Mostrando entradas con la etiqueta robert Louis stevenson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta robert Louis stevenson. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de noviembre de 2023

Doctora Jekyll (Selección Terror nº33), de Curtis Garland

 

Doctora Jekyll, de Curtis Garland. Ilustración de Alberto Pujolar.

Proseguimos con la recuperación de micro reseñas perdidas, correspondientes a títulos aparecidos en nuestro volumen Hammer Horror de Curtis Garland. Después de Drácula 75 y de La noche de la Momia, le toca a Doctora Jekyll, publicada en Selección Terror nº33 (octubre de 1973). Ofrecemos a continuación el texto de octubre de 2019 y, justo después, algunas consideraciones de hoy.

***

"Se vio. Se vio solamente el rostro. Un rostro insólito, increíble, estremecedor… Todo lo demás eran brumas, neblina rojiza, que invadía sus ojos como en un baño de glóbulos sanguíneos.
Y aquel rostro. Aquel alucinante rostro de mujer que el espejo le devolvía.
Era todo lo que persistía en su mente, mientras se hundía, como andando dentro de la niebla roja, hacia alguna parte de su delirante pesadilla".

 

En la vasta producción de Curtis Garland no podía faltar (ni, por supuesto, en Hammer Horror) la presencia de ese otro icono del terror, pariente cercano del Hombre Lobo, que es el Dr. Jekyll... y su doppelgänger malvado, el siniestro Mr. Hyde. Creado por el escocés Robert Louis Stevenson en 1886, este doble personaje, precursor del histórico Jack el Destripador, ha tenido una larguísima trayectoria cinematográfica, bien conocida por Juan Gallardo, que sin duda alguna se inspiró -una vez más: en el título, y poco más- en Dr. Jekyll & Sister Hyde (El Dr. Jekyll y su hermana Hyde, 1971), de la Hammer Films, dirigida por Roy Ward Baker. Pero, como es habitual en las aproximaciones pasticheras de Curtis Garland, en Doctora Jekyll prescindió de la premisa original del filme y se centró en, primero, "desvelar los verdaderos hechos tras la novela de Stevenson", y después, dar protagonismo absoluto nada menos que a ¡la hija del Dr. Jekyll! El resultado, como los afortunados lectores podrán imaginar, es excelente.

 


***

11 de noviembre de 2023

Como ya he contado en otra parte, sin empacho ni vergüenza alguna, no sólo fui escritor precoz, sino que también, con toda la lógica del mundo, fui lector precoz. Entre aquellas primeras lecturas de la infancia, inauguradas con Viaje al centro de la Tierra de Jules Verne en 1982, se encuentra El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Para que nos hagamos una idea de lo que es tener seis, siete u ocho años: tengo grabada la imagen de llevarme mi edición de la novelita de Stevenson (la de Alianza) a la cama de mis padres un domingo por la mañana, y de terminar de leerla allí, primero entre mis dos progenitores y luego, cuando me dejaron a solas, a gusto entre las sábanas, la luz de la mañana entrando por la ventana. Mi comprensión lectora de entonces no era como para tirar cohetes, los años no pasan en balde, y la memoria lo que acaba reteniendo son impresiones, no largos pasajes. De modo que, si leí esa historia a tan tierna edad, también es cierto que he pensado en ella muchas más veces que en los títulos que me zampé la semana pasada o hace un año.

Esto significa que, desde entonces, tengo muy presentes a Jekyll, Hyde y Stevenson.


Mi edición de la novela de Stevenson. Me llevó AÑOS descifrar el montaje realizado por Daniel Gil para la cubierta: mitad hombre, mitad facóquero.

La impresión que recuerdo de la lectura es de que lo pasé bien, y que debía ir preparándome para leer Frankenstein de Mary Shelley y Drácula de Bram Stoker, que eran mucho más gordos. Por entonces, me preguntaba si existiría alguna novela del Hombre Lobo que fuera lo que hoy denominaríamos fundacional, seminal, la primera o la más importante. Alguno de mis hermanos me regaló El ciclo del hombre lobo de Stephen King, cuyas páginas (con ilustraciones de Bernie Wrightson) volaron, y de corrido cayó El misterio de Salem's Lot, que fue un regalo de reyes. (Y, claro, por entonces también leí El libro de las extrañas criaturas de John A. Keel).

 

Perdí mi ejemplar de esta joyita, que pasó por muchas, muchas manos antes de desaparecer.

De Jekyll y Hyde se me quedaron grabados a fuego los nombres de Utterson y Lanyon, y la sensación de que me habían contado mucho en muy poco espacio. Estoy seguro de que esa fue una de las cosas que me animaron a escribir, pues como cualquier niño, yo era impaciente y me interesaba hacer lo que tuviera que hacer lo más rápido posible. De esta lectura, y de otras varias (entre ellas, El sabueso de los Baskerville de Conan Doyle, en edición de Molino y traducción, claro, de Amando Lázaro Ros), surgió un relato "largo", manuscrito, que llevó por título "Mr. James contra el Castillo del Miedo". En la primera versión del texto (y única, pues lo que tiene son tachones y rectificaciones con lápiz), "Mr. James" era "Mr. Jeims", y el castillo no era del Miedo, sino del Terror: realicé la primera corrección por consejo de mi hermano Daniel, con quien empecé a aprender inglés no mucho tiempo después; la segunda, la del castillo, fue fruto de que llegó a mis manos Misterio en el Castillo del Terror, la primera novela de la serie Alfred Hitchcock y Los Tres Investigadores, obra del gran Robert Arthur. Me pareció intolerable que mi cuento se titulara casi igual que algo que ya existía. Así que, fue Castillo del Miedo. Y ya está.

 

El nº1 de la colección Alfred Hitchcock y los Tres Investigadores, escrito por Robert Arthur. La ilustración de cubierta es de Ángel Badía Camps.

Conservo el manuscrito, pero no lo tengo a la vista. Mr. James era un sosias de Sherlock Holmes sin paliativos, y creo que tenía algún ayudante (que no cronista). En el dichoso Castillo del Miedo había un hombre lobo, un monstruo creado por una tal "profesor Abraham" (mi doctor Frankenstein que, en mi mente, era igualito al Padre Abraham, el de los Pitufos), y un vampiro muy curioso, con un ojo de oro. Juraría que el chupasangres, auténtico villano de acción y puñetazos, se llamaba Mortimer, como el doctor James Mortimer que acompañó a sir Charles Baskerville a Baker Street. También había un lago y una quimera acuática o pantanosa, remotamente humanoide (porque era en parte pulpo, en parte lobo, en parte...), que dibujé y coloreé con todas las ceras Plastidecor que tenía a mi alcance, de manera que el monstruo parecía más bien una drag queen en un momento eufórico. Y estoy bastante seguro de que, si no saqué una versión de Jekyll y Hyde, fue porque no quería imitar la novela que acababa de leer.

Menudo pastichero chapuzas que estaba hecho...

***

La adaptación al cómic de Néstor Redondo, según Ediprint (1982).

Pero estaba hablando de la novela original de Stevenson. Según mi memoria, entre la infancia y la adolescencia vi aproximadamente un millón de adaptaciones cinematográficas, y otras tantas versiones en tebeos. De las primeras, recuerdo una con Anthony Perkins, nada menos, que quizá fuera una producción televisiva (o no), como el Drácula encarnado por Jack Palance (que también hizo de Jekyll, me parece). Recuerdo haber grabado una versión en blanco y negro que no era la de Spencer Tracy. Recuerdo una tarde de verano en que la tele anunciaba para esa noche la ya mencionada El doctor Jekyll y su hermana Hyde; me quiere sonar que allí salían tetas y logré entrever alguna. Bien por mí. En el terreno tebeístico, propablemente me topé con alguna adaptación en cabeceras como Dossier Negro, Vampus, Rufus, y recuerdo y conservo el Vértice de Thor (volumen 2, número 4, creo), que contenía una versión realizada por Ron Goulart y dibujada por Win Mortimer. Me impresionó la versión de Néstor Redondo en la pequeña colección Libros Gráficos nº8, de Ediprint, publicada en 1982 y rápidamente saldada. Yo la conseguí en la Feria de Albacete, en el puesto de tebeos que ponía Ángel Vico "El Joven", padre del actual "Joven", que sigue en activo, pero ya no hace ferias de ningún tipo. (Curiosamente, el Jekyll de Redondo aparecería nuevamente en Estados Unidos, otra vez bajo el sello de Marvel).

La versión de Néstor Redondo, publicada por Marvel con portada de Gil Kane.

La otra versión de Marvel, la que apareció en blanco y negro en Ediciones Vértice, en su versión original, con portada, creo, de John Romita Sr.

***

Doctora Jekyll es un pastiche de la obra de Stevenson. El personaje dual de Jekyll/Hyde, inspirador directo de La Masa (The Incredible Hulk, que es uno de mis fetiches favoritos) y de otros muchos monstruos de ficción, no ha dado tantos pastiches explícitos como Drácula o Sherlock Holmes, que se llevan la palma en el territorio de las "nuevas historias", "expansiones del original", y otras formas de mitología creativa. Existe un relato más o menos largo, bastante cercano en el tiempo a la novela de 1886, que lleva por título The Untold Sequel of the Strange Case of Dr. Jekyll & Mr. Hyde, firmado por un tal Frank H. Little y publicado en 1890, que el señor Miguel Ángel Wolfville tradujo al castellano para la revista Ulthar nº18, hace menos de un año. Y obviamente, todo el mundo recordará la película Mary Reilly, servidora del Dr. Jekyll (1996, con John Malkovich y Julia Roberts) que estaba basada en la novela homónima de Valerie Martin (1990); así como la miniserie televisiva británica Jekyll (2007), que contaba los avatares de un descendiente del doctor. Más reciente es la novela Hyde (2021), del escritor escocés de thrillers fantásticos y de serie negra Craig Russell, que no hemos tenido oportunidad de leer aún, pero que tiene muy buena pinta.

The Incredible Hulk nº1, por Stan Lee y Jack Kirby (mayo de 1962).


Una edición en castellano de la novela Mary Reilly, de Valerie Martin.

 

Hyde, de Craig Russell. Le hincaremos el diente...

 

Pero en realidad, Jekyll y Hyde han acabado por convertirse en comparsas o invitados especiales en crossovers, algunos de ellos tan multitudinarios como el cómic The League of Extraordinary Gentlemen de Alan Moore y Kevin O'Neil o la novela (inédita en castellano) A Night in the Lonesome October de Roger Zelazny. Y también aparece como principal adversario en algunos pastiches sherlockianos, claro; pero esto último carece de mérito, habida cuenta que Sherlock Holmes se ha enfrentado cara a cara con cualquier personaje de ficción imaginable salvo, de momento, el Pequeño Pony y, quizá, los Osos Amorosos. (Si alguien no cree esta afirmación, le recomiendo que eche un vistazo a Sherlock Holmes en España, por citar un volumen al azar). Incluso Waldemar Daninsky, el hombre lobo encarnado por Jacinto Molina, nuestro querido Paul Naschy, se las vio con Jekyll y Hyde en 1971.


La novela de Zelazny y la grandiosa portada de James Warhola. Por ahí está Jekyll...

Mr. Edward Hyde en The League of Extraordinary Gentlemen.

Un pastiche de Holmes y Jekyll, por Loren D. Estleman.

Waldemar Daninsky contra el Dr. Jekyll, bajo la dirección de León Klimovski (1971).
 

Curtis Garland realizó un muy gratificante trabajo con su Doctora Jekyll (en estos momentos no recuerdo otro pastiche abiertamente jekylliano que apareciese en formato bolsilibro), muy superior a la película de Roy Ward Baker, que supongo le sugirió la idea de feminizar a Hyde, pero el proceso físico del cambio de sexo. (En ese sentido, el concepto de la película resulta brillante, pues aúna el concepto de transexualidad con el de un desdoblamiento de personalidad, que es un tipo de trastorno psiquíatrico sobre el que aún nos queda mucho por conocer).

De manera que esta novelita tenemos a la joven Ivy Fletcher, en el Londres de los últimos años de la Era Victoriana, quien descubre que posee una herencia increíble: ¡es la hija del infame doctor Jekyll, cuyo nombre conoce todo el mundo por culpa de la novela de Stevenson! Y de forma simultánea, Ivy se ve envuelta en un trama de horribles asesinatos, que tienen la inconfundible huella del difunto Mr. Hyde... o ¿no será en este caso Mrs. Hyde?

Curtis se las ingenia para atraparnos desde la primera página con su sucia descripción de la Inglaterra decimonónica y las partes más oscuras de Londres y sus personajes más perversamente realistas, como sucede en sus novelas sobre el Destripador de Whitechapel, y nos lleva adonde le da la gana, nos siembra tantas dudas como certezas, y nos conduce a una de esas magníficas conclusiones, con redoble de tambores, una gran sorpresa y una explicación que, como en toda buena historia policíaca, es la última pieza del puzle.

Imprescindible.

Hammer Horror contiene Doctora Jekyll y otras seis novelas de Curtis Garland. Cuesta 28 euros.

 

jueves, 5 de octubre de 2023

Noticias de ayer. "Loa y triunfo de la novela de aventuras", por Luis Ardila

 

Luis Ardila

Este interesantísimo (y un tanto extenso) artículo de Luis Ardila, bibliotecario de la Asociación de Prensa de Madrid, apareció publicado en en el diario La Época (Madrid) el 25 de julio de 1931. Contiene una jugosísima reflexión sobre la ausencia de autores españoles que escribieran novela de aventuras, y menciona las pocas excepciones que existían por aquel tiempo. No es exhaustivo en absoluto, ni podemos comparar los datos que Ardila maneja con la información de que disponemos actualmente; pero resulta muy curioso encontrar a un defensor de la literatura popular en las páginas de la prensa de España, allá por los albores de la II República.

 

 


La Atlántida, de Pierre Benoit

 


André Armandy























lunes, 5 de diciembre de 2016

"Los tres impostores" de Arthur Machen (2011, y un epílogo de 2016)



(2011)

Si tengo que recomendarte un libro ahora mismo, te diré que leas Los tres impostores, de Arthur Machen. Podría hablarte de otras obras a las que he colocado en sus respectivos pedestales, y hace unos años, mis amigos de la librería madrileña Estudio en Escarlata me pidieron que escribiera mi propia “lista de los 7” (una lista en la que incluí hasta ocho títulos, si no recuerdo mal). Y no estoy hablando de un ránking, porque ¿cómo diablos voy a decidir si me gusta más La sangre de los King de Jim Thompson o Las historias naturales de Juan Perucho? O sea, ¿a quién quieres más, a tu padre o a tu madre?
Los tres impostores está en esa lista, sin duda. Y quiero recomendártelo porque yo lo he leído varias veces (ahora mismo, es el libro que tengo en la cabecera de la cama), y sigo disfrutándolo tanto o más que el primer día. Igual tú lo lees y consideras que es “uno más”, pero yo no lo veo así.
Hasta donde llego, Borges tampoco lo veía así, porque lo incluyó en su “biblioteca”, y supongo que escribiría un prologuito o algo. Bien por él, si le gustaba la mitad que a mí.
Machen es un autor decimonónico, un londinense adoptado que callejeó y observó y se emborrachó y podríamos decir que incluso alucinó. Literalmente, según cuenta Alan Moore en Serpientes y escaleras —una de esas adaptaciones de las performances del Maestro de Northampton, realizada por el australiano Eddie Campbell (sin parentesco conocido con John Ramsey)—. Machen (pronúnciese “macken”, dicen, aunque yo no lo hago nunca) anduvo tonteando con esa gentecilla excéntrica de la primera Golden Dawn, los pseudobrujos que derrocharon imaginación y generaron una mitología propia, contradictoria en mi opinión, y que ha llegado hasta nuestros días. Y si no, pregúntenle al espíritu de Aleister Crowley.
Los tres impostores (The Three Impostors or The Transmutations) se publicó en Londres en 1895 (yo lo leí por primera vez en 1995), y confieso que nunca me he detenido a comprobar si causó alguna impresión en sus lectores. Quizá lo haga ahora, cuando tenga un ratito libre.
Estoy convencido de que Conan Doyle lo leyó, del mismo modo en que estoy seguro (pero menos) de que Machen leyó el relato “The Final Problem” (“El problema final”) o bien en el número de diciembre de 1893 de The Strand, o en la primera edición de The Memoirs of Sherlock Holmes, la de George Newnes de 1894.
Las dos obras citadas (la de Machen y el relato de Doyle) contienen referencias a un oscuro poder organizador que opera en las sombras de Londres, y ambos poderes tienen como cabeza visible —o más bien invisible— a dos respetables hombres de ciencia, un profesor y un doctor. (El profesor, estamos seguros, también era doctor... en Matemáticas, concretamente).
No quiero que creas que te recomiendo este libro porque pueda contener referencias sherlockianas; nada más lejos de mi intención. Ya sé que no eres tan de Sherlock Holmes, pero en fin... intentaré no volver sobre ese tema.
También te diré que se ha dicho de Los tres impostores que es algo así como un remedo de Las nuevas noches árabes de Robert Louis Stevenson, y mira, algo de verdad hay en ello a nivel estructural y también en el escenario, que es el Londres nocturno de las luces de gas donde siempre (o al menos en la novela de Machen) siempre es 1895... Las nuevas noches árabes también es una lectura deliciosa (y con referencias sherlockianas, aunque sean retroactivas... ¿te suena lo de “la presencia de un poder organizador”...? Vale, vale, ya lo dejo), y al igual que Los tres impostores, está compuesto por una serie de andanzas bizarras, un conjunto de relatos entretejidos como un bello tapiz de... bueno, sí, de arabescos.
Y sin embargo, la obra de Machen posee el don de respirar un aire siniestro, combinado con lo que podríamos denominar “sentido de la maravilla” —que en este caso es más un “sentido de lo siniestro en la cotidianeidad urbana”—, un sentido del que se intentó apropiar (o al menos, intentó imitar) el señor Howard Phillips Lovecraft. Si el Maestro del Terror de Providence tuvo a su vez un verdadero maestro, ese fue Machen. (Sí, vale, y también Dunsany y Hodgson. ¿Te quedas más tranquilo así? Pero que sepas que uno de los protagonistas de Los tres impostores es un caballero llamado Phillips).
Sigo dándole vueltas al hecho de que la traducción al castellano de que dispongo, la única que conozco (obra de Luis Loayza), es extraña. Extraña porque la puntuación que utiliza el traductor no es la del castellano, sino la del inglés: Utiliza las comillas en lugar de los guiones tipográficos a los que estamos acostumbrados los lectores de novelas de Stephen King. (Los lectores de novelas de Cormac McCarthy no están tan acostumbrados a esos guiones... ni a las comillas, ni a nada que se le parezca). Es extraña porque tiene un punto lírico (y no me entiendas mal; no rima ni nada de eso) que probablemente se encuentre en el original. Y por eso, pienso que debe de ser una buena traducción.
Y luego está esa cursiva que me sigue fascinando, esa línea (¿ese verso?) que aparece en dos ocasiones. ¿Es una cita? Creo que sí, pero ¿de quién?
Dice así (encajado en ambas ocasiones dentro de fragmentos más largos):

“El viejo marco incendia el mirador”.


***

Ahora que hecho un vistazo al volumen, no encuentro la segunda vez en que se menciona la cita. Si es que es una cita...
La memoria es juguetona, y de vez en cuando te lleva a estas trampas. Ahora es el momento de decidir si borro el fragmento anterior o no.
Pero tú ya sabes cuál ha sido mi decisión, ¿verdad?




(Epílogo del 2 de diciembre de 2016)

La cita ("The grimy sash an oriel burns") es del poema All-Saints (o bien All-Saints Day) de James Russell Lowell (1819-1891), poeta estadounidense nacido en Cambridge (Massachusetts), que fue embajador en España entre 1877 y 1879, periodo durante el cual fue nombrado miembro correspondiente de la RAE: Lowell estaba muy interesado en la literatura española.
El poema original dice así:



Y en algún otro momento tendremos que hablar del tratado De Tribus Impostoribus, que es otro asunto distinto.




***

COMPRE OBRAS DE ALBERTO LÓPEZ AROCA

http://albertolopezaroca.blogspot.com.es/