Mostrando entradas con la etiqueta Ed McBain. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ed McBain. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de agosto de 2024

Marcha fúnebre de las marionetas (1990), de Frank de Felitta

 


 

27 de agosto de 2024

Al neoyorquino Frank de Felitta (1921-2016) le estaré eternamente agradecido por dirigir un vulgar telefilme que, hoy, recordamos todos los aficionados al terror. (Todos lo que brincamos de los cuarenta años, quiero decir). Se trata de La oscura noche del espantapájaros (1981) protagonizada por un odioso Charles Durning, a quien todos amamos odiar por su papel en El golpe (1973). La peli del espantapájaros, que yo recuerde, se distribuyó en España en vídeo, e imagino que la emitieron en el canal UHF (se pronuncia "eluachefe") en algún momento a principios de la década de 1980. (Consejo gratis para plataformas de televisión en línea: cread un canal que se llame UHF y que emita cosas de los tiempos del UHF, incluida la carta de ajuste y anuncios ochenteros. Para empezar, todos los Documentos TV en la época en que el programa abría con la sintonía de Ry Cooder para la película Paris-Texas). Como bien indican las reseñas de acá y allá, esta película inauguró el subgénero de "espantapájaros asesinos", que con el tiempo ha crecido. Aún hoy tenemos obras de autores que, con esa idea, acaban de inventar la rueda para los nuevos públicos. Cualquier día de estos inventarán el vampiro y el hombre lobo.




Las otras obras literarias más o menos célebres de De Felitta son El exorcismo de Audrey Rose y El ente, dos películas basadas en novelas de este autor nada prolífico. No las he leído y, a pesar de los pesares, probablemente lo haga en algún momento, en el futuro. Pero no mañana ni pasado.

 



 ***

Ahora, vamos con la parte dura: hablar de esta novela que me ha generado sentimientos encontrados. Por una parte, es un relato correcto. Por otro, es una historia que ya he leído mil veces. Se denomina detective, chica y asesino en serie con truco.

En este caso, el truco es Hitchcock.

Con estos datos, ya tiene usted la novela completa. Sí, es exactamente como se la imagina. No hay sorpresa. Me remito a la

SINOPSIS

Un asesino comete varios crímenes que, de alguna manera, imitan los asesinatos que aparecen en películas de Alfred Hitchcock. El detective Santomassimo se encarga del caso y recurre a la ayuda de la joven y guapa profesora Kay Quinn de la universidad. El detective y la profesora se lían. Al asesino le da igual, él va a lo suyo. Todo el rato revolotea la sombra de las películas de Hitchcock. El asesino silba en una ocasión la melodía de introducción de la serie de televisión Alfred Hitchcock Presents. El libro titula mal la pieza musical de Gounod, que en realidad es Marcha fúnebre para una marioneta, no "de las marionetas". A nadie le importa. El final es el que pueda imaginar el lector.




***

Edición original en tapa dura, 1990. Lo que el halcón sostiene en el pico no es un pedazo de masa encefálica, sino una palomita de maíz ensangrentada.



Lo lamentable es que Frank de Felitta haya ejecutado como novela larga (casi 350 páginas) una historia que Curtis Garland habría despachado en 96. Y eso es lo que pedía esta historia, que me extraña no se convirtiera en un telefilme: 96 páginas y ni una más.

El lector sabe, o debería saber, que no soy afecto a las malas críticas, y esta no pretende serlo. Ahora bien, lo que digo en el párrafo anterior, sin que vaya en detrimento (todo lo contrario) de Juan Gallardo Muñoz, es cierto: Marcha fúnebre de las marionetas podría haber sido un bolsilibro publicado en Selección Terror o en Punto Rojo, y habría resultado dignísimo, incluso es posible que muy bueno. Toda la parafernalia relacionada con Hitchcock es interesante, y Curtis Garland la habría aprovechado tan bien o mejor que De Felitta. El problema es que De Felitta tiene que meter un buen puñado de sentimentaloides escenas de cama que son relleno al 100%. Muchas, demasiadas partes del libro, las dedicadas al coleccionismo de mobiliario, o incluso las partes policiales, resultan huecas y falsas. Estamos ante un decorado de cartón piedra.

En 1991, cuando Ediciones B trajo a España Funeral March of the Marionettes en buena traducción de Antonia Kerrigan, Curtis Garland ya no publicaba nuevas novelas policíacas. Por entonces, Curtis había escrito cientos de historias con el detective, la chica y el asesino serial con truco, y ya no frecuentaba el género. Para mí, el problema es que la parte procedimental de nuestra novela recrea un tópico que nunca ha existido más que en la ficción, y que ya estaba obsoleto cuando De Felitta escribió y publicó su novela. En 1988, Thomas Harris había publicado El silencio de los corderos, que es una perversa versión del tópico "detective, chica, asesino serial con truco", en el que Harris invirtió los roles de los protagonistas (y, de acuerdo, aquí no tenemos detectives, sino agentes del FBI); y unos años antes, también nos había iluminado con El dragón rojo, del que podemos decir tres cuartos de lo mismo.



 

Pero esto no es lo más grave. Lo gordo es que el detective Fred Santomassimo (que yo he leído todo el tiempo como "Santomassino") es miembro de Los Angeles Police Department, y el escritor James Ellroy ya llevaba un buen puñado de años contándonos su versión hiperrealista del LAPD. En 1990, cuando apareció la novela de De Felitta, también se publicó L. A. Confidential de Ellroy, la tercera entrega del "cuarteto de Los Ángeles". En 1990, quien más, quien menos, sabía que el LAPD tenía a sus espaldas una larguísima historia de corrupción policial, una historia que, lejos de terminar, estaba a punto de convertirse en el escándalo Rampart. (Es el caso en que se inspira libremente esa obra maestra televisiva que es The Shield).

¿Cómo podía competir De Felitta con la frescura, la modernidad, el descaro, la crudeza, las palabrotas de Ellroy? ¿Qué pudo decir cuando, en 1991, se estrenó la adaptación cinematográfica de The Silence of the Lambs? ¿Qué iba a hacer con su novela-guión sobre "el asesino Hitchcock", sino guardarlo en un cajón e intentar no volver a pensar en él?

Es más, ¿qué pensaría De Felitta cuando, en 1992, cayó en sus manos El eco negro de Michael Connelly? Después de leer la primera entrega de la biografía de Harry Bosch, detective del LAPD, ¿qué pensaría de su Fred Santomassimo, intrépido e impoluto detective descendiente de anticuarios italianos?

 


 

Además, ¿es que De Felitta no se había leído ninguna novela de Ed McBain y el Distrito 87 de Isola? ¿No había visto Hill Street Blues? Está claro que el autor no realizó el trabajo de documentación que sí hizo Arthur Hailey cuando publicó Detective en 1997.

Todo esto me ha rondado la cabeza durante la lectura de esta Marcha fúnebre. Mi conclusión es evidente: si se hubiera publicado en 1980, año en que falleció Alfred Hitchcock, habría tenido sentido. Habría sido un bonito homenaje. Se habría leído con interés e incluso con cariño. Publicarla y ambientarla en 1990... es, sencillamente, anacrónico.


Frank de Felitta.

martes, 25 de junio de 2024

Corrupción en la Policía (1984), de William J. Caunitz

 


 

24 de diciembre de 2023

William J. Caunitz, oficial y detective del New York Police Department (NYPD), vivió lo suficiente (desde 1933 hasta 1996) como para escribir seis novelas policíacas y media (la última la concluyó a título póstumo Christopher Newman en 1999), pertenecientes (o más bien, como explicaré después, emparentadas) con el subgénero procedimental. Su primera novela apareció en 1984 y se tituló One Police Plaza; en español apareció con el título de Corrupción en la Policía (Emecé, 1986), en correctísima traducción (no del título, sino del contenido) de Magdalena Senestrari de Salvi. Yo he leído la edición de Plaza y Janés de 1989, y la he disfrutado como un enano, pues me ha sorprendido en muchos aspectos. Y ya anticipo al lector que encontrar esta novela por uno o dos euros es fácil y una auténtica ganga.

 

Como la novela está catalogada (con bastante justicia) como procedimental, me adentré en ella con Ed McBain y los muchachos de la Comisaría 87 de Isola en la cabeza, que son mi admiración y mi solaz policial cuando quiero pensar que el mundo no es tan horripilante como parece (y con esto me refiero a que la violencia es, legalmente, un monopolio del estado en cualquier país civilizado. La civilización es eso). Y algo de eso hay en la obra de Caunitz, que cuenta con la ventaja de escribir "desde dentro del asunto": en una entrevista de 1984, el poli veterano, por entonces jefe de una escuadra de detectives, aseguraba estar harto de su trabajo después de 29 años de servicio.

 


 

El tono de Caunitz se aproxima mucho al de la serie de McBain y utiliza los mismos trucos: hay muchos personajes que pululan y tienen cierto peso, claro; pero se centra en uno o dos, que son los que llevarán las riendas de la historia. No obstante Caunitz, al contrario que McBain, no tiene ninguna cortapisa a la hora de soltar tacos y burradas, a mostrar las partes más escatológicas y cotidianas de una comisaría (la del Distrito 5º de New York, en este caso). Y a eso hay que sumar el tema de su primera novela: el de la corrupción policial, que presenta de un modo tan disparatado e irracional que hace que los polis de Los Ángeles de la maravillosa serie televisiva The Shield (2002-2008) sean unos santurrones pisaverdes. Si lo que cuenta Caunitz en esta novela de ficción tiene algún viso de verdad, entonces resulta que la distopía que vivimos se remonta a varias décadas antes de lo que yo pensaba.

En ese punto difiere de cualquiera de las tramas del Distrito 87 (delitos más o menos convencionales, salvo excepiones honrosas, y perfectamente creíbles), pues lo que es un horripilante caso de asesinato, tiene derivaciones insospechadas en el mundo del terrorismo organizado e implica a los servicios secretos del país, y hasta el Mossad está en el ajo.

 


 

En realidad, todo esto lo podría haber pergeñado un McBain pasado de vueltas y con alguna información comprometedora y radiactiva entre las manos; lo que no se le habría pasado por la cabeza al cronista del detective Carella y sus compañeros es convertir el relato de procedimiento policial en un thriller de acción desaforada que desemboca en un gran "¡boooooooooooooooom!", algo digno de Hollywood y las producciones que empezaban a calar en aquella época, con héroes duros y solitarios (y a veces hasta simpáticos), interpretados por Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, y un largo etcétera.

 

La edición de Círculo de Lectores. Te apuesto diez contra uno a que, si vas a cualquier tienda de libros de segunda mano de tamaño medio como mínimo, lo encuentras por menos de tres euros.


Esta, digamos, "combinación de subgéneros", resulta que funciona muy bien, por mucho que resulte exagerado imaginar una batalla campal en el centro de New York con armas militares de gran calibre, tanquetas y muertos a cascoporro. Los malos de la historia también funcionan bastante bien y, sin meterse en entresijos psicológicos que no aportarían gran cosa a esta novelaca de tiros, Caunitz logra que casi todo sea creíble... al menos, en el plano hipotético. Que para eso está la literatura; no sólo para hacer el retrato fiel de la sociedad, sino para especular sobre lo que podría llegar a suceder según tal o cual premisa. Y la premisa de Caunitz, poli de New York en 1984, es que tenía compañeros que iban mucho más allá de la sobornable rata con patas, sino auténticos criminales profesionales experimentados y muy bien entrenados. (Algo me dice que el irlandés Garth Ennis posiblemente haya leído a Caunitz, puede que con cierta atención).


Caunitz en 1984, en la contraportada de One Police Plaza. Luego se afeitó el bigote.


En lo que a mí respecta, el siguiente paso consiste en hacerme con el resto de la, por desgracia, cortísima bibliografía de este poli que se las sabía todas, e ir dosificándomela en vena, como un yonqui. En castellano hay, por lo menos, otros tres títulos de Caunitz. Los otros tres que no se tradujeron los pillaremos en inglés, qué remedio... Pero volveremos con este señor "escritor aficionado" (manda huevos) más pronto que tarde.

lunes, 6 de mayo de 2024

Con las mujeres no hay manera (1950), de Vernon Sullivan


5 de mayo de 2024

¿Cómo escribir una reseña o una reflexión seria sobre una historia que es parodia de todo un género, o un subgénero, o patatas fritas? No tengo ni idea. Es decir, ¿qué tengo que pensar de un párrafo como el siguiente, el largo, el que se encuentra en mitad de la página? El que comienza diciendo "No veo por qué no he de ocuparme un poco de Gaya [...]":


 

¿Qué hago con esto? ¿Me río ante la audacia del autor? ¿Lo busco para darle una paliza por tomarme el pelo y permitirse lujos que, supuestamente, me sacan de su historia? ¿Lo felicito? ¿Lo mando al cuerno?

Y así, 158 páginas de Bruguera Libro Amigo, con letra gorda y amplio interlineado, traducidas al castellano por Josep Elías en abril de 1981. Extensión casi, casi de bolsilibro de toda la vida (25.000 palabas en los buenos tiempos; yo le calculo unas 30.000 al original en español de Con las mujeres no hay manera). Y contenido también casi, casi de bolsilibro, por el despiporre, la improvisación, y hasta el punto final. Yo, desde aquí, le pregunto a un par de amigos escritores, que también cultivan esa literatura que raya en el porno pero que es humor negro (negro como un tiro en la nuca, negro como el banquete en que se comen el cadáver de la abuela, negro como robar un automóvil a punta de pistola), estoy pensando en Hernán Migoya y en Alejandro Salvador (alias El Batería de los Debodis), ¿vosotros os atrevéis a meter un parrafito en que el narrador justifique que os ha contado un rollete para aprovechar y vestirse mientras tanto?

***

Vernon Sullivan fue un escritor negro nacido en los Estados Unidos (en el sur, sin duda alguna), país en donde no lograba publicar sus obras, allá por los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial. Es muy probable que Sullivan fuese un veterano del Pacífico y quizá anduvo por Iwo-Jima, o puede que desembarcara en las playas de Normandía el Día-D. Ni idea.

En fin, el caso es que, ante las negativas editoriales, probó suerte en Francia, donde el británico James Hadley Chase había sido un pelotazo comercial a inicios de 1946 con El secuestro de Miss Blandish (No Orchids for Miss Blandish, 1939). Y un osado editor, Jean d'Halluin, responsable de las Éditions du Scorpion, tuvo a bien darle una oportunidad a la novela I Shall Spit On Your Graves (Escupiré sobre vuestra tumba) de Sullivan, que se publicó en francés en noviembre de 1946

Vernon Sullivan en algún lugar de Atlanta, hacia 1948.

 

La versión francesa fue un éxito rotundo y millonario, pues la crítica decidió unánimente (o casi) que se trataba de basura pornográfica, desagradable, gratuitamente violenta, injusta y, sobre todo, ofensiva para la sociedad. Así, las ventas se multiplicaron, fue un gran éxito de público lector, y la obra proporcionó pingües beneficios al traductor y al editor durante años. El 7 de febrero de 1947, el Cartel d'action sociale et morale, dirigido por el arquitecto protestante Daniel Parker, expuso en público lo maligna y peligrosa que era esta obra redactada por algún demonio salido del Infierno. La siguiente novela de Sullivan, publicada en 1948, tenía por protagonista a un tal Dan Parker. Pura coincidencia.

Todo esto le importó poco a Vernon Sullivan, pues no vio ni un céntimo de estas primeras novelas ni de las otras dos que publicaría en Francia en los años siguientes (dos obras que, por excesivas, por demencialmente fantasiosas y por intolerables, ya entraban directamente en el género de la parodia del hardboiled y el policial convencional). Esto se debió a que, además de ser un escritor extranjero y negro (en realidad, mulato, tanto que casi parecía blanco), Vernon Sullivan no existía en nuestro plano de realidad. Aunque en principio lo negó, el traductor francés Boris Vian (músico, ingeniero, inventor y otras muchas cosas) era el verdadero autor, y no existían originales en inglés de estas obras, netamente yanquis, o más bien, netamente anti yanquis. Anti humanas, se podría decir. O demasiado humanas, más bien.

Boris Vian fue un escritor francés, de corta vida (1920-1959), pese a lo cual tuvo tiempo de meterse en cualquier berenjenal imaginable: igual traducía a Raymond Chandler que a Alfred Van Vogt, o fundaba junto a sus amigos Le club des Savanturiers, una secta (como se autodeminaba) consagrada a la literatura de ciencia ficción. No vamos a hablar de la parte musical de su biografía y bibliografía jazzística, ni de la condena a la cárcel por sus obras como Vernon Sullivan, ni del indulto que impidió que pasara quince años en prisión por sus escritos, ni de sus matrimonios, ni de sus padres, ni nada de eso. Todo se puede encontrar por ahí, en libros y en la Red de Redes.

No obstante, comprenda que aquí tenemos a un hombre odiado y perseguido que a punto estuvo de dar con sus huesos en una celda, por los delitos de escribir novelas (guarrillas y descaradas, cierto), o por componer canciones como Le Deserteur (1954).

 



***


Elles se rendent pas compte (Con las mujeres no hay manera) se publicó en 1950, y esta vez no acompañó el éxito de ventas a la nueva novela de Sullivan-Vian, ni a cualquier otra de las que publicó por entonces. Esto, al parecer, estaba relacionado con la prohibición de sus obras, la cancelación de las adaptaciones teatrales, etc. Tanto da ahora. O no. A fin de cuentas, estamos hablando de una obra que, si se publicara hoy, y llegara a manos de lectores sensibles, terminaría entre las llamas y a Boris Vian se le borraría de los libros de Historia de la Literatura. Su nombre se recordaría, quizá, por la canción de La Unión, la del Lobo hombre en París.

Y es que en esta novela, Vian no sólo se atreve a hablar de sexo humano en todas sus vertientes (cita el escandaloso Informe Kinsey), sino que lo hace desde el cachondeo y la más pura mala baba que imaginarse pueda. No se trata de que se exhiban relaciones homosexuales, travestismo y tríos, sino que también hay violaciones, violaciones consentidas (si es que esto es posible... y lo es, en el mundo del sadomasoquismo), violencia a mansalva, castraciones mortales, asesinatos, y muy poca seriedad. En una nota al pie, el autor apunta a la autocensura, y afirma que no se puede hablar o escribir sobre "ciertas formas agradables de pasar el rato", pero sí sobre "enviar a gente a que mate y muera en Indochina". (De esto, algo aprenderían los ciudadanos de los Estados Unidos pocos años después, y con el tiempo, se encargarían de que todo el mundo supiera situar en un mapa ese lugar llamado Vietnam).

Boris Vian en París, 1947.

El narrador es un pijo yanqui, pero muy pijo, con mucha pasta, metido a investigador aficionado. Los rivales: una banda de lesbianas que drogan, chantajean y se aprovechan de sus ¿inocentes? víctimas. La misión del pijo y de su hermano: destruir la banda y reconvertir a la heterosexualidad, por las buenas o por las malas, a todas esas pobres jovencitas menores de edad (aunque alguna tenga 28 años y sepa francés, griego y bantú, si es necesario).

Boris Vian reparte patadas antisistema como un Bruce Lee pasado de farlopa, y no hay un solo detalle, un solo personaje, que no responda a una interpretación muy borde del mundo real. En la serie del Distrito 87 de Ed McBain, recuerdo algunos pasajes violentos, acerca de menores, prostitución y drogas, que se acercaban a estas sordideces con seriedad; pero Boris Vian convierte esta parafernalia en una fiesta obscena... y, no lamento decirlo, divertidísima. Porque una persona puede escribir una burrada como es esta novela, ofensiva para el 99,9% de la población mundial de ayer, hoy y siempre, y seguir siendo una persona que no ha cometido un delito en su puñetera vida ni le ha hecho mal a nadie. Una buena persona, incluso.

Qué gran ejemplo es Con las mujeres no hay manera de obra literaria condenada -pues sólo describe acciones de culpables declarados-, y perpetrada por un perfecto inocente.

Nota final: apostaría dos perras gordas a que el gran Curtis Garland leyó esta novela, y por fechas (edición española de 1981; antes no creo que a nadie se le pasara por la cabeza traducir a Sullivan-Vian), es pefectamente posible. Me ha parecido ver su huella en Máscara para el crimen (1984), de la que ya hablamos por aquí. Pero a lo mejor es que tengo visiones.


jueves, 23 de noviembre de 2023

Detective, de Arthur Hailey

La última novela de Arthur Hailey: Detective (1997).

 

22 de noviembre de 2023

Voy a abrir fuego con escopeta de cañones recortados y cartuchos de postas para jabalíes, cosa que no me gusta hacer con ningún colega, vivo o muerto. Pero que nadie se escandalice, pues sigo siendo el mismo encantador de serpientes de siempre. Vamos allá:

No he realizado un gran descubrimiento con Arthur Hailey, ni me ha enamorado locamente su prosa, ni me he convertido en un incondicional de este autor británico nacido en 1920, veterano de la RAF durante la II Guerra Mundial, vendedor de camiones en Canadá, escritor de enorme éxito en California y, finalmente, esquivador de impuestos en Las Bahamas, donde falleció en 2004. No me he encontrado con un estilista, ni con un autor de grandes ideas, ni con un escritor originalísimo y único en su especie. Ni siquiera he dado con un contador de historias nato, como puedan ser Stephen King o José Mallorquí o Jack Higgins o Juan Gallardo Muñoz o... Lo que he hallado es un individuo que aprendió el oficio de escribir -sospecho que a base de garrotazos de los editores- y descubrió que la fórmula narrativa más elemental (tomen nota, que esta lección es gratis: suelta lo que tengas que decir sin más preámbulos y llega hasta el final) es suficiente para escribir una ficción, preferiblemente un thriller dramático (con historia de amor y frotamientos incluidos). También descubrió un truco, que consistía en recoger y utilizar de forma correcta (hay que subrayar lo de "correcta") un montón de detalles e informaciones que nadie en su sano juicio conoce -salvo quien esté en el ajo-, acerca de temas muy concretos, cotidianos y reales, pero en realidad desconocidos para el ciudadano de a pie. ¿Cómo es la vida de los pilotos comerciales? ¿Cómo funcionan esos subuniversos que llamamos "hoteles"? ¿Qué sucede en la industria automovilística, en general? ¿Cómo es un gran banco por dentro? ¿Cuáles son los entresijos de una empresa de producción y distribución eléctrica? ¿Y los de la industria farmacéutica? ¿Cómo viven los profesionales de un gran periódico? ¿Cómo es ser el Primer Ministro de Canadá?

 

Altas esferas (In High Places, 1962), de Arthur Hailey: las aventuras de un Primer Ministro de Canadá durante la Guerra Fría. Edición en castellano de la famosa colección Reno.

Con las exhaustivas respuestas a estas preguntas y sin necesidad de una imaginación desbordante, Hailey conformó el 85% de su producción, más o menos. Y sí: a priori, esos temas pueden parecer un tostón de tomo y lomo. Pero claro, si los envuelves en una trama de suspense y acción y melodrama y amor pecaminoso colindante con la pornografía... ¡coño, te sale una novelaca que se la puedes vender a amas de casa, a señores, a chicos grandes, a papá, al abuelo y al tío Cirilo!

Por supuesto, lo que Hailey se planteó en su novela postrera fue: ¿En qué consiste ser policía y vivir inmerso en el mundo de la ley y el crimen?

Y su respuesta se tituló Detective (1997).

 

La edición original de Detective.

***

Para entender el nivel de éxito de Hailey, creo que basta con decir que su esposa Sheila (segundas nupcias de Arthur, dato para los amantes del cotilleo literario) escribió en 1978 el libro I Married a Bestseller. Se publicó en castellano, en la editorial Emecé de Argentina, así que en España es poco menos que el Necronomicón y para conseguirlo hay que encargárselo a Iván Mur, a Lucas Corso o a Alfredo Lara y apoquinar pasta gansa. La contraportada del libro de Sheila Hailey (de soltera Dunlop) habla por sí misma:

 

Texto de contraportada de Me casé con un Best Seller.


Me casé con un Best Seller, controvertida obra biográfica sobre Arthur Hailey. Me dan hasta ganas de leerla, a pesar de que la portada resulta... bien, ¿cuál es el antónimo de "atractiva"?

Si el lector se ha tomado la molestia de leer dicha contraportada, se habrá dado cuenta de que Arthur Hailey está detrás de Aeropuerto (Airport, 1968) y de Hotel (1965), que quizá sean sus obras más famosas por haber tenido exitosas adaptaciones al cine y la televisión, así como infinidad de retoños, continuaciones, imitaciones, etc. (Esto se puede plantear a la inversa: quizá las novelas se adaptaron a la pantalla debido a su éxito. Es este un asunto que habría que meditar). El crítico literario Eliot Fremont-Smith leyó Aeropuerto y dijo lo siguiente en The New York Times, con fecha del 20 abril de 1968:
"Con respecto a la fórmula, sus posibilidades parecen inagotables. Una vez publicadas Hotel y Aeropuerto con éxito, ¿cuánto falta para que aparezcan Centro Comercial, Parking y Basurero?"
No le faltaba razón al cachondo de Fremont-Smith, que quizá estaba más predispuesto a leer a Kafka que a Hailey. Y no obstante, las novelas vendieron en su momento millones de ejemplares (170 millones, asegura la Wikipedia). Si entra usted en una librería de segunda mano que tenga un tamaño y un fondo aceptable y no encuentra ahí Aeropuerto, le debo un café. Pero antes de reclamármelo, asegúrese bien, pues seguro que el ejemplar está por ahí en alguna de sus tropecientas ediciones. Busque entre los viejos lomos de Círculo de Lectores en tapa dura y probablemente dé con él, entre El Padrino de Puzo y El exorcista de Blatty, sí, mírelo, junto a Tiburón de Benchley... Por ahí, por ahí anda, busque, busque... Es posible que el librero lo haya encasquetado con las novelas policíacas o en la sección de literatura general (en la "Y" de "HaileY", para las librerías que tienen orden alfabético), pero lo  normal es que lo encuentre en los cajones de "libros al peso" junto con un montón de viejos ejemplares de la colección Reno (sin las bellas sobrecubiertas).
¿No es ese el destino final de todos los bestsellers que en el mundo han sido...?
 
Aeropuerto, en la vieja edición de Círculo de Lectores. Cada vez que se encuentre con ese lomo en una librería de segunda mano, ¡chupito!
 
***

La tardía incursión de Hailey en el género policíaco me ha interesado lo suficiente como para tragarme por completo sus quinientas y pico páginas. En verdad, creo que Hailey, como personaje y como fenómeno literario, me ha interesado más que su obra. De ahí las parrafadas introductorias.

Pero echemos un ojo a la sinopsis del libro:

Malcolm Ainslie, sargento de detectives de Homicidios del Miami Police Department (MPD), recibe la llamada de un cura desde el Corredor de la Muerte: el preso Ellroy Doil, contraviniendo el sentido común y las leyes de la Iglesia Católica, quiere confesarse con el individuo que lo atrapó y lo llevó a la cárcel. Doil es un asesino serial obsesionado con el Apocalipsis bíblico, que durante años ha torturado, vejado y matado a parejas de ancianos, dejando tras de sí ciertas pistas bastante crípticas. El sargento Ainslie, que antes de ser poli fue sacerdote, logró descifrar esas pistas, precisamente por su conocimiento de la Biblia. Pero maldita la gana que tiene Ainslie de hablar con el Animal, como llaman a Doil. Pero al reo le quedan horas de vida, pues le espera la silla eléctrica.

De cualquier modo, nuestro protagonista deja de lado una importante reunión familiar (el cumpleaños de su hijo y su suegro, ¡hala, todo a la vez!), para enorme disgusto de su sufrida esposa, y se dispone a hacer un viaje contrarreloj para escuchar lo que el Animal tenga que decir... pues si Doil confiesa "como Dios manda", quedarán resueltos definitivamente unos cuantos casos, todavía abiertos.

Y lo que Doil le cuenta al sargento es una auténtica bomba, que tendrá graves consecuencias tanto en el trabajo profesional de Ainsley, como en los crímenes sin resolver, y en un importante caso que casi todos habían dado por cerrado...

Hasta  aquí, lo que se puede contar del argumento pergeñado por Hailey para enganchar a su legión de lectores de supermercados, grandes almacenes, salas de espera de aeropuertos, estaciones ferroviarias y de autobuses, etc.

 

Sheila y Arthur Hailey.

Pero ¿qué hizo en realidad Arthur Hailey en Detective? Pues aplicó la fórmula de la que hablábamos más arriba. Y escribió una novela policial que podríamos calificar como procedimental y, por tanto, emparentada directísimamente con nuestra querida serie de la Comisaría 87 de Ed McBain. Y tan procedimental, pues Hailey nos cuenta no sólo el sueldo anual de los policías de Miami en 1997 (como hacía McBain en cada novela de los agentes de la ley de Isola), sino que saca a desfilar a todo el escalafón departamental, desde el patrullero hasta las más altas instancias; nos cuenta cómo se asciende y por qué; detalla el procedimiento forense, y el de identificación; nos da un paseo por el Departamento de Casos Abiertos; incide en las cuestiones legales que implican a los fiscales y a los jueces que firman órdenes de registro y permisos de entrada, salida, allanamiento o intervención de cualquier tipo. Y además de todo detalle técnico que el lector pueda imaginar, Hailey también recoge la "cara B", es decir, los dimes y diretes de los diversos agentes, la diferencia entre el Departamento de Miami con respecto al de Los Ángeles, la cuestión racial, femenina y de cuotas en la policía, y su historia y evolución. En Miami tenemos capitanes jamaicanos, detectives chicanos, inspectores caribeños, y agentes de ambos sexos arriba, abajo y en mitad de la escala. Hailey habla de todas estas cuestiones sin tapujos, a veces con un deje progre que en realidad suena a conservador...

El libro está dedicado "a la memoria de Stephen L. (Steve) Vinson, que fue sargento y detective de Homicidios del Departamento de Policía de Miami, consejero y buen amigo, muerto a los cincuenta y dos años, poco antes de que yo terminase este libro". Es evidente que Vinson (1942-1995) fue la principal fuente de información para Hailey en el apartado técnico e histórico; pero es que, además, los personajes de la narración opinan y critican muchos aspectos del sistema judicial y del funcionamiento de la policía: desde la Ley del Menor a los chanchullos para ascender, pasando por las maneras de destruir la carrera de un agente, el "alarmante ascenso de la criminalidad", los pros y contras de la pena de muerte, la corrupción policial, la injerencia de los políticos, la hipocresía del sistema ante los asesinatos (que los hay prioritarios y secundarios)... No tengo ninguna duda de que muchas de las opiniones que vierte Hailey son, en realidad, de Vinson. Y tampoco dudo que algunas de las opiniones más extremas, como las que favorecen la pena de muerte, reflejan el pensamiento del lector de las novelas de Hailey. Otra cosa es si el autor era republicano, demócrata o mediopensionista. Quién sabe.

 

La primera novela del Distrito 87, de Ed McBain.

En fin, la mayoría de estos asuntos, no por reales menos peliagudos y controvertidos, se recogen y retratan en la larga serie de McBain, al que, imagino, Hailey debió no leer, sino estudiar con lupa. (Pido disculpas al lector, pero me resulta inevitable recurrir una y otra vez a la comparación de nuestro autor con el creador de la Demarcación 87). Lo que no hizo Hailey es intentar imitar el magnífico estilo de McBain, pues las novelas procedimentales de este último conjugan la investigación policial pura y dura con largos pasajes más o menos floridos y poéticos, reflexivos y filosóficos, sobre la Ciudad, que es un personaje más, o el principal, en los casos del Distrito 87. Por su parte, Hailey se centra en su protagonista, el ex sacerdote Malcolm Ainsley, y nos relata, siempre en retrospectiva (bastante forzadilla, pero supongo que efectiva para un lector no demasiado exigente), toda su vida y la de su familia. Y exactamente lo mismo hace con los otros personajes principales, como el Animal o la comandante Cynthia Ernst, dos caracteres salidos de una puta pesadilla.

Hailey no nos ahorra los detalles más escabrosos de los asesinatos principales, ni de otros muchos delitos, delirantemente obscenos (violaciones, pedofilia, torturas a menores...), que conforman la trama. Lo más parecido que encontramos a McBain en Detective es un excurso, intercalado dentro de la historia principal, y encajado correctamente en la cronología de los hechos, donde se cuenta de cabo a rabo un caso "normal" del Departamento de Homicidios. (No es que McBain no mostrara las escabrosidades del crimen; es que no las trataba de un modo sensacionalista). Como en las novelas de McBain, el hecho de que diversos casos sin relación se solapen aporta verosimilitud a la historia. Y en Detective, tenemos unos cuantos de esos.

Podríamos seguir hasta la eternidad hablando de algunos detalles curiosos de esta novela, como la omnipresencia del componente religioso o la dura crítica a la clase alta de la sociedad, que no puede caer más bajo... O podríamos señalar que, en la Comisaría 87 de Isola, cuando aparecen los detectives de Homicidios, son un par de gorilas siniestros y tramposos, mientras que aquí, son los santos agentes de la justicia.

Pero todo eso no importa. En síntesis: Detective es un procedimental de vieja escuela, pero pasado por la fórmula del bestseller bien informado y sin tirabuzones literarios. Según la crítica norteamericana, cuando la novela se publicó en 1997, ya olía a producto vintage, pero eso sí, era "vintage Hailey", el de "toda la vida" y con su sello personal. Está claro que Hailey se despidió de la literatura de masas con un thriller policial un tanto anticuado, pues cuando apareció la novela, los aficionados ya habían leído El silencio de los corderos de Thomas Harris, muchas obras de James Ellroy, a Elmore Leonard, a Andrew Vachs, y si me apuran, a Barry Gifford.

Si uno es capaz de tragarse la bilis de cierta moralina explícita y un poco reaccionaria (y ¿cómo no va a hacer eso un aficionado a Mickey Spillane, por ejemplo?), puede lograr una lectura simpática, disfrutable e incluso con destellos de inquietud. No estamos ante una obra maestra, claro que no, ni pretende serlo. Detective es, sin duda, un producto fabricado, cuidado y diseñado para vender mucho y, a ser posible, vender los derechos cinematográficos (cosa que consiguió: hay un película, creo que para televisión, con Tom Berenger, Jessica Lang y Charles Durning, entre otros).

Es una novela entretenida. Y estoy razonablemente seguro de que, en algún momento, cuando me tope con Hotel o Aeropuerto (o El apagón, o Medicina peligrosa, o Ruedas, o Traficantes de dinero...) en una librería de segunda mano, sopesaré el ejemplar, comprobaré el tamaño de letra y, muy posiblemente, se venga a casa conmigo.

(Lo sabía. Al final, le he tomado cariño a Hailey...)







P. D. del 23 de noviembre

¡Casi se me olvida! En Detective tenemos un par de nuevos miembros que pasan a engrosar nuestra Biblioteca de Babel: el mismo detective Malcolm Ainsley, coautor de un libro sobre religión comparada, Civilization's Evolving Beliefs; y Patrick Jensen, un escritor de novela criminal que empezó como bestseller y tuvo una carrera que declinó por culpa de sus muchos vicios y amistades peligrosas. No sé, pero me temo que la elección de un escritor norteamericano de serie negra que va cuesta abajo en dirección a la mierda para hacer cierto papel en la historia, suena a Hailey tomándose la revancha contra alguien de carne y hueso. Sería muy extraño eso, en el mundillo literario...

La traducción de Víctor Pozanco es muy competente, y servidor sólo se ha percatado de una o dos erratas sin importancia. Esto, en un libro publicado en 1999. Compare el lector ese nivel de pulcritud con cualquier volumen de Planeta publicado en 2023...

jueves, 26 de octubre de 2023

Las horas vacías (87th Precinct nº15), de Ed McBain

 


24 de octubre de 2023

¿Cómo se mueve Ed McBain en distancias más o menos cortas? Respuesta: como pez en el agua.

The Empty Hours (1962) es el volumen número 15 de las aventuras, desventuras, hazañas, dramas y comedias de los Muchachos de la Comisaría 87. Y tiene la particularidad de ser el primero que contiene varias historias, tres novelas cortas que van de las 60 a las 70 páginas cada una, aproximadamente.

La primera novelita, que da título a la compilación, se publicó en 1960, en el nº1 del efímero Ed Mcbain's Mystery Book, una publicación que sólo llegó al tercer número, a pesar de que iba cargada de grandes firmas y personajes, con relatos del Lew Archer de Ross MacDonald, Shell Scott de Richard S. Prather, Chester Drum de Stephen Marlowe, e historias independientes de Fredric Brown, Donald Westlake, Lawrence Block, Richard Matheson, Anthony Boucher, Robert Bloch y Stuart Palmer, entre otros. Casi nada...

Las horas vacías recoge un fascinante caso de asesinato, repleto de confusiones: desde el color de piel de la víctima, pasando por su verdadera identidad, el móvil del criminal, y todo lo que pueda entorpecer una investigación procedimental de esta categoría se presenta ante los detectives Carella, Cotton Hawes y Meyer Meyer. La víctima es un caso en sí misma, una de esas "madejas embrolladas" que desconciertan al más pintado. Y la solución a un problema que, llegado al punto muerto, debe pasar al archivo de "no resueltos", no aparecerá más que, como ya saben los lectores, gracias al "procedimiento" de los agentes de Isola... pero desde una perspectiva que jamás habrían esperado en este asunto.

La segunda historia, que lleva el sencillo título de J, se publicó originalmente en 1960 o 1961, pero no hemos logrado averiguar dónde. Cuando se alza el telón, el escenario es idéntico al de las novelita anterior: un asesinato, ahora en un callejón, a la espalda de una sinagoga. Pero el problema es que, en esta ocasión, el muerto es un rabino en uno de los barrios más conflictivos de Isola, donde el mestizaje es la norma, la convivencia incómoda es obligatoria, y el odio entre etnias, razas y religiones -que allí las hay como para aburrir- es la ley.

Se trata de otra buena historia criminal, con su planteamiento, nudo y desenlace, protagonizada por el bueno del detective Meyer Meyer, quien ni siquiera estaba de servicio cuando apareció el cadáver: son sus compañeros que están de guardia los que sacan a Meyer de la cena familiar de la Pascua judía porque, a fin de cuentas, la víctima es "uno de los suyos". Y esos "suyos" no son personas abiertas con las que sea fácil tratar.

A través de los interrogatorios de Meyer conoceremos el entorno del rabino y de la comunidad judía de Isola (y también, de la comunidad antisemita), en una impecable narración que, estoy seguro, no superaría el tamiz de la actual corriente de corrección política -y más aún estos días, en que se ha reavivado de forma brutal la carnicería entre Israel y Palestina-. Y esto es porque McBain, a través de Meyer Meyer, no deja títere con cabeza cuando va de fanatismo en fanatismo, y tiro porque me toca, hasta el fanatismo final y definitivo.

J es una de las historias de la Demarcación 87 que no voy a olvidar fácilmente y que recomiendo a todo el mundo con fervor. Sobre todo, a cualquiera que sepa que los espectros políticos, religiosos y sociales van del blanco al negro pasando por un infinito degradado de tonalidades grises, pero la sangre fruto del asesinato siempre es roja. Igual que la que corre por las venas del asesino.


Storm (Tormenta) se publicó por primera vez, creo, en este volumen de 1962, y al parecer es la única historia de la saga donde se da la espalda a ese personaje coral que es la omnipresente Ciudad. De hecho, parece que estemos ante el episodio de alguna serie de televisión "de personaje" (Colombo, Se ha escrito un crimen, Kojack, etc.), pues el protagonista absoluto es el gigantesco detective Cotton Hawes, el tipo del mechón blanco en la cabellera roja, que se marcha de vacaciones a una estación de esquí, en algún lugar al sur de Vermont y a varias horas de Isola, en compañía de una bella y simpática bailarina. Todo es perfecto en la nieve y en la cama, salvo el crimen: una joven instructora de la estación aparece muerta, empalada con un bastón de esquí, en el telesilla que acaba de tomar Hawes. Y aquí veremos cómo la policía local es una pesadilla procedimental e inepta que pasa por encima de los consejos de Hawes y no se lo piensa dos veces a la hora de ponerle unas esposas al único tipo que parece tener puñetera idea de lo que hacer en un caso de asesinato. Pero, claro está, alguien tendrá que resolver el asunto, aunque las pruebas se hayan adulterado o se haya permitido que la nieve las cubra. Para eso se encuentra allí el detective Hawes, con o sin esposas, en la cama con su bailarina o recibiendo martillazos en mitad del monte nevado: para anhelar el regreso a su querida ciudad, su querido distrito, su querida Comisaría 87. Y es que en casa se está como en ningún sitio, aunque tu casa sea una apestosa oficina repleta de polizontes y criminales.

En cuanto a la edición, he leído la de Editorial Diana, en la colección Caimán nº247 (noviembre de 1962), pues el libro no se volvió a publicar nunca en castellano. La traducción es obra de José C. Mireya que, como sucede con estas versiones de Caimán, está redactada en un mexicano bastante profundo. Y no obstante, se deja leer con más soltura de la que aportan algunos traductores netamente españoles.

 

Como curiosidad complementaria, quiero apuntar que hay otra traducción (anónima) de la novelita The Empty Hours en el número de agosto de 1967 de la edición en castellano de Ellery Queen's Mytery Magazine; y J también tuvo nueva vida en nuestro idioma, de la mano de Jordi Fibla Feito, en el volumen Los mejores relatos policíacos 2 (1987) de Martínez Roca, en la colección CRIM Novela negra.


 


domingo, 22 de octubre de 2023

Hacha (87th Precinct nº18), de Ed McBain


12 de octubre de 2023

Otra excelente novela de la Demarcación 87 (en concreto, la número 18 de la serie), con protagonismo de los detectives Steve Carella y el hombretón Cotton Hawes. El título, Hacha, lo dice todo: un hachazo, un crimen.


Se trata de una historia procedimental ejemplar, más que de uno esos retratos sociales de la época que tanto gustaban a McBain. Y al mismo tiempo, también es un whodunnit.

El caso es el del asesinato de un portero en el sótano de su edificio, y la investigación consiste en el trasiego de interrogatorios y entrevistas a personajes pintorescos, algunos de ellos bastante inquietantes, como la demente esposa del muerto, o el viejo presidente de una empresa de contabilidad que amenaza a sus empleados descarriados con terminar en el fondo del río, pescando hacia arriba.

 

No deja de ser un relato bastante convencional, aunque McBain se las arregla para decirnos que la supuesta banalidad de la muerte, la estupidez del crimen, la aleatoriedad de las motivaciones para cometer un asesinato, terminen siendo trascendentes precisamente por eso: por banales, por estúpidas y por aleatorias. Como si quisiera decirnos: "La moraleja es que no hay moraleja. La vida y la muerte no tienen moraleja. Un día estás vivo y al siguiente te han abierto el cráneo con un hacha".

Y creo que, en eso, Ed McBain está en lo cierto. El resto son espectros, espejismos y wishful thinking, que dicen los anglosajones.

Ax (también Axe, en algunas ediciones) se publicó en 1964; Carlos Barrera la vertió a un castellano mexicano bastante neutro y legible en 1965 para la Editorial Diana, que publicó el texto en el número 366 de la colección Caimán (yo tengo la tercera edición, de junio de 1967). No hay otra versión en español, que yo conozca ni de la que haya oído hablar. Pero la novela merece la pena, sin duda.