tempranos como 1916, año en que se publica Tarzan and the Jewels of Opar, de Edgar Rice Burroughs, que utiliza dicha palabra en su última acepción.

Tarzan and the Jewels of Opar, 1916.

También, parece que el término se empezó a aplicar a esta clase de esquivas películas a raíz de los asesinatos de Cielo Drive en agosto de 1969, perpetrados por la infame Familia Manson: al parecer, Charles Manson no sólo se las arregla para aparecer periódicamente en mis textos desde 1991, y en los de otros muchos autores, sino que hay quien le adjudica el rodaje de algún que otro crimen (aunque probablemente no con intenciones crematísticas... o sí). Pero este es territorio puramente especulativo.

Que existen filmaciones de muertes por asesinato está fuera de toda duda: no hay más que ver las noticias en la televisión (no sé el lector, pero yo he visto caer a personas desde torres muy altas en directo, en la pantalla...), y esto, sin que tengamos que recurrir a grabaciones realizadas por auténticos asesinos en serie, narcos, mafiosos, terroristas, integristas de cualquier religión, etc. Lo que ya es discutible es si dichas grabaciones, que se pueden encontrar fácilmente en la Red de Redes (esa que todo el mundo lleva en el bolsillo, incluidos los menores de edad, algunos tan jóvenes que aún no saben leer ni hablar), se usan con fines económicos por los medios (diré mejor empresas) de "comunicación" e "información".

Las comillas, las pongo con toda mi mala intención; y que esa clase de empresas que menciono no se dedican a la caridad, sino que realizan su trabajo con ánimo de lucro, lo cual incluye la exhibición de asesinatos reales con la excusa de "informar", es un hecho indiscutible, de esos que se pueden pesar, contar o medir.

Dicho esto, y teniendo en cuenta que, en la actualidad, las películas snuff (repito: asesinatos auténticos grabados con fines comerciales) se consideran una leyenda urbana, invito al lector de estómago duro a que lea la siguiente noticia de ayer, que he extraído del Diario Oficial de Avisos de Madrid, con fecha del 13 de noviembre de 1901.

Tra la nota, que reproduzco tal cual, he añadido un par de aclaraciones y comentarios, que ayudarán a contextualizar el texto.

***

 


***

El presidente interino que menciona la nota no es otro que Theodore Roosevelt (1858-1919), quien llegó al cargo tras el asesinato del presidente William McKinley, abatido a tiros el 14 de septiembre de 1901. Lo de matar presidentes en los Estados Unidos de América no es una moda que inaugurase JFK, ni mucho menos.

Teddy Roosevelt, aventurero y presidente.

Roosevelt es un personaje que parece salido de la ficción, pues es la figura de un aventurero a la vieja usanza, cazador, explorador, tipo duro que resuelve problemas a puñetazo limpio como si fuera un personaje de Robert E. Howard, Jefe de la Policía de New York, que acaba convertido en el líder supremo de su país gracias a la intervención de un revólver Iver Johnson automático del .32, remoto antecesor del revólver con que asesinaron a Robert Kennedy.

Hay pastiches de Sherlock Holmes donde el Gran Detective conoce a Roosevelt (como el entretenido The Adventure of the Stalwart Companions, de 1978, obra de H. Paul Jeffers) y es uno de los personajes principales de esa magnífica novela de asesinos en serie e investigación que lleva por título El alienista (The Alienist, 1994), de Caleb Carr, en donde aparece por primera vez el médico detective Laszlo Kreizler.

Un pastiche holmesiano con Theodore Roosevelt.
 

El alienista, de Caleb Carr.
 

En territorios cercanos a nuestros negociados, a Roosevelt se le recuerda sobre todo por su relato corto "El Wendigo", que en realidad está extraído del libro The Wilderness Hunter (1893). Se trata de un cuento criptozoológico de terror que, según Roosevelt, contó una cazador llamado Bauman, acerca de un encuentro con una criatura simiesca, bestial, diabólica, que podemos emparentar sin dificultad con el bigfoot, el yeti, y demás abominables hombres de la naturaleza.

Los hechos que recoge nuestra nota del Diario de Avisos se remontan a la cena celebrada en la Casa Blanca el 16 de octubre de 1901, cuando Roosevel invitó a Booker T. Washington, orador y prohombre negro, líder y representante de su comunidad.

Booker T. Washington, orador y líder negro.

Y ya hemos visto cuál fue la reacción de los "negrófobos", como recoge el artículo.

No tengo ni idea de quién sería el empresario que paseó la grabación fonográfica "de ciudad en ciudad", imagino que vendiendo copias del disco de pizarra en cuestión a los buenos americanos blancos temerosos de la ley; pero no me sorprendería que se hubiese convertido, como dice el artículo, en "uno de tantos millonarios". Y que sus descendientes se hayan dedicado también, con gran éxito, a la industria de la comunicación. A fin de cuentas, el asesinato, la tortura y la crueldad siguen siendo buenos negocios, siempre y cuando uno sepa ofrecerlos en sonido de alta fidelidad y con imágenes ilustrativas, explícitas, de calidad, para la pantalla grande o la pequeña.

Y otro día hablaremos de las grabaciones en vinilo que, tradicionalmente, han utilizado ejércitos y servicios de inteligencia para la tortura de prisioneros. Qué admirable capacidad inventiva, la del ser humano. Y qué pena que el meteorito cayera hace 65 millones de años, y no hoy o mañana.

domingo, 22 de octubre de 2023

Hacha (87th Precinct nº18), de Ed McBain


12 de octubre de 2023

Otra excelente novela de la Demarcación 87 (en concreto, la número 18 de la serie), con protagonismo de los detectives Steve Carella y el hombretón Cotton Hawes. El título, Hacha, lo dice todo: un hachazo, un crimen.


Se trata de una historia procedimental ejemplar, más que de uno esos retratos sociales de la época que tanto gustaban a McBain. Y al mismo tiempo, también es un whodunnit.

El caso es el del asesinato de un portero en el sótano de su edificio, y la investigación consiste en el trasiego de interrogatorios y entrevistas a personajes pintorescos, algunos de ellos bastante inquietantes, como la demente esposa del muerto, o el viejo presidente de una empresa de contabilidad que amenaza a sus empleados descarriados con terminar en el fondo del río, pescando hacia arriba.

 

No deja de ser un relato bastante convencional, aunque McBain se las arregla para decirnos que la supuesta banalidad de la muerte, la estupidez del crimen, la aleatoriedad de las motivaciones para cometer un asesinato, terminen siendo trascendentes precisamente por eso: por banales, por estúpidas y por aleatorias. Como si quisiera decirnos: "La moraleja es que no hay moraleja. La vida y la muerte no tienen moraleja. Un día estás vivo y al siguiente te han abierto el cráneo con un hacha".

Y creo que, en eso, Ed McBain está en lo cierto. El resto son espectros, espejismos y wishful thinking, que dicen los anglosajones.

Ax (también Axe, en algunas ediciones) se publicó en 1964; Carlos Barrera la vertió a un castellano mexicano bastante neutro y legible en 1965 para la Editorial Diana, que publicó el texto en el número 366 de la colección Caimán (yo tengo la tercera edición, de junio de 1967). No hay otra versión en español, que yo conozca ni de la que haya oído hablar. Pero la novela merece la pena, sin duda.

 



sábado, 14 de octubre de 2023

lunes, 9 de octubre de 2023

La chica del columpio, de Eloy M. Cebrián

 


8 de octubre de 2023

Eloy M. Cebrián (Albacete, 1963; en adelante: Eloy) demuestra una vez más que, en el año de su jubilación laboral como docente, sigue siendo una joven promesa. Y eso es bueno.

Me explico. El escritor (no Eloy, sino "el escritor", en general, como especie que se ha convertido en plaga planetaria) es una criatura vil, envidiosa y vanidosa; un chiquillo malcriado y respondón. Cuando pierde esos defectos porque ha comprendido de una vez por todas las verdades de la vida, el significado profundo del Bien y del Mal, y siente el memento mori del dolor de espalda diario, deja de ser escritor para convertirse en yo qué sé qué... ¿Alguna especie de quimera monstruosa, pero tranquila, paciente, de vida rutinaria y placentera? ¿Una estatua en cuyo pecho late un corazón débil que, o lo ha perdido todo, o lo ha ganado todo? ¿Un adorno en su propio salón? ¿Una persona que ha alcanzado el nirvana y ya no necesita compartir sus importantísimos, más íntimos pensamientos con el resto del universo y más allá? Quién sabe.

Así, la vida útil del escritor de narrativa (mientras sigue siendo escritor) se divide en dos fases, cuyas demarcaciones son tan difusas como un espejismo chino en el cielo o la foto de un OVNI de 1968: joven promesa y vieja gloria. No hay término medio.

Ambas fases son indistinguibles para el propio escritor, que pasa de la una a la otra sin percibir el más mínimo cambio en su realidad: sigue peleando, sigue maldiciendo, sigue buscando que lo lean y, sobre todo, sigue escribiendo como si aquello fuera lo más importante del mundo. Porque esas fases (que existen, si lo sabré yo) se encuentran en la mirada del observador, es decir, en el lector. Y es que los lectores tienen su lenguaje en clave, sus códigos, sus saludos secretos francmasónicos, carbonarios y rosacrucianos que no comparten con los autores. "He leído XXX de Fulato de Tal", dice un lector a otro. "¿Y qué tal?" "Tira que te va. Promete, habrá que ver cómo evoluciona..." "Ah, vale". Y también: "Uf, me he terminado YYY de Zutano de Cual". "¿Y qué, mantiene el nivel o ya está acabado?" "Uf. Uf. Uf. La verdad, tira que te va, porque se le ve el oficio hasta en la encuadernación. Pero no se puede comparar con lo que escribía hace 5X8IZ años. Se nota que se le han acabado las ideas y se ha acomodado". "Ah, vale".

Y así todo el rato.

Bueno, pues según este rollo mariano que acabo de soltar, Eloy es joven promesa, a pesar de que lleva ya, no sé, ¿veinticinco años? escribiendo y publicando y ganando premios y etc. Y sus lectores, me parece, siguen observando "a ver cómo evoluciona". O sea: "a ver qué se inventa ahora".

 

Lo que nuestro autor se ha sacado de la manga es una novela corta americana que casi cuadraría con la etiqueta de "gótico sureño" si no fuera porque está escrita por un tío de Albacete. Admito que La chica del columpio no llega a ser tan americana como las obras que publican los amigos y colegas de Dirty Works, porque eso ya sería pasarse de rosca y tendríamos que buscar a Eloy para eutanasiarlo, pero sí que suena tan americana como, pongamos, Stephen King o una hamburguesa del McDonald's o el Air Force One.

La chica del columpio es una historia de terror que, en la contraportada del libro, el mismo Eloy relaciona con Cormac McCarthy, con Donald Ray Pollock... y con James M. Cain. Servidor ve en esta novelita sobre todo al último, pues al igual que Eloy, Cain sabía puntuar los diálogos y utilizaba y reutilizaba un argumento archiconocido: el tipo que cae al abismo por culpa de una mujer fatal. (Cain escribió esta historia tres o cuatro veces, por lo menos). De este modo, que me disculpe Eloy, pero La chica del columpio es un clarísimo pastiche de Cain, ejecutado con la soltura, fiabilidad y legibilidad que caracterizan al autor, y con una enorme dosis de mala baba y semen desparramado o proyectado con potencia adolescente.

 

La "América profunda" de Eloy es genérica (el Medio Oeste) y no se moja con localizaciones reales, ni falta que le hace. La historia es intensa, un pasapáginas y, por extensión (e incluso por la estructura), es algo así como un bolsilibro moderno, con toda la incorrección política que era de esperar y de desear en Eloy. (También diré que, en realidad, la historia es políticamente incorrecta para los cánones actuales, pero hace diez años no habría tenido nada de particular en ese terreno, ni habría resultado provocadora, ni leches en vinagre. Es una historia negra, y punto).

¿Por qué el relato sobre un chaval que se tuerce y al que mandan a la granja de sus tíos (a ver si lo enderezan) resulta que es una narración terrorífica? Porque da mucho miedo. Porque suena a auténtica. Porque es prima hermana de los infames hechos reales sobre los que Jack Ketchum construyó su más famosa novela. Porque cosas así suceden con mucha frecuencia, y no obstante nos preguntamos, con Ambrose Bierce: Can Such Things Be? Es decir, ¿esto puede ser? (Nota: debería resultar obvio, pero lo voy a subrayar: "Bitter" Bierce es el abuelo incontestable de esta clase de crónicas oscuras americanas. Sin Bierce no tendríamos a Cain, ni a McCarthy, ni a Ketchum. Ni a Eloy M. Cebrián, me temo).


Puaf, vaya si no. Esto, amigos, es todo lo contrario del realismo mágico, en que los hechos anormales, fantásticos, improbables, se presentan y aprecian en un contexto más o menos real como habituales y perfectamente aceptables en el orden de las cosas. La chica del columpio de Eloy M. Cebrián, como las obras de la rama realista del terror, ofrece una serie de hechos factibles, que no son tan extraordinarios; de hecho, se diría que son hasta comunes, dentro su aparente extrañeza. Pero no nos parecen aceptables y cada vez que nos los cuentan, nos echamos las manos a la cabeza en plan grito de Munch y decimos lo de Bierce: "Joder, ¿cómo pueden pasar estas cosas?"

***

Más información: Ayer, 7 de octubre, Eloy me dio un ejemplar firmado de la edición no venal de treinta ejemplares  (se equivocó en la fecha de la firma y puso el 6; necesita un corrector, este muchacho), y lo he terminado de leer esta tarde, después de la siesta. Vamos, que ha caído en dos sentadas. O tumbadas

Por mi parte, Eloy puede seguir siendo una joven promesa hasta el día en que cumpla 100 años o más, siempre y cuando me dé más guarradas y cabronadas de éstas. Me importa un carajo cómo evolucione. Y a ver si escribe un weird western de una puta vez; seguro que lo borda.

 

domingo, 17 de septiembre de 2023

Noticias de ayer. 24 de noviembre de 1928 (El Heraldo de Madrid)

El Heraldo de Madrid, del día 24 de noviembre de 1928, venía cargado de noticias curiosas, horribles o extraordinarias. Aquí van unas cuantas, pero había, al menos, dos muertos por ataques de lobos o de perros (en dos países distintos), el misterioso hundimiento del vapor "Numidia", la desaparición del vapor griego "Virginia", un largo reportaje sobre el "Dr. Thebussem" (que los lectores peruchianos recordarán), la búsqueda de los brazos de la "Venus" de Milo, y otras muchas extravagancias.
Todo en un mismo día.
Hemos seleccionado:
 
El animal extraño de Écija (misterio cuya solución ofreceremos mañana)

 
Descubrimiento de cinco lagos. Denuncia de plagio contra H. G. Wells

 
El cadáver del niño en un artesonado
 
El Ku-Klux-Klan deja de ser misterioso
 
Libro quemado en Inglaterra

 
Tres condenadas a muerte en Francia