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martes, 25 de junio de 2024

Corrupción en la Policía (1984), de William J. Caunitz

 


 

24 de diciembre de 2023

William J. Caunitz, oficial y detective del New York Police Department (NYPD), vivió lo suficiente (desde 1933 hasta 1996) como para escribir seis novelas policíacas y media (la última la concluyó a título póstumo Christopher Newman en 1999), pertenecientes (o más bien, como explicaré después, emparentadas) con el subgénero procedimental. Su primera novela apareció en 1984 y se tituló One Police Plaza; en español apareció con el título de Corrupción en la Policía (Emecé, 1986), en correctísima traducción (no del título, sino del contenido) de Magdalena Senestrari de Salvi. Yo he leído la edición de Plaza y Janés de 1989, y la he disfrutado como un enano, pues me ha sorprendido en muchos aspectos. Y ya anticipo al lector que encontrar esta novela por uno o dos euros es fácil y una auténtica ganga.

 

Como la novela está catalogada (con bastante justicia) como procedimental, me adentré en ella con Ed McBain y los muchachos de la Comisaría 87 de Isola en la cabeza, que son mi admiración y mi solaz policial cuando quiero pensar que el mundo no es tan horripilante como parece (y con esto me refiero a que la violencia es, legalmente, un monopolio del estado en cualquier país civilizado. La civilización es eso). Y algo de eso hay en la obra de Caunitz, que cuenta con la ventaja de escribir "desde dentro del asunto": en una entrevista de 1984, el poli veterano, por entonces jefe de una escuadra de detectives, aseguraba estar harto de su trabajo después de 29 años de servicio.

 


 

El tono de Caunitz se aproxima mucho al de la serie de McBain y utiliza los mismos trucos: hay muchos personajes que pululan y tienen cierto peso, claro; pero se centra en uno o dos, que son los que llevarán las riendas de la historia. No obstante Caunitz, al contrario que McBain, no tiene ninguna cortapisa a la hora de soltar tacos y burradas, a mostrar las partes más escatológicas y cotidianas de una comisaría (la del Distrito 5º de New York, en este caso). Y a eso hay que sumar el tema de su primera novela: el de la corrupción policial, que presenta de un modo tan disparatado e irracional que hace que los polis de Los Ángeles de la maravillosa serie televisiva The Shield (2002-2008) sean unos santurrones pisaverdes. Si lo que cuenta Caunitz en esta novela de ficción tiene algún viso de verdad, entonces resulta que la distopía que vivimos se remonta a varias décadas antes de lo que yo pensaba.

En ese punto difiere de cualquiera de las tramas del Distrito 87 (delitos más o menos convencionales, salvo excepiones honrosas, y perfectamente creíbles), pues lo que es un horripilante caso de asesinato, tiene derivaciones insospechadas en el mundo del terrorismo organizado e implica a los servicios secretos del país, y hasta el Mossad está en el ajo.

 


 

En realidad, todo esto lo podría haber pergeñado un McBain pasado de vueltas y con alguna información comprometedora y radiactiva entre las manos; lo que no se le habría pasado por la cabeza al cronista del detective Carella y sus compañeros es convertir el relato de procedimiento policial en un thriller de acción desaforada que desemboca en un gran "¡boooooooooooooooom!", algo digno de Hollywood y las producciones que empezaban a calar en aquella época, con héroes duros y solitarios (y a veces hasta simpáticos), interpretados por Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, y un largo etcétera.

 

La edición de Círculo de Lectores. Te apuesto diez contra uno a que, si vas a cualquier tienda de libros de segunda mano de tamaño medio como mínimo, lo encuentras por menos de tres euros.


Esta, digamos, "combinación de subgéneros", resulta que funciona muy bien, por mucho que resulte exagerado imaginar una batalla campal en el centro de New York con armas militares de gran calibre, tanquetas y muertos a cascoporro. Los malos de la historia también funcionan bastante bien y, sin meterse en entresijos psicológicos que no aportarían gran cosa a esta novelaca de tiros, Caunitz logra que casi todo sea creíble... al menos, en el plano hipotético. Que para eso está la literatura; no sólo para hacer el retrato fiel de la sociedad, sino para especular sobre lo que podría llegar a suceder según tal o cual premisa. Y la premisa de Caunitz, poli de New York en 1984, es que tenía compañeros que iban mucho más allá de la sobornable rata con patas, sino auténticos criminales profesionales experimentados y muy bien entrenados. (Algo me dice que el irlandés Garth Ennis posiblemente haya leído a Caunitz, puede que con cierta atención).


Caunitz en 1984, en la contraportada de One Police Plaza. Luego se afeitó el bigote.


En lo que a mí respecta, el siguiente paso consiste en hacerme con el resto de la, por desgracia, cortísima bibliografía de este poli que se las sabía todas, e ir dosificándomela en vena, como un yonqui. En castellano hay, por lo menos, otros tres títulos de Caunitz. Los otros tres que no se tradujeron los pillaremos en inglés, qué remedio... Pero volveremos con este señor "escritor aficionado" (manda huevos) más pronto que tarde.

jueves, 5 de octubre de 2023

Quema el asfalto (Punto Rojo nº1135), de Curtis Garland

 

12 de abril de 2023

Una aproximación pastichera a Harry el Sucio, en este caso encarnado en el implacable Ross Ingram y su Magnum .44.

Ingram es un detective del NYPD (New York Police Department) totalmente pasado de rosca, tanto que cuelga el uniforme tras volarle los genitales a un violador reincidente de un disparo. Ya saben, "entregue la placa y el arma" y otros grandes éxitos. Pero Ross Ingram, recién devuelto al mundo de paisano, recibe una oferta de un multimillonario para encargarse de "algo" y rápidamente se larga a Los Ángeles para acabar con el imperio de la droga de Los Siete (un número mágico garlandiano, como podrá apreciar cualquiera que examine los títulos de su bibliografía: Siete horas, La carta número siete, El enigma de los siete muertos, Los siete del miedo, El templo de los siete ídolos, Siete tumbas, etc...). Muy divertida, como todas las policiales de Curtis Garland de su etapa ochentera. Da la sensación de que improvisó mucho, porque hay un puñado de personajes secundarios que parece que van a hacer algo, pero luego no, como el poli de Los Ángeles o la hijastra del millonario que contrata a Ross Ingram. Un tanto ingenua, en muchos aspectos, y muy canónica en sus personajes femeninos, como la stripper corista de corazón de oro (encerrado bajo un descote despampanante que bla bla bla...).

 

Publicada en febrero de 1984 con una efectiva y bonita portada genérica de Antonio Bernal, que quizá ya había aparecido por ahí, en algún otro bolsilibro. Pero da igual. Funciona, que es lo que hace falta.

 

Para consultar opiniones sobre otros bolsilibros, puede visitar mi blog NOVELAS DE A DURO, con más de un centenar de micro reseñas.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Máscara para el crimen (Punto Rojo nº1.161), de Curtis Garland

 


4 de abril de 2023

"Me estaba besando. Su cara, aun dañada, seguía siendo muy bonita. Su cuerpo era una delicia bajo mis manos. Y sus pechos, aun quemados por cigarrillos, seguían siendo firmes y deseables. No le respondí con palabras. No hacía falta. Ella no pedía palabras. Sólo hechos".

Un holocausto de incorrección política y justiciera, narrada por un protagonista (Lyman Kearney, presidiario fugado y carente por completo de escrúpulos) con el que las criadas se turnaban para practicar sexo... cuando él tenía diez años. (Hay un relato escrito por “Johnnie Farragut”, detective privado, que trata exactamente este mismo tema: el de la criada que abusa de un menor. Farragut es un personaje recurrente creado por Barry Gifford, y aparece en las diversas novelas de la serie sobre Sailor y Lula. El relato que cito está incluido en Wild At Heart (1990), es decir, Corazón Salvaje o La historia de Sailor y Lula, que es la primera de esta imprescindible saga. Farragut tiene publicado otro cuento, un homenaje a The Twilight Zone, que también se encuentra en Wild At Heart. Johnnie es otro de nuestros queridos autores de la Biblioteca de Babel: un detective privado que es escritor de corazón).

El argumento: el preso a la fuga fue sentenciado por error, según él, acusado de asesinar a su esposa, y ha salido de la trena para ajustarles las cuentas a todos los hijos de perra que han conspirado contra él. Joder, cómo los odia. Y, joder, qué pena que hasta entonces hubiera sido un actor famoso de rostro perfectamente reconocible para todo el mundo.

En fin, volviendo a sus enemigos, los que mataron a su señora y lo mandaron al trullo: puede tratarse de su turgentísima cuñada, cuya afición por andar desnuda por su casa no está nada mal; de otras damas (igual de turgentes) que se dedican a la prostitución, la pornografía, etc.; de su exsocio en turbios negocios de la noche; del ex de su difunta mujer... Esto lo lleva por los más tortuosos caminos del crimen, y esto incluye una red de películas para pederastas (protagonizadas por niños chicanos) y de filmaciones snuff, de las que se habla pero sin mencionar el palabro (y esto, en noviembre de 1984, once años antes de que Amenábar filmara la película Tesis). Pero nuestro hombre es un cabronazo DURO DE LA HOSTIA, que se saldrá con la suya sí o sí.

Juicio sumarísimo: salvo por el final precipitado (con fuegos artificiales y lo que haga falta), todo genial y divertidísimo. No sé qué tomó Juan Gallardo ese día, pero yo quiero probarlo.

Para consultar opiniones sobre otros bolsilibros, puede visitar mi blog NOVELAS DE A DURO, con más de un centenar de micro reseñas.

viernes, 4 de agosto de 2023

Darkfall, de Dean R. Koontz

 (De Facebook)

30 de junio de 2023

Como finalicé Los gatos de Nick Sharman (Scott Grønmark) el día de ayer, tercer aniversario del fallecimiento del autor debido a un cáncer pancreático, por respeto me limitaré a decir que no se ha convertido en una de mis obras favoritas. Pero entretiene.
Ahora se ha colado en la pila de lectura uno de los autores de terror de nuestra era más vilipendiados, subestimados y directamente odiados, el "Stephen King para pobres", el único e inimitable Dean R. Koontz: un todoterreno, usuario de múltiples pseudónimos que, en contra de lo que se comentaba ayer en la Tertulia Albaceteña, sigue vivo y presentando batalla, como se puede comprobar en su web, https://www.deankoontz.com/.
 

 
Koontz es autor de Demon Seed, una terrorífica fantasía de ciencia ficción que fue adaptada al cine con cierto éxito, y que en España, creo recordar, llegó a proyectase en uno de los programas de La Clave, de Luis Balbín: la historia de una casa controlada por una inteligencia artificial que se enamora de una bella dama, y logra incluso dejarla en estado de buena esperanza...
 

 
Curiosidades aparte, como su larga e íntima amistad con el también odiadísimo Richard Laymon, o la creación de Tucker, un homenaje (o un rip-off descarado, pero de calidad) del Parker de Richard Stark, Koontz cuenta con algunas novelas en verdad sobresalientes, de entre las cuales yo mencionaría la sustanciosa Fantasmas, el thriller Susurros, e incluso La visión, aunque sé que por estos andurriales hay quien ha disfrutado mucho con Víctimas, Relámpagos o Luna de invierno, acercamiento al lovecraftiano "Color que cayó del espacio".
 

 
Hace unos años, posiblemente al final del encierro de la pandemia, cuando caminar por la calle y cruzar de acera podía suponer una multa cuantiosa (e injustificada), mi buen amigo Alfredo Lara me recomendó fervorosamente una novela de Koontz, cuyo título no recordaba, pero que él había devorado con fruición, pues combinaba monstruos invocados por un brujo vudú que atacaban a unos gángsters.
Me temo que la he localizado: se trata de Darkfall (que en su edición original en UK, en febrero de 1984, se tituló Darkness Comes). Y si contamos con que a) va de monstruos de la mitología obeah contra mafiosos y b) me la recomendó Alfredo, pues eso significa que me voy a meter de cabeza en la versión que Plaza y Janés publicó en noviembre de 1991, con traducción de Antonia Kerrigan.
Voy predispuesto a que me guste, así que, queridos amigos, se pueden ahorrar los comentarios agoreros. Porque yo sí soy capaz de sacarle jugo a la extensísima obra de Dean R. Koontz.
Y que vivan los segundones y los últimos de la fila.