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martes, 21 de noviembre de 2023

Basil de Baker Street: una peregrinación (5 de marzo de 2010)


Advertencia del 18 de noviembre de 2023

El siguiente artículo lo escribí el 5 de marzo de 2010 para este cuaderno de bitácora, que en aquella época tenía otro emplazamiento. Al igual que el texto titulado "Mi madre y Sherlock Holmes", quedó varado en las entrañas de mi ordenador, y ha viajado de disco duro en disco duro. Nunca lo rescaté. Hasta ahora.

Hay muchas cosas sobre el personaje de Basil, el ratón detective de Baker Street, que he conocido después. Ahora hay una edición completa en castellano, realizada por mis amigos del Círculo Holmes, y Luis de Luis Otero, uno de los más desconcertantes holmesianos que en el mundo han sido, publicó una extensa monografía sobre el asunto del ratón credo por Eve Titus. También, la editorial Blackie Books ha vuelto a publicar la primera novelita de la serie, no sé si alguna más.

Pero nada de esto viene al caso ante estas viejas palabras, que son pura añoranza. No he retocado ni una coma. Para qué, si el que habla no soy yo, sino otro mucho más joven.

***

 Basil de Baker Street: una peregrinación
(5 de marzo de 2010)

 

Basil, a los pies de Sherlock Holmes. Ilustración de Paul Galdone.

 

Seré sincero: pensaba publicar esta entrada en Navidad (en alguna Navidad, no en la más reciente), pero no he tenido más remedio que ofrecérosla ahora. Toda esta reseña encierra un montón de nostalgia, y me parecía apropiado publicarla en una época más “apropiada”, o al menos, más en sintonía con lo que deseo contaros respecto al Gran Ratón Detective de Baker Street.

Al carajo, amigos sherlockianos. Ni Navidades, ni leches en vinagre.

Y no obstante, empezaré por el principio, como está mandado.

La primera noticia que tuve de Basil (el ratón que vivía en el 221b de Baker Street) se remonta al año 1986, cuando yo tenía diez añitos, y ya conocía al Maestro por dos vías fundamentales: parte de la traducción de Amando Lázaro Ros publicada por Editorial Molino (en diversas ediciones, que rondaban por mi casa gracias a mi padre y a mi hermano Daniel), y sobre todo, gracias a la mítica película Asesinato por decreto (1979), de obligatorio visionado para los seres humanos. (Soy holmesiano gracias a Plummer y Mason, y quien piense otra cosa, debería ahorcarse ahora mismo).

 

Cartel español de Asesinato por decreto, que yo vi por primera vez una noche, en la tele. De esos polvos han venido estos lodos...

 

El álbum de cromos de Basil (versión Disney), que en España apareció y se promocionó en 1986, creo que antes de que se estranara la película. Aunque no lo menciono en el artículo, debió ser aquí donde vi por primera vez a Basil.
 

En Albacete, mi ciudad natal y donde actualmente resido, existían diversos cines “a la antigua usanza”: nada de multisalas ni zarandajas de esas, sino enorme teatros con palcos y demás historia, que acogían a las juventudes y las senectudes ante cualquier cinta, estuviera o no calificada o recomendada para menores o mayores. (Por aquella época, claro, yo estaba harto de las películas “Toleradas”, y empezaba a dejarme ver en aquellas “Para todos los públicos”. Sé que parece la misma clasificación, pero eso de “Toleradas” sonaba y era para niños muy pequeños; lo de “Todos los públicos” tenía algo que ver con que lo vieran jovencitos muy jovencitos, y personas adultas, a la par y sin complejos. Me explico: Rollos de “Tom Hanks, detective acompañado”, y otras tontunas).

A esto me refería cuando hablaba de "Tom Hanks, detective acompañado". Con Dan Aykroid, y Christopher Plummer haciendo de "El Malo de la Película". Esto un supuesto remake de Dragnet, una serie policíaca televisiva antigua; pero la producción se convirtió en comedia ochentera. (Es de 1987, por cierto. La vi en el cine con amigos).
 

Uno de los míticos cines de Albacete, ya desaparecidos —hoy día quedan unas nauseabundas salas Yelmoplex que merecen la extinción inmediata, pues son caras, están lejos, y se sirven del chimpancé que, desde tiempos inmemoriales, trabaja en mi localidad—, era el Carretas, sito en la plaza del mismo nombre. Allí, en el año  1987, se anunciaba en cartel la última producción de Disney, Basil, el Ratón Superdetective, un título que en su versión castellana algo debía de beber de esas comedias de acción de Eddie Murphy (un cómico negro salido del Saturday Night Live, que tampoco era para tanto) a las que por aquí nos referimos como Superdetective en Hollywood.

 

Superdetective en Hollywood. Curiosamente, se supone que la última película que proyectó el cine Carretas fue El chico de oro, una muy divertida película, también de Eddie Murphy. Pero lo que cuento aquí del Basil de Disney también es cierto. ¿Será uno de esas "rasgaduras del Velo" que...?
 

A mí, aunque era un chiquillo, nadie me engañaba: el ratón no era el negro de la pistola en Beverly Hills, sino el puñetero Sherlock Holmes convertido en personaje Disney. Vaya si no.

Por aquel entonces, mi hermano Daniel era el más directo responsable (aunque mi hermana Suli también se comió su parte) de sacarme por ahí a hacer El Mal, a pegarme como una lapa a mis mayores, y sobre todo —o eso es lo que yo recuerdo—, de llevarme al cine. Joder, la que hoy es la ex mujer de Dani me llevó (en solitario, sin su novio) a ver Superman III, la de Richard Pryor tirándose desde un rascacielos con esquíes... Aquello debió ser la prueba de amor que necesitaban para casarse... Pero no sé, a mí no me pregunten...

 

La vi en el cine Capitol de Albacete, con mi ex cuñada. La cola para verla era... obscena.
 

Sé que había algún motivo especial, aunque seguro que no tenía nada que ver con sacar buenas notas, buen comportamiento, ni nada por el estilo. En mi familia nunca se han premiado esas mierdas, cosa que me parece bien. Pero había algo, un compromiso, vaya usted a saber el qué, que hizo que Dani me llevara de la mano —¿quizá una improvisación bien intencionada?— al puñetero cine Carretas para ver al Sherlock Holmes ratón.

El Carretas se encontraba en lo que a mí me parecía una cuesta interminable hasta la Plaza de las Carretas, una lugar antiguo e inhóspito, repleto de solares y casas salidas de algún pueblo lejano, muy lejos del hogar familiar que yo conocía. Era una peregrinación en toda regla.

El trayecto de ida fue glorioso, repleto de ilusiones y, sobre todo, de ganas. A mi hermano Dani le encanta (o al menos le encantaba) ver películas de críos con críos, cosa que, estoy seguro, sigue haciendo con su hijo. (Yo perdí ese gusto a los diecinueve años, cuando me llevé a mis mil millones de sobrinos a ver Las Tortugas Ninja III a un cine Capitol repleto de criaturas que me pegaron la varicela, lo que me retuvo todo un verano en casa. Debió ser en pago por el ancestral sacrificio de mi ex cuñada. El universo sigue algún tipo de orden, etc).

Y cuando llegamos a la puerta, después de atravesar los Parajes de los Condenados, el Lago de la Muerte, la Zona Negativa (que está pegada a la Zona Fantasma), Latveria, un par de campos de minas Claymore, el Bosque de los Monstruos Sin Cuello, el Territorio de la Mano Negra y Chinatown, nos encontramos con que el cine Carretas estaba cerrado.

Para siempre. Para siempre jamás.

 

Mi hermano Daniel, hace unos pocos años, en uno de sus habituales encuentros con monstruos. Durante su última aventura, resolvió El Problema de la Bolsa Misteriosa. Qué familia esta...

 

Allí estaba el cartel de Basil el Ratón Superdetective, pero en ninguna parte se indicaba que aquello estaba “cerrado por defunción”, “hemos salido cinco minutos”, ni nada de nada.

El Carretas había llegado a su fin.

Y lo que es peor, yo me quedé sin ver al Sherlock Holmes ratón que anunciaban en la tele. Tampoco llegábamos a tiempo de meternos en otro cine, pero, ¡qué más daba! Yo lo que quería era ver al jodido Ratón Sherlock.

 

El cartel español de la película.


***

Algún que otro año después, decidí que ya era lo suficientemente mayor (yo habría dicho entonces “grande”) como para hacer regalos de Reyes. De Reyes Magos. Nunca he sido fan de Papá Noel —o como dicen los snobs, “Santa Claus”—. Hice mis esfuerzos. Regalé cosas a mis padres y a mis hermanos. Cosas baratas. Libros. De saldo en una librería (ya inexistente, ¿se llamaba Mobe...?) de la calle Dionisio Guardiola, antes de llegar a los míticos —y no poco misteriosos— Almacenes Navarro. (Se dice que son un negocio de lavado de dinero negro, ¡qué necedad...!)

Tras un expositor de cristal, donde se guardaban volúmenes con precios que debían rondar las doscientas, trescientas y cuatrocientas pesetas, había algo titulado Basil de Baker Street. El dibujo de la cubierta, con un ratón fumando en pipa (y un Watson ratonáceo y con bigote), me evocaba, por alguna loca razón, a los cuadernos infantiles de Richard Scarry. Qué prodigio, amigos. Scarry es un puto Maestro.

 



Mis adorados Cuadernos Richard Scarry, que publicó Bruguera entre 1980 y 1981. Con esto y con la cartilla Amiguitos, aprendí a leer antes de ir al colegio.

 

Por supuesto, vi la luz: Basil de Baker Street era el Sherlock Holmes ratón de Disney.

Reuní el dinero necesario para auto regalarme ese librito de Montena —con preciosas ilustraciones interiores de Paul Galdone— para los Reyes Magos. Incluso pedí que me lo envolvieran en la tienda, y más tarde, en mi casa, le pegué un pedacito de papel con mi nombre para unirlo al resto de regalos. Aquello fue a principios de diciembre, y aguanté sin abrirlo —eso es mono de yonqui auténtico, se lo digo yo— hasta el 6 de enero, el día en que muchos holmesianos, sobre todo en los Estados Unidos, se reúnen para celebrar el apócrifo nacimiento del Maestro.

Qué cosas...

Mi ejemplar de Basil de Baker Street, de Montena.
 
 ***

Intenté leer el libro a mis sobrinos (ya por entonces tenía unos cuantos), sin demasiado éxito. Y es que Basil de Baker Street era toda una novela, y no un cuentecillo como esos troquelados de Caperucita Roja, Riquete el del Copete, o Los Siete Cabritillos. Basil daba más de sí.

 

Riquete el del Copete. Producciones Editoriales, 1978.
 

Habría de llegar a mis manos, concretamente en la Biblioteca Pública de Albacete, la primigenia edición de Sherlock Holmes de Baker Street, la famosa edición de Valdemar de la biografía del Maestro escrita por William S. Baring-Gould, para que yo me enterara de que la novelita infantil de Eve Titus tenía un auténtico valor sherlockiano. ¡Diablos, aparecía allí, citada entre un montón de títulos inencontrables —y no traducidos al castellano— donde se desentrañaban los misterios del Gran Detective!

O sea, ¡los misterios de Sherlock Holmes!

¡En serio!

 

La biografía de Sherlock Holmes, escrita por William S. Baring-Gould, vuelve a aparecer por aquí. Y no por última vez, imagino...

 ***

 Ahora, miles de años después, he visto la película a la que mi hermano Dani, con riesgo de su pellica —así decimos por estas tierras—, intentó llevarme.

Todas las tribulaciones, amigos míos, merecieron la pena. Más divertida que la magistral serie de Miyazaki (sobre todo el episodio de El rapto de la señora Hudson), mejor que The Private Life of Sherlock Holmes de Vincent Starrett, y más espectacular que The Science-Fictional Sherlock Holmes, que es un volumen impagable —sobre todo en el mal sentido de la palabra—), Basil, el Ratón Superdetective es un motivo vital para mí, una imagen que reúne a Sherlock Holmes con los personajes de Viento en los sauces (de Kenneth Grahamme), otra obra maestra indiscutible de la literatura infantil, y donde por cierto, se homenajea a Conan Doyle.

Y la música de Mancini es una gozada.

Y yo, amigos holmesianos, soy como un niño.

O mejor dicho, soy, en las pocas ocasiones en que no lidio con fuerzas sobrenaturales y malignas e incomprensibles, un niño.

Un niño.

Sólo un niño.

...

Qué gusto da...

 

Viento en los sauces de Kenneth Grahamme incluye un capítulo sherlockiano.

El rapto de la señora Hudson, según Miyazaki. Reminiscencias de Lady Frances Carfax, diría yo...


The Private Life of Sherlock Holmes de Vincent Starrett. Imprescindible.

 
The Science-Fictional Sherlock Holmes, de 1960. Una maravilla.

 

martes, 14 de noviembre de 2023

Doctora Jekyll (Selección Terror nº33), de Curtis Garland

 

Doctora Jekyll, de Curtis Garland. Ilustración de Alberto Pujolar.

Proseguimos con la recuperación de micro reseñas perdidas, correspondientes a títulos aparecidos en nuestro volumen Hammer Horror de Curtis Garland. Después de Drácula 75 y de La noche de la Momia, le toca a Doctora Jekyll, publicada en Selección Terror nº33 (octubre de 1973). Ofrecemos a continuación el texto de octubre de 2019 y, justo después, algunas consideraciones de hoy.

***

"Se vio. Se vio solamente el rostro. Un rostro insólito, increíble, estremecedor… Todo lo demás eran brumas, neblina rojiza, que invadía sus ojos como en un baño de glóbulos sanguíneos.
Y aquel rostro. Aquel alucinante rostro de mujer que el espejo le devolvía.
Era todo lo que persistía en su mente, mientras se hundía, como andando dentro de la niebla roja, hacia alguna parte de su delirante pesadilla".

 

En la vasta producción de Curtis Garland no podía faltar (ni, por supuesto, en Hammer Horror) la presencia de ese otro icono del terror, pariente cercano del Hombre Lobo, que es el Dr. Jekyll... y su doppelgänger malvado, el siniestro Mr. Hyde. Creado por el escocés Robert Louis Stevenson en 1886, este doble personaje, precursor del histórico Jack el Destripador, ha tenido una larguísima trayectoria cinematográfica, bien conocida por Juan Gallardo, que sin duda alguna se inspiró -una vez más: en el título, y poco más- en Dr. Jekyll & Sister Hyde (El Dr. Jekyll y su hermana Hyde, 1971), de la Hammer Films, dirigida por Roy Ward Baker. Pero, como es habitual en las aproximaciones pasticheras de Curtis Garland, en Doctora Jekyll prescindió de la premisa original del filme y se centró en, primero, "desvelar los verdaderos hechos tras la novela de Stevenson", y después, dar protagonismo absoluto nada menos que a ¡la hija del Dr. Jekyll! El resultado, como los afortunados lectores podrán imaginar, es excelente.

 


***

11 de noviembre de 2023

Como ya he contado en otra parte, sin empacho ni vergüenza alguna, no sólo fui escritor precoz, sino que también, con toda la lógica del mundo, fui lector precoz. Entre aquellas primeras lecturas de la infancia, inauguradas con Viaje al centro de la Tierra de Jules Verne en 1982, se encuentra El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Para que nos hagamos una idea de lo que es tener seis, siete u ocho años: tengo grabada la imagen de llevarme mi edición de la novelita de Stevenson (la de Alianza) a la cama de mis padres un domingo por la mañana, y de terminar de leerla allí, primero entre mis dos progenitores y luego, cuando me dejaron a solas, a gusto entre las sábanas, la luz de la mañana entrando por la ventana. Mi comprensión lectora de entonces no era como para tirar cohetes, los años no pasan en balde, y la memoria lo que acaba reteniendo son impresiones, no largos pasajes. De modo que, si leí esa historia a tan tierna edad, también es cierto que he pensado en ella muchas más veces que en los títulos que me zampé la semana pasada o hace un año.

Esto significa que, desde entonces, tengo muy presentes a Jekyll, Hyde y Stevenson.


Mi edición de la novela de Stevenson. Me llevó AÑOS descifrar el montaje realizado por Daniel Gil para la cubierta: mitad hombre, mitad facóquero.

La impresión que recuerdo de la lectura es de que lo pasé bien, y que debía ir preparándome para leer Frankenstein de Mary Shelley y Drácula de Bram Stoker, que eran mucho más gordos. Por entonces, me preguntaba si existiría alguna novela del Hombre Lobo que fuera lo que hoy denominaríamos fundacional, seminal, la primera o la más importante. Alguno de mis hermanos me regaló El ciclo del hombre lobo de Stephen King, cuyas páginas (con ilustraciones de Bernie Wrightson) volaron, y de corrido cayó El misterio de Salem's Lot, que fue un regalo de reyes. (Y, claro, por entonces también leí El libro de las extrañas criaturas de John A. Keel).

 

Perdí mi ejemplar de esta joyita, que pasó por muchas, muchas manos antes de desaparecer.

De Jekyll y Hyde se me quedaron grabados a fuego los nombres de Utterson y Lanyon, y la sensación de que me habían contado mucho en muy poco espacio. Estoy seguro de que esa fue una de las cosas que me animaron a escribir, pues como cualquier niño, yo era impaciente y me interesaba hacer lo que tuviera que hacer lo más rápido posible. De esta lectura, y de otras varias (entre ellas, El sabueso de los Baskerville de Conan Doyle, en edición de Molino y traducción, claro, de Amando Lázaro Ros), surgió un relato "largo", manuscrito, que llevó por título "Mr. James contra el Castillo del Miedo". En la primera versión del texto (y única, pues lo que tiene son tachones y rectificaciones con lápiz), "Mr. James" era "Mr. Jeims", y el castillo no era del Miedo, sino del Terror: realicé la primera corrección por consejo de mi hermano Daniel, con quien empecé a aprender inglés no mucho tiempo después; la segunda, la del castillo, fue fruto de que llegó a mis manos Misterio en el Castillo del Terror, la primera novela de la serie Alfred Hitchcock y Los Tres Investigadores, obra del gran Robert Arthur. Me pareció intolerable que mi cuento se titulara casi igual que algo que ya existía. Así que, fue Castillo del Miedo. Y ya está.

 

El nº1 de la colección Alfred Hitchcock y los Tres Investigadores, escrito por Robert Arthur. La ilustración de cubierta es de Ángel Badía Camps.

Conservo el manuscrito, pero no lo tengo a la vista. Mr. James era un sosias de Sherlock Holmes sin paliativos, y creo que tenía algún ayudante (que no cronista). En el dichoso Castillo del Miedo había un hombre lobo, un monstruo creado por una tal "profesor Abraham" (mi doctor Frankenstein que, en mi mente, era igualito al Padre Abraham, el de los Pitufos), y un vampiro muy curioso, con un ojo de oro. Juraría que el chupasangres, auténtico villano de acción y puñetazos, se llamaba Mortimer, como el doctor James Mortimer que acompañó a sir Charles Baskerville a Baker Street. También había un lago y una quimera acuática o pantanosa, remotamente humanoide (porque era en parte pulpo, en parte lobo, en parte...), que dibujé y coloreé con todas las ceras Plastidecor que tenía a mi alcance, de manera que el monstruo parecía más bien una drag queen en un momento eufórico. Y estoy bastante seguro de que, si no saqué una versión de Jekyll y Hyde, fue porque no quería imitar la novela que acababa de leer.

Menudo pastichero chapuzas que estaba hecho...

***

La adaptación al cómic de Néstor Redondo, según Ediprint (1982).

Pero estaba hablando de la novela original de Stevenson. Según mi memoria, entre la infancia y la adolescencia vi aproximadamente un millón de adaptaciones cinematográficas, y otras tantas versiones en tebeos. De las primeras, recuerdo una con Anthony Perkins, nada menos, que quizá fuera una producción televisiva (o no), como el Drácula encarnado por Jack Palance (que también hizo de Jekyll, me parece). Recuerdo haber grabado una versión en blanco y negro que no era la de Spencer Tracy. Recuerdo una tarde de verano en que la tele anunciaba para esa noche la ya mencionada El doctor Jekyll y su hermana Hyde; me quiere sonar que allí salían tetas y logré entrever alguna. Bien por mí. En el terreno tebeístico, propablemente me topé con alguna adaptación en cabeceras como Dossier Negro, Vampus, Rufus, y recuerdo y conservo el Vértice de Thor (volumen 2, número 4, creo), que contenía una versión realizada por Ron Goulart y dibujada por Win Mortimer. Me impresionó la versión de Néstor Redondo en la pequeña colección Libros Gráficos nº8, de Ediprint, publicada en 1982 y rápidamente saldada. Yo la conseguí en la Feria de Albacete, en el puesto de tebeos que ponía Ángel Vico "El Joven", padre del actual "Joven", que sigue en activo, pero ya no hace ferias de ningún tipo. (Curiosamente, el Jekyll de Redondo aparecería nuevamente en Estados Unidos, otra vez bajo el sello de Marvel).

La versión de Néstor Redondo, publicada por Marvel con portada de Gil Kane.

La otra versión de Marvel, la que apareció en blanco y negro en Ediciones Vértice, en su versión original, con portada, creo, de John Romita Sr.

***

Doctora Jekyll es un pastiche de la obra de Stevenson. El personaje dual de Jekyll/Hyde, inspirador directo de La Masa (The Incredible Hulk, que es uno de mis fetiches favoritos) y de otros muchos monstruos de ficción, no ha dado tantos pastiches explícitos como Drácula o Sherlock Holmes, que se llevan la palma en el territorio de las "nuevas historias", "expansiones del original", y otras formas de mitología creativa. Existe un relato más o menos largo, bastante cercano en el tiempo a la novela de 1886, que lleva por título The Untold Sequel of the Strange Case of Dr. Jekyll & Mr. Hyde, firmado por un tal Frank H. Little y publicado en 1890, que el señor Miguel Ángel Wolfville tradujo al castellano para la revista Ulthar nº18, hace menos de un año. Y obviamente, todo el mundo recordará la película Mary Reilly, servidora del Dr. Jekyll (1996, con John Malkovich y Julia Roberts) que estaba basada en la novela homónima de Valerie Martin (1990); así como la miniserie televisiva británica Jekyll (2007), que contaba los avatares de un descendiente del doctor. Más reciente es la novela Hyde (2021), del escritor escocés de thrillers fantásticos y de serie negra Craig Russell, que no hemos tenido oportunidad de leer aún, pero que tiene muy buena pinta.

The Incredible Hulk nº1, por Stan Lee y Jack Kirby (mayo de 1962).


Una edición en castellano de la novela Mary Reilly, de Valerie Martin.

 

Hyde, de Craig Russell. Le hincaremos el diente...

 

Pero en realidad, Jekyll y Hyde han acabado por convertirse en comparsas o invitados especiales en crossovers, algunos de ellos tan multitudinarios como el cómic The League of Extraordinary Gentlemen de Alan Moore y Kevin O'Neil o la novela (inédita en castellano) A Night in the Lonesome October de Roger Zelazny. Y también aparece como principal adversario en algunos pastiches sherlockianos, claro; pero esto último carece de mérito, habida cuenta que Sherlock Holmes se ha enfrentado cara a cara con cualquier personaje de ficción imaginable salvo, de momento, el Pequeño Pony y, quizá, los Osos Amorosos. (Si alguien no cree esta afirmación, le recomiendo que eche un vistazo a Sherlock Holmes en España, por citar un volumen al azar). Incluso Waldemar Daninsky, el hombre lobo encarnado por Jacinto Molina, nuestro querido Paul Naschy, se las vio con Jekyll y Hyde en 1971.


La novela de Zelazny y la grandiosa portada de James Warhola. Por ahí está Jekyll...

Mr. Edward Hyde en The League of Extraordinary Gentlemen.

Un pastiche de Holmes y Jekyll, por Loren D. Estleman.

Waldemar Daninsky contra el Dr. Jekyll, bajo la dirección de León Klimovski (1971).
 

Curtis Garland realizó un muy gratificante trabajo con su Doctora Jekyll (en estos momentos no recuerdo otro pastiche abiertamente jekylliano que apareciese en formato bolsilibro), muy superior a la película de Roy Ward Baker, que supongo le sugirió la idea de feminizar a Hyde, pero el proceso físico del cambio de sexo. (En ese sentido, el concepto de la película resulta brillante, pues aúna el concepto de transexualidad con el de un desdoblamiento de personalidad, que es un tipo de trastorno psiquíatrico sobre el que aún nos queda mucho por conocer).

De manera que esta novelita tenemos a la joven Ivy Fletcher, en el Londres de los últimos años de la Era Victoriana, quien descubre que posee una herencia increíble: ¡es la hija del infame doctor Jekyll, cuyo nombre conoce todo el mundo por culpa de la novela de Stevenson! Y de forma simultánea, Ivy se ve envuelta en un trama de horribles asesinatos, que tienen la inconfundible huella del difunto Mr. Hyde... o ¿no será en este caso Mrs. Hyde?

Curtis se las ingenia para atraparnos desde la primera página con su sucia descripción de la Inglaterra decimonónica y las partes más oscuras de Londres y sus personajes más perversamente realistas, como sucede en sus novelas sobre el Destripador de Whitechapel, y nos lleva adonde le da la gana, nos siembra tantas dudas como certezas, y nos conduce a una de esas magníficas conclusiones, con redoble de tambores, una gran sorpresa y una explicación que, como en toda buena historia policíaca, es la última pieza del puzle.

Imprescindible.

Hammer Horror contiene Doctora Jekyll y otras seis novelas de Curtis Garland. Cuesta 28 euros.

 

domingo, 20 de agosto de 2023

Joe LaBrava, de Elmore Leonard


 

 (De Facebook)

16 de agosto de 2023

Joe LaBrava (1983) es otro ejemplo de dominio del diálogo en la obra de Elmore Leonard, un autor de oído excepcional, que aquí incluso se permite el lujo de rozar la metaficción dialógica, pues la trama gira en torno a una bella y retirada estrella de cine: los diálogos de sus películas se superponen sobre los diálogos reales. Y esto, por no mecionar las conversaciones a tres, en las que, en apariencia, nadie escucha a nadie. (Por cierto: buena traducción de Esteban Rimbau).
 

 
 
Esto, en el apartado estilístico. En el apartado de la historia, tenemos de nuevo a un héroe que podríamos intercambiar por Raylan Givens o Vincent Mora (de Fulgor de muerte), la presencia del policía Buck Torres (¡viva el elmoreverso!), y unos delincuentes tarados, estúpidos, ridículos, descerebrados, sacados de la mismísima realidad.
No me extraña que Tarantino dirigiera Jackie Brown (basada en una novela de Leonard), pues sus primeras y mejores películas, Reservoir Dogs y Pulp Fiction tiene una deuda impagable con el gran Elmore.
 


Y para continuar, he decidido embarcarme con Jack Higgins en una de sus novelas más famosas (de las pocas que no he leído), A Prayer for the Dying (1973), en castellano, Réquiem por los que van a morir, con Mickey Rourke en la portada de la edición de Versal. La peli no la he visto, pero la historia gira en torno a otro de los "entrañables terroristas" de Higgins, Martin Fallon, del IRA, al que todo el mundo quiere ver muerto. Fallon tuvo una aparición previa en The Cry of the Hunter (1960), publicada con el verdadero nombre de Higgins, Harry Patterson, y nunca traducida al castellano, que yo sepa. (Curiosamente, Higgins utilizaría el nombre de "Martin Fallon" como pseudónimo para publicar otras novelas de la época).