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jueves, 26 de octubre de 2023

Las horas vacías (87th Precinct nº15), de Ed McBain

 


24 de octubre de 2023

¿Cómo se mueve Ed McBain en distancias más o menos cortas? Respuesta: como pez en el agua.

The Empty Hours (1962) es el volumen número 15 de las aventuras, desventuras, hazañas, dramas y comedias de los Muchachos de la Comisaría 87. Y tiene la particularidad de ser el primero que contiene varias historias, tres novelas cortas que van de las 60 a las 70 páginas cada una, aproximadamente.

La primera novelita, que da título a la compilación, se publicó en 1960, en el nº1 del efímero Ed Mcbain's Mystery Book, una publicación que sólo llegó al tercer número, a pesar de que iba cargada de grandes firmas y personajes, con relatos del Lew Archer de Ross MacDonald, Shell Scott de Richard S. Prather, Chester Drum de Stephen Marlowe, e historias independientes de Fredric Brown, Donald Westlake, Lawrence Block, Richard Matheson, Anthony Boucher, Robert Bloch y Stuart Palmer, entre otros. Casi nada...

Las horas vacías recoge un fascinante caso de asesinato, repleto de confusiones: desde el color de piel de la víctima, pasando por su verdadera identidad, el móvil del criminal, y todo lo que pueda entorpecer una investigación procedimental de esta categoría se presenta ante los detectives Carella, Cotton Hawes y Meyer Meyer. La víctima es un caso en sí misma, una de esas "madejas embrolladas" que desconciertan al más pintado. Y la solución a un problema que, llegado al punto muerto, debe pasar al archivo de "no resueltos", no aparecerá más que, como ya saben los lectores, gracias al "procedimiento" de los agentes de Isola... pero desde una perspectiva que jamás habrían esperado en este asunto.

La segunda historia, que lleva el sencillo título de J, se publicó originalmente en 1960 o 1961, pero no hemos logrado averiguar dónde. Cuando se alza el telón, el escenario es idéntico al de las novelita anterior: un asesinato, ahora en un callejón, a la espalda de una sinagoga. Pero el problema es que, en esta ocasión, el muerto es un rabino en uno de los barrios más conflictivos de Isola, donde el mestizaje es la norma, la convivencia incómoda es obligatoria, y el odio entre etnias, razas y religiones -que allí las hay como para aburrir- es la ley.

Se trata de otra buena historia criminal, con su planteamiento, nudo y desenlace, protagonizada por el bueno del detective Meyer Meyer, quien ni siquiera estaba de servicio cuando apareció el cadáver: son sus compañeros que están de guardia los que sacan a Meyer de la cena familiar de la Pascua judía porque, a fin de cuentas, la víctima es "uno de los suyos". Y esos "suyos" no son personas abiertas con las que sea fácil tratar.

A través de los interrogatorios de Meyer conoceremos el entorno del rabino y de la comunidad judía de Isola (y también, de la comunidad antisemita), en una impecable narración que, estoy seguro, no superaría el tamiz de la actual corriente de corrección política -y más aún estos días, en que se ha reavivado de forma brutal la carnicería entre Israel y Palestina-. Y esto es porque McBain, a través de Meyer Meyer, no deja títere con cabeza cuando va de fanatismo en fanatismo, y tiro porque me toca, hasta el fanatismo final y definitivo.

J es una de las historias de la Demarcación 87 que no voy a olvidar fácilmente y que recomiendo a todo el mundo con fervor. Sobre todo, a cualquiera que sepa que los espectros políticos, religiosos y sociales van del blanco al negro pasando por un infinito degradado de tonalidades grises, pero la sangre fruto del asesinato siempre es roja. Igual que la que corre por las venas del asesino.


Storm (Tormenta) se publicó por primera vez, creo, en este volumen de 1962, y al parecer es la única historia de la saga donde se da la espalda a ese personaje coral que es la omnipresente Ciudad. De hecho, parece que estemos ante el episodio de alguna serie de televisión "de personaje" (Colombo, Se ha escrito un crimen, Kojack, etc.), pues el protagonista absoluto es el gigantesco detective Cotton Hawes, el tipo del mechón blanco en la cabellera roja, que se marcha de vacaciones a una estación de esquí, en algún lugar al sur de Vermont y a varias horas de Isola, en compañía de una bella y simpática bailarina. Todo es perfecto en la nieve y en la cama, salvo el crimen: una joven instructora de la estación aparece muerta, empalada con un bastón de esquí, en el telesilla que acaba de tomar Hawes. Y aquí veremos cómo la policía local es una pesadilla procedimental e inepta que pasa por encima de los consejos de Hawes y no se lo piensa dos veces a la hora de ponerle unas esposas al único tipo que parece tener puñetera idea de lo que hacer en un caso de asesinato. Pero, claro está, alguien tendrá que resolver el asunto, aunque las pruebas se hayan adulterado o se haya permitido que la nieve las cubra. Para eso se encuentra allí el detective Hawes, con o sin esposas, en la cama con su bailarina o recibiendo martillazos en mitad del monte nevado: para anhelar el regreso a su querida ciudad, su querido distrito, su querida Comisaría 87. Y es que en casa se está como en ningún sitio, aunque tu casa sea una apestosa oficina repleta de polizontes y criminales.

En cuanto a la edición, he leído la de Editorial Diana, en la colección Caimán nº247 (noviembre de 1962), pues el libro no se volvió a publicar nunca en castellano. La traducción es obra de José C. Mireya que, como sucede con estas versiones de Caimán, está redactada en un mexicano bastante profundo. Y no obstante, se deja leer con más soltura de la que aportan algunos traductores netamente españoles.

 

Como curiosidad complementaria, quiero apuntar que hay otra traducción (anónima) de la novelita The Empty Hours en el número de agosto de 1967 de la edición en castellano de Ellery Queen's Mytery Magazine; y J también tuvo nueva vida en nuestro idioma, de la mano de Jordi Fibla Feito, en el volumen Los mejores relatos policíacos 2 (1987) de Martínez Roca, en la colección CRIM Novela negra.


 


domingo, 22 de octubre de 2023

Hacha (87th Precinct nº18), de Ed McBain


12 de octubre de 2023

Otra excelente novela de la Demarcación 87 (en concreto, la número 18 de la serie), con protagonismo de los detectives Steve Carella y el hombretón Cotton Hawes. El título, Hacha, lo dice todo: un hachazo, un crimen.


Se trata de una historia procedimental ejemplar, más que de uno esos retratos sociales de la época que tanto gustaban a McBain. Y al mismo tiempo, también es un whodunnit.

El caso es el del asesinato de un portero en el sótano de su edificio, y la investigación consiste en el trasiego de interrogatorios y entrevistas a personajes pintorescos, algunos de ellos bastante inquietantes, como la demente esposa del muerto, o el viejo presidente de una empresa de contabilidad que amenaza a sus empleados descarriados con terminar en el fondo del río, pescando hacia arriba.

 

No deja de ser un relato bastante convencional, aunque McBain se las arregla para decirnos que la supuesta banalidad de la muerte, la estupidez del crimen, la aleatoriedad de las motivaciones para cometer un asesinato, terminen siendo trascendentes precisamente por eso: por banales, por estúpidas y por aleatorias. Como si quisiera decirnos: "La moraleja es que no hay moraleja. La vida y la muerte no tienen moraleja. Un día estás vivo y al siguiente te han abierto el cráneo con un hacha".

Y creo que, en eso, Ed McBain está en lo cierto. El resto son espectros, espejismos y wishful thinking, que dicen los anglosajones.

Ax (también Axe, en algunas ediciones) se publicó en 1964; Carlos Barrera la vertió a un castellano mexicano bastante neutro y legible en 1965 para la Editorial Diana, que publicó el texto en el número 366 de la colección Caimán (yo tengo la tercera edición, de junio de 1967). No hay otra versión en español, que yo conozca ni de la que haya oído hablar. Pero la novela merece la pena, sin duda.

 



viernes, 20 de octubre de 2023

Diez más uno (87th Precinct nº17), de Ed McBain



Otra entrega, esta de las muy buenas, de los Muchachos de la Comisaría 87 de Isola. En esta ocasión, toda la novela se centra en un único caso, y de los jodidos: el de un francotirador que bien podría actuar de forma arbitraria. Esto último es lo que no quieren ni pensar los detectives Carella y Meyer. Con lo bien que se les da buscar al individuo que tiene motivos y oportunidad para asesinar a alguien en concreto, y lo mal que lo llevan cuando el criminal mata por matar... En fin, un francotirador "deportivo" es la pesadilla de cualquier poli de la 87.

No voy a contar nada más del argumento, pues este es uno de esos libros en los que merece la pena adentrarse sin tener más información que una escueta pista, como la que indico más arriba.

Ten Plus One, publicada en 1963 como la novela nº17 de esta serie, muestra las limitaciones del procedimiento policial (de ahí la angustia de Carella y compañía), y McBain aprovecha para sacar un buen puñado de trapos sucios la nobilísima pasma: desde la importancia medida en porcentajes de las víctimas, en función de quién es la víctima, hasta la indudable existencia de la violencia policial gratuita, que puede pasar desapercibida y arrojar al arrollo (o a la cárcel) a un inocente sin que aquí se entere nadie.

Tenemos un par de capítulos memorables, como el del asesinato del ayudante del fiscal que, con su muerte, contribuye a que los encargados del caso del francotirador obtengan recursos para conducir su investigación; o el de la exhuberante y sensual actriz que visita la comisaría para goce y disfrute de patrulleros y detectives... escena que me ha recordado enormemente a los capítulos de Hill Street Blues en que apareció Jennifer Tilly como estrella invitada. Además, McBain describe a un personaje inusitado, ¡un guionista de humor gráfico!, de viñetas sueltas, y nos cuenta el modo de trabajo e incluso da algunos ejemplos (sin los dibujos, eso sí). Y también llama mi atención las menciones al presidente JFK y sus diversas políticas, justo en el año en que lo asesinarían. Qué pena que ese caso no cayera en manos de Carella...

Jennifer Tilly, estrella invitada en Hill Street Blues.

En el apartado puramente editorial, voy a subrayar que la traducción de Antonio Bonanno para la Biblioteca Ed McBain de Ediciones B es buena, que la tipografía tiene el tamaño correcto, que la portada es la misma en toda la colección (los disparos pintados por Chichoni), y que el prólogo de David C. Hall me lo he saltado, preventivamente, no fuera a destriparme la novela. Hubo edición de la mexicana Ed. Diana, en la colección Caimán, que curiosamente no es difícil de encontrar en España (este título, digo; la mayoría de los Ed McBain de Caimán son Arcas de la Alianza), y Círculo de Lectores también publicó la traducción de Bonanno. Todo en orden, todo bien. Pasamos a la siguiente.



miércoles, 18 de octubre de 2023

Con el verano llegó la muerte (87th Precinct nº13), de Ed McBain


7 de octubre de 2023

Vamos a conocer un poco mejor a los detectives Andy Parker y Frankie Hernández, dos de los Muchachos de la 87 a los que ya habíamos entrevisto, en tal o cual caso, durante las 12 entregas anteriores de esta serie.

Parker es el detective sucio, con aspecto de vagabundo o de maleante, y su carácter no difiere demasiado de su higiene personal. Parker tiene el gatillo fácil y los puños muy sueltos, y también serios problemas con las personas de otras razas. Especialmente, le tocan las pelotas los puertorriqueños como su compañero Frankie Hernández. Cuando era patrullero, Andy recibió una monumental paliza, lo cual que no se parece en nada a las palizas que recibe la gente en las películas. Aquello, de acuerdo con Andy, fue fruto de una "buena acción" que había realizado aquel mismo día. Así, Parker decidió que "nunca jamás volvería a recibir una paliza. Nunca".

Frankie, posiblemente nativo de los Estados Unidos e hijo de inmigrantes de Puerto Rico, es el detective estoico, pacífico, considerado, amable, y procede con manga ancha ante los pequeños delitos (como hacía Andy Parker antes de que le dieran su famosa paliza). También sabe lo que es recibir un martillazo en el hombro, y golpes, y la discriminación racial imperante en Isola en los años 50. Su compañero Parker le recuerda constantemente lo que él cree que significa ser puertorriqueño, y Parker lo hace con comentarios nada inofensivos. En una ocasión, Andy Parker se pasó tanto de rosca con Hernández que el detective Steve Carella, presente en la oficina, se enzarzó a puñetazos con Parker, y sólo cuando Frankie les recordó que la puerta del teniente detective Byrnes estaba abierta, dejaron de pelear. Ahí quedó una cuenta pendiente.


Con el verano llegó la muerte es el título de la traducción al castellano realizada por Ramón Margalef Llambrich en marzo de 1976 de See Them Die (1960), número 13 de la Comisaría 87; la editó Luis Caralt en la colección Bestsellers de Violencia, un nombre rimbonbante y prometedor, que acogería obras como el western La ira de Dios de James Graham (Jack Higgins) o Muerte en la isla de los hippies, de James Jones (que merece investigación posterior, aunque no sea más que por el título). Ya había aparecido en nuestro idioma, en 1962, como número 249 de la mexicana colección Caimán, de Editorial Diana, bajo el título Mírenlos, ¡muertos! y una magnífica ilustración de portada que se come con patatas la fotografía de época de la edición de Caralt.

Nuestra novela debió parecer muy moderna y rompedora en el momento de su publicación en USA, pero hoy ha quedado un tanto desfasada. Al parecer (pero carezco de información al respecto), las bandas juveniles puertorriqueñas no eran tan violentas como las que se formarían posteriormente, pero claro: esto es una cuestión de grados y de números, ¿verdad?

A mí me ha resultado interesante y medianamente entretenida, pero poco más. Está estructurada casi como una obra teatral, o un guión cinematográfico sin mucho presupuesto, pues toda la acción transcurre en una esquina del barrio puertorriqueño de Isola, en donde hay un prostíbulo y un bar. De hecho, sólo sabemos de un caso para los Muchachos de la 87: un importante delincuente (por escurridizo), un asesino y ladrón llamado Pepe Miranda, ha logrado desarmar a cuatro o cinco policías y huir para esconderse en algún rincón de Isola. Entre estos agentes se encuentra Andy Parker.

 

Por otra parte, McBain nos muestra las andanzas de un diminuto grupo de chavales puertorriqueños que pretenden conformar una banda propia, y para hacerse un nombre, planean matar a tiros a otro chico cuyo pecado consiste en haber saludado a una guapa muchacha del barrio.

Esto, y la presencia de otro muchacho, una joven marino americano que ha terminado en el barrio para irse de putas, conforman el grueso de la historia, en la que unos y otros personajes se entrecruzan y charlan muchísimo (demasiado), y de vez en cuando se escapa un buen mamporro.

Y todo desembocará en la localización del bandido Pepe Miranda, precisamente en ese lugar, en el edificio donde se encuentra La Gallina (la casa de lenocinio en cuestión), y la acción policial para atraparlo.

 

Mi problema con esta historia es curioso. Me ha dado la sensación de que McBain, que se supone había tenido tratos con chicos del extrarradio con problemas, y que a partir de ahí había escrito su exitosa novela (y luego película) The Blackboard Jungle (1954), en realidad no conocía para nada los entresijos y dinámicas de las bandas juveniles (casi infantiles) de maleantes.

Mi experiencia personal, como humano que ha tenido infancia y juventud, es que la violencia es una de las formas presentes, constante e inalterable, de relación entre los más jóvenes. Si en esta novela, los chavalillos tienen acceso a armas de fuego, en mi realidad, la aparición de una navaja (y ojo: soy de Albacete) ya era algo extraordinario. Y sin embargo, en mi experiencia, los comportamientos y relaciones de carácter violento eran el día a día de los más jóvenes en el barrio: desde el maltrato psicológico al físico. (Esto, junto con los comportamientos de polo opuesto: amistad sincera, lealtad, bondad, generosidad, etc. Los mismos individuos, en las mismas circunstancias, pueden comportarse de formas radicalmente opuestas e igualmente extremas).

Pues eso es lo que he echado en falta en una historia de chicos que quieren cometer un asesinato gratuito: la visceralidad que otorga la inconsciencia, la inexperiencia y la flagrante ignorancia de la juventud.

Que no me he creído una palabra de lo que aquí se cuenta respecto a estas bandas juveniles, en resumen. Y me quedo con la impresión de que si algún Latin King de Madrid tuviera la idea de echar un vistazo a este volumen, se descojonaría vivo.



lunes, 16 de octubre de 2023

Las manos cortadas (87th Precinct nº11), de Ed McBain

 


1 de octubre de 2023

Give the Boys a Great Big Hand (1960) no tiene más versión en español que la realizada por René Cárdenas para la mexicana Editorial Diana. Se tituló Las manos cortadas, y apareció en el número 228 de la colección Caimán (1962), de manera que aquí tenemos un buen puñado de problemillas: el tamaño de la tipografía, los muchos modismos mexicanos (una stripper es una desnudista, lo cual no está tan mal), y la dificultad para encontrar ejemplares en España. Vamos: que se le quitan a uno las ganas de acompañar a los toros (los agentes) de las Demarcación 87, como se llamaba la serie en México.

Ni siquiera he encontrado una versión virtual de la portada de esta novela de bolsillo, así que la foto que utilizo es de mi edición, procedente de un volumen bella y caseramente encuadernado (eso sí), que contiene tres novelas de la serie en edición de Caimán. Menos mal que conservaron las portadas.


 

Las manos cortadas es el relato procedimental de una investigación frustrante como pocas, y que cada vez va adquiriendo tintes más dramáticos hasta desembocar en una tragedia digna del más retorcido y despiadado Ross MacDonald. De hecho, la solución al misterio, al caso policial, tiene tintes góticos, incluso de Grand Guignol.

Pero qué demonios estoy haciendo aquí, hablando del final de la novela. La historia comienza con el inepto policía de a pie Genero sufriendo la lluvia y el frío de un día de marzo, temprano, por la mañana. Y Genero, que le ha sacado con burdas artimañas y lisonjas un buen par de vasos de vino de Pascua a un sastre del barrio, hace lo que siempre hace: ser inepto. Ve a alguien, no sabe si hombre o mujer, aunque va ataviado de negro, con un impermeable del mismo color, el mismo que su paraguas, y ese alguien se sube al autobús de línea, pero bajo la parada se deja olvidado un maletín de las Aerolíneas Circular. Y Genero, que es inepto pero policía y, por tanto, buen samaritano, coge el maletín y grita al autobús, pero nadie lo escucha, nadie lo oye. Y cuando abre el maletín, sufre un susto y ganas de vomitar el vino de Pascua, y corre a la central para dejar el maletín en manos de los detectives de la 87.

Y a lo largo de estas doscientas páginas, o poco menos, vamos a ver cuán difícil es identificar un cadáver del que sólo tenemos una parte pequeña pero significativa. El detective Steve Carella le gritará a Teddy, su esposa sorda y muda, que qué diablos harían los polis de las series de televisión con una mano seccionada limpiamente, a la que se le han cortado las huellas dactilares. Y veremos a los viejos, veteranos agentes que se encargan del poco agradecido Departamento de Personas Desaparecidas. Y veremos al detective Bert Kling pasar un fin de semana escandalosamente placentero (o más bien, lo intuiremos, porque hay que respetar la intimidad de los agentes). Y un marinero desaparecido. Y una gloriosa desnudista desaparecida. Y un joven delincuente desaparecido. Y la frustración de ver cómo las reglas, los informes forenses, las pistas, las entrevistas, las visitas, los interrogatorios, el procedimiento, no llevan a ninguna parte. Y sólo un milagro podría hacer que un caso que lleva camino de estar muerto y enterrado antes de empezar la investigación, llegue a una solución.

Otra cosa es que esa solución sea satisfactoria para alguien. Ni para culpables, ni para los agentes de la ley.

Un poco, repito, como en una novela de Ross MacDonald.

viernes, 13 de octubre de 2023

El rescate (87th Precinct nº10), de Ed McBain


30 de septiembre de 2023
 
Vivir (y leer) para ver. Resulta que el argumento de King's Ransom (1959) de Ed McBain, la décima novela de la Comisaría, Distrito, Precinto, Demarcación 87, ya lo conocía. De modo que en esta nueva historia de los Muchachos de la 87 hay bien poco que me haya resultado sorprendente. Y eso se debe a que, no hace tanto tiempo, leí un tomo recopilatorio de tebeos de Lobezno titulado Enemigo del Estado (Enemy of the State, 2004-2005), escrito por Mark Millar con su habitual soltura, descaro y desparpajo, y con los magníficos dibujos de John Romita Jr., dignísimo heredero de su señor padre.

 

Pero al parecer, Millar no leyó nunca esta novela de McBain, y si la leyó, la olvidó de inmediato. Lo que sí hizo Millar fue fusilar el argumento de El infierno del odio (Tengoku to jigoku, 1963), un filme policíaco dirigido por Akira Kurosawa, nada menos. Y es que la peli de Kurosawa, que confieso no conocía y no he visto, es una adaptación más o menos libre de King's Ransom, con la acción original de Isola trasladada a Japón, posiblemente a Tokyo.


La idea de esta historia es muy sencilla: un secuestro. Peor aún: un secuestro en que los raptores se llevan a la víctima equivocada.

En el tebeo de Lobezno, esta es la anécdota que desencadena una larguísima trama de acción y aventuras y venganza y tragedia y... un buen tebeo, la verdad. En la novela de McBain, en contra de lo que yo pudiera esperar, no es un caso más por medio del cual conoceríamos los procedimientos de la 87 en este tipo de delitos y las cuitas de los detectives Carella, Meyer Meyer, Parker y demás familia, sino que todo el aparato policial queda en segundo plano -o es tan sólo un elemento más, uno relativamente pequeño- frente al relato extenso de un par de historias, a saber: los problemas de un magnate de medio pelo (un magnate de la industria del calzado femenino) que se considera a sí mismo (y lo es) un tiburón, o un lobo; y la inestable relación del grupo de secuestradores, conformado por el matrimonio de un ladronzuelo de bancos y una dama con demasiada experiencia, junto a un peligroso criminal profesional y desesperado, Sy Barnard, quien quizá sea el personaje más complejo de nuestra novela junto con Douglas King, el magnate en cuestión. La víctima, por cierto, es un niño de ocho años.


Me ha parecido la "menos buena" de las novelas de McBain que he leído hasta ahora, quizá por dos motivos: primero, mis expectativas (que ya he explicado); y segundo, por la traducción de J. A. Palenzuela.

La traducción no es que sea mala en absoluto; es que corresponde a la única edición de King's Ransom en castellano: la de Editorial Diana en el número 227 de la colección Caimán. Y es castellano mexicano del año 1962. Cosa que incluye el uso de giros desconocidos en España, expresiones hechas que en la Península no se escuchan desde el siglo XVI, y palabras con acepciones distintas a las que tenemos por aquí. Ejemplo: "plagio" significa "secuestro" o "rapto" (lo cual no deja de tener cierto sentido, pero es difícil de asimilar). O "rorra", referido a una mujer, que significaría algo así como "tía buena" o "jaquetona" o..., pero quizá sin el componente grosero de esas expresiones. ¿"Bombón", acaso? Habría que echar un vistazo al original en inglés...

De todos modos, aunque las primeras cincuenta o sesenta páginas me han descolocado por la ausencia de los agentes de la ley, pues conformaban un retablo en torno a la vida y empresa del señor King, el final es puro Distrito 87: muy humano.




miércoles, 11 de octubre de 2023

Ritual de la sangre (87th Precinct nº14), de Ed McBain

 


27 de septiembre de 2023

Sí: sigo leyendo a Ed McBain como si no hubiera un mañana. Y en total y absoluto desorden cronológico, pues recordemos: servidor es el tipo que empezó a leerse Watchmen, allá por el verano de 1987, por el número 6 (sí, el de Rorschach y el perro y el psiquíatra y "yo no estoy encerrado aquí con vosotros; vosotros estáis encerrados aquí conmigo").


Lady, Lady, I Did It es la novela número 14 de la Comisaría 87 de Isola, y se publicó en 1960. Si tenemos en cuenta que la primera de la serie (yo aún no la he leído, ¿ven lo que quería decir más arriba?) apareció en 1956, concluiremos que McBain era un tipo prolífico y que su idea de relatar el día a día de los dieciséis detectives y ciento ochenta y siete patrulleros del distrito no sólo estaba funcionando bien (hablando en términos comerciales), sino que él mismo se sentía cómodo mientras la escribía.

Esto último lo pienso por la indiscutible calidad de las novelas y la cantidad de recursos que utiliza en ellas de forma impecable. No me refiero a las diversas tramas entrecruzadas y a la cercanía (y por tanto, realidad) de sus personajes, sino técnicas literarias más o menos caprichosas con las que McBain nos lleva de la mano adonde le sale de las narices, sin que le tiemble el pulso. Sí, hay informes policiales, periciales, fichas de delincuentes, notas de periódicos... pero la canónica narración en tercera persona y pasado se va a paseo de vez en cuando, y el autor le habla en segunda persona a USTED, el lector que, por ejemplo, de repente es un cadáver y, por tanto, NO TIENE DERECHOS. O cuando narra en presente los días o las horas o la estación del año en La Ciudad. O ese momento en que un personaje rememora mejores tiempos, y McBain se marca un corta y pega de alguna novela anterior, y nosotros lo leemos con total naturalidad y pensamos: "Es verdad, esto le sucedió así a Bert Kling, sin duda... ¿Es que lo habré leído en alguna parte?"


El título original de esta novela hace referencia a una especie de broma infantil que aparece en la novela, y que quizá aún sea popular en los Estados Unidos; por lo demás, el título en castellano de la edición que he leído, Ritual de la sangre, en traducción de 1989  del escritor argentino Elvio Gandolfo, también viene al caso y es uno de los temas o ideas o imágenes recurrentes de esta emocionante, trágica, tristísima obra, en la que tenemos pocas posibilidades de echarnos unas risas.

¿De qué va la novela? De un único caso: el de un asesinato en masa cometido en una librería. Cuatro cadáveres y un único criminal. Y por desgracia, una de las víctimas es la prometida de un detective de la 87. Lo cual significa, como bien explica McBain, que desde ese momento todos los agentes, hasta el último patrullero, siguen haciendo su trabajo con la efectividad de siempre, como en cualquier otro momento... pero en realidad, todos ellos lo hacen de forma automática, sin demasiado interés, porque en realidad están centrados en escuchar, olizquear, registrar, remover, y sacudir lo que haga falta para encontrar al culpable.

Todos.

Y los principales detectives encargados del caso tendrán que abrir muchos "armarios", como siempre hacen durante los casos de homicidio, y en esos "armarios" siempre hay esqueletos. Incluso en el "armario" de la joven e intachable novia de un poli, a la que conocemos desde hace ¿doce, trece novelas? Uf...


El escritor Miguel Agustí, el hombre que inventó la palabra "pitufos" para referirse a los "schtroumpfs" de Peyo, escribe un prólogo que, lo confieso, me he saltado para evitar que me destripe la historia. Hice lo mismo con los prólogos de Andreu Martín, y no iba a hacer menos con esta (más o menos) cuidada edición de B, en la colección Biblioteca Ed McBain, con cubierta de Chichoni. Agustí empieza el prólogo dándole una buena paliza a Hill Street Blues y a la televisión en general. Y por mi parte, a la tele le pueden prender fuego, pero por favor, no me toquen Hill Street, que me cabreo. Con todo mi cariño hacia Agustí, que me parece un profesional como la copa de un pino, y que merecería mayor reconocimiento del que tiene.

Qué tipografía enorme, maravillosa, se utilizó para esta edición, y qué birria minúscula que era, es y será siempre la tipografía utilizada por los responsables de la mexicana Editorial Diana, que publicó a McBain en castellano antes que nadie. Hoy, precisamente, me ha llegado por correo un ejemplar del nº232 de la colección Caimán de Diana, titulado Yo soy el culpable, y que es la primera traducción de Lady, Lady, I Did It, realizada en 1962 por René Cárdenas B.


Con todo y con eso, las portadas de Caimán le dan cien vueltas a las de las ediciones españolas, posiblemente por su proximidad en el tiempo con las ediciones originales: ilustraciones de cubierta pintadas a mano y con el aire de las célebres Gold Medal y otras colecciones de paperbacks (libros de bolsillo), herederas de los primitivos pulp magazines. Las prefiero un millón de veces a las cubiertas con una fotografía de agencia, o a ciertos disparates artificiales (y poco inteligentes) que se están perpetrando hoy.

Pero ese es otro jardín bien distinto, y lo dejaremos para otra ocasión. O para nunca. Es mejor no perder el tiempo.

martes, 3 de octubre de 2023

Pasma (87th Precinct nº22), de Ed McBain

 

22 de septiembre de 2023


Fuzz, la novela nº22 de la Comisaría, Demarcación, Distrito o Precinto 87 de la ciudad de Isola, se publicó orginalmente en inglés en 1968, y en castellano, en 1969, con el título de Polizontes en el número 450 de la colección Caimán de Diana Editorial (México).

 

A España tardaría un poco más en llegar, y eso por obra y gracia del escritor Andreu Martín, que o bien estuvo al cargo, o muy relacionado, con la Serie Policíaca de la colección Libro Amigo de Ediciones B (la sucesora-heredera de Editorial Bruguera). La traducción de 1987, titulada Pasma, se debe nada menos que a Carlos Pujol, escritor catalán de aires peruchianos y al que debemos unos cuantos pastiches de Sherlock Holmes, bastante valiosos.


 

La lectura de Pasma es una gozada, que arranca con la comisaría invadida por dos pintores que están dejando todo, todo, todo de color verde manzana. Creo que en la serie de televisión Hill Street Blues imitaron este asunto en alguno o algunos episodios, con la presencia de operarios de diversos tipos, desde los que tienen que arreglar la avería de los baños hasta, me parece recordar, varios albañiles, y también unos pintores. Dicho así, la cosa no tiene ni puñetera gracia, pero la omnipresencia de estos dos cabrones irrespetuosos, gruñones, marimandones y simpáticos, es una de las varias líneas argumentales de la obra, y tiene momentos brillantísimos, dignos de la mejor comedia realista... por absurda. Como la vida  misma, vamos.

Es grato el brevísimo prólogo de Martín, donde habla de su primer contacto con McBain, y de la abierta decepción que le supuso leer a Evan Hunter, y sus reflexiones al respecto de estos nombres y pseudónimos son para tener en cuenta.


 

En la contraportada de nuestra edición, la frase promocional afirma: "La primera novela en que los miembros de la Comisaría 87 se enfrentan al Sordo".

Error. Y no pequeño.

Las historias protagonizadas por Carella, Kling, Meyer Meyer, Brown, Parker, Willis y el resto de la plantilla de la Comisaría 87 suelen girar en torno a criminales comunes, vulgares y estúpidos, es decir: realistas. Eso sucedía también sucedía en Hill Street. Lo que no sucedía en el distrito de Furillo, Renko y familia, era que tuvieran que enfrentarse con frecuencia a algún "genio del crimen", cuya presencia fuera un engorro dramático. El Sordo es el Moriarty, o más bien el Fantomas, de la Comisaría 87. Para los que hayan leído alguna obra de McBain, esto sonará a coña marinera. Pero no lo es. Y eso, a pesar de que los mismos agentes de la 87 se lo tomen un poco a broma.

La dinámica que se plantea es la siguiente: los policías son tipos más o menos competentes que hace un trabajo que en unas ocasiones sale bien, y en otras sale regular, y en otras sale fatal. Los criminales son cretinos andantes, débiles mentales, pobres despojos sociales dignos de lástima, adictos, tontarras, y algún psicópata que tampoco se caracteriza por su inteligencia superior, sino todo lo contrario. Vamos: como en la vida real. El problema llega cuando aparece un tipo anónimo que, en efecto, es un puto genio del crimen, muy superior en todo a la pasma: siempre va un paso por delante de la ley, y sus planes son intrincados, exagerados, aparentemente inútiles y, finalmente, brillantes.


 

La primera aparición del Sordo se remonta a The Heckler (novela nº12 de la serie, 1960), que en España nunca ha visto la luz, aunque sí se vertió al castellano en la citada colección Caimán de México, en el número 231 (1962), bajo el título de El torturador. De esta edición sólo hemos podido ver la portada. Así de difíciles de conseguir son estas ediciones en letra diminuta y un papel que el correr de los años ha chamuscado... pero las cubiertas son cautivadoras. En Pasma, no enteramos de que "hace unos años" el Sordo la lió muy gorda en Isola, puso bombas aquí y allá, tan sólo para atracar un banco. Pero la jugada le salió mal al genio por culpa de los muchachos de la 87.


 

Ahora, el Sordo ha vuelto con un nuevo plan magistral e incomprensible: pide 5.000 dólares a cambio de no asesinar a un concejal del Ayuntamiento. Aquello, claro, no cuadra, y el conejal muere. A continuación, pie 50.000 dólares o matará al teniente de alcalde de la ciudad. Y... bueno, nos vamos haciendo a la idea de por dónde podrían ir los tiros, ¿verdad? Al mismo tiempo, el detective Meyer Meyer está muy cabreado porque ha aparecido a la venta un libro (una novela) que se titula Meyer Meyer, y quiere poner una demanda contra el autor. También hay unos hijos de puta (en inglés los llaman "punks", en un sentido que no es el mismo que utilizamos hoy día) los cuales están quemando vivos a los vagabundos de la ciudad.

Y además, absolutamente todo lo que puede salir mal, sale mal. A todos. Menos al agente Genero, el incompetente policía de a pie que, por alguna loca razón, está en el lugar correcto en el momento correcto todo el puto rato. (A Genero, me parece, lo vemos convertido en detective en entregas de años posteriores. Y ahora entiendo por qué todos evitan a este inútil).

Me he reído MUCHO con esta novela, y algunas escenas me han puesto los pelos de punta. Y el final es tan osado que no me lo puedo creer. No me lo puedo creer. No me lo puedo creer.

Andreu Martín se saltó unas cuantas novelas de la serie para publicar la secuela, Let's Hear It for the Deaf Man (1973), traducida por Cristina Andreu como Ojo con el Sordo (1987, en Ediciones B). Al parecer, esta es la novela que enamoró al autor de Prótesis en una edición anterior, y con ella estoy ahora. (Con la de Ed. B, claro).

Tampoco me puedo creer que vaya a ser mejor que Pasma. Veremos.


P.D.: Si alguien me quiere vender o regalar o prestar El torturador de Ed McBain, estoy en el correo fabulasext@hotmail.com. Gracias.