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lunes, 19 de agosto de 2024

La fría piel de la muerte (Punto Rojo nº1007, 1981), de Donald Curtis

Punto Rojo nº1007, agosto de 1981. Ilustración de Miguel García.

 

18 de agosto de 2024

 

Parte I: Un fárrago bibliográfico

Un pequeño misterio para empezar: ¿Por qué La fría piel de la muerte (Punto Rojo nº1.007, agosto de 1981) apareció firmada por Donald Curtis, y no por Curtis Garland? La pregunta no es baladí, pues desde el nº70 de esta colección, Trópico ardiente (1963) Donald Curtis no había asomado la nariz. De hecho, Juan Gallardo Muñoz (que como todos deberíamos saber es Donald Curtis y Curtis Garland, entre otros muchos autores) sólo reapareció, ya como Curtis Garland, en el nº461, Trampa para un muerto (febrero de 1971). Transcurrieron otras 61 novelitas de Curtis Garland hasta que se publicó este La fría piel de la muerte, que nos trae aquí de vuelta a Donald Curtis en el contexto del relato criminal. ¿Fue un capricho del autor, del editor...? Sin duda, no es un error de la imprenta (aunque esta novela está plagada de erratas, como veremos después). ¿Cuál puede ser la explicación a este enigma? Se nos ocurren algunas, pero ninguna definitiva: quizá era una novela antigua (inédita, pues no la hemos encontrado en otra parte) traspapelada y perdida, que Juan Gallardo presentó con su viejo alias, el primero que utilizó en el mundo de los bolsilibros. No obstante, por la forma y el estilo en que Curtis se adentra en esta novela, así como algunos detalles más o menos lúbricos, no diríamos que es una novela en verdad "vieja". Más bien, tenemos la sensación de que algo o alguien sugirió a Gallardo que sería buena idea dejar descansar a Curtis Garland y dejarle hueco a Donald Curtis. Quizá fuera el editor, quizá el mismo Juan Gallardo. En fin, mantengamos en mente la fecha de agosto de 1981 y veamos algunos de los áridos pormenores de tipo editorial:

Durante la larguísima etapa de Juan Gallardo en Bruguera, el pseudónimo de Donald Curtis, que es con el que publicó por primera vez una novela en 1953 (La muerte elije [sic], en la colección Detective, precisamente de Bruguera), y con el que firmó durante sus primeros años profesionales historias de todo tipo (sobre todo novela negra y del Oeste), quedó relegado a los muchos westerns que escribió para las diversas colecciones de la editorial bacelonesa... salvo unas pocas excepciones. Donald Curtis había publicado un montón de novelas negras en la colección Servicio Secreto durante la década de 1950 y los primeros años de 1960, así como una legión de westerns. Al mismo tiempo, con el nombre de Johnny Garland, trabajaba para Toray escribiendo ciencia ficción e historias bélicas. Donald Curtis llegó a aparecer en los albores de la colección Punto Rojo de Bruguera, con apenas cinco o seis novelas. Desde 1961 hasta 1970, Juan Gallardo trabajaría casi en exclusiva para Toray y Rollán; sus colaboraciones de ese período con Bruguera son puramente testimoniales.

Por lo que hemos podido deducir de nuestros listados, cronologías y bibliografía, Juan Gallardo creó a Curtis Garland en 1964 para la prestigiosa colección de novelas largas Murder Club, de Rollán, y la primera aparición de esta firma fue con Blues en negro (Murder Club nº3)... aunque cabe la posibilidad de que esta novela negra apareciera al mismo tiempo que Gatillo, publicada en el nº3 de Western Club, colección gemela de la citadas Murder Club, pero dedicada al Oeste. No dispongo de los meses de publicación, que seguramente estén consignados en las páginas de créditos, pues no tengo ejemplares de estas obras. Una de esas dos, o ambas, es la primera novela de Curtis Garland.

 

Murder Club nº3, Ed. Rollán, 1964.



El pseudónimo de Curtis Garland apareció exclusivamente en la madrileña Rollán hasta 1969, y colaboró en las colecciones citadas, y también en las dos colecciones de bolsilibros y libros dedicados al FBI (la veteranísima FBI; FBI Club, de novelas largas; y Los Federales, que se convertiría en Agente Federal), y en la magnífica Los Intocables, dedicada a la guerra contra el hampa en los Estados Unidos durante el período de la Ley Seca. Fue durante este tiempo que Curtis Garland creó al personaje de Brian Kervin, agente M-31, una suerte de súper James Bond al que Juan Gallardo pasearía por diversas editoriales en una relativamente extensa serie que incluía novelas largas, novelas cortas e incluso relatos breves.

En 1970, Curtis Garland desaparece por completo del panorama editorial: Juan Gallardo publica alrededor de 57 títulos ese año, incluidas sus tres colaboraciones como Lester Maddox en la serie Bang: Agente 000, de Editorial Ferma, y cinco novelas más bien largas, en la colección de ciencia ficción Nova Club, de Rollán, firmadas por Addison Starr.

En enero de 1971, con la publicación de la novela Yo, Lázaro en La Conquista del Espacio de Editorial Bruguera, Curtis Garland regresa para quedarse, y marca el inicio de la etapa más conocida del trabajo de Juan Gallardo. En ese año de 1971, Gallardo publicaría 96 novelas, a caballo entre Bruguera y Rollán: mantuvo tan ocupados a Donald Curtis y a Curtis Garland, que incluso tuvo que firmar un puñado de obras con los pseudónimos de Glenn Forrester, Kent Davis y Walt Sheridan.

 

La obra que marcó la llegada de Curtis Garland a Bruguera, en enero de 1971.


 

Desde entonces, y hasta el cierre de Bruguera, Curtis Garland escribió cientos de buenas historias de terror, ciencia ficción, serie negra y aventuras para la editorial, mientras que, como decíamos más arriba, Donald Curtis se consagraba al western.

Y es aquí cuando regresamos a agosto de 1981, y a las excepciones. Si en la fecha indicada publicó La fría piel de la muerte en Punto Rojo, encontramos también que Asesinatos en el Soho de Donald Curtis aparece en Selección Terror nº451 (octubre de 1981), seguidos en la colección por Hollywood, Horror Show (nº460; diciembre de 1981) y El ritual de la sangre (nº466; febrero de 1982), todos de Donald Curtis. Regreso a Nova se publica en La Conquista del Espacio nº595 (enero de 1982), y es la única novela de Donald Curtis publicada en la mítica colección de ciencia ficción. Por último, La novia en el ataúd, bolsilibro doble, aparece en Selección Terror Extra nº1 (junio de 1982), y es una novela de Donald Curtis.

 






 

En mi opinión, en la segunda mitad de 1981, tuvo lugar el "experimento" (por llamarlo de algún modo) de introducir a Donald Curtis fuera del territorio western. Es probable que no se produjera cambio alguno en las ventas, si es que eso es lo que perseguía Juan Gallardo. La novia en el ataúd debía estar escrita ya en 1981, pues es de suponer que el proyecto de Selección Terror Extra, con bolsilibros de doble extensión, estuviera planeado por Bruguera desde entonces.

Todo este fárrago bibliográfico, admitámoslo, no nos lleva a ninguna parte, pero a mí me divierte especular sobre datos fidedignos, por mucho que no tengan que ver con La fría piel de la muerte más que de una manera circunstancial.

Y una nota más, para los expertos: Donald Curtis tuvo dos apariciones estelares finales después del "experimento": se trata de dos reediciones de novelas aparecidas en Servicio Secreto, en 1958. Una de ellas es ¡Bésame, muerte!, en Servicio Secreto nº1787, febrero de 1985; la otra, Siniestra espiral, en Punto Rojo nº1183, de mayo de 1985. Eran los estertores de Bruguera, que había cambiado levemente el formato de bolsilibro por el de "bolsilibro alargado" (más alto que el bolsilibro estándar), y ya no podía pagar a sus colaboradores, a los que adeudaba una pastizal... de modo que, sibilinamente, tiró de fondo antiguo.

 

Una reedición de febrero de 1985. Es el último título de Juan Gallardo en la colección Servicio Secreto.


 

Otra reedición, de mayo de 1985, que concluye la colaboración de Juan Gallardo en Punto Rojo.


El canto de cisne de Donald Curtis en Bruguera fueron esas dos reediciones, y cuatro o cinco novelas del Oeste que aparecieron entre 1985 y 1986.

Por entonces, el futuro era el final, y se llamaba Editorial Astri. Y esa, amigos, es otra historia... de terror.

***

Parte II: Sobre La fría piel de la muerte

Es ésta una novela correcta, tirando a floja, del maestro Juan Gallardo, en la que no ayuda en absoluto el cúmulo de erratas tipográficas: se diría que el cajista de la imprenta de Bruguera se quedó sin letras "e" minúsculas, y se dedicó a sustituirlas por letras "a". Hay incluso un par de páginas con la tinta desvaída, y la penúltima página está en blanco... aunque la última contiene el final de la historia. (No faltan páginas; es que la edición fue una chapuza. Al menos, en mi ejemplar).

El argumento gira en torno a Ross Garfield, autodefinido como "self-made man" americano, que entra a trabajar como jefe de ventas, por todo lo alto, en la empresa Bacharah and Bacharah, dedicada nada menos que a la gestión de pompas fúnebres de lujo. Una de las características de esta empresa es que la mayor parte de su plantilla, al menos la que se encuentra cara al público, está conformada por rubias platino exhuberantes, ataviadas como azafatas aéreas (en Latinoamérica se usa el término "aeromozas", que en España no se conoce, y que es especialmente brillante), hasta el punto de que Garfield piensa que las fabrican allí mismo. Los Bacharah son dos hermanos; uno de ellos, el cerebro, está condenado a vivir en una silla de ruedas; el otro es el que pasa por la oficina para ejercer como director. Como es lógico, el hermano lisiado tiene una jovencísima y bellísima esposa, Sharon, que si el lector conoce las descripciones de Garland, reconocerá inmediatamente como la gran belleza insuperable, turgente, etc.

Hasta aquí, todo bien.

El asunto es que, en el primer día de trabajo de Garfield, llega de visita una señora que desea ver a su hijo. Y su hijo... bueno está muerto, pero no. Pero sí. Pero quién sabe. Porque Bacharah and Bacharah presta un servicio de crionización (que yo siempre he llamado criogenización, y la RAE me da la razón por una vez), y los parientes pueden visitar a sus no-muertos un par de veces al año. Y la señora esta, por alguna loca razón, se echa sobre el tubo abierto donde se encuentra el cuerpo congelado, envuelto en "papel metálico" (¡es papel Albal, nada menos!), y resulta que bajo esa capa no está su hijo, sino una mujer de enormes pechos... también no-cadáver, por supuesto. Se organiza un escándalo, la señora sale a la calle huyendo y gritando sapos, culebras y demandas judiciales por la boca... con tan mala suerte que uno de los furgones de Bacharah and Bacharah la atropella a base de bien, para que no haya duda de que la señora ha muerto.

Todo esto, claro, mosquea mucho a Ross Garfield. ¿Qué clase de empresa es esta, que confunde a dos no-muertos? Y ¿no es demasiado conveniente que muera la mujer que iba a destapar un escándalo? Y ¿no es un poco raro que la turgente esposa del jefazo en silla de ruedas se presente en casa de Garfield, en mitad de la noche, para pedirle, no, para rogarle que le haga el amor?

Bien, pues ni con estos elementos consigue Donald Curtis ofrecernos el ritmo frenético que merece la historia, la risotada ante tal incorrección política, o hacernos dudar de si el villano de la historia es este o aquel... porque no importa un carajo.

Cabe la posibilidad de que la lectura de la novelita me haya pillado en mal momento, pero en lo que a mí respecta, resulta fallida. Y no porque todo esté cogido por los pelos, sino por lo que apunto arriba: cierta falta de ritmo impropia de Juan Gallardo.

En fin: está claro que, al que cuece y amasa, de todo le pasa. Y un autor con casi dos mil obras, bien puede tener alguna que nos parezca floja. No todo va a ser clásicos inmortales, qué demonios.

(Ahora bien: de lo que no hay duda es de que, por flojo que resulte en alguna obra, Curtis es adictivo. Voy a por otra suya de cabeza. Pero ya).

lunes, 3 de junio de 2024

Ojos color de jade (Punto Rojo nº1121, 1983), de Curtis Garland: la Agencia Lane de San Francisco

1983, ilustración original de Sampere.

30 de mayo de 2024

Vanity Lane, una rubia explosiva, es capaz de atormentar a un asesino pervertido durante cuatro páginas de febril striptease y luego molerlo a golpes de karate y, por último, rematarlo de un tiro. Esta es la contundente presentación del personaje en las primeras páginas de Ojos color de jade (colección Punto Rojo nº1121, octubre de 1983) de Curtis Garland, en lo que promete va a ser el típico bolsilibro ochentero atípico. Típico, porque estamos en la Era de Charles Bronson, y los justicieros del corte de Harry el Sucio están omnipresentes en las novelas de a duro de la época. Atípico, porque el detective de gatillo fácil es una hembra alfa, debidamente educada y entrenada por su señor padre, el veterano detective privado de San Francisco, Desmond Lane, al que acaban de asesinar en el curso de una investigación.

El caso que llevaba Lane Sr. era la búsqueda del rebelde hijo homosexual de un millonario. Y la muerte del detective, puede o no tener con ese asunto.

En cualquier caso, Vanity Lane no se toma demasiado bien la muerte violenta de su padre y, a pesar de los reiterados avisos del teniente Kingsby de la Policía de San Francisco, la detective va a meterse en el ambiente gay de la ciudad y en los rincones más sórdidos de Chinatown, en donde más allá de los travestis de pechos falsos y sus proxenetas, las pechugonas punkies de corazón de oro, o las peligrosas bandas de moteros vestidos de cuero que se consideran tan hombres que son exclusivamente homosexuales (más machos que el más macho, como aquel tan chulo que se cortó la polla porque le tocaba los cojones), existen individuos poderosos (políticos, por ejemplo) que están metidos en la industria legal de la pornografía, y en la industria ilegal de la pornografía infantil. Siempre, claro, desde el estrado de los discursos sobre moralidad y tradición.

 

Bajos fondos (Flood, 1985), primera novela de la serie del detective Burke, creado por AndrewVachss.


Bonito argumento que no habría desagradado al difunto escritor Andrew Vachss (esta novela de Curtis es anterior a la excelente Bajos Fondos (Flood), que se publicó en 1985), en el que Garland desliza algunas "perlas de sabiduría" de la época por medio del chino Lin-Ho, "con gesto apacible en su cara de viejo pergamino amarillo". Lin-Ho, un simple secundario en la trama, es propietario de una tienda de antigüedades en el barrio Chino; lo cual nos lleva a pensar en el misterioso Tao Wang, que se dedicaba exactamente a lo mismo, en el mismo barrio de la misma ciudad (en la calle Dupont, por más señas), y que hubo de abandonar su negocio en la década de 1970, tal y como se recoge en Museo del Espacio (1962) de Johnny Garland. Del anticuario Tao Wang también dimos alguna noticia en la novela Los papeles póstumos (apocrypha deliramenta), obra de Juan Carlos Monroy y del que esto firma. Personalmente, tengo pocas dudas de que Lin-Ho fue el sucesor de Tao Wang, y que estamos hablando del mismo local, con distinto dueño.

 



Con respecto al asunto que lleva a Vanity Lane a visitar a Lin-Ho, este último afirma, con su proverbial prudencia oriental: "La ley de los hombres es incierta y ambigua a veces. Hay cosas legalizadas y en cambio otras son delito, cuando tanto se parecen entre sí. Tal vez unas sean siempre culpa de la permisividad de las otras". Es una postura más o menos reaccionaria, la de Lin-Ho, pues está hablando de los diversos tipos de pornografía que se producen en San Francisco. Pero el caso es que da en qué pensar.

Para completar el retablo, tenemos un villano con apodo, "Dorian", en honor al ambiguo Dorian Gray de Oscar Wilde, y al que se relaciona también con Jekyll y Hyde. Dorian es un especie de Kingpin de la comunidad homosexual (amén de tratante de niñas blancas para rodajes pornográficos ilegales), súper proxeneta, extorsionador, que se mantiene entre las sombras por mucho que luzca trajes de colores, como si fuera un malo de Batman.

En conclusión, Ojos color de jade es una divertida lectura garlandiana, oscura y poco o nada juguetona, con esa poderosa protagonista femenina que es la muy recuperable Vanity Lane.

Y para finalizar, queremos plantearnos un par de preguntas. El psicópata al que Lane ajusticia en las primera páginas responde al falso nombre de "John Lassiter", que se parece mucho al pseudónimo de "Jeff Lassiter", utilizado por el escritor Jesús Navarro Carrión en sus westerns y en sus escasas novelas de terror. Una de estas últimas es Los ojos de jade (Rollán, colección Terror nº23, 1973; reeditada en EASA-Andina en 1981). ¿Coincidencia? Muy posiblemente, pues Juan Gallardo era muy afecto a usar en sus títulos ese color de ojos: Clave: Ojos verdes (Punto Rojo nº42; 1963); La muerte tiene los ojos verdes (Agente Federal nº74; 1957); Verdes ojos de muerte (Búfalo Serie Roja nº1094; 1974); Operación Ojos Verdes (Carro Blindado nº3; 1960)...

 

La novela de Jeff Lassiter, en reedición de EASA-Andina. La ilustración de cubierta es la misma que en la edición de 1973.

También, parece procedente hacer una investigación, en clave de mitología creativa, sobre las novelitas policíacas de Juan Gallardo Muñoz que transcurran en la ciudad de San Francisco, y cuenten con un detective privado en cuyo despacho haya un calendario que "mostraba a un pin-up de los años cincuenta, exhibiendo pícaramente sus piernas y el nacimiento de sus abundantes senos. Entonces pudo resultar frívolo y atrevido. Ahora podía decorar la pared de un colegio de primera enseñanza, sin impresionar a nadie. Pero era el primer calendario que su padre colgó de su vieja y querida oficina, cuando la abrió en aquellos tiempos. Y allí había permanecido desde entonces". Con suerte, el detective responderá al nombre de Desmond Lane. El Curtisverso es tan, tan grande, que lo realmente difícil será no localizar a nuestro hombre.



1 de junio de 2024

No ha habido que buscar mucho para encontrar candidato: en la novela de Donald Curtis titulada ¡Bésame, muerte!, publicada hasta en cuatro ocasiones (la primera de ellas en Bruguera, colección Servicio Secreto nº392, febrero de 1958), tenemos como protagonista al boxeador Shelby Lane metido en una trama criminal que lo lleva a San Francisco, donde conocerá el amor, se comprometerá con una mujer, y renunciará al boxeo por una profesión "más duradera y fiel". Si hubiéramos de apostar nuestro dinero, diríamos que Desmond Shelby Lane consiguió su licencia de detective privado y montó su oficina con el calendario de la pin-up descrita más arriba; Desmond eliminó su segundo nombre de la placa, para evitar que lo relacionaran con su turbio pasado en el ring. Y, la verdad, no es de extrañar que un ex boxeador fuera capaz de entrenar a su hija en los pormenores de la lucha cuerpo a cuerpo...

 

La portada, donde conoceremos la primera aventura del padre de Vanity Lane, Desmond Shelby Lane (1958). Hay tres ediciones más.


sábado, 4 de mayo de 2024

Ronda de verdugos (Punto Rojo nº525), de Peter Debry

 

Portada de Enrique Martín, 1972.

3 de mayo de 2024

Ronda de verdugos, publicada en mayo de 1972 en la colección Punto Rojo de Bruguera, pertenece a la prolífica etapa "francófila" de Pedro Víctor Debrigode Dugi, alias Peter Debry. No es de extrañar su predilección por el ambiente, el tono y las formas del noir (o más bien, le polar), pues era hijo de padre francés y madre corsa. Si en la década de 1950, Debrigode desarrolló sus dotes como replicador del hardboiled norteamericano nacido en la revista Black Mask, desde finales de los 60 y durante los 70 escribió un buen número de novelas más "europeas", como la inclasificable La banda de los horripilantes (1968) o esta Ronda de verdugos.

Puestos a especular sin investigar demasiado, podríamos decir que Debrigode se empapó a base de bien con autores como el gran Georges Simenon y el tándem formado por Boileau y Narcejac. Tanto en nuestra novela como en la de Los horripilantes tenemos a  comisarios maigretianos que son la encarnación en papel de Lino Ventura (Lefort y Lambert, nombres semejantes para personajes intercambiables, si es que no son uno y el mismo), y si en Los horripilantes el autor se arroja de cabeza a la piscina del esperpento sucio y casi terrorífico, en Ronda de verdugos realiza una ejemplar hibridación entre la novela criminal (es decir, sobre el crimen y los criminales) y la novela problema o detectivesca (en la que hay un asesinato que resolver y un asesino al que identificar).

El argumento de esta obrita es sencillo: dos ex miembros de la resistencia francesa esperan el regreso de un tercero de su camada de maquis ya un tanto avejentados, para vengarse de Gaston Baylac, un hombre de negocios odioso y odiado por su implacabilidad que, en su momento, delató a los maquis ante la inspección alemana de la ocupación. De aquello ya han pasado unos quince años, pero los traicionados ex resistentes están avisando a Baylac de que su hora final se acerca. Así, Baylac contrata los servicios de un guardaespaldas de agencia, Sylvestre, un ex miembro de la brigada policial a prueba de balas, cínico y meticuloso. Lo que esperamos de esto: tiros a mansalva, sangre, gritos, insultos. Lo que obtenemos: diálogos perfectos y profundos sobre la naturaleza humana, las huellas de la guerra, el cansancio, las cosas que merecen la pena...

¿Cómo se las arregla Debrigode para que una novela de acción y misterio se convierta en una reflexión existencialista sobre el paso del tiempo? ¿Quién más, aparte de Debrigode, es capaz de sugerir en unas pocas páginas que se va a producir un abuso sexual... y que aquello, en realidad, termine en enamoramiento?

En esta ocasión, Debry elimina casi cualquier rasgo de humor y se acerca más al costumbrismo de la serie de Maigret que a algunos de los dislates perpetrados por Boileau y Narcejac. Pero, claro, esto tiene una explicación: Debrigode es único, y de sus influencias simpre extrae lo suficiente como para fabricar algo completamente nuevo y distinto. No hay más que ver la cantidad de registros distintos que llega a utilizar, y eso sólo en su vertiente policíaca... Para hacerse idea, quizá sería conveniente que echara el lector un vistazo a las reseñas de las siguientes novelas. (Y si las puede encontrar, que las lea y juzgue por sí mismo):

Desertor y falsario (1974); Algo demasiado horrendo (1970); Un tigre, tres ingenuas (1970); Un callejón llamado odio (1973); La muerte en bikini (1957)...

¿No da la sensación de que estamos hablando de tres, cuatro, cinco autores distintos? ¿Sí? Pues todos ellos son Debrigode. Y nos quedamos cortos, pues falta el Debrigode aventurero que arranca sonrisas, emociones y satisfacción.

Un maestro de la literatura popular, se mire como se mire.


Para consultar opiniones sobre otros bolsilibros, puede visitar mi blog NOVELAS DE A DURO, con más de un centenar de micro reseñas.

 

martes, 16 de abril de 2024

La banda de los horripilantes (Punto Rojo nº345), de Peter Debry


7 de marzo de 2024

Vamos a ver, vamos a ver... Esta novelita de a duro ¿es una obra maestra? ¿Es una obra que cualquier escritor que se precie de serlo, le gustaría firmar? ¿Es una extravagancia, un capricho? ¿Está premeditada, como un crimen perfecto? ¿Está escrita con brújula o con mapa? ¿A qué género pertenece? ¿Por qué uno sale de ella sintiéndose sudoroso y sucio, no como si hubiera estado trabajando limpiando un pozo, sino como si hubiera estado de copas en una pocilga durante demasiadas horas? ¿Por qué un autor español de novelas baratas pudo, en 1968, generarme la misma inquietud que los cineastas Jenet y Caro me provocaron con Delicatessen (1991)? ¿Por qué esta historia hace que los casos del comisario Maigret sean vulgares y corrientes? ¿Cómo es posible que el policía francés que aparece sea la viva imagen del actor italiano (pero consagrado en Francia) Lino Ventura? ¿Por qué tenemos la impresión de que estamos ante una feria de monstruos tabernarios? ¿Cómo es posible tanta sordidez en tan pocas páginas? ¿Por qué el crimen es lo que menos recuerdo tras la lectura? (¿Hubo crimen? No estoy seguro...)


Lino Ventura en 1975.

Y además, el individuo que escribió las series de Carlos Lezama (el Pirata Negro) y de Ricardo "Dick" Mendoza (el Aguilucho) ¿es de verdad el mismo que firma La banda los horripilantes? ¿Es esto posible?

 

 

Esta novela corta, publicada en diciembre de 1968, en el número 345 de Punto Rojo (Bruguera), es una rareza tanto en el mundo de los bolsilibros como, sospecho (no afirmo), en la producción de Pedro Víctor Debrigode Dugi (alias Peter Debry), y en la de cualquier otro autor. Tiene algo (o mucho) de existencialista (si consideramos "existencialista" una novela como El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad), pero no porque haya muchas reflexiones acerca de la condición humana (que las hay, pero más que reflexiones explícitas son exposiciones visuales), sino porque nos encontramos con un grupo de "infrahumanos" (así los llaman otros personajes del relato) que, por lo insólito de su inhumana naturaleza, destaca y sirve de contraste a la trama, digamos, "convencional", que queda en segundo plano. Lo importante es ese grupo tan heterogéneo como repulsivo de habituales del Bar Picnic, barriobajeros de Montmartre que deciden coger un tren a Niza porque sí, porque están borrachos, por son subhombres y submujeres, detritos sociales que no están sujetos a las normas más elementales de la civilización. No son psicópatas asesinos en serie ni miembros del crimen organizado, ni torturadores profesiones, ni gángsters de medio pelo... Son, sencillamente los Horripilantes.


Qué gracioso, ¿verdad?, que tengamos a esos seres subidos a bordo del expreso a la Costa Azul, mientras otros personajes intentan tener relaciones sexuales con una baronesa, o ligar con la protagonista, o...

En fin, me quedo sin palabras, y con buen motivo: a Debrigode-Debry le llevó unas 25.000 contarlo todo. A mí me habría costado, por lo menos, el doble. O más.

Si existiera algo parecido a la justicia en el mundo literario, esta novela estaría disponible en cualquier librería del mundo, en cualquier idioma.

Y, para terminar, diré que, al pensar en esta novela, pienso en cerdos todo el rato. Pienso en la gorrinera y la peste y la idea de cebar al animal para engordarlo y matarlo. Pienso en cerdos como si fueran personas, o en personas como si fueran cerdos (como hará Edward Prendick, el protagonista de La isla del doctor Moreau de H. G. Wells), y siento su hedor, y finalmente, me percato de que soy uno más en la piara.



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viernes, 27 de octubre de 2023

Licencia de investigador (Punto Rojo nº533), de Curtis Garland

17 de octubre de 2023

En el mes de julio de 1972, Juan Gallardo Muñoz publicó, al menos, siete novelas; de ellas, cinco las firmó como Curtis Garland, y las otras dos eran westerns firmados por Donald Curtis. Está lejos de ser imposible que, precisamente ese mes, apareciera algún título más escrito por Juan Gallardo y publicado por las editoriales Alonso y Rollán.

Tan sólo con estas siete, publicadas todas por Editorial Bruguera, tendríamos un mes de verano magnífico que dedicar al estudio y los intríngulis de la carrera literaria de Gallardo Muñoz. Uno de esos títulos es El manuscrito del Destripador (Servicio Secreto nº1.145), que ya recuperamos en nuestro volumen Jack el Destripador de Curtis Garland. Otro título de ese mismo mes, que ha alcanzado cierto renombre entre los bolsilibreros y curtisólogos, es La Metrópolis (La Conquista del Espacio nº103), que servidor aún no ha leído.

Y también de julio de 1972 es el número 533 de Punto Rojo, Licencia de investigador, un abierto homenaje al hardboiled norteamericano, en cuyo frontispicio encontramos una cita de Ellery Queen hablando de Sam Spade, el prototípico detective creado por Dashiell Hammett.

Nuestro protagonista y narrador es Steve Caine, detective privado de New York que pasa a engrosar la enorme nómina de investigadores creados por Juan Gallardo (supongo que, un siglo de estos, intentaremos hacer un listado). De Caine sabemos todo lo que hay que saber: "No soy un ángel, ni tan siquiera un tipo excesivamente decente. Me gusta el dinero, y he visto siempre los billetes de menor valor por lo que, como humano que soy, no dudaría en hacer un puñado de cosas por ganar más y ver en mi bolsillo un puñado de billetes de mil. Aunque esas cosas no fuesen completamente honestas. Después de todo, uno se harta de ver que los demás no ponen demasiados remilgos en lo que hacen cuando se trata de ganar dinero". A esto hay que sumarle su afición por el alcohol y, sobre todas las cosas del universo, las mujeres bellas.

Y así, ya tenemos un arquetipo con patas y una Walter PP del .32 en el bolsillo. ¿Qué nos falta? La hermosa cliente viuda (rubia despampanante, joven y rica), que asegura haber visto a su difunto marido con una fulana... después de que el cadáver de ese caballero fuese incinerado. Hay mucha pasta para el honrado Steve Caine en lo que parece ser un sencillo caso de confusión de identidad. Pero de sencillo, nada, pues las huellas del "hombre resucitado" llevarán a nuestro detective al Club Vampyr, adornado con rostros de Drácula, murciélagos y luces fantasmales; y luego a la sede de una secta "esotérico zodiacal", comandada por el gurú que se hace llamar Profesor Zodiac, y que en mi opinión, está descrito como una suerte de Charles Manson que, en lugar de un rancho en California, tiene a su "familia" de jovencitas hipnotizadas y drogadas en un lujoso apartamento de Manhattan.

Así, entre pacíficas visitas a funerarias, clínicas privadas y pisos de prostitutas de lujo, Caine se encontrará con algún que otro muerto (ahora sí, bien muerto), con sus amigos del New York Police Department, con matones a los que Caine domina a puñetazo limpio, y... bien, todo lo deseable en un pastiche que, al fin y a la postre, tiene más resonancias de La maldición de los Dain (1929), por el ambiente ocultista que comparte con nuestra novelita, que de El halcón maltés (1930).

Un entretenimiento redondo y gratísimo que se lee con una sonrisa en los labios, una sonrisa que sigue impresa tras el punto final. Y eso es mucho para "una simple novela de a duro".

 

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jueves, 5 de octubre de 2023

Quema el asfalto (Punto Rojo nº1135), de Curtis Garland

 

12 de abril de 2023

Una aproximación pastichera a Harry el Sucio, en este caso encarnado en el implacable Ross Ingram y su Magnum .44.

Ingram es un detective del NYPD (New York Police Department) totalmente pasado de rosca, tanto que cuelga el uniforme tras volarle los genitales a un violador reincidente de un disparo. Ya saben, "entregue la placa y el arma" y otros grandes éxitos. Pero Ross Ingram, recién devuelto al mundo de paisano, recibe una oferta de un multimillonario para encargarse de "algo" y rápidamente se larga a Los Ángeles para acabar con el imperio de la droga de Los Siete (un número mágico garlandiano, como podrá apreciar cualquiera que examine los títulos de su bibliografía: Siete horas, La carta número siete, El enigma de los siete muertos, Los siete del miedo, El templo de los siete ídolos, Siete tumbas, etc...). Muy divertida, como todas las policiales de Curtis Garland de su etapa ochentera. Da la sensación de que improvisó mucho, porque hay un puñado de personajes secundarios que parece que van a hacer algo, pero luego no, como el poli de Los Ángeles o la hijastra del millonario que contrata a Ross Ingram. Un tanto ingenua, en muchos aspectos, y muy canónica en sus personajes femeninos, como la stripper corista de corazón de oro (encerrado bajo un descote despampanante que bla bla bla...).

 

Publicada en febrero de 1984 con una efectiva y bonita portada genérica de Antonio Bernal, que quizá ya había aparecido por ahí, en algún otro bolsilibro. Pero da igual. Funciona, que es lo que hace falta.

 

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domingo, 1 de octubre de 2023

Lluvia sobre mi cadáver (Punto Rojo nº887), de Curtis Garland

 

17 de septiembre de 2023

La prometida de Douglas Rosefellow, joven heredero de una multimillonaria familia de la 5ª avenida de New York, acaba de ser brutalmente asesinada. Igualito, igualito que otra muchacha un año antes, una chica que había mantenido relaciones con Douglas. Ambas habían muerto bajo la lluvia, ambas a manos de criminales vulgares, de acuerdo con la policía. Pero Rosefellow piensa que hay algo más siniestro detrás de este asunto pues, por una parte, él sólo heredará la fortuna familiar, actualmente en manos de su severa madre, cuando contraiga matrimonio... siempre y cuando Douglas demuestre que está mentalmente sano.

Y la verdad es que Douglas... en fin, tiene sus manías, sus obsesiones, sus desmayos, sus ataques de pánico cuando escucha el sonido del trueno, sus curiosas amistades (como el dueño de una librería especializada en satanismo y magina negra), su clarísimo gafe con las novias y... Bien, la policía no le hace mucho caso cuando afirma una y otra vez que la lluvia tiene algo que ver con ambos asesinatos.

Así que, Douglas encuentra al azar el nombre de un detective, H. R. Normand, y al despacho que se va, a contratar a alguien duro, con recursos, profesional, implacable, inteligente, armado y con conocimientos de judo, karate y kung fu y lo que haga falta.

A Douglas lo atiende la espectacular pelirroja Honey, secretaria del detective, que toma nota en nombre de su jefe, escucha los desvaríos del cliente y, finalmente, acepta el caso. Pues Normand es Honey R. Normand, detective privada en un mundo de hombres que (etc., etc.).

Y desde aquí, saltaremos junto con el amigo de Honey, el periodista Clay Malone, a un desfile de pistoleros, exhuberantes actrices promiscuas, secretos familiares, conspiraciones y pizza en Angelo's.

Divertido, entretenido y correctísimo título aparecido en abril de 1979, en el que, una vez más (recordemos a la joven Vivian de La muerte ríe de noche, por ejemplo), Juan Gallardo Muñoz demuestra que las chicas también saben deducir, manejar un Colt (eso sí, pequeñito) y repartir estopa a base de bien. Recomendado para leer con el sonido de la lluvia de fondo, claro está.

La portada de Miguel García es buena, pero también es genérica y no se corresponde con ninguna escena de la novela que yo recuerde.

 

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miércoles, 27 de septiembre de 2023

La muerte ríe de noche (Punto Rojo nº950), de Curtis Garland


 

16 de septiembre de 2023

Me he zampado esta novelita en dos o tres sentadas, en el margen de 24 horas, lo cual es bueno. Lo que no es tan bueno es que no resista la comparación con La muerte que ríe (1985), del mismo autor y casi homónima. Es el problema de haber escrito casi 2.000 novelas: que las mejores se comen a las otras. O quizá eso no sea un problema, sino todo lo contrario.

El escritor neoyorquino Barry Scoffield, experto en misterios detectivescos literarios y continuador de Conan Doyle, Agatha Christie, Earl Derr Biggers y otros muchos, descubre en La muerte ríe de noche que, al contrario de lo que pensaba, los crímenes reales pueden ser tan absurdos, retorcidos, enmarañados e irresolubles como los de sus existosas ficciones. (Scoffield, por supuesto, pasa a engrosar la plantilla de nuestra Biblioteca de Babel, aunque no conocemos el título de ninguna de sus obras, ni siquiera de las más famosas).

Una noche, durante la cual el escritor y su bellísima y riquísima (en todos los sentidos) esposa están discutiendo civilizadamente los términos de su separación (por puro desamor o desapego), suena el timbre de la puerta. Scoffield va a abrir y se encuentra con el teniente Morgan Fry del Departamento de Homicidios de New York. Está allí porque una llamada anónima ha avisado del asesinato de la señora Scoffield. Barry se echa a reír, deja entrar al sabueso y procede a mostrarle a su ilesa mujer. Sin éxito, pues Sheila Scoffield se halla veinticinco pisos abajo, en mitad del asfalto, convertida en papilla. O ha saltado, o se ha caído, o la han empujado por encima de la baranda de la terraza.

El misterio está servido, y el hecho de que al mismo tiempo, en el piso inferior, se estuviera celebrando una fiesta de disfraces a la que había asistido un desconocido ataviado con máscara y traje de Jolly Joker, el comodín de la baraja francesa, lo complica todo. Cualquier solución lógica al misterio, más allá de que Barry haya matado a su mujer para heredar su fortuna, resulta mucho más increíble, improbable, que la de la más floja de las novelas de Scoffield.

Lo que el lector no puede saber, claro está, es que la verdadera solución, la real, es todavía más inverosímil. Y ahí está el gran Curtis Garland para hacernos tragar lo intragable, sin darnos ni tan siquiera un vasito de agua o un poco de respiro para que nos hagamos a la idea de que esta historia va a ser un auténtico disparate. Cosa que, por otro lado, importa poco, pues nos ha llevado a través de 96 páginas en las que el protagonista y narrador resulta ser un detective amateur incompetente, y el único Sherlock Holmes (en palabras de Scoffield) de la historia es la joven, guapa, atractiva, inteligente, intrépida, hábil, dispuesta y apasionada vecinita de Barry, Vivian, que ha leído todas las novelas del autor y permiso para salir de casa a altas horas de la noche.

Muy entretenida novela de Juan Gallardo Muñoz, con una impresionante portada de Jorge Sampere, en la que collagea con una carta del tradicional comodín. Se publicó en julio de 1980.

 

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