Mostrando entradas con la etiqueta luis escribano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta luis escribano. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de mayo de 2025

Vídeo: Presentación de "Siembra negra" y "Anaparábolas" de Alfonso Tornero, 14 de febrero de 2025


 

El pasado 14 de febrero de 2025, celebramos en la Biblioteca Pública del Estado en Albacete la presentación de dos libros de mi querido y admirado amigo Alfonso Tornero, un autor con el que he contraído deudas impagables desde mi juventud. Decir que, allá por 1993 o 1994, me abrió los ojos de par en par, sería quedarme corto. Por aquel entonces, yo escribía eso que, años más tarde, descubriría que se llama "microcuento", y esa influencia procedía de un librito de A. F. Molina, titulado Dentro de un embudo. Alfonso, con sus relatos en la revista Aventis, y con su mordacidad corrosiva, me enseñó el camino del "cuento como Dios manda": como los que él y otro gran amigo, el hoy editor Luis Escribano, escribían para la citada Aventis, para el fanzine de instituto Pandemónium, o para que permanecieran inéditos por los siglos de los siglos.

 


Pero basta de rollos autobiográficos. Siembra negra es una novela corta de género criminal, una pequeña obra maestra. Anaparábolas es tan sólo el más reciente de los poemarios de Alfonso, un recorrido vital de sus últimas experiencias, con un montón de referencias musicales, cinematográficas, comiqueras, etc. Es un buen poemario, que denota esfuerzo. Y yo, que no leo poesía en general, y contemporánea en particular, me lo he zampado y creo haber entendido el mensaje cifrado.

 


En fin, el vídeo lo tienen ustedes arriba. Por problemas técnicos, se grabó tan sólo media hora de la presentación. Esto es lo que ha quedado para la posteridad.

Cada uno de estos libros cuesta 10 euros; para conseguir Siembra negra pueden escribirme a mí (fabulasext@hotmail.com) y solicitar las formas de pago (Paypal e ingreso o transferencia en cuenta bancaria), no se cobran gastos de envío dentro de España; para conseguir Anaparábolas, se pueden dirigir a mí o al mismo autor, en arrimateas@hotmail.com, con idénticas condiciones de pago y envío.

Mi recomendación: háganse con los dos.

 




jueves, 12 de octubre de 2023

Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy

 

10 de marzo de 2023

A la tercera va la vencida. Pues tres han sido los viajes, tomado de la manita por Cormac McCarthy, los que me han costado leer de una puñetera vez este libro que, hoy, se encuentra ya en el terreno de los clásicos meridianamente malditos (o de culto). La primera vez que lo intenté debió ser allá por 2008, año más o menos, pues me lo prestó mi gran amigo, el periodista y escritor Marcelo Ortega Picazo, con mucha ilusión; y Marcelo es un excelente lector y encima de Villalgordo (provincia de Albacete).

Por supuesto, no pude soportar durante mucho tiempo la ausencia de puntuación en los diálogos de McCarthy, y tuve que abandonarlo tras el magistral capítulo del vampiro, que se encuentra en las cincuenta primeras páginas o así. Porque una cosa es que la prosa sea realmente buena y la narración recoja acontecimientos de sumo interés para el lector y los personajes sean odiosamente apreciables; y otra cosa es que te pierdas cada dos o tres páginas por el capricho estilístico de un autor. Servidor, bregado en textos castellanos del siglo XV y XVI en sus versiones originales, no debería tirarme tanto de los pelos por esto, pero en pleno siglo XXI (o incluso en el siglo XX), pues mire usted... no lo veo claro. Vale que es la voluntad del escritor, de acuerdo, y que sin duda esto tiene un motivo artístico; pero me siento más cómodo con Jim Thompson, que es definitivamente mejor que McCarthy, juega en su misma liga (o en su mismo paradigma) y no se ríe de la ortografía, así, por sus santas narices. Tome el lector La sangre de los King (King Blood, 1973), una de las mejores y más violentas novelas jamás escritas, y luego hablamos.

Pero no quiero entrar en comparaciones, pues ese es un terreno deleznable e injusto en el que siempre, siempre, siempre sale perjudicado alguien. El primero, el opinador de turno. Corramos un tupido velo...

Volví al juego de "¿quién puede más, tú o yo, maldito McCarthy?" una década más tarde, con el mismo éxito (es decir: me quedé en el vampiro, o poco más adelante. Sigo pensando que esa secuencia del vampiro nocturno se la robó el autor a Goya, y nadie me va sacar de ahí). Y ahora, por fin, con sangre, sudor y lágrimas, lo he logrado. Me he leído de cabo a rabo Meridiano de sangre. Y el tortuoso viaje ha merecido la pena, claro que sí. Pero que no me inviten otra vez, por favor.


Han sido diez días de lectura discontinua y esforzada. La preparación previa consistió en la trepidante Al otro lado del río de Jack Ketchum y la gozosa, por su aparente sencillez, Mr. Paradise de Elmore Leonard. La primera, porque está relacionada temáticamente con Meridiano de sangre, y transcurre incluso en la misma época y casi en el mismo territorio; y la segunda, porque con Leonard uno se siente como en casa (eso, suponiendo que tu casa esté repleta de gentuza y de criminales gilipollas) y sus prodigiosos diálogos están muy, muy bien escritos... y puntuados. Sólo un traductor atroz, o un editor-rata (de los de publicar libros con tipografías ínfimas o con espaciado automático entre párrafos), pueden cargarse un libro de Leonard.

Blood Meridian se publicó originalmente en 1985, y no he hecho un seguimiento de cómo le fue en Estados Unidos ni la repercusión que tuvo. Llegó a España en 2001, en edición de Debate, y es bastante probable que hacia 2002 o 2003, mi amigo Luis Escribano me hablara de esta novela, pues Luis siempre ha estado al día de los títulos y autores más interesantes, sobre todo de los norteamericanos. (Quiero recordar una conversación con Luis en el bar Triana de Albacete, en la que apareció McCarthy y su Meridiano de sangre, posiblemente porque estuviéramos hablando de Apocalypse Now, de Joseph Conrad, de la brutalidad en la literatura o de westerns. O de fanzines. O de... quién sabe).

Pero en realidad, empecé a tener conciencia de la existencia de McCarthy cuando, en 2007, se adaptó al cine No es país para viejos (No Country for Old Men, 2005), dirigida por los Cohen y con un papel oscarizado de Javier Bardem. Nunca he llegado a ver la película, aunque sí leí la novela por recomendación del inspector jefe de la Policía Nacional de Albacete, que por entonces era alumno de servidor en la Universidad Popular, en el curso de escritura creativa. Y, como ya he dicho, me pareció que era una historia que podría haber firmado Jim Thompson, pero sin puntuación en los diálogos (cosa muy poco útil en un curso de escritura donde, entre otras cosas, se enseñaba la importancia de la ortografía y la gramática para el escritor). Me gustó, pero también me molestó.
Por cierto: La carretera (The Road, 2006) no la he leído. Y tampoco he visto la peli.

En fin. El libro:

McCarthy conforma una novela larga sobre el infame Grupo Glanton, una banda de hijos de puta, algunos de ellos veteranos de la guerra de México y Estados Unidos, que se dedicaban a la caza de cabelleras de indios entre 1849 y 1850, a sueldo de los mexicanos. Al parecer, el negocio era bueno, pero Glanton y los suyos consideraron que era difícil distinguir la cabellera de un indio de la un mexicano: a más cabelleras, más oro.

Unos hijos de puta sádicos, como digo. Y por desgracia, reales como la vida misma, si no nos engañan las crónicas y diversos testimonios de la época.

Hay un personaje de dudosa historicidad, conocido como "el Juez Holden" según la autobiográfica My Confession de un tal Samuel Chamberlain, que formó parte del grupo. Chamberlain afirmaba que nadie sabía "quién o qué era Holden". Hay subrayar ese "qué", pues es el que le permite a McCarthy dar la vuelta al marcador del western para introducirnos en una historia no sólo de terror y salvajismo y crueldad y bellos paisajes y muerte y tortura y desesperación, sino también de horror sobrenatural fantástico. Pues el Juez Holden bien pudo existir, pero si era tal y como aparece en Meridiano de sangre, también podríamos rescatarlo como enemigo de la Patrulla X. Metidos a especular y a decir disparates, casi lo podríamos comparar con el Conde Drácula, epítome de los malvados sobrenaturales. Holden, en esta novela, tiene esa talla de villanía y monstruosidad, y ese aire outré, contra todo pronóstico creíble, que lo hace aún más grande. Sin duda, Holden es el logro definitivo de McCarthy. Porque es esta pieza, este personaje salido de otro mundo, de otro planeta o del puto infierno, el que hace que la ambientación y la sucesión de hechos, peripecias, masacres y barbarie encajen a la perfección, hasta el punto de que uno termina pensado aquello de "esto tuvo que ser así y no de otro modo", como nos sucede cuando leemos From Hell de Alan Moore.

¿La recomiendo? Sí, claro que sí, cómo no, faltaría más; y esto, a pesar de que McCarthy no nos ayude en absoluto con su falta de puntuación. Eso sí: vocabulario tiene como para aburrir.

En el terreno más o menos extraliterario, debo mencionar mis dudas de si la traducción al castellano es mala o regular. Espero no olvidarme nunca (y por eso escribo para mí estas reseñas) de que el traductor, Luis Murillo Fort, el mismo caballero que ha vertido al castellano con éxito casi todas las novelas de Barry Gifford, utilizó “venablo” como sinónimo de “jabalina” (la hembra del jabalí), para no repetir la palabra en el mismo párrafo. Me temo que ahí, el diccionario de sinónimos no estuvo a la altura de las circunstancias.

Oh, Cthulhu... me estoy dando cuenta de que, en algún momento de mi vida, tendré que leer la versión original en inglés de esta pesadilla. Joder, esta novela es como una maldición...

***

Post Scriptum: Le he dicho a Marcelo que ya le puedo devolver el libro. Marcelo dice que ya se lo devolví hace años. Que tiene su ejemplar en Villalgordo. Yo SÉ que no se lo devolví nunca, y que jamás he comprado un ejemplar de Meridiano de sangre. ¿Qué cojones pasa con este libro? ¿Está de verdad maldito, o qué?


domingo, 3 de septiembre de 2023

Jóvenes hombres lobo, de Michael Chabon

 


4 de junio de 2023
 
Jóvenes hombres lobo (Werewolves in their Youth, 1999), de Michael Chabon.
Libro de relatos, más o menos costumbristas y deudores de Chéjov y Carver y de la escuela americana. La excepción es “En la negra fundición, de August van Zorn”, un relato homenaje a Lovecraft que Chabon publicó en Playboy en 1997 y que firma con el nombre de uno de sus personajes. Es el mismo subuniverso lovecraftiano de “El Dios de la Risa Oscura”, que me gustó más y reeleré en breve. (La traducción publicada en El gran libro de Satán de Blackie Books no es buena, así que lo intentaré con la de Javier Calvo, publicada en una edición exclusiva por la FNAC).
 
 
 


El libro, en general, está bien, pero la edición en bolsillo que he leído tiene la letra demasiado pequeña, lo cual no ayuda. La traducción es de Javier Calvo, y tiene erratillas y algunos pequeños errores (pocos, por suerte) atribuibles a Calvo, creo yo. Lo cuentos son, en realidad, pasajes en la vida de los personajes y tienden a quedar truncados. Carver en toda su obra y Luis Escribano en sus Pelos, lo hacían mejor, la verdad. No obstante, Chabon me cae bien.
 
 

sábado, 16 de abril de 2022

En torno a las tertulias literarias (Segunda Parte)

José Luis Serzo, ayer, hace veinte años, o en algún momento a mitad de camino.

(Continuación de En torno a las tertulias literarias 1ª parte)

Durante aquella estancia madrileña en el año dos mil y poco, en la que me permitieron convivir con ellos dos maravillosos amigos y artistas, Luis Escribano y Gabriel Molero, tuve el placer de compartir muchas horas y días y mañanas y tardes con José Luis Serzo, que no sé cómo diablos se autodefinirá ahora mismo, pero para mí siempre será un pintor de primera categoría, consagrado al arte por el arte.

Serzo me condujo a una suerte de tertulia inclasificable, pues no se reunía en un lugar fijo, sino que saltaba de aquí para allá, por entre los rieles de los metros y los trenes de cercanías de Madrid, y pasaba por las galerías de arte más en boga de aquellos días, los talleres de diversos pintores y, por suerte, tenía parada los domingos en el Museo del Prado. (Sobre esto último, sobre las visitas que Serzo y yo hicimos al Prado, hay alguna que otra aventura notable, como la del Misterio de la Cámara Acorazada o las Peripecias de los Pasillos Para Fumadores. Algunas de esas historias dan para escribir uno o dos cuentos, por lo menos: "Había una joya azul, muy grande, en el centro de la cámara, bajo un foco de luz, y tenía la forma de algo que he olvidado, porque ya quedó muy atrás en el tiempo. Y sin embargo, hoy..." Esto sería una cita de un relato no escrito, ni concebido, ni nada de nada).

El tesoro del Delfín en el Museo del Prado. Creo que eso es lo que vimos Serzo y yo hace eones, pero ¿quién sabe? A lo mejor allí también tienen algún marciano, como en el Área 51. Y joyas mágicas, azules, volátiles, inaprehensibles, clarkashtonianas...

José Luis me llevó a conocer a algunos de los más notables artistas del momento (y de ahora mismo), y me permitió ver en vivo y en directo no sólo sus creaciones y su método de trabajo, sino el de otros muchos caballeros del ramo, como el siempre inquietante y sorprendente Óscar Seco (con quien tuve la suerte de colaborar en un catálogo con un par de cuentos, uno lovecraftiano y otro de kaijus en la II Guerra Mundial), y el extrañísimo pero cercanísimo -qué misterio- Che Marchesi. El padre de Óscar había tenido una relación íntima con la elaboración de algunos de los más míticos álbumes de cromos de tiempos ancestrales; el de Marchesi había sido pintor de decorados para películas y para el teatro. A José Luis Serzo habría que echarle de comer aparte, como decimos por aquí: él también me permitió que dijera alguna cosa respecto a su obra en catálogos y panfletillos de exposiciones. La primera década de los dosmiles se prestaba todavía a esas cosas.

Óscar Seco, genio y figura y monstruos en mitad de la guerra.

 

Por Cthulhu, ¿qué estaba haciendo yo allí, entre esa gente magnífica e incomprensible? ¿Me estaban tomando el pelo? ¿Se lo estaba tomando yo?

Marchesi, hoy (o hace unos años), haciendo lo suyo por todo el mundo. Admirable, amigos.

 

Con Luis y con Gabi, que por fuera y por dentro son personas buenas y generosas, teníamos microtertulias diarias nocturnas, muy espirituosas, a las que asistían muchos de sus amigos: por ejemplo, Mariano Quillén-Oquendo. Las botellas de Four Roses, a las que los Hermanos de San Serapión nunca tuvieron acceso, se acumulaban, vacías, como por arte de magia. No faltaba de nada, jamás. Ni comida, ni bebida, ni visitas, ni conversación. Una noche, Mariano destruyó al personaje de Rafael Núñez, Cazador de Psicópatas, que yo había creado años antes. No me dejó salida. Ni siquiera me permitió llevarlo a un acantilado suizo para que muriera dignamente. Rendirse ante la lógica aplastante y la evidencia también es aprender. (Otra cosa es que yo sea capaz de aprender algo de alguien tan brillante como Mariano).

Hoy, Luis es uno de los dos responsables de Uno Editorial, y Gabi acaba de sacar un disco con su grupo, Los Inocentes, en el que colabora Karina.

***

Mi padre tuvo un cáncer de próstata, de modo que volví a Albacete para echar una mano y ver cómo se desarrollaba el asunto. Madrid no me había matado, pero tenía miedo de lo que le pudiera pasar a mi familia.

Esa es la verdad.

Mi padre, Miguel López García, fallecido en 2019. No lo mató el cáncer sino el Alzheimer. O una neumonía derivada del Alzheimer. O que ya estaba harto de no entender nada y ver fantasmas de perros, de personas. Quién sabe.


  ***

En 2012 regresé a Madrid, y entré en la Tertulia de la Tercera Fundación (LTF) de la mano de mi amigo Javier Vidiella, supongo que a finales de ese mismo año. Ahí, al menos, tuve la delicadeza (y la suerte) de esperar a que me invitaran. He estado asistiendo a las tertulias mensuales, el tercer jueves de cada mes, hasta el año 2020, en que ya saben ustedes lo que sucedió en el mundo. En la tertulia de LTF se intercambian libros, se compra y se vende y se regala, y llevan tantos años reuniéndose que las conversaciones literarias pasan a veces (muchas veces) a un segundo plano. Pero eso no importa. Lo que cuenta es la cerveza, los chopitos (y los chupitos de después), las tortillas de camarón... y los libros inencontrables que faltan en las colecciones de los miembros. Pues en este caso, estamos hablando de una tertulia de coleccionistas de fantasía, ciencia ficción y terror, que se consiguen unos a otros esos ejemplares malditos, y que además elaboran (elaboramos) la base de datos de género más importante de España, y la mejor, pienso yo, a nivel internacional.

Servidor, en un momento feliz, en la tertulia de LTF, hacia 2013. (Los suscriptores del crowdfunding de Los náufragos de Venus sin duda lo saben mejor que yo).

 

Durante aquel mismo período, un grupo de aficionados a la figura de Sherlock Holmes fundamos la Tertulia Sherlockiana (o Holmesiana) de Madrid, que hoy día está en proceso de recuperación, pues se detuvo en marzo de 2020 (y no hace falta que repitá el porqué). Ahí nos hemos estado reuniendo editores, autores, connoisseurs y, sobre todo, holmesianos. De esta tertulia han surgido diversas iniciativas, y la menos importante no es la ingente cantidad de relatos pasticheros que se han escrito y publicado, no sólo de Holmes, sino también de Harry Dickson (le Sherlock Holmes americaine), Tarzán, Jules de Grandin, etc., etc.


Un efecto enriquecedor de las tertulias: la creatividad en forma de micropastiches. Imagen tomada del natural, con minifanzines (o micropastiches) de la Tertulia Holmesiana (o Sherlockiana) de Madrid.


 (Continuará...)

 

***

Y si son tan amables, y están interesados en cosas como éstas que contamos arriba, no dejen de visitar (hasta el 19 de abril, pues cerraremos el plazo) la página dedicada a la suscripción de VAMPIROS DE CURTIS GARLAND, tal y como enlazamos aquí).


Y si por un casual de estos de la vida, lo que buscan son máquinas de asedio medievales y cachivaches de ese estilo, visiten PCTWOOD, de mi amigo Pascual Correa Toledo.