Mostrando entradas con la etiqueta edgar rice burroughs. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta edgar rice burroughs. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de noviembre de 2023

SNUFF 1901

Se considera que las películas snuff son filmaciones de asesinatos, torturas y muertes reales, realizadas con un propósito comercial. Al parecer, la idea del "propósito comercial" es un absurdo, puesto que una cinta donde se grabe un asesinato contendría pruebas más que suficientes para permitir que la ley atrapara al criminal o criminales, lo cual no deja de tener su lógica. Sin embargo, existe otro tipo de grabaciones, concretamente las realizadas por pederastas pedófilos, que indudablemente existen (en contra de todo sentido común y de la más mínima decencia), a las que se puede aplicar el mismo razonamiento lógico. Así que, la inexistencia taxativa de dichos filmes me parece, cuando menos, cuestionable. No me parece que sean como el monstruo del Lago Ness, que si no lo atrapamos o fotografiamos y exhibimos, es porque no existe. Si no hay auténticas cintas snuff, si no se ha encontrado nunca una verdadera, no será por falta de psicópatas dispuestos a rodarlas y de monstruos con dinero suficiente para pagarlas.

Mi intención no es redundar aquí en ejemplos de snuff movies salidos de la ficción, ni hacer un ejercicio de investigación, ni me voy a meter en camisa de once varas sobre este asunto que me repugna especialmente, y que hasta me quita el sueño. No obstante, por poner al lector en el contexto histórico adecuado, es interesante señalar que algunos consideran material snuff dos tempranas filmaciones atribuidas (ojo a la cursiva) al inventor y salvajísimo empresario sin escrúpulos llamado Thomas Alva Edison, la Ejecución de un ahorcado y la Electrocución de un elefante (al parecer, el animal había matado a tres personas), que se remontan a 1903. El verbo inglés snuff significa "apagar una vela de un soplido", y de acuerdo con diversas informaciones de Internet, se puede encontrar el uso figurado de snuff, en el sentido de "matar", en tiempos tan tempranos como 1916, año en que se publica Tarzan and the Jewels of Opar, de Edgar Rice Burroughs, que utiliza dicha palabra en su última acepción.

Tarzan and the Jewels of Opar, 1916.

También, parece que el término se empezó a aplicar a esta clase de esquivas películas a raíz de los asesinatos de Cielo Drive en agosto de 1969, perpetrados por la infame Familia Manson: al parecer, Charles Manson no sólo se las arregla para aparecer periódicamente en mis textos desde 1991, y en los de otros muchos autores, sino que hay quien le adjudica el rodaje de algún que otro crimen (aunque probablemente no con intenciones crematísticas... o sí). Pero este es territorio puramente especulativo.

Que existen filmaciones de muertes por asesinato está fuera de toda duda: no hay más que ver las noticias en la televisión (no sé el lector, pero yo he visto caer a personas desde torres muy altas en directo, en la pantalla...), y esto, sin que tengamos que recurrir a grabaciones realizadas por auténticos asesinos en serie, narcos, mafiosos, terroristas, integristas de cualquier religión, etc. Lo que ya es discutible es si dichas grabaciones, que se pueden encontrar fácilmente en la Red de Redes (esa que todo el mundo lleva en el bolsillo, incluidos los menores de edad, algunos tan jóvenes que aún no saben leer ni hablar), se usan con fines económicos por los medios (diré mejor empresas) de "comunicación" e "información".

Las comillas, las pongo con toda mi mala intención; y que esa clase de empresas que menciono no se dedican a la caridad, sino que realizan su trabajo con ánimo de lucro, lo cual incluye la exhibición de asesinatos reales con la excusa de "informar", es un hecho indiscutible, de esos que se pueden pesar, contar o medir.

Dicho esto, y teniendo en cuenta que, en la actualidad, las películas snuff (repito: asesinatos auténticos grabados con fines comerciales) se consideran una leyenda urbana, invito al lector de estómago duro a que lea la siguiente noticia de ayer, que he extraído del Diario Oficial de Avisos de Madrid, con fecha del 13 de noviembre de 1901.

Tra la nota, que reproduzco tal cual, he añadido un par de aclaraciones y comentarios, que ayudarán a contextualizar el texto.

***

 


***

El presidente interino que menciona la nota no es otro que Theodore Roosevelt (1858-1919), quien llegó al cargo tras el asesinato del presidente William McKinley, abatido a tiros el 14 de septiembre de 1901. Lo de matar presidentes en los Estados Unidos de América no es una moda que inaugurase JFK, ni mucho menos.

Teddy Roosevelt, aventurero y presidente.

Roosevelt es un personaje que parece salido de la ficción, pues es la figura de un aventurero a la vieja usanza, cazador, explorador, tipo duro que resuelve problemas a puñetazo limpio como si fuera un personaje de Robert E. Howard, Jefe de la Policía de New York, que acaba convertido en el líder supremo de su país gracias a la intervención de un revólver Iver Johnson automático del .32, remoto antecesor del revólver con que asesinaron a Robert Kennedy.

Hay pastiches de Sherlock Holmes donde el Gran Detective conoce a Roosevelt (como el entretenido The Adventure of the Stalwart Companions, de 1978, obra de H. Paul Jeffers) y es uno de los personajes principales de esa magnífica novela de asesinos en serie e investigación que lleva por título El alienista (The Alienist, 1994), de Caleb Carr, en donde aparece por primera vez el médico detective Laszlo Kreizler.

Un pastiche holmesiano con Theodore Roosevelt.
 

El alienista, de Caleb Carr.
 

En territorios cercanos a nuestros negociados, a Roosevelt se le recuerda sobre todo por su relato corto "El Wendigo", que en realidad está extraído del libro The Wilderness Hunter (1893). Se trata de un cuento criptozoológico de terror que, según Roosevelt, contó una cazador llamado Bauman, acerca de un encuentro con una criatura simiesca, bestial, diabólica, que podemos emparentar sin dificultad con el bigfoot, el yeti, y demás abominables hombres de la naturaleza.

Los hechos que recoge nuestra nota del Diario de Avisos se remontan a la cena celebrada en la Casa Blanca el 16 de octubre de 1901, cuando Roosevel invitó a Booker T. Washington, orador y prohombre negro, líder y representante de su comunidad.

Booker T. Washington, orador y líder negro.

Y ya hemos visto cuál fue la reacción de los "negrófobos", como recoge el artículo.

No tengo ni idea de quién sería el empresario que paseó la grabación fonográfica "de ciudad en ciudad", imagino que vendiendo copias del disco de pizarra en cuestión a los buenos americanos blancos temerosos de la ley; pero no me sorprendería que se hubiese convertido, como dice el artículo, en "uno de tantos millonarios". Y que sus descendientes se hayan dedicado también, con gran éxito, a la industria de la comunicación. A fin de cuentas, el asesinato, la tortura y la crueldad siguen siendo buenos negocios, siempre y cuando uno sepa ofrecerlos en sonido de alta fidelidad y con imágenes ilustrativas, explícitas, de calidad, para la pantalla grande o la pequeña.

Y otro día hablaremos de las grabaciones en vinilo que, tradicionalmente, han utilizado ejércitos y servicios de inteligencia para la tortura de prisioneros. Qué admirable capacidad inventiva, la del ser humano. Y qué pena que el meteorito cayera hace 65 millones de años, y no hoy o mañana.

lunes, 13 de noviembre de 2023

Noticias de ayer. La muerte del hombre gato (1903)

Uno de los lectores de esta bitácora y de nuestras publicaciones, el señor José Luis López, quedó gratamente sorprendido ante la recuperación de la noticia de ayer que llevaba por título "La barbarie del hombre gato", publicada en 1881. En alguna conversación pública de las mal llamadas "redes sociales", mencioné la existencia de esta otra nota, "La muerte del hombre gato", que apareció en la revista bonaerense Caras y Caretas el 29 de agosto de 1903, y José Luis solicitó la recuperación inmediata e incondicional de dicha historia. Y los deseos de nuestros lectores son órdenes, pues siempre tienen razón.

Revisada ahora, me da la impresión de que "La muerte del hombre gato", al contrario que "La barbarie...", no es una noticia real, sino una ficción levemente disfrazada de artículo periodístico. Está firmada por "Xarcas Silenciario", que es dos cosas: el título de una novela, y el nombre del protagonista de la novela. Su autor es el escritor argentino Carlos Octavio Bunge (1875-1918), y la obra se publicó en Barcelona en 1903. De acuerdo con el prólogo de Bunge, se trata de la edición de un manuscrito que le entregó un amigo moribundo, Pedro Bocelli, quien nunca antes se había atrevido a poner en el papel ni una letra. El manuscrito se titula "Recuerdos de ultratumba de Xarcas Silenciario", y Bunge aseguraba que aquello debía tratarse de un caso de "herencia psíquica latente", también conocida como "memoria racial" en el ámbito literario que frecuentaron autores como Robert E. Howard, Edgar Rice Burroughs, Henry Rider Haggard y Jack London... aunque todos estos escritores de novelas de aventura y fantasía publicaron sus obras relacionadas con este curioso asunto después de 1903. (Tengo mis dudas con Haggard, que utilizó el recurso de la memoria racial inducida por la droga taduki en algunas de las últimas novelas de la serie sobre Allan Quatermain; pero quizá ya lo hiciera antes, en alguna otra historia). Con esto, quiero dejarlo claro, no estoy afirmando que el argentino Bunge fuera el primero en escribir "ficción de memoria racial", pero sí que se adelantó a escritores más famosos, quienes popularizaron con posterioridad la fórmula y la explotaron hasta el hastío.


Before Adam, de Jack London, se publicó originalmente en 1906-1907, en forma seriada. Es una novela de memoria racial.

El dudoso concepto de memoria racial, que consiste en que el ser humano podría albergar recuerdos de sus remotos antepasados por medio de una transmisión más o menos genética (una suerte de reencarnación hinduista o budista embutida en el magnetismo animal de Anton Mesmer, a su vez mezclada con el hipnotismo a la manera de Poe en "El caso del señor Valdemar", y aderezada con estramonios exóticos como la infame radix pedis diaboli), procede de la ciencia, o más bien pseudociencia, de la incipiente psicología de finales del siglo XIX.

Los narradores se apropiaron esta idea para el mejor de los fines: justificar ante sus lectores cómo tal o cual personaje de hoy era capaz de contar sucesos acaecidos en tiempos remotos, ya fuera en las antiguas Grecia y Roma o, con más frecuencia, en ese increíble período que llamamos Prehistoria, del que sólo tuvimos conciencia desde finales siglo XVIII, y que era y sigue siendo un territorio inexplorado por motivos evidentes. Ahora bien: debemos tener en cuenta que la Prehistoria comprende la mayor parte de la existencia del ser humano como tal (la Historia propiamente dicha es mucho más breve y abarcable, apenas un suspiro en comparación con los evos cavernícolas) y, sin embargo, la enorme mayoría de las ficciones que existen tratan de nuestro período histórico o, en el caso de la rama profética -una palabra mucho más hermosa que "prospectiva"- de la ciencia ficción, del futuro.

The Ancient Allan, de H. R. Haggard, es una novela del ciclo de Allan Quatermain basada en el principio de la "memoria racial". Se publicó en 1920.

Otra novela de memoria racial de Quatermain escrita por Haggard, en colaboración con Rudyard Kipling, nada menos, que le sugirió la idea. Publicada en 1927.

Así, salvo honrosas excepciones que, sin pudor, abordaron la ficción prehistórica "a pecho descubierto" (es el caso de J. H. Rosny "aîné"), los narradores recurrieron a la memoria racial para contarnos las andanzas de los hombres de la cavernas, sus guerras, su vida y sus pensamientos por medio de un poco sutil "viaje mental en el tiempo". Pues eso es lo que necesitaríamos para explorar la Prehistoria: una máquina como la de H. G. Wells, un anacronópete como el de Enrique Gaspar. O acceso a las grabaciones en vídeo de la superficie de la Tierra realizadas con imposibles telescopios en este preciso instante, desde planetas que circunvalan estrellas situadas a cuarenta mil, cincuenta mil, cien mil años luz de distancia o más.

Sea como fuere, Xarcas Silenciario narra

"la historia, toda en fragmentos sueltos, de un místico greco-egipcio de la Tebaida, que debió vivir en el siglo iv, de la generación subsiguiente á la de Arrio y San Athanasio. Se llamaba Xarcas, y era apodado «el Silenciario» por una penitencia de Silencio que se impuso. Contaba, en tercera persona, como César en el Bello Gallico, sus amores, sus ambiciones, algo del Misterio de su Vida... El problema era pavoroso: ¿cómo Bocelli pudo escribir todo aquello, él que nunca escribía? ¿Cómo saber tanto de esas épocas, él que nunca estudió historia y que detestaba toda lectura que no fuera de expedientes ó documentos jurídicos?"

Xarcas Silenciario, edición de 1903.

 

La lectura de "La muerte del hombre gato" no da pie a pensar en Historia Antigua sino en parábola contemporánea; así, debemos postular que este "Xarcas Silenciario" es Carlos O. Bunge. Quien, por cierto, posiblemente también fuese el ilustrador del texto, que aparece con la firma "Cao", de CArlos Octavio.

El único misterio que nos quedaría por dilucidar es si la nota de prensa que el autor reproduce al comienzo del texto es real y referida a un caso concreto o, simplemente, es la invención de una de tantas tragedias como sucedían entonces... y como siguen sucediendo.

***

 









 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

"El caso de los trillizos albañiles: Un misterio para antes del desayuno", por Jim G. Garth



Conan Doyle hizo sus pinitos en el terreno del micropastiche sherlockiano cuando escribió "The Field Bazaar" (1896) y "How Watson Learned the Trick" (1924). Probablemente aprendió de su buen amigo James M. Barrie, que en 1891 ya se había reído de Sherlock Holmes (con bastante buen gusto, todo hay que decirlo) con su relatito "An Evening with Sherlock Holmes", publicado cuando el público aún no imaginaba que Holmes se había despeñado por un acantilado suizo.
Jim G. Garth, oscuro autor sajón (¿británico?, ¿americano?) del que tan sólo conocemos otra obra (un relato sobre el calot de John Carter -el virginiano que viajó a Marte-, publicado en la revista Barsoom), toma la pluma de Watson y recrea una de esas deliciosas anécdotas cotidianas que, como bien sabía Doyle, tenían lugar en Baker Street de vez en cuando. Y es que no todos los problemas tienen que ser problemas para Sherlock Holmes... pues el doctor Watson, en lo que se refiere a tareas domésticas, también tiene lo suyo. O dicho de otro modo: si se ha fijado usted en el título de este relato, habrá caído ya en la cuenta, acaso por su propia experiencia, de que una cuadrilla de albañiles haciendo chapuzas en la casa de uno, puede ser tanto o más terrible una banda de malhechores.
(Además: el señor Garth anuncia en el mismo ejemplar la inminente aparición de "El caso del pulpo juguetón", que esperamos con ansiedad...)

Este pastichito se publicó en diciembre de 2015 con motivo de la Tertulia Sherlockiana de Madrid (edición Navideña), y el caballero que lo editó y lo incrustó en el interior de un precioso sobrecito de papiroflexia fue Jaime González García (escritor y ninja en paro, según explica en su blog), autor al que recomiendo, tanto por sus sherlockianadas como por el resto de su incipiente producción.
De su relación con Jim G. Garth, o acerca de cómo conseguir sus obras, mejor que le pregunten a él escribiendo a calotrampante@gmail.com