Mostrando entradas con la etiqueta Thomas Harris. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Thomas Harris. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de agosto de 2024

Marcha fúnebre de las marionetas (1990), de Frank de Felitta

 


 

27 de agosto de 2024

Al neoyorquino Frank de Felitta (1921-2016) le estaré eternamente agradecido por dirigir un vulgar telefilme que, hoy, recordamos todos los aficionados al terror. (Todos lo que brincamos de los cuarenta años, quiero decir). Se trata de La oscura noche del espantapájaros (1981) protagonizada por un odioso Charles Durning, a quien todos amamos odiar por su papel en El golpe (1973). La peli del espantapájaros, que yo recuerde, se distribuyó en España en vídeo, e imagino que la emitieron en el canal UHF (se pronuncia "eluachefe") en algún momento a principios de la década de 1980. (Consejo gratis para plataformas de televisión en línea: cread un canal que se llame UHF y que emita cosas de los tiempos del UHF, incluida la carta de ajuste y anuncios ochenteros. Para empezar, todos los Documentos TV en la época en que el programa abría con la sintonía de Ry Cooder para la película Paris-Texas). Como bien indican las reseñas de acá y allá, esta película inauguró el subgénero de "espantapájaros asesinos", que con el tiempo ha crecido. Aún hoy tenemos obras de autores que, con esa idea, acaban de inventar la rueda para los nuevos públicos. Cualquier día de estos inventarán el vampiro y el hombre lobo.




Las otras obras literarias más o menos célebres de De Felitta son El exorcismo de Audrey Rose y El ente, dos películas basadas en novelas de este autor nada prolífico. No las he leído y, a pesar de los pesares, probablemente lo haga en algún momento, en el futuro. Pero no mañana ni pasado.

 



 ***

Ahora, vamos con la parte dura: hablar de esta novela que me ha generado sentimientos encontrados. Por una parte, es un relato correcto. Por otro, es una historia que ya he leído mil veces. Se denomina detective, chica y asesino en serie con truco.

En este caso, el truco es Hitchcock.

Con estos datos, ya tiene usted la novela completa. Sí, es exactamente como se la imagina. No hay sorpresa. Me remito a la

SINOPSIS

Un asesino comete varios crímenes que, de alguna manera, imitan los asesinatos que aparecen en películas de Alfred Hitchcock. El detective Santomassimo se encarga del caso y recurre a la ayuda de la joven y guapa profesora Kay Quinn de la universidad. El detective y la profesora se lían. Al asesino le da igual, él va a lo suyo. Todo el rato revolotea la sombra de las películas de Hitchcock. El asesino silba en una ocasión la melodía de introducción de la serie de televisión Alfred Hitchcock Presents. El libro titula mal la pieza musical de Gounod, que en realidad es Marcha fúnebre para una marioneta, no "de las marionetas". A nadie le importa. El final es el que pueda imaginar el lector.




***

Edición original en tapa dura, 1990. Lo que el halcón sostiene en el pico no es un pedazo de masa encefálica, sino una palomita de maíz ensangrentada.



Lo lamentable es que Frank de Felitta haya ejecutado como novela larga (casi 350 páginas) una historia que Curtis Garland habría despachado en 96. Y eso es lo que pedía esta historia, que me extraña no se convirtiera en un telefilme: 96 páginas y ni una más.

El lector sabe, o debería saber, que no soy afecto a las malas críticas, y esta no pretende serlo. Ahora bien, lo que digo en el párrafo anterior, sin que vaya en detrimento (todo lo contrario) de Juan Gallardo Muñoz, es cierto: Marcha fúnebre de las marionetas podría haber sido un bolsilibro publicado en Selección Terror o en Punto Rojo, y habría resultado dignísimo, incluso es posible que muy bueno. Toda la parafernalia relacionada con Hitchcock es interesante, y Curtis Garland la habría aprovechado tan bien o mejor que De Felitta. El problema es que De Felitta tiene que meter un buen puñado de sentimentaloides escenas de cama que son relleno al 100%. Muchas, demasiadas partes del libro, las dedicadas al coleccionismo de mobiliario, o incluso las partes policiales, resultan huecas y falsas. Estamos ante un decorado de cartón piedra.

En 1991, cuando Ediciones B trajo a España Funeral March of the Marionettes en buena traducción de Antonia Kerrigan, Curtis Garland ya no publicaba nuevas novelas policíacas. Por entonces, Curtis había escrito cientos de historias con el detective, la chica y el asesino serial con truco, y ya no frecuentaba el género. Para mí, el problema es que la parte procedimental de nuestra novela recrea un tópico que nunca ha existido más que en la ficción, y que ya estaba obsoleto cuando De Felitta escribió y publicó su novela. En 1988, Thomas Harris había publicado El silencio de los corderos, que es una perversa versión del tópico "detective, chica, asesino serial con truco", en el que Harris invirtió los roles de los protagonistas (y, de acuerdo, aquí no tenemos detectives, sino agentes del FBI); y unos años antes, también nos había iluminado con El dragón rojo, del que podemos decir tres cuartos de lo mismo.



 

Pero esto no es lo más grave. Lo gordo es que el detective Fred Santomassimo (que yo he leído todo el tiempo como "Santomassino") es miembro de Los Angeles Police Department, y el escritor James Ellroy ya llevaba un buen puñado de años contándonos su versión hiperrealista del LAPD. En 1990, cuando apareció la novela de De Felitta, también se publicó L. A. Confidential de Ellroy, la tercera entrega del "cuarteto de Los Ángeles". En 1990, quien más, quien menos, sabía que el LAPD tenía a sus espaldas una larguísima historia de corrupción policial, una historia que, lejos de terminar, estaba a punto de convertirse en el escándalo Rampart. (Es el caso en que se inspira libremente esa obra maestra televisiva que es The Shield).

¿Cómo podía competir De Felitta con la frescura, la modernidad, el descaro, la crudeza, las palabrotas de Ellroy? ¿Qué pudo decir cuando, en 1991, se estrenó la adaptación cinematográfica de The Silence of the Lambs? ¿Qué iba a hacer con su novela-guión sobre "el asesino Hitchcock", sino guardarlo en un cajón e intentar no volver a pensar en él?

Es más, ¿qué pensaría De Felitta cuando, en 1992, cayó en sus manos El eco negro de Michael Connelly? Después de leer la primera entrega de la biografía de Harry Bosch, detective del LAPD, ¿qué pensaría de su Fred Santomassimo, intrépido e impoluto detective descendiente de anticuarios italianos?

 


 

Además, ¿es que De Felitta no se había leído ninguna novela de Ed McBain y el Distrito 87 de Isola? ¿No había visto Hill Street Blues? Está claro que el autor no realizó el trabajo de documentación que sí hizo Arthur Hailey cuando publicó Detective en 1997.

Todo esto me ha rondado la cabeza durante la lectura de esta Marcha fúnebre. Mi conclusión es evidente: si se hubiera publicado en 1980, año en que falleció Alfred Hitchcock, habría tenido sentido. Habría sido un bonito homenaje. Se habría leído con interés e incluso con cariño. Publicarla y ambientarla en 1990... es, sencillamente, anacrónico.


Frank de Felitta.

lunes, 17 de junio de 2024

No digas nada (1991), de Andrew Klavan


(Nota de junio de 2024: esta fue mi última lectura de 2023, que alterné junto con Los náufragos del Spitzberg de Emilio Salgari, mi primera lectura de 2024. Ya subiré la reseña correspondiente, pues me pareció una obra tan notable que incluí algunas referencias a la novela en Los papeles póstumos, ese juguete que realizamos juntos Juan Carlos Monroy y servidor).

***

31 de diciembre de 2023

Érase una vez, que se era, un escritor norteamericano de bestsellers thrillerescos (o thrillers bestsellerescos), el cual utilizaba diversos pseudónimos y recibía nominaciones y ganaba premios Edgar (con su nombre real y con los otros), y con el paso del tiempo, en castellano vieron la luz tres novelas suyas, de las muchas que ha escrito y sigue escribiendo, y 

colorín, colorado, 
este cuento se ha acabado.

Andrew Klavan.


Ese es Andrew Klavan, un autor políticamene activo y polémico, me ha parecido entender después de echar un vistazo a su biografía: nacido en 1954 de familia judía, se convirtió al cristianismo y pasó por las iglesias episcopal y anglicana; defiende por igual y con la misma ferocidad el derecho a la tenencia de armas, el matrimonio homosexual y la libertad de expresión. Menudo cacao, el de Klavan, que se hizo conservador en la Era Reagan. Tiene un hermano dramaturgo, Laurence, con el que escribió la premiada novela Mrs. White (premio Edgar a mejor novela publicada en rústica en 1984), firmada por "Margaret Tracy", que se adaptó al cine una o dos veces, y que no existe en español, que yo sepa. Klavan ha estado metido en el mundo del cine, ha escrito varios guiones originales, y su novela True Crime (1995; Ensayo de una ejecución en Grijalbo, Ejecución inminente en ediciones posteriores) se convirtió en una divertida película de Clint Eastwood haciendo de un periodista que se insultaba todo el rato con el director de su periódico, interpretado por James Woods. (Es lo mejor de la peli, que no estaba mal). Klavan ha escrito al menos cinco novelas con el pseudónimo de "Keith Peterson" (nada en castellano, me temo), y tiene títulos que suenan a bizarría pura, como Werewolf Cop (2016) que, de acuerdo con la sinopsis, da lo que promete.

 

La novela de 1984 de los hermanos Klavan, inédita en castellano.


 

Imagino que, si se tradujese al castellano, alguien la titularía Lobocop...


 

Don't Say a Word (1991) la tradujo Víctor Pozanco para Ediciones B de forma bastante competente como No digas nada (creo que hay otra edición distinta, con el título de Ni una palabra), y es una de esas buenas lecturas enganchosas y, como ya hemos dicho mil veces, en apariencia sencillas de ejecutar, cuando lo que son en realidad es sencillas de leer. Que no es lo mismo llamar que salir a abrir. Pruebe usted, valiente autor, a escribir una novela que sea "fácil de leer" y "enganchosa"; a ver si sale airoso...

En mi opinión, lo peor de esta obra es la publicidad comparativa que se le dio en España: en la portada se cita El silencio de los corderos de Thomas Harris, y bueno, pues vale; pero es que en la contraportada, el blurb atribuido al Washington Post dice lo siguiente: "En la línea de Hannibal Lecter, Klavan nos presenta un personaje fascinante y terrorífico: el psiquíatra Nathan Conrad".

¿Qué pensaría usted ante semejante comentario? Algo como, por ejemplo: "Vaya, un listillo que se ha hecho un copia de Hannibal el Caníbal, en plan chapuza y para aprovechar el tirón. A tomar por saco". Pero resulta que el comentario del Washington Post lo debió escribir alguien que no se había leído la novela (y sin duda se había limitado a cobrar por decir algo "llamativo" sobre ella), pues Nathan Conrad es psiquíatra, sí; pero ahí acaba la semejanza con el doctor Lecter. Ni es un tío con súper poderes, ni es un psicópata, ni mierdas. De hecho, Conrad es la víctima de una compleja y misteriosa conspiración de criminales (ahora sí) psicopáticos ultraviolentos, tiene una familia normal, migrañas de las jodidas, y podemos decir que es justamente lo contrario de Hannibal Lecter, del mismo modo en que es lo opuesto a John Die Hard McClane... y sin embargo, la trama de Klavan lo sitúa precisamente en la situación de este último.

 

Primera edición, autografiada por Klavan.


 

El escritor arma una historia con un misterio por resolver, salvajadas explícitas (a lo Thomas Harris, esta vez sí, cuando se pone muy burro), una situación improbable, unos buenos que dan pena, y unos malos que dan verdadero miedo. El argumento es un tanto complejo, y merece la pena guardarlo en secreto: baste con saber que Conrad recibe la petición de un colega, director de un manicomio, de que trate a una paciente (una criminal peligrosa); y casi al mismo tiempo, aparece en la vida de la familia un hijo de puta que previene a los Conrad con pruebas materiales: los está vigilando, hagan lo que hagan y estén donde estén. ¿Qué tienen que ver estos dos hechos? ¿Por qué alguien está metiendo a Nathan y su familia en un enredo que parece ser una leyenda de prisiones y convictos de hace ya treinta o cuarenta años?

Y dicho todo esto, voy a ser muy claro: No digas nada es encontrable por precios más que razonables (por no decir ridículos) en el mercado de segunda mano. Y, sin ser una "obra maestra inconmensurable", es una de esas novelas que, estoy seguro, no voy a olvidar fácilmente. No porque me haya marcado su extrema violencia o los increíbles padecimientos del protagonista, sino porque la he disfrutado como en "los buenos viejos tiempos". Y esto último, hoy día, no es fácil de encontrar. Palabra de honor.

***

Una cosa más: la otra obra de Klavan publicada en español es The Animal Hour (1992, traducida como La hora animal). Ni siquiera me he molestado en comprarla, igual que no me he molestado en ver la adaptación cinematográfica de No digas nada con Michael Douglas. Me haré con La hora animal (me da igual si va de tiros, de la recogida de la cereza, de pescadores con sinusitis...) en algún momento de bajón en que necesite leer a un autor de esos que no te piden nada más que sentarte y leer, sin mayor esfuerzo. Porque él ya ha hecho el trabajo duro por ti. Y esa deferencia no la tienen todos los escritores.

Me pregunto por qué no ha tenido más éxito Klavan en nuestro país, sobre todo frente a todos los autores de pseudo-bestsellers que, hoy, escriben y publican sus novelas thrillerescas en presente, como si estuvieran concebidas para facilitar su posible adaptación cinematográfica...

 



miércoles, 22 de noviembre de 2023

Los nuevos héroes: el tipo de gente que USTED nunca querría ser (2005)

Ínsula (suplemento cultural del diario El Pueblo de Albacete) nº20, 30 de junio de 2005.

 

Este pequeño artículo de divulgación se publicó en el número 20 del suplemento cultural Ínsula (dentro del diario El Pueblo de Albacete), el 30 de junio del  año 2005, cosa que lo convierte prácticamente en una de nuestras noticias de ayer. Lo hemos extraído del original impreso.

El texto volvió a tener vida en mi extinta página web albertolopezaroca.tk, que desapareció. Y años más tarde, lo publiqué de nuevo en el antiguo emplazamiento de esta bitácora, el 13 de abril de 2011 (al final del artículo, reproduzco los comentarios de lectores que se publicaron en aquella fecha). Se diría que este reportaje tiene la mala costumbre de esfumarse y reaparecer cada cierto tiempo, como si fuera un yeti, un esquivo monstruo de lago o uno de nuestros grandes felinos ibéricos.

En su momento consideré actualizarlo y añadirle alguna que otra nota al pie, pues en algunos puntos la información está desfasada. Garth Ennis continuó su larga y gloriosa etapa en la serie de The Punisher (y es posible que siga habiendo nuevas entregas). Ahora no sólo existe una novela más (y también una triste película más) sobre Hannibal Lecter, sino también una serie de televisión y algún spin-off. Donald Westlake ha muerto y con él también Richard Stark (que nos ha dejado con la apabullante cifra de veinticuatro novelas de Parker). John Constantine sigue haciendo de las suyas, aunque cada vez más alejado de la semilla original sembrada por Alan Moore; ya no sólo tiene una película, sino serie de televisión, y en los tebeos se ha convertido en un superhéroe más. Cualquier día lo veremos embutido en unas mallas ajustadas.

En este artículo no mencioné el verdadero origen literario de Frank Castle, que no es tanto Harry el Sucio como Mack Bolan (The Executioner, creado por Don Pendleton). Para aquellos que tengan curiosidad sobre este particular, les sugiero que lean mi viejo ensayito mitográfico creativo de febrero de 2010 que se tituló "Mack Bolan y Sherlock Holmes: The Executioner en el mundo de Baker Street". De este texto sobre Bolan estoy bastante orgulloso, pues el personaje apenas es conocido en España, y creo que en su día sirvió para darle algo de difusión. De hecho, en Ínsula apareció un refrito recortadísimo del texto, eliminadas las referencias holmesianas, el 29 de julio de 2010, bajo el epígrafe "The Executioner, el padre de todos los justicieros".

Personalmente, me pareció una hazaña personal el conseguir que en un diario local de Albacete se pudiera escribir largo y tendido sobre todos estos personajes. De hecho, en Ínsula hicimos mucho más que eso, y llegamos a publicar entrevistas con el Capitán Nemo, reseñas de libros inexistentes, relatos y folletines. Entre otras cosas. No obstante, ese espíritu extravagante del suplemento se perdió cuando me echaron a la puta calle de cualquier manera y sin previo aviso.

Pero esa es otra historia... 

***

 




 






martes, 31 de octubre de 2023

Cari Mora, de Thomas Harris


30 de octubre de 2023

Cuanto más viejo soy, más ganas me dan de echarle una mano a un viejo amigo cuando le hace falta. Pues esa es la relación que los lectores llegamos a tener con algunos autores, aunque dicha relación sea, en apariencia, unilateral: al menos, nos consideramos sus amigos. Pero la cosa va más allá, en realidad.

Un ejemplo muy claro de esto que afirmo sucede con Stephen King. Muchos, muchísimos lectores se consideran amigos suyos. Pues no. No es que "se consideren", es que realmente son sus amigos, aunque Stephen King no los conozca por nombre, apellidos, apodo... ni de vista, vamos. Sin embargo, King sabe que los "fieles lectores" están ahí, y los valora mucho, vaya si no. ¿O acaso King no es consciente de que su fortuna se la han brindado sus lectores? ¿No sabe que escribe lo que le da la gana cuando le da la gana, única y exclusivamente por obra y gracia de sus lectores? Coño, ¡pues claro que son sus amigos! ¡Y claro que lo sabe! Y sin duda, lo aprecia.

Stephen King

Esta curiosa amistad aparentemente unilateral, que se parece mucho al amor imposible del fan consagrado a una estrella de cine, tiene además la característica de que trasciende el tiempo y el espacio, y vence a la mismísima Muerte. Y esto se debe al carácter de la literatura, que sobrevive al autor. Pienso que Lovecraft, que no anduvo corto de amistades durante su vida (por mucho que algún que otro biógrafo diga lo contrario), ha tenido muchos, muchísimos más amigos después de muerto. Por ejemplo, servidor. Cuando alguien se mete con Lovecraft, algo en mis tripas, algo puramente emocional, me impele a defenderlo. A él y a su obra. Considero que Lovecraft es uno de esos viejos amigos y lo frecuento una y otra vez, siempre a través del mismo cauce: sus historias.

Lovecraft

Este fenómeno de la amistad unilateral no sucede con todos los autores, ni muchísimo menos. Por algún motivo, no me siento amigo de Arthur Conan Doyle, pues lo siento algo más lejano que algunas de sus creaciones, como Sherlock Holmes, Watson y el profesor Challenger. Pero, claro está, no me puedo considerar "amigo" de esos personajes. Estoy como una cabra, pero tampoco nos pasemos.

Soy amigo de Stephen King (aunque llevo un tiempo bastante enfadado con él; en fin: los amigos también discuten y se distancian) y de Lovecraft, y también soy amigo de Juan Perucho, de Richard Laymon, de Philip José Farmer, de Richard Stark (me resulta difícil llamarlo "Donald" o "Don"), de Raphael Aloysius Lafferty, de Jean Ray, de Alan Moore, de Garth Ennis, de Curtis Garland... Soy amigo de autores sobre los que he escrito nota necrológica, y aun así siguen vivos para mí. Soy amigo de escritores que murieron mucho antes de que yo naciera. Soy amigo de gente a la que no voy a conocer nunca jamás, con la que nunca me tomaré una cerveza, con la que no compartiré confidencias.

Soy amigo de Thomas Harris.

Thomas Harris

Harris, nacido en Tennessee en 1940, es uno de esos raros individuos que andan por ahí medio escondidos, temerosos de que sus seguidores lo reconozcan y lo asalten con preguntas, apretones de manos, besos, abrazos y una pila (pequeña) de libros para firmar. Al parecer, su trayectoria vital consiste en: un montón de años dedicado al periodismo de sucesos en Texas, y luego una etapa neoyorquina en una agencia de noticias. Justo entonces vendrían los libros, las adaptaciones al cine, las regalías, la creación de una franquicia que se llama "Hannibal Lecter"... Pero todo eso no ha sido más que un paréntesis entre lo que realmente hace Harris, que es vivir y curiosear aquí y allá, en centros de rehabilitación de aves o quién sabe dónde más. Él asegura en alguna de las escasas entrevistas que ha concedido que tiene una oficina adonde va "a que le llegue la inspiracion"... pero estoy bastante seguro de que pasa allí poco tiempo. Porque lo que es escribir, escribe poco. (Quizá sea un gran lector, y eso es lo que acaba haciendo en el sofá cama de su oficina).

Como gran parte del resto de la humanidad viviente, conocí a Harris a través de la oscarizada película El silencio de los corderos (1991) de Jonathan Demme, que resultó ser A) ¡una novela de 1988! y B) ¡la secuela de una novela de 1981!

¡Había Hannibal Lecter antes de Clarice Starling!

El cartel de la película, en versión española.

Leí los libros, me fascinaron, y lloré unos años porque no había más secuelas. (Recuerdo esos llantos y el crujir de dientes, en compañía de mi gran amigo lecterólogo, Miguel Ángel Aguilar Avilés). Me compré la primera novela de Harris, Black Sunday (Domingo Negro, 1975), pero por pura rabia no la leí. Sigo sin haberla leído. Tengo una edición cochambrosa en rústica y reencuadernada en plan casero en tapa dura por alguien, y en algún momento sacaré tiempo y entraré al trapo y me la zamparé. A fin de cuentas, Harris es un amigo.

En 1999 tuvo a bien complacer a los lectores con Hannibal, la secuela de la secuela... La espera había merecido la pena, y todas las críticas negativas se convirtieron en una afrenta personal contra mí, porque apuntaban directamente a Harris. Y fue entonces cuando me di cuenta de que Harris era mi amigo. Y con los amigos voy a muerte, tú, sí, te estoy hablando a ti, que mi infancia es barrio y campo y la sangre es roja y si hay que llegar a las manos, ahí estaremos. Otro de mis amigos, Stephen King, declaró que el personaje de Hannibal Lecter era "el Drácula del siglo XX", o algo así, y luego, en alguno de sus libros de ensayo o en algún artículo, llamó a Harris gandul egoísta que nos estaba privando de su talento. Esa es la crítica propia de un amigo, por cierto.

A todo esto, la película de Ridley Scott basada en la nueva novela de Harris también estaba bien; muy bien, de hecho. Hay a quien no le gusta nada. Bah, ¿a quién le importa?

La primera edición en castellano de Hannibal.
 

Y llegó 2006 y Hannibal Rising (en España: Hannibal: el origen del mal), que parecía más una novelización de la película de Peter Webber de 2007 que otra cosa. La novela era muy corta, y sí, era mucho mejor que la película, pero... daba la impresión de algo forzado, con un punto de auto reciclaje bastante obvio, vamos: un escritor que se quiere quitar de encima una obligación que le ha llovido del cielo y le produce pereza, aburrimiento y mucha rabia. Y con razón, pues al parecer, Harris la escribió bajo la presión de Dino DeLaurentis, que lo amenazó con proseguir la franquicia Lecter sin su creador. 

Lo incomprensible en este caso es que a Harris le importaran dos pimientos lo que hicieran los mamones del cine de Hollywood (los desgraciados a los que Mario Puzo retrata en su magistral El último Don) con su personaje. Lo mismo habría dado que Harris se hubiera quedado al margen, cobrando regalías, pues al fin y a la postre, Hannibal Lecter ha seguido con su vida al margen del tipo ese de Tennessee, el que se va a cuidar ibis y patos y garzas en Florida y a curar zarigüeyas gigantes de Sumatra. Hasta la buena de la agente Starling del FBI, la prima de pueblo de la agente Dana Scully, se le ha emancipado a Harris.

Edición de bolsillo de Hannibal: el origen del mal

Confieso que no sé gran cosa sobre estos más o menos recientes productos televisivos, pero miedo me da que se parezcan al Manhunter (1986) de Michael Mann, que adaptaba Red Dragon (1981) de Harris. Que sí, que la película tiene sus defensores, pero yo no me encuentro entre ellos. (La novela, eso sí, me parece una obra maestra del thriller de terror).

El dragón rojo, en tapa dura de Bruguera.

¿Qué más puedo añadir sobre mi amigo Thomas Harris? Poco. Acerca del doctor Lecter ya escribí algo en su día, en un reportaje titulado "Los nuevos héroes: el tipo de gente que USTED nunca querría ser", publicado en el suplemento cultural Ínsula el 20 de junio de 2005, y en el que postulaba la metamorfosis de algunos arquetipos clásicos y sus modernas encarnaciones. Además de Lecter, ahí estaban Frank Castle (y por defecto, Mack Bolan), John Costantine y el ladrón Parker. Cualquier día de estos lo recuperaré en este blog, pues ahora que caigo, redacté aquello antes de que existiera Hannibal Rising.

En fin: Thomas Harris es un curioso peso pesado del bestseller de calidad, y no debería necesitar ayuda ni publicidad extra o gratuita.

O eso creía yo.

Portada de Ínsula nº20

Primera página de mi reportaje sobre "Los nuevos héroes".

***

El 15 de julio de 2019, mi amigo Francisco Javier Lara de la Flor, irredento sherlockiano y perteneciente a la secta del Ka-Tet, posteó en Facebook la noticia de la inminente aparición de una nueva novela de Harris, titulada Cari Mora. El post obtuvo tres "me gusta" (uno de ellos del enormísimo Manuel Berlanga, tristemente desaparecido), y el único comentario que obtuvo el enlace de Javi era mío. Dije: "Esto SÍ es una buena noticia. No tenía ni idea."

Y después de aquello, no volví a saber absolutamente nada de Cari Mora. No me tropecé con la novela en comentarios de redes sociales, ni una mención en tertulias, ni una reseña que me saltara al cuello desde algún grupo de Facebook, ni en un periódico, una revista, un blog. No la vi en los anaqueles de las librerías tradicionales de fondo, ni tampoco me tropecé con el título en el millón de librerías de segunda mano que he visitado desde entonces. Nada de nada. Hasta el punto que olvidé aquella noticia, que para mí era tan importante como el anuncio oficial de Twin Peaks: 25 años después, o como cojones se llame esa puta obra maestra de David Lynch (otro amiguete, por si alguien se lo pregunta).

Para mí, es un misterio que la novela me pasara desapercibida. También es cierto que, tras su aparición en España en octubre de 2019, es posible que se diluyera entre las miles de novedades editoriales de la campaña navideña, y después... ya saben: la Plaga.

Ahora, me entero, John Connolly, escritor irlandés, puso a caldo Cari Mora en cuanto salió. He leído su respetable y llorona reseña ("cómo me hubiera gustado hablar bien de Harris, pero mi honradez me lo impide", viene a decir), y lo que yo lamento son los muchos spoilers que mete: se podría haber cortado un pelo, el compañero y colega Connolly. En cualquier caso, que alguien del nivel del creador de la saga del detective Charlie Parker te ponga la novela a caer de un burro, no creo que ayude mucho a la popularidad de tu trabajo. (Sigo sin haber leído a Connolly, a pesar de la insistencia de Alfredo Lara. Todo llegará).

No se trata de la mejor novela de Harris; e incluso puedo decir, ahora que la he leído, que quizá sea la menos buena (a falta de Domingo negro, que sigue pendiente, como ya he dicho). Pero también es cierto que lo peor que escriba Harris es mejor que... bien, digamos "mejor que una patada en los huevos", para no herir sensibilidades. Porque al menos servidor, no está aquí para hablar mal de los colegas del gremio.

Domingo Negro, edición de Bruguera.

Cari Mora es un interesante híbrido, fruto de nuestros tiempos. Para empezar, es una novela de aventuras pura y dura, como aquellas de las que hablaba Luis Ardila en 1931: trata de la búsqueda de un tesoro oculto, desconocido y sobre el cual pesa la maldición de que, cualquiera que intente obtenerlo, morirá. Además, hay un monstruo que guarda el tesoro. También hay barcos, o sea, mucho ambiente marítimo; y por supuesto, varios grupos en discordia que desean hacerse con el peligroso cofre.

Aventuras, ¿verdad? Sin duda. De manual. Hay mil historias con este mismo argumento, idéntico, punto por punto. Y todos sabemos que si hay un tesoro, un dragón, un monstruo, un fantasma lo guarda. Y habrá que descifrar una clave que permita acceder a bla bla bla. El escarabajo de oro de Poe. El pozo de la muerte de Preston y Child. ¡La isla del tesoro de Stevenson! Algunas de las de Tarzán, algunas de las de Doc Savage... Si quieren, hacemos un concurso, a ver cuántas historias nos salen.

Pero... resulta que el tesoro consiste en un montón de lingotes de oro (25 millones de dólares, más o menos) que pertenecían al narcotraficante colombiano Pablo Escobar, y están ocultos bajo una de sus casas de Miami, conectados a tropecientos kilos de semtex, que es un potente explosivo capaz de mandarte a la puñetera Luna.

Y si tenemos el tesoro de un narco de altísimo nivel, lo que procede es que también haya piratas, que aquí están representados por una asociación de marinos criminales de Barranquilla, conocidos por conformar la sociedad secreta de Las Diez Campanas (pocas bromas con estos cabrones). Y luego, tipos aún peores que los piratas ladrones asesinos criminales sin escrúpulos, etc.

 

Y por último, está Caridad Mora, que fue secuestrada por las FARC cuando era niña (una infancia que no habría envidiado ni Hannibal Lecter, oiga), y logró escapar y llegar a los Estados Unidos con una maleta cargada de amargura, conocimientos letales sobre cualquier tipo de acción terrorista, guerra de guerrillas, secuestros, ejecuciones, uso de armas blancas y de fuego pesadas y ligeras... y un gran amor por los animales y por su libertad, es decir, su derecho a que la dejen en paz por siempre jamás.

La especialidad de Thomas Harris es la de crear villanos sin paliativos, indudables, odiosos hasta desearles una muerte lenta. Después de los terroristas de Black Sunday, se inventó al "Hada de los Dientes" de Red Dragon, y de ahí escaló para utilizar al verdadero villano de su anterior novela, Hannibal Lecter, convertido en supremo protagonista de The Silence of the Lambs, donde eclipsaba a ese pobre bastardo desgraciado al que llamaban Buffalo Bill. En Hannibal le dio la vuelta al marcador, y aquí el doctor Lecter ya era un malvadísimo súper héroe que se enfrentaba al millonario depravado Mason Verger y a sus sicarios, extraídos de la mafia italiana. Y en Hannibal Rising, el joven y heróico y taradísimo y un poco despistado Hannibal se las veía, en sus tiempos mozos, con una banda de criminales que igual practicaban el canibalismo que la trata de blancas y lo que hiciera falta: cuanto más chungo, mejor. Criminales que, por cierto, eran responsables de la peculiar actitud de Hannibal hacia la vida humana.

Gary Oldman, en el papel de Mason Verger

En Cari Mora repite su exitoso (aunque ya un tanto agotado) esquema: gente muy muy muy mala (los ladrones, nuestros viejos piratas) contra gente que, ahora sí, por fin, no es que sea peor, es que son putos diablos encarnados hiperpoderosos e intocables. Para que el lector se haga una idea de qué niveles de maldad estamos hablando: eche un vistazo (o lea de una vez por todas) a Al otro lado del río de Jack Ketchum y tome nota de las prácticas de los malos y sus jefas, y multiplíquelo por un número al azar, uno alto. O bien, si ha leído Torso de Edward Lee (cosa que yo no me atrevo a hacer de momento, porque mi sensibilidad tiene un límite), piense en lo que sucede en esa historia, pero aplíquelo al poder político absoluto que otorga el dinero (con muuuuuchos ceros) en un país africano de los más problemáticos y jodidos. Por ejemplo.

Tenemos a un súper villano personal e intransferible en la figura del psicópata (por llamarlo de alguna manera, pues como sucede con Lecter, "no tienen un nombre para lo que es") Hans-Peter Schnider, cuya descripción -un hombre alto, corpulento, completamente calvo, sin pestañas, de febril imaginación, gran dibujante, y demencialmente cruel- es clavada, clavadita a la de ese otro súper villano de la literatura moderna: el juez Holden, misterioso personaje pseudohistórico que maneja los hilos en Meridiano de sangre de Cormac McCarthy. Si Schnider no es un descendiente directo de Holden, entregaré a mis superiores el arma reglamentaria y mi carné de mitógrafo creativo.

Mis impresiones sobre este batiburrillo argumental: si partimos de la base de que la traducción de Jesús de la Torre es correcta, hay unos cuantos pasajes en los que el uso del tiempo presente es absolutamente prescindible y sólo sirve para que cansinos y puretas como yo se quejen. Por lo demás, es puro Harris (como dijo King de esta misma novela), con esos destellantes detallitos que suele introducir, como la cacatúa que perteneció a Pablo Escobar y los monstruos de Hollywood que se guardan en la casa del tesoro, la escena en que el detective de policía (porque también hay polis en la historia) visita a su mujer en una residencia para enfermos muy fastidiados, la filosofía de la escuela de ladrones, la conservera de caracoles fabricados con carne de rata... en fin, toques de genio. Luego, en el terreno del gore, me ha ganado por goleada, pues ha conseguido darme náuseas sin mostrarme un carajo: ya sólo las ideas que insinúa, a mí me trastornan, literalmente, y me llevan al terreno de Ambrose Bierce y a gritar "pero ¡cómo pueden pasar esas cosas!" Así de increíble es lo que cuenta en esta historia.

Así que, resulta que lo menos bueno que ha escrito Thomas Harris es una novela de aventuras casi splatterpunk, que también es un thriller de terror realista que estira el horror hacia límites intolerables. Es corta. Y a estas alturas de la vida, tampoco te sientes engañado por que no se trate de un nuevo El silencio de los corderos. O porque la tipografía de le edición española es, en contra de lo acostumbrado, tan enorme que dan ganas de pegarle una paliza a la Editorial Suma de Letras, que ha vendido el libro al peso. Pero eso sí: la edición, en general, es una preciosidad. Me quito el sombrero y las innecesarias gafas de la presbicia.

Por lo que a mí respecta, mi amigo ha cumplido. Y espero con ansia (y un poco de miedo, a decir verdad) averiguar qué nuevas burradas inhumanas se le ocurren para la próxima novela.

Ave atque vale.