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martes, 21 de noviembre de 2023

Basil de Baker Street: una peregrinación (5 de marzo de 2010)


Advertencia del 18 de noviembre de 2023

El siguiente artículo lo escribí el 5 de marzo de 2010 para este cuaderno de bitácora, que en aquella época tenía otro emplazamiento. Al igual que el texto titulado "Mi madre y Sherlock Holmes", quedó varado en las entrañas de mi ordenador, y ha viajado de disco duro en disco duro. Nunca lo rescaté. Hasta ahora.

Hay muchas cosas sobre el personaje de Basil, el ratón detective de Baker Street, que he conocido después. Ahora hay una edición completa en castellano, realizada por mis amigos del Círculo Holmes, y Luis de Luis Otero, uno de los más desconcertantes holmesianos que en el mundo han sido, publicó una extensa monografía sobre el asunto del ratón credo por Eve Titus. También, la editorial Blackie Books ha vuelto a publicar la primera novelita de la serie, no sé si alguna más.

Pero nada de esto viene al caso ante estas viejas palabras, que son pura añoranza. No he retocado ni una coma. Para qué, si el que habla no soy yo, sino otro mucho más joven.

***

 Basil de Baker Street: una peregrinación
(5 de marzo de 2010)

 

Basil, a los pies de Sherlock Holmes. Ilustración de Paul Galdone.

 

Seré sincero: pensaba publicar esta entrada en Navidad (en alguna Navidad, no en la más reciente), pero no he tenido más remedio que ofrecérosla ahora. Toda esta reseña encierra un montón de nostalgia, y me parecía apropiado publicarla en una época más “apropiada”, o al menos, más en sintonía con lo que deseo contaros respecto al Gran Ratón Detective de Baker Street.

Al carajo, amigos sherlockianos. Ni Navidades, ni leches en vinagre.

Y no obstante, empezaré por el principio, como está mandado.

La primera noticia que tuve de Basil (el ratón que vivía en el 221b de Baker Street) se remonta al año 1986, cuando yo tenía diez añitos, y ya conocía al Maestro por dos vías fundamentales: parte de la traducción de Amando Lázaro Ros publicada por Editorial Molino (en diversas ediciones, que rondaban por mi casa gracias a mi padre y a mi hermano Daniel), y sobre todo, gracias a la mítica película Asesinato por decreto (1979), de obligatorio visionado para los seres humanos. (Soy holmesiano gracias a Plummer y Mason, y quien piense otra cosa, debería ahorcarse ahora mismo).

 

Cartel español de Asesinato por decreto, que yo vi por primera vez una noche, en la tele. De esos polvos han venido estos lodos...

 

El álbum de cromos de Basil (versión Disney), que en España apareció y se promocionó en 1986, creo que antes de que se estranara la película. Aunque no lo menciono en el artículo, debió ser aquí donde vi por primera vez a Basil.
 

En Albacete, mi ciudad natal y donde actualmente resido, existían diversos cines “a la antigua usanza”: nada de multisalas ni zarandajas de esas, sino enorme teatros con palcos y demás historia, que acogían a las juventudes y las senectudes ante cualquier cinta, estuviera o no calificada o recomendada para menores o mayores. (Por aquella época, claro, yo estaba harto de las películas “Toleradas”, y empezaba a dejarme ver en aquellas “Para todos los públicos”. Sé que parece la misma clasificación, pero eso de “Toleradas” sonaba y era para niños muy pequeños; lo de “Todos los públicos” tenía algo que ver con que lo vieran jovencitos muy jovencitos, y personas adultas, a la par y sin complejos. Me explico: Rollos de “Tom Hanks, detective acompañado”, y otras tontunas).

A esto me refería cuando hablaba de "Tom Hanks, detective acompañado". Con Dan Aykroid, y Christopher Plummer haciendo de "El Malo de la Película". Esto un supuesto remake de Dragnet, una serie policíaca televisiva antigua; pero la producción se convirtió en comedia ochentera. (Es de 1987, por cierto. La vi en el cine con amigos).
 

Uno de los míticos cines de Albacete, ya desaparecidos —hoy día quedan unas nauseabundas salas Yelmoplex que merecen la extinción inmediata, pues son caras, están lejos, y se sirven del chimpancé que, desde tiempos inmemoriales, trabaja en mi localidad—, era el Carretas, sito en la plaza del mismo nombre. Allí, en el año  1987, se anunciaba en cartel la última producción de Disney, Basil, el Ratón Superdetective, un título que en su versión castellana algo debía de beber de esas comedias de acción de Eddie Murphy (un cómico negro salido del Saturday Night Live, que tampoco era para tanto) a las que por aquí nos referimos como Superdetective en Hollywood.

 

Superdetective en Hollywood. Curiosamente, se supone que la última película que proyectó el cine Carretas fue El chico de oro, una muy divertida película, también de Eddie Murphy. Pero lo que cuento aquí del Basil de Disney también es cierto. ¿Será uno de esas "rasgaduras del Velo" que...?
 

A mí, aunque era un chiquillo, nadie me engañaba: el ratón no era el negro de la pistola en Beverly Hills, sino el puñetero Sherlock Holmes convertido en personaje Disney. Vaya si no.

Por aquel entonces, mi hermano Daniel era el más directo responsable (aunque mi hermana Suli también se comió su parte) de sacarme por ahí a hacer El Mal, a pegarme como una lapa a mis mayores, y sobre todo —o eso es lo que yo recuerdo—, de llevarme al cine. Joder, la que hoy es la ex mujer de Dani me llevó (en solitario, sin su novio) a ver Superman III, la de Richard Pryor tirándose desde un rascacielos con esquíes... Aquello debió ser la prueba de amor que necesitaban para casarse... Pero no sé, a mí no me pregunten...

 

La vi en el cine Capitol de Albacete, con mi ex cuñada. La cola para verla era... obscena.
 

Sé que había algún motivo especial, aunque seguro que no tenía nada que ver con sacar buenas notas, buen comportamiento, ni nada por el estilo. En mi familia nunca se han premiado esas mierdas, cosa que me parece bien. Pero había algo, un compromiso, vaya usted a saber el qué, que hizo que Dani me llevara de la mano —¿quizá una improvisación bien intencionada?— al puñetero cine Carretas para ver al Sherlock Holmes ratón.

El Carretas se encontraba en lo que a mí me parecía una cuesta interminable hasta la Plaza de las Carretas, una lugar antiguo e inhóspito, repleto de solares y casas salidas de algún pueblo lejano, muy lejos del hogar familiar que yo conocía. Era una peregrinación en toda regla.

El trayecto de ida fue glorioso, repleto de ilusiones y, sobre todo, de ganas. A mi hermano Dani le encanta (o al menos le encantaba) ver películas de críos con críos, cosa que, estoy seguro, sigue haciendo con su hijo. (Yo perdí ese gusto a los diecinueve años, cuando me llevé a mis mil millones de sobrinos a ver Las Tortugas Ninja III a un cine Capitol repleto de criaturas que me pegaron la varicela, lo que me retuvo todo un verano en casa. Debió ser en pago por el ancestral sacrificio de mi ex cuñada. El universo sigue algún tipo de orden, etc).

Y cuando llegamos a la puerta, después de atravesar los Parajes de los Condenados, el Lago de la Muerte, la Zona Negativa (que está pegada a la Zona Fantasma), Latveria, un par de campos de minas Claymore, el Bosque de los Monstruos Sin Cuello, el Territorio de la Mano Negra y Chinatown, nos encontramos con que el cine Carretas estaba cerrado.

Para siempre. Para siempre jamás.

 

Mi hermano Daniel, hace unos pocos años, en uno de sus habituales encuentros con monstruos. Durante su última aventura, resolvió El Problema de la Bolsa Misteriosa. Qué familia esta...

 

Allí estaba el cartel de Basil el Ratón Superdetective, pero en ninguna parte se indicaba que aquello estaba “cerrado por defunción”, “hemos salido cinco minutos”, ni nada de nada.

El Carretas había llegado a su fin.

Y lo que es peor, yo me quedé sin ver al Sherlock Holmes ratón que anunciaban en la tele. Tampoco llegábamos a tiempo de meternos en otro cine, pero, ¡qué más daba! Yo lo que quería era ver al jodido Ratón Sherlock.

 

El cartel español de la película.


***

Algún que otro año después, decidí que ya era lo suficientemente mayor (yo habría dicho entonces “grande”) como para hacer regalos de Reyes. De Reyes Magos. Nunca he sido fan de Papá Noel —o como dicen los snobs, “Santa Claus”—. Hice mis esfuerzos. Regalé cosas a mis padres y a mis hermanos. Cosas baratas. Libros. De saldo en una librería (ya inexistente, ¿se llamaba Mobe...?) de la calle Dionisio Guardiola, antes de llegar a los míticos —y no poco misteriosos— Almacenes Navarro. (Se dice que son un negocio de lavado de dinero negro, ¡qué necedad...!)

Tras un expositor de cristal, donde se guardaban volúmenes con precios que debían rondar las doscientas, trescientas y cuatrocientas pesetas, había algo titulado Basil de Baker Street. El dibujo de la cubierta, con un ratón fumando en pipa (y un Watson ratonáceo y con bigote), me evocaba, por alguna loca razón, a los cuadernos infantiles de Richard Scarry. Qué prodigio, amigos. Scarry es un puto Maestro.

 



Mis adorados Cuadernos Richard Scarry, que publicó Bruguera entre 1980 y 1981. Con esto y con la cartilla Amiguitos, aprendí a leer antes de ir al colegio.

 

Por supuesto, vi la luz: Basil de Baker Street era el Sherlock Holmes ratón de Disney.

Reuní el dinero necesario para auto regalarme ese librito de Montena —con preciosas ilustraciones interiores de Paul Galdone— para los Reyes Magos. Incluso pedí que me lo envolvieran en la tienda, y más tarde, en mi casa, le pegué un pedacito de papel con mi nombre para unirlo al resto de regalos. Aquello fue a principios de diciembre, y aguanté sin abrirlo —eso es mono de yonqui auténtico, se lo digo yo— hasta el 6 de enero, el día en que muchos holmesianos, sobre todo en los Estados Unidos, se reúnen para celebrar el apócrifo nacimiento del Maestro.

Qué cosas...

Mi ejemplar de Basil de Baker Street, de Montena.
 
 ***

Intenté leer el libro a mis sobrinos (ya por entonces tenía unos cuantos), sin demasiado éxito. Y es que Basil de Baker Street era toda una novela, y no un cuentecillo como esos troquelados de Caperucita Roja, Riquete el del Copete, o Los Siete Cabritillos. Basil daba más de sí.

 

Riquete el del Copete. Producciones Editoriales, 1978.
 

Habría de llegar a mis manos, concretamente en la Biblioteca Pública de Albacete, la primigenia edición de Sherlock Holmes de Baker Street, la famosa edición de Valdemar de la biografía del Maestro escrita por William S. Baring-Gould, para que yo me enterara de que la novelita infantil de Eve Titus tenía un auténtico valor sherlockiano. ¡Diablos, aparecía allí, citada entre un montón de títulos inencontrables —y no traducidos al castellano— donde se desentrañaban los misterios del Gran Detective!

O sea, ¡los misterios de Sherlock Holmes!

¡En serio!

 

La biografía de Sherlock Holmes, escrita por William S. Baring-Gould, vuelve a aparecer por aquí. Y no por última vez, imagino...

 ***

 Ahora, miles de años después, he visto la película a la que mi hermano Dani, con riesgo de su pellica —así decimos por estas tierras—, intentó llevarme.

Todas las tribulaciones, amigos míos, merecieron la pena. Más divertida que la magistral serie de Miyazaki (sobre todo el episodio de El rapto de la señora Hudson), mejor que The Private Life of Sherlock Holmes de Vincent Starrett, y más espectacular que The Science-Fictional Sherlock Holmes, que es un volumen impagable —sobre todo en el mal sentido de la palabra—), Basil, el Ratón Superdetective es un motivo vital para mí, una imagen que reúne a Sherlock Holmes con los personajes de Viento en los sauces (de Kenneth Grahamme), otra obra maestra indiscutible de la literatura infantil, y donde por cierto, se homenajea a Conan Doyle.

Y la música de Mancini es una gozada.

Y yo, amigos holmesianos, soy como un niño.

O mejor dicho, soy, en las pocas ocasiones en que no lidio con fuerzas sobrenaturales y malignas e incomprensibles, un niño.

Un niño.

Sólo un niño.

...

Qué gusto da...

 

Viento en los sauces de Kenneth Grahamme incluye un capítulo sherlockiano.

El rapto de la señora Hudson, según Miyazaki. Reminiscencias de Lady Frances Carfax, diría yo...


The Private Life of Sherlock Holmes de Vincent Starrett. Imprescindible.

 
The Science-Fictional Sherlock Holmes, de 1960. Una maravilla.

 

martes, 7 de noviembre de 2023

Mi madre y Sherlock Holmes

Úrsula Aroca del Rey, enero de 2010. Fotografía de Alberto López Aroca.


6 de noviembre de 2023

Esta mañana, de regreso a su casa desde el Centro de Salud donde le han hecho la cura de una heridilla, mi madre me ha dicho que estaba terminando de leer el último libro de Arturo Pérez-Reverte (El problema final; se lo regalé hace unos días por su 86 cumpleaños con la idea de leerlo yo cuando ella lo termine). Según me comenta acerca de la novela, "es como de Sherlock Holmes". Dice que le quedan pocas páginas para terminarlo, que ya han matado a no sé cuántos y aún no se sabe quién es el malo.

Definitivamente, creo que le está gustando. Ya me hará la crítica con spoilers este fin de semana, cuando vayamos a comer con ella. (Si yo fuera el compañero Pérez-Reverte, me taparía los oídos, por si le pitan el sábado. Mi madre no se corta un pelo en sus críticas como lectora y no respeta ni a su propia sangre. Si lo sabré yo, que de algunas de mis obras ha dicho que son "una mierdecica"...).

Esto me ha recordado que, hace años, escribí un pequeño texto sin destino, titulado "Mi madre y Sherlock Holmes", y ahora se me ha ocurrido airearlo por aquí. Así, por la cara. Tiene fecha del 16 de enero de 2012. Y lo tienen justo a continuación...

 

***

Lo peor de todo es que ella no tiene la culpa de este sindiós. Para eso está mi hermano Daniel, o bien mi padre, o ambos. O Conan Doyle, o Amando Lázaro Ros. Culpad a quien mejor os parezca. Y donde digo sindiós, digo “el hecho de que yo sea de Sherlock Holmes”.

Mi madre también es de Sherlock Holmes. Y no, no es sherlockiana practicante, del mismo modo en que no es ortografiana practicante. Yo creo que se ha leído todo el puñetero Canon (cincuenta y seis relatos y cuatro novelas), además de un montón de pastiches, entre ellos los que a mí más me gustan: Adiós, Sherlock Holmes (de Robert Lee Hall), Elemental, doctor Freud (de Nicholas Meyer), La sombra de Pan (de Sergio J. Monreal), y los míos, claro, que para eso soy su hijo. Y un montón más.

Porque mi madre es de Sherlock Holmes. Claro que sí.


A mi madre le gustan las películas de Sherlock Holmes. Todas. Es una declaración exclusiva que esta mujer, nacida en 1937, ha realizado para este artículo: “A mí es que las películas de Sherlock Holmes me gustan todas”. Así, como suena.

Bien por ella.

Pero claro, es mi madre. Y pone matices allí donde los hay, y también donde no los hay.

Por ejemplo:

La serie de Granada (ella no la conoce como “la serie de Granada”) no le agrada. Yo creo que es por el doblaje, pero a mí tampoco me motiva demasiado Jeremy Brett. Quien, todo hay que decirlo, sin doblar tampoco mata de placer. A mí, al menos. Pero mi madre no ve pelis con subtítulos. Ya no puede. Necesitaría gafas telescópicas fabricadas por Reed Richards. Y de eso no dan en la Seguridad Social. (En breve tampoco darán analgésicos; y si no, tened paciencia).

Mi madre es de Basil Rathbone, claramente. “Esas son las mejores”, me cuenta cuando preparo una reposición casera de Sherlock Holmes y la garra escarlata. O cualquier otra de las catorce de Rathbone. En fin.

Basil Rathbone


Las de Peter Cushing le parecen (perdón por la expresión) de puta madre. Es el Holmes de toda la vida, el que a ella le resulta familiar. Porque mi madre, ahí donde la veis (es un decir), es muy de la Hammer. Mi madre vio en uno de los cines de Albacete un Drácula de Christopher Lee, y
un día deduje que se trataba de El poder de la sangre de Drácula, (¿la cuarta entrega de la serie?). Durante una época, mi señora madre estuvo durmiendo con el crucifijo al cuello, y no sé si con ajos en la mesita de noche, para desesperación de mi padre. Vivir para ver.

Esto, amigos, mola un montón. Es decir, que a mí me da envidia. Sana. Lo del crucifijo por si te atacan los vampiros. Eso es vivir la ficción y lo demás son tonterías.


Cushing es Holmes, igual que Rathbone. Lleva la gorrita a cuadros (el deerstalker) con una dignidad pasmosa. Y ha declarado en alguna ocasión (ya no, porque está muerto) que si hubiera podido interpretar a la vez a Holmes y a Van Helsing en un posible (aunque improbable) crossover, lo habría hecho. Bien por Peter. (Que a todo esto, hizo de Drácula en alguna ocasión... pero esa es otra historia).

Peter Cushing
 

A mi madre le encanta ver Asesinato por decreto. Y reconoce a Christopher Plummer y a James Mason, y cuando vemos la peli juntos, me dice eso de “¿pero ese no era el Capitán Nemo?” Y mi madre, por arte de magia, se convierte en Philip JoséFarmer.

¿Mola o no mola?

Que a mi madre le parezcan bien Rathbone y Cushing y Plummer está dentro de lo normal. (Que no le parezca bien Brett... bueno, es cosa de familia). Lo marciano es que le guste el clásico Sherlock Holmes y el secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), que también es una película fetiche de mi sobrino Dani. Vale, bien. Es una película bonita. Y la música de Bruce Broughton es una obra maestra. Y punto.

Christopher Plummer y James Mason

James Mason como el Capitán Nemo

 

Mi madre no le hace ascos a La vida privada de Sherlock Holmes, la de Billy Wilder. Y no me sorprende, aunque muchos sherlockianos se caguen en Wilder y en Diamond, el guionista. Ellos sabrán por qué. Quizá porque no tienen sentido del humor. Quizá porque esperan la versión de Garci, con el ministro (¡ministro!) Gallardón de por medio. ¿Yo qué coño sé?

Y resulta que cuando le pongo a mi madre Sherlock Holmes y el caso de la media de seda, esto es, a Rupert Everett haciendo del Maestro de Baker Street, se queda encandilada. Con razón. Porque es un peliculón (para la tele, sí, ¿y qué?), y debería ser más conocido. Lo mismo puedo decir de Estudio en terror, con el señor Neville encarnando al maestro, y a Morley haciendo de un Mycroft Holmes gordo que es una delicia. Como en el Canon.

John Neville como Sherlock Holmes. En el centro, Robert Morley como el primer Mycroft Holmes de la pantalla.
 

Pero es que además, a esta buena mujer le gusta mucho el Sherlock Holmes encarnado por Robert Downey Jr., el de Guy Ritchie. ¿Hay que condenarla a la hoguera? ¿Es un problema suyo? ¿Es que a la gente nacida en 1937 no puede gustarle Ritchie (mi madre no le hace ascos a Snatch, por ejemplo)?

Y lo grave, o lo más grave: ¿puede a mi madre gustarle Robert Downey y también la nueva serie de la BBC, la que se titula implícitamente “Sherlock Holmes y los móviles”? ¡Sí! ¡Claro que sí! ¡Y a mí me sucede lo mismo!

(La opinión de mi padre acerca de “Sherlock y los móviles” se merece un artículo aparte. Tiempo al tiempo).

Benedict Cumberbatch como Sherlock Holmes

Robert Downey Jr. como Sherlock Holmes

 

Me encanta que mi madre viva ajena a las críticas cinematográficas de los medios de comunicación y de los blogs de Internet. Porque no le afectan una mierda. Y así es como hay que ver las películas (y leer los libros, ya puestos): sin opiniones previas y sin prejuicios.

Mi madre se ha visto en la tele las últimas encarnaciones de Holmes, y se ha sentido satisfecha con las dos. (Aún tiene que ver la producción de Asylum... y yo también). Las ha disfrutado. Se ha reído. Y lo más importante: ha reconocido a Holmes en ambas. (Y a Watson, por cierto).

Lo demás, amigos, son pamplinas.

Sherlock Holmes, de la productora Asylum. Ni mi madre ni yo la hemos visto todavía...