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viernes, 12 de julio de 2024

Los Nueve Desconocidos (Enviado Secreto nº103; noviembre de 1969), de Silver Kane


 

22 de enero de 2024

Eterna introducción

La publicación en 1960 de Le Matin des Magiciens: introduction au réalisme fantastique, de Louis Pauwels y Jacques Bergier, supuso un regreso popular a las ideas ocultistas decimonónicas que, en muchos ámbitos, como el científico o el literario, aún seguían vigentes. (Nota: Si no me creen, echen un vistazo a la biografía del ingeniero de cohetes Jack Parsons, o a las obras literarias de Colin Wilson y las de Richard Shaver). Pauwels y Bergier se ocuparon de difundir no sólo las ancestrales ideas de diversos continentes y civilizaciones desaparecidas, o los contactos con extraterrestres (asuntos de los que se había ocupado, por ejemplo, Madame Blavatsky casi un siglo atrás), sino que actualizaron estos temas con la inclusión del concepto del esoterismo nazi, esto es, los empeños de Hitler y sus adláteres por utilizar medios mágicos para llevar a cabo sus planes de conquista. (Sobre esto se puede hablar, y mucho. Lo que sí es innegable es que, a pesar de la consecución de un sacrificio humano genocida en los campos de exterminio, supongamos que consagrado a complacer a algún dios lovecraftiano o al mismísimo Satanás, todo ese esfuerzo no sirvió para nada. La magia no era el punto fuerte de los nazis).

 

El retorno de los brujos (Plaza y Janés, 1961).




Una de las ideas que retomaron los autores del libro que, en castellano, se tituló El retorno de los brujos (traducción de J. Ferrer Aleu para Plaza y Janés, agosto de 1961), fue la que había planteado el polígrafo, viajero, metomentodo, y muy probable caradura y estafador francés Louis Jacolliot (1837-1890) en alguno de sus muchísimos libros, esto es: la existencia de la sociedad secreta de los Nueve Desconocidos, que se remonta a la leyenda precristiana de Ashoka el Grande, emperador de Maurya, la primera gran unificación de la India allá por los siglos IV y III a. C. La historia de Ashoka y los Nueve Desconocidos guarda ciertos paralelismos (si se nos permite la licencia) con la de Alfred Nobel y los premios que llevan su nombre: el éxito rotundo por la capacidad destructiva, el arrepentimiento posterior, y la creación de una institución que salvaguarde los conocimientos más importantes para la Humanidad. En el caso de Nobel, hablamos de la dinamita; en el del emperador Ashoka, la visión de sus rotundas y sangrientas victorias en las guerras, y la invención del llamado "Infierno de Ashoka", un palacio de torturas refinadas e indecibles del que no se podía salir, en cuyo interior se produjo un milagro que convirtió al emperador al budismo y a la paz fraternal. Si Alfred Nobel decidió legar su inmensa fortuna, amasada a base de explosivos (que provocaron innumerables muertes), a una academia que nombrara y galardonara a los individuos más destacados en las artes y las ciencias, Ashoka conformó la sociedad secreta de los Nueve Hombres Desconocidos, encargados de compilar los conocimientos del ser humano y ocultar aquellos que pudieran ser peligrosos, por nuestro bien y por la paz. (Nota: No deja de ser irónico e incluso de tener su gracia que torturadores psicópatas e inventores de armas terminen "redimidos" y convertidos en vigilantes del saber, en busca de un mundo mejor. A mí, la verdad, no me inspiran ninguna confianza este tipo de individuos).

 

Uno de los muchos títulos de Jacolliot, éste publicado por Bartolomé Bauzá en 1926. Por cierto, que también publicó novelas de misterio, más o menos policíacas. Habrá que leerlas, a ver qué tal están.


Si esta leyenda se la inventó Jacolliot o la escuchó en alguno de sus viajes, no lo sabemos; pero el caso es que el francés aseguraba creer en los Nueve Desconocidos.

El escritor inglés Talbot Mundy, gran creador en el terreno de la aventura exótica, publicó en 1923 la novela The Nine Unknown, que presentaba a los Nueve como una benévola organización secreta, la cual guardaba los secretos de la telepatía y otras muchas zarandajas. Pero esta obra y este asunto cayó en el olvido hasta que Pauwels y Bergier lo rescataron en El retorno de los brujos. Con la aparición y éxito internacional de este volumen, al menos tres autores de tres países distintos se hicieron eco de los Nueve Desconocidos, de forma simultánea: fueron el argentino Juan Jacobo Bajarlía, el norteamericano Philip José Farmer, y el español Francisco González Ledesma, también conocido como Silver Kane.

 

The Nine Unknown (1923), de Talbot Mundy.

 

***

La aportación de Bajarlía, un breve artículo de ficción titulado "Los nueve desconocidos", recogido en el volumen Historias de monstruos (1969), abundaría en la leyenda de Ashoka y en las conexiones de los Nueve con los poderes paranormales, con algunos personajes históricos como Dante Alighieri, y con "La casa espectral" (1964), un relato de nuestra Biblioteca de Babel, escrito por el ficticio John Batharly (evidente sosias de Bajarlía que, curiosamente, sí publicaría algunas obras en nuestro plano de realidad).

 

Historias de monstruos (1969), de Bajarlía.

 

Por su parte, Farmer, padre de la Mitología Creativa woldnewtoniana, publicó en 1969 A Feast Unknown, una de sus obras maestras, en la que abordaría los problemas reales del súper hombre, en este caso encarnado por dos sus máximos y primordiales exponentes: el individuo en que Edgar Rice Burroughs se basó para crear a Tarzán de los Monos, y el hombre que inspiró a Lester Dent la creación de Doc Savage. Héroes de este calibre, tratados desde una perspectiva realista y materialista que explora las súper sexualidades de estos caballeros, merecían unos antagonistas a su altura: los Nueve Desconocidos que, al contrario que en la novela de Mundy, son los amos secretos del mundo, y su existencia se remontaría mucho más atrás en el tiempo que la leyenda de Ashoka.

Está claro que la fuente de Bajarlía y Farmer es la misma (el libro de Pauwels y Bergier), y de forma idéntica sucede con Silver Kane y su versión de los Nueve.

 

A Feast Unknown (1969), de Farmer. Ilustración de cubierta de Richard Corben.

Una edición en rústica de la novela de Farmer sobre los Nueve Desconocidos.

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La reseña de nuestra novela de a duro

Silver Kane.

 

La colección Enviado Secreto (también conocida como DANS, siglas del Departamento Atómico Nacional de Seguridad) es una de esas raras avis de los bolsilibros de Bruguera que, por los más diversos motivos, resulta inclasificable. Para empezar, se publicó casi íntegramente (salvo los últimos números) en el formato "deluxe", es decir, un poco más alto que los bolsilibros convencionales. Nunca he sabido el porqué de la existencia de este formato más o menos experimental, aunque está claro que, a pesar de su longevidad (134 números entre 1967 y 1970), las ventas no debieron acompañarla en los últimos números que, como decíamos, aparecieron en el tradicional formato de 10,5 cm x 15 cm. La serie recayó en manos de cuatro autores "de la casa", todos ellos viejos conocidos de los lectores de novelas de a duro: Clark Carrados, Frank Caudett, Burton Hare y Silver Kane. Cada uno de ellos narraba las aventuras de un agente del DANS; Silver Kane se encargó de Johnny Klem, que "en cualquier momento podía abandonar los brazos de una mujer para caer en los brazos de la muerte", según rezaba la publicidad de contraportada.

 




Obviamente, estamos ante una serie de episodios completos e independientes, relacionados por la organización y algunos personajes secundarios, donde se emula la moda de las ficciones de espionaje al estilo del James Bond de Ian Fleming y su legión de imitadores y descendientes, como el maravilloso Brian Kervin (agente M-31) de Curtis Garland. Como buena serie de espionaje de su tiempo, muchas de las aventuras de los agentes del DANS colindaban con otros géneros, sobre todo con la fantaciencia exótica, el problema-enigma bizarro, e incluso el ocultismo traído por los pelos.

"Los Nueve Desconocidos" de Silver Kane es una aventura de Johnny Klem, con un planteamiento que es lo mejor de la novela, por improbable y delirante: Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos, alcanza un acuerdo secreto con la URSS y con la China comunista para hacer realidad la vieja leyenda de Asoka: conformar un consejo de nueve sabios escogidos en todo el mundo para que supervisen y tomen decisiones sobre los adelantos atómicos que va produciendo la ciencia. "Hasta Mao Tse Tung se ha avenido a razones", confiesa un sorprendido Nixon.

 

Mao Tse Tung y Richard Nixon en 1972, tres años después del asunto de los Nueve Desconocidos.

 

Pero claro: hay fuerzas externas que están interesadas en que dicho pacto no se lleve a cabo, y existen dudas acerca de las verdaderas identidades de estos Nueve Desconocidos. Aquí es donde entran Johnny Klem y el DANS, que deben evitar lo inevitable: el fracaso de este proyecto internacional.

La novela es divertida y correcta, pero nada del otro mundo. Las expectativas que despierta el título son demasiado altas, pues habría sido hermoso ver a Klem enfrentado a los agentes de los inmortales Nueve que ya retrató Farmer; pero en lugar de esta gran aventura, tenemos el típico correcalles (correpaíses) con bellas agentes secretas metidas en la cama del maestro de espías, crótalos venenosos, traiciones, los esperables giros inesperados, y una sencilla aventura más que apuntar en el currículum de Klem y de González Ledesma. Lo que podría haber sido muy grande se queda en anecdótico; pero no quiero restarle el mérito a Silver Kane por ser el primero en usar el concepto de los Nueve Desconocidos en una ficción española, ni negarle la originalidad, por disparatada, de esta "triple alianza contranatura" que tenía por objetivo fomentar la paz en nuestro planeta.

Quizá lo más fantástico sea que todo fuera idea de Richard Nixon. Aunque bien pensado, quizá, detrás de estos Nueve Desconocidos estuviera Henry Kissinger. Sí, eso tendría más sentido... sobre todo, visto en qué quedó el acuerdo de colaboración al final de la novela...

 

Henry Kissinger y Mao Tse Tung, viejos amigos (desde 1971, extraoficialmente), reunidos en público, en contra de sus costumbres...

lunes, 20 de mayo de 2024

Monstruos en el Oeste: los collages de Jorge Morón (2015)

En el año 2015, comenzamos a recuperar la obra de Juan Gallardo Muñoz (más conocido como Curtis Garland) en el volumen titulado Monstruos en el Oeste, que contiene novelas firmadas con el pseudónimo de Donald Curtis. El volumen fue un éxito, sigue disponible, y contó con una maravillosa ilustración de portada, obra de Sergio Bleda.

Para la realización del libro, hubimos de contar con la ayuda de muchos amigos que nos proporcionaron material original para extraer el texto (estoy pensando en algunas mañanas en casa del gran Juan Carlos Monroy, machacando novelitas en su escáner), y contamos, como en tantas otras ocasiones, con la colaboración desinteresada de Jorge Morón, un connoisseur de la literatura popular que no se prodiga demasiado por los universos públicos de las Redes Sociales.

Una de las muchas cosas que hizo Morón para ayudar a la promoción de este volumen fue la realización de un montón de collages que conformaban falsas cubiertas para nuestro libro, y que tenían la capacidad de hacer volar la imaginación de cualquiera que las contemplara.

Jorge tomó las imágenes de los clásicos ilustradores de los bolsibros (Desilo, Miguel García, Alberto Pujolar, Antonio Bernal, Ángel Badía Camps, y un largo etc.), y las remezcló y remontó para que encajaran con la idea que, hoy, tenemos de lo que es el género del weird western.

Obviamente, fue un divertimento de Jorge Morón que, con todo respeto, rehizo a su antojo algunas de esas pequeñas obras maestras que son las antiguas cubiertas de las novelas de a duro. Aquello fue un trabajo de amor y un homenaje a los autores originales, así como un guiño gigantesco a todo lo que pudo ser y no fue en la curiosa, taimada, ingenua, despiadada y fascinante Historia de los Bolsilibros Españoles.

Jorge hizo aquellos trabajos entre los meses de mayo y junio de 2015, en que estuvo abierta la suscripción de nuestro volumen de Donald Curtis. Los recuperamos aquí, con todo nuestro cariño para los autores de las ilustraciones originales, y nuestro reconocimiento a un importante diletante y amigo como es Jorge Morón, que siempre está ahí cuando lo necesitas.

 























lunes, 6 de mayo de 2024

Con las mujeres no hay manera (1950), de Vernon Sullivan


5 de mayo de 2024

¿Cómo escribir una reseña o una reflexión seria sobre una historia que es parodia de todo un género, o un subgénero, o patatas fritas? No tengo ni idea. Es decir, ¿qué tengo que pensar de un párrafo como el siguiente, el largo, el que se encuentra en mitad de la página? El que comienza diciendo "No veo por qué no he de ocuparme un poco de Gaya [...]":


 

¿Qué hago con esto? ¿Me río ante la audacia del autor? ¿Lo busco para darle una paliza por tomarme el pelo y permitirse lujos que, supuestamente, me sacan de su historia? ¿Lo felicito? ¿Lo mando al cuerno?

Y así, 158 páginas de Bruguera Libro Amigo, con letra gorda y amplio interlineado, traducidas al castellano por Josep Elías en abril de 1981. Extensión casi, casi de bolsilibro de toda la vida (25.000 palabas en los buenos tiempos; yo le calculo unas 30.000 al original en español de Con las mujeres no hay manera). Y contenido también casi, casi de bolsilibro, por el despiporre, la improvisación, y hasta el punto final. Yo, desde aquí, le pregunto a un par de amigos escritores, que también cultivan esa literatura que raya en el porno pero que es humor negro (negro como un tiro en la nuca, negro como el banquete en que se comen el cadáver de la abuela, negro como robar un automóvil a punta de pistola), estoy pensando en Hernán Migoya y en Alejandro Salvador (alias El Batería de los Debodis), ¿vosotros os atrevéis a meter un parrafito en que el narrador justifique que os ha contado un rollete para aprovechar y vestirse mientras tanto?

***

Vernon Sullivan fue un escritor negro nacido en los Estados Unidos (en el sur, sin duda alguna), país en donde no lograba publicar sus obras, allá por los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial. Es muy probable que Sullivan fuese un veterano del Pacífico y quizá anduvo por Iwo-Jima, o puede que desembarcara en las playas de Normandía el Día-D. Ni idea.

En fin, el caso es que, ante las negativas editoriales, probó suerte en Francia, donde el británico James Hadley Chase había sido un pelotazo comercial a inicios de 1946 con El secuestro de Miss Blandish (No Orchids for Miss Blandish, 1939). Y un osado editor, Jean d'Halluin, responsable de las Éditions du Scorpion, tuvo a bien darle una oportunidad a la novela I Shall Spit On Your Graves (Escupiré sobre vuestra tumba) de Sullivan, que se publicó en francés en noviembre de 1946

Vernon Sullivan en algún lugar de Atlanta, hacia 1948.

 

La versión francesa fue un éxito rotundo y millonario, pues la crítica decidió unánimente (o casi) que se trataba de basura pornográfica, desagradable, gratuitamente violenta, injusta y, sobre todo, ofensiva para la sociedad. Así, las ventas se multiplicaron, fue un gran éxito de público lector, y la obra proporcionó pingües beneficios al traductor y al editor durante años. El 7 de febrero de 1947, el Cartel d'action sociale et morale, dirigido por el arquitecto protestante Daniel Parker, expuso en público lo maligna y peligrosa que era esta obra redactada por algún demonio salido del Infierno. La siguiente novela de Sullivan, publicada en 1948, tenía por protagonista a un tal Dan Parker. Pura coincidencia.

Todo esto le importó poco a Vernon Sullivan, pues no vio ni un céntimo de estas primeras novelas ni de las otras dos que publicaría en Francia en los años siguientes (dos obras que, por excesivas, por demencialmente fantasiosas y por intolerables, ya entraban directamente en el género de la parodia del hardboiled y el policial convencional). Esto se debió a que, además de ser un escritor extranjero y negro (en realidad, mulato, tanto que casi parecía blanco), Vernon Sullivan no existía en nuestro plano de realidad. Aunque en principio lo negó, el traductor francés Boris Vian (músico, ingeniero, inventor y otras muchas cosas) era el verdadero autor, y no existían originales en inglés de estas obras, netamente yanquis, o más bien, netamente anti yanquis. Anti humanas, se podría decir. O demasiado humanas, más bien.

Boris Vian fue un escritor francés, de corta vida (1920-1959), pese a lo cual tuvo tiempo de meterse en cualquier berenjenal imaginable: igual traducía a Raymond Chandler que a Alfred Van Vogt, o fundaba junto a sus amigos Le club des Savanturiers, una secta (como se autodeminaba) consagrada a la literatura de ciencia ficción. No vamos a hablar de la parte musical de su biografía y bibliografía jazzística, ni de la condena a la cárcel por sus obras como Vernon Sullivan, ni del indulto que impidió que pasara quince años en prisión por sus escritos, ni de sus matrimonios, ni de sus padres, ni nada de eso. Todo se puede encontrar por ahí, en libros y en la Red de Redes.

No obstante, comprenda que aquí tenemos a un hombre odiado y perseguido que a punto estuvo de dar con sus huesos en una celda, por los delitos de escribir novelas (guarrillas y descaradas, cierto), o por componer canciones como Le Deserteur (1954).

 



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Elles se rendent pas compte (Con las mujeres no hay manera) se publicó en 1950, y esta vez no acompañó el éxito de ventas a la nueva novela de Sullivan-Vian, ni a cualquier otra de las que publicó por entonces. Esto, al parecer, estaba relacionado con la prohibición de sus obras, la cancelación de las adaptaciones teatrales, etc. Tanto da ahora. O no. A fin de cuentas, estamos hablando de una obra que, si se publicara hoy, y llegara a manos de lectores sensibles, terminaría entre las llamas y a Boris Vian se le borraría de los libros de Historia de la Literatura. Su nombre se recordaría, quizá, por la canción de La Unión, la del Lobo hombre en París.

Y es que en esta novela, Vian no sólo se atreve a hablar de sexo humano en todas sus vertientes (cita el escandaloso Informe Kinsey), sino que lo hace desde el cachondeo y la más pura mala baba que imaginarse pueda. No se trata de que se exhiban relaciones homosexuales, travestismo y tríos, sino que también hay violaciones, violaciones consentidas (si es que esto es posible... y lo es, en el mundo del sadomasoquismo), violencia a mansalva, castraciones mortales, asesinatos, y muy poca seriedad. En una nota al pie, el autor apunta a la autocensura, y afirma que no se puede hablar o escribir sobre "ciertas formas agradables de pasar el rato", pero sí sobre "enviar a gente a que mate y muera en Indochina". (De esto, algo aprenderían los ciudadanos de los Estados Unidos pocos años después, y con el tiempo, se encargarían de que todo el mundo supiera situar en un mapa ese lugar llamado Vietnam).

Boris Vian en París, 1947.

El narrador es un pijo yanqui, pero muy pijo, con mucha pasta, metido a investigador aficionado. Los rivales: una banda de lesbianas que drogan, chantajean y se aprovechan de sus ¿inocentes? víctimas. La misión del pijo y de su hermano: destruir la banda y reconvertir a la heterosexualidad, por las buenas o por las malas, a todas esas pobres jovencitas menores de edad (aunque alguna tenga 28 años y sepa francés, griego y bantú, si es necesario).

Boris Vian reparte patadas antisistema como un Bruce Lee pasado de farlopa, y no hay un solo detalle, un solo personaje, que no responda a una interpretación muy borde del mundo real. En la serie del Distrito 87 de Ed McBain, recuerdo algunos pasajes violentos, acerca de menores, prostitución y drogas, que se acercaban a estas sordideces con seriedad; pero Boris Vian convierte esta parafernalia en una fiesta obscena... y, no lamento decirlo, divertidísima. Porque una persona puede escribir una burrada como es esta novela, ofensiva para el 99,9% de la población mundial de ayer, hoy y siempre, y seguir siendo una persona que no ha cometido un delito en su puñetera vida ni le ha hecho mal a nadie. Una buena persona, incluso.

Qué gran ejemplo es Con las mujeres no hay manera de obra literaria condenada -pues sólo describe acciones de culpables declarados-, y perpetrada por un perfecto inocente.

Nota final: apostaría dos perras gordas a que el gran Curtis Garland leyó esta novela, y por fechas (edición española de 1981; antes no creo que a nadie se le pasara por la cabeza traducir a Sullivan-Vian), es pefectamente posible. Me ha parecido ver su huella en Máscara para el crimen (1984), de la que ya hablamos por aquí. Pero a lo mejor es que tengo visiones.


martes, 21 de noviembre de 2023

Basil de Baker Street: una peregrinación (5 de marzo de 2010)


Advertencia del 18 de noviembre de 2023

El siguiente artículo lo escribí el 5 de marzo de 2010 para este cuaderno de bitácora, que en aquella época tenía otro emplazamiento. Al igual que el texto titulado "Mi madre y Sherlock Holmes", quedó varado en las entrañas de mi ordenador, y ha viajado de disco duro en disco duro. Nunca lo rescaté. Hasta ahora.

Hay muchas cosas sobre el personaje de Basil, el ratón detective de Baker Street, que he conocido después. Ahora hay una edición completa en castellano, realizada por mis amigos del Círculo Holmes, y Luis de Luis Otero, uno de los más desconcertantes holmesianos que en el mundo han sido, publicó una extensa monografía sobre el asunto del ratón credo por Eve Titus. También, la editorial Blackie Books ha vuelto a publicar la primera novelita de la serie, no sé si alguna más.

Pero nada de esto viene al caso ante estas viejas palabras, que son pura añoranza. No he retocado ni una coma. Para qué, si el que habla no soy yo, sino otro mucho más joven.

***

 Basil de Baker Street: una peregrinación
(5 de marzo de 2010)

 

Basil, a los pies de Sherlock Holmes. Ilustración de Paul Galdone.

 

Seré sincero: pensaba publicar esta entrada en Navidad (en alguna Navidad, no en la más reciente), pero no he tenido más remedio que ofrecérosla ahora. Toda esta reseña encierra un montón de nostalgia, y me parecía apropiado publicarla en una época más “apropiada”, o al menos, más en sintonía con lo que deseo contaros respecto al Gran Ratón Detective de Baker Street.

Al carajo, amigos sherlockianos. Ni Navidades, ni leches en vinagre.

Y no obstante, empezaré por el principio, como está mandado.

La primera noticia que tuve de Basil (el ratón que vivía en el 221b de Baker Street) se remonta al año 1986, cuando yo tenía diez añitos, y ya conocía al Maestro por dos vías fundamentales: parte de la traducción de Amando Lázaro Ros publicada por Editorial Molino (en diversas ediciones, que rondaban por mi casa gracias a mi padre y a mi hermano Daniel), y sobre todo, gracias a la mítica película Asesinato por decreto (1979), de obligatorio visionado para los seres humanos. (Soy holmesiano gracias a Plummer y Mason, y quien piense otra cosa, debería ahorcarse ahora mismo).

 

Cartel español de Asesinato por decreto, que yo vi por primera vez una noche, en la tele. De esos polvos han venido estos lodos...

 

El álbum de cromos de Basil (versión Disney), que en España apareció y se promocionó en 1986, creo que antes de que se estranara la película. Aunque no lo menciono en el artículo, debió ser aquí donde vi por primera vez a Basil.
 

En Albacete, mi ciudad natal y donde actualmente resido, existían diversos cines “a la antigua usanza”: nada de multisalas ni zarandajas de esas, sino enorme teatros con palcos y demás historia, que acogían a las juventudes y las senectudes ante cualquier cinta, estuviera o no calificada o recomendada para menores o mayores. (Por aquella época, claro, yo estaba harto de las películas “Toleradas”, y empezaba a dejarme ver en aquellas “Para todos los públicos”. Sé que parece la misma clasificación, pero eso de “Toleradas” sonaba y era para niños muy pequeños; lo de “Todos los públicos” tenía algo que ver con que lo vieran jovencitos muy jovencitos, y personas adultas, a la par y sin complejos. Me explico: Rollos de “Tom Hanks, detective acompañado”, y otras tontunas).

A esto me refería cuando hablaba de "Tom Hanks, detective acompañado". Con Dan Aykroid, y Christopher Plummer haciendo de "El Malo de la Película". Esto un supuesto remake de Dragnet, una serie policíaca televisiva antigua; pero la producción se convirtió en comedia ochentera. (Es de 1987, por cierto. La vi en el cine con amigos).
 

Uno de los míticos cines de Albacete, ya desaparecidos —hoy día quedan unas nauseabundas salas Yelmoplex que merecen la extinción inmediata, pues son caras, están lejos, y se sirven del chimpancé que, desde tiempos inmemoriales, trabaja en mi localidad—, era el Carretas, sito en la plaza del mismo nombre. Allí, en el año  1987, se anunciaba en cartel la última producción de Disney, Basil, el Ratón Superdetective, un título que en su versión castellana algo debía de beber de esas comedias de acción de Eddie Murphy (un cómico negro salido del Saturday Night Live, que tampoco era para tanto) a las que por aquí nos referimos como Superdetective en Hollywood.

 

Superdetective en Hollywood. Curiosamente, se supone que la última película que proyectó el cine Carretas fue El chico de oro, una muy divertida película, también de Eddie Murphy. Pero lo que cuento aquí del Basil de Disney también es cierto. ¿Será uno de esas "rasgaduras del Velo" que...?
 

A mí, aunque era un chiquillo, nadie me engañaba: el ratón no era el negro de la pistola en Beverly Hills, sino el puñetero Sherlock Holmes convertido en personaje Disney. Vaya si no.

Por aquel entonces, mi hermano Daniel era el más directo responsable (aunque mi hermana Suli también se comió su parte) de sacarme por ahí a hacer El Mal, a pegarme como una lapa a mis mayores, y sobre todo —o eso es lo que yo recuerdo—, de llevarme al cine. Joder, la que hoy es la ex mujer de Dani me llevó (en solitario, sin su novio) a ver Superman III, la de Richard Pryor tirándose desde un rascacielos con esquíes... Aquello debió ser la prueba de amor que necesitaban para casarse... Pero no sé, a mí no me pregunten...

 

La vi en el cine Capitol de Albacete, con mi ex cuñada. La cola para verla era... obscena.
 

Sé que había algún motivo especial, aunque seguro que no tenía nada que ver con sacar buenas notas, buen comportamiento, ni nada por el estilo. En mi familia nunca se han premiado esas mierdas, cosa que me parece bien. Pero había algo, un compromiso, vaya usted a saber el qué, que hizo que Dani me llevara de la mano —¿quizá una improvisación bien intencionada?— al puñetero cine Carretas para ver al Sherlock Holmes ratón.

El Carretas se encontraba en lo que a mí me parecía una cuesta interminable hasta la Plaza de las Carretas, una lugar antiguo e inhóspito, repleto de solares y casas salidas de algún pueblo lejano, muy lejos del hogar familiar que yo conocía. Era una peregrinación en toda regla.

El trayecto de ida fue glorioso, repleto de ilusiones y, sobre todo, de ganas. A mi hermano Dani le encanta (o al menos le encantaba) ver películas de críos con críos, cosa que, estoy seguro, sigue haciendo con su hijo. (Yo perdí ese gusto a los diecinueve años, cuando me llevé a mis mil millones de sobrinos a ver Las Tortugas Ninja III a un cine Capitol repleto de criaturas que me pegaron la varicela, lo que me retuvo todo un verano en casa. Debió ser en pago por el ancestral sacrificio de mi ex cuñada. El universo sigue algún tipo de orden, etc).

Y cuando llegamos a la puerta, después de atravesar los Parajes de los Condenados, el Lago de la Muerte, la Zona Negativa (que está pegada a la Zona Fantasma), Latveria, un par de campos de minas Claymore, el Bosque de los Monstruos Sin Cuello, el Territorio de la Mano Negra y Chinatown, nos encontramos con que el cine Carretas estaba cerrado.

Para siempre. Para siempre jamás.

 

Mi hermano Daniel, hace unos pocos años, en uno de sus habituales encuentros con monstruos. Durante su última aventura, resolvió El Problema de la Bolsa Misteriosa. Qué familia esta...

 

Allí estaba el cartel de Basil el Ratón Superdetective, pero en ninguna parte se indicaba que aquello estaba “cerrado por defunción”, “hemos salido cinco minutos”, ni nada de nada.

El Carretas había llegado a su fin.

Y lo que es peor, yo me quedé sin ver al Sherlock Holmes ratón que anunciaban en la tele. Tampoco llegábamos a tiempo de meternos en otro cine, pero, ¡qué más daba! Yo lo que quería era ver al jodido Ratón Sherlock.

 

El cartel español de la película.


***

Algún que otro año después, decidí que ya era lo suficientemente mayor (yo habría dicho entonces “grande”) como para hacer regalos de Reyes. De Reyes Magos. Nunca he sido fan de Papá Noel —o como dicen los snobs, “Santa Claus”—. Hice mis esfuerzos. Regalé cosas a mis padres y a mis hermanos. Cosas baratas. Libros. De saldo en una librería (ya inexistente, ¿se llamaba Mobe...?) de la calle Dionisio Guardiola, antes de llegar a los míticos —y no poco misteriosos— Almacenes Navarro. (Se dice que son un negocio de lavado de dinero negro, ¡qué necedad...!)

Tras un expositor de cristal, donde se guardaban volúmenes con precios que debían rondar las doscientas, trescientas y cuatrocientas pesetas, había algo titulado Basil de Baker Street. El dibujo de la cubierta, con un ratón fumando en pipa (y un Watson ratonáceo y con bigote), me evocaba, por alguna loca razón, a los cuadernos infantiles de Richard Scarry. Qué prodigio, amigos. Scarry es un puto Maestro.

 



Mis adorados Cuadernos Richard Scarry, que publicó Bruguera entre 1980 y 1981. Con esto y con la cartilla Amiguitos, aprendí a leer antes de ir al colegio.

 

Por supuesto, vi la luz: Basil de Baker Street era el Sherlock Holmes ratón de Disney.

Reuní el dinero necesario para auto regalarme ese librito de Montena —con preciosas ilustraciones interiores de Paul Galdone— para los Reyes Magos. Incluso pedí que me lo envolvieran en la tienda, y más tarde, en mi casa, le pegué un pedacito de papel con mi nombre para unirlo al resto de regalos. Aquello fue a principios de diciembre, y aguanté sin abrirlo —eso es mono de yonqui auténtico, se lo digo yo— hasta el 6 de enero, el día en que muchos holmesianos, sobre todo en los Estados Unidos, se reúnen para celebrar el apócrifo nacimiento del Maestro.

Qué cosas...

Mi ejemplar de Basil de Baker Street, de Montena.
 
 ***

Intenté leer el libro a mis sobrinos (ya por entonces tenía unos cuantos), sin demasiado éxito. Y es que Basil de Baker Street era toda una novela, y no un cuentecillo como esos troquelados de Caperucita Roja, Riquete el del Copete, o Los Siete Cabritillos. Basil daba más de sí.

 

Riquete el del Copete. Producciones Editoriales, 1978.
 

Habría de llegar a mis manos, concretamente en la Biblioteca Pública de Albacete, la primigenia edición de Sherlock Holmes de Baker Street, la famosa edición de Valdemar de la biografía del Maestro escrita por William S. Baring-Gould, para que yo me enterara de que la novelita infantil de Eve Titus tenía un auténtico valor sherlockiano. ¡Diablos, aparecía allí, citada entre un montón de títulos inencontrables —y no traducidos al castellano— donde se desentrañaban los misterios del Gran Detective!

O sea, ¡los misterios de Sherlock Holmes!

¡En serio!

 

La biografía de Sherlock Holmes, escrita por William S. Baring-Gould, vuelve a aparecer por aquí. Y no por última vez, imagino...

 ***

 Ahora, miles de años después, he visto la película a la que mi hermano Dani, con riesgo de su pellica —así decimos por estas tierras—, intentó llevarme.

Todas las tribulaciones, amigos míos, merecieron la pena. Más divertida que la magistral serie de Miyazaki (sobre todo el episodio de El rapto de la señora Hudson), mejor que The Private Life of Sherlock Holmes de Vincent Starrett, y más espectacular que The Science-Fictional Sherlock Holmes, que es un volumen impagable —sobre todo en el mal sentido de la palabra—), Basil, el Ratón Superdetective es un motivo vital para mí, una imagen que reúne a Sherlock Holmes con los personajes de Viento en los sauces (de Kenneth Grahamme), otra obra maestra indiscutible de la literatura infantil, y donde por cierto, se homenajea a Conan Doyle.

Y la música de Mancini es una gozada.

Y yo, amigos holmesianos, soy como un niño.

O mejor dicho, soy, en las pocas ocasiones en que no lidio con fuerzas sobrenaturales y malignas e incomprensibles, un niño.

Un niño.

Sólo un niño.

...

Qué gusto da...

 

Viento en los sauces de Kenneth Grahamme incluye un capítulo sherlockiano.

El rapto de la señora Hudson, según Miyazaki. Reminiscencias de Lady Frances Carfax, diría yo...


The Private Life of Sherlock Holmes de Vincent Starrett. Imprescindible.

 
The Science-Fictional Sherlock Holmes, de 1960. Una maravilla.