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martes, 21 de mayo de 2024

Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955), de Flannery O'Connor

Ed. Lumen, 1973. Traducción de Marcelo Covián.

Empecemos por las artimañas de lector: sí, me he leído el libro que aparece en la fotografía de arriba, que es un ejemplar de la vieja edición de Lumen de 1973. Pero no lo he leído en esa edición ni sé si existe otra traducción en castellano. Tampoco me lo he bajado de internet para leerlo en modo Long John Silver, el capitán Carlos Lezama o Sandokán. ¿Qué significa este pequeño galimatías?

Solución: me compré un ejemplar de los cuentos completos de Flannery O'Connor (más de 800 páginas en formato bolsillo, con buena letra y buen interlineado), y he leído los textos que corresponden al volumen original Un hombre bueno es difícil de encontrar (A Good Man is Hard to Find, publicado en tapa dura en 1955), y además lo he hecho en el orden en que aparecen en el libro original.

¡Tachaaaaaaán!

La edición original de 1955.

 

***

Hay algo en las antologías de cuentos de autor que sugiere un orden implícito que no es necesariamente el de la escritura o publicación original cronológica (pues estos cuentos aparecieron antes en revistas o en antologías de varios autores). Sé que, en la mayoría de los casos, el orden de cualquier antología (de un autor o de muchos) procede de imperativos o caprichos del editor, ya que al autor, en fin, le suele dar un poco igual. (A mí me pasa: salvo en casos raros como cuentos que van por parejas, tienen secuelas o están relacionados, me importa un bledo el orden en un libro de cuentos míos. Se puede abrir al azar y leer lo que sea. No es imposible que también suceda esto con alguna de mis novelas. Una vez más, recuerdo al lector aquello que soy el tío que empezó a leer Watchmen por el nº6).

Pero, me pregunto, ¿y si en este caso concreto fue Flannery O'Connor la que decidió el orden de los relatos? Una corazonada, lo admito.

Y así es como he leído el libro, empezando por el cuento número 1 y terminando por el número 10.

No sé si será cosa de la autora o del editor, pero este orden tiene cierto sentido. Al menos, para mí lo tiene. (No es que lo vaya a explicar más adelante: con lo que he leído, me basta).

Por cierto que, casualmente, Julián Díez ha escrito hace nada (el 6 de mayo) un artículo sobre "ediciones de cuentos completos" en el ámbito de la ciencia ficción, que es muy interesante.

***


El cuento de apertura y que da título al libro es una obra maestra del terror. No es una narración sobrenatural, pero da mucho miedo. También hay elementos de la literatura criminal, pero esto no es detectivesco, policial o de serie negra.

Esto es terror, sin más. Como aquel cuento de Raymond Carver, "Diles a las mujeres que nos vamos", que había olvidado, y que mi hermano Daniel llevó hace poco a la Tertulia de Albacete. (Creo que lo he dicho en alguna otra parte, pero si hace falta, lo repito aquí: me trae al pairo la supuesta diferencia infinitesimal o gargantuesca entre "terror" y "horror" en castellano. Esas diatribas, por favor, que se queden en el bar, que es adonde pertenecen).

Es tan de terror como Drácula de Stoker, El color que cayó del cielo de Lovecraft o El asesino de la carretera de James Ellroy. Tan de miedo y mal rollo como Noche infinita de Richard Laymon o Misery de Stephen King. No me extraña que, a una escritora como la que firmó esta historia, se la haya apropiado la Academia de la Literatura Seria, y se la haya arrebatado a nuestro negociado del escalofrío y la subliteratura. (Voy a empezar a utilizar el término, creo que de nuevo cuño, infraliteratura: me parece más humillante que el otro, pero tiene algo que evoca naves espaciales y monstruos con ojos de insecto). Es como lo que sucede con Primo Levi y sus libros de cuentos: que no pueden ser más fantásticos, terroríficos y de ciencia ficción, pero en el ámbito de los aficionados a los géneros y subgéneros, no se le conoce más que de nombre y por su triste fama como veterano reo de Auschwitz. (Nota al pie: Flannery O'Connor estaba familiarizada con eso de los campos de exterminio, y en época bien temprana, pues habla de los refugiados polacos que terminaron en Georgia, en calidad de mano de trabaja esclaa, un peldaño por debajo de los negros en la socidad. Se ve en varios de sus relatos, y de un modo que, al menos yo, nunca antes había visto o me había planteado. Léase "La Persona Desplazada", por ejemplo, casi novela corta y broche final del libro).

El muy turístico museo de Auschwitz, antes Konzentrationslager Auschwitz, visita obligada en Polonia para muchos entre 1940 y 1945.

Que la Academia y los editores de Auténtica Literatura se apropien de tu obra probablemente sea cojonudo, pero yo no lo tengo tan claro: ¿se multiplican las ventas exponencialmente cuando te consagran? Es posible. Si es así (y, repito: lo dudo), la pena es que probablemente haya varios grupos de lectores que te habrían devorado hasta la última línea, pero ya no se acercarán a ti porque te falta la etiqueta correspondiente. (Sí, sé que normalmente se esgrime y argumenta como queja el caso inverso: el del autor encasillado en tal o cual género que, por tanto, no llega al "lector generalista". Es cierto, sí. Pero ¿alguien, ahí fuera, sabe qué demonios es un "lector generalista", y en caso de que conozca alguno, me lo puede presentar para que yo lo vea y lo registre para comprobar si va armado?).

Pero volvamos a la literatura. "Un hombre bueno es difícil de encontrar" se publicó en 1953 en la antología de Avon Modern Writing I, antes de pasar a su primer libro de relatos. La autora tenía 28 años, pues había nacido en 1925. Por lo que he leído por ahí, esta amiga de los pájaros (tengo entendido que criaba pavos reales, algo que aparece de forma no casual en el relato "La Persona Desplazada", que cierra esta antología) publicó el cuento un año después de que le diagnosticaran la misma enfermedad autoinmune que se llevó a su padre a la tumba, lupus eritematoso sistémico. La criadora de pavos se vio afectada en las piernas y hubo de ayudarse de muletas el resto de su corta vida. Alguna autora más reciente asegura que Flannery fue la escritora que fue gracias a su enfermedad...

Flannery O'Connor y sus pavos reales, como la vida misma.

Pues vaya unos cojones. Es como si yo digo que Primo Levi fue el autor que fue "gracias a su estancia en el campo de concentración de Auschwitz". Esto es tan necio como decir que "si Paul Auster no hubiera fumado, habría tenido tiempo para escribir más obras". Tócate las narices. Ahora vamos a descubrir que las experiencias vitales de los autores, ya sean desgracias o vicios o que les toque la lotería, los condiciona. ¡Toma ya! Joder, ¿y a quién no? Y ¿qué pasa, que los autores tienen la obligación moral de cuidar su salud para poder escribir sus mierdas hasta en el lecho de muerte? ¿Deben "ganar la lucha contra el cáncer" o "tener experiencias horripilantes, pero instructivas", como es pasar por un campo de concentración o sufrir una enfermedad crónica? Claro que, esta obligación está destinada a los escritores Tocados por los Dioses durante su vida o tras su muerte. Qué desconsiderados, los autores. Qué desconsiderada Flannery O'Connor, que murió en 1964, con apenas 39 años, víctima de una cirugía para extirparle un mioma uterino (un tumor benigno, en castellano) que se complicó por culpa del lupus. Si no se hubiera operado, a lo mejor habría vivido para ver publicado su siguiente libro de cuentos (que apareció en 1965, de forma póstuma), y a lo mejor ¡hasta habría escrito mucho más!

Y Paul Auster tendría que haber dejado de fumar hace años.

Y Raymond Carver no tendría que haber bebido alcohol. Y John Cheever tampoco. Ni Edgar Allan Poe (aaaay, la absenta, la absenta...)

Los escritores tienen que pasarlas canutas para escribir una línea memorable. Como los súper héroes y sus orígenes secretos, ha de haber una explicación para el genio (o los súper poderes), y esa explicación tiene que ser dramática, horrible...

Insisto: ¡Tócate los huevos!

***

Flannery, con su primera novela en las rodillas.


Tras estos innecesarios excursos y viajes por los Cerros de Úbeda, procede comentar que los relatos de Flannery O'Connor me han gustado mucho, y no me extraña que en los blurbs que aparecen en los libros de los amigos de Dirty Works, O'Connor esté presente. Está claro que es una influencia para toda esa oleada de autores sureños y un poco góticos, narradores de la cultura redneck de la América profunda, pero también es hija de Antón Chéjov y madre (o madrastra) de los citados Carver y Cheever. Sobre todo del primero. El subastador de Joan Samson me parece una consecuencia directa de la existencia de Flannery O'Connor.

Joan Samson, otra autora que nos dejó siendo muy, muy joven.


"El río" (1953) también es terror en estado puro, y tiene un par detalles que me hacen pensar en la divina ("si encubriera más lo humano") Daphne du Maurier y su extrañísimo cuento "The Pool" (1959; en castellano, "El estanque", incluido en Los lentes azules). En "El río" hay un niño pequeño y un río, pero no hay evocación nostálgica alguna, sino tristeza infinita y miedo para el lector. O'Connor nunca siente nostalgia. Como murió tan joven, no creo que le diera tiempo a sentir nostalgia por nada. Para ella, todo era nuevo cada día, y sus "viejos tiempos" no eran "buenos viejos tiempos", sino recuerdos de la miseria y el Mal que acecha el corazón de los hombres y que sólo conoce... ¡La Sombra!

Daphne du Maurier, que llegó a vieja a pesar de ser fumadora.

 

El único cuento del libro que podríamos interpretar como "fábula", porque tiene algo parecido a una moraleja, es "La buena gente del campo", que por momentos parece como si Jim Thompson se hubiera ido de borrachera con J. G. Ballard y juntos hubieran parido una obscenidad sobre una chica mutilada y con prótesis.

De "El negro artificial" ("The Artificial Nigger", 1955) dicen los expertos que es una parábola, pero lo que es, es una cabronada: una road movie sin road, un viaje iniciático que es más bien viaje final, la gran aventura de un abuelo y su nieto en la ciudad, donde el peligro acecha en cadas esquina. Pobre buena gente del campo, que se pierde en el barrio de los negros...

 

"Un encuentro tardío con el enemigo" ("A Late Encounter with the Enemy", 1953) es el único relato en el que podemos apreciar un mínimo de sentido del humor explícito en esta autora que, para que me entiendan los aficionados a la infraliteratura, tiene más que ver con Jack Ketchum que con Richard Laymon (que SÍ tenía sentido del humor, y a raudales. Ketchum, definitivamente, NO). Es un cuento triste sobre la senilidad, pero el caso es que la tragedia tiene gracia, siempre y cuando se mire desde la perspectiva adecuada. Menos mal.

"Un círculo en el fuego" ("A Circle in the Fire", escrito en 1954 y publicado un año después) es, como el primero de los relatos, un cuento muy inquietante que roza el terror, y casi podría haberse convertido en un episodio de la serie de TV Alfred Hitchcock presenta..., si hubiera tenido algún giro final imprevisto. Pero, claro: que lo veas venir, no quiere decir que no lo sufras. Para eso lo escribió la señorita Mary Flannery O'Connor (1925-1964).

Y obvio el resto de relatos para que el lector los disfrute por su cuenta, sin más pistas que las siguientes: Primero, la fama de la autora es merecida. Segundo, si no la ha leído usted, se está perdiendo algo bueno.

Yo voy a dejar que Flannery descanse un poco de mí, pero volveré con ella en breve. Me ha caído muy bien. Es de los nuestros.

(Y, para los que quieran ir directamente a la caza y captura de un ejemplar de la edición de Lumen de 1973, les puedo decir esto: Un hombre bueno es difícil de encontrar es difícil de encontrar. Chim-pún).

Vale.

Edición en paperback, con una portada que se ajusta bastante al relato que da título a esta antología.

miércoles, 8 de noviembre de 2023

El superviviente, de James Herbert

 


7 de noviembre de 2023

The Survivor (1976) es la tercera novela del escritor británico James Herbert (1943-2013), y figura en un lugar destacado entre las obras mencionadas (para bien) por Stephen King en su seminal ensayo Danza macabra (Danse Macabre, 1981).

El volumen de King es muy famoso, una deliciosa lectura para los aficionados al género del horror, gustosos de ociosear. Una de las cosas que más recuerdo de dicho libro, que muchos revisitamos de cuando en cuando, es la enconada defensa que King hace de su colega inglés, a quien sus paisanos defenestraban y consideraban un escritor de segunda o tercera fila. (No me hace tanta gracia cuando King pasa por encima de Richard Laymon, cuando no lo insulta directamente, y además, lo excluye -al menos en la cuidada edición española de Valdemar- del mismísimo índice onomástico). King llega a comparar a Herbert con un moderno Robert E. Howard por motivos técnicos y literarios que, sospecho, desaparecen en la traducción al español. Cierto es también que Herbert es directo, bestia y honesto, como Howard, y no se anda con florituras innecesarias, también como Howard. Pero por desgracia, Herbert no tiene apenas relatos, un género que, por algún motivo, le resultaba ajeno. Los pocos que hay son, en su mayoría, fragmentos "perdidos" o extractos de novelas más largas. Y los que he leído funcionan bien ellos solitos, como es el caso de "Maurice y Mog" (1987), en castellano en el inencontrable volumen Horror 7 de Gran Súper Terror.


El superviviente, publicado en la colección Fábula de Planeta en septiembre de 1979, con versión castellana de César Armando Gómez, no me ha matado. Que es exactamente lo que le sucede al protagonista de la novela, un copiloto de aerolíneas comerciales que sobrevive milagrosamente a un accidente catastrófico: un avión con cerca de trescientas personas que se estrella a tiro de piedra de la célebre localidad de Eton, esa que alberga una escuela de donde han salido poetas, presidentes y otras personas traumatizadas de por vida.


Me toca hablar por hablar, pues aún no le he hincado el diente a La invasión de las ratas ni a La niebla, las dos novelas de Herbert inmediatamente anteriores a ésta; pero tengo la sensación de que, durante sus primeros años como novelista profesional, el autor concibió una fórmula, lo que yo llamo una "máquina de hacer churros", que consistía en combinar en la coctelera dos géneros: el de catástrofes y el de horror fantástico o sobrenatural.



El género de catástrofes llevaba algunos años generando dinero con éxitos literarios y cinematográficos como The Tower (1973) de Richard Martin Stern y The Glass Inferno (1974) de Thomas N. Scortia y Frank M. Robinson, dos novelas que conducirían al guión de esa maravillosa producción de Irwin Allen que se llama The Towering Inferno (El coloso en llamas, 1974, dirigida por John Guillermin; y también The Poseidon Adventure (1969) de Paul Gallico, que daría pie a la célebre película homónima de 1972. Hay muchos más ejemplos y antecedentes, pero la obra que convirtió la década de 1970 en una sucesión de desastres fue la novela Airport (1968) del anglocanadiense Arthur Hailey, fabricante de exitosísimos bestsellers, como Hotel (1965). Cualquier ser humano nacido antes de 1990 ha visto la película Aeropuerto (1970), así como sus diversas secuelas, derivados y parodias.



Pero no todo el mundo ha leído El superviviente de Herbert, quien dejó atrás sus ratas invasoras (a las que volvería con dos entregas más) y su gas catastrófico para ir directamente a la fuente del género, que es Hailey... y de paso, se metió en un fregado curiosísimo que por momentos recuerda a The Twilight Zone, salpimentado con The Exorcist (1971) de William Peter Blatty y un pellizco de Hell House (1971) de Richard Matheson.



La historia, que no llega a las 250 páginas, gira en torno a las secuelas del accidente en Eton, y está estructurada de modo que conozcamos el misterio que rodea al protagonista, sufriente sobreviviente que no recuerda nada de lo que sucedió durante el vuelo (lo cual es una jodienda para los investigadores oficiales del caso); y al mismo tiempo, los extraños, salvajes, sangrientos sucesos que tienen lugar entre los habitantes del pueblo: es en estos "cuadros de costumbres" donde el Herbert más cafre brilla con luz propia. Así, tenemos un capítulo dedicado al amnésico piloto, y luego otro donde se recoge alguna burrada casi splatterpunk, amén de sobrenatural, en apariencia aislada... pero que, por supuesto, se encuentra íntimamente ligada a la trama principal.

Esta frágil torrecita de capítulos alternos ha dado pie a críticas no demasiado acertadas, en mi opinión, donde se habla de "compendio de relatos independientes unidos por un hilo" (un fixup, que dicen en inglés, o la Primera Parte de Don Quijote de La Mancha, que digo yo), pero no lo veo así, ni mucho menos. Considero que es una obra un tanto deslavazada, pero no por su estructura, sino porque no me parece que Herbert consiguiera transmitir el latido del horror lógico (o más bien, consecuente) que sí subyace, de forma explícita o implícita, en sus novelas posteriores (al menos, en las que sí he leído, que son unas cuantas). No creo que Herbert se pensara mucho esta obra; más bien, se diría que la vomitó sobre el teclado de la máquina de escribir a toda velocidad y con una fecha de entrega pendiendo de su cabeza, como la proverbial Espada de Damocles. Y a la manera del prolífico Robert E. Howard, como apuntaba King. Esa es mi impresión.

Donde digo horror lógico (o consecuente) quiero decir horror que sigue una serie de reglas dentro de una ficción. Cosa que, en El superviviente, no sucede, porque se desmadra. Tan pronto estamos enfrentados a un montón de almas en pena, como sospechamos de la presencia de un brujo malvado y pronazi; o bien se trata de un auténtico diablo salido de las páginas del Dictionaire Infernal de Collin de Plancy (un personaje llega a mencionar a los demonios Agaliarept y Glasyalabolas, y alguno más), o quizá un terrorista chalado, o ¡una muñeca diabólica y embrujada!... Vamos, que es un lío resuelto por medio de la varita mágica del escritor, lo que se llama un deus ex-machina, como saben todos los lectores de Apocalipsis de Stephen King.

El demonio Caacrinolas, Glasyalabolas, Glasyabolas... y tiene más nombres, el perrito.

Quiero añadir, en descargo de mi querido y llorado James Herbert, que he leído la novela en circunstancias muy poco propicias (por cuestiones puramente médicas y personales), y lo que tendría que haber sido un par de sentadas, se ha prolongado a lo largo de una tontísima semana de releer páginas una y otra vez. En buena lid, tendría que haber dejado el libro en la estantería y pasar al siguiente. Pero Herbert no me lo ha permitido, y esto, por mucho que yo esgrima chorradicas sobre argumentos deslavazados e hibridajes fallidos, habla en favor del libro y no en su contra. Y admito, además, que no me esperaba el final, abrupto y sencillo como el de un bolsilibro de Curtis Garland. Lo cual no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario.

Querido James, volveremos a vernos pronto.

 

Portada de The Survivor, con muñeca diabólica incluida. Y sí: sale dentro. Como tantas otras cosas...

jueves, 19 de octubre de 2023

Joyride, de Jack Ketchum

 

 

15 de abril de 2023

Una interesante y buena novela de terror realista, thriller criminal, o como nos dé la gana llamarlo.
Por un lado, tenemos un clásico argumento a lo James M. Cain y El cartero siempre llama dos veces; pero hete aquí que al señor Ketchum se le ocurrió incluir una trama paralela que, obviamente, se entrecruza con esta casi desde las primeras páginas: la de un psicópata en vías de convertirse en asesino de masas. Así, Ketchum aprovecha para mostrarnos las más diversas bajezas humanas, sin demasiada casquería y mucha acción en la carretera, pues esto no deja de ser una road movie. ¡Ah!, también tenemos a un poli bueno que intenta atar cabos del follón que le ha tocado en suerte.



En resumidas cuentas, estamos ante un Fargo (1994) o un Sangre fácil (1984) sin un ápice de humor, cosa que a servidor le parece un defecto de este tipo de realismo: el humor existe incluso en las situaciones más horribles y desesperadas. Suele ser de color negro, y a veces no tiene ni puta gracia. Pero está ahí, en la vida real, como las risas de la familia durante un velatorio. Es lo mismo que echo de menos en Cormac McCarthy: un viso, un guiño, un pequeño comentario, un detallito que me indique que los personajes (y el autor) tienen sentido del humor y, por tanto, son humanos y no sólo monstruos de pesadilla. (Curiosamente, Joyride se abre con una cita de Meridiano de sangre, de McCarthy, así que esto me tendría que haber puesto en guardia). En fin: me ha gustado, pero ni siquiera es tan bestia como me esperaba.


Ketchum tiene mucha clase, y me agrada leerlo. Es (era) un gran escritor con un enorme talento para retratar en blanco y negro y rojo esas monstruosidades cotidianas de las que hablaba más arriba. Pero, y aquí entramos en el inevitable, odioso terreno de las comparaciones, no me parece ni remotamente tan divertido como Richard Laymon, quien (no me cansaré de decirlo) está subestimado. O quizá es que yo soy imbécil, que también es probable.
Es obvio, por otra parte, que Ketchum no tenía las mismas intenciones que Laymon cuando escribía: Laymon quería divertir y divertirse; Ketchum estaba recogiendo historias que pretenden ser retratos psicológicos (incompletos, en mi opinión). Ketchum es (era) mucho más ambicioso en el terreno literario. En el epílogo a la novela, que es una especie de "cómo se hizo", Ketchum confiesa que se inspiró abiertamente en La bestia humana de Emile Zola, concretamente en la escena inicial. Palabras mayores, pues hace falta mucho valor para partir de ahí y decirlo abiertamente. (Laymon, a todo esto, era más aficionado a Hemingway que a los naturalistas franceses).
Joyride se publicó originalmente como Road Kill en 1994; sobre el cambio de título, no sé nada. La edición de Biblioteca de Carfax respeta el título original y es excelente, igual que la traducción de María Pérez de San Román o la portada de Rafael Martín.

 

lunes, 25 de septiembre de 2023

Allanadores, de David Morrell


Es ésta una curiosa incursión del creador de Rambo en la literatura de terror. Y no es la primera vez, ni mucho menos, pues David Morrell ha dado unos cuantos títulos breves, y algunos largos, al género. Uno de estos últimos es The Totem (1979), que nunca apareció en España, pero sí que se publicó en castellano, en Argentina, con traducción de Alicia Steimberg, en Editorial Sudamericana. Ni siquiera se planteó ningún editor español publicarla cuando Morrell "remasterizó" su novela en 1994 ("edición completa y sin alterar", pues al parecer, la primera versión sufrió los recortes de un riguroso editor). Una pena, la verdad, pues el argumento de la novela tiene muy buena pinta: en un pequeño pueblo de Wyoming, se produce una serie de eventos violentos e inexplicables, que podrían estar relacionados con la aparición de un nuevo virus derivado de la rabia. En mitad del meollo se encuentra el sheriff Slaughter de Potter's Field. (Sí, quizá suene a cosa conocida. Pero si pensamos "Rambo vs. Zombis", la cosa empieza a tener su retorcido encanto...).



De Morrell, en territorio horripilante, tenemos en España algún que otro cuento y la novela corta Naranja de agustia, azul de locura, que se incluyó en el volumen antológico Pesadilla (1989) de Grijalbo. Creo que en alguna otra parte ya he mencionado esta historia, que me pareció magnífica y, por tanto, justa ganadora del Premio Bram Stoker de Novela Corta 1988.


Con Allanadores (Creepers en el original), otro de los Premios Stoker de Morrell, esta vez a Mejor Novela en 2005, me parece que la cosa no está tan clara, y cabe la posibilidad de que el galardón lo recibiera por compromiso, porque tocaba, o más posiblemente, porque la competencia no estaba a la altura. Y no lo digo porque la novela no sea buena; es que, sencillamente, no es muy, muy buena. No es Muerte al alba de Robert McCammon, ni El espectáculo del vampiro de Richard Laymon, ni El silencio de los corderos de Thomas Harris, ni Misery de Stephen King, por mencionar tan sólo un puñado de Stokers a Mejor Novela que, en mi opinión, sí que son muy, muy buenas. (Ahora es cuando escucho por ahí las voces espectrales de algunos buenos amigos que me susurran al oído: "La de Laymon es Laymon imitando a King", eso escucho una y otra vez, y yo grito a todo pulmón, pero sin admiraciones: "King podría haber escrito tres cuartas partes, cuatro quintas partes de El espectáculo del vampiro. Pero jamás habría concebido las últimas treinta, cuarenta páginas, ni en sus más locos sueños. Y si las hubiera concebido, las habría desechado por absurdas". Y es que uno de los súper poderes de Laymon consiste en hacer eso: que lo absurdo suene... no diremos "lógico", pero sí "posible por improbable que parezca").

Excursos aparte, y volviendo a la novela, la traducción de Ana María Nieda es correcta, me parece, y eso es de agradecer. Como en otras obras de Morrell, la narración es fluida (un pasapáginas), y lo que en principio pueden parecer (por ejemplo, que nos peguemos media nvela sin saber nada de los personajes), resulta que son trampas de escritor que Morrell resuelve paulatina y justificadamente, en favor de la obra y del lector.

El argumento es atractivo: un periodista se reúne con un grupo de "espeleólogos urbanos", individuos que visitan edificios abandonados para "cartografiarlos" y "por su interés histórico". Sí, y unos cojones. Unos cojones, porque en verdad, la cuestión de entrar en casas abandonadas es realmente adrenalínica, tal y como cualquiera que haya tenido infancia y adolescencia podrá atestiguar. Es el subidón de lo explícitamente prohibido, lo indudablemente peligroso, al alcance de la mano de los niños. Y de adultos a los que les va la marcha, pero tienen que buscarse una coartada. (Esa es mi opinión, ojo, no lo que cuenta Morrell. O sí. No sé. No importa).

El edificio en cuestión es un hotel construido en 1901 y abandonado a finales de la década de 1960. Y como es lógico, lo que nuestros creepers se van a encontrar en el interior es bastante más adrenalínico de lo que esperaban...

Uno de los problemas de la novela, para servidor, es el de la espectativa que tenía, frente a lo que me he encontrado. No diré nada más al respecto. También, que es una de las obras del subgénero que mi hermano Daniel más odia: el de "gente metida en un túnel y que se pega todo el libro dando vueltas". Pues sí, Allanadores es de ésas, por suerte o por desgracia. Y se ve venir desde el principio. Pero el caso es que funciona y no es un coñazo para nada.

Por lo demás, resulta una experiencia grata y entretenida, como una peli de serie B de la que no esperas nada y resulta que está muy bien. (Que es lo que yo tendría que haber esperado desde el principio, y entonces no me habría quedado con cara de "pues yo pensaba que iba a ser otra cosa").

Existe una segunda novela protagonizada por Frank Balanger, el tipo que se cuela con los allanadores el Hotel Paragon y que, por supuesto, es el personaje principal de la historia. Y cuando caiga en mis manos Juego Mortal (Scavengers, 2007), la leeré con ganas y con las espectativas correctas: serie B, sustos, hostias como panes. Y me gustará.

Y es que, en el fondo, soy muy facilón...


 



domingo, 13 de agosto de 2023

Trabajo sucio, de Larry Brown

 

 (De Facebook)

28 de julio de 2023

El pasado mes de marzo leí "Las cosas que llevaban los hombres que lucharon", de Tim O'Brien, y resulta que es uno de los mejores libros que he leído en mi vida. Mi amigo Luis Escribano me insistió mucho para que lo leyera, y le he hecho caso veinte años después. Y casi me alegro de que haya sido así, pues a estas alturas uno no espera encontrarse con muchas historias que se conviertan en "nuevas favoritas". Es un libro revelador sobre la relación entre realidad, ficción y verdad. Gracias, Luis; tenías razón todo el tiempo.
Ahora me he metido en "Trabajo sucio" de Larry Brown, otra novela bélica (o antibélica) americana, que a la sazón dio nombre a la editorial Dirty Works, de Javier Lucini. Me hice con "Trabajo sucio" durante el festival Hostia Un Libro de hace unos años; Lucini y servidor intercambiamos compras y libros, como está prescrito, y sólo ahora me he puesto manos a la obra. Nunca es tarde para convertirse a la religión Dirty.
(Respecto a "Friday Night in Beast House" de Laymon, es cortísima y tiene toooodos los defectos e incorrecciones políticas que se le atribuyen habitualmente al autor. O sea: que me ha gustado mucho y lo he pasado de muerte).
 

 

sábado, 12 de agosto de 2023

Friday Night in Beast House, de Richard Laymon


 

(De Facebook)

26 de julio de 2023

“Somos escritores de terror. Somos mierda de perro en los zapatos de la literatura. Nuestros familiares y amigos se avergüenzan de nosotros. ‘¿Por qué no escribes algo bonito?’, dicen. Los lectores en general se apartan con tal de evitar la adquisición de cualquier libro identificable como ‘de terror’. La mayoría de la gente de la industria editorial apenas nos tolera. Dudo que exista un escritor de terror al que sus agentes y editores no lo hayan urgido a que abandone el género e intente escribir alguna otra clase de ficción. Saben que el terror ‘no vende’. La gente no quiere leer terror.
Pero el caso es que lo leen, ¿verdad?”
Richard Laymon, "A Writer's Tale", 1998
Una vez finalizado el extrañísimo, retorcido, surrealista "Los cristales soñadores" de Sturgeon, una obra que podría convertirse en libro de cabecera de muchos colectivos (si la leyeran, cosa que no va a suceder; pues sólo las personas leen, no los colectivos), regresamos de nuevo con el maestro Laymon en su última entrega de las "Crónicas de la Casa de la Bestia", que se titula "Friday Night in Beast House" (agosto de 2001). Es una novela cortísima que apareció meses después del fallecimiento del autor, y que cierra la serie que comenzó con "The Cellar" (1980; en castellano, "El sótano"), una obra polémica y divertidísima que no gusta a los actuales "popes" del terror en USA. A Laymon se le acusa de ser un "mal escritor", desde el punto de vista estilístico, y que eso hace que sus novelas sean fallidas, aburridas, etc.; que el problema no es la violencia explícita, pues existen autores que recogen más y mejor violencia de ese tipo, y son buenos escritores. Por otra parte, también se le acusa de tratar temas "intolerables".
 

 
Personalmente, pienso que tendría que ser una cosa o la otra: o te parece un pésimo escritor y su triperío y burradas te dan igual (que es lo que argumentas cuando eres un crítico o un lector del género), o bien, que te parece excesivo, desde una perspectiva moral.
 

 
 
La verdad es que Laymon tiene obras extremas, con las que, definitivamente, te coge por la garganta y te obliga a mirar lo que no quieres ver. Y eso es un logro. Para mí, es uno de los pocos autores a los que leo con precaución, pues ya me ha volado los sesos en alguna que otra ocasión.
En fin, vamos con la última entrega de "La Casa de la Bestia". Una pena que ni esta cuarta parte, ni las dos anteriores, existan en castellano.
 


 

jueves, 10 de agosto de 2023

Echidna, de Beatriz Alcaná; Baby Cat-Face, de Barry Gifford


(De Facebook)

22 de julio de 2023

Una vez concluido el sangriento periplo por el paseo marítimo de Boleta Bay (que no debe encontrarse muy lejos de Malpaso, donde se ubica la Casa de la Bestia) y de disfrutar, como siempre, un festival feriante de horrores y disparates in crescendo, todo esto de la mano del gran Richard Laymon, me voy a las "distancias cortas" de la mano de la salmantina Beatriz Alcaná, que ganó el V Premio de Novela Corta de Terror "Casa de la Cultura Marta Portal" (del Ayuntamiento de Nava, en Asturias), y que se puede conseguir a través de su autora (busquen en Twitter a Beatriz Alcaná). "Echidna" es una novelita epistolar de corte lovecraftiano que, según la autora, bebe sobre todo de "El Terror" de Dan Simmons. Como servidor es tanto de Lovecraft como de Simmons, pues habrá que darle un tiento a este viaje de 60 páginas por los mares más meridionales. De momento, por ahí tenemos a un doctor Derleth y a un comandante Belknap...
 

 
Después (posiblemente esta misma noche, pues "Echidna" no le puede durar mucho a un lector como servidor), el plan es meterle mano -en sentido figurado- a "Baby Cat-Face" del maestro Barry Gifford, donde me consta que aparecen para saludar los buenos de Sailor y Lula. Esta era la única novela de Gifford que se había resistido a caer en mis manos; pero ahora ya no tiene escapatoria y daremos buena cuenta de ella...
 

miércoles, 9 de agosto de 2023

Funland, de Richard Laymon

 


 (De Facebook)

16 de julio de 2023

 
Terminada la excelente novela El elixir negro de Elizabeth Engstrom, que da más de lo que yo pedía (esto es un halago), me voy a revisitar a uno de mis autores de cabecera, uno de los más odiados. En A Writer's Tale (1998) dice, entre otras muchas cosas:

"Pongamos a esas personas que se meten por casualidad en un libro mío porque no se han fiado de la portada o simplemente por curiosidad o por lo que sea... y de repente se encuentran con una situación que los conmociona y ofende profundamente.
Quizá, en ese punto, deberían dejar el libro. Desecharlo y coger, por ejemplo, uno de Tom Clancy. O de Mary Higgins Clark. O de Franklin W. Dixon.
Si no dejan de leer mi libro, entonces se merecen lo que les pase.
¿Qué clase de estúpidos son? Si no te gustan las espinacas, no comas espinacas. Y en concreto, no te las comas y luego te pongas a llorar. “¡Tío, odio las espinacas! ¡Son una mierda! ¡Son VERDES!”
Pues come maíz, idota.
Y déjame en paz."

Yo soy de los que "se meten en un libro suyo" a sabiendas y perfectamente motivado, y la experiencia me dice que Laymon nunca te lleva a engaño, y rara vez te decepciona. Lástima que perdiéramos a Richard Laymon hace ya veintidós años, que se dice pronto.
Hoy toca Funland (1988), que no existe en español.
 

 

viernes, 4 de agosto de 2023

Darkfall, de Dean R. Koontz

 (De Facebook)

30 de junio de 2023

Como finalicé Los gatos de Nick Sharman (Scott Grønmark) el día de ayer, tercer aniversario del fallecimiento del autor debido a un cáncer pancreático, por respeto me limitaré a decir que no se ha convertido en una de mis obras favoritas. Pero entretiene.
Ahora se ha colado en la pila de lectura uno de los autores de terror de nuestra era más vilipendiados, subestimados y directamente odiados, el "Stephen King para pobres", el único e inimitable Dean R. Koontz: un todoterreno, usuario de múltiples pseudónimos que, en contra de lo que se comentaba ayer en la Tertulia Albaceteña, sigue vivo y presentando batalla, como se puede comprobar en su web, https://www.deankoontz.com/.
 

 
Koontz es autor de Demon Seed, una terrorífica fantasía de ciencia ficción que fue adaptada al cine con cierto éxito, y que en España, creo recordar, llegó a proyectase en uno de los programas de La Clave, de Luis Balbín: la historia de una casa controlada por una inteligencia artificial que se enamora de una bella dama, y logra incluso dejarla en estado de buena esperanza...
 

 
Curiosidades aparte, como su larga e íntima amistad con el también odiadísimo Richard Laymon, o la creación de Tucker, un homenaje (o un rip-off descarado, pero de calidad) del Parker de Richard Stark, Koontz cuenta con algunas novelas en verdad sobresalientes, de entre las cuales yo mencionaría la sustanciosa Fantasmas, el thriller Susurros, e incluso La visión, aunque sé que por estos andurriales hay quien ha disfrutado mucho con Víctimas, Relámpagos o Luna de invierno, acercamiento al lovecraftiano "Color que cayó del espacio".
 

 
Hace unos años, posiblemente al final del encierro de la pandemia, cuando caminar por la calle y cruzar de acera podía suponer una multa cuantiosa (e injustificada), mi buen amigo Alfredo Lara me recomendó fervorosamente una novela de Koontz, cuyo título no recordaba, pero que él había devorado con fruición, pues combinaba monstruos invocados por un brujo vudú que atacaban a unos gángsters.
Me temo que la he localizado: se trata de Darkfall (que en su edición original en UK, en febrero de 1984, se tituló Darkness Comes). Y si contamos con que a) va de monstruos de la mitología obeah contra mafiosos y b) me la recomendó Alfredo, pues eso significa que me voy a meter de cabeza en la versión que Plaza y Janés publicó en noviembre de 1991, con traducción de Antonia Kerrigan.
Voy predispuesto a que me guste, así que, queridos amigos, se pueden ahorrar los comentarios agoreros. Porque yo sí soy capaz de sacarle jugo a la extensísima obra de Dean R. Koontz.
Y que vivan los segundones y los últimos de la fila.
 


 

martes, 3 de enero de 2017

"El almacén", de Bentley Little

 
(13 de junio de 2016)

Estoy leyendo un libro de miedo que está muy bien: El almacén (mi mujer se lo ha leído antes que yo, así que sí, está muy bien). Llegué al autor siguiendo la pista de los hijos de Richard Laymon, pero en la portada de la edición española (de mi querido amigo Alejandro Colucci), la frase laudatoria es de Stephen King.
Es el único libro traducido al castellano de Bentley Little (salvo un cuento pastichero sobre Freddy Krueger que anda por ahí, en una antología kruegeriana). Creo que sería conveniente (y lucrativa) una traducción y edición en castellano de The Summoning, también de Little, que va de un vampiro chino en un pueblo del Oeste.
Pero en fin, ya se publican suficientes libros atractivos que yo me compraría si tuviera dinero, ¿verdad?
Circulen. Aquí no hay nada que ver.


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