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jueves, 20 de junio de 2024

Relatos satánicos (Biblioteca Oro Terror nº40). Recopilación de Kurt Singer


30 de marzo de 2024

Cualquier lector más o menos constante reconocerá que las antologías de cuentos, como género, obtienen casi siempre el mismo calificativo: irregulares. Da igual que sean antologías temáticas de varios autores, antologías de la obra cuentística de un solo autor, antologías "representativas" de una generación o grupo de autores, antologías "históricas" de recorrido a través del tiempo de un género...

Irregulares. Unos cuentos gustan más, otros menos. Tal cuento es obra maestra, aquel otro resulta ilegible y es basura de relleno.

El austríaco Kurt Singer (y si no recuerdo mal, también su esposa) vivía de esto de las antologías. En La Tercera Fundación tenemos fichadas hasta 21 antologías, 4 introducciones, y 5 relatos suyos (dos en colaboración con su mujer, Jane Sherrod Singer). ¿Qué tal es como autor? No me acuerdo, pero seguro que he leído alguno de sus cuentos. ¿Y como antólogo? Pues lo esperable: irregular, como sus antologías o las de cualquier otro antólogo profesional o aficionado.

 

Satanic Omnibus (1973); recopilación original de Kurt Singer.


Por ejemplo: Relatos satánicos, publicada por Molino en 1975, en traducción de Ramón Margalef (que también es bastante irregular, con permiso y con perdón), es la mitad del volumen original en inglés Satanic Omnibus (1973), que Molino dividió entre nuestro librito y otro titulado Historias infernales (1975). La mayoría de los relatos incluidos en el original inglés procedían de la vieja revista Weird Tales (en adelante, WT) que todos conocemos al dedillo, ¿verdad? En Historias infernales están Lovecraft, Seabury Quinn (con un relato del doctor de lo oculto Jules de Grandin), G. G. Pendarves (una autora de WT a la que deberíamos conocer mejor), Thorp McClusky (qué buen nombre para un villano de novela negra o de un western), y algunos más. Seguro que la media de esa antología es tirando a alta (aunque el cuento de Lovecraft es "The Shunned House", que está lejos de ser lo mejor de su producción).

 

Historias infernales (1975), Molino. La otra parte de nuestra antología.


La media de Relatos Satánicos, pues... en fin, veamos: vengo de haber leído durante un mes varias novelas de Jíbaro Vargas de Mallorquí, El Aguilucho de Debrigode, Una puerta al río de Barry Gifford, diversas novelas de (otra vez) Peter Debry, y hasta he realizado una relectura de Ciudad salvaje, una de las mejores novelas de Elmore Leonard.

Difícil ser piadoso con estos cuentos "satánicos", ¿verdad...? Lo intentaremos...

***

El "Prefacio" de Singer, cuatro paginitas, es un tostón que recoge anécdotas variopintas sobre el Demonio bíblico, cocodrilos, Ralph Waldo Emerson, y las experiencias ("mencionadas pero no contadas", como muchos casos de Holmes) del mismo Singer "en sus viajes por el mundo". Como mínimo, viajó a Laguna Beach (California), que es donde escribió el prólogo. Sin demasiado interés. Lo siento, Herr Singer.

"El vampiro de mi padre", de Alvin Taylor y Len J. Moffat (célebres por su nula popularidad) es, quizá, el más interesante de los cuentos del libro. No porque sea una excelencia, sino porque es lo bastante inteligente como para no tomarse en serio a sí mismo: el padre del narrador es coleccionista de objetos raros, y en el sótano tiene un vampiro en su ataúd. El argumento se parece un poco a la novela (muy posterior) La estaca, de Richard Laymon (la mejor de su producción, diría yo), y se regodea en la mala leche del narrador y en algún que otro invento tontucio. Pero al menos es original y tiene su gracia.

"La invasión verde" de Denis Plimmer es una tontuna tan desquiciadamente bizarra que merece la pena leerla: la invasión es la del mundo de los muertos, que desde otra dimensión (la novena), piensan conquistar la Tierra con ¡sus aeronaves espaciales!, comandados por el Hermano Carolous Pius, muerto en la hoguera en 1526. Cosa que a Carolous no le impidió inventar una especie de radiotransmisor que le permitía contactar con el mundo de los vivos. (En serio: esto tiene mejor pinta de lo que resulta al final: flojo, flojo, flojo...)

"La vampiro española" de E. Hoffmann Price tiene cierto encato, pero no deja de ser una comedia de vampirismo. Por hacerme odioso, la compararé con "El juez Ibáñez" de José Mallorquí (de comedia no tiene nada, este relato), que le da cien vueltas. (Y, ojo, que Hoffmann Price tiene todos mis respetos como mito de la Era de los Pulps, y por su relación de Lovecraft).

"Las gafas" de Robert Bloch es un cuento tangencialmente relacionado con los Mitos de Cthulhu (por la vía de Ludvig Prinn, el autor de De Vermis Mysteriis), y recoge el tópico del objeto maldito que va de mano en mano, como la falsa moneda. No es nada del otro mundo, y las varias primeras personas que relatan los hechos están conseguidas, pues Bloch es un escritor competente. Pero la verdad es que este relato poco aporta al lector curtido. Lástima no haberlo leído hace treinta o cuarenta años...

"El duende" de Malcolm M. Ferguson es una aproximación a los fenómenos parapsicológicos, situada en los años 40. Hay un doctor de lo oculto (o algo así) poco conocido, Thomas Chadwick, que aparece en un relato previo del autor; y la descripción de ciertas manifestaciones fantasmagóricas tradicionales (lluvia de piedras, por ejemplo) es correcta. Pero la historia se queda en nada o casi nada. Otro bluf, me temo. O eso, o lo he leído con muy pocas ganas, que también es posible. El autor no es siempre culpable. Los lectores también debemos aprender a hacernos responsables de lo que leemos y cómo lo leemos. Esto último es algo que sólo aprenden los grandes lectores, los lectores con oficio. Para ganarse el título de "lector de oficio" hay, primero, que leer mucho; y segundo, tener la humildad de rechazar el nombramiento de oficial.

"El libro de los muertos" de Frank Gruber es otro dislate, pero de los gordos. Sólo diré que es de 1941, y que se trata de un texto patriótico sobre la entrada de los USA en la guerra... De algún modo, se parece a "La invasión verde", también en este volumen, pero esta vez tenemos una momia viviente, en vez de un monje brujo del siglo XVI. Personalmente, me ha parecido una tontería, pero tiene el mérito, una vez más, de la osadía de plasmar un idea casi idiótica en un texto legible. Y después de todo, el cuento no deja de ser una revisitación de la vieja leyenda de los Ángeles de Mons, inventada por Arthur Machen. (Gruber escribió serie negra y aventuras, además de un puñado de relatos fantásticos).

"El diablo de Maniara" del británico Douglas Leach (de quien no sabemos nada, salvo que quizá se trate de este caballero) es un relato de aventura y terror en ambiente exótico (Papúa), con cocodrilos y brujería. Sin ser nada del otro mundo (guiño, guiño; codazo, codazo), quizá sea lo mejor del volumen junto al primer relato. Pero tampoco mata, pues la historia (publicada originalmente en 1933 y rescatada en WT en 1952) se parece mucho, por no decir demasiado, a algunos de los cuentos italianos y franceses que aparecían en las clásicas revistas de viajes y aventuras, y que se publicaban desde finales del siglo XIX hasta la primera mitad del XX. Vamos: que este cuento no aporta nada nuevo.

 


Mi propia reedición de un cuento francés, obra de Francis Mury, publicado originalmente en la revista francesa que aparece arriba, aparecida en 1924. Guarda semejanzas con el texto de Douglas Leach, fuera quien fuese.


En resumidas cuentas, es una antología de la flojas flojas, sin nada destacable, por desgracia; apta para cualquiera y obligatoria para nadie, ni siquiera para el investigador meticuloso. Ni la presencia de Bloch y sus "gafas de Ludwig Prinn" la levantan más allá de la pura anécdota.

Quizá otros lectores con mejor disposición o estado de ánimo le puedan sacar mayor disfrute. Ese es mi deseo, sinceramente.

martes, 14 de noviembre de 2023

Doctora Jekyll (Selección Terror nº33), de Curtis Garland

 

Doctora Jekyll, de Curtis Garland. Ilustración de Alberto Pujolar.

Proseguimos con la recuperación de micro reseñas perdidas, correspondientes a títulos aparecidos en nuestro volumen Hammer Horror de Curtis Garland. Después de Drácula 75 y de La noche de la Momia, le toca a Doctora Jekyll, publicada en Selección Terror nº33 (octubre de 1973). Ofrecemos a continuación el texto de octubre de 2019 y, justo después, algunas consideraciones de hoy.

***

"Se vio. Se vio solamente el rostro. Un rostro insólito, increíble, estremecedor… Todo lo demás eran brumas, neblina rojiza, que invadía sus ojos como en un baño de glóbulos sanguíneos.
Y aquel rostro. Aquel alucinante rostro de mujer que el espejo le devolvía.
Era todo lo que persistía en su mente, mientras se hundía, como andando dentro de la niebla roja, hacia alguna parte de su delirante pesadilla".

 

En la vasta producción de Curtis Garland no podía faltar (ni, por supuesto, en Hammer Horror) la presencia de ese otro icono del terror, pariente cercano del Hombre Lobo, que es el Dr. Jekyll... y su doppelgänger malvado, el siniestro Mr. Hyde. Creado por el escocés Robert Louis Stevenson en 1886, este doble personaje, precursor del histórico Jack el Destripador, ha tenido una larguísima trayectoria cinematográfica, bien conocida por Juan Gallardo, que sin duda alguna se inspiró -una vez más: en el título, y poco más- en Dr. Jekyll & Sister Hyde (El Dr. Jekyll y su hermana Hyde, 1971), de la Hammer Films, dirigida por Roy Ward Baker. Pero, como es habitual en las aproximaciones pasticheras de Curtis Garland, en Doctora Jekyll prescindió de la premisa original del filme y se centró en, primero, "desvelar los verdaderos hechos tras la novela de Stevenson", y después, dar protagonismo absoluto nada menos que a ¡la hija del Dr. Jekyll! El resultado, como los afortunados lectores podrán imaginar, es excelente.

 


***

11 de noviembre de 2023

Como ya he contado en otra parte, sin empacho ni vergüenza alguna, no sólo fui escritor precoz, sino que también, con toda la lógica del mundo, fui lector precoz. Entre aquellas primeras lecturas de la infancia, inauguradas con Viaje al centro de la Tierra de Jules Verne en 1982, se encuentra El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Para que nos hagamos una idea de lo que es tener seis, siete u ocho años: tengo grabada la imagen de llevarme mi edición de la novelita de Stevenson (la de Alianza) a la cama de mis padres un domingo por la mañana, y de terminar de leerla allí, primero entre mis dos progenitores y luego, cuando me dejaron a solas, a gusto entre las sábanas, la luz de la mañana entrando por la ventana. Mi comprensión lectora de entonces no era como para tirar cohetes, los años no pasan en balde, y la memoria lo que acaba reteniendo son impresiones, no largos pasajes. De modo que, si leí esa historia a tan tierna edad, también es cierto que he pensado en ella muchas más veces que en los títulos que me zampé la semana pasada o hace un año.

Esto significa que, desde entonces, tengo muy presentes a Jekyll, Hyde y Stevenson.


Mi edición de la novela de Stevenson. Me llevó AÑOS descifrar el montaje realizado por Daniel Gil para la cubierta: mitad hombre, mitad facóquero.

La impresión que recuerdo de la lectura es de que lo pasé bien, y que debía ir preparándome para leer Frankenstein de Mary Shelley y Drácula de Bram Stoker, que eran mucho más gordos. Por entonces, me preguntaba si existiría alguna novela del Hombre Lobo que fuera lo que hoy denominaríamos fundacional, seminal, la primera o la más importante. Alguno de mis hermanos me regaló El ciclo del hombre lobo de Stephen King, cuyas páginas (con ilustraciones de Bernie Wrightson) volaron, y de corrido cayó El misterio de Salem's Lot, que fue un regalo de reyes. (Y, claro, por entonces también leí El libro de las extrañas criaturas de John A. Keel).

 

Perdí mi ejemplar de esta joyita, que pasó por muchas, muchas manos antes de desaparecer.

De Jekyll y Hyde se me quedaron grabados a fuego los nombres de Utterson y Lanyon, y la sensación de que me habían contado mucho en muy poco espacio. Estoy seguro de que esa fue una de las cosas que me animaron a escribir, pues como cualquier niño, yo era impaciente y me interesaba hacer lo que tuviera que hacer lo más rápido posible. De esta lectura, y de otras varias (entre ellas, El sabueso de los Baskerville de Conan Doyle, en edición de Molino y traducción, claro, de Amando Lázaro Ros), surgió un relato "largo", manuscrito, que llevó por título "Mr. James contra el Castillo del Miedo". En la primera versión del texto (y única, pues lo que tiene son tachones y rectificaciones con lápiz), "Mr. James" era "Mr. Jeims", y el castillo no era del Miedo, sino del Terror: realicé la primera corrección por consejo de mi hermano Daniel, con quien empecé a aprender inglés no mucho tiempo después; la segunda, la del castillo, fue fruto de que llegó a mis manos Misterio en el Castillo del Terror, la primera novela de la serie Alfred Hitchcock y Los Tres Investigadores, obra del gran Robert Arthur. Me pareció intolerable que mi cuento se titulara casi igual que algo que ya existía. Así que, fue Castillo del Miedo. Y ya está.

 

El nº1 de la colección Alfred Hitchcock y los Tres Investigadores, escrito por Robert Arthur. La ilustración de cubierta es de Ángel Badía Camps.

Conservo el manuscrito, pero no lo tengo a la vista. Mr. James era un sosias de Sherlock Holmes sin paliativos, y creo que tenía algún ayudante (que no cronista). En el dichoso Castillo del Miedo había un hombre lobo, un monstruo creado por una tal "profesor Abraham" (mi doctor Frankenstein que, en mi mente, era igualito al Padre Abraham, el de los Pitufos), y un vampiro muy curioso, con un ojo de oro. Juraría que el chupasangres, auténtico villano de acción y puñetazos, se llamaba Mortimer, como el doctor James Mortimer que acompañó a sir Charles Baskerville a Baker Street. También había un lago y una quimera acuática o pantanosa, remotamente humanoide (porque era en parte pulpo, en parte lobo, en parte...), que dibujé y coloreé con todas las ceras Plastidecor que tenía a mi alcance, de manera que el monstruo parecía más bien una drag queen en un momento eufórico. Y estoy bastante seguro de que, si no saqué una versión de Jekyll y Hyde, fue porque no quería imitar la novela que acababa de leer.

Menudo pastichero chapuzas que estaba hecho...

***

La adaptación al cómic de Néstor Redondo, según Ediprint (1982).

Pero estaba hablando de la novela original de Stevenson. Según mi memoria, entre la infancia y la adolescencia vi aproximadamente un millón de adaptaciones cinematográficas, y otras tantas versiones en tebeos. De las primeras, recuerdo una con Anthony Perkins, nada menos, que quizá fuera una producción televisiva (o no), como el Drácula encarnado por Jack Palance (que también hizo de Jekyll, me parece). Recuerdo haber grabado una versión en blanco y negro que no era la de Spencer Tracy. Recuerdo una tarde de verano en que la tele anunciaba para esa noche la ya mencionada El doctor Jekyll y su hermana Hyde; me quiere sonar que allí salían tetas y logré entrever alguna. Bien por mí. En el terreno tebeístico, propablemente me topé con alguna adaptación en cabeceras como Dossier Negro, Vampus, Rufus, y recuerdo y conservo el Vértice de Thor (volumen 2, número 4, creo), que contenía una versión realizada por Ron Goulart y dibujada por Win Mortimer. Me impresionó la versión de Néstor Redondo en la pequeña colección Libros Gráficos nº8, de Ediprint, publicada en 1982 y rápidamente saldada. Yo la conseguí en la Feria de Albacete, en el puesto de tebeos que ponía Ángel Vico "El Joven", padre del actual "Joven", que sigue en activo, pero ya no hace ferias de ningún tipo. (Curiosamente, el Jekyll de Redondo aparecería nuevamente en Estados Unidos, otra vez bajo el sello de Marvel).

La versión de Néstor Redondo, publicada por Marvel con portada de Gil Kane.

La otra versión de Marvel, la que apareció en blanco y negro en Ediciones Vértice, en su versión original, con portada, creo, de John Romita Sr.

***

Doctora Jekyll es un pastiche de la obra de Stevenson. El personaje dual de Jekyll/Hyde, inspirador directo de La Masa (The Incredible Hulk, que es uno de mis fetiches favoritos) y de otros muchos monstruos de ficción, no ha dado tantos pastiches explícitos como Drácula o Sherlock Holmes, que se llevan la palma en el territorio de las "nuevas historias", "expansiones del original", y otras formas de mitología creativa. Existe un relato más o menos largo, bastante cercano en el tiempo a la novela de 1886, que lleva por título The Untold Sequel of the Strange Case of Dr. Jekyll & Mr. Hyde, firmado por un tal Frank H. Little y publicado en 1890, que el señor Miguel Ángel Wolfville tradujo al castellano para la revista Ulthar nº18, hace menos de un año. Y obviamente, todo el mundo recordará la película Mary Reilly, servidora del Dr. Jekyll (1996, con John Malkovich y Julia Roberts) que estaba basada en la novela homónima de Valerie Martin (1990); así como la miniserie televisiva británica Jekyll (2007), que contaba los avatares de un descendiente del doctor. Más reciente es la novela Hyde (2021), del escritor escocés de thrillers fantásticos y de serie negra Craig Russell, que no hemos tenido oportunidad de leer aún, pero que tiene muy buena pinta.

The Incredible Hulk nº1, por Stan Lee y Jack Kirby (mayo de 1962).


Una edición en castellano de la novela Mary Reilly, de Valerie Martin.

 

Hyde, de Craig Russell. Le hincaremos el diente...

 

Pero en realidad, Jekyll y Hyde han acabado por convertirse en comparsas o invitados especiales en crossovers, algunos de ellos tan multitudinarios como el cómic The League of Extraordinary Gentlemen de Alan Moore y Kevin O'Neil o la novela (inédita en castellano) A Night in the Lonesome October de Roger Zelazny. Y también aparece como principal adversario en algunos pastiches sherlockianos, claro; pero esto último carece de mérito, habida cuenta que Sherlock Holmes se ha enfrentado cara a cara con cualquier personaje de ficción imaginable salvo, de momento, el Pequeño Pony y, quizá, los Osos Amorosos. (Si alguien no cree esta afirmación, le recomiendo que eche un vistazo a Sherlock Holmes en España, por citar un volumen al azar). Incluso Waldemar Daninsky, el hombre lobo encarnado por Jacinto Molina, nuestro querido Paul Naschy, se las vio con Jekyll y Hyde en 1971.


La novela de Zelazny y la grandiosa portada de James Warhola. Por ahí está Jekyll...

Mr. Edward Hyde en The League of Extraordinary Gentlemen.

Un pastiche de Holmes y Jekyll, por Loren D. Estleman.

Waldemar Daninsky contra el Dr. Jekyll, bajo la dirección de León Klimovski (1971).
 

Curtis Garland realizó un muy gratificante trabajo con su Doctora Jekyll (en estos momentos no recuerdo otro pastiche abiertamente jekylliano que apareciese en formato bolsilibro), muy superior a la película de Roy Ward Baker, que supongo le sugirió la idea de feminizar a Hyde, pero el proceso físico del cambio de sexo. (En ese sentido, el concepto de la película resulta brillante, pues aúna el concepto de transexualidad con el de un desdoblamiento de personalidad, que es un tipo de trastorno psiquíatrico sobre el que aún nos queda mucho por conocer).

De manera que esta novelita tenemos a la joven Ivy Fletcher, en el Londres de los últimos años de la Era Victoriana, quien descubre que posee una herencia increíble: ¡es la hija del infame doctor Jekyll, cuyo nombre conoce todo el mundo por culpa de la novela de Stevenson! Y de forma simultánea, Ivy se ve envuelta en un trama de horribles asesinatos, que tienen la inconfundible huella del difunto Mr. Hyde... o ¿no será en este caso Mrs. Hyde?

Curtis se las ingenia para atraparnos desde la primera página con su sucia descripción de la Inglaterra decimonónica y las partes más oscuras de Londres y sus personajes más perversamente realistas, como sucede en sus novelas sobre el Destripador de Whitechapel, y nos lleva adonde le da la gana, nos siembra tantas dudas como certezas, y nos conduce a una de esas magníficas conclusiones, con redoble de tambores, una gran sorpresa y una explicación que, como en toda buena historia policíaca, es la última pieza del puzle.

Imprescindible.

Hammer Horror contiene Doctora Jekyll y otras seis novelas de Curtis Garland. Cuesta 28 euros.

 

lunes, 6 de noviembre de 2023

La noche de la Momia (Selección Terror nº29), de Curtis Garland


Como ya hicimos con Drácula 75, recuperamos aquí otra micro reseña de octubre de 2019, perdida (desaparecida casi por completo) en el tráfago de proyectos, bitácoras y batallas contra la Red de Redes, así que no repetiremos la cantinela de cómos, dóndes y porqués. Como sucedía con aquella novelita, La noche de la Momia también apareció en nuestro volumen Hammer Horror de Curtis Garland. Y también, como de costumbre, aprovechamos esta recuperación para añadir unas reflexiones actuales. Pasen, están ustedes en su casa.

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"Los gritos se perdieron en el Nilo inmenso, sin ser siquiera escuchados.
Poco más tarde, el hermoso y esbelto navío velero, era solamente un buque fantasma, ocupado por muertos. Muertos que no se movían, ensangrentados en sus camarotes o en cubierta.
Solamente una figura alta, fantástica, envuelta en deshilachados vendajes, sin otros ojos bajo las rendijas de sus vendas que la oscura sombra de un rostro embreado y sin pupilas, se movía por cubierta como un ser de más allá de este mundo".

 
De esta magnífica novela, Alberto Sánchez Chaves, arqueólogo del papel popular, dijo en su artículo "El eterno despertar de la momia" (de obligatoria lectura) que se trataba de "una gran historia de Curtis Garland, el mejor homenaje posible que podía dar la literatura popular a la Momia". Y no podemos menos que estar de acuerdo con Sánchez Chaves, pues con La noche de la Momia (publicada en Selección Terror nº29, septiembre de 1973), Curtis Garland hizo lo más parecido a crear una "obra canónica", a partir de un personaje que, como el Yeti o el Hombre Lobo, carecen de un original literario, aunque sí tiene muchos antecedentes (u "obras candidatas al Canon) en autores del siglo XIX como Edgar Allan Poe o Théophile Gautier. Parece que la búsqueda del "Canon de la Momia", o al menos del arquetipo terrorífico, podremos encontrarlo sobre todo en las diversas producciones cinematográficas de la Universal entre las décadas de 1930 y 1940, y más tarde, en las célebres películas de la Hammer, realizadas en los años de 1960 (una vez más, con Christopher Lee de por medio). Tanto unas fuentes como otras son válidas, pero nosotros nos vamos a quedar con la aportación victoriana de Juan Gallardo Muñoz, que por derecho propio merece figurar entre los clásicos del género.
 
Primera entrega del folletín Historia de una momia, de Theóphile Gautier. Extraído de la Gaceta Universal (Madrid), 8 de agosto de 1879.
 
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5 de noviembre de 2023

Mis avatares con La noche de la Momia no son demasiado interesantes, salvo por el hecho de que mis primeros intentos de lectura de la novelita, allá por 2013, fueron fallidos y desafortunados y, tan sólo algunos años más tarde, hacia 2018, la devoré de un tirón y la celebré en la intimidad, tal y como merecía: iba a convertirse en una de las novelas reeditadas en Hammer Horror, junto con otra obras de Curtis Garland consagradas al Hombre Lobo, el Yeti, el doctor Jekyll (y Mr. Hyde), Frankenstein y Drácula.

Es muy posible que aquellas originales lecturas frustradas se debieran a la introducción del texto, ambientada en el Egipto faraónico, donde Juan Gallardo Muñoz describía una ceremonia de enterramiento en vida y castigo, y la subsecuente maldición. No soy aficionado a la novela histórica; mis conocimientos sobre el antiguo Egipto no alcanzan para jugar al Trivial Pursuit, y eso se debe a que mi interés por la Historia en general, y la Antigüedad en particular, ha sido siempre puntual y enfocado a hechos, momentos, fechas y situaciones muy concretas. Dispongo de un mapa mental que me permite buscar tal o cual dato, tal o cual fecha, tal o cual acontecimiento; pero cuando tengo que enfrentarme a referencias sobre las Guerras Púnicas, los emperadores romanos, las cabezas de los toros asirios o, como es este caso, los faraones y sus pirámides y sus momias, mi cerebro se va de paseo al País de las Maravillas de Erich Von Däniken y, en el mejor de los casos, me dice: "Ya buscarás la referencia en otro momento, posiblemente dentro de un par de años". Me pierdo cuando mi buen amigo y colega, el escritor José Miguel Pallarés, me relata detalles insólitos sobre la vida cotidiana y espiritual de los romanos y sus dioses lares en el año catapún, la vestimenta y armas de los soldados de a pie o el sistema de desagüe de los retretes de Pompeya, pero retengo la idea general del relato sobre Licaón, santo patrón de los licántropos.

Todas estas fallas mías abarcan la totalidad de la Edad Media (si me hablan de las Cruzadas, de templarios y de cátaros, simplemente me encojo de hombros) y creo que sólo me entero un poco de la película a partir de Alfonso X el Sabio. Y eso, porque ha pasado a la historia como autor (más bien, compilador) de obras literarias.

En fin: que envidio a los muchos amigos que tengo que saben Historia a lo bestia (saben tanto que imparten clases, visitan yacimientos arqueológicos, asisten a conferencias especializadas, viajan mucho y ven mucho), pero también es cierto que no los envidio tanto como para ponerme a estudiar. Ya tengo bastante con los siglos XVIII al XX, que me resultan más comprensibles y atractivos, por no mencionar el work in progress que nos ha tocado en suerte y que recibe el nombre de siglo XXI: menudo montón de películas de Oliver Stone (bueno, de los biznietos y tataranietos de Oliver Stone) que van a salir de aquí, y vaya cara de pasmo se le va a quedar a nuestros descendientes cuando descubran la clase de cretinos engreídos que somos. Eso, suponiendo que dentro de cien años queden seres humanos que sepan leer o entiendan el lenguaje cinematográfico.

Fin, y disculpas por el excurso. Volvamos con Curtis Garland.

Mi impresión definitiva sobre La noche de la Momia es que se acerca mucho a la categoría de obra maestra, la roza; y esto es por los motivos que expuse en 2019: porque esta narración se puede considerar tan canónica como La novela de una momia de Gautier o la película The Mummy (1932), dirigida por Karl Freund, con Boris Karloff en el papel de Imhotep.

Imagen extraída de El Heraldo de Madrid, 1 de marzo de 1933.

Quiero centrar mi atención un momento en el filme de la Universal, porque en mi opinión, fue el punto de partida de Curtis, del mismo modo en que es el punto de partidas de muchas películas posteriores, incluidas las de la Hammer Films.

Creo que fue mi amigo Arturo Botella el que me comentó, en una ocasión, que el Drácula de Francis Ford Coppola estaba basado, en realidad, en La Momia de Karloff. Y esa opinión tiene su punto, pues Coppola convirtió la novela de terror de Stoker en "historia de amor reencarnado", y de eso trata precisamente el filme de la Universal. No está de más recordar que Bram Stoker también publicó, en 1903, la novela The Jewel of the Seven Stars (La joya de las siete estrellas), donde también se trata el tema de la momia resucitada, y que quizá sirvió de inspiración a Nina Wilcox Putnam y Richard Schayer para su primer tratamiento de guión de The Mummy de Freund. He aquí una reseña de la película, extraída de El Heraldo de Madrid del día 1 de marzo de 1933:


 

Si no recuerdo mal, la novela de Curtis también contaba con una sacerdotisa, Hatharit (que no sirve a Isis, sino a Apophis), y el sacerdote Imhotep tiene su contrapartida en el faraón Ekhotep IV. Como es lógico, pues esto ya aparecía en Gautier, también hay una excavación arqueológica británica en Egipto, en 1890, y los detalles que en la película se relacionan con el Papiro de Thoth, aquí los saca el autor, como nos informa en sus notas al pie, de El libro de los muertos.

 


Pero La noche de la momia no es una historia de amor, sino de maldición y de venganza desaforada. Así, en el terreno terrorífico, le da cien vueltas al cinta de 1932, y la supera ampliamente con situaciones extraordinarias, como la invasión de momias que asola Londres en 1892. Además, el variopinto grupo de personajes relacionados con la arqueología, el saqueo, el British Museum, resulta mucho más rico que el de cualquier película sobre momias: damas victorianas de armas tomar, coleccionistas millonarios, aventureros de porte viril, los ayudantes egipcios que profetizan la desgracia... A pesar de mis reticencias iniciales, me encontré con un relato trepidante, oscuro, de trama redonda, y escrito por Curtis Garland en un registro que, como demostraría durante aquella década, era un maestro: el de la historia de terror de ambientación victoriana, en la que siempre acechaba la sombra de Jack el Destripador (así sucede en esta misma novela de momias), las calles se hallaban "charoladas por la lluvia", y la niebla se cernía sobre el Támesis de forma amenazadora.

***

Las ficciones de horror fantástico sobre momias, que a fin de cuentas no son más que muertos vivientes envueltos en vendas, emparentados tanto con el vampiro como con el zombi, se diferencian de las que tratan a los otros monstruos citados en que, como condición casi sine qua non, debe existir la maldición. Lo cual nos aporta un enfoque mágico de este arquetipo, relacionado directamente con una civilización muerta y enterrada, junto con una religión olvidada que, como sucede con el paganismo europeo, pervive de algún modo en "la actualidad". No puedo menos que mencionar aquí algunas historias de momias que hemos rescatado, en su mayor parte por mediación del gran Óscar Mariscal, en la revista Ulthar: "Las momias de Burdeos" de Edith Nesbit (nº15), "Una momia azteca" de Charles B. Cory (nº16), "La momia funesta" (nº18), "La cabeza voladora" de A. Hyatt Verrill y "La Momia viene a por USTED" del que esto firma (nº19)... y más que están por venir. Y eso por no citar el volumen Flaxman Low, detective psíquico, que también está relacionado con la diosa Isis y contiene una excelente historia de momias...

 

Debo añadir que La noche de la Momia no fue la primera novela de Juan Gallardo relacionada con el tema, pues en 1960 escribió y publicó El signo de la Momia en el número 43 de la colección SIP de Toray: una historia en que trasladaba nuestro tópico al futuro alternativo donde operaba la Spacial International Police. Sobre esta novela y su relación con otras del Ciclo de Egipto de Juan Gallardo Muñoz, recomiendo la lectura de mi ensayo "Johnny Garland: el futuro que no fue", en dos partes, en Ulthar nº13 y 14.

Pero esto último es ya adentrarse en aguas demasiado profundas y, por ahora, será mejor que dejemos reposar los restos Ekhotep IV en su correspondiente sarcófago, debidamente cerrado y sellado, para evitar que la maldición caiga sobre todos nosotros...

Ulthar nº13. Portada de Sergio Bleda

Ulthar nº14. Portada de Sergio Bleda

 

viernes, 6 de octubre de 2023

Ojo con el Sordo (87th Precinct nº27), de Ed McBain


25 de septiembre de 2023

Esta es la novela que enamoró a Andreu Martín cuando la leyó en la colección Los Libros de la Frontera, editada por José Batlló, con el título de Mucho cuidado con el Sordo (1975). La edición que he leído yo cuenta con la misma traducción de Cristina Andreu, muy competente y correcta, pero plagada de erratas que no sé si encontrará en la versión original de Batlló.


Let's Hear It From the Deaf Man (1973) es la novela nº27 de la Comisaría 87 de Isola, y se publica en un momento en que los malos tragos y peripecias de los detectives Carella, Kling, Meyer y el resto de la plantilla ya están más que consolidados. De hecho, los Muchachos (llamémoslos así por conveniencia) ya se han acostumbrado a las periódicas reapariciones del Sordo, el genio criminal al que habían conocido en The Heckler (1961) y más tarde en Fuzz (1968).

De nuevo tenemos un complejo plan magistral del Sordo para robar 500.000 dólares de un banco y, de paso, humillar a los agentes de la 87. Tanto el teniente de detectives Peter Byrnes como Meyer Meyer consideran que, justo ahora, "no necesitan" al Sordo. De hecho, ¿quién lo necesita, maldita sea? Byrnes no. Meyer tampoco. Sin embargo, el detective Steve Carella, que recibió un disparo del malhechor y, con el tiempo, le devolvió el tiro, empieza a considerar que el Sordo y él son "casi viejos amigos". A fin de cuentas, aunque tan sólo se han visto en persona un par de veces, ha sido para dispararse mutuamente, y están empatados. Quizá Carella sí que necesite al Sordo y sus absurdos (pero brillantísimos) planes maquiavélicos.

El detective Bert Kling se encarga del caso del limpísimo ladrón de pisos que no rompe puertas ni cerraduras, pero deja como compensación por sus robos un gatito. Enternecedor y muy siniestro. Durante el transcurso de la investigación, Kling conocerá, por enésima vez, el amor y a su futura esposa.

¡Ah! Y también está "El Caso de Jesús", como lo llaman en comisaría: un individuo sin identificar ha aparecido clavado y crucificado en la pared de un edificio sucio y abandonado. La única pista, a falta de la identificación del cadáver: una destrozada zapatilla deportiva de un pie izquierdo.

Así, asistiremos de forma simultánea a los interrogatorios de varios moteros psicópatas, strippers que ya no están en la edad de subirse a la barra pero lo siguen haciendo, hippies, bellas y jóvenes modelos, escultores bohemios, porteros, cerrajeros, patrulleros y otras gentes de mal vivir.

De especial interés me parece el capítulo 10, un excurso de McBain escrito en presente, donde hace el retrato de la ciudad durante un domingo, con el leit motif de "¿Cómo podrías odiar esta ciudad?", que es absolutamente maravilloso y estremecedor, y debería leerse y estudiarse en cualquier carrera. Qué coño, debería leerlo todo el mundo. Es un paseo digno del Diablo Cojuelo de Vélez de Guevara, que podía ver y mostrar lo que sucede bajo el techo de las casas, un súper poder del que se haría eco el doctor John H. Watson en, si no recuerdo mal, El signo de los cuatro (1887), cuando Sherlock Holmes hablaba de la "aparente normalidad de los ciudadanos", y de lo que podríamos contemplar si fuéramos capaces de mirar, a vista de águila, a través de los tejados. De acuerdo con Holmes, la ciudad (Londres, pero podría ser Isola, o el Madrid de Zaquiel) oculta en su seno toda clase de horrores cotidianos y enormes cantidades de desesperación.


Y aún así, no podremos odiar esta ciudad. Esta ciudad que es todas las grandes ciudades.



martes, 22 de agosto de 2023

Réquiem por los que van a morir, de Jack Higgins


 (De Facebook)

18 de agosto de 2023

Réquiem por los que van a morir (A Prayer for the Dying, 1973) de Jack Higgins es, prácticamente, un bolsilibro español, aunque el doble de largo (200 escasas páginas). No se acerca a la calidad de otras obras más extensas de Higgins, pero va al grano y es disfrutable por lo exagerado de sus planteamientos morales: el terrorista que voló un autobús escolar es el héroe, que se hace amigo del cura veterano de la II Guerra Mundial (y su sobrina ciega y pianista). Los malos son MUY malos, gángsters británicos sádicos, tratantes de blancas y de niños y de lo que haga falta, y además, tienen una funeraria propia. Martin Fallon, el "bueno", arrepentidísimo ex-terrorista del IRA, es un genio de la música, un tío leído, salido del Trinity College, con un don innato para las armas de fuego y oído perfecto. Vamos, un superhéroe, como lo es el muy superior Liam Devlin de Higgins, o el sucesor de Devlin, Sean Dillon.
Sin ser nada del otro mundo, entretiene y no engaña a nadie.
 
 
Ahora estoy terminando Al Este de la desolación (East of Desolation, 1968), que me está pareciendo muy peculiar dentro de la producción de Higgins. Pero sobre este título, mejor hablo cuando haya llegado al THE END.